Estoy muy feliz de haber podido terminar este, mi primer fanfic, que fue publicado inocentemente el 2005, y que nunca pude terminar por diversos motivos. Hoy finalizo esta etapa, contenta por haber superado las barreras que yo misma me impuse tiempo atrás, como la creación de una OC y el hecho de no conocer demasiado sobre PoT. Agradezco a quienes me apoyaron con sus comentarios en ese momento y a Tinavb por leerme actualmente. Saludos y nos leemos —espero— próximamente con otro fic de Prince of Tennis.
Disclaimer: Prince of Tennis le pertenece a Takeshi Konomi.
Capítulo 14: Nuevos tiempos
Se pasó lo que quedó de la semana pensando en aquella tarde. Si lo que hizo estuvo bien o no, ya estaba hecho, ahora solo quedaba esperar y afrontar la situación. A pesar de todo, agradeció esa cuota de coraje que sintió en esos momentos para hablar con él, ya que, lo que fuese que le pasase a ella por la mente, lo aclararía ese día y todo terminaría. O eso creía ella.
Caminó lenta pero decididamente hacia la parada de buses, con la música a todo volumen para infundirle valor. Se sentó, manos en los bolsillos, cerró los ojos cansinamente y esperó.
No supo cuánto tiempo pasó, pero se dio cuenta que él llegó cuando le dio unos pequeños golpes en el hombro izquierdo. Ella apagó su reproductor de música, alzó levemente su mirada y lo vio a la cara.
—Hola —saludó, sus ojos invariantes en un punto entre el paradero y ella.
Lentamente se levantó hasta quedar a su altura.
—Hola.
Ahora la miró fijo, volviendo a notar esa carencia de brillo. Dudó si seguir hablando o no.
—¿Estás bien?
Izumi aspiró una bocanada de aire antes de responder.
—Estoy… bien.
Él arqueó una ceja; evidentemente no se sentía convencido por sus palabras. Al igual que la vez anterior, todo intento de réplica quedó en nada al ver llegar al autobús. Subieron, pagaron los 300 yenes y se sentaron. Ella inmediatamente se hundió en el asiento, corrió su mirada y se perdió en el paisaje.
Y entonces comenzó a divagar. ¿Era correcto lo que estaba haciendo? Nunca en su vida se había sentido de esta manera, así que pensó que si esto podía ayudarle a encontrar las respuestas, entonces sí que lo era. Ir a la playa, al mismo lugar donde antes se reencontró consigo misma, donde pudo reinventarse era la opción más factible pero, ¿eso fue casi una invitación? "Anda a la parada 304 de buses…". Oh, por dios, eso era casi una cita. ¿Tal vez eso estaba pensando Kaidoh? Se sonrojó violentamente de solo pensar en eso.
Izumi no dejó sus cavilaciones de lado hasta que sintió una fría mano posarse sobre su mejilla derecha. Giró abruptamente para encontrarse con esos ojos café observándola fijamente.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar—. Tienes la cara muy roja y caliente, ¿acaso tienes fiebre? —inquirió preocupado, con su usual tono de voz grave.
Volvió a girar la cabeza e incrustó sus ojos en el asiento delantero, encontrándolo de lo más entretenido.
—Estoy bien, gracias —dijo, intentando sonar lo más normal posible.
Se maldijo mentalmente por tener las hormonas tan revolucionadas. El 99% del tiempo hubiese actuado de manera calmada y distante, pero hoy, quien actuaba por ella era ese 1% de indecisión que no la dejaba tranquila.
Lo que quedó del trayecto ambos se lo pasaron sin decir ni una sola palabra.
Al llegar, los rayos del sol los recibieron cálidamente, como invitándolos a pasar. Ella inmediatamente se despojó de sus sandalias, encontrando la calma que necesitaba en el agua fría del mar. Él simplemente la observó de lejos, esperando el momento preciso para que ella por fin le dijera qué diablos estaba sucediendo.
—Akiyama —dijo finalmente—, ¿qué sucede?
Ella giró su cabeza y lo miró a los ojos, viendo en ellos impaciencia por entender su comportamiento. Inhaló fuertemente.
—¿Ves ese roquerío de allí? —dijo, apuntando con su índice un tumulto de grandes rocas que se levantaban sobre el oleaje. Él asintió—. Subamos y hablemos ahí.
A Kaoru no le quedó otra opción más que aceptar lo que su compañera le propuso. Desde la vez anterior que acudieron a la playa, ella tuvo la intención de subirse pero lo descartó por encontrarla una actividad peligrosa. Ahora, con él a su lado, creía poder lograrlo.
Les tomó tiempo poder subir, pero al llegar al final se sintieron victoriosos. Desde allí las olas chocaban con fuerza contra las rocas y el mar se veía infinito. Ambos se sentaron en una roca plana dejando caer sus pies y apoyando sus manos en ella. Entonces él volvió a penetrar sus orbes, listo y dispuesto para escuchar lo que la pelinegra tenía que decirle. Ella no supo cuántas veces aspiró aire fuertemente en el día.
—Kaidoh —pronunció por fin, luego de un momento de silencio. Fijó sus ojos en el infinito océano frente a ella, llenándose de confianza—. Yo… siempre he sido una persona solitaria; no he tenido mucha relación con personas a lo largo de mi vida, pero cuando conocí a Tezuka y Yuuta eso cambió un poco —él crispó levemente la boca al escuchar el nombre del menor de los Fuji, mas no se alteró—. He observado a muchas personas en mi vida y he tenido poquísimos amigos, tan pocos que ni siquiera puedo completar los dedos de una mano, pero… —entrecerró levemente sus párpados— nunca he conocido a nadie como tú.
El palpitar de su corazón se aceleró con estragos al escuchar lo último. Sus manos temblaron levemente. Ella continuó hablando.
—Eres una persona solitaria, sumisa, pero que cuando te enojas explotas y todos te tienen miedo —rió—. No me caías muy bien al principio, pero eso siempre me ocurrió con casi todas las personas, pero luego fui poco a poco descubriendo tus facetas. A pesar de querer protegerte con una fachada de gruñón, eres comprensivo con quienes te rodean, también eres amable y preocupado. Ah, también conozco tu faceta de amante de los animales —y volvió a reír, dejando al chico con las mejillas levemente azoradas y bufando—. Lo más notable es que has generado un cambio en mí. Antes de entrar al Seigaku, no hablaba con nadie si no era estrictamente necesario; prefería evitar a la gente que no me aportaba nada. Pero tú… tú también atravesaste esa coraza mía y pudiste llegar hasta donde nadie ha llegado antes. Empezamos a tener una especie de amistad que no me desagradaba, y no entendía por qué. Los días pasaban y tú ya eras parte de mi rutina diaria. Hasta que… llegó esa tarde. Yo… —titubeó un momento antes de continuar. Él simplemente la observaba en silencio—. No sé qué hubiese pasado si tú no hubieras llegado —dijo al fin, mordiéndose el labio inferior.
Su voz sonó quebrada y sus manos temblaron, fue entonces cuando él quiso abrir la boca para interrumpirla.
—Akiy…
Pero ella fue más rápida y no lo dejó acabar.
—Por favor, déjame terminar —le pidió, y su tono sonó casi a una súplica. Él notó que ella estaba haciendo todo el esfuerzo del mundo para contarle lo que le estaba contando. Decidió dejarla hablar nuevamente—. Como ya te dije el otro día en este mismo lugar, siempre pensé que eso del callejón oscuro y los hombres malos era parte del mundo de la ficción; que a las personas comunes y corrientes como nosotros nunca nos pasaría algo así. Pero me ocurrió, y de no ser por ti, quizás me hubiesen golpeado más, quizás… me hubiesen… —pero no pudo continuar, su voz se quebró totalmente.
Él solo atinó a poner su cabeza en su regazo, acariciándole tiernamente sus largos, oscuros y ondulados cabellos. Su corazón se encogía cada vez que la veía en ese estado.
—Yo… —musitó, retomando el hilo de la conversación— no sé qué me pasa contigo —declaró. El corazón del chico volvió a latir con fuerza, como queriendo escaparse de su pecho—. Desde aquel día no puedo olvidar el calor de tu pecho ni la fuerza de tus manos. Te veo y… siento un hormigueo recorrer mi cuerpo —ella se sentía completamente avergonzada al contarle todas esas cosas a él, y aún más cuando sintió los fuertes latidos. Kaoru abrió ampliamente los ojos—. No sé qué puede significar eso, pero… —se separó y verde con café se encontraron— no te quiero lejos de mí. Yo te…
Pero no pudo terminar, pues sus labios fueron sellados fuertemente por los de él. Kaoru no necesitó escuchar nada más para estrecharla fuertemente entre sus brazos. Enredó sus dedos en sus hebras, mientras que su otra mano jugueteó con su espalda. Ella tomó su rostro con ambas manos y lo separó lentamente del suyo, abriendo los ojos en el proceso.
—… quiero —finalizó.
Un destello verde taladró sus orbes y él, con su mano derecha, tomó parte de su cara e hizo que sus frentes chocaran tiernamente.
—Akiyama… —susurró muy despacio, casi tan despacio que ella pensó que era el viento quien estaba manifestándose—. Yo también.
Ella esbozó una media sonrisa al tiempo que se perdía —nuevamente— en ese café intenso. Podría haber estado así toda la tarde, pero cuando su estómago comenzó a implorar por dosis de alimento se separaron.
Ella siempre fue excelente en equilibrio y en el tenis aún más, pero cuando hizo amago de levantarse, todo aquello que había aprendido con el correr de su vida quedó en nada, pues casi resbaló al pisar en un lugar de la roca que tenía más relieve de lo normal.
El roquerío tenía una altura de casi 10 metros; casi parecía un acantilado, por lo que haber caído desde esa altura hubiese resultado —probablemente— fatal para ella. Pero nada de eso ocurrió, pues un fuerte brazo la rodeó por la cintura y la atrajo hacia un musculoso torso; era un abrazo protector. Sus pómulos se tiñeron levemente de color carmín al alzar la vista.
—Ten cuidado —fue lo único que dijo.
—Tsk… —aunque no era un sonido despectivo; más bien era casi divertido por la situación—. Mira cómo me dejaste —se burló de sí misma, y luego se echó a reír.
—¿Me irás a ver a las Nacionales? —preguntó infantilmente cuando ya emprendían el camino.
Ella lo miró con reproche.
—Eso ni siquiera se pregunta —replicó—. Veré todos y cada uno de tus partidos… Te veré convertido en el número uno —sentenció finalmente.
Él curvó sus labios al tiempo que rozó su mano tiernamente con la de ella. Pudo sentir la suavidad de su piel y la longitud de sus dedos.
—Más te vale hacerlo —le comunicó.
Podían ser extraños, podían se distintos para el común de la gente, pero ellos así estaban bien. Ambos llegaron al acuerdo tácito que no necesitaban de nadie más que de ellos mismos para ser felices y tener éxito. Tampoco necesitaban ponerle un nombre a su relación. Se encontraban, simple y llanamente, en perfecta armonía.
—Yakisoba —pronunció el pelinegro cuando ya habían abordado el autobús.
—¡Buena idea! —apoyó Izumi—. Pero creo que tendré que pedir una doble ración.
—Pídela, si llenas tu estómago antes de lo previsto yo la termino por ti —propuso él con un gruñido.
—Oh, gracias, qué caballero —ironizó. Él iba a replicar pero ella apoyó su cabeza en su hombro y entonces calló.
No había necesidad de hablar más. Los tiempos venideros se auguraban buenos y él quería aprovecharlos al máximo junto a ella. Entonces apoyó su cabeza contra la de la pelinegra y se dejó vencer por el sueño, con el último pensamiento de que el futuro que los esperaba se veía brillante. Verde y brillante.
