Hola!
Cap. 10 (por fin) de esta historia donde si recordamos Lisbon está sintiéndose algo mal física y anímicamente; tras ir al doctor en este capítulo veremos qué le sucede y cuál será la reacción del asesor.
Espero que os guste! Besos y abrazos!
;D
Recordaba vagamente haber caído rendido, totalmente saciado, sudoroso y jadeante. Eso fue en algún momento de la madrugada, y el sopor del sexo lo había dejado tan atolondrado que poco más recordaba, pero había algo que no podía olvidar: cuando cayó dormido, había una mujer a su lado, una agente terca y poco romántica que ahora no estaba.
Mientras bajaba los escalones dando saltitos alegremente, varias ideas le asaltaron; la primera, la certeza de que Lisbon no se encontraba en la casa, la segunda, que era jueves y ella no estaba allí porque se hallaba en la consulta del doctor, recogiendo los resultados. Un temor innegable se apoderó de él, la incertidumbre… pero enseguida lo desechó, tratando de ser positivo.
Una vez más se deslizó fuera de la cama y sin más preámbulos se duchó, se vistió y se fue. No dejó una nota diciendo cuando iba a volver; ni siquiera tomó café, prefería beberlo por el camino que tener que decirle a Jane a dónde iba y que este decidiera acompañarla e iniciar,seguramente, una nueva discusión. Él molestaría hasta conseguirlo; ella acabaría cediendo. Lo prefería así. Más fácil.
Paseó hasta la cafetería, a unas calles del apartamento; y siguió caminando durante un rato mientras se tomaba el café (no habría aguantado sentada aunque la hubieran pegado a la silla), agotando los minutos, pues aún era temprano; se dio cuenta mirando su reloj, de que tenía bastante tiempo, quizás había salido con demasiada antelación buscando huir de la casa silenciosa para internarse en las ruidosas, aunque prácticamente vacías, calles. Luego tomaría un taxi hasta la clínica; no se sentía segura de poder conducir, no había vuelto a desmayarse y los mareos habían disminuido pero era mejor prevenir y de esa forma, si la visita al doctor no iba bien se evitaba internarse en el tráfico de las calles de Sacramento.
El doctor la recibió con una sonrisa, no una de esas que muestran toda la dentadura y llega hasta los ojos, sino una discreta, amable, neutral. No le decía nada esa expresión, quizás era su manera de recibir a todos sus pacientes, una cara que no dice nada, ni bueno, ni malo. ¡Qué incertidumbre!
- Bien – comenzó el doctor que se había levantado para indicarle con una mano educadamente, que se sentara en el sillón frente a él; tomó asiento después de ella – Me alegro de verla, Teresa.
- Bueno, no se ofenda, pero yo preferiría no tener que verlo – el doctor sonrió, esta vez abiertamente.
- Lo comprendo, dados nuestros trabajos ninguno querría conocer al otro en el desempeño de nuestras profesiones, pero tranquila.
Era guapo. Alto, delgado, con una gran sonrisa llena de blancos e impresionantes dientes, ojos castaños que brillaban con juventud haciendo juego con el pelo que llevaba muy cortito. Vestía bastante informal bajo su bata blanca.
- Como le decía – al hablar entrelazó las manos sobre el escritorio con un aire profesional que le confería a la vez autoridad y seguridad en sí mismo– Me alegro de verla de nuevo, tiene buen aspecto, ¿cómo se ha sentido últimamente? - Ante su silencio continuó - Como imagina ya tengo aquí los resultados de sus análisis.
- ¿Y?
- Bien, - abrió una carpeta que tenía enfrente, leyó unas líneas como asegurándose de conocer el diagnóstico, dándose oportunidad de pensar lo que iba a decir - ¿qué tenemos aquí? Sí, está usted de maravilla. Es decir, nada que no vaya a curarse.
La mataban los rodeos que daba el hombre.
- No le entiendo.
- Bueno, por lo que aparece en sus análisis de sangre no tiene nada grave, lo que le afecta es una anemia.
- ¿Anemia? ¿Está seguro?
- Sí, bastante – rio levemente – Tiene falta de hierro, bastante, he de decir. Pero se puede atajar con medicamentos y una alimentación saludable y sobre todo, más descanso.
- Pero no puede ser…
- ¿No se alegra, Teresa? Usted creía que tenía algo malo, y no es así. Con el cuidado adecuado volverá a estar en forma en un santiamén.
Sí, era cierto que pensaba que tenía algo peor que eso, pero…
- Sí, sí – agitó la cabeza – pues claro que me alegro pero eso no explica…
La miraba interrogante, con el ceño fruncido y la cabeza ladeada aguardando a su explicación.
- Bueno, los desmayos, los mareos, las náuseas, el agotamiento…
- Todo eso es achacable a la anemia por deficiencia de hierro. ¿Se alimenta bien, descansa lo suficiente…? Imagino que con su trabajo estará sometida a mucho estrés y el descanso será mínimo.
Parecía como si la estuviera riñendo.
- Sí, bueno, pero…nunca me he sentido tan cansada como ahora y…
- Es completamente normal. Usted ha estado haciendo un sobreesfuerzo durante demasiado tiempo y ahora le está pasando factura. Ha llegado al límite. Uno de los síntomas de la anemia es la astenia, se caracteriza por sensación generalizada de cansancio y debilidad física y psíquica. – le explicaba con toda normalidad - El cansancio, el abatimiento, incluso la tristeza, la irritabilidad o el desinterés son normales en esta clase de afección. El estado de ánimo se resiente casi tanto como el cuerpo. Es natural que aparte de un excesivo cansancio físico experimente una creciente apatía, que se sienta excepcionalmente irritable.
Bueno, lo que le decía explicaba sus sentimientos y estado de ánimo de las últimas semanas. Su total desinterés por todo, hasta el punto de creer que iba a morir y ni siquiera intentar hacer nada por resolverlo, o dejar el trabajo que tanto le gustaba.
- Le daré recetas para píldoras de hierro y además sería bueno que rebaje el nivel de esfuerzo físico y sobre todo que lleve una dieta saludable. Esto es más carne, pescado azul, verduras; una comida más equilibrada y saludable y sobre todo no comer a deshoras y, por Dios, nada de comida rápida.
- Mi pan de cada día – Lisbon soltó un bufido- ha descrito usted exactamente lo que yo como; cuando como. Sandwiches, bocadillos, patatas fritas, café…
- Oh, Dios, es una de esas policías – aun diciendo esto sonrió – Bueno, pues vaya olvidando esos nefastos hábitos de comida y dese un poco de tiempo para comer como es debido.
- Es fácil decirlo.
- Es una orden.
- Entonces…¿seguro que estoy bien? ¿Sólo anemia?
- Sí, sólo eso, pero tampoco lo vaya a tomar a la ligera – se puso serio.
- Pero – insistió Lisbon – llevo ya casi dos semanas en casa de… vacaciones, por así decirlo, y no hay mejoría.
- Verá, ocurre muchas veces que alguien expuesto a grandes dosis de estrés, adictos al trabajo como usted, dejan de trabajar de repente; su sistema inmunológico baja la guardia y caen enfermos. Se van de vacaciones y de pronto les sobreviene una gripe o un virus estomacal. No digo con esto que sea lo que le está pasando a usted, lo que quiero decir es que estar en casa sin salir de la cama, no necesariamente garantiza una curación rápida, porque lo que usted tiene ya no es un simple cansancio. Como le he dicho necesita un poco de ayuda que le proporcionarán los medicamentos, y buenos hábitos, tanto de descanso como alimenticios.
El doctor Winstone notó la reticencia de su paciente.
- Le aseguro, señorita Lisbon, que no le pasa más que lo que le estoy diciendo – el paso de los minutos parecía estar haciéndole bien, estaba comenzando a darle una oportunidad al doctor, pues sabía que lo que le estaba diciendo tenía sentido, mucho sentido, de hecho. Y después de todo él era el experto. – Bien, ahora tome esta receta y despreocúpese.
- Gracias, doctor.
- No hay de qué – se levantó sonriendo para estrecharle la mano – Cuídese. Y si tiene algún problema no dude en llamarme.
- Lo haré.
Salió de allí sin saber realmente cómo sentirse. Aliviada por supuesto, pero habían pasado tantas cosas y había pasado por tantos estados de ánimo diferentes en tan pocos días que estaba confusa sobre sus sentimientos. Se había quitado un peso de encima, el doctor se lo había quitado al darle aquel diagnóstico y asegurarle que estaba bien, así que estaba muy calmada; pero tenía que reconocer también que se sentía muy estúpida muy, muy tonta… ¿cómo había podido dejarse llevar de esa manera por los malos pensamientos, por sus recuerdos de Marcus, por…? Bah, había sido una idiota y eso no era normal en ella que siempre mantenía la calma, que les decía a los demás cómo comportarse en circunstancias difíciles. Se sentía confusa también por su comportamiento, por el cambio que había experimentado, por la debilidad…; y además estaba el hecho de haberse marchado del trabajo, y bueno, lo de Jane… ¡Jane! ¿Cómo iba a explicar…? ¿Cómo iba a volver ahora a su vida normal y hacer como si nada hubiera pasado?
Preguntas y más preguntas. La incertidumbre parecía no abandonarla nunca, por supuesto se alegraba de estar viva pero seguía siendo extraño volver a su rutina, como si hubieran pasado meses en lugar de semanas.
