Capitulo 3
Déjame amarte…

Sam no podía dejar de suspirar y gemir a causa del placentero beso, un beso que espero por cuatro años. Los labios del castaño la enloquecían y le parecía mentira que aun causaran ese efecto desde su primer beso. Él era el único que lograba acelerar su corazón, hacerla temblar y quitarle el aliento, todo en un solo instante.

Sam recuerda que, el día de su primer beso, no esperaba ese tipo de emociones sin sentidos o al menos eso pensaba ella en ese momento. Ese día en la azotea, faltando pocas horas para la partida de Freddie, él la beso. Sus besos fueron todo menos inocente, no solo despertó en ella sentimientos ya conocidos, un fuego incontrolable creció desde su bajo vientre hasta esparcirse por todo su cuerpo. Su corazón no solo latía en su pecho, en ese momento lo podía sentir en su piel y estaba segura que él también lo sentía.

-Duerme conmigo… -susurró Freddie entrecortadamente. –Solo quiero dormir, tenerte en mis brazos… sentir tu calor, nada más.

La rubia asintió besando sus labios ligeramente antes de dejarse guiar hasta el interior del edificio, no había prisas, solo eran ellos dos y nadie más. Cuando llegaron al piso 8 y las puertas del elevador se abrieron ninguno quiso moverse de su lugar, estaban tan a gusto en ese abrazo que era un delito romperlo, pero tenían que hacerlo. Sam siguió a Freddie hasta la entrada de su apartamento y luego a su habitación donde, sin palabras o situaciones incomodas, se acurrucaron en la cama.

Freddie la abrazó suave y firme al mismo tiempo, él estaba seguro que Sam podía escuchar los latidos de su corazón, pero no le importaba. El castaño aun no podía salir de su asombro, ella estaba tan hermosa con su cabello rubio alborotado y sus ojos azul profundo. Los ojos de Freddie viajaron lentamente hasta los labios carnosos de Sam que estaban entreabiertos invitándolo a besarlos. Lentamente cortaba el espacio entre sus labios hasta el punto de solo rozarlos, estaba tan cera que podía sentir su aliento cálido sobre su piel.

-¿Quieres besarme, Freddie? –Él asintió lentamente sin apartar la mirada de sus labios. -¿Entonces qué estás esperando?

Con esas palabras unieron sus labios en un beso suave pero lleno de pasión. Las manos de Freddie recorrían un camino lento hasta sus rizos, él jamás se cansaría de la sensación que causaba el cabello de Sam en sus dedos o la suavidad de su piel, era electricidad pura. Lentamente sus besos bajaron de intensidad hasta solamente rozar sus labios, él la miro a los ojos y dibujo una pequeña sonrisa.

-Buenas noches, mi princesa… -susurró antes de cerrar los ojos.

A la mañana siguiente, Marissa Benson estaba preparando el desayuno y se preguntaba porque su hijo se había levantado. Miró el reloj que estaba en la pared de la cocina e hizo una mueca con sus labios antes de ir hasta su habitación y despertarlo. Al momento de abrir la puerta, ella estuvo a punto de gritar pero notó aliviada que ambos estaban vestidos y solo habían dormido juntos. Cerró la puerta suavemente dejándolos dormir, si de algo estaba segura era de lo mucho que se extrañaban.

De vuelta a la habitación de Freddie, la rubia había escuchado a Marissa cuando entró y esperó de todo menos que se retirara en paz, sin formar ningún tipo de escándalo. Aunque le costara admitirlo se sentía aliviada de eso ya que había una pequeña posibilidad de que ella la aceptara. Se levantó cuidadosamente para no despertarlo, ella dibujo una sonrisa en sus labios y no pudo evitar suspirar. Estaba tan enamorada de Freddie que esos cuatro años separados logró afianzar ese sentimiento.

Sam recorrió la habitación de Freddie con su mirada, estaba igual a la última vez que piso ese lugar. Las paredes tenían ese color azul y blanco que tanto odió en aquellos años y que ahora le encantaba porque le recordaba a él. La rubia caminó hasta el cuarto de baño y le puso seguro, confiaba en Freddie, pero no en la loca.

Ella se acercó al espejo que estaba colgado en la pared, su rostro se veía cansado pero no se sentía igual. Se vio obligada a madurar antes de tiempo por el accidente de su madre, trabajaba y la cuidaba todo al mismo tiempo, no era de extrañarse que su rostro estuviera demacrado. Aunque aún mantenía rasgos de la antigua Sam Puckett, ya no era una niña. Se acercó hasta la regadera, abrió el agua caliente y un poco de la fría para lograr una temperatura agradable. Las ropas quedaron esparcidas por el piso antes de comenzar con su baño, tal vez debió pedir permiso, pero eso a ella no le importaba.

Mientras el agua tibia caía suavemente sobre su cabeza y recorría cada parte de su cuerpo le fue imposible no pensar en él. En los besos sobre sus labios y su piel, en la tibia y placentera sensación de sus manos sobre su cuerpo. Sam se muerde el labio inconscientemente y ahoga un gemido en el proceso, aun no puede creer el efecto que Freddie le causaba.

Desde el otro lado de la puerta, Freddie miraba fijamente el techo mientras escuchaba el suave caer del agua proveniente de su baño. Había despertado minutos atrás al no sentirla a su lado, tardo solo tres segundos en notar que estaba en su baño. El castaño cerró sus ojos para aspirar el aroma impregnado en su almohada, era un olor extraño característico en Sam que lo elevaba al paraíso.

La noche anterior cuando la escuchó decir que lo amaba, estaba seguro que soñaba, pero sus besos y sus brazos atrayéndolo más le indicaban que estaba equivocado; no era un sueño, era la dulce realidad. Sam no se imaginaba cuan ansioso estaba él por verla, besarla, abrazarla… sentirla suya, pero eso podía esperar ya que quería hacer las cosas bien.

-Buenos días, Freddie… -murmuró Sam acercándose lentamente a él, su cabello estaba mojado y goteaba un poco mojando su ropa.

-Hola, amor… -susurró el castaño cerrando la distancia en ellos, sus besos eran simplemente únicos.

-Debo ir a casa de Carly antes que llamé a la policía y a toda la fuerza armada por no conseguirme –dijo la rubia entre risas.

-Desayuna conmigo, por favor –"¿Cómo se supone que me negaré ante esto?" gritó Sam internamente antes de aceptar.

Cinco horas más tarde…
Carly correteaba de un lado al otro en el estudio, habían pasado toda la mañana y parte de la tarde limpiándolo para el show. Ahora faltaban segundos para comenzar y se sentía muy nerviosa, no sabía cuál sería la reacción de las personas, si gustaría o no el show y otras más. En cambio, Sam estaba sentada en el sillón mirando fijamente al castaño que de vez en cuando le sonreía. Ella no se sentía nerviosa, siempre disfrutó de hacer iCarly con sus amigos pero todo terminó cuando Freddie partió a la universidad.

-Bien chicas, es hora… -avisó el castaño emocionado. –Veinte segundos…

Carly chilló emocionada haciendo reír a sus amigos, se paró en uno de los extremos más lejanos del estudio y Sam hizo lo propio, pero del lado contrario. Freddie también estaba nervioso, iCarly siempre fue y será su programa favorito, y aunque nadie lo viera en ese momento él estaba feliz de compartir nuevamente con ellas de esa forma.

-En 5… 4… 3… 2… -Freddie hizo la típica seña con su mano.

-Hola, hola… yo soy Carly –gritó la morena saltando desde su posición.

-Y yo debo ser Sam –dijo la rubia deslizándose con gracia.

-Y esto es iCarly…

Freddie no había reído tanto en cuatro años, a pesar de la torpeza inicial que parecía afectarles a Carly y a él. Sin embargo, la rubia parecía una profesional, a decir verdad para ella siempre fue fácil hacer los programas e improvisar. Cuando terminaron el programa que duro más de lo habitual, bajaron por unos aperitivos.

La morena revisaba su celular apoyada al hombro de Freddie que, como cosa extraña, estaba pegado a su laptop revisando sabrá Dios que cosa. La rubia estaba en la cocina preparando los aperitivos, siempre se iba por lo más fácil y rápido, pero esta vez los sorprendería con algo especial. A ella le encantaba ese postre y estaba segura que sus amigos lo disfrutarían.

-Sam, ¿Qué tanto haces? –preguntó Freddie tratando de llamar su atención.

-Espero no te estés comiendo nada o lo lamentaras –amenazó Carly entre risas.

-Ustedes allí, esperen un momento que esto lleva trabajo –dijo con voz cantarina sorprendiendo a la morena. Su amiga nunca fue una persona amante a la cocina, al menos que sea para comer, pero en sus años de infancia y adolescencia nunca la vio cocinar, tal vez si había cambiado después de todo.

Minutos más tarde, Sam observaba divertida a sus amigos que no paraban de comer y lanzar sonidos extraños por el sabor.

-Sam esto esta bueno –dijo Freddie con los ojos cerrados.

-Sí… buenísimo… -su amiga dejo de comer y la miró a los ojos. -¿Por qué no comes?

La mirada de la rubia paso de felicidad a tristeza.

-No puedo comer nada de eso… -susurró dibujando una sonrisa triste.

-¿Por qué? –preguntaron los dos al mismo tiempo.

-No quiero hablar de eso… -susurró antes de huir, se disculpó con la mirada y cerró la puerta del apartamento. Tenía que escapar, aun no estaba preparada para contarles la verdad.

Tres años atrás mientras estaba en la fiesta anual del hospital, Sam comía todo lo que se le atravesara, pero en el transcurso de las horas comenzó a sentirse cansada, sentía que el aire le faltaba y su pecho le dolía. Lentamente o rápidamente, la verdad no estaba segura, cayó al piso y todo se volvió negro a su alrededor. Despertó un día después llena de tubos e intravenosas, solo tardo un minuto para darse cuenta que algo no estaba bien.

Su jefe, su amigo, su padre el doctor Clonan le dijo una tarde cual era su problema. Nunca pensó sentirse tan mal por una noticia, tenía una válvula del corazón atrofiada y debían operarla, el problema era que su seguro no cubría dicha cantidad. Comenzó una nueva dieta y con ello una nueva vida, ella trataba de cuidarse mientras esperaba cumplir cinco años de trabajo en el hospital y así poder operarse.

La rubia se dejo caer lentamente en la pared del pasillo, no quería afrontar la realidad en esos momentos. Cubrió su rostro con sus manos y dejo escapar un suspiro más parecido a un lamento, se reprochaba una y otra vez por dejarlos así. Escuchó unos pasos, alguien se acercaba a ella y no estaba preparada para hacerle frente a sus amigos.

-Una locura este día, ¿eh? –ese era Freddie, su tono destilaba tristeza. –Sammy, confía en mí, dime qué te pasa… no me gusta verte así.

-Hay tantas cosas que me gustaría decirte, tanto que necesito contarte… pero tengo miedo, Freddie, miedo a lo que pueda pasar y como reaccionaran al enterarse –la rubia suspiró y con voz temblorosa le dijo. –Muchas noches escribía lo que me pasaba, pero me acobardaba… no sabes lo difícil que esto, nadie más lo sabe… solo yo y el Doctor Clonan por supuesto.

-¿Qué tienes? Desahógate conmigo… Sam, confía en mí por favor –a estas alturas Freddie la abrazaba con fuerza mientras besaba su frente.

-Lo que tengo puede solucionarse, Freddie… -susurro tan bajo que le costaba mucho entenderla. –Tengo una de las válvulas del corazón atrofiadas… el doctor me dijo que tal vez tengo años así y no habían síntomas… -la rubia se encogió de hombros y suspiró mientras mordía su labio. –No le he dicho a nadie, ni siquiera a mi mamá o a Mel porque no quiero otro peso en sus vidas, ya es suficiente.

Ella podía sentir como su visión se nublaba gracias a las lágrimas acumuladas, no quería aceptarlo en voz alta, pero se sentía bien confesarlo y ser escuchada. El castaño la abrazó con fuerza, más de la permitida pero ella lo necesitaba, solo quería sentirse segura.

-¿Te vas a operar? –susurró el castaño en su oído.

-Me faltan tres años, solo tengo que aguantar el incremento del seguro… -susurró entrecortadamente.

-¿Por qué no nos dijiste nada? Te pudimos ayudar, Sam, no vuelvas a hacer eso –la regañó sin romper el abrazo. –No todo el tiempo tienes que ser fuerte maldita sea, confía en tu familia y en los que te queremos…

La rubia asintió alejándose solo un poco de él, lo miró a los ojos y se sorprendió al verlo llorar. Sus manos limpiaron cualquier rastro de lágrimas para luego besarlo con ternura y amor.

-Vamos a mi cuarto –susurró Freddie y ella solo se limitó a asentir.

El apartamento estaba totalmente vacío, no había rastros de Marissa por ningún lado. "Doble turno" le susurró él y ella asintió, Marissa era una enfermera y bueno, entendía todo lo referente a ello. La rubia se sumió en sus pensamientos, en su dolor y en todas las preocupaciones que tenía.

Ella sintió los labios de Freddie surcar un camino suave por su cuello haciéndole olvidar sus preocupaciones. Sam se giró chocando sus labios con ansias provocando gemidos de placer. Sus manos subieron instintivamente hasta su cuello para cerrar la distancia en ellos haciendo el contacto más íntimo. Sintió el borde de la cama en sus piernas y se dejo caer suavemente sin romper el beso, ella no pudo evitar los temblores de su cuerpo a causa del nerviosismo.

-No te preocupes más… déjame cuidarte Sam, déjame hacerlo –susurró Freddie con voz ronca logrando erizar su piel. –Déjame amarte…

Y con eso último, toda preocupación y molestia quedaron olvidadas. Ahora solo existían Freddie y Sam, nadie más.