Capítulo 11: Invitación

Después de aquel día en la playa, Izumi mejoró notablemente su comportamiento. No es que antes tuviera una mala conducta, pero claramente sentía que le faltaba algo, y eso pudo notarlo debido a aquel no muy agradable acontecimiento ocurrido hace ya varias noches atrás. Pero ahora las cosas habían cambiado, pues se sentía en completa plenitud consigo misma. Ahora fruncía el ceño con menor frecuencia, y ya no miraba con esos ojos impregnados de frialdad. Se había dado cuenta que había cosas más importantes que hacerse la dura y andar de malas por la vida. Ahora tenía un equipo del cual hacerse cargo, equipo en el cual tenía puestas muchas esperanzas para el futuro. Sin embargo, había actitudes que eran inherentes en ella, como la mirada seria y su voz imponente; si le preguntasen a ella, eran cualidades que le gustaban y de las cuales era imposible de deshacerse.

Lo que no había cambiado era la cuasi obsesión de Kaoru de acompañarla día tras día a su casa luego de sus respectivos entrenamientos. Intentó e intentó, pero no hubo caso de convencerlo de ninguna manera. Uno de esos tantos días, en el cual recién se habían ido del instituto, se decidió a comenzar con su maniobra para disuadirlo.

—Hombre, estás siendo demasiado exagerado —le dijo.

—No.

Izumi revoleó los ojos, exasperada porque nuevamente su cometido no estaba resultando. Volvió a intentarlo.

—Kaidoh, por favor, tienes cosas más importantes que hacer que acompañarme todos los días hacia mi casa.

El aludido dejó escapar un sonido en señal de molestia.

—Ajá, sabes que es verdad, ese agradable sonido me lo acaba de confirmar —ironizó—. La final del Torneo Regional de Kantou es en dos días, vete a entrenar y no pierdas el tiempo acá —ella lucía muy segura, con una mirada y una postura de cuerpo que infundían confianza y convicción.

Kaoru se detuvo en seco y eso sorprendió a la pelinegra.

—No sabes… —comenzó a decir—. No…

Pero no pudo continuar. No había forma de decirle lo que pasaba por su mente. ¿Cómo hacerlo? Esa noche, al verla así, tan indefensa, cuando en realidad ella era tan imponente lo dejó totalmente descolocado. Nunca había sido tan cercano con una chica antes, y el hecho de que precisamente fuese ella quien estuviese pasando por ese desagradable momento no hizo más que agravar la rabia que sentía. Si de él dependía, nunca más dejaría que nada malo le pasase. Y de ninguna manera pensaba que acompañarla a su casa fuese algo menos importante que otras cosas. Tampoco sentía que perdía el tiempo. Pero claro, ¿cómo decirle eso? Su querido orgullo no se lo permitía.

Se sentía contrariado. Su prioridad siempre había sido el tenis, pero ahora, poco a poco y sin darse cuenta, había comenzado a aparecer otras cosas a las cuales también les tomaba importancia. Entonces, ¿qué hacer?

Izumi simplemente lo miraba expectante.

—¿Y?

Kaoru cerró lentamente los ojos y entonces habló.

—Nada…

La chica arqueó levemente una ceja como respuesta, confundida por la repentina reacción de su compañero de clase. Luego se encogió de hombros y suspiró.

—No te entiendo…

—Está bien —dijo de repente, mirándola y quedando cara a cara con ella, recordando la mirada llena de seguridad que ella le entregó hace pocos minutos atrás—. Dejaré de acompañarte si me pr… —prometes, iba a decir, pero ésa era una palabra muy comprometedora—, si me aseguras que andarás con cuidado —finalizó.

En la comisura de los labios de la ojiverde se formó una arrogante sonrisa.

—Por supuesto —afirmó—. Así como en el tenis nunca pierdo dos veces contra el mismo oponente, esta vez no dejaré que me suceda lo mismo —le convenció.

—Está bien. Adiós —y le hizo un gesto con la mano, alejándose del lugar.

Por mucho que no quisiera admitirlo, en parte la muchacha tenía razón: la final del torneo estaba prácticamente a la vuelta de la esquina, y no podía perder el rumbo. Al pelinegro no le quedaba otra opción más que confiar ciegamente en ella. Entonces resolvió que tenía que hacer lo evidente: mover el trasero e ir a entrenar.

Izumi, por su parte, luego de aquella conversación y de suspirar un par de veces, se dirigió a un lugar sugerido por una chica del club. Ella le había dicho que en ese sitio se reunían muchos tenistas de distintos sectores de la ciudad, tanto hombres como mujeres, lo que serviría como un entrenamiento adicional. Entonces se encaminó hacia las canchas callejeras de tenis.

Al llegar, observó que había pocas personas. De hecho, no había casi nadie, salvo por dos individuos que se encontraban haciendo un rápido peloteo. A uno de ellos lo reconocía: el pelirrojo que subía el ritmo, Kamio del Instituto Fudomine. Recordaba su partido contra Kaoru, cuando éste último, gracias a su tenacidad, pudo crear una nueva técnica. A la mujer, sin embargo, nunca antes la había visto.

Cuando iba a darse media vuelta y retirarse del lugar, la chica la llamó.

—¡Oye, no te vayas!

Izumi giró completamente su cuerpo y la miró entre curiosa y confundida; mientras que la muchacha se acercó hacia ella y le sonrió.

—Eres Izumi Akiyama del Seigaku, ¿verdad?

La aludida abrió mucho sus ojos, al tiempo que asintió con la cabeza.

—Me lo imaginaba —sonrió—. Gusto en conocerte, soy Ann Tachibana del Instituto Fudomine.

—¿Tachibana? —repitió—. ¿La hermana menor del capitán de tu escuela?

—Así es —asintió, todavía manteniendo su sonrisa.

Así que esta era la famosa Ann Tachibana, de quien había escuchado hablar varias veces a Momo. Era una chica bastante linda y, al parecer, también muy inteligente, por eso no era extraño que él hablase tanto de ella. Sonrió internamente, aunque le pareció extraño no haberla visto en el torneo del distrito.

—Ya veo —le dijo—. A todo esto, ¿cómo sabes mi nombre? —aún seguía confusa, ella nunca había hablado con ella ni tampoco conocía a nadie de ese instituto.

—Tengo que investigar sobre mis futuras rivales, ¿no crees? —y le guiñó un ojo, mientras que Izumi enarcó levemente las cejas—. Después de todo, eres la capitana del equipo femenino del Seigaku.

—Así es, ¡así es! —exclamó Kamio, apoyando las palabras de su compañera—. ¡Tu equipo tiene que ganarle al Seigaku, Ann-chan!

Había que asumirlo: Izumi seguía muy confundida. ¿Qué querían de ella? ¿Acaso…?

—¿Te apetece jugar un partido, Izumi-chan? —la muchacha se sobresaltó: casi nadie la llamaba por su nombre, excepto una persona, alguien a quien no veía hace más de un año, alguien que casi había olvidado por completo—. Kamio-kun puede ser el árbitro.

Sus orbes se dirigieron hacia su reloj, y vio que ya se estaba haciendo tarde.

—Gracias por tu invitación, pero se oscurecerá pronto y debo llegar temprano a mi casa —se disculpó la muchacha. Vio cómo Ann ponía una cara triste, por lo que no tardó en hablar nuevamente—. Pero, ¿qué te parece mañana? Puedo llegar más temprano.

—¡Genial! —volvió a sonreirle—. Momoshiro-kun me ha dicho que eres muy buena, por eso tengo tantas ganas de jugar contra ti —mencionó emocionada.

Y al escuchar ese nombre, ese bendito nombre, Kamio carraspeó fuertemente.

—¿Momoshiro? —masculló—. ¿Has estado hablando con ése, Ann-chan? —sus puños estaban fuertemente apretados, y cuando cerró la boca, hizo sonar sus dientes.

—Tranquilo, tranquilo —le dijo, haciendo un gesto con su mano para que se calmara.

—¡No puedo calmarme! ¡No podría mirar a la cara a Tachibana-san si algo te pasara! —dramatizó el pelirrojo.

—Entonces, Izumi-chan, ¿mañana a las 5 es buena hora? —preguntó, ignorando olímpicamente a su compañero de instituto.

La muchacha asintió, mirando divertida la escena montada por Kamio.

—Entonces nos vemos —dijo sonriente—. Adiós —y finalizó su despedida con un gesto de mano.

Ella simplemente la imitó como respuesta y dio media vuelta para irse, escuchando todavía los gritos del pelirrojo.

—¡Ann-chan, sabes que él es peligroso! —escuchó que decía a lo lejos, todavía dramatizando por lo que su compañera había dicho.

Izumi soltó una pequeña carcajada. Así que Momoshiro y la hermana menor de Tachibana, ¿eh? Habiendo sido testigo de todo lo anteriormente ocurrido, era más que evidente para ella que Ann y Momoshiro mantenían una cercana relación, ya que hablaban de tenis, y quizás de otras cosas más. "Pero, si no te apuras, Momoshiro, alguien puede llegar antes que tú", pensó. Para ella también era evidente que Kamio no solo quería proteger a la chica porque era la hermana de su capitán, sino porque realmente le gustaba.

¿Realmente le gustaba? La pelinegra no era buena en esos temas; ella podía ser muy buena en clases y en el tenis, pero en cuanto a temas amorosos era un cero a la izquierda. Decidió dejar de pensar en eso y apresurar el paso hacia su casa. Ya podría pensar bien en eso —no solo para analizar a los demás, sino por su bien propio— en otra ocasión, cuando fuese realmente necesario. Porque en estos momentos no lo era, y dudaba si algún día tendría las agallas —o el tiempo— para hacerlo.