¡Hola! Les cuento que desde ahora la narración se centrará un poco más en Kaoru y menos en Izumi. Y además les digo: éste es un capítulo crucial para el desarrollo posterior de la historia. De hecho, podría decir que es el MÁS IMPORTANTE de todos. No solo eso, sino que es el más largo que he escrito en mi vida (con lo que me cuesta escribir capis largos), así que disfrútenlo.
No sé si les está gustando la historia hasta ahora, no sé si estoy haciéndolo bien o mal, por ende, les pido que por favor me comenten todo esto en un review (o un PM) ;) Significa mucho para mí, de verdad.
Disclaimer: Prince of Tennis le pertenece a Takeshi Konomi.
Capítulo 9: Ataque
Las clases habían terminado, y Kaoru se aproximaba hacia las canchas de tenis para un nuevo entrenamiento. Notó que Inui no se encontraba en el lugar, pero supuso al mismo tiempo que tenía sus razones para hacerlo. Cuando el chico hubo regresado, aproximadamente media hora después, Oishi llamó a los titulares para informarles acerca de Tezuka y su ida a Alemania.
–Chicos, como ya saben, el Capitán Tezuka tiene que ir a Alemania a tratarse su lesión –comenzó el subcapitán–; ése es el único lugar en donde se puede curar. El motivo de esta pequeña reunión es para informarles que se va en dos días. En ese tiempo en que el capitán esté ausente, tenemos que entrenar duro y alcanzar nuestra meta: las Nacionales –finalizó.
–Así es –lo apoyó Tezuka–, y en ese período de tiempo, Oishi ocupará la posición de capitán suplente. Confío en él y en sus capacidades; sé que sabrá dirigirlos bien, así como también confío en ustedes. Den lo mejor de sí en el Torneo Regional de Kantou.
–¡Sí! –dijeron todos al unísono.
–Eso es todo, pueden retirarse. Los de primer año, recojan las pelotas –ordenó.
–¡Uf! ¡Estoy agotado! –exclamó Momoshiro–. Vamos por algo de beber luego de cambiarnos, Echizen.
–Ponta –fue lo único que pronunció el peliverde.
Kaoru miraba la situación, pero se sentía hastiado de solo pensar en Momoshiro. Ese maldito pelopincho, siempre tan amable con los novatos. Lo sacaba de quicio, así que fue velozmente a cambiarse y desaparecer de ahí lo más rápido posible, para así no verle más la cara a su compañero.
Cuando hubo terminado, decidió darse una vuelta por el instituto antes de irse a casa –sin ningún motivo en particular–, por lo que emprendió una pequeña excursión por el lugar. Vio a varios clubes deportivos continuar con sus actividades, como el club de ping-pong, el de fútbol y el de básquetbol, entre otros. Finalmente, llegó a las dependencias del Club Femenino de Tenis. Allí divisó a Izumi entrenando con un importante número de alumnas, por lo que resolvió quedarse ahí y simplemente observar.
La Akiyama se percató de su presencia, por lo que les pidió a las chicas que siguieran con su entrenamiento, mientras se acercaba al pelinegro con una idea en mente.
–Kaidoh, llegas justo en el momento indicado –dijo.
–¿Qué? –preguntó, sin cambiar su semblante serio.
–Ayúdame con algo –dijo simplemente. Más bien sonó como una orden, lo cual no le gustó para nada al pelinegro.
–No –respondió escuetamente. Ella escrutaba su mirada con sus verdes ojos, pero él no se inmutó. Algunas alumnas, las más cercanas a la reja, miraban la escena disimuladamente.
–Entonces, ¿qué haces aquí? –cuestionó. Él sencillamente siseó como respuesta, se cruzó de brazos y abandonó el lugar. Izumi bufó ante tal acción. "Y dicen que las mujeres somos complicadas", masculló enojada.
Kaoru no tenía ganas de 'enseñar' nada ni hacer ninguna 'demostración' a nadie. Eso pensó que quería la pelinegra, y por eso se fue sin más. Aunque se sentía incapaz de contestar a su última pregunta. ¿Qué hacía él allí? Vagando por la escuela, por supuesto. Sacándose el estrés que le produjo el entrenamiento y sus variantes. ¿Recrear la vista?
No.
No era nada de eso. Sinceramente, y por mucho que estrujara su cerebro pensando en una respuesta, no tenía ni la más remota idea de por qué había ido a parar allá. No tenía motivos. Y es que él no lo sabía, pero simplemente había sido un mero impulso el que lo condujo hacia ella. Sí, hacia ella.
Luego de ocurrido aquel suceso, Izumi estuvo molesta solo unos minutos, y luego volvió a su humor normal. No dejaría que una estupidez la sacara de sus casillas. Seguiría entrenando normal y luego se iría a casa, y finalizaría otro día casi redondo para ella. Nada iba a destronar sus pretensiones, nada.
Todavía era temprano, por ende, Kaoru llegó a su casa, dejó sus cosas y se cambió de ropa para salir nuevamente. Iba a entrenar. No iba a desperdiciar el tiempo ahora que tenían la semifinal del torneo tan encima. No cuando no podrían contar con el apoyo y el juego de su capitán. Tendrían que arreglárselas solos, sin depender del máximo jugador y pilar del Seigaku. Era una tarea difícil, pero no imposible; por lo mismo, sabía que tenía que esforzarse al máximo y sudar sangre si fuese necesario para conseguirlo.
Con estos pensamientos en mente, salió a trotar y a hacer sus ejercicios. Corrió y corrió, y estaba tan concentrado en lo que hacía, que no se dio cuenta que el tiempo se le pasó volando y llegó la noche; probablemente eran las ocho. Pero para él solo fueron un par de minutos.
Se dijo a sí mismo que ya había entrenado bastante, por lo que decidió emprender, por segunda vez en el día, el retorno hacia su apetecible casa. Deseaba tanto una ducha y una cena rebosante de comida, que no pensó dos veces en apresurar su paso para llegar lo antes posible.
Estaba absorto en la idea de llegar a comer, pero todo se desvaneció al ver una escena desagradable e indignante para él. Tres sujetos, probablemente ya mayores, estaban arrastrando a una chica hacia lo que parecía ser un callejón, que estaba, por decirlo menos, oscuro. Vio que ella andaba con un uniforme de instituto, pero no pudo distinguir cuál era. Él pensó que lo peor que un hombre podía hacer en su vida era obligar a una mujer a hacer algo que ella no quisiera, por lo que no pensó ni un segundo en ir a darles su merecido y salvar a aquella pobre muchacha de esos desgraciados.
–Con esto termina el entrenamiento –dijo Izumi–. Por favor, recuerden todo lo que hemos hecho hoy, será imprescindible para la selección de titulares –finalizó.
–Estoy agotada –le dijo Tomoka a su amiga–. Realmente ha sido un entrenamiento muy duro.
–Es verdad –suspiró la castaña–. Pero hemos mejorado bastante con nuestro tenis –la alentó–. Y tal vez podamos clasificar para regulares.
–Eso estaría bien. Sakuno, ¿vamos a ver a Ryoma-sama? –comentó entusiasmada.
–Eh… –dudó por un momento. Le encantaría ir, pero necesitaba hacer algo antes de eso–. No, lo siento. Quiero quedarme aquí un rato más.
Tomoka la miró extrañada por un momento, pero pensó que su amiga tenía sus motivos para hacerlo, por lo que simplemente le dijo– Está bien, nos vemos mañana –y se despidió con un gesto de mano.
–Adiós, Tomo-chan.
Izumi estaba terminando de ordenar sus cosas para irse, pero una chica le comenzó a hablar tímidamente.
–Esto… Izumi-senpai –murmuró. Sakuno pensó que nadie la tomaría en cuenta si su voz no era audible, por lo que volvió a intentarlo–. Izumi-senpai –dijo con más ganas–, necesito pedirte un favor.
–¿Qué?
–¿P-Podríamos entrenar un poco más? –le pidió–. Solo un rato más, por favor –Izumi lo pensó por un momento, pero al ver su reloj y darse cuenta que todavía era temprano, pronunció un seco "sí" como respuesta–. ¡Gracias, muchas gracias! –exclamó contenta.
–Ryuzaki –la aludida le miró–. ¿Esto lo haces por ti, o por Echizen? –le preguntó, y aquello la descolocó por un momento–. No me respondas, sé lo que me vas a decir. Pero escucha, todo lo que hagas tienes que hacerlo por ti y por nadie más. Si quieres sorprenderlo, esfuérzate al máximo, pero hazlo por ti, para que tú mejores, para que tú crezcas, ¿entiendes? –Sakuno la miró y asintió, agradeciéndole las palabras que su senpai le había concedido.
Tenía razón. Tenía toda la razón del mundo. Al principio ella se había interesado en el tenis solo para sorprender a Ryoma, pero con el tiempo se fue dando cuenta que ese deporte le gustaba más de lo que pudiese imaginar. Se sentía libre, y se sentía capaz de mejorar su juego. Esto ya era algo personal; no lo hacía por él, lo hacía por ella. Era su meta. Y por supuesto, iba a conseguir ser titular a punta de esfuerzo, de eso no cabía ninguna duda. Sonrió, feliz por lo que su senpai había encendido en ella.
Luego de aquella pequeña conversación, las chicas practicaron por un buen rato más hasta que Sakuno quedó exhausta. Y es que, si no fue suficiente el entrenamiento previo, éste había sido demasiado. La Akiyama se tomó muy en serio las palabras de la castaña y por ende no le dio respiro. Si quería mejorar su tenis, tendría que entrenar constantemente, día tras día, hasta que la raqueta y ella fuesen una.
–¡No puedo más! –exhaló la pequeña–. Izumi-senpai, si hago una práctica extra en mi casa, ¿estará bien?
–No –le dijo ella–. Recuerda que no debes sobrepasar el programa que nos dio Inui-senpai. Él es muy bueno en esto y sabe lo que hace; por ende, te prohíbo que entrenes más de lo que deberías –le ordenó, mirándola de forma seria y autoritaria–. No quiero que te lesiones.
–Entiendo, muchas gracias por la advertencia, senpai.
–No hay cuidado. Por cierto –le dijo–, ya es de noche, ¿tienes con quién irte?
–Sí, mi abuela me está esperando –le informó.
–Qué bien, ya es tarde y podría pasarte algo si te vas sola.
–¿Y tú estarás bien, senpai? –preguntó.
–No te preocupes, estaré bien –pero la chica la miraba preocupada; puede que Izumi fuese muy autoritaria y debido a eso todos la respetaran, pero seguía siendo una mujer. Una mujer que se iba a ir sola a su casa a esa hora. No podía no preocuparse–. Estaré bien –repitió, dando término así sus divagaciones. La Akiyama se veía tan segura, que Sakuno simplemente asintió y se despidió de ella, agradeciéndole por el entrenamiento extra.
Izumi, por su parte, se fue a cambiar y se dirigió rumbo hacia su casa. Había sido un día intenso, y al mismo tiempo, muy agotador. En su camino pasó cerca de varias tiendas de comida, y pensó que no estaría mal pasar a comprar unas galletas y así engañar un poco a su estómago, antes de darse un buen festín. Tampoco le vendría mal una ducha larga, por cierto.
Cuando hubo terminado, no se dio cuenta que chocó torpemente contra algo. Al recomponer su mirada dirigió sus orbes hacia arriba para ver qué había sido, y grande fue su sorpresa al ver a un hombre fornido mirándola intensamente –casi asesinamente, si le preguntaran–.
–¿Quién te crees que eres, estúpida? –le espetó el desconocido.
–Lo siento mucho, no me fijé –se disculpó educadamente la muchacha.
–Discúlpate con nuestro Jefe, ahora –amenazó otro tipo, menos fornido pero al parecer, más hablador.
Izumi lo miró seriamente y pronunció:
– Mis más sinceras disculpas –ella sabía que meterse con tipos así de agresivos no valía la pena, así que lo único que tenía que hacer era portarse educadamente y no provocarlos. Porque sabía que estaba en desventaja: era mujer, estaba sola y era de noche. Suspiró internamente.
–Oh, estás bastante buena –mencionó aquel al que llamaban 'jefe'. El hombre la miró de pies a cabeza, reparando en las contorneadas piernas de la chica–. ¿Qué te parece si tú y mis chicos vamos a beber algo? –dijo socarronamente, mostrando sus desalineados dientes.
–Lo siento, soy menor de edad –respondió cortésmente.
–Oh, pero nadie se va a enterar que estás bebiendo –comentó un tercero, apoyando la idea de su jefe–. Será nuestro se-cre-to.
Izumi estuvo a punto de hacer una mueca de asco, pero se contuvo a último minuto.
–De verdad aprecio mucho su invitación, pero no puedo aceptar. Mis padres se preocuparán si llego tarde a casa –mintió, pero ellos nunca sabrían si tenía padres o no. Hizo una pequeña reverencia para reforzar sus palabras. Iba a emprender nuevamente su camino, cuando recibió una cachetada que la dejó pasmada.
–¿A dónde mierda crees que vas, niña? –le espetó el hombre–. A mí nadie me rechaza. Te vienes con nosotros te guste o no –y la agarró fuertemente del brazo.
–Por favor, suélteme –le pidió ella, manteniendo la compostura como pudo, pero aquello la estaba superando.
–Cállate, estúpida. No contradigas a nuestro jefe.
Izumi fue violentamente arrastrada hacia lo que parecía ser un callejón. Las personas presentes miraban la escena pero no se atrevían a hacer algo por miedo a lo que les pudiese pasar. Simplemente observaban y murmuraban cosas.
La empujaron contra la pared y la acorralaron. Los tres hombres la miraban libidinosamente y ella por primera vez comenzó a sentir miedo. Miedo porque no entendía por qué carajos le pasó todo eso, siendo que cuidó muy bien sus palabras y fue muy educada y cortés con ellos. Miedo, porque sabía que esos tipos estaban realmente enojados. Miedo, porque podían aprovecharse de ella.
–Josuke, revisa sus pertenencias –ordenó el mayor.
–Sí, Jefe Hayato –asintió uno de los hombres. Le quitó bruscamente el equipo de tenis a Izumi y hurgó entre sus cosas, encontrando cuadernos, lápices y dos raquetas.
–No hay nada de valor… –comenzó–, ah, espere. Encontré su celular –y sonrió socarronamente mientras se lo pasaba a Hayato.
–¡¿Te estás riendo de nosotros?! –bramó el hombre–. ¿Esta es toda la mierda que tienes? –lo tiró al suelo y volvió a propinarle otro golpe certero en su mejilla–. Niña estúpida.
Izumi comenzó lentamente a sollozar.
Kaoru se acercó sigilosamente a ese lugar. Escuchaba a los tipos gritar y maldecir, y luego escuchó un golpe seco. Ellos la habían golpeado. Ella lloraba. Y él estaba enojado. Eso no era de hombres. Nadie se podía llamar a sí mismo un hombre si golpeaba a una mujer, no importa lo que ella hubiese hecho anteriormente. Su sangre comenzó a hervir al ver al hombre mayor sacar una navaja y hacer un corte en la cara de la muchacha, pero explotó al darse cuenta de quién era ella.
Él nunca pensó que Izumi necesitara ayuda en nada. Ella era una chica que se veía muy determinada, responsable, esforzada y capaz de hacer cualquier cosa, pero cuando la vio en ese estado, totalmente indefensa y a punto de ser nuevamente atacada por unos estúpidos mal nacidos, el chico ni siquiera lo pensó dos veces antes de ir a ayudarla.
Sus ojos estaban desorbitados, su mandíbula le dolía porque estaba apretando sus dientes con tanta fuerza, que no sería raro si se le rompiesen unos cuantos. Su respiración estaba agitada. Iba a matarlos en ese preciso momento.
–Eres una maldita mocosa engreída, ¿quién te has creído que eres? Vamos a ir a un lugar muy, muy divertido. Lo pasaremos muy bien –le susurraba asquerosamente en el oído.
Pero Izumi ya no escuchaba nada. Sus ojos estaban abiertos como platos, los cuales dejaban salir finas lágrimas que recorrían sus magulladas mejillas, y su boca se abrió lentamente por el shock producido. No podía pronunciar ni una sola palabra. Esos tipos podían matarla ahí mismo y nadie iría a ayudarla. Quiso cerrar los ojos, quiso calmar su respiración, pero todo fue en vano. Estaba total y absolutamente paralizada por el miedo.
Hayato volvió a levantar la navaja, dispuesto a atacarla de nuevo, pero algo lo detuvo. Kaoru agarró su muñeca y la apretó tan fuerte que el hombre soltó un quejido. Él iba a atacar al chico, pero el pelinegro estaba tan enfurecido que tomó la navaja con una de sus manos y le aplicó tanta fuerza que la deformó. Su mano comenzó a sangrar, pero eso a Kaoru no le importo en lo más mínimo. Hayato miró horrorizado cómo su única arma quedaba totalmente inutilizada, encontrando su mirada con la del muchacho, sintiendo un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal. Sus ojos desprendían un aura asesina, y no solo eso, sino que no poseían una pizca de miedo.
Josuke y el otro chico iban a abalanzarse sobre Kaoru, pero en ese momento su jefe habló –o intentó hacerlo–.
–N-No… –y los detuvo con ambas manos–. L-Larguémonos de aquí –ambos miraron a su jefe, y se dieron cuenta que no podrían controlar la situación si se quedaban. Los tres hombres huyeron despavoridos del lugar.
Kaoru se acercó a Izumi lo más rápido que pudo, y lo que vio lo dejó totalmente conmovido. La chica tenía varios arañazos en la cara, y un corte en la mejilla. La sangre recorría lentamente sus pómulos, mezclándose con sus lágrimas. Sus ojos estaban totalmente abiertos y no parecía reconocer a nadie por el shock.
–Akiyama… Akiyama… –pero la chica no respondía. Kaoru colocó suavemente sus manos sobre sus hombros, y la movió lentamente. Ella comenzó a reaccionar de manera paulatina.
–K-Ka… –balbuceó–. K-Kaidoh –pronunció finalmente.
Él estaba totalmente consternado. Subió una de sus manos hasta la mejilla de la chica, y con un dedo le limpió tiernamente la sangre que emanaba de ella. Izumi reaccionó ante el contacto.
–Kaidoh… –sollozó–. Kaidoh… –y solo atinó a aferrarse a su pecho, colocando su cabeza sobre su hombro. El aludido simplemente posó una mano sobre la parte superior de su cabeza, y situó la otra sobre su espalda, en una especie de abrazo.
Se quedaron así por un buen rato, hasta que Izumi pudo calmarse. Ella se separó un poco, y miró al pelinegro directo a los ojos.
–Gracias –fue lo único que pudo articular.
–No me lo agradezcas –dijo él–. No digas nada más. Voy a llevarte a tu casa –se separó completamente de ella y ordenó las cosas de ojiverde, poniendo su celular en su bolso.
Caminaron lento y por un buen tiempo, hasta que por fin Izumi decidió romper el silencio.
–No le digas a nadie de esto –sus orbes se encontraron con los de él–. Por favor –le pidió. Kaoru simplemente asintió.
Cuando llegaron, ella se detuvo frente al portón de su casa y dio media vuelta para encontrarse nuevamente con esos ojos café oscuro que la miraban intensamente. Ella volvió a darle las gracias, pero él negó con la cabeza y le repitió lo que le había dicho anteriormente. Aún así, la Akiyama se sentía profundamente agradecida con Kaoru, si no fuese por él… Prefirió no seguir pensando. Se despidieron con un gesto de manos y ella entró a su casa, mientras que el chico abandonó el lugar con un exceso de pensamientos rondando en su cabeza.
A Izumi le costó mucho dormir esa noche.
