No. Decididamente no había manera de que se relajara de camino al centro médico. ¿Tenía que haberle pedido a Jane que usara algunas de sus técnicas de relajación como lo hizo cuando la acusaron de asesinato? Dudaba mucho que un truco de magia la ayudara a pasar la situación en la que se encontraba, como tampoco lo había hecho tiempo antes cuando intentaba distraerla del hecho de verse involucrada en el asesinato de un ex convicto.

El médico, un atractivo cuarentón, que pese a una pequeña insinuación al presentarse no dedicó toda la consulta a flirtear con ella, le hizo análisis de sangre y no mucho más. Según él era suficiente por el momento, después podrían hacer más pruebas si fuera necesario.

- Así que policía ¿eh?

- Sí. Agente del CBI – contestó con desgana -.

- Debe de ser emocionante.

- Mmm, sí, bah, no lo sé – él sonrió condescendiente ante su reticencia a hablar sobre el tema.

- Bueno, no se preocupe – el doctor se dio cuenta enseguida de que ella parecía no atreverse a preguntar qué podía ser lo que la afectaba, pero según su experiencia era totalmente normal; algunos pacientes tienen miedo de la incertidumbre de no saber lo que les aguarda, otros temen más saber. – Aún no puedo decirle nada sobre lo que tiene, pero me parecen síntomas fácilmente achacables al estrés. Pero, como le digo, es mejor esperar a los resultados de los análisis.

- Claro.

Sin duda esa chica no estaba muy entusiasmada. Era normal. Si había alguien que podía hablar de la naturaleza humana y comparar los diferentes comportamientos ante situaciones difíciles, ese era él. Llevaba mucho tiempo ya dando malas y buenas noticias; incluso había asistido a un parto.

- Bien – dijo mientras firmaba unos papeles - dentro de una semana estarán listos, así que la veré entonces. Intente relajarse y tomarse las cosas con calma.

Se despidió del amable doctor, preparada para salir taciturna y pensativa a la calle, deseando volver a la tranquilidad de su apartamento, meterse bajo las sábanas y no salir. La luz de la calle la cegó momentáneamente; pese a que dentro la iluminación era buena, el sol al salir le dio de lleno.


Sabía que no debía haberla tratado así, pero la simple posibilidad de que un día ya no estuviera allí, ayudándole, guiándole…Era algo en lo que no podía pensar y sin embargo tan real… No la enfermedad, sino todo. Las balas, los golpes, los accidentes de coches. Si alguien podía sufrir una repentina muerte siendo aún joven era ella, pero creer que podía tener una enfermedad, sin ir al médico, sin intentar tratarse, era rematadamente estúpido. Y lo decía él: un experto en cabezonería.

Con su posición como agente de la ley no habría tardado nada en obtener los resultados de las pruebas, pero ella había preferido hacerlo por su cuenta, con un médico ajeno al CBI, precisamente para que no quedara constancia de ello en ningún informe o expediente. Aún no se había tramitado su despido y no quería que por un error tonto todos supieran que algo le ocurría y se compadecieran de ella. Había decidido simplemente desaparecer. Y luego decía que él se comportaba de manera precipitada…

Hacía rato que la había mandado a darse una ducha. Estaba especialmente pensativa y distante desde que había ido a hacerse las pruebas y esperar no se le estaba dando demasiado bien. Él, mejor actor que ella, ocultaba su preocupación, aunque tenía admitir que lo había pasado peor cuando ella, sin contarle nada a nadie, había decidido que lo mejor sería dejar atrás el CBI y con ello alejar a todas las personas que la apreciaban. Ahora que había conseguido un acercamiento no se iba a ir de su lado aunque tuviera que esperar una semana, larga y tediosa, haciéndose el fuerte. Realmente no creía que le pasara nada, confiaba en que unas semanas de descanso le procuraran la salud que había perdido a causa de las largas temporadas de trabajo al límite.

La atmósfera era refrescante; la quietud de la casa, los sonidos nocturnos provenientes de la calle, las luces bajas… Cuando después del ocaso los grillos habían comenzado a cantar había decidido apagar la televisión, no daban nada, su ruido artificial le embotaba el cerebro y tenía la sensación de necesitarlo fresco para algo, para pensar, quizás. Deslizó el dedo por los lomos de los libros en la estantería sin interés alguno porque en realidad ya había pasado los últimos días curioseando entre sus cosas de rato en rato, aunque sin entrometerse demasiado.

Irremediablemente la cabeza se le iba a la noche en que Lisbon, más vulnerable de lo que la había visto en mucho tiempo, se entregó a él; que no pudo más que aceptarla y darle la liberación que necesitaba y habría mentido si dijera que no lo disfrutó tanto como ella. Siempre pensó que cuando volviera a hacer el amor, después de Ángela, sería raro, sin sentimientos, ni consecuencias, pero no era así. No quería engañar a nadie diciendo que estaba enamorado o que había recuperado algo antaño perdido, pero tampoco podía negar que en cierto modo, por ciertas razones, la noche con Lisbon había sido especial. Ella lo necesitaba y pronto descubrió que el sentimiento era recíproco. Su vulnerable estado de ánimo contrastaba notablemente con la pasión que ponía en lo que hacía y la entrega que exigía de su amante. Sentía como si le debiera aquello, en cuanto se lanzó con determinación a sus brazos como una suicida a las vías del tren en busca de su última oportunidad, sintió que no podía fallarle y que si de verdad iba a hacer aquello lo haría lo mejor posible. Entonces no sabía lo que le ocurría a su amiga pero era evidente por la desesperación de su voz y la mirada vacía de sus ojos verdes que necesitaba ayuda, sus pequeñas manos se aferraban a él como a un salvavidas y su cuerpo respondía con tal intensidad que resultaba apabullante.

Poniéndose como excusa que, si Lisbon tenía razón, quizás no volvería a tener una oportunidad como aquella, subió los escalones con una agilidad y rapidez que casi no creía que se tratara de su propio cuerpo, pues se movía como un autómata, sin ser consciente de que cada paso que daba le acercaba más al dormitorio de Lisbon, y por ende al cuarto de baño de donde provenía el sonido del agua cayendo. Salvaba poco a poco la distancia con determinación, como si ese fuera el único lugar donde tenía que ir, el único donde quería estar. Inexorable, irremediable. No se detuvo a pensar qué conllevaría aquello que se disponía a hacer, pero estaba convencido de que si lo hubiera intentado su cuerpo no habría respondido.

Cuando llegó al baño la mitad de su ropa ya había desaparecido y le siguieron los calzoncillos y la camisa cuyos botones desabrochó mientras observaba la borrosa silueta de Lisbon a través de la mampara de la ducha empañada por el vapor de agua. Una vez despojado de toda la ropa abrió la puerta de la ducha y entró en ella casi a ciegas entre la neblinosa capa que llenaba el cubículo. Pese a todo, su lujuriosa mirada quedó prendada inmediatamente por la espalda de Lisbon, su piel cremosa lo atraía como la luz a las polillas incitándole a morder y lamer, besar y morder de nuevo, pero lo dejaría en sus manos, no haría nada que ella no quisiera y si le echaba de la ducha ahora, no insistiría más.

Lisbon había notado la llegada de su asesor en cuanto la puerta de la ducha abrió y cerró creando una corriente de aire que le recorrió la espalda y le puso la piel de gallina pese a que la temperatura allí era bastante alta. Se dio la vuelta lentamente, ofreciendo a Jane una tímida sonrisa; tenía el pelo completamente mojado y hacia atrás, la piel mojada y sonrosada-no sabía si por vergüenza o por el calor del agua-diminutas gotas en sus pestañas y algunas más grandes goteando de su nariz, la sorpresa inicial de verlo allí sustituida enseguida por conformidad.

Si ella aún lo necesitaba iba a estar ahí, aunque sospechaba que era más su propia necesidad lo que lo empujaba a sus brazos, para reconfortarla y buscar al mismo tiempo seguridad y demostrarle que podía estar para ella, que podía ser un hombre en quien confiar.

Inclinó la cabeza para depositar un beso en su nariz saboreando luego la humedad de sus labios, a la vez que ella se alzaba un poco facilitándole el movimiento. Sintió las uñas de Lisbon raspando débilmente su pecho. Sin dejar de mirarla cerró la llave del agua, de inmediato la lluvia dejó de caer sobre ellos.

Ensimismados el uno en el otro salieron de la ducha. Jane besó su hombro desnudo y húmedo, luego le cubrió la cabeza con una toalla y sacudió con cuidado para secarle el cabello.

Al llegar a la habitación a él aún le goteaba el pelo, así que sacudió la cabeza con fuerza, de modo que muchas gotas cayeron sobre Lisbon que soltó un grito e intentó apartarse de las gotitas de agua que volaban en todas direcciones pero Jane la atrapó a ella en su abrazo y ambos cayeron sobre la cama. Se levantó para mirarla, el contraste de su piel blanca, cremosa, fresca, con el color chocolate de la colcha, sus pequeños y firmes pechos desnudos pedían ser besados, los ojos chispeantes de expectación, los labios que él ya había probado en otras ocasiones…

Una vez más, la pasión se desató entre ellos, inmediata e irrefrenable. Apuraron cada hora de la noche girando en esa espiral del placer, disipando dudas, borrando recuerdos, olvidando todo lo demás.