HOLA HOLAAAAAAAA, SÉ QUE ME ODIÁIS. SÉ QUE SOY LA MÁS PERRA Y VAGA DEL UNIVERSO, PERO... PERDÓN. El caso es que ya he escrito un capítulo de este y con un poco de suerte esta tarde escribiré uno del otro, pero nada es seguro en esta vida salvo la muerte. Os advierto que este fic va a costar disgustos porque Danny va a odiar MUCHÍSIMO a Harry, lo advierto ya desde pronto. Pa' que luego no vengáis llorándome D: pero todo se andará MUAHAHAHAHAHAHAHA. Sabréis quién es Harry, sabréis quién es Danny, sabréis historias de ambos, sabréis muchas cosas y va a ser pronto. Porque este fic durará poco. JEJEJEJEJEJE.

CAPÍTULO 1- I can't live that way anymore.

"Lunes 12/04/05

Son las tres de la mañana y no sé qué hacer. Hace unas horas, justo después de cenar, el médico me ha hecho una visita extraoficial, ya que los domingos este edificio está desierto incluso de profesionales sanitarios, y me ha hecho una recomendación: "Escribe todo o que pienses y sientas en una libreta", y ha dejado este fajo de folios encuadernado de azul encima de la mesita de noche que tiene mi habitación. Vaya chorrada, ¿no? Pero aquí estoy, hablándole a un trozo de papel en la madrugada del día de mi cumpleaños. Cumplo diecinueve años, sí, sigo viviendo y, por más que lo intento, no le encuentro el sentido. Pueden acusarme de no haber conseguido salir de esto, pero no podrá acusarme de no haberlo intentado.

No sé qué quiero escribir en este diario, ni si quiera confío en que esto vaya a ayudarme, pero no me queda otra salida que, al menos, aprovechar una de las oportunidades que me han dado. Desahogarme libremente y sin que nadie me pregunta, sólo y exclusivamente cuando yo quiera hablar. Y nadie contestará, nadie me reprochará nada de lo que diga, porque sólo lo sabremos tú y yo, tus páginas y yo.

Cumplir años en un hospital no es lo que nadie desea en su cumpleaños anterior al soñar las velas, ¿cierto? Claro que yo jamás deseé que mis padres dejaran de venir a verme al hospital, ni tampoco que le prohibieran a mi hermana pequeña hacerlo, ni tampoco deseé que mis compañeros de clase decidieran que era mejor no tener contacto conmigo. Hay tantas cosas que yo no quise y sucedieron, que ya no confío ni en lo que de verdad quiera pedir. Porque no se cumplirá, a mí todo me sale al revés, ¿sabes?

Aún no confío del todo en ti. Pero con el tiempo supongo que lo haré, ¿verdad? Me dejarás confiar en ti. Al menos eso espero. De momento no te contaré todo lo que escondo, aún no somos amigos, somos conocidos. Pero estar aquí encerrado te empuja a contar las cosas tarde o temprano, así que no te desesperes, llegará el momento de abrirme a ti. No sufras. Te lo contaré todo, pero a su debido tiempo, lo prometo."

Rebusqué a los lados de mi cuerpo, entre las sábanas de la cama, hasta dar con la capucha del bolígrafo azul con el que me dedicaba a plasmar, como bien me había dicho el médico, todo lo que pensaba y sentía en esos momentos. No había tardado demasiado en escribir las primeras palabras, claro que tampoco era demasiadas. Aún no sabía qué decir, ni cómo hacerlo. Jamás había tenido un diario, y jamás había querido tenerlo, si ya me costaba expresarme con palabras saliendo de mi boca, ¿cómo iba a ser capaz de plasmar mis sentimientos en una hoja de papel? El doctor había dicho que me costaría, pero que, en el fondo, me ayudaría.

Una vez conseguí cerrar el bolígrafo, dejé éste encima de la libreta azul y ésta, a su vez, en la mesita de donde la había recogido minutos antes. Una vez allí, me quedé observándola, ¿sería de verdad una buena idea? No lo sabía, ni si quiera confiaba en mí, como para confiar en un trozo de papel. Pero tenía que hacerlo por ellos, aunque no funcionara. Estaba cansado de observar a la gente ir y venir (menos a mi familia, claro, que ya habían dejado su postura clara al respecto no viniendo a verme desde hacía unos cinco meses) sólo con la preocupación en la cara, enfermeras, médicos, celadores… gente que ya me conocía y quería verme recuperado del todo. Yo no quería decepcionar a nadie, pero tampoco quería que pensaran que iba a estar bien en poco tiempo, porque no era la realidad. Jamás le había contado a nadie cuáles eran mis motivos, qué se me había pasado por la cabeza para, cinco veces, intentar acabar con mi vida. Tampoco creía que fueran a entenderlo.

Apagué la lamparilla que había al otro lado de la mesilla con solo un alargamiento del brazo y luego, volví a situarme en la posición fetal en la que siempre dormía. No es que fuera la más cómoda, pero si la que más seguridad me daba. Me gustaba notar todas las partes de mi cuerpo unas con otras, las rodillas en mi pecho, los brazos en mis rodillas… me daba sensación de tenerme totalmente controlado.

No me di cuenta de cuándo pasó, pero poco a poco, mis ojos decidieron tomar una decisión propia y cerrarse, para sólo abrirse una vez hubiera descansado lo suficiente.

Esta vez no me despertó la luz del sol, ni si quiera me había fijado en que los rayos entraban con total libertad a través de la cristalera, pero lo hacía. Me despertó el hecho de que alguien, sin intención de hacerme daño, tirara de un mechón de mi pelo para hacerme abrir los ojos. Cuando conseguí sincronizar ambos párpados después de numerosos abrir y cerrar de ojos para que ambos se abrieran a la vez pude contemplar la escueta silueta de mi hermana al borde de la cama, con una sonrisa de oreja a oreja, con esa sonrisa que llevaba meses sin poder ver. Mi cerebro me impulsó, ni si quiera era consciente de lo que hacía cuando, de golpe, salté de la cama y cogí a mi hermana en brazos. Tenía catorce años, pero su cuerpo aún la representaba como una niña algo más pequeña aunque no lo fuera.

- ¡Marta! – ella rió al notarse suspendida gracias a mí - ¿qué haces aquí? ¿Tú no deberías estar en clase? – la dejé en el suelo para mirarla de nuevo, hacía tanto tiempo que no había podido hacerlo.

- Sí bueno, debería – se encogió de hombros y ladeó la cabeza en un gesto adorable que siempre hacía para evitarse broncas – pero no todos los días mi hermano mayor cumple años. No creo que noten mi ausencia, y si la notan, ya me buscaré la manera de que papá y mamá no se enteren.

- No deberías haberte saltado las clases para venir a verme – suspiré y me senté en el borde de mi cama, sujetando su mano entre las mías.

- ¿Y cuándo pretendías que viniera a verte? Si no es de esta manera, jamás hubiera podido venir, y lo sabes – agachó la mirada hacia el suelo. Tenía razón y, por un lado, me alegraba de que hubiera decidido saltarse el tostón de clase para estar conmigo el día de mi cumpleaños – Toma – me dijo sacando de su mochila un paquetito envuelto y me lo tendió – Es para ti, feliz cumpleaños Danny – una sonrisa involuntaria se escapó y atrapé el paquete con mis manos para después rasgar el papel y sostener en mis manos una cajita negra, muy pequeña – Estuve ahorrando durante tres meses para poder comprarlo, como no sé cuándo vas a poder salir de aquí, quiero que me tengas siempre contigo – abrí la caja y, con mis dedos índice y pulgar de la mano derecha atrapé una cadena de plata y la estiré en el aire. En ella se tambaleaba una "M" de plata también, me encantaba, mi hermana siempre estaría conmigo - ¿Te gusta? Si no te gusta puedo traerte otra cosa.

- ¿Estás loca? Es el mejor regalo del mundo, así, siempre que no estés, tocaré el colgante, y pensaré que estás conmigo – la abracé. Sentía pena por ella, era demasiado pequeña como para entender nada de lo que pasaba a su alrededor, y sabía que me quería y que quería que yo estuviera bien. Era lo único que me quedaba, lo único por lo que, de vez en cuando, me planteaba seguir adelante. Logré aguantar una lágrima que amenazaba con salir de mis ojos si no paraba tanta emoción a tiempo. Pero no quería que mi hermana me viera llorar, otra vez no. Así la hice desaparecer antes de que ella pudiera darse cuenta de su existencia.

Cuando me separé de su cuerpo juntó sus manos en la parte detrás de su espalda y miró al suelo para luego decir algo que jamás les perdonaría a mis padres.

- ¿Por qué no quieres vivir más? Papá y mamá me han dicho que ya no nos quieres, y por eso te quieres morir - ¿qué clase de padres podían ser capaces de decirle eso a su hija de 14 años? La misma clase de padres que no venían a ver a su hijo ingresado desde hacía meses. Al oír a mi hermana pronunciar esas palabras tuve que morderme la lengua para no despotricar sobre esos dos individuos a los que les había gustado jugar a la familia feliz, pero a los que no les gustaba afrontar los problemas cuando estos venían. Rodeé la cara de mi hermana con las palmas de mis manos y la miré a los ojos.

- Marta, jamás ¿me oyes? Jamás voy a dejar de quererte, ¿me has entendido? – ella asintió – me crees, ¿verdad? Esto no es por ti, tú no tienes la culpa de nada. ¿Me estás escuchando? – ella volvió a asentir e intentó que una sonrisa suya, no del todo convincente, diera por sentada la conversación.

Dejé que mi hermana se marchara minutos después de haber pasado tiempo con ella.

- Hace un par de meses alguien pasó por casa y preguntó por ti. Parecía preocupado e interesado en saber cómo estabas. Papá y mamá no saben quién era, y yo tampoco lo reconocí – dijo antes de salir por la puerta de la habitación.

No sabía hasta cuándo le decía a adiós, pero tenía claro que iba a ser mucho. Me colgué del cuello su maravilloso y oportuno regalo y volví a tumbarme en mi cama. ¿Alguien preguntando por mí? Me extrañaba demasiado. A no ser que fuera para asegurarse de que estaba en el hospital o muerto, y montar una fiesta al respecto.

Después de la hora de la comida, un par de enfermeras, las que más tiempo pasaban conmigo, se acercaron a felicitarme y a traerme una magdalena de chocolate, de esas que a mí me encantaban. Cumplir diecinueve años parecía ser algo mágico para ellas y me pegaban ese sentimiento a mí por unos minutos, aunque fueran escasos. Yo también necesitaba esos momentos. La necesidad de, a pesar de haber perdido toda esperanza sobre mí mismo y sobre mi vida, alguien me devolviera un rayito de luz por el que luchar.

- ¿Sabes? Hoy tendrás un nuevo compañero. Espero que a este sí decidas hablarle de una vez – me dijo una de las enfermeras antes darme con un globo en la cara.

- ¿Un compañero? ¿Otro? ¿Es necesario? Quiero decir… yo aquí estoy bien solo, ¿por qué no buscáis otro cuarto? – no me gustaba estar acompañado, era como perder toda intimidad existente.

- Porque sabes que las demás plantas están a tope, además, tampoco tendrás que aguantarle demasiado, es sólo un accidente de moto. Un par de huesos rotos. Unas tres semanas, como mucho un mes – me sonrió ella, intentando animarme y yo suspiré – Danny, deberías empezar a buscar motivaciones, amigos, hobbies… deberías empezar a querer ayudarte – no me gustaba hablar del tema. No quería hablar del tema y callándome se lo hice saber. Ella suspiró a modo de rendición y salió del cuarto no sin antes decir "en 20 minutos estará aquí, sé bueno". Y no tendría que ser bueno, porque ni sería. No notaría mi presencia y esperaba no tener que notar yo la suya.

Justo cuando había decidido retomar mi escritura con mi nuevo mejor amigo, alguien invadió mi territorio.

Chase, uno de los celadores del hospital, empujaba una silla de ruedas a través de la puerta en la cual, un chico, de aproximadamente mi edad, se sentaba en ella.

- Lo siento Danny, ya te han dicho que en las demás plantas no queda espacio – levanté la mano y asentí a modo de "ya lo han explicado, omítelo". El chico tenía las manos cruzadas encima de su regazo y llevaba la pierna derecha escayolada al completo, desde el pie hasta la ingle. Tenía los ojos azules y su pelo era oscuro y corto. Parecía deportista, tanto por la camiseta de marca como por los brazos que asomaban por ella. Y el caso, es que me era demasiado familiar, aunque no sabía por qué.

- Hola – dijo mirándome.

- ¿Nos conocemos? – escupí sin ni si quiera contestar su saludo.

- No lo creo – rió y acabó sentado en la cama que había paralela a la mía con ayuda de Chase. No me convenció su respuesta, estaba seguro de haberlo visto antes, no sabía dónde, ni cuándo ni por qué, pero yo le conocía de algo. Tras eso, no volvimos a dirigirnos la palabra, tal vez, ya le hubieran puesto en antecedentes conmigo y ni si quiera iba a intentar un mínimo acercamiento a mí.

Me coloqué los cascos y me dispuse a agarrar la libreta que había tenido abandonada durante todo el día, pero antes de que ni si quiera pudiera abrirla una bola de papel se estampó contra mi cara haciendo que mi mirada y mi grado de irritabilidad momentánea apuntara directamente a aquel chico.

- ¿Se puede saber qué haces, idiota? – no, ya he dicho que no era fácil haciendo amigos.

- Idiota no, Harry, me llamo Harry – y no dejaba de sonreír.

- Me da igual como te llames – inquirí.

- Y a mí que te de igual – se encogió de hombros.

Volví a hacer un segundo intento por colocarme la música y ponerme a escribir la visita de mi hermana, la tan deseada visita de mi hermana. Pero otra nueva bola de papel me molestó y mi grado de irritabilidad subió alrededor de 6 grados de golpe. Me quité los cascos bruscamente y me puse de pie.

- ¿¡ME QUIERES DEJAR EN PAZ!? – grité.

- ¿No crees que si quisiera, lo hubiera hecho? – me miró muy serio. ¿Me estaba vacilando?

- ¿Te estás riendo de mí o qué? – me acerqué a la cama.

- No, tú crees que me estoy riendo de ti, yo sólo busco entablar una conversación para que dejes de ser el mueble más inútil de este cuarto – normalmente cuando le gritaba a alguien terminaba por ignorarme, pero él no se rendía así le gritara ochenta veces.

- ¿Qué quieres? – a lo mejor si le seguía el juego, se cansaba de preguntar.

- ¿Por qué estás aquí? Yo he tenido un accidente. He cogido la moto de mi hermano mayor y bueno, aquí estoy – y mi corazón dio un vuelco.

- No te importa ni a mí me importa tu mierda de historia – me di la vuelta y volví a la cama, parecía haberse cansado al no obtener respuesta. Aunque estaba seguro de que no sería la última guerra, y que yo, no las ganaría todas.