Hola! He aquí el último capítulo, otro fic terminado; después a por In a Red World y El sabor...

Muchas gracias a todos por sus reviews, me han encantado y como siempre... todo un placer conocer vuestras opiniones y buenas palabras.

Disfruten la lectura! Y muchos reviews ;D

Xoxo

InTheSnow


Varios meses después de aquel episodio. En casa de Lisbon.

Sabía que había tomado la decisión correcta al ir hasta allí. El apartamento de la agente se había convertido en un refugio en los últimos tiempos.

Lisbon ya estaba durmiendo cuando él subió a la segunda planta para buscarla. Estaba durmiendo boca abajo, medio tapada y vestida con uno de sus pijamas más recatados y aun así su cuerpo reaccionó a las escuetas pero sugerentes trazas que podía apreciar desde su posición. Tras descalzarse, quitarse la chaqueta, el chaleco y desabrochar un par de botones de su blusa, levantó el cubrecama y se abrazó a Lisbon apoyando la cara contra su mata de pelo oscuro. La sintió moverse y acomodarse a su lado casi ronroneando en medio del sueño.

- Mmm – gimió un poco acomodándose de espaldas en el pecho de Jane. En cuanto sintió sus manos sobre ella, se despertó.

- He venido directamente y sin avisar – susurró Jane - espero que no te importe.

- No – contestó con voz aún adormecida – a no ser que algo vaya mal en la brigada y ahora vayas a decirme que no crees que el asesino sea realmente el asesino.

De pronto abrió los ojos.

- No ha pasado eso ¿verdad? – por la angustia con que lo dijo, él estuvo a punto de reír.

- No, no ha pasado nada de eso.

Entonces ¿por qué notaba que algo iba mal?

- Lisbon, ha muerto… el doctor. - No quería decirlo así, tan de repente, sin haberla preparado pero no creía que hubiera una buena manera de dar la noticia de la muerte de un conocido. Aunque en su trabajo estaban acostumbrados, no era plato de buen gusto; ni recibir la noticia, ni tener que darla.

- El…espera un momento – su instinto de protección y su preocupación la atacaron casi físicamente, tanto que saltó en la cama ya libre del sueño y lo miró. Mejor dicho casi se le echó encima - ¿qué ha pasado Jane?

Los ojos de él reflejaron tanto pesar que Lisbon pensó que se partiría en dos y comenzaría a llorar pero él nunca lloraba, al menos no delante de los demás.

- El doctor Steiner ha muerto.

- ¿Qué? Escucha, Jane, cuéntamelo bien, desde el principio, sino no voy a poder entenderte nada.

Él la miró como si ella tuviera todas las respuestas posibles; aun cuando no tuviera ninguna.

- ¿Y bien, Jane? El doctor Steiner…

- Estaba enfermo, no aguantaba más, no podía ver cómo su cuerpo y su mente iban a ir deteriorándose y se ha suicidado.

- Oh, Dios – Lisbon miró hacia abajo. Steiner, ¡pobre hombre!, como Jane había dicho parecía más delgado pero ¿quién lo habría pensado? Oh, Dios. De pronto algo le hizo caer en la cuenta y miró a Jane con el ceño fruncido - ¿y tú cómo lo has sabido? Estabas en la Brigada, ¿es allí adonde lo han llevado?

- No lo entiendes, Lis[ax]bon. Yo estaba con él – hizo énfasis en la palabra "yo" – Me pidió que lo ayudara.

- ¿Qué? ¿Lo…lo has hecho, lo has ayudado a…? – Lisbon sintió cómo Jane se retraía. Ella no lo estaba culpando, estaba sólo aturdida. Y no quería decepcionar a Jane reprochándole en lugar de darle su apoyo que era lo que necesitaba en aquel momento. - ¿Me lo cuentas, Jane, por favor? No entiendo nada.

Lisbon se obligó a sonreír.

- Yo…no he tenido que hacer nada, en realidad. El doctor necesitaba que alguien corroborara que había muerto de manera natural, alguien que estuviera en esta parte de la ley.

Y de todas las personas, el buen doctor había elegido al hombre más torturado, el que más instintos de protección le provocaba y, aún así, probablemente, el que mejor le ayudaría en aquel trance.

Lisbon empezaba a entender lo que ocurría. Jane, el idiota que nunca esperaba para que le dieran las gracias por la resolución de un crimen y que no abrazaba a nadie más que cuando era estrictamente necesario había ayudado a un hombre a dejar de sufrir, obligado a presenciar su final aun cuando eso conllevara una dura prueba para él. Y a la vista estaba que así era pues su cuerpo parecía en tensión y las muescas que surcaban su cara, bajo los ojos y alrededor de la boca, estaban más pronunciadas que nunca. Sus ojos estaban extrañamente brumosos y apagados.

Si no fuera porque no era del tipo cursi comenzaría a alabar lo que Jane había hecho. Había sido un acto generoso y valiente, no estaba segura de que ella misma no hubiera dejado al doctor en la estacada o dado una charla más bien pastelosa sobre por qué no debía suicidarse. Estaba…muy orgullosa de Jane.

- ¿Jane? – ladeó la cabeza - ¿Estás bien?

- Sí, creo que sí, pero no ha sido agradable Lisbon. Yo…esto…ejem, ha sido…

Sin decir una palabra más Lisbon se levantó sobre sus rodillas, quedando un poco por encima de él, y le abrazó, de modo que su cabeza quedó aplastada cálida y tiernamente en el pecho de la agente. Él suspiró con cierto pesar y se aferró con sus brazos a la estrecha cintura de Lisbon mientras ella apoyaba la mejilla en la cabeza de él. Ambos disfrutaban del calor del otro, de su olor ya conocido, de sus silencios confortables y fáciles. Jane arrellanó su bien afeitado rostro el pecho de Lisbon escuchando su respiración, apretándola fuerte contra él, disfrutando de las cálidas palabras que su amante le otorgaba; Lisbon aspiró el aroma de Jane, su olor masculino y a champú, abrazó su cabeza y le besó antes de volver apoyar la mejilla.

- ¿Sabes? – dijo con voz trémula amortiguada por el cuerpo de Lisbon – Tenía miedo de que no lo entendieras.

Lisbon frunció el ceño antes de que él siguiera hablando.

- Ya sabes, de haber cometido un error y…

- Oye, Jane, no tienes que justificarte conmigo; no soy un ogro y ni siquiera soy tu jefa.

Jane temía que ella no le perdonara por su forma de actuar, por su moral o su falta de ella, pero ella no tenía nada que perdonarle. Creía fervientemente que se equivocaba en cuanto a John el Rojo, pero ella no era quién para juzgarle.

Sin soltar a Jane se tumbó en la cama, apoyándose en el cabecero y se quedaron así. Ella no iba a juzgarle ni mucho menos porque no tenía nada por lo que culparlo, no había hecho nada malo, pero sospechaba que Jane temía que su sentido de la vida, de la muerte y su fe, no vería bien el suicidio.

Un beso en su pecho desvió su atención.

- Jane – se puso solemne – has hecho lo correcto, has ayudado al doctor y me alegro de que no estuviera solo en ese momento tan difícil.

- ¿No lo dices para que me sienta mejor? – parecía un niño pidiendo la aprobación de su madre. Lisbon bufó, como si él necesitara su aprobación para algo, ¡vaya por Dios! Si ni siquiera le hacía caso dentro del trabajo.

- No, Jane, y lo sabes muy bien.

- Me alegro de que no quieras meterme en la cárcel – dijo intentando parecer más tranquilo pero aún con un deje de pesar en la voz – porque no ha sido agradable.

- Puedo imaginarlo.

Cómo habían llegado a tal nivel de entendimiento, no lo sabían y probablemente no llegarían a entenderlo del todo, pero la suya era una unión que funcionaba.