Una vez vestida con un chándal holgado y calentito que acariciaba su piel con la suavidad y calidez que necesitaba en aquel momento , salió del baño dispuesta a hablar con Jane. A hablar de verdad porque él la había pillado y ya no aceptaría sus negativas. Ambos sabían que ella jamás habría tenido aquel decadente arrebato pasional de no ser por una razón importante; ahora no podía bajar y fingir que nada iba mal.
Jane estaba sentado a la mesa de la cocina esperándola. Levantó la vista y al verla comenzó a servir el té mientras ella se sentaba. Aceptó la bebida caliente sin objeciones, rodeó la taza con sus manos y sintió el calor emanando de ella.
Se quedó un largo momento mirando el líquido oscuro, permitiéndose dejar la mente en blanco unos segundos antes de empezar a hablar. Sabía que una vez empezara probablemente saldría todo y ya no podría parar, el comienzo era lo difícil.
- Cuando era pequeña…
- Lisbon – le espetó con brusquedad, utilizando un tono de advertencia insólito en él.
- Intento contarte lo que pasa, por estúpido que resulte, y ya estoy empezando a pensar que no va a ser buena idea… -empezó a hablar de carrerilla- Cuando era pequeña teníamos unos vecinos, una pareja mayor que no había tenido hijos y mis hermanos y yo les hacíamos recados. Cuando mis padres murieron y mi tía vino a encargarse de nosotros, pasé mucho tiempo con ellos. De alguna manera fueron un gran apoyo para mí, me brindaron cariño, confianza y muchos consejos. Fueron como padres. – Lisbon hizo una amarga pausa. ¡Qué ironía! Perdía a sus padres, perdía a los sustitutos que, sin ser consciente, les había puesto a sus progenitores, perdía a Bosco, su mentor y querido amigo. ¿Perdería a alguien más? – Marcus era policía – rió– ya ves, que coincidencia ¿no? En fin, pasaba muchísimo tiempo con ellos. Eran todo lo que uno querría ser. Llevaban casados más de veinte años. Ella hacía unas galletas increíbles y unos pasteles…él hacía un café celestial – sonrió de nuevo mirando al vacío – y se sentaban juntos en el porche a comer y …era perfecto verlos. Perfecto. Él leía el periódico y ella leía el correo y los artículos de su interés. Era profesora. A él le encantaban los deportes y a ella el teatro.
"Pero él la llevaba al teatro siempre que ella quería" recordó...
No le contó, para evitar ponerse sensiblera, que sus ojos se empañaban de lágrimas y a la vez una sonrisa tonta aparecía en su cara cada vez que les veía juntos; Alice le mecía los cabellos ya canosos con suavidad y él le brindaba una mirada cargada de devoción y de amor. Era como volver a ver a sus padres y eso le partía el corazón. ¿Por qué la vida era tan injusta?
- Un día Marcus empezó a sentirse mal, primero cansancio y pequeños mareos y luego empezaron las náuseas, los dolores de cabeza; hasta que un día perdió el conocimiento. Le diagnosticaron una enfermedad, nunca supe cuál porque para entonces yo ya me había ido. Estaba en mi primer año de universidad cuando él murió. Y creo…creo que yo…. – se aclaró la garganta y respiró hondo. Sabía que cuando lo dijera en voz alta sonaría peor aún que en su cabeza – Creo que yo también podría estar enferma.
Jane se quedó impávido, estaba blanco, más sombrío que impresionado y permaneció callado durante un rato como nunca antes lo había visto . Quiso pedirle que dijera algo pero no se atrevió. Jane no daba cuenta de lo que pasaba por su mente.
De pronto frunció el ceño y sin mirarla preguntó:
- ¿Qué te ha dicho el médico?
- No…no he ido al médico. – lo soltó como si fuera lo más normal del mundo; aunque sabía que no lo era.
Entonces la miró, y lo hizo con tanta furia, con tal intensidad que no supo qué hacer o decir. ¿Es que iba a echarle una bronca? ¿Se había convertido en otro hombre de repente? ¿Un hombre que cogía al toro por los cuernos y se enfrentaba a las cosas que se le echaban encima?
- No has ido al médico - fue más una afirmación, una forma de aceptar lo que acababa de decirle.
Se levantó de la silla, a Lisbon le pareció que respiraba hondo y se daba la vuelta como si evitara hacer o decir algo. Trataba de recuperar el control, pero no estaba funcionando porque su siguiente intervención la hizo a gritos.
- ¡¿No has ido al médico?! – iba subiendo gradualmente de volumen e intensidad y Lisbon tuvo que decirse a sí misma que era mejor mantener la calma – Así que dejas tu trabajo, todo lo que tienes aquí para recluirte en tu casa, desaparecer sin decirle nada a nadie porque piensas que puedes estar enferma y ni siquiera vas al médico…¿es eso? ¡Por Dios, ¿Cómo puedes ser tan estúpida, Lisbon?!
- ¡Eh, no te pases! – se quedó en blanco por una décima de segundo, sin saber cómo reaccionar, pero enseguida se levantó de la silla para encararle hablándole tan alto como él lo había hecho. – Sólo te lo digo por…porque… ¡ni siquiera sé por qué te lo cuento, pero no te atrevas a decirme nada!
- Está bien, no te diré nada – por un momento pareció rendirse pero la frialdad y el tono de ironía decían otra cosa – reservaré las palabras para tu funeral, si es que soy capaz de ir. Explícame cómo demonios has llegado a la conclusión de que te pasa algo. Bueno, sí que te pasa algo, te has vuelto loca.
Lisbon palideció. Jane sabía que no debía de hablarle así pero le había pillado por sorpresa. Primero enterarse de que había dejado el trabajo, después lo besa y por último le decía que pensaba que se moría sin ningún tipo de información más. Al asesor le llegó una vaga sensación que desechó, no por errónea sino por alarmante: Lisbon había hecho el amor con él porque pensaba que se moría….
- Bueno, no lo sé – contestó a la defensiva – Sólo sé que me encuentro mal todo el tiempo, hay momentos en que ni siquiera las piernas me sujetan, me siento terriblemente cansada y luego he empezado a acordarme de Marcus, mi vecino, y he pensado que quizás yo… podría tener lo mismo o que me estaba pasando algo y … no lo sé, ¿vale? No lo sé...
- Maldita seas, Lisbon – dio un paso hacia adelante, sabía que ella lo estaba pasando mal y no debía machacarla más, pero para él era incomprensible el modo en que se estaba comportando. Sí, él no era la persona adecuada para hablar de actos irreverentes, pero Lisbon...ella era la racional, la que acataba las normas, siempre, ella no se dejaba guiar por el pánico, era más que eso, era la persona madura, era Lisbon. Ella dio un paso hacia atrás - ¿Por qué no nos lo has dicho? ¿Huyes y ya está, pensabas marcharte de la ciudad sin decir nada?
Oh, sí, lo veía en su cara de ansiedad y culpa: antes de que él pasara por allí, había pensado marcharse, no sólo del trabajo sino de su vida.
- Ya sé que es una estupidez, y que debería ir a pedir la opinión de un profesional porque…
- Así es – cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con reproche. Él nunca cruzaba los brazos; bueno, quizás con indiferencia o aburrimiento, pero no con enfado y reproche.
- Pero me he dado cuenta de que tanto si me pasa algo como si no, no quiero ser la poli solitaria que he sido hasta ahora y pasar mi vida entre la oficina y esta casa, así que dejo el CBI.
- ¿Y ya está?
- No, también voy a tomarme unas vacaciones… - sabía que él no se refería a eso – los polis ganamos poco dinero pero como no tengo familia….he ahorrado bastante a lo largo de los años; ya sabes, las horas extras y demás…
- Sí, y posiblemente también te merezcas un plus por peligrosidad, por estar a mi lado, pero eso no…
- Mmm – fingió estar pensativa- eso nunca lo había pensado, debí haberlo pedido.
- No cambies de tema – le espetó – a lo que voy es a que si has hecho esas horas extras y todo eso es precisamente porque amas tu trabajo y en cuanto a la posibilidad de estar enferma…hoy mismo vas a ir a ver a un médico.
- No te pongas mandón conmigo, iré cuando yo quiera.
- No, y supongo que preferirás ir por tu propia voluntad antes que hipnotizada ¿verdad?
- ¿Qué? – Sus ojos se abrieron como platos – No puedes hacerlo.
- Oh, sí, sí que puedo y sabes que no tengo escrúpulos así que lo haré. Tú decides.
- Iré sola – accedió Lisbon sabiendo que no podía seguir negando que debía ir.
- Te llevaré hasta allí.
- De eso nada. Y menos en ese coche. ¿Temes que me escape? ¿Vas a dejarme en la puerta de la consulta?
- Sólo si es preciso. Y no te quejes debería de entrar contigo para que no te escapes por la puerta de atrás… Mira, sé que es duro pero…
- No estoy asustada.
- Sí que lo estás…
- ¿No te acabo de decir que…?
No quiso insistir. Era normal que estuviera asustada ante la posibilidad de algo malo porque de lo contrario, si pensara que nada iba a pasarle, habría ido de inmediato a buscar información y consejo de un médico. De todas formas, quizás pudiera hacerle algún tipo de sugestión antes de salir para ayudarla a estar más tranquila.
¿Tanto tiempo de celibato y una noche de sexo habían creado en él tal necesidad que ahora se encontraba pensando, cual veinteañero, que había mejores formas para relajar la tensión? Estaba perdiendo la cabeza.
