Con la historia de Haruki Murakami y los personajes de Stephenie Meyer: "Galletas de Miel"

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Edward se enteró de que la relación de Emmett y Bella había llegado a su fin poco antes de que Renesmee cumpliera los dos años.

Bella se lo confesó a Edward casi como si le pidiera disculpas. Le contó que Emmett tenía una amante desde la época en que ella estaba embarazada y que ahora apenas se aparecía ya por el departamento. Se trataba de Rosalie Hale, una compañera del trabajo. Sin embargo, por más que Bella le explicara las circunstancias concretas, Edward no podía entenderlo.

¿Por qué Emmett habría tenido que buscar a otra mujer?

La noche que había nacido Nessie, había afirmado que Bella era la mujer más maravillosa del mundo. Aquellas palabras le habían salido de las entrañas. Y Emmett idolatraba a su hija Renesmee.

¿Por qué, entonces, tenía que abandonar su hogar?

– Yo venía a menudo a cenar a su departamento, ¿verdad? Pues nunca noté absolutamente nada. Parecían ser felices. A mis ojos ustedes eran la familia perfecta.

– Si, es cierto – dijo Bella con una sonrisa serena – No es que te mintiéramos o que estuviésemos actuando ni nada por el estilo. Pero eso no quita que él ahora tenga una amante y que ya no podamos volver atrás. Por eso nos separamos. Pero tú no te preocupes tanto. Seguro que, así, las cosas irán mejor. En diversos sentidos.

"En diversos sentidos", había dicho ella.

– El mundo está lleno de palabras difíciles de entender – pensó Edward.

Pocos meses después, Bella y Emmett se divorciaron legalmente. Tuvieron que ponerse de acuerdo sobre varias cuestiones concretas, pero no surgió el menor problema. No hubo ni reproches ni peleas. Emmett abandonó el departamento y se mudó con su "nueva pareja"; Renesmee se quedó con su madre.

Una vez a la semana, Emmett iba a ver a la niña. Los dos acordaron que, en lo posible, Edward estuviera presente durante las visitas.

– Es que así es mucho más fácil para nosotros – dijo Bella.

¿Así era mucho más fácil?

Edward tenía la sensación de haber envejecido de golpe.

Renesmee llamaba "papá" a Emmett y "tío" a Edward. Los cuatro formaban una extraña familia ficticia. Cuando se encontraban, Emmett charlaba con la misma energía de siempre, Bella se comportaba con naturalidad, como si nada hubiese ocurrido. A Edward le parecía que ella era todavía más natural que antes. Renesmee aún no se daba cuenta que sus padres se habían separado. Edward desempeñaba de manera impecable, sin oponer objeción alguna, el rol que le habían asignado. Los tres bromeaban como antes, hablaban de sus recuerdos. Lo único que Edward tenía claro era que aquella situación, era necesaria para todos.

– Oye, Edward – le dijo un día Emmett en el camino de vuelta. Era una helada noche de enero. Ambos usaban sacos gruesos y guantes de cuero – ¿Tienes planeado casarte con alguien?

– De momento no – dijo Edward.

– ¿No tienes una relación seria?

– No.

– ¿Y…? ¿Y si te casas con Isabella?

Edward miró el rostro de Emmett como si mirara algo deslumbrante.

– ¿Por qué?

– ¡¿Por qué?! – Emmett parecía el más sorprendido de los dos – ¿Por qué, dices? ¿Acaso no está claro? En primer lugar, no quiero que nadie más sea el padrastro de Renesmee.

– ¿Y sólo por eso tenemos que casarnos Bella y yo?

Emmett lanzó un suspiro y pasó su ancho brazo alrededor de los hombros de Edward.

– ¿No te gustaría casarte con Isabella? ¿Es el hecho de ir después de mí lo que no te gusta?

– No, no es eso – replicó Edward – Lo que me molesta es ese especie de intercambio, o trato, llámalo como quieras. Es una cuestión de decencia, ¿sabes?

– Esto no es un trato ni nada por el estilo – dijo Emmett – Y no tiene nada que ver con la decencia. Tú quieres a Bella, ¿no es verdad? Y, además, quieres a mi Nessie, ¿O me equivoco? Quizá tú tengas un particular y complicado modo de enfocar las cosas. Eso lo sé. Pero, desde mi punto de vista, lo único que haces es intentar quitarte los calzones sin quitarte antes los pantalones. Lo siento, pero yo sólo puedo verlo de esa forma.

Edward no dijo nada. Emmett también enmudeció. Era inusual en él permanecer tanto tiempo callado.

Caminaron hasta la estación, hombro a hombro, frotando las manos buscando un poco de calor.

– Sea como sea, eres un imbécil – dijo Edward al final.

– Bien puedes decirlo – repuso Emmett – La verdad es que tienes razón. No puedo negarlo. He arruinado mi vida. Pero ¿sabes, Edward?, yo no he podido hacer nada para evitarlo. Era algo imposible de parar. Ni yo mismo sé por qué ha pasado. Tampoco puedo justificarlo. Pero ha ocurrido. Si no hubiera sido ahora, antes o después habría sucedido lo mismo.

Eso ya lo he oído antes, pensó Edward.

– La noche que nació Renesmee dijiste claramente que Isabella era la mujer más maravillosa del mundo. ¿No te acuerdas? Que era una mujer que nadie podía reemplazar.

– Y ahora lo sigue siendo. Eso no ha cambiado. Pero a veces pasa que, justamente por eso, las cosas no funcionan.

– No te entiendo – dijo Edward rendido.

– Jamás lo entenderás – dijo Emmett. Y sacudió la cabeza. Siempre era él quien decía la última palabra.

XXX

Transcurrieron dos años desde el divorcio. Bella no volvió a la universidad. Edward le pidió a un editor conocido suyo que le pasara una traducción y ella hizo un excelente trabajo. Aparte de tener talento para los idiomas, sabía escribir. Realizó la labor de forma rápida, concienzuda y eficiente. El editor quedó impresionado ante su manera de trabajar y, al mes siguiente, le encargó la traducción de una obra literaria completa. La tarifa no era muy alta, pero, añadida a la pensión que Emmett les daba cada mes, permitía a madre e hija vivir sin privaciones.

Emmett, Bella y Edward seguían viéndose una vez por semana y comían todos juntos con Renesmee. A veces, algún asunto urgente impedía acudir a Emmett y, entonces, comían los tres: Bella, Edward y Nessie.

En cuanto faltaba Emmett, la paz y cotidianidad se adueñaban de la mesa de un modo asombroso. Un desconocido que hubiera estado allí habría creído que se trataba, sin duda alguna, de una auténtica familia.

Edward siguió escribiendo cuentos con regularidad y, a los treinta y dos años, publicó su cuarto libro de relatos, "La Luna Silenciosa", con el que obtuvo un premio literario reservado a autores consagrados. Se filmó una película con ese mismo título. Entre relato y relato, publicó varios volúmenes de crítica cinematográfica, escribió un libro sobre la segunda guerra mundial y tradujo un libro de relatos de Haruki Murakami. Todo ello tuvo una buena recepción, ganándose la fidelidad de los lectores, se aseguro unos ingresos más o menos estables y, poco a poco, fue afianzándose como escritor.

Siguió considerando seriamente la posibilidad de pedirle a Bella que se casara con él. Muchas veces amanecía sin que hubiese podido conciliar el suelo dándole vueltas al asunto.

En esas ocasiones, apenas podía trabajar. Con todo, Edward no se decidía. Pensándolo bien, su relación con Bella había estado determinada de forma invariable por otra persona.

Edward siempre había adoptado una postura pasiva. Era Emmett quien los había escogido a ambos en clase y quien había formado el trío. Luego, Emmett había tomado a Bella, se había casado con ella, la había embarazado, se había divorciado y ahora le aconsejaba que se casara con ella.

Claro que Edward amaba a Bella, por supuesto. Sobre eso no cabía la menor duda. Aquélla era una ocasión óptima para unirse a ella. Era posible que ella no rechazara su proposición. Esto Edward lo sabía muy bien. Pero le parecía demasiado fácil. No podía evitar verlo así.

¿Dónde diablos quedaba su poder de decisión?

Continuó así. Dudando. Sin llegar a ninguna conclusión.

Y, entonces, un terremoto sacudió Seattle.

XXX

Cuando ocurrió el terremoto, Edward se encontraba en España. Estaba en Barcelona, para una entrevista televisada.

Al atardecer, cuando llegó al hotel y puso las noticias de la televisión, vio reflejadas en la pantalla las calles destruidas, y las negras columnas de humo que se alzaban hacia el cielo. Igual que después de un bombardeo. Como el locutor hablaba en castellano, Edward, de momento, no supo de qué ciudad se trataba. Pero era Seattle. Distinguió muchos paisajes familiares. En Georgetown, la autopista se había derrumbado.

– Edward, tu familia tiene un negocio en Seattle, ¿verdad? – le preguntó el fotógrafo que lo acompañaba.

– Así es.

Sin embargo, no llamó a su casa paterna. La ruptura entre él y sus padres era demasiada profunda, se había prolongado durante demasiado tiempo para que existiese la menor posibilidad de reconciliarse.

Edward tomó el avión, volvió a Nueva York y reanudó, tal cual, su vida cotidiana.

No encendía el televisor, apenas y leía el periódico. Cuando hablaban del terremoto, enmudecía. Eran pocos los ecos de un paso que había enterrado tiempo atrás. Ni siquiera había pisado aquella ciudad después de acabar sus estudios. No obstante, las imágenes de destrucción reflejadas en la pantalla habían hecho aflorar unas cicatrices aún frescas ocultas en su interior. Aquella fatal catástrofe de proporciones gigantescas había alterado, de forma silenciosa pero radical, la visión de su vida cotidiana. Edward sintió un profundo aislamiento que jamás había experimentado antes.

– No tengo raíces – pensó – No estoy ligado a nada.

XXX

A primera hora del domingo en que habían quedado en ir a ver los osos al zoológico hubo una llamada de Emmett. Dijo que tenía que tomar inmediatamente un avión para Chicago. Había conseguido una entrevista exclusiva con el gobernador.

Lo siento, cariño. Pero tendrán que ir al zoo sin mí. Espero a que a los señores osos no les importe que yo falte – le explicó Emmett a su hija.

Edward y Bella llevaron a Renesmee al zoológico de Central Park. Edward alzó a Nessie en brazos y le mostró los osos.

– ¿Aquél de allá es Joseph? – preguntó Renesmee señalando un oso negrísimo, el mayor de todos.

– No, aquél no es Joseph. Joseph es el más pequeño y tiene un cara más inteligente. Aquél es el tonto de Bruno.

– ¡Bruno! – gritó varias veces dirigiéndose al oso. Pero éste no le hizo el menor caso. Nessie se volvió hacia Edward – Tío Edward, cuéntame cosas de Bruno.

– ¡Uf! ¡Qué difícil! La verdad es que no hay nada interesante que decir sobre Bruno, ¿sabes? Bruno es un oso de lo más ordinario. No es como Joseph. Él no sabe hablar ni contar dinero.

– Pero alguna cosa buena sí debe de tener, ¿verdad?

– Claro que sí – dijo Edward – Tienes razón, Ness. Incluso los osos ordinarios tienen alguna cosa buena. Por supuesto. Lo había olvidado, Hugo…

– ¡Bruno! Se llama Bruno, tío Edward – Renesmee, perspicaz, le señaló su error.

– Sí, perdona. Bruno sí era bueno en algo. En pescar salmones. Allá, en el río, se escondía detrás de las rocas y, ¡zaz!, iba atrapando salmones. Si no eres muy, muy rápido, no puedes cazarlos, ¿sabes? Bruno no era muy listo, pero podía atrapar más salmones que ningún otro oso de los que vivían en la montaña. Conseguía tantos, tantos salmones que no se los podía comer todos. Pero como no hablaba el lenguaje de las personas, no podía ir al mercado a vender los que le sobraban.

– ¡Pues es muy fácil! – dijo Renesmee – Podía intercambiar los salmones que le sobraban por la miel de Joseph. Por que Joseph tenía tanta, tanta miel que no se la podía comer toda, ¿verdad?

– Pues sí. ¡Exacto! A Bruno se le ocurrió exactamente lo mismo que a ti, Ness. Los dos empezaron a intercambiarse la miel y los salmones y, así, se conocieron mejor el uno al otro. Y, al conocerse, Bruno se dio cuenta de que Joseph no era un presumido. Y Joseph, de que Bruno no era un tonto. Y, entonces, los dos se hicieron muy amigos. Al verse, charlaban de todo lo imaginable. Y se enseñaban mutuamente muchas cosas y bromeaban. Bruno atrapaba tantos salmones como podía y Joseph recogía mucha, muchísima miel. Pero, un día, de la noche a la mañana, desaparecieron los salmones del río.

– ¿De la noche…?

– De la noche a la mañana quiere decir "de repente" – explicó Bella a su hija.

– De repente ya no había salmones – dijo Nessie con expresión sombría – ¿Y por qué?

– Todos los salmones del mundo se reunieron, hablaron y decidieron no volver a aquel río. Por que allí estaba Bruno, el gran cazador de salmones. Y, a partir de entonces, Bruno ya no pudo volver a atrapar a ningún salmón. En la montaña, lo único que se podía conseguir era alguna que otra rana flacucha. Pero en este mundo no hay cosa más mala que las ranas flacuchas.

– ¡Pobre Bruno! – dijo Renesmee.

– ¿Y entonces enviaron a Bruno al zoo? – preguntó Bella.

– ¡Huy! Todavía no. Es una larga historia – dijo Edward. Carraspeó – Pero sí, básicamente así fue.

– Y cuando Bruno tuvo problemas, ¿Joseph no lo ayudó? – preguntó Renesmee.

– Joseph quiso ayudarlo. Por supuesto. Eran muy buenos amigos. Y los buenos amigos están para eso. Joseph le dio la mitad de la miel gratis. Bruno le dijo: "No puedo aceptarla. Sería abusar de tu bondad". Pero Joseph le respondió: "No me hables como si no fuéramos amigos. Si ocurriese al revés, tú harías lo mismo que yo. ¿No es verdad?"

– ¡Pues claro que sí! – afirmó Renesmee con un vigoroso movimiento de cabeza.

– Pero la relación entre los dos no duró mucho – intervino Bella.

– La relación no duró mucho – dijo Edward – Bruno dijo: "Tú y yo somos amigos. Y que uno sólo dé y que el otro sólo reciba no es una verdadera amistad. Voy a bajar la montaña, Joseph. Voy a empezar de nuevo en otro sitio. Y si volvemos a encontrarnos en alguna otra parte, volveremos a ser tan buenos amigos como ahora". Y los dos se dieron la mano y se separaron. Pero Bruno desconocía los peligros del mundo y, cuando bajó de la montaña, cayó en la trampa de un cazador. Y Bruno perdió su libertad y terminó en este zoológico.

– ¡Oh! ¡Pobre Bruno!

– ¿No había otra manera mejor? Del tipo: "Y, entonces todos fueron felices para siempre", o algo por el estilo – le preguntó después Bella.

– Aún no he encontrado el secreto para escribir un final así – dijo Edward.

XXX

Aquel domingo por la noche, los tres cenaron, como de costumbre, en el departamento de Bella en Soho.

Bella hirvió pasta tarareando la melodía de "Claro de Luna" y descongeló salsa de tomate; Edward preparó una ensalada de brócoli y zanahoria. Los dos descorcharon una botella de vino tinto y tomaron una copa cada uno; Nessie bebió jugo de uva.

Después de recoger la mesa, Edward volvió a leerle a Renesmee un cuento de un libro ilustrado. Cuando terminó, ya era la hora de que la pequeña se fuera a la cama. Pero se negó a acostarse.

– ¡Mami! ¡Haz el truco especial con tu sostén! – le pidió Renesmee a Bella.

Bella enrojeció.

– No, Nessie. Esas cosas no se hacen delante de los invitados.

– ¡Vamos! Pero si tío Edward no es ningún invitado.

– ¿Y eso qué es? – preguntó Edward.

– Un truco de lo más tonto – dijo Bella.

– Se quita el sostén con la ropa puesta, lo deja sobre la mesa y se lo vuelve a poner otra vez. Debe mantener todo el rato una mano encima de la mesa. Y yo cuento cuánto tiempo tarda. ¡Mami es buenísima haciéndolo!

– ¡Nessie…! – dijo Bella negando con la cabeza – Es un pequeño juego que hacemos las dos en casa. Eso no se cuenta a los demás.

– Parece interesante – dijo Edward.

– ¡Por favor! Enséñaselo a tío Edward. ¿Si? Una sola vez. Si lo haces, me iré enseguida a la cama. Lo prometo.

– ¡De acuerdo! – exclamó Bella. Se quitó el reloj digital de la muñeca y se lo entregó a su hija – Pero te irás a la cama en serio, ¿de acuerdo? ¿Estás lista? Va, cuenta el tiempo.

Bella llevaba una camiseta holgada de color negro y cuello cerrado. Posó ambas manos sobre la mesa y dijo:

– ¿Lista? ¡Ya!

Primero introdujo ágilmente la mano derecha por la manga de la camiseta, como una tortuga que va metiendo la cabeza dentro del caparazón. Hizo un ligero movimiento como si se rascara la espalda. Luego, sacó la mano derecha y, acto seguido, hizo retroceder la izquierda por el interior de la manga. Giró ligeramente la cabeza, sacó la mano izquierda de la manga. En la mano llevaba un sujetador blanco. Había sido muy rápida. Era un pequeño sujetador blanco sin aros. Sin perder tiempo, lo introdujo dentro de la manga, la mano izquierda surgió por la apertura de la manga, acto seguido, fue la derecha la que se deslizó hacia adentro, la espalda se estremeció un instante, apareció la mano derecha y punto final. Las dos manos volvían a estar posadas, una sobre la otra, encima de la mesa.

– ¡Veinticinco segundos! – dijo Renesmee – ¡Mami, has batido un nuevo récord! Antes, la vez más rápida, fue de treinta y seis segundos.

Edward aplaudió.

– ¡Bravo! Parece magia.

Nessie también aplaudió. Bella se levantó y dijo:

– El show ha terminado. Ahora métete a la cama y a dormir. Lo prometiste.

Antes de acostarse, Renesmee le dio a Edward un beso en la mejilla.

XXX

Tras comprobar que la niña estaba profundamente dormida, Bella volvió al sofá de la sala de estar y le confesó a Edward:

– La verdad es que hice trampa.

– ¿Trampa?

– No me puse el sujetador de nuevo. Fingí que me lo ponía y lo dejé caer al suelo por el fondo de la camiseta.

Edward se rió.

– ¡Mala madre!

– ¡Es que quería batir un nuevo récord! – rió Bella ladeando un poco la cabeza.

Hacía tiempo que no le mostraba una risa tan espontánea. Edward alargó la mano y la posó en el hombro de Bella; ella eliminó el poco espacio entre los dos, haciendo que se abrazaran sobre el sofá.

Sus cuerpos se entrelazaron con naturalidad absoluta, sus labios se unieron. Como si nada hubiera cambiado desde sus diecinueve años. Los labios de Bella tenían el mismo olor dulce de entonces.

– Deberíamos haber estado así desde el principio – le susurró Bella tras pasar a la la cama – Pero tú eras el único que no te dabas cuenta. No has comprendido nada de nada. Hasta que los salmones han desaparecido del río.

Se desnudaron y se abrazaron en silencio. Acariciaron con torpeza cada centímetro de sus cuerpos, como dos jóvenes inexpertos que hacen el amor por primera vez.

Tras permanecer largo tiempo pendientes el uno del otro, Edward se hundió dentro de Bella. Ella lo acogió. Pero Edward no podía creer que aquello fuera real. Envuelto en la penumbra, se sentía como si estuviera cruzando un largo puente desierto que se extendiera hasta el infinito.

Edward se movía y Bella se acoplaba a sus movimientos. Edward estuvo varias veces a punto de venirse, pero se contuvo. Porque le daba la sensación de que, en cuanto lo hiciera, despertaría de su sueño y todo desaparecería como si nunca hubiese pasado.

Entonces, a sus espaldas, sonó un ligero chirrido.

El sonido de la puerta del dormitorio al abrirse quedamente. Encuadrada por el marco de la puerta, la luz del pasillo iluminó las ropas desordenadas en el suelo. Edward se incorporó sobre la cama y se dio la vuelta. Renesmee estaba de pie en el umbral con la luz a sus espaldas. Bella dio un respingo, apartó las caderas y se separó de Edward. Tiró de la colcha hacia arriba y se cubrió, se peinó el cabello castaño con la mano.

Renesmee no lloraba ni gritaba. Sólo estaba allí de pie, tomando fuertemente la manecilla de la puerta con la mano derecha, mirando hacia ellos. Sin embargo, no parecía ver nada. Sus ojos estaban mirando, simplemente, hacia el vacío.

– Nessie – la llamó Bella.

– La sombra de nuevo – dijo Renesmee. Su voz carecía de fuerza, la voz de alguien que acaba de despertar.

– ¿La sombra? – repitió Bella.

– ¿Puedo quedarme aquí?

XXX

Aquella noche, Renesmee durmió en la cama de Bella. Edward tomó una manta y se acostó en el sofá de la sala. Pero no logró conciliar el sueño. Enfrente del sofá se encontraba el televisor. Permaneció largo tiempo con los ojos clavados en la pantalla muerta.

Abandonó la idea de dormir, fue a la cocina y se preparó un café. Cuando se lo estaba tomando, sentado en la mesa, se dio cuenta de que había algo arrugado a sus pies. Era el sujetador de Bella. Se había quedado allí después del juego. Lo recogió y lo colgó del respaldo de la silla.

Se acordó de la época en que ingresó en la Universidad. En su oído resonó la voz de Emmett el día que se habían visto por primera vez en clase.

– ¡Hola! ¿Vamos a comer? – había dicho su cálida voz.

En su rostro se dibujaba una amable sonrisa que parecía decir: "En este mundo, a partir de ahora, todo va a ir bien, ya lo verás"

¿A dónde fueron a comer aquél día y qué comieron?

Edward no logró recordarlo. Aunque, en realidad, no tenía gran importancia. Con todo…

– ¿Por qué me invitaste a comer? – le había preguntado Edward. Emmett había sonreído, había posado el dedo índice sobre la sien con un gesto lleno de seguridad en sí mismo.

– Es que yo, siempre, vaya a donde vaya, tengo el talento de saber escoger a los amigos adecuados.

Emmett no se equivocaba. Edward lo pensó dejando la taza de café frente a él. Con toda seguridad tenía el talento de escoger a los amigos adecuados. Pero eso no había sido suficiente.

Seguir amando a una persona a través del largo camino de la vida es algo muy distinto a saber escoger un buen amigo.

Cerró los ojos y pensó en la gran cantidad de tiempo que había pasado a través de él. No quería creer que había sido en vano.

En cuanto amaneciese y Bella se despertara, en seguida le pediría que se casara con él. Edward había tomado la decisión. Ya no dudaba. No podía perder un segundo más.

Abrió con sigilo la puerta del dormitorio y contempló a Bella y Renesmee acurrucadas bajo la colcha, dormidas. Ness daba la espalda a Bella; ésta tenía la mano posada en el hombro de la niña.

Edward acarició los cabellos de Bella desparramados sobre la almohada, después deslizó la yema de los dedos por la pequeña mejilla sonrosada de Renesmee.

Ninguna de las dos se movió. Él se sentó en la alfombra, a los pies de la cama, se recostó en la pared y se quedó velando su sueño.

Con los ojos fijos en las agujas del reloj de la pared, pensó en la continuación de la historia que le contaría a Nessie.

La historia de Joseph y Bruno. Ante todo, tenía que encontrar un buen final. No podía permitir que Bruno fuera enviado al zoológico. Tenía que salvarlo. Mientras tanto, una idea vaga fue tomando forma dentro de su cabeza hasta ser concreta.

"A Bruno se le ocurrió que podía hacer galletas con la miel que recogía Joseph. Tras practicar un poco, Bruno descubrió que tenía un gran talento para hacer deliciosas galletas de miel. Joseph llevaba las galletas a la ciudad y las vendía a la gente. Como las galletas le gustaban a todo el mundo, se vendían en un santiamén. Y Bruno y Joseph no tuvieron que separarse y pudieron vivir felices en la montaña y seguir siendo buenos amigos."

A Renesmee seguro que le gustaría este final. Y a Bella, probablemente también.

– Voy a escribir otro tipo de historias – pensó Edward – El tipo de relatos en los que alguien aguarda, ilusionado, lleno de impaciencia, a que amanezca y el mundo se ilumine para poder abrazar con fuerza, envuelto en esta nueva luz, a los seres que ama. Por fin encontré, en estas dos mujeres, el secreto para escribir un final feliz.


Espero que esta pequeña historia les haya gustado. Tenía ganas de adaptarla desde hace mucho.

Por cierto, a las readers que estuvieron al pendiente de "En Constante Competencia", les tengo una mala noticia

el FanFiction en el que estaba trabajando "12 Razones" queda suspendido.

Por ahora lo único que estaré actualizando será "The Darkest Water: Hard to Breathe".

Muchas gracias a las readers que le dieron favorito tanto a la historia, como a mí.

Nos leemos muy pronto.

– Cezi