CAPÍTULO 6: VISITA AL CALLEJÓN DIAGON (parte II):
Sonia se levantó muy alegre y emocionada esa mañana, apenas había podido dormir en los últimos días y menos aquellas noche ante la perspectiva de poder acercarse un poco mas hacia su sueño de ir a Hogwarts.
Ese era el día en el que el traslador que le había mandado el profesor Dumbledore para que pudiese viajar hasta Londres se activaría. Hacia un par de semanas que lo había recibido junto a una nota del director que le comunicaba que ese traslador había sido programado de forma especial por el Ministerio de Magia Inglés para que pudiese hacer el viaje que le permitiese estudiar allí.
Sabía que no era fácil obtener permiso para un traslador y menos aun si se trataba de uno para viajar de un país a otro.
Junto a las instrucciones le comunicaba que se activaría el último sábado de las vacaciones a las 9 de la mañana hora inglesa y que después de que realizara las compras necesarias la visitaría en un bar-hospedería llamado el Caldero Chorreante, lugar donde estaba la entrada al Callejón Diagon donde podría realizar las compras, para someterse a la entrevista que le había dicho que le haría antes de poder aceptar su admisión en la carta en la que confirmó que tendría una plaza.
Según su reloj, que ya había cambiado a la hora inglesa para evitar errores, eran las 8 de la mañana, por lo que se vistió rápidamente y bajó a desayunar.
En la cocina ya se encontraban sus padres terminando de desayunar.
— Buenos días, hija -la saludó su madre en cuanto la vio entrar a la cocina.
— Buenos días, mamá, papá -respondió ella sonriendo.
— Parece que estas muy triste por tu marcha a un internado inglés -ironizó su padre al ver la feliz cara de su hija.
— No sabes cuánto -siguió la broma de su padre mientras no pudo contener una sonrisa.
Sonia se sentó a la mesa y comenzó a desayunar, no desayunó mucho, estaba demasiado nerviosa como para llenarse mucho.
— ¿Tienes todo preparado para cuando tengamos que irnos? -preguntó su madre.
— Claro, tampoco tenía mucho que preparar teniendo en cuenta que debo comprármelo todo nuevo -dijo Sonia, tras una pausa añadió-: De momento sólo he metido en el baúl ropa normal por si me apetece visitar el pueblo que hay cerca del colegio en los días de permiso y cosas de aseo. Ah, y la jaula de Lyra, ahora esta entregando una carta, pero la avise de dónde podía encontrarme cuando terminase.
— En ese caso mi espalda te agradecerá mucho que vayas ligera de equipaje -dijo su padre con una sonrisa.
— Tranquilo, no será necesario -contradijo ella-, cuando vayamos a irnos encogeré el baúl y me lo guardare en un bolsillo, ya lo agrandare cuando este en esa hospedería cuando termine mis compras.
— ¿No decías que habías leído que en ese colegio no te permiten hacer magia fuera de él? -se extrañó su madre-. A ver si te van a expulsar antes de haber entrado.
— Tranquila mamá -dijo con una sonrisa-, he pensado en eso, pero tu misma lo has dicho, es en ese colegio donde no se permite hacer magia fuera del colegio y técnicamente aún no pertenezco a ese colegio hasta que no tenga mi entrevista con el director y aquí si se permite hacer magia de forma moderada. También creo que el director dijo algo de que me haría también unas pruebas de nivel o algo de eso, pero no estoy muy segura de a qué se refería con eso.
No se notaba preocupada ante el hecho de la posibilidad de unas pruebas de nivel significara lo que significara eso, no creía que tuviera ningún problema con ese tema.
Sus padres no pudieron evitar mirarse de forma asombrada ante el ingenio de su hija.
— Pues si que lo has pensado bien para tener todos lo cabos atados -dijo su padre.
— He tenido tiempo para saber todo lo que hay que saber de ese colegio en estas vacaciones -dijo Sonia mientras terminaba de desayunar.
Cuando todos habían terminado de desayunar y lo hubieron recogido todo, Sonia se dirigió a la entrada donde estaba su, hasta de momento casi vacío, baúl y tras encogerlo con un ligero movimiento de varita con un hechizo no verbal, se lo guardó en su bolsillo delantero izquierdo, mientras escondía su varita en un bolsillo especial que había puesto en toda su ropa muggle en el lado derecho delantero, donde podría sacarla con facilidad y rapidez en caso de ser necesario al ser diestra.
Mientras ella hacia esto, sus padres se había dirigido a coger sus pertenencias, su padre sólo llevaba su cartera, con suficiente dinero mágico para las compras que necesitaría su hija (días antes había ido con su hija a un pequeño banco mágico español para cambiar dinero muggle por mágico y, aunque su hija aún no lo sabia, también había cambiado dinero para hacerle un buen regalo por su cumpleaños, que había sido hacia poco tiempo, y por haber conseguido las notas que le habían permitido entrar en uno de los mejores colegios mágicos del mundo), las llaves y su móvil y su madre llevaba un pequeño bolso con las llaves de casa, su móvil y algo de dinero muggle para darle después a su hija para que pudiera pagarse un taxi que la llevara a la estación de tren el día que tuviera que cogerlo para ir al colegio.
Una vez todos estuvieron preparados, y tras consultar el reloj, se dirigieron al salón donde había un viejo periódico inglés sobre una mesa de té, el traslador que los llevaría al Caldero Chorreante, entrada al Callejón Diagon y que estaba a punto de activarse.
Todos depositaron un dedo sobre el periódico tras verificar que todas las ventanas del salón estaban cerradas y tras un rápido fulgor azul desaparecieron de ahí para encontrarse segundos después ante la vieja barra de bar de lo que supusieron era el Caldero Chorreante.
Tras la barra, un viejo camarero, que dijo llamarse Tom, les dio la bienvenida, no hicieron falta muchas presentaciones, era obvio que el profesor Dumbledore había estado allí para avisarle de su llegada.
Tras un saludo de cortesía y tras confirmar que ella era Sonia Martínez los guió hasta el patio donde les indicó cómo acceder al Callejón Diagon y donde les confirmó que Sonia poseía una reserva para pasar allí las noches que faltaban hasta el inicio de clases a cuenta del colegio y que el profesor Dumbledore había confirmado su visita para después de comer.
Una vez dentro del Callejón Diagon y tras un rápido vistazo a la que era la calle comercial mágica más impresionante que habían visto nunca emprendieron el camino hacia su día de compras.
Teniendo en cuenta que sabían que la asignatura favorita de su hija eran las Pociones, lo primero que hicieron fue proponerle ir primero hacia la botica para que se hiciese con los ingredientes y materiales que necesitaría para ese curso.
Una vez en la botica se compró los dos calderos de peltre que pedía la lista, uno de número 7 y otro del número 10. Después eligió una balanza de latón de alta precisión para poder medir mejor los ingredientes y después se compró el juego de ingredientes para pociones avanzadas que era lo último sobre Pociones que pedía la lista. A pesar de tenerlo todo, echó un vistazo por la tienda y vio que la dependienta tenia un juego especial para pociones avanzadas de alto nivel que contenía algunos ingredientes algo difíciles de encontrar, aprovechando que había cogido sus ahorros se compró dos de esos juegos especiales de ingredientes con el objetivo de seguir perfeccionando las recetas de las pociones que había estado mejorando en los últimos años.
Cuando estuvo ya satisfecha con su adquisición en la botica decidió ir a por los nuevos libros de texto.
Había leído varias veces durante el verano la lista de los libros, sabia que no tendría porqué comprárselos todos, sólo los de las asignaturas que quisiera seguir estudiando para sus ÉXTASIS, por lo que después de tanto pensarlo se dirigió con decisión al dependiente.
Una vez frente al dependiente y habiendo llegado ya su turno, comenzó por pedirle El libro reglamentario de hechizos (clase 6), Últimos avances en encantamientos yLa búsqueda de la quinta esencia (para Encantamientos). Guía de transformaciones avanzadas (para Transformaciones). Mil hierbas mágicas y hongos, (para Pociones y Herbología). Pociones y más Pociones y Elaboración de pociones avanzadas (para Pociones). Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Teoría de defensa mágica y Enfrentarse a lo indefinible (para Defensa Contra las Artes Oscuras). Disipar las nieblas del futuro (para Adivinación). Árboles carnívoros del mundo (para Herbología). Y por último Magia Telepática, como usar tus verdaderos poderes (para Magia sin Varita).
Según la lista, también necesitaría un libro para Pociones llamado Filtros y Pociones mágicas, pero ese libro ya lo tenia y, según acababa de recordar, estaba dentro de su casi vacío baúl. Ese era el libro que leía en el jardín de su antiguo colegio el día que tuvo aquel extraño sueño.
No es que ese libro fuera necesario en ese colegio, pero era uno de los muchos que, con el paso del tiempo, había consultado en la biblioteca de su antiguo colegio y del que había sacado una copia, como hacia con todos los libros que de alguna forma le hubiesen parecido interesantes.
Incluso en alguna que otra ocasión había utilizado ese libro en clase para seguir sus instrucciones para la elaboración de algunas pociones que su profesor les pedía, le parecía que la forma de explicar de ese libro era mucho mejor del que usaban en clase.
Había decidido dejar atrás la asignatura de Historia de la Magia (la veía muy aburrida), Astrología, Cuidado de las Criaturas Mágicas y Runas Antiguas (no pensaba que estas le sirviesen para su futuro). En cambio había decidido seguir con Adivinación, nunca había tenido un profesor que le enseñase mucho sobre eso, pero siempre había tenido en cierta forma un don para eso.
Como le había pedido el profesor Dumbledore en la carta que recibió confirmando la disponibilidad de una plaza, ella le escribió tras ver la lista de los libros comunicándole las asignaturas que había decidido cursar y las que había decidido abandonar. Y eso, sin que ella lo supiese, le había ayudado para saber de qué asignaturas tendría que comprobar su nivel.
Con un montón de libros enormes y pesados salió de la librería para dirigirse a la papelería más cercana.
Una vez allí, lo primero que se compró fue una mochila para poder guardar en ella todos los libros que acababa de comprar, después de guardarlos en ella y de encogerlo todo bajo la extraña mirada de la dependienta, se lo guardó en el bolsillo junto con su baúl. Después compró un gran número de pergaminos y tinteros y un par de plumas. Siempre le gustaba tener alguna pluma de repuesto por si acaso.
Al ser esa la bolsa que dedujo su padre que sería la menos pesada fue la que se ofreció a llevar mientras su hija y su mujer se dirigían a una tienda llamada Madame Malkin a comprar las túnicas mientras él las esperaba con paciencia en la entrada.
Una vez en el interior de la tienda empezó con las túnicas escolares, según su lista necesitaría tres túnicas sencillas negras y una capa de invierno negra con broches plateados. En cuanto la dueña de la túnica tuvo la medida de la chica se ocupó de hacerle los arreglos necesarios y de poner su nombre en todas las prendas.
Terminada la tarea del uniforme, se dispuso a elegir lo que para ella era la peor tarea: elegir una túnica de gala.
Nunca le había gustado todo eso de las fiestas y eso era lo que indicaba el que en la lista apareciera como parte de lo necesario una túnica de gala. Ese tipo de eventos siempre le habían hecho recordar que no era una de las chicas más populares del colegio. Tenia amigas, si, pero no demasiadas, sólo aquellas que no la veían como un bicho raro cada vez que mencionaba que le apasionaban las Pociones.
Siempre que alguien se había acercado a ella había parecido que en un principio les caía bien, pero sabia que no era muy divertido relacionarse con una chica a la que le encantase estar más rodeada de calderos humeantes o de un buen libro que de fiestas. Bastante malo era eso como para confesar que en su tiempo libre investigaba minuciosamente las pociones que salían en los libros para intentar crea una nueva forma de elaborarlas para que pudiesen tener un mayor efecto, más potente, realizando las pociones en el menor tiempo posible.
Llegar a conseguir eso era algo difícil que necesitaba mucho tiempo, trabajo y dedicación, pero lo había conseguido. El fruto de su trabajo daba resultados. Ya había conseguido mejorar la forma de preparación de varias pociones y con extraordinarios resultados. Un gran avance en lo relacionado a las pociones que no había podido contarle a nadie por miedo al rechazo de ser un bicho raro.
Apartó de su mente esos pensamientos y se volvió a concentrar en su túnica de gala.
Su madre ya había preseleccionado varias túnicas, muy variadas. Era extraordinario el entusiasmo que ponía en todo ello teniendo en cuenta que no había tenido ningún contacto con el mundo mágico hasta que su hija fue admitida a un colegio de magia.
Ya había perdido la cuenta de todas las túnicas que se había probado hasta entonces, y de las muchas que había ido mirando mientras pasaba una a una las perchas que colgaban por todas partes hasta que vio una que la hizo despertar.
No sabia muy bien cómo explicarlo, pero algo en ella le decía que esa era la indicada para ella, con una perspectiva algo mejorada sobre lo que pensaba sobre los bailes y las fiestas miró a su madre para que le diera su opinión sobre la túnica que tenia entre sus manos y su madre al verla sólo pudo sonreír.
Ese simple gesto hizo que le entraran ganas de probársela y ver si le seguía gustando tanto cuando la tuviera puesta, pero a pesar de eso le pidió opinión a su madre antes de girarse hacia el espejo y ver el resultado por ella misma y lo que vio la fascinó.
Tal vez llegara a gustarle en cierta medida eso de dejar de parecer un poco el patito feo aunque fuese una vez al año.
Y sin pensarlo más y con la aprobación de su madre se compró esa túnica.
Terminadas las compras de la vestimenta y de todo lo demás ya estaba lista para volver al Caldero Chorreante para comer algo antes de que sus padres volvieran a casa y de que ella tuviera la entrevista con el director del colegio y así se lo hizo saber a sus padres, pero ellos tenían otra idea en mente antes de volver.
— Ya he terminado de comprar todo lo que ponía en la lista -le dijo Sonia a sus padres-, ya podemos volver al Caldero Chorreante para comer antes de separarnos.
— Antes de irnos me gustaría ir a visitar una tienda que he visto -dijo su padre-, creo que era de algo sobre Quidditch o algo de eso, no lo he podido ver bien porque tenía el escaparate lleno de gente, tal vez haya algo interesante, ¿qué me dices? -preguntó dirigiéndose a su hija y mirando a su mujer, los dos sabían que era una de las pasiones de su hija.
— No se -dudó un poco.
— Vamos, puede que sea interesante -la animó su madre.
Sabia que sus padres conocían su amor por ese deporte, era su otra pasión junto con las Pociones.
Había entrado al equipo de Quidditch de su casa en su primer año, algo raro, no sólo para un alumno joven, sino también para uno que venia de una familia y educación muggle y que no tenía ningún conocimiento sobre el deporte o escobas voladoras hasta que llegó al colegio.
Nunca había estado mucho tiempo seguido en una misma posición, se decencia decentemente en todas e iba alternando en una u otra posición dependiendo de la necesidad que hubiese tenido el equipo, aunque lo que más le gustaba era ser cazadora, pero ser buscadora tampoco había estado tan mal, se había divertido y le había servido de ayuda ser más ligera y menuda que los demás buscadores.
Recordando los buenos momentos vividos jugando al Quidditch y pensando que podría echar de menos ese deporte por no poder jugar ese año decidió ceder al deseo de sus padres de visitar esa tienda.
Se encaminaron en dirección a donde había dicho su padre que estaba la tienda, ya desde lejos se podía ver que había mucha gente mirando el escaparate, pero Sonia dedujo que a esas horas, por ser la hora de comer, habría menos gente que durante el resto del día.
Cuando pudieron hacerse un hueco para mirar ellos el escaparate vieron el motivo por el que todos estuvieran allí con admiración en su rostro, no es que ellos entendieran mucho sobre escobas voladoras o sobre cosas de esas, pero pudieron deducirlo por la cara de asombro y admiración que puso su hija en cuanto la vio.
Se trataba de una escoba magnifica, a su madre le pareció preciosa, muy bien pulida y muy brillante, con las ramitas perfectamente alineadas. La escoba llevaba su nombre grabado: Tormenta del Desierto, y también había una pequeña placa dorada en la que se podía poner el nombre del dueño.
Sonia, tras leer el cartel con las características de la escoba y tras explicarle las diferencias con su actual escoba, una Saeta de Fuego, siguió admirándola. Se trataba de la escoba más veloz del mercado y, de momento, la única con un sistema antirrobo tan único que sólo permitía su utilización al dueño o a la persona a la que el dueño autorizase.
Tan ensimismada estaba con esa escoba que no se dio cuenta cuando su padre se escabulló entre el bullicio de gente y entró a la tienda tras un gesto de asentimiento de su mujer.
Una vez dentro de la tienda, lo único que hizo fue dirigirse con decisión al dependiente para preguntar por algo apropiado para su hija por su cumpleaños que había sido a finales de Junio, pero que no le habían comprado nada hasta ver si los resultados de sus exámenes le permitían entrar al nuevo colegio y así darle un mayor regalo.
Una vez elegido el regalo y pagado una importante cantidad por él, le pidió al dependiente que lo envolviera y que lo encogiera para que la sorpresa de su hija fuera mayor cuando pudiese abrirlo en la tranquilidad del Caldero Chorreante.
Terminada la transacción salió disimuladamente de la tienda y se unió discretamente a su hija y a su mujer. En cuanto llegó hasta ellas le hizo una señal a su mujer que le hiciese entender que había comprado el regalo para su hija y después de un momento más en el que estuvo Sonia terminando de admirar la escoba se dirigieron los tres al Caldero Chorreante.
Cuando llegaron al Caldero Chorreante le pidieron al dueño la llave de la que sería la habitación de su hija hasta que llegara el momento de irse al colegio para dejar las compras mientras les preparaban una mesa para poder comer algo.
Los tres se dirigieron a la habitación, entraron y cerraron la puerta. Mientras Sonia se encaminó a abrir la ventana, sus padres se sentaron en la cama. Después de abrir la ventana se dispuso a sacar de su bolsillo su baúl y su nueva mochila llena con sus nuevos libros y los devolvió a su tamaño natural, después se acercó al lado de la cama donde estaba su madre para coger la bolsa con lo necesario para Pociones y las túnicas y luego se dirigió al lado de su padre para coger la bolsa con el material de escritura. Cuando lo tuvo todo ordenado en el baúl se giró hacia sus padres que la observaban.
— Ya he terminado de guardarlo todo en el baúl -dijo Sonia mirando a sus padres-. ¿Bajamos a comer?
— Aun no -dijo su madre.
Sonia la miró extrañada, pero antes de poder decir nada su padre habló.
— Antes de bajar queremos darte algo.
— ¿El qué?
— Un regalo de cumpleaños atrasado -dijo su padre sacando el diminuto paquetito en el que se había convertido el regalo tras haberlo encogido el dependiente.
— Y también por tus notas y por haber conseguido ser admitida en el nuevo colegio -añadió su madre.
— No tendríais que haberme comprado nada, de verdad -dijo Sonia sonrojándose levemente.
— Estamos seguros de que te va a gusta -dijo su padre con una sonrisa mientras miraba a su mujer.
— ¿Qué es?
— Si quieres saberlo tendrás que abrirlo -dijo su madre emocionada y sonriendo mientras le tendía el paquete que su marido le había dado.
Sonia se acercó y cogió el paquetito que le ofrecía. Con una mano temblorosa intentó comenzar a abrirlo, pero antes de que pudiera hacer algún progreso su padre la detuvo.
— Antes de abrirlo tendrías que agrandarlo -dijo su padre-, le dije al dependiente que lo encogiera para que fuera más fácil traerlo.
Sonia le miro extrañada, pero hizo caso a su indicación, sacó la varita y lo agrandó con un ligero movimiento y un hechizo no verbal.
Ante ella ahora había un paquete grande, alargado y fino. Con este nuevo tamaño le resultó mucho más fácil poder proceder a abrirlo.
Se quedó sin palabras, los ojos se le habían abierto de la sorpresa y esa reacción hizo sonreír a sus padres, estaba claro que no le había gustado el regalo, sino que le había encantado. Entre sus manos tenia una Tormenta del Desierto, la escoba que acaban de ver en el escaparate y que la había impresionado tanto.
La tristeza inicial por haber tenido que dejar en casa su antigua escoba por no tener pensado intentar o tener opciones de entrar en ningún equipo este año había quedado en el olvido. Puede que ese año pensara dedicarse a los estudios y dejar de lado el Quidditch, pero pensaba volar en ella cuando necesitara desconectar.
Pasaron unos pocos minutos hasta que consiguió articular algún sonido que fuera entendible.
— Madre mía, es una Tormenta del Desierto... es increíble... muchas gracias -dijo saliendo de su estado de Shock y abrazando a sus padres-, de verdad, muchas gracias.
— De nada hija -dijo su madre con una sonrisa-, te lo mereces.
— Ahora si que podemos bajar a comer -dijo su padre-, me muero de hambre.
— Pero antes -interrumpió su madre el andar de su marido hacia la puerta-, creo que deberías guardarte el dinero para el taxi que te lleve a la estación el 1 de Septiembre -añadió su madre mientras rebuscaba su cartera entre su bolso y le tendía unos billetes.
— Eso me hace recordar que me ha sobrado algo de dinero mágico -dijo su padre-, no es mucho, pero tal vez te haga falta cuando podáis visitar el pueblo ese que hay cerca del colegio -y él también le dio dinero, esta vez en forma de monedas de oro, plata y bronce.
Los tres juntos se dispusieron a bajar a comer en la mesa que Tom, el dueño del Caldero Chorreante, había preparado para ellos en un rincón tranquilo. Después de la ligera comida se pusieron a hablar de lo diferente que era ese mundo mágico al que había en su país.
Tan enfrascados habían estado en su conversación que no se habían dado cuenta de lo tarde que era hasta que Tom les anunció la llegada del profesor Dumbledore.
Se levantaron rápidamente de la mesa y salieron del comedor para encontrarse con el director en la parte del bar.
Después de las presentaciones de rigor y una breve charla para romper el hielo, Dumbledore les tendió a los padres de Sonia otro traslador en forma de una vieja tetera desportillada y con flores que los enviaría de vuelta a casa, advirtiéndoles que se podría en marcha en diez minutos.
Dejo que se despidieran tranquilamente de su hija, y tras su marcha, se dirigió a la muchacha.
— Bueno señorita Martínez, creo que ha llegado la hora de que mantengamos una breve charla que tenemos pendiente. ¿No le parece?
— Estoy de acuerdo, profesor -contestó la chica.
— Iremos a un sitio mas tranquilo. Le he pedido al dueño que me reserve una sala privada, allí nadie nos interrumpirá.
— Perfecto, señor.
Dumbledore se dirigió a la barra donde el dueño estaba colocando unas botellas bajo ésta.
— Tom, ¿tiene lista la sala privada que le pedí para hoy?
— Si, Albus, le he preparado la número tres, es la más tranquila -contestó el cantinero- permíteme que les muestre el camino -añadió mientras se disponía a salir de la barra.
— Tranquilo, Tom, conozco el camino -se giró hacia Sonia-, señorita Martínez, si es tan amable de seguirme...
— Claro, profesor.
Y los dos se dirigieron por un estrecho pasillo hasta atravesar una puerta con un número 3 de latón y cerrar tras ellos.
