Feria de regalos

Las piernas le temblaban y la ansiedad apenas podía ser contenida por su menuda figura; sentía un hormigueo que se iba extendiendo como fuego desde la boca del estómago hasta llegar a la garganta, que ya permanecía reseca de expectación. Logró moverse un par de pasos, lo suficiente para que su trepidante pulso volviera a descontrolarse. Apretó un poco más aquellos marfilados falanges, sintiendo el contacto como su puente con la realidad, asegurándole que no estaba experimentando una fantasía hermosa y…

— Ningún juego vale más de treinta minutos de espera —el hastió contenido en el parco timbre fue la prueba irrefutable. Si eso fuera un sueño, Sasuke no miraría -con el entrecejo fruncido- como maniático a su fino reloj de pulsera.

— No es sólo un juego —sus gemas añiles dejaron de prestarle atención a la fila, enfocando de inmediato a su desesperado amigo—. El Rasengan es una de las mejores montañas rusas del mundo —declaró orgulloso sacándole la lengua y aflojando el agarre que mantenía con la mano del Uchiha, para de inmediato volver a alzar la cabeza, embobándose con el vertiginoso recorrido que en minutos experimentaría.

— Pues lo dudo, no creo que le llegue al Chidori ni de lejos —el comentario había sido en parte aposta, ya que por mucho que adoraba al blondo, eso no impedía que igual disfrutara haciéndolo rabiar cual mínimo ofendido.

— ¡El Chidori son sólo bajadas y subidas y algunas curvas cerradas! ¡No son cinco increíbles vueltas de 360 grados-ttebayo!

— Las pendientes son más altas y el recorrido más largo.

— ¡Pues entonces no te subas jodido amargado!

— Que tal si mejor decidimos eso al final de recorrido —y entonces recuerdan que no van solos, y que Gaara ya debe estar harto de verlos discutir en cada fila en la que esperan, a diferencia de Sai, que se mantenía tan entretenido probando las golosinas de feria, dulces placeres jamás experimentados, que por él su primo podía estar cubierto de fuego y seguiría sin darle importancia—. Por cierto, esta vez me siento con Naruto.

— Claro Gaa…

— Olvídalo mapache. El dobe es mi compañero —declaró el posesivo azabache antes de que su rubio accediera. La fría mano de Sasuke volvió a encontrar la cálida de Naruto, la cual se resistía a su toque intentando liberarse, dramatizando su disgusto.

— ¡Sueltamente o te muerdo!

— Ya no estés de nena, usurantokachi.

— ¡Es mi cumpleaños y puedo subirme a los juegos con quien se me dé la gana!

— ¿No quieres estar a mi lado Gaa-chan? —mejor no hubiese abierto la boca. Sai aún estaría distraído comiéndose la manzana de caramelo en lugar de comenzar a sofocarlo con un bochornoso abrazo público, y los tortolos mantendrían su charla un par de decibeles abajo.

— No me llames asi —reclamó asestándole un codazo en el torso, gesto que ni inmuto al blanco muchachito para el disgusto del taheño—. No me voy a arriesgar a que vomites sobre mí. Y menos siendo consciente de lo lleno que estás de porquerías —sus labios podían verse lindos -y seguramente saber delicioso-, asi todos rojitos por la chuchería de antes, pero no se expondría a que su saco beige fuese redecorado por una digerida plasta verde.

— Soy excesivamente resistente a los mareos.

— Felicidades. Yo soy excesivamente desconfiado.

Al final el blondo estaba tan distraído riñendo con su mejor amigo, que ni percibió cuando la fila avanzó, hasta el punto de colocarlos a ambos en el mismo asiento. Y pese a que el Sabaku no dejó de luchar con su propio moreno para ir al lado del rezongón zorrito, no le quedó de otra más que quedarse calladito y cooperar, cuando Sai comenzó a gritar que si tenía mucho miedo podía sujetarse fuertemente de él, en lugar de huir del Rasengan ¿Cómo podía pronunciar frases tan vergonzosas entre la multitud?

Naruto olvidó cualquier disgusto tan pronto la hilera de carros comenzó a deslizarse, preparando sus pulmones para el caótico despliegue de risas y alzando anticipadamente sus delgados brazos. Y justo cuando la adrenalina de la velocidad y lo precipitado del trayecto se iba a desatar ahí en el límite de la primer colina, Sasuke se limitó virar su cabeza, localizando al otro extremo del parque el juego que más ilusión le traía, aquel que justificaba la pequeña cajita que guardaba celosamente en un bolsillo oculto de su obscura chaqueta de cuero y el cual podría verdaderamente robarle el aliento y saturar su pulso. La noria.

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Kushina atrapó con sus labios de cereza un poco más del azucarado contenido del enorme algodón que ahora consumía, deleitándose con su textura y sabor; enseguida se acurrucó sobre el cálido pecho de su esposo, mientras la góndola del carrusel les confería un momento de privacidad.

Aquel día su hijo cumplía quince años, y pese a lo fresco del clima, su deseo fue celebrar entre los fríos juegos del parque de diversiones. Rio un poco por el capricho de su niño; la última vez que Naruto había visitado dicho lugar, pese a haber tenido trece, su baja estatura le impidió disfrutar de las atracciones que más lo tentaban, por lo que en esa ocasión el que estuviese tan exaltado corriendo incansable mientras profería gritos de júbilo, atascándose de golosinas, gaseosas y jaloneando a su sequito, se justificaba perfectamente.

— ¿Estás seguro que fue buena idea invitarlos a todos? —aunque ahora que lo volvía a recordar. Eso de pagar seis entradas para adultos, definitivamente no podía ser provechoso para la economía familiar.

— Es el cumpleaños de mi tesoro y si él quería pasar un día en el parque de diversiones con sus amigos, no se lo iba a negar —Minato le sonrió a su adorada princesita, la cual le devolvió un gesto inseguro. Quizás ella fuese un tanto meticulosa con los gastos, pero esa explosiva generosidad por parte del Namikaze -especialmente con lo mucho que apreciaba a los amigos de Naruto; nótese la ironía- no podía ser natural.

— A menos que tu plan sea reponer los boletos vendiendo la de peluches que has ganado… —la mayoría obtenidos con el fin de hacer quedar mal al chico cacatúa en los juegos de destreza—. Pensé que ibas a exigirles lo de las entradas a los demás —bromeó al momento de recostarse nuevamente entre los brazos de su blondo, atrayendo en el proceso a un enorme y esponjoso koala, obtenido mediante las mágicas manos de su marido.

— Y si te dijera que me salió gratis —esa confesión definitivamente calmaría su ansiedad financiera, aunque despertaría otro tipo de conflictos.

— Opinaría que es maravilloso; aunque no puedo imaginar donde ganaste tantos boletos.

— Sólo te puedo decir que Mei, no es tan mala como crees —justo al acabar aquella oración, la mágica atmósfera terminó destrozándose.

— ¡¿Esa tipa de los dio?!

Kushina no era celosa, insegura o desconfiada. Consciente de lo mucho que su esposo la amaba y el hecho de que jamás le sería infiel, nunca se preocupó por las constantes insinuaciones que Minato recibía a donde fuese que se encontrara. Hasta que conoció a Terumi Mei.

Fue unos meses atrás, cuando pasó a recoger al áureo al trabajo puesto que el automóvil de éste lo había usurpado Tsunade -el carro de la rubia yacía en el taller, luego de que se le olvidó que aquellas maquinas no sólo funcionan con gasolina-, y mientras éste se dirigía a donde su pelirroja había aparcado, la Uzumaki no pudo evitar recaer en la acompañante de su consorte. Alta, delgada, voluptuosa, jovial, de largo y sedoso cabello castaño claro -peligrosamente cerca del rojo-, ojos esmeraldas, facciones de revista y actitud coqueta.

Una llamada a su suegra aquella noche le proporcionó toda la información que necesitaba. Mei tenía poco de haber ingresado como docente a la universidad del fuego, sin embargo ya era toda una luminaria en dicho lugar. Lo fuese por su espectacular figura o su alto nivel de exigencia académica, el punto es que no existía estudiante de economía que no entrase en conflicto al momento de querer inscribirse a su clase; porque en primer lugar a menos que de que fueses mujer -y hasta eso se pondría en tela de juicio- era más fácil prestarle atención a sus peligrosas curvas que a sus esquemas de finanzas privadas, y en segundo, porque en caso de cumplir con el punto uno, con toda y la pinta de princesa que se cargaba su actitud era la de una total bruja al momento de evaluar.

Sí, la castaña era verdaderamente temida y respetada como sensei, aunque no tanto como su rubio, al que no pasaba un día sin brindarle alguna atención -también en palabras de Tsunade- ¡¿Qué acaso no entendía lo que significaba la argolla en su dedo, la foto familiar como fondo de su portátil o su incansable manía por estar hablando de su retoño?! Aquella arpía debía entender que el Namikaze hace mucho que era propiedad privada.

— Cariño, me estás cortando la circulación del brazo —ya le había dicho en infinidad de ocasiones que únicamente Naruto y ella -y quizás sus padres- ocupaban un imperecedero lugar en su corazón, que su popular colega no le llamaba ni mínimamente la atención, y que si aceptaba sus presentes era únicamente por que los estudiantes atiborraban a la castaña de cosas, y ella se la pasaban re-regalando entre los demás profesores. Aunque… ver a su reina celándolo era tan atractivo como gracioso; un poco de sádico placer ligeramente comparable a lo que él percibía cada que su niño se ponía efusivo con otra persona. Al fin el karma estaba actuando.

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La gama de ocres comenzaban a teñir el cielo, que a juego con el dorado del otoñal follaje conferían un maravilloso aspecto de paz e ilusión. Naruto ahora deambulaba a paso calmado, ebrio de ramen, azucares y calorías, de caídas, giros y vueltas, de risas y regalos. Sólo quedaba tiempo para un par de juegos más, el espectáculo de fuegos artificiales con el que cada noche aquel recinto de entrenamiento cerraba y su jornada de diversión abría concluido.

Lo admitía, su festejo había cobrado un aire en extremo pueril para su edad, pero él quería aferrarse por un momento extra a su casi extinta infancia. Quizás en un par de años se decidiría a experimentar algo más osado, pero en ese instante, ver los rostros complacidos de sus amigos y la inocente dicha en las facciones amables de sus padres, le parecía idóneo.

— ¿A qué se quieren subir ahora? —preguntó deteniéndose al tiempo en que termina con un sonoro sorbo su soda de naranja. El helado y travieso viendo con piscas de invierno revolvió el sedoso y brillante cabello del zorrito, haciendo su estampa aún más cautivante. Alguien sabía perfectamente cuál era el próximo destino.

— ¿Qué tal la noria? —y la atención junto con la incredulidad de inmediato se desviaron a cierto chico de cabello ébano ¿Sasuke había sugerido, qué?

— Asi que después de todo eres intolerante al azúcar —Sai, siempre arruinando el momento. Era posible que dicha sugerencia sí hubiese sonado un tanto desquiciada salida de su ilustre persona; pero aquello no evitaba el desear que su furibunda mirada bastara para que su primo sufriera un agónico dolor—. Sabía que tu amargo sistema no podría digerirlo, es una pena que terminaras enfermándote en el cumpleaños de Naru.

— Cállate, retrasado —sólo porque Minato-san estaba unos metros atrás, pero alguien se estaba ganando una sarta de porrazos.

— De verdad, teme ¿No prefieres una segunda ronda de Rasengan? —y ahora Naruto… ¿Por qué carajos le hacían tan difíciles las cosas? ¿Qué no ese rubio tonto había preguntado en primer lugar? Además a ese maldito juego no se habían subido y…

— Suena interesante —justo cuando el Uchiha estaba a punto de mándalos a todos al demonio y retractarse de su idea -aún si eso jodía tremendamente su acaramelado plan de confesión- , el timbre suave del taheño penetró en los oídos de sus amigos—. Podrías tomar buenas fotos desde la cúspide —añadió, enfocando con sus jades las cuencas obscuras del de sonrisa perenne.

— Eso es muy cierto, Gaa-chan —tanto como que Sai estaba en un punto de la complacencia para con su rojo amiguito casi enfermizo ¿Discutirle algo al Sabaku? ¡Jamás! Excepto por sus odiosos motes afectivos.

— Que no me digas asi.

— Bueno, entonces creo que está decidido —suspiró el áureo. Aquel juego era aburrido, pero si a los demás se les antojaba… Enfocó a sus padres, los cuales de nuevo estaban distraídos y en proceso de ganar el quinceavo peluche de la jornada; por más increíble que pareciese Minato sí que le había dado su espacio, brindándole atención momentánea pero concentrando sus esfuerzos en complacer a su princesita de fuego. No pudo evitar sentirse dichoso por sus progenitores. Naruto decidió no interrumpir la concentración de su padre -cuyo foco era un enorme y afelpado sapo naranja- y simplemente siguió el camino que ya estaban tomando sus amigos.

— No fue nada —escuchó el susurro del bermejo, aprovechando que el rubio permanecía unos pasos atrás y que el paliducho se encontraba unos metro adelantado. Pocas veces Sasuke se sentía tan agradecido con el Sabaku, aunque si lo consideraba en su totalidad.

— Igual no hay otro lugar para besuquearte con mi primo.

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— ¡Esto es aburrido, teme! Apenas y siento que algo se mueve.

— Ya cállate, dobe.

No habían pasado ni veinte segundos desde que abordaron esa jodida rueda de la disque fortuna y el rubito que estaba de quejica. Que la fila fue excesivamente larga -diez minutos- y atestada de innecesarias muestras públicas de afecto -si el blondo supiera-, que por qué no se habían subido todos juntos -ya que las cabinas eran exactamente para cuatro personas- y finalmente que ahí nunca sentiría el pulso en el cerebro o las tripas en el cogote. Al menos esperaba que lo último cambiase.

El de hebras carbón esperó a que la altura fuera idónea para conferir el paisaje adecuado, mientras las titilantes luces citadinas comenzaban a menguar la inevitable obscuridad nocturna. El zorrito finalmente había guardado silencio y Sasuke, que apretaba aquella aterciopelada cajita sacándola de su guarida, se aclaró tenuemente la garganta dándose valor para poder continuar. Vaya que se estaba viendo marica.

— Naruto yo…

— ¡Oh era cierto! ¡La vista si es genial desde aquí! —¿De verdad estaba tan prendado del de gemas añiles? Lamentablemente, sí—. Que buenas fotos, aunque seguramente las de Sai saldrán mejor, tiene ojo artístico y ese rollo y él no las está tomando con su celular. Le hubiese pedido la cámara a mi papá, pero con eso de que no soy de los que quieran inmortalizar cada segundo y suelo tener accidentes, no quiero terminar trabajando para comprar una nueva…

— ¡Naruto! —Había gritado ¿Y qué? Aparentemente con ese bocón de cabello dorado no se podía ser sutil—. ¿Qué no puedes estar sin hablar? —preguntó para de inmediato cubrir con la diestra los suaves labios del solecito -mejor ahorrarse la perorata acerca de su majestuosa capacidad de apreciar el silencio- y en un rápido movimiento con su mano libre puso el estuche frente a los irises de océano mostrando su contenido—. Feliz cumpleaños, usuratonkachi.

Era un collar, con una hermosa y resplandeciente gema irregular de tono verdoso y dos pequeñas esferas de plata a cada lado. Las cuencas cerúleas estaban absortas en el objeto que enmudeció a su dueño -para dicha de Sasuke-; luego de unos minutos el áureo dibujó una enorme sonrisa para al momento estrangular a su amigo con un efusivo abraso.

— De verdad pensé que se te había olvidado mi presente —confesó aún sin permitirle respirar al moreno—. Es muy lindo, aunque no tanto mi estilo, teme —se separó arrebatando el dije, intentándoselo poner.

— Ven aquí dobe —y Sasuke se colocó tras Naruto abrochando la cadena, percatándose de que efectivamente aquel cristal hacía juego con aquello traviesos y refulgentes ojos que tan encandilado lo traían—. ¿Quieres ser mi novio? —salió quedo de sus labios, cual secretito de infantes. Aquellos que se confesaban sin miedo ni prejuicios, desde que ambos tenían memoria.

— Sasuke… —sintió los deditos morenos apretar su pálida mano y luego un fuerte jalón que puso su frente en contacto con la de su inseparable amigo—. ¡Eres un cursi! —y las risas llenaron el lugar ¿Eso era un sí?—. Asi que por eso querías subirte a ese juego de nenas ¿Nee? Vaya que tienes ideas muy melosas.

— Prefiero decir que son románticas. Y si lo iba a decir que al menos valiera la pena ¿No? —el rubio nuevamente rio y el Uchiha sintió que sólo faltaba un gesto. Cortó la distancia y unió sus labios a los de su sol. Tal parecía que Naruto aguardaba por dicha acción, puesto que no perdió tiempo para agarrar las solapas del morocho y desquitar los años en que aquel contacto dejó de emitirse. Lento y dulce, profundo, más necesario que nunca antes. Una explosión de joven pasión, tan luminosa como aquellas flores de fuego que ahora estallaban en el firmamento.

— Hace mucho que no nos besábamos —¿Y de quien era la culpa? Pero el gatito prefirió guardarse el comentario y seguir disfrutando de aquel calorcillo que emitían los piquitos de su rubio tesoro.

Entre mimos el final de juego se aproximaba y su cabina estaba a punto de llegar al punto de partida, cuando los ónices se percataron de un detalle que atentaba contra todo.

Sasuke entonces sintió un horrible escalofrió.

— Naru… ¿Qué tal si mantenemos en secreto un tiempo nuestra relación? —pronunció dejando distancia entre ambos. El blondo compuso una mueca de extrañeza, luego dirigió la mirada a donde estaba centrada la atención de Sasuke.

Ahí estaba Minato, en la salida de la noria, observando absorto el espectáculo de pirotecnia. Gracias a Kami, no se dio cuenta de nada.


Notas

¡Penúltimo capítulo!

Sentí la última parte un poco apresurada, pero creo que ese es el estilo de CdP.

Varios me habían preguntado si iba a seguir con nuestros chicos hasta que fueran adultos; lamento decirles que no, puesto que mi idea desde el principio fue concentrarme en la edad que, según yo, es la menos abordada en los fics; la infancia y antes de los 16 años. Además es en la que tienen más interacción con los padres ¿No? XD

Espero de verdad que les haya gustado, que todos pasen unas muy felices fiestas y que nos leamos muy pronto, que la próxima vez será el gran final.

Muchísimas gracias por todo su apoyo y sus hermosos comentarios:

Mikiita; Violet Strawberry; bob-chan; Tomoe91; sochibi; Ang97; Soy YO-SARIEL; VAAYPER; Luna1986; Guest; Susana Mode; Pau; rukia; TheRusso; jennitanime; veruto kaname; rishuu. 71; Saku-Aya; 00Katari-Hikari-chan00; kari-chii; alessa-vulturi; dark angel-loveless y mani.