¡Disculpen que haya pasado tanto tiempo! Estuve haciendo mil proyectos distintos, entre poesía, concursos literarios e historias nuevas que estoy preparando. No puedo ofrecerles nada más que este capítulo como mi mayor disculpa, el más largo que hasta ahora haya escrito (es casi el doble que el anterior) y también el que, según creo, está mejor redactado y preparado. De verdad no me he olvidado de ustedes, les tengo cariño y también a esta historia que me hizo comenzar a dedicarme a escribir. Gracias a trini-la-blake, Pedro I, aego, Aranel-Riddle y TachiFk. Me hacen seguir escribiendo, esto va por ustedes.

DISCLAIMER

Todos los personajes pertenecen a J.K Rowling y a la Warner Brothers, yo sólo hago esto por gusto y sin ningún fin de lucro. Y por supuesto, no soy J.K Rowling.

Harry Potter y las Almas del Heredero, capítulo 11

"Por sí mismo"

Subieron en tropel por las destartaladas escaleras, corriendo ansiosos. Tras días y días de estar en La Madriguera por obligación, la idea de salir, volver al callejón Diagon y ayudar en lo que fuera posible parecía mejor que nunca, aún cuando lo más probable es que la mayoría de las reparaciones graves ya estuvieran completas.

Harry entró a su pieza y se abalanzó sobre su baúl para buscar la capa invisible, impaciente como nunca en esos días. Por más que revolvía y sacaba cosas no la podía encontrar, y en el nerviosismo y el apuro, botó la jaula de Hedwig al suelo accidentalmente, esparciendo por la habitación un montón de plumas y una rata a medio comer, todo eso acompañado de un estrépito metálico. Soltó un improperio y suspiró.

-Esa torpeza fue digna de Ron, Harry –dijo la voz divertida de Ginny, que entraba en la habitación, a sus espaldas- Déjame ayudarte¿sí?

-Gracias, Ginny –le contestó, agradecido y avergonzado a la vez por su torpeza, y sabiendo que se había puesto bastante rojo- Estoy un poco impaciente por salir de aquí. No es que tenga nada en contra de estar en La Madriguera, pero...

-Te entiendo. Estos días se me han hecho eternos a mí también.

Mientras la pelirroja levantaba la jaula en silencio y limpiaba la habitación con un simple "Fregotego!", Harry dio vuelta su baúl con desesperación, ignorando el nuevo desorden que acababa de crear. La capa invisible finalmente se deslizó por sus dedos, tal como había hecho tantas otras veces. De improviso recordó algo que había querido preguntarle a Ginny desde hace días, pero no lo había hecho porque no habían tenido ocasión de estar solos.

-Ginny... ¿Por qué estabas enojada conmigo el día que discutí con Charlie? –preguntó Harry, bajando un poco la voz, aunque en un tono de simple comentario casual.

-No estaba enojada –respondió la chica, repentinamente cortante, evitando el tema.

-Vi tu cara, no me digas eso. Se notaba, y no entiendo por qué conmigo –insistió Harry, sin entender el repentino cambio de ánimo de la pelirroja.

Ginny se volteó, seria, apoyando su espalda contra la pared, al tiempo que suspiraba.

-¿No es obvio? Ya te lo he repetido muchas veces y sigues sin recordarlo. Cada vez que alguien intenta protegerte, te enojas y nos tratas como si lo hiciéramos para fastidiarte. Mi hermano estaba cansado e igual que preocupado que tú, pero siempre estás pensando en ti, en lo que tú sientes, en lo que tú quieres hacer. Eso fue lo que me molestó.

-No pueden protegerme toda la vida, Ginny, yo también te lo he explicado muchas veces. Además lo dices como si fuera un capricho mío¡No lo hago por mí, lo hago por todos, por nosotros! –repitió Harry con cansancio.

-¡Lo haces por ti, porque no es tu momento aún! Tienes que enfrentarte con Voldemort cuando estés preparado, no en medio de una batalla campal entre gigantes, dementores, mortífagos y aurores, de la que seguramente saldrás en mil pedazos. Pero, como siempre, descargaste tu rabia con la primera persona que se te cruzó por delante, que en este caso fue Charlie. Pero otras veces soy yo, otras Hermione, otras Ron, y así.

-¡Sé que puedo ayudar, Ginny!

-También lo sé, pero el bien mayor que puedes hacer es esperar hasta que puedas enfrentarte a Voldemort en una sola pieza¿no?! –Ginny le dio la espalda, temblando levemente, en silencio- Harry, por favor no me hagas sentir todos los días que puedo perderte. No tan pronto...

-Pareces más una madre que mi novia... De hecho eres igual a McGonagall hablando- Ginny abrió la boca para protestar, pero Harry la atajó- ¿Sabes algo? Ya entiendo porqué al final estaré en esto solo: con ustedes amarrándome a lugares seguros, nuncá podré hacer nada útil –le espetó Harry con repentina y fulminante irritación, por primera vez harto del sentimentalismo.

-¡Madura! –le replicó Ginny enojada y dolida.

-Eso intento, pero siempre están ustedes para "cuidarme"¿verdad?

Sin esperar respuesta y bastante irritado, Harry salió de la habitación dando un portazo no menor, dejando a una Weasley desconcertada y furiosa en ella.

Retorcía y apretaba con furia la capa en sus manos... Que irritante era la aprensión de los demás. Y ahora además había discutido con Ginny... "Lo único que falta es que Ron me tome de la mano para que no me escape, o algo así", pensó Harry con irónica amargura. Bajó los escalones dando grandes zancadas y haciendo crujir estrepitosamente la vieja madera, con cara de haber perdido toda tolerancia a las opiniones ajenas. Su estado de ánimo fue captado enseguida por sus amigos apenas llegó al primer piso, pero no parecían muy dispuestos a preguntar, sobre todo por su expresión.

-¿Y Ginny? –soltó Hermione, como quien no quiere la cosa.

-Ya baja –respondió Harry, sonando lo más indiferente posible.

En efecto, la pelirroja bajó casi al instante, sin dirigirle ni una sola mirada o palabra. Con la cabeza alta, orgullosa e indiferente, se paró al lado del mayor de los Weasleys ahí presentes, lo más lejos posible de Harry.

Charlie los miró a ambos con curiosidad, al igual que Ron y Hermione, pero al ver que mutuamente se daban la espalda, se encogió de hombros y anunció:

-Bien, nos vamos. Harry¿tienes la capa invisible?

-¿Cómo sabes de ella? –saltó Harry agresivamente.

-McGonagall nos lo dijo a todos –contestó el Weasley con simpleza.

A Harry le irritó aún más que McGonagall comenzara a divulgar por ahí que tenía una capa invisible. Con los miembros de la Orden sabiendo de la capa, ésta le servía mucho menos, ya que todos estarían más atentos a alguna de sus desapariciones.

-Sé lo que estás pensando, –lo interrumpió Charlie, captando su expresión- pero incluso aunque no nos hubiera dicho nada, lo habría deducido yo mismo con la carta que mandó, asique no le des muchas vueltas. Ahora bien, nos apareceremos en el Caldero Chorreante. Necesito que por lo menos tú, Harry, estés con la capa invisible puesta en todo momento, no pueden verte bajo ninguna circunstancia¿entendido?

Harry se limitó a asentir, con su anterior ánimo e impaciencia completamente desvanecidos. Ya la idea de salir no era tan interesante, estaba ocupado pensando en el sermón de Ginny...

-Uno, dos...¡TRES!

Nuevamente la desagradable sensación de la desaparición le recorrió el cuerpo por sorpresa, pero teniendo la cabeza tan llena de pensamientos desagradables e irritaciones contra todos, Harry no prestó atención a la ahora, insignificante y desagradable sensación; limitándose a cerrar los ojos y esperar que pasara. El problema fue que, apenas sintió sus pies nuevamente sobre la superficie firme, comprendió que algo estaba mal, ya que no sólo no había prestado atención a la sensación, sino que también había olvidado concentrarse en la Aparición.

El silencio que reinaba en donde quiera que estuviera parado fue lo primero que le hizo saber que no se encontraba en el Caldero Chorreante precisamente. Abrió los ojos con sorpresa, y se sintió más molesto que en toda la mañana al identificar el lugar en donde estaba. En medio del silencio, el abandono y el frío de la mañana, el viejo y desgastado letrero frente a él dejaba leer claramente su inscripción: Callejón Knockturn. Exactamente al lado de éste, otro letrero, más actual, grande y visible que el anterior, decía lo siguiente:

"Por orden del honorable Ministro de la Magia, Rufus Scrimgeour, el llamado Callejón Knockturn se encuentra clausurado indefinidamente, por motivo de sospecha de colaboración con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y sus seguidores, los Mortífagos; quienes están acusados de asesinato, uso de las maldiciones imperdonables, disturbios públicos y fuga de Azkaban, entre otros atroces cargos. Por ello, quedan prohibidas todo tipo de transacciones comerciales, alojamiento, almacenamiento de bienes y/o permanencia en todo recinto que se encuentre dentro del ya mencionado callejón. Quienes sean sorprendidos intentando entrar al Callejón, o infringiendo cualquiera de las antes mencionadas prohibiciones, será enviado directamente a Azkaban. Esta clausura se ajusta el decreto nº32 de Defensa, Prevención y Ofensiva contra las Amenazas para el Mundo Mágico.

Rufus Scrimgeour, Ministro de la Magia"

Harry soltó una maldición por lo bajo, reprendiéndose por haber sido lo suficientemente estúpido como para haber terminado en aquel lugar. Ya era la segunda vez en su vida que terminaba en ese desagrable callejón, ambas veces por culpa suya, y cada vez que aparecía ahí, era en tiempos más peligrosos. ¿Qué pasaría si los aurores (que no fueran de la Orden, claro está) lo encontraran husmeando por ahí?.¿Tendría que hablar con Scrimgeour, o peor aún, pasar un pequeño período en Azkaban?.¿Si encontraba mortífagos y...?

Con un nudo en la garganta de sólo pensar en estas posibilidades, hechó a correr hacia la salida del callejón por las desoladas y silenciosas calles empedradas, haciendo resonar el eco de sus pasos involuntariamente. El sonido que emitían le ponía los nervios de punta, y a cada momento le parecía que podría salirle al paso un auror, o peor, un Mortífago. Estaba por alcanzar la salida, cuando recordó que estaba con la capa invisible puesta. Este pensamiento lo reconfortó un poco, y, sin saber porqué, aminoró el paso hasta quedar parado frente a una vitrina, aún con el corazón latiéndole a mil por hora. Intentó ver, con dificultad debido al polvo, si es que alguna parte de su cuerpo se reflejaba en el vidrio, pero comprobó, con gran alivio, que no era así. Soltó un suspiro.

Nuevamente se encaminó a la, ahora, cercana salida, pero un nuevo pensamiento invadió su mente, una idea fugaz pero muy fuerte. Dejó de caminar y observó la salida del callejón, dudoso.

¿Realmente Scrimgeour lo mandaría a Azkaban si lo encontraran en el callejón? Ahora que lo pensaba con calma, lo veía prácticamente imposible; después de todo, él era el que subía la moral de la comunidad mágica, y Rufus Scrimgeour claramente se beneficiaba de eso. ¿Podría él, Harry, sacar alguna utilidad a su status de "El Elegido", después de todos los problemas que le había causado anteriormente?

Por otro lado, sabía perfectamente que Charlie y los demás tenían que estar buscándolo con desesperación en El Caldero Chorreante. Por un momento casi pudo ver la cara de pánico Charlie al darse cuenta de que no estaba con él, y probablemente hubiera regresado para decirle que estaba bien, de no haber sido porque en ese momento, recordó a Ginny.

Frunció el ceño, sólo con recordar sus palabras y la expresión de su rostro en la reciente pelea. Pensándolo bien, no quería verla en ese momento, no con los recuerdos de la discusión aún tan frescos, y tantos comentarios hirientes que seguramente se le escaparían de un momento a otro. No, no iría con ellos, por lo menos hasta que se calmara y pudiera pensar con más claridad sobre las palabras que le había soltado la pelirroja esa mañana. Además, tal vez así podría aprovechar de demostrarle a Ginny que él sí podía hacer las cosas por sí mismo.

Ya fuera como una forma de rebelarse a los demás o de probarse a sí mismo, Harry se quitó la capa invisible lo más rápido que pudo en un acto bastante inconsciente y estúpido, y dio la media vuelta, para volver a adentrarse al corazón del callejón Knockturn. Sabía perfectamente a dónde iría, y sólo cruzaba los dedos para que todo saliera bien. Tenía que salir bien.

Con paso rápido, caminó por las angostas y oscuras callejuelas, escuchando el sonido de sus pasos y también, debido al nerviosismo y la excitación, de su propio corazón. No recordaba su última excursión de este tipo sin sus amigos, a excepción de la que había llevado a cabo el año pasado a la cabaña de Hagrid, para sonsacarle a Slughorn el recuerdo de los horcruxes. Sólo había una leve diferencia: esa vez había contado con la suerte que le otorgaba la Felix Felicis, y ahora, sólo tenía por arma su ingenio y su fugaz inspiración, que esperaba no perder demasiado pronto, por su propia seguridad.

Mientras caminaba, comenzó a concentrarse en el ambiente que reinaba en el lugar. Niebla, bruma, oscuridad, frío, silencio, desolación... Eso, sumado al lúgubre aspecto de cualquier tienda que hubiera por ahí. Unas cuantas con vidrios trizados o rotos, cubiertas por una fina y reciente capa de polvo, que denotaban el abandono absoluto. Harry pensó, no sin un dejo de culpa y miedo, que no podría haber elegido un lugar más peligroso para caminar.

-¡¿QUIÉN ANDA AHÍ?!

Harry pegó un salto, sorprendido y asustado por la atronadora y amenazante voz proveniente de la vuelta de la esquina. Sintió un escalofrío y se preguntó por un momento si no sería mejor dar la media vuelta y echar a correr, pero nuevamente el recuerdo de Ginny lo hizo avanzar, como movido por un orgullo insensato, rayando en lo estúpidamente infantil. Sintiendo cómo las piernas le tiritaban levemente, y cómo su corazón latía desenfrenadamente, dió la vuelta en la esquina de la cual había salido la voz, con la mano en el bolsillo, sujetando firmemente la varita.

Ahí, vigilando la entrada de la desgastada Borgin y Burkes, estaban dos aurores a los cuales creía haber visto anteriormente, pero que con toda seguridad no estaban en la Orden. Los dos con túnicas de color rojo pálido, lo apuntaban decididamente con sus varitas.

A pesar de lo intimidantes que se veían los dos magos, Harry siguió avanzando con fingida calma y tranquilidad (mucha más de la que sentía en realidad). Uno de los aurores, que era alto y rubio, quedó con expresión perpleja por unos instantes, al ver que un adolescente cabizbajo se le acercaba con toda calma por el callejón, a pesar de la amenaza de Azkabán. Lo que lo sacó de su aturdimiento fue la atronadora voz de su acompañante:

-¡Ni un paso más! Irás directo a Azkaban por en...

Sus palabras se cortaron cuando Harry levantó la cabeza y se corrió la chasquilla, dejando ver su famosa cicatriz en forma de rayo. Dejó de caminar y se paró en frente del auror, con aire decidido y bastante desafiante.

-Necesito entrar a Borgin y Burkes –declaró con simpleza.

El auror rubio, que ya había superado su impresión, lo miró con incredulidad y un poco de desprecio.

-¿Qué te hace pensar que entrarás?

-¿Qué te hace pensar que me lo impedirás? –espetó Harry con desfachatez.

El otro auror, enojado, tomó al chico del cuello de la camisa, levantándolo unos centímetros del piso.

-Mira, Potter... Puede que todo el mundo se crea ese cuento de "El Elegido", pero nosotros sabemos perfectamente que no eres más que un truco publicitario para darles esa falsa sensación de seguridad a los que creen que nosotros no podemos con el Innombrable.

-Nunca han podido con él ¿o si? –soltó Harry burlonamente, aunque en realidad comenzaba a sentir que su plan no estaba funcionando como había esperado, y que tampoco podría mantener su papel de héroe arrogante por mucho más tiempo- Además, si no le tienes miedo¿Por qué no lo llamas por su nombre? Se llama Voldemort¿sabes?

El auror se estremeció, pero se recompuso rápidamente.

-Puede que no hayamos podido vencer al Innombrable... Pero sí podemos mandarte directo a Azkaban por entrar aquí...

-Jaja, no me digas... ¿Y cómo le vas a explicar a la comunidad mágica que metiste en prisión a "El Elegido"? Ahora suéltame.

El auror pareció a punto de perder el control, pero su compañero intervino:

-Déjalo, Nichols... –dijo con simpleza. Algo en la mirada calculadora del auror hizo que Harry sintiera un escalofrío en su espalda, y de inmediato bajó la vista para no darle oportunidad al mago de tener contacto visual.

-Potter tiene razón, después de todo... –prosiguió con malicia el auror- ¿Cómo podríamos enviarlo a Azkaban? Déjalo entrar a hechar un vistazo... De todas maneras no va a encontrar nada... ¿o si?

Al principio, el auror que tenía agarrado a Harry miró a su compañero con incredulidad, pero luego, ambos magos se dirigieron mutuamente miradas cómplices, acrecentando todavía más el temor de Harry. ¿Una trampa? O incluso¿Podría ser que no fueran aurores, sino que Mortífagos encubiertos? El temor lo fue invadiendo, y algo dentro de él le dijo lo estúpido que era por estar haciendo eso, pero ya era muy tarde para echar pie atrás.

El auror lo soltó y lo acercó a la puerta.

-Pasa, tienes 5 minutos –le ladró Nichols- Después te vas del Callejón.

Los aurores se hicieron a un lado, dejando libre la entrada a Borgin y Burkes.

Sin hacer notar su nerviosismo, tomó la manilla de la puerta con falsa decisión y la abrió, al tiempo que ésta crujía escandalosamente en medio del tenso silencio reinante.

Tras atravesar el umbral, casi pudo oler el abandono del local. Cualquiera hubiera dicho que nadie había entrado al lugar en años, a pesar de que sólo llevaba unos cuantos meses cerrado. Recorriendo el lugar con la mirada, logró divisar los estantes donde antes habían estado la Mano de la Gloria, el collar maldito y otros artefactos, aunque ahora eran simples repisas completamente vacías y empolvadas. El lugar en donde debería haber estado el armario evanescente, era un simple rincón oscuro y lúgubre, con varias telarañas de por medio. La visión era desalentadora.

Dio unos pocos pasos al interior y de inmediato se levantó una nube de polvo, que le hizo arder los ojos. La espesa capa de suciedad acumulada en el suelo amortiguaba el sonido de sus pasos, cosa que Harry agradecía, porque cualquier tipo de eco no habría hecho más que aumentar su nerviosismo.

"Piensa, piensa... ¿Dónde habrías escondido un Horcrux?"

A pesar de que sabía de antemano que Borgin y Burkes estaba clausurado, había esperado encontrar al menos un par de cosas que mover o sacar, un mueble que tapara una rendija, una puerta, lo que fuera. Por el contrario, lo único que podía encontrar en la tienda era polvo, aire, repisas vacías y telarañas.

Se sintió decepcionado por el panorama, pero aún así decidió inspeccionar un poco más, en busca de un "lo que sea" que se negaba a aparecer. Tras largo rato de pasearse por el lugar, decidió aventurarse en la trastienda.

Tampoco tuvo mejores resultados. Al igual que el otro lado de la tienda, estaba completamente vacía y llena de polvo. Comenzó a ahogarse y a lagrimear, ya que sus constantes idas y venidas por la tienda habían levantado más polvo del esperado, llegando a su cara.

Mientras tosía, sintió como alguien sorpresivamente lo agarraba por la espalda. Se sobresaltó e inspiró más polvo del que hubiera querido. Quienquiera que fuera, lo sacó de la tienda tomándolo por el cuello con tanta fuerza que Harry sintió cómo unos cuantos pelos de su nuca se desprendían y quedaban en esa mano.

Una vez afuera, a Harry le tomó unos cuantos minutos recuperar el aliento y secar las lágrimas producidas por el ardor. Aspiró el aire fresco. Para cuando levantó la cara, el rostro burlón de Nichols fue lo primero que vio.

-¿Te fue bien en tu inspección, Potter...?.¿O tal vez necesitas que antes de inspeccionar cualquier lugar te lo limpiemos? Digo, para que no mueras ahogado en el intento con el simple polvo...

Harry le lanzó una mirada de profundo odio con sus ojos verdes.

-La próxima vez lo limpiaré con tu cara, Nichols, gracias por el ofrecimiento –murmuró con insolencia.

-Ustedes dos, cállense –soltó el otro auror, al ver que su colega iba a perder el control.

-¡Stoker, este estúpido cree que puede llegar y...!

-¿Y tú le prestas atención? –Nichols cerró la boca y fulminó a Harry con la mirada, pero este no pudo evitar notar que, casi imperceptiblemente, una sonrisa se dibujaba en los labios del auror. Algo que él no sabía.

-¡Y ahora, Potter, muévete, se acabó tu tiempo! Si te vuelvo a ver en el callejón, te juro que te meteré en Azkaban aunque me amenaze toda la comunidad mágica –ladró Stoker, también con una leve sonrisa enigmática en el rostro, como si ocultara algo.

Harry se dio vuelta y comenzó a alejarse, todavía nervioso y confuso por las sonrisas burlonas de los aurores, pero antes de doblar en la esquina no pudo evitar querer quedarse con la última palabra:

-Lo intentarás, Stoker, lo intentarás...

Le pareció ver que los aurores se habían guiñado el ojo, pero antes de que los irritados aurores pudieran responderle o cambiar de opinión acerca de dejarlo ir, dobló en la esquina y se alejó a paso firme.

Mientras caminaba, Harry no lograba decidir si estaba satisfecho o muy decepcionado. Por un lado, se había probado a sí mismo que podía hacer cosas por sí solo, cosas más arriesgadas y útiles. Cosas que sin su título de "elegido" no hubiera conseguido. En parte tenía que agradecerle a El Profeta toda la publicidad que le habían hecho en el último tiempo, a pedido de Rufus Scrimgeour.

Por otro lado, no había encontrado nada en Borgin y Burkes aparte de polvo, y esto le recordó la dificultad de su misión. Ni un sólo indicio o pista sobre el horcrux, seguía igual que siempre, sin avance. Pero su reciente osadía para desafiar a los aurores le había hecho tomar confianza, y se repitió a sí mismo que Dumbledore no le habría dejado esta misión a él si es que no fuera capaz de realizarla, aunque sus amigos siempre...

Sus amigos. Recordó que no tenían idea de donde estaba, que seguían a cargo de Charlie y que se suponía que debía estar en el Caldero Chorreante. Miró alrededor para comprobar que no hubiera nadie, se pusó la capa lo más rápido que pudo y, sin perder más tiempo, comenzó a correr frenéticamente en dirección al local.

Correr a lo largo de las calles y vitrinas vacías hasta la salida del callejón Knockturn le pareció eterno. Y fue entonces que recordó que podía aparecerse. Solía olvidarlo cuando estaba nervioso. Una vez afuera, se concentró fuertemente en su destino para evitar nuevos inconvenientes y desapareció.

Apareció en medio de un gran revuelo dentro de El Caldero Chorreante. De pie en medio de las mesas, Ron abrazaba a Hermione, los dos completamente pálidos y con cara de profunda preocupación. El lugar estaba lleno de miembros de la Orden que se abalanzaban sobre Charlie Weasley, quien estaba más pálido que nadie.

-¿CÓMO QUE HARRY NO LLEGÓ? –vociferaba Horace Slughorn a todo pulmón- ¡Ese chico no puede perderse, Weasley!

-¿Y SI LE PASÓ ALGO GRAVE? –preguntó una voz angustiada. Harry sonrió triunfalmente al ver que era Ginny, pero aún no atinó a hablar.

Charlie, pálido y alterado, tartamudeaba y se atragantaba tratando de dar explicaciones, respuestas y excusas a toda la turba enfurecida.

-Yo... N-nos aparecimos... No... E-e-él...

-Déjalo, Horace –se oyó una voz más atrás, que hizo que la estancia quedara en silencio- Potter acaba de llegar, y de seguro más tarde podrá explicar porqué no llegó directamente. Ahora todos vuelvan a sus puestos de vigilancia, dejamos mucho sin proteger.

Desde un rincón de la estancia, Alastor Moody miraba fijamente en dirección a Harry, ignorando la mirada de incomprensión del resto de los miembros de la Orden, que no podían ver nada. Charlie no sabía si llorar de alivio o empezar a buscar a Harry para matarlo.

-¿Cómo lo sabes?.¿Dónde está, Moody? –preguntó el profesor Slughorn irritado, mirando debajo de las mesas, como si pensara que Harry se había escondido para gastarles una broma.

-Lo sé porque lo veo, aunque no es asunto suyo dónde está en este momento. Debería volver a su puesto de vigilancia, Slughorn.

El profesor se irguió todo lo que pudo intentando imponerse, ante la mirada curiosa de los miembros de la Orden. Pero la tarea resultaba difícil, ya que Horace Slughorn era un hombre más ancho que alto, contrastante con el aspecto seguro y autoritario de Moody.

-Cómo pierden el respeto los alumnos cuando uno ya no es su profesor... ¡Antes nunca te hubieras dirigido a mí en ese tono, Moody!

Ojoloco miró hacia el techo como pidiendo paciencia, como si ese sermón se lo hubieran repetido cientos de veces.

-Cierto, pero antes usted era mi profesor y ahora no. Y si no le importa, le repito que vuelva a su lugar de vigilancia. Se los repito a todos –aclaró el auror, perdiendo la paciencia y dirigiéndose a los curiosos.

Mientras los demás salían en tropel, Slughorn hizo un último intento:

-Por Dios, Alastor... No puedes perderme el respeto de esa manera, aunque admito que muchos alumnos míos lo hicieron, Lestrange, Snape...

-Si vuelve a compararme con esa escoria –advirtió Moody con enojo- olvidaré por completo que fue mi profesor y no respondo de mis actos en ese caso. Váyase –concluyó amenazante.

Horace se dio la vuelta haciéndose el ofendido y salió sin ninguna palabra tras el resto de los miembros, cerrando la puerta tras de sí con fuerza. Harry se alegró de no tener que haber hablado con el profesor de pociones.

Ahora sólo quedaban Moody, Charlie, Ron, Hermione y Ginny, además del propio Harry.

-¿Y bien, Potter...? –preguntó Moody en un tono muy inquietante.

Harry tragó saliva y se quitó la capa. Su sentimiento de autosuficiencia había desaparecido por completo al ver los rostros de Ojoloco y Charlie. En un segundo tomó conciencia de su inconsciente estupidez; podrían haberlo matado, y bajo la responsabilidad de Charlie, para empeorar la situación.Ginny trató de disimular un suspiro de alivio al verlo aparecer y recuperó la expresión indiferente que había adoptado en la Madriguera. De estar en otra situación, Harry se hubiera reído de lo orgullosa que era. Pero no ahora.

-Yo... Aparecí en otro lado... No me concentré en el destino de la aparición y...

-¿Por qué no? –torció bruscamente Moody.

-Me distraje... –miró a Ginny, quien esquivó su mirada- pensando en otras cosas...

-¿TE DISTRAJISTE? –bramó Moody, incrédulo e irritado- ¿TE DAS CUENTA DE QUE PODRÍAS HABER APARECIDO EN CUALQUIER LUGAR PELIGROSO Y SIN PROTECCIÓN?

-¡Lo sé, y lo siento! –trató de excusarse Harry- No volverá a pasar.

-¡Por supuesto que no volverá a pasar!

Un silencio grave se apoderó de la habitación.

-¿Dónde apareciste, Harry? –preguntó Charlie, de pronto.

Harry se tensó. ¿Debía decirles la verdad? El que supieran que había estado en el Callejón Knockturn, que se había dejado ver por aurores y que había entrado en Borgin y Burkes, todo eso sin desconfiar demasiado de su suerte...

-Harry, responde...

Era Ginny, quien por primera vez se dirigía a Harry desde que había aparecido. Todos lo miraban, expectantes.

-En el Valle de Godric –mintió con seguridad y simpleza, mientras agachaba la cabeza dando la imagen de un chico arrepentido, pero también para no dirigir la mirada a nadie, sabiendo que sólo eso lo podía delatar.

Después de un momento de silencio, levantó la cara para mirar a los que estaban a su alrededor. Moody parecía levemente desconcertado, al igual que Charlie, pero Harry creyó ver, casi imperceptible con la tenue luz del lugar, un atisbo de comprensión en los ojos del severo auror, por lo menos en el natural. Sus amigos sólo lo miraban entre asombrados y dudosos. Se sintió incómodo con la mentira.

-¿Por qué no apareciste aquí inmediatamente después? –atacó de nuevo Moody, escéptico- Pasó media hora desde que los demás llegaron.

¡Media hora! Harry había perdido la noción del tiempo durante su pequeña aventura.

-Yo... me quedé pensando... Vi una foto en mi casa... y perdí la noción del tiempo... No sé cómo pasó tanto tiempo, hasta que me di cuenta... –volvió a desviar su mirada hacia el piso. Daba la impresión de ser un niño que había recordado su pasado doloroso y estaba muy shockeado. Harry se sorprendió de su propia habilidad de mentir descaradamente. Pero no sabía si eso bastaba para convencer a Moody, y mucho menos si de verdad valía la pena callarse la verdad.

-No es una excusa, Potter... –comenzó Moody lentamente, otra vez con su expresión severa. Su rostro era inescrutable, y Harry fue incapaz de saber si le creía o no.

-No me estoy excusando –lo corrigió Harry con rapidez- Sólo les estoy respondiendo lo que me preguntaron.

Otro silencio.

-Ya es tarde –decidió Moody para terminar la conversación- Volveremos a hablar de este tema después, ahora tienen que irse. Y Potter, no vuelvas a "distraerte".

Con esas palabras, Moody se volteó y le dirigió unos cuantos susurros secos a Charlie, mientras que el pelirrojo asentía. Luego dio por terminado el encuentro y, dirigiéndole una última mirada penetrante a Harry (que lo hizo sentir culpable y nervioso), desapareció, dejándolos solos en el lugar.

-Ya síganme... –dijo Charlie con leve desgano- Potter, vuelve a ponerte la capa.

Harry levantó la cabeza, asombrado. Charlie nunca lo había llamado por su apellido, y eso le dolió, porque sabía que era una forma de manifestarle su enojo. Se puso la capa invisible y salió afuera rápidamente junto con los demás, sin mirar a nadie, intentando ignorar las miradas inquisitivas de sus amigos.

Recién ahora se comenzó a fijar en el pobre aspecto que presentaba el Callejón Diagon mientras caminaba. Si bien ya antes había notado las vitrinas vacías, mientras corría no se había detenido a mirar los pequeños restos de escombros en sus calles, las grietas en muchas paredes, el descolorido reinante, los vidrios rotos, los carteles en las murallas de magos y brujas desaparecidos en el ataque, los múltiples decretos del Ministerio, el silencio y el vacío, la falta de gente... Era como respirar tristeza.

-Muy bien... –comenzó Charlie, interrumpiendo las observaciones mentales de Harry- Ya perdimos suficiente tiempo. Me eximieron de varias responsabilidades del día al saberse que Harry no estaba, así es que lo que haremos será ayudar a Fred y George. Es lo que nos queda.

-¿A Fred y George? –preguntó atónito Ron- ¿Nuestro aporte a la Orden del Fénix será ayudar a vender Pigmy Puffs y estupideces así? No puedo creerlo.

-¿Vender? –siguió Hermione- Me da lo mismo tener que vender estupideces si le sirve de algo a la Orden, pero ¿Quién en su sano juicio vendría a comprar chicles sangranarices y Pigmy Puffs a un callejón destruido y amenazado por los mortífagos?

Ginny y Harry no dijeron nada, pero estaban plenamente de acuerdo, asique se limitaron a asentir enérgicamente.

-Lo entenderán cuando lleguemos allá, no estoy para darles explicaciones. Además, si vamos ahora mismo a San Mungo, todos tendremos que lidiar con una McGonagall en pleno ataque de histeria y enojo. Y no creo que quieran eso...

Sin decir más, Charlie Weasley comenzó a caminar a paso firme, haciendo que los demás tuvieran que trotar para seguirlo. El último argumento los había convencido.

Ya que nadie tenía nada interesante para decir, caminaron (es decir, trotaron) en silencio tenso. Poco a poco comenzaron a sentir un murmullo, que aumentaba conforme e acercaban a su destino.

-¿Qué es eso? –preguntó Ginny, deteniéndose.

Los demás pararon para escuchar. Mientras más se acercaban, más evidente se hacía el ruido.

-Es en la tienda. Avanzen –los apresuró Charlie sin más explicación, señalando la esquina.

Al doblar en ella, entendieron el por qué del ruido. Quedaron con la boca abierta.

Montones de magos y brujas de todas las edades se empujaban frenéticamente para intentar entrar en los Sortilegios Weasley en medio de un griterío, y aquellos que salían de la tienda, llevaban como mínimo tres grandes y pesadas bolsas de compras.

Harry estaba atónito. No sólo por la escena que tenía ante sus ojos, sino que también por el contraste de la tienda de los gemelos con el resto de los locales. A diferencia del resto del callejón, las vitrinas estaban rebosantes de objetos, en perfecto estado, relucientes. No había ninguna grieta en las paredes de la tienda, la pintura casi parecía nueva, y en lugar de carteles con decretos ministeriales, habían lienzos publicitando la ropa con hechizos escudo. Esto, sumado a la cantidad de voces que se mezclaban en el griterío de la entrada, parecía devolverle un tanto de su antigua vitalidad al callejón.

-¿Pero qué...?! –saltó asombrado y confundido Ron, abriendo los ojos como platos.

-¿Recuerdan que la mañana siguiente al ataque les dije que los gemelos habían venido a ver la cantidad de daños en la tienda? –preguntó Charlie comenzando a esbozar la primera sonrisa del día- Pues bien, resulta que durante el ataque hubo un grupo de mortífagos que vino especialmente a atacar la tienda, supongo que porque son Weasley, o para vengarse por lo de Lord Kakadura, o cosas así...

Casi todos rieron al recordar el cartel y la expresión de la Sra. Weasley al verlo, excepto Hermione.

-¡Fue muy arriesgado! La Sra. Weasley tenía razón, los provocaron y podrían haber...

-Cálmate, Hermione, déjame terminar... –la interrumpió Charlie- El punto es que vinieron a atacar la tienda, pero no contaban con que los gemelos la tenían bien protegida. Ya saben, los hechizos que le hechan a sus ropas escudos, pero mejorados y en casi toda la fachada. La mayoría de los ataques rebotaron contra los mismos mortífagos y los aturdieron. El Ministerio estaba encantado. Y como se corrió la voz de que los gemelos Weasley tenían "poderosas ropas anti-hechizos tenebrosos" (ya saben, como siempre exagera El Profeta), desde ese día están recibiendo enormes masas de gente como las que ven ahora. Todos quieren tener sus ropas-escudo, hacen cola desde la madrugada, se pelean, se gritan, se desesperan si no la compran. Además hay pedidos descomunales del Ministerio –terminó Charlie con orgullo.

-No puedo creerlo... ¡Esto es genial! –soltó Ginny al fin con emoción.

-Sí, sí... ¿Pero no creen que deberíamos entrar a ayudarlos en vez de estar aquí parados hablando? –comentó Hermione un tanto preocupada, ya que ahora un mago menudo y gordo se abalanzaba sobre otro para quitarle una túnica-escudo que acababa de comprar. Al final, el gordo logró rasgar la túnica y llevarse una manga, mientras el otro salía corriendo para perseguirlo.

-Sí, tienes razón... Esto es una locura... Espero que estos salvajes no se hayan llevado a Fred y George a pedazos... –se preocupó Ron.

Tardaron 10 minutos en entrar a la tienda, ya que antes tuvieron que superar a toda la masa de gente que se agolpaba por entrar. Para Harry fue toda una odisea, ya que estaba con la capa invisible puesta, por lo que la gente lo empujaba, lo apretaba y más de uno chocó con él. En una ocasión empujó a un tipo con cara de pocos amigos, y este le propinó un codazo al hombre que tenía más próximo pensando que había sido él. La mayoría de las personas no los querían dejar pasar porque pensaban que querían ganar puestos en la fila y alegaban estruendosamente, por lo que Charlie tuvo que gritarles para hacerse oír y dejar en claro que ellos venían a ayudar a atender en la tienda y no a robar lugares. Así y todo, una señora esquelética y nariguda no les creyó y se lanzó sobre Ginny, tirándole el pelo para impedirle el paso, a lo que la pelirroja se desesperó y contraatacó estampándole un puñetazo en su prominente nariz huesuda. Todos la miraron impresionados.

-Ella empezó –se defendió Ginny encogiéndose de hombros y poniendo cara inocente, al tiempo que se abría paso hacia la entrada de la tienda, en medio de las miradas curiosas de todos los clientes.

-Ya ven, –les advirtió Charlie, mirando anonadado a la vieja que chillaba desde el suelo lo desastrosa que había quedado su nariz- nunca hagan enojar a una Weasley.

Acto seguido, les abrió la puerta para que entraran.

-La verdad, yo no le veo diferencia a su nariz de antes con la de ahora... –comentó Ron en voz baja, haciendo que Harry riera y Hermione se escandalizara.

La situación adentro de los "Sortilegios Weasley" era un caos. Fred y George figuraban parados sobre el mostrador, pidiendo calma, orden y paciencia.

-¡Al fin llegan! –les gritó Fred con alivio al verlos, por encima de la masa de gente.

-Un minuto más... –siguió George.

-Y nos matan –terminaron juntos.

-¿Cómo los ayudamos?

-Vayan a buscar ropas-escudo a la trastienda y véndanlas afuera, en la fila. Las capas a 10 Galleons, los gorros a 6. ¡Y apúrense, la gente se está volviendo loca! –agregó Fred mientras intentaba liberarse de un hombre que le tiraba el borde del pantalón para que lo atendiera.

Corriendo, los 5 se adentraron en la trastienda. Montañas de ropas-escudo estaban desperdigadas por el suelo.

-Vaya, veo que han tenido mucho trabajo –comentó Ginny asombrada- Mamá estaría orgullosa.

Cada uno tomó un montón de ropa que les llegaba hasta la barbilla y se dirigieron afuera. Antes de que pudiera salir de la trastienda, Charlie tomó a Harry por el hombro.

-A la gente le sorprenderá mucho ver un montón de ropa vendiéndose sola¿no crees?

Claro. La capa invisible. Harry comenzó a quitársela cuando el Weasley continuó:

-¿Estás loco? No puedes dejar que te vean, ya viste que están desesperados. Te partirán en pedazos y se los llevarán a sus casas de amuleto. Quédate aquí, no tardaremos –lo dijo amablemente, pero era una orden.

Demasiado cansado, enojado y desilusionado como para protestar, Harry se fue al fondo de la trastienda y se sentó en el suelo, sin siquiera mirar a Charlie mientras éste salía. Al menos ya había cumplido su cuota de aventura por el día. Además, pensándolo mejor, tal vez era bastante más cómodo estar en la bodega de los gemelos que encontrarse vendiendo capas a un montón de gente desesperada.

Mirando a su alrededor, mientras esperaba que los demás volvieran, descubrió una esquina en la cual estaban amontonadas varias cajas enormes, con etiquetas que decían "Ministerio de la Magia". Viendo el tamaño de las cajas y la cantidad que había en el montón, se convenció de que realmente los pedidos del Ministerio eran descomunales.

Durante un par de horas Fred y George entraron y salieron de la bodega a paso veloz, tomando montones de ropa-escudo y sacándola fuera para venderla. Las idas y venidas ya los hacían sudar y Harry se divertía el verlos tan apurados y responsables. Así, los descomunales montones de ropa se fueron achicando poco a poco, hasta desaparecer.

Mientras esperaba que los gemelos volvieran, un ruido que venía desde detrás de las cajas lo sacó de su contemplación. Casi imperceptible, pero indudablemente algo se movía tras ellas. Sacó su varita, al tiempo que se tensaba, listo para lo que fuera.

-¿Quién anda ahí? –preguntó. Por un momento se le pasó por la cabeza preguntar qué andaba ahí.

Sintió el sonido de unos pasos diminutos. Y acto seguido, un diminuto Pigmy Puff se asomó desde detrás de la caja.

Harry suspiró de alivio y se ruborizó. Pensar que se había asustado por un pequeño Pigmy Puff rosado era una vergüenza. "Este es el gran Harry Potter que vencerá a Voldemort, aterrorizado por una bola rosada".

-Ven acá –llamó.

Se entretuvo en la bodega con el Pigmy Puff por casi media hora más. Después de eso, los gemelos entraron en la bodega, seguidos por los demás.

-¿Harry? –soltó George soltando una carcajada burlona- Está bien que a Ginny le gusten los Pigmy Puffs, pero ¿a ti? –lo molestó, asombrado al encontrar a Harry jugando con esa bolita rosada.

Harry enrojeció hasta las orejas.

-Ey, George, es el que se nos había perdido. Gracias por encontrarlo Harry, pero me lo llevo –dijo Fred tomando el Pigmy Puff y guardándolo en una pequeña jaula.

-¿Y ustedes ya terminaron de vender todo? –preguntó Harry para cambiar el tema, ya que la sonrisa burlona de Ginny se le hacía insoportable para su orgullo.

-Sí, vieras todo lo que nos ha costado cerrar la tienda –relató Charlie- Si no hubiéramos amenazado con dejar de vender por el resto del mes y echarles a todos unas cuentas maldiciones, lo más probable es que hubieran roto las vitrinas para entrar y sacar lo que pudieran.

-Vengan, comamos algo –propuso Fred, dirigiéndose a una larga mesa que estaba en una de las esquinas de la bodega- Suficiente día laboral.

Cada uno de los chicos hizo aparecer una silla y se sentaron, exhaustos. Con un movimiento de varita, los gemelos hicieron aparecer unas cuantas galletas y tazas con té.

-¿Un té, hermanita? –preguntó George riendo, al ver que Ginny estaba colorada de agotación, casi echada sobre la silla.

-¿Ah? Sí, sí, gracias... –contestó la pelirroja aceptando la taza y dándole un sorbo sin muchas ganas.

-Y bueno –comenzó Harry con una sonrisa, desviando su vista de la despeinada pelirroja- ¿Qué piensan hacer con todo el dinero que han ganado con esto? Por lo que veo son unos exitosos sin remedio.

Ron, Hermione y Ginny les dedicaron miradas de curiosidad a los gemelos, esperando una respuesta.

-Es nuestro humilde aporte a la Orden –respondió George con simpleza, dándole un sorbo a su propio té.

-¿Qué? –preguntó Ron sin entender- ¿Para qué le sirve a la Orden todo este dineral?

-Sobornos, información, algunos cuantos objetos necesarios... En las guerras también se necesita dinero, Ron –explicó Charlie- A veces unos cuantos Galleons son más eficaces que un hechizo.

-Y por supuesto, al Orden puede venir y llevarse todas las ropas-escudo que necesite, eso es algo obvio –completó Fred.

-Así que ya ves, Hermione, todos nuestros experimentos en Hogwarts con los de primer año valieron la pena.

A regañadientes, la castaña se vio obligada a murmurar algo ininteligible, que los gemelos tomaron como una resignación.

-Y bien, cuéntennos¿A dónde van ahora?

-Pasaremos por San Mungo, visitaremos un rato a Kingsley y Bill, y luego ellos –indicó Charlie señalando a Ron, Hermione, Harry y Ginny con el dedo- tendrán que ir a hablar con McGonagall.

-No sé si encuentres a Bill, creo que hoy lo daban de alta –le informó Fred.

-¿Estás seguro?

-Casi. Y, si es cierto, las sanadoras de San Mungo harán hoy mismo una fiesta. Fleur las estaba volviendo locas.

Soltaron una carcajada general.

-Supongo que aún queda algo de Fleggrr en ella –comentó Ginny en medio de las risas.

-Supongo que sí, está en su esencia –concedió George con diversión- Cambiando de tema¿Ya saben cómo volverán a Hogwarts?

-No, aún no... De eso quiere hablarnos McGonagall en San Mungo –contó Ron.

-Sí, bueno, hablando de McGonagall... Ya se les comienza a hacer tarde... Ella y mamá se pondrán histéricas si no llegan puntuales, así es que yo les recomendaría que se fueran –aconsejó Fred.

-¿Nos están echando?

-Jaja, no, los estamos salvando de un sermón de mamá –corrigió George.

-Es una lástima, estas galletas están excelentes, pero tengo que admitir que tienes razón, tenemos que irnos –dijo Charlie, mirando con cariño la última galleta que quedaba- No me gustaría que responder ante nadie más de la Orden por hoy...

Harry se ruborizó, avergonzado.

-Bueno, nos vamos –ayudó Ron al captar la situación de su amigo, tratando de alivianar el ambiente- Nos vemos pronto, espero, si es que esos locos que les compran sus ropas no los matan primero.

-Eso espero hermanito, eso espero... De verdad me sorprende al grado de desesperación al que ha llegado todo esto. ¿Me van a creer que afuera había una pobre vieja a la que alguien le había reventado la nariz para entrar? Eso ya es ser un lunático peligroso y sin remedio.

Ginny se atragantó con su té.

Les repito lo mismo de siempre, intentaré volver a publicar pronto, aunque ya han visto que no siempre se puede cumplir. ¡Espero volver a encontrarlos a todos en el siguiente capítulo! Hasta el sgte chapter,

Sara Morgan Black