33 de Diciembre
Con mucho esfuerzo, arrastré una bolsa llena de botellas de vidrio hasta el basurero del edificio. Me limpié las manos y subí en ascensor. Apenas entrar escuché el choque de platos, vasos, cubiertos y el abrir y cerrar de gavetas y la nevera. Era Misato, que registraba con violencia todas las esquinas del apartamento.
—¿Dónde están?— me preguntó, sudando y con expresión de horror.
—Las tiré.
—¡¿Todas?!— gritó.
—Todas— le respondí en seco.
—¡¿Por qué?!
—Porque era necesario.
—Asuka, tú no entiendes… yo… yo necesito— Empezó a balbucear cosas ininteligibles. Su cara se tornó trágica. Se desplomó en el piso a llorar. Habló incoherencias sobre Kaji y su padre. No paraba de decirme «insensata» y preguntarme por qué lo hice. Me senté a su lado. Lloró sin consuelo sobre mi hombro.
—Tienes que dejarlo.
—No puedo.
—Tienes que poder.
La acompañé mientras se bañaba y después se durmió. Éramos las únicas en la casa. Fui a la cocina y llamé a Hikari, a su casa en Kioto. De vez en cuando la llamaba, o ella a mí. Era agradable saber de ella, lo que estaba haciendo y con quiénes estaba. Tenía pensado volver a principios de Enero, poco antes del reinicio de la clases. La he extrañado mucho. Cansada, me deslicé por la pared hasta caer al piso. Miré los baldes grandes de pintura blanca al lado del televisor. Tenían más de una semana ahí, pero nadie los había tocado.
La tarde fue pesada. Me la pasé leyendo y esperando que el tiempo pasara más rápido. En la noche, me preparé para ir a una fiesta en casa de un compañero de Toji. Realmente no sabía por qué iba, tal vez esperaba conseguir a alguien con quien compartir mi aburrimiento. Caminé varias cuadras hasta el tren y me detuve cuatro estaciones más adelante. Caminé otro par de cuadras hasta el lugar. Era una casa grande y bien cuidada. Adornada de adentro hacia afuera con parafernalia navideña. La mitad del colegio parecía estar aquí. Era una locura. Gente fumando, gente bebiendo, gente drogándose. La luz era muy pobre y las esquinas eran nidos de amor improvisados. Había una piscina, pero sería ridículo pensar que con este frío alguien se bañaría en ella. La música era ruidosa. Bajé al sótano y conversé con varias compañeras de clase. Ninguna hablaba de nada interesante, sólo chismes y rumores sobre esta o aquella persona, a la mayoría ni siquiera las conocían; lo único que les importa es hablar sobre alguien. Extrañe aún más Hikari, que si bien no siempre tiene un tema estimulante de conversación, posee la sensatez suficiente como para no dirigirse a mí con temas de tan mal gusto.
Exasperada, me separé del grupo, que sin duda habló mal de mí apenas lo hice. Miré alrededor en busca de opciones. Di varias vueltas hasta que, a lo lejos, vi a Ayanami sentada en un mueble con una bebida en la mano. Me senté a su lado. Frente a nosotros había varios estudiantes de cursos superiores participando en un incomprensible juego de bebidas. Nos saludamos.
—¿Qué haces aquí?— le pregunté, levantando la voz para que pudiera escucharme. Me respondió algo que, por la música, no pude entender. Le hice un ademán de que nos retiráramos. Salimos y nos sentamos cerca de la piscina, donde el ruido era mucho menor. Repetí la pregunta.
—Participo en la fiesta— me dijo en su voz ecuánime, yo la miré extrañada.
—¿Viniste por ti misma?
—Ikari me pidió que me involucrara más en las actividades de la escuela, o que involucraran a nuestros compañeros.
—¿Lo has visto?
—Me saludó al llegar, pero no he conversado con él desde entonces. Ha estado con la piloto Mikanami— Tomó un sorbo de su bebida. Recliné la cabeza hacia atrás con fastidio y me quedé así. Miré hacia arriba; el cielo parecía estar más cerca de la Tierra esta noche. Las estrellas se veían más grandes y brillaban con más intensidad que de costumbre. Me sentí cansada. Sin cambiar de posición, mire a Rei.
—Rei— Llamé su atención, ella me miró—¿Eres feliz?— Me siguió mirando con la misma expresión invariable de siempre, pero había intriga en su voz—No comprendo.
—¿Dirías que eres feliz?— reiteré.
—Tendría que saber qué es ser feliz— me respondió.
—No es algo que se pueda definir.
—Entonces preguntar si alguien es o no feliz es sumamente contradictorio.
—Es algo que se siente, no se pone en palabras— Tuve dificultad para articular las ideas.
—¿Cómo se siente?— me preguntó con cierto brillo de interés en los ojos.
—Te sientes bien. Sonríes. Nada te hace enojar. Todo parece salir como tú los deseas.
—He escuchado a muchos estudiantes hablar sobre eso. Parecieran tener la idea de que ese estado se alcanza teniendo una pareja.
—Puede ser una vía— Dudé al decírselo.
—¿Tú has sido feliz?— me preguntó.
—Sólo por accidente— me reí. Su expresión se mantuvo igual.
—Y ¿Qué se necesita para ser feliz?
—Todos son felices de manera diferente. Lo me hace feliz a mí podría entristecer a alguien más. No puedo decirte qué te haría feliz a ti porque no sé qué me haría feliz a mí.
—¿Hay formas de saber si se es feliz?
—Cada quien lo sabe cuándo deba saberlo.
—Es decir, no hay una manera consistente de ser feliz— Dudé, pero al final asentí. Seguimos hablando por un rato, banalidades. Rei se levantó y me agradeció la charla, dijo que le «brindé perspectiva» respecto a «los asuntos humanos». Aún sonrió al pensar en eso. Luego la perdí de vista.
Me levanté yo también y rondé por el patio. Tomé algo para beber y me senté en la escalera que da con la entrada principal. Jugueteé con la nieve; hacía pequeñas bolas y las lanzaba contra la pared y la calle. El frío era tolerable.
Escuché pasos detrás de mí. Era Shinji. Me miró con una media sonrisa que me hacía sonrojar. Volví la mirada hacia el portón. Se sentó a mi lado, muy cerca.
—Este va a ser un mejor año— me dijo, acercándose más.
—¿Por qué?
—Porque acaba de comenzar. Es como si todo lo malo que pasó este año quedara en el pasado y frente a nosotros queda un futuro alentador— Se detuvo—Obviamente, esto sucede todos los años.
—¿Alguna vez se cumple?
—Durante un tiempo. Siempre paso uno o dos meses equivocándome al colocar la fecha; escribo el año anterior en vez del actual. Para cuando me acostumbro a escribirla bien, ya es un año como cualquier otro, y me doy cuenta de todo el tiempo que perdí— Me miró con cara de preocupación—Deberías tomar algo, tienes la boca seca— Me tomó la barbilla y acarició mis labios con curiosidad. Aparté la cara al notar mi sonrojo.
Ya era primero de Enero y las estrellas se veían igual que el año pasado; hace dos horas ¿Qué tanto puede cambiar en un solo año? Es muy poco tiempo para cualquier cosa. Algunas admiradoras llamaron a Shinji. Me dijo que ya volvía.
No esperé por él y me fui. Empezó a nevar otra vez. Había música ruidosa por toda la ciudad; nunca he entendido las celebraciones de año nuevo. Cerca del apartamento de Misato, pasé por una larga calle, con muchos árboles en cada acera. No había notado lo bonitas que eran las casas por aquí. Una niña salió de su hogar hacia la calle y se detuvo al borde del asfalto. Parecía querer ver los pocos fuegos artificiales que aún llenaban el cielo de rojo, azul y verde. La miré extrañada, se me hacía muy familiar. Tenía el pelo naranja y cara de europea. Por un momento ella me sonrió y luego entro de vuelta cuando su madre la llamó. Se agachó para quedar frente a frente con la niña. Dijeron algo que no pude entender. Todo el tiempo la madre la estuvo tomando de las muñecas, pero con cariño. Me miré las muñecas y noté lo faltas de afecto que estaban; eran huesudas, pálidas y algunas venas lograban asomarse. Me sentí mareada. Recostada sobre una pared, recordé uno de esos sueños con los que fabrico mis memorias infantiles. Mi madre me tomaba de las muñecas en un baño. Ambas estábamos desnudas. Todo estaba oscuro, no veía nada más que la bañera. Forzada por ella, me metí al agua. Mi madre me miraba sonriendo. A pesar de no poder verla sabía que estaba sonriendo. Le dije a Shinji que era una mujer hermosa, pero nunca he visto su cara. Me sumergió en el agua varias veces, sin dejar de sonreír. Dentro del agua, sólo lograba distinguir la lámpara que estaba sobre nosotras y su silueta delgada, distorsionada. Yo nunca lloraba mientras me sumergía una y otra vez, de hecho, mi expresión no cambiaba, se mantenía vacía. Las náuseas me revolvieron el estómago. Salí corriendo, aterrada, hasta el edificio. Entré haciendo mucho ruido. Al subir al ascensor, algunas personas intentaron entrar pero los empujé. Sentía mucho calor y las paredes se me venían encima. Me vi el espejo. Estaba sudando y me asfixiaba. Buscando aire, rompí los primeros botones de la camisa. Al llegar a mi cuarto, saqué del closet todas las cajas con mis cosas. Estaban tapadas con cinta aislante. Tomé un cuchillo y las corte desesperadamente. Las abrí todas. Empecé a buscar algo relacionado con ella. Lo que sea hubiese servido; fotos, brazaletes, ropa, algún cabello. No hallé nada. Nunca he tenido nada que fuera suyo. Volteé las cajas y tiré el contenido en el piso. Entré en pánico. Respiraba demasiado rápido y mi corazón iba reventar. Fui a la cocina y empecé a buscar entre platos y vasos, sabía que tampoco encontraría nada pero no podía evitarlo. Las muñecas me dolían. Sentía presión, como si las tuviera amarradas. Estaba indignada por no conseguir nada y el dolor de las muñecas se hacía más fuerte. Las froté frenéticamente una contra la otra. No ayudó. Me enfurecí. Las mordí con rabia mientras jadeaba sin control. El dolor no desaparecía. Tomé de nuevo el cuchillo. Dudé por unos segundos. Me corté en el envés y el revés, en ambas manos. Dejando un evidente rastro de sangre, me tambaleé hasta el baño. Giré las llaves con mucha dificultad. Tapé el desagüe y me sumergí de cuerpo entero. La sangre empezó a disolverse y el agua se volvió rosada. Levanté una mano hacia la luz que entraba por la ventana. Luego me desplomé.
Cien años estuve dormida, pero ahora he despertado. Otra luz blanca me cegó. Miré por la misma ventana y vi el mismo paisaje desolado de la última vez; escombros y el hoyo en el techo del Geo-Frente. Tenía las muñecas vendadas y un brazalete de plástico con mi nombre, número de serie, tipo de sangre y otros datos. La luz era demasiado intensa, así que la apagué. Era de noche, todo afuera estaba oscuro. A lo lejos, se distinguían los reflectores gigantes de la pirámide central. Me senté al lado de la ventana.
Una enfermera entró, seguramente notó la luz apagada. Como la luz estaba detrás de ella, no pude distinguir su cara. Me miró por unos segundos, después se marchó apurada. Minutos más tarde, llegó una psiquiatra. Me explicó todo lo sucedido. Era una mujer mayor, delgada y de pelo negro. Tenía apariencia gentil. Me habló de mi estado mental y de la pérdida de sangre. Me dijo que le hablara de cómo me sentía pero no estaba de humor. Inventé algo que sonara convincente y que no me trajera problemas, no quise revelar nada.
En la mañana llegó Misato. Al entrar se abalanzó contra mí, preocupada y llorando. Con ella sí hable sobre lo que sucedió. Estuvo conmigo menos de dos horas, tuvo que irse luego de una llamada. Antes de irse me dijo que Shinji vendría. La espera se hizo imposiblemente larga, y la comida de hospital sólo la hizo peor.
Llegó después del mediodía. Me miró en silencio varios segundos. Me tomó ambas muñecas, se las puso en la cara, las olió, las besó. Puso mi cara en su pecho y me abrazó con fuerza.
—¿Fui yo?¿Por no quedarme contigo?
—No tienes nada que ver. Todo es culpa mía— Seguía sin soltarme las manos. Se entristeció. Finalmente me soltó y se sentó cerca de la cama. Me sentí miserable por responderle así.
—No es nada que hayas podido cambiar. Fue una de esas cosas que es necesario hacer sólo para darse cuenta después de lo innecesarias que fueron— le dije sonriendo, él me sonrió de vuelta. Le tomé la mano y lo atraje al borde de la cama, a mi lado.
—Aún tengo frío— Lo tomé del brazo—Shinji— Me miró a los ojos con seriedad—No importa, olvídalo.
—¿Qué pasa?
—No importa— Volvió a mirarme, exigiéndome la respuesta. Suspiré resignada—Es muy tonto— Reí avergonzada.
—Más razón para decirlo— Volví a suspirar. Dudé varias veces antes de decirlo—Tenía la ridícula idea de que si leía tus libros, te fijarías en mí— Quise taparme la cara, por vergüenza. Shinji me miró incrédulo.
—¿Pensaste que por leer los libros que me gustan, tú me gustarías?— Asentí. Sonrió. Primero una sonrisa tímida, luego una amplia y terminó con una carcajada. Me sentí idiota. Me apené y sonrojé. No paraba de reírse.
—¡Deja de reírte, idiota!— Se rio aún más fuerte. Lo golpeé varias veces.
Por alguna razón, la psiquiatra decidió que era mejor dejarme internada por varios días. Al principio me indigné, pero terminé aceptándolo. Después de que me acostumbré, sin embargo, acabó por ser divertido. Shinji venía todos los días lo más temprano que era permitido y se iba lo más tarde posible. Me dijo que si no tuviera que ayudar a Misato, se quedaría todo el día. Casi siempre había visitas. Vino la Dra. Akagi, y algunos compañeros de clase, luego de enterarse. Incluso Maya vino. Trajo varios juegos; damas chinas, shogi, ajedrez. Nos ganó a Shinji, a Rei y a mí en todos. También jugamos naipes con Kensuke y Toji, que estuvieron menos ruidosos que de costumbre, o estaba de mejor humor para soportarlos. El mismo día que llegó a Tokio, Hikari vino a visitarme. Fue bueno verla. Estuve cuatro días ahí encerrada. Cuando volví al apartamento de Misato, lo sentí diferente, a pesar de seguir todo igual.
En el poco tiempo que quedaba antes de clases decidimos pintar. Y, al menos durante unos días, la vida fue inocente y menos complicada, pero sólo porque quise que así lo fuera. Rei y Hikari ayudaron. Con el tiempo, deje de apartar los besos de Shinji y a empecé a buscarlos. En las noches solíamos hablar sobre lo que me pasó, y él me hablaba sobre su padre y madre, sobre sueños y sobre lo que pensara. En nuestros ratos más íntimos, Shinji besaba mis las cicatrices de mis muñecas y me decía que le gustaba que estuvieran ahí. Misato me trajo en un sobre, por pedido mío, una foto de mi madre. La única que existe, según sé. Me vi tentada a verla en múltiples ocasiones, pero decidí quemarla.
El invierno se hizo más cálido a medida que avanzó Enero. La vuelta a clases fue tediosa. Algunas muchachas parecían estar interesadas en Shinji. Para solventarlo, un día lo besé en frente de toda la clase, profesor incluido. El alboroto duró semanas, pero fue entretenido.
Hoy me levanté temprano y nos fuimos juntos al colegio. Intercambiamos miradas en el tren. Shinji siempre las evita con vergüenza. Para evitar publicidad innecesaria, siempre entramos por separado y, a pesar de estar nevando, puede que sea un buen día.
