Volé lo más rápido que pude hacia el Polo Norte. Los copos de nieve que caían allí se estrellaban contra mi rostro mientras yo buscaba desenfrenadamente el taller de Santa Claus. Me sentí perdido ya que todas las veces que había estado allí había ido desde lo que, años después, se conocería como América. Era difícil distinguir cuál lugar era cuál porque todo el polo era parecido. Me pregunté cómo haría Norte para no perderse. Bueno, teniendo en cuenta que había vivido allí más años de los que me podía imaginar, supongo que sería fácil conocer su ubicación.
Distinguí luces amarillas, verdes y rojas en la lejanía. El viento me condujo en esa dirección. A medida que avanzaba, la arena negra iba apareciendo y acumulándose sobre el palacio contiguo a la villa de los Yetis formando una nube letal de miedos y pesadillas. Los caballos giraban en un círculo gigante alrededor de ella y sobre el Taller, algunas me miraban por un segundo antes de seguir con lo suyo, otras ni se percataban de mi existencia. La nube se hacía cada vez más grande y cuando me acerqué lo suficiente como para poder distinguir los distintos mechones formados por arena, la nube entera se precipitó dentro del edificio por el balcón.
Los yetis no pudieron contra ella y corrieron dentro para salvarse. Yo reí por lo bajo al ver sus patéticos esfuerzos por mantener la mayor cantidad de pesadillas del lado de afuera. La nube atravesó la puerta de cristal dejando destruida la madera, el acero y el vidrio que la conformaban, apagando todas las luces que encontraban a su paso.
Ahora era mi turno. Con mis manos, una a cada lado de mi cuerpo comencé a crear velozmente copos de hielo que se filtraron rápidamente por la destruida entrada. Se pegaban al pelaje de los yetis y abrían la piel expuesta de los elfos que corrían a refugiarse, varios de ellos dejando un trazo de sangre purpura detrás de ellos. El taller era un caos de pesadillas, nieve, hielo, sangre, elfos corriendo y yetis que luchaban por liberarse de los caballos que los tenían apresados. Los juguetes volaban por los aires, haciendo que el escenario pareciera un bizarro campo de batalla.
Pitch me ordenó que no entrara al taller bajo ninguna circunstancia. Me estaba perdiendo toda la diversión. Con mi cayado comencé a congelar las paredes y el suelo, formando estalactitas de hielo y cristales celestes por todos lados. Apagaba todos los fuegos que mantenían tibio el edificio y haciendo que la temperatura cayera precipitadamente.
Velozmente apunté y disparé rayos azules que congelaron a un buen puñado de elfos cobardes que aún no habían logrado hallar un escondite, y quedaron estáticos en poses desesperadas que causaban gracia. La risa macabra de Pitch resonaba entre las paredes siniestra y profunda, y se mezclaba con los gritos de auxilio de los distintos servidores de Norte, con el relinchar de los caballos y el ligero zumbido que emitía la arena al rozar con los distintos objetos formando un coro desgarrador de escuchar. Algunos duendes se tapaban los ojos y los oídos intentando bloquear esa escena que les provocaba tanto miedo; otros en cambio, eran revoleados por las bocas de las pesadillas mientras estaban al borde de las lágrimas. Comencé a reír a carcajadas, el plan estaba yendo a la perfección.
El espíritu de la Navidad hizo su aparición medio segundo después de que las tropas desaparecieran del palacio en un abrir y cerrar de ojos. El rostro desconcertado de Norte era impagable, pero no debía reírme. No debía emitir ningún sonido. Debía esperar a que Pitch moviera sus fichas y recién ahí tenía permitido actuar. Espere incontables momentos en los que los elfos aparecieron de nuevo en el puente creyendo que todo había pasado, bloqueando el paso del hombre que hablaba desenfrenado con los yetis exigiendo una explicación de lo que acababa de pasar. Pitch claramente se estaba tomando su tiempo y eso solo lograba ponerme más ansioso y expectante: estaba al borde de dar saltitos para mantenerme ocupado en todo ese tiempo que pasaba. Norte miraba el globo que estaba en perfecto estado, sin el mínimo rastro de arena negra ni hielo que recién lo recubría. Si no fuera por las heridas en todos sus sirvientes, casi podría decirse que no había pasado nada.
En cuanto vi que el polo norte del globo se oscurecía, comencé a revolver el aire dentro del taller. El viento giraba en círculos alrededor de los cuatro pisos, haciendo volar todos los juguetes y a algunos de los elfos que estaban impactados por la situación que se desenvolvía frente a sus ojos. Desde las partes más altas y más bajas del globo terráqueo se volvía a acumular todo ese polvo negro y se estiraba con tentáculos alrededor de él. Yo me tome la libertad de hacerme presente creando una capa firme de hielo alrededor de la esfera. Era lo mejor que se me podía ocurrir: interponerme un poco más podría incluso resultar en desastre. Un manchón de arena recorrió todo el piso de Norte, como un escalofrió, y se materializo detrás del globo terráqueo como la sombra de Pitch riéndose macabramente. Norte observaba con ojos asombrados y asustados y musitaba cosas en ruso bajo su aliento.
Las dos partes de negro se enredaron y giraron a alta velocidad alrededor de la tierra por una fracción de segundo antes de ser absorbida por el polo norte del globo y de allí... explotó como una bomba de tiempo. Su onda expansiva se extendió lo suficiente como para que Norte tuviera que agarrarse de la mesa para no ser empujado hacia atrás. Con eso, la arena se disolvió en el aire sin dejar rastro. El hielo que yo había creado sobre el globo terráqueo se quebró con la onda expansiva. Los elfos congelados se derritieron y comenzaron a moverse y temblar, pero no era por el frio. Hubo un silencio absoluto por unos momentos mientras yo observaba todo el escenario. Me di cuenta un instante más tarde que estaba demasiado expuesto a ser visto. Y así fue
—¡Yugghabi cirhew! —gritó a todo pulmón un yeti del primer piso y señaló en mi dirección.
Reaccioné inmediatamente y desaparecí del lugar lo más rápido que pude. Ni volteé para saber si me estaban siguiendo, dejé atrás el palacio y la aldea de los yetis en cuestión de instantes. Pero no me podía quitar de encima la sensación de que vendrían a por mí, era cuestión de tiempo hasta que Norte prepare el trineo y me alcanzara. Cómo no se le ocurrió a Pitch mi manera de escapar. Maldecía una y otra vez en mi mente. Sobre mí se extendió oscilante unas mantas de luces de colores y... alguien cayó encima de mí y me retenía inmóvil en un abrazo sofocante. El aire escapó de mis pulmones, y mi cuerpo y mente peleaban contra mi opresor mientras caíamos al suelo cubierto de nieve. Me habían atrapado, había echado a perder todo el plan. De repente, todo a mí alrededor fue consumido por la oscuridad en un parpadeo.
Me costaba respirar, hacía frío y no podía ver absolutamente nada. Mi cayado se despegó de mi mano e intente inútilmente estirar mi brazo para recuperarlo. Seguíamos cayendo hacia el vacío, mi opresor y yo. Mi ser completo lo repelía e intentaba alejarse de eso que hacía que mi cerebro me gritara «¡Peligro! ¡Peligro!». Me hormigueaba la piel, me perforaban mil agujas aquí y allá. La incertidumbre sumada al dolor en mi cuerpo era insoportable y me estaba volviendo loco. Cerré los ojos con fuerza, deseando que de una vez por todas esto acabara.
Caí. Mi espalda chocó fuertemente contra el suelo, haciendo más latente la falta de aire. A mi izquierda, a pocos metros de mí, sonó un fuerte golpe. Abrí los ojos rápidamente para averiguar si había sido mi cayado que había perdido. En el momento en el que pude dejar de ver siluetas borrosas para empezar a distinguir, vi quién me había tenido apresado: la misma persona que ahora me estrujaba contra el suelo con su peso.
El rostro de Pitch Black estaba a escasos centímetros de los míos, tan pocos que podía sentir su respiración en mi cuello expuesto. Mi miró a los ojos por menos de dos segundos y se quitó de encima de mí como si fuéramos dos imanes con la misma carga negativa. Yo lo observé mientras me sentaba en el suelo de piedra. Mi vara estaba dentro de mi rango de alcance, por lo que no tuve que hacer más esfuerzo que el de estirarme un poco para recuperarla. Me reconfortaba sentir su ligero peso en mi mano, como una extensión de mi cuerpo y me hacía sentir más seguro. Me levanté y quité el polvo de mi buzo y de mi pelo.
Pitch temblaba y me pregunte si estaba llorando o algo. Me acerqué a él, puse una mano sobre su hombro (gesto que debió de haberse visto ridículo teniendo en cuenta que la única razón por la cual lo alcanzaba de manera fácil era porque toda su espalda estaba arqueada hacia dentro cubriendo su rostro) y quedé de frente a él. No, no estaba llorando; más bien estaba en un estado de pura locura: reía de forma maníaca, con un deje de maldad en su voz. Sonreía mostrando sus colmillos como intentando intimidar a alguien, tiraba su cabeza hacia atrás arqueando su columna y sus manos como garras extendidas delante de él.
Para ser honesto, algo de preocupación me daba. Y miedo también; tal vez.
En cuanto recobro su compostura y volvió a la realidad, respiraba pesadamente. Entonces pronunció:
—Todo salió a la perfección. Ahora solo queda esperar.
—¿Esperar?
Comenzaba a irritarme el hecho de que hablara con frases con medio contexto intentando poner misterio. En vez de fruncir el ceño me enfoqué en sus palabras. Levanté una ceja. ¿Esperar? Ya habíamos esperado lo suficiente. nos habíamos apurado porque hoy era el día en el que los Guardianes caerían y los niños creerían en nosotros con certeza y vivirían con miedo y no tendrían otro remedio que aceptar la cruda realidad: habíamos sido más fuertes que sus preciados protectores. Nadie los salvaría. Nosotros seriamos todo.
—Paciencia. —Sus ojos amarillentos se clavaban en mí como flechas, obligándome a tomarlo en serio—. Hay que esperar.
—Ya esperamos demasiado —le espeté, frunciendo el ceño.
—No, Jack. Yo esperé demasiado —dijo, tomándome de los hombros de forma agresiva—. Espere por años a alguien con ambiciones como las mías y con fuerza para ayudarme a llevar a cabo mis planes.
Su agarre se tensó por un segundo, sus uñas se clavaban en mi carne con tal fuerza que no podía comprender como era que no estaba sangrando; y luego se aflojaron y quedaron como fantasmas sobre mí, poniéndome la piel de gallina. Analicé sus palabras. ¿Me estaba diciendo que él solo no podía completar su objetivo? Tenía que estar bromeando. Él era el rey de las pesadillas, y yo hasta el momento en el que él me encontró en aquella cueva era un niñato deprimido por ser invisible.
Por ser invisible y no saber por qué. Por qué vivir eternamente sin ser visto. La luna me había puesto en este mundo, y no me había dicho por qué, y eso me sacaba de mis casillas. Me las pagaría, sin sus Guardianes me respondería todas mis preguntas a la fuerza.
—De acuerdo —dije—. ¿Qué es lo que hay que hacer?
—Fácil: hay que derribar a los Guardianes uno por uno.
