Durante aquella primera semana Hermione no pudo evitar observar la relación que tenía Malfoy con Mara. Le parecía sumamente extraño que Mara fuese a la única persona que el chico le mostraba respeto, cordialidad e incluso algo de cariño. Hermione no podía creérselo. Pero todavía le sorprendía más que los alumnos de Slytherin se comportasen de igual manera (pero no tan exageradamente) con ella y que nadie se extrañase del comportamiento de Malfoy. Además de aquello, cada vez que Hermione veía a Malfoy sentía un pequeño golpe en el estómago, la cabeza se le embotaba y las manos le empezaban a temblar. No entendía qué le pasaba, pero siempre conseguía ignorarlo, aunque aquellas sensaciones siguiesen ahí. ¿Qué estaba pasando? El mundo estaba del revés.


Aquella mañana Malfoy entró tranquilamente en la clase de Pociones. Los tres amigos inseparables de Gryffindor estaban ya allí hablando junto a otros alumnos de Ravenclaw y Hufflepuff. Draco fijó su mirada en Hermione y una sonrisa torcida asomó en su cara.

La temporada que ella le había estado ayudando conoció un poco más a la verdadera Hermione. Al principio había sido reacio a mantener una conversación de más de una frase y cinco palabras con ella, pero a medida que los días iban pasando la fluidez de sus conversaciones iba aumentando. Todo ello gracias a que las explicaciones de Hermione llegaban a un punto tan monótono que Malfoy se aburría y le preguntaba cosas al azar. Hermione al principio callaba de golpe y alzaba las cejas, para luego fruncir el ceño y echar la bronca a Malfoy diciéndole que "si estoy aquí es porque tú me lo has pedido y yo no tengo ninguna obligación de aceptar, además de que el que suspenderá serás tú y no yo". Malfoy cerraba los labios con fuerza, fruncía el ceño, se cruzaba de brazos y volvía a escuchar las explicaciones de Hermione sin ganas. El tiempo pasaba y Malfoy seguía interrumpiendo a Hermione, pero ella comenzaba a responder. Al final del mes Hermione y Malfoy acababan sumergiéndose en conversaciones entretenidas de diferentes temas donde las horas se hacían segundos. Por eso, aquel verano la había echado de menos. Había conocido a una Hermione que pensaba que no existía. Siempre había pensado que era una rata de biblioteca seria, correcta y perfecta. Pero más allá había una persona divertida y con defectos. Pero había algo que jamás cambiaría… era una sangre sucia. La odiaba, a ella, a los de toda su calaña y a los traidores de la sangre que se hacían llamar magos y brujas. ¿En qué estaba pensando el mundo mágico? Gente como ella merecía morir sufriendo. Pero ella no lo merecía. O sí. "Mierda Draco, eres un estúpido". La odiaba con todas sus fuerzas. La odiaba por ser una sangre sucia. La odiaba porque la gente como ella tenía la culpa de que el mundo mágico estuviese gobernado por una sociedad tan débil y estúpida. La odiaba porque los muggles no eran nada ni nadie, eran una especie infinitamente inferior a él. La odiaba porque él era un Malfoy. La odiaba porque durante una temporada le había hecho creer que podría haber visto en ella una amiga. Pero no, él era un miembro de la familia Malfoy y no podía flaquear de aquella manera.

Malfoy no se había dado cuenta hasta que se sentó en el taburete. A medida que sus pensamientos habían ido divagando por mil rincones había apretado los puños con fuerza hasta clavarse las uñas y había fruncido el ceño de tal manera que su semblante era una roca rígida de furia y asco. Más pensamientos habían pasado por su cabeza, pero el profesor Slughorn entró al aula y comenzó la clase.


Hermione había salido disparada del aula de Pociones nada más finalizar la clase. Harry y Ron le habían propuesto ir a ver a Hagrid durante las horas de descanso que tenían, pero Hermione desestimó la oferta. Tenía dos horas libres y quería aprovecharlas a investigar en la biblioteca sobre Mara. Cuando llegó a la biblioteca fue directa a la sección Historia de Hogwarts.

Desde la Ceremonia de Selección había estado dando vueltas a por qué le sonaba tanto el apellido de Mara Gaunt, pero no lograba recordar quién podría conocer ella que tuviese relación con la chica. Pensó en los Malfoy, en Harry y sus antepasados, en Lily y James, en Hagrid, en Dumbledore, en la familia Black, en Neville, en Luna, en los Weasley, incluso se le había pasado por la cabeza la remota idea de que pudiese tener relación con algún antepasado suyo. Aquella idea, por estúpida que pareciese, le pareció la más acertada. Pensó en que quizás un familiar de Mara se había casado con alguien de su familia y por ello la relación de Hermione con la magia y la propuesta de Dumbledore para que ingresase en Hogwarts. Envió una carta a sus padres preguntándoles si había algún antepasado, aunque fuese muy lejano, apellidado Gaunt, pero recibió una negativa por parte de ellos. Entonces alguien le vino a la mente: Tom Marvolo Riddle. No supo exactamente por qué, pero aquella idea le pareció la más acertada de todas. Por lo que Hermione sabía, Lord Voldemort descendía directamente de Salazar Slytherin y le había parecido muy raro que el Sombrero Seleccionador ni siquiera hubiese necesitado estar por encima de la cabeza de Mara para gritar su casa. Era cierto que había leído la Historia de Hogwarts cientos de veces, pero nunca se había interesado lo suficiente por la historia de los cuatro fundadores.

Cuando llegó a la sección de Historia de Hogwarts buscó desesperadamente algún libro relacionado con la descendencia de Salazar Slytherin. Dio con el libro "Los Cuatro Fundadores de Hogwarts y su historia". Cogió el libro y se sentó en la primera mesa que encontró. Tres alumnos de tercero (o eso creía) estaban sentados en aquella misma mesa. Los tres miraron a Hermione extrañados por su ímpetu buscando algo desconocido para ellos a través de las páginas de aquél libro. Pasaba las páginas una tras otra sin dejar ninguna de ellas más de dos segundos. Cuando apenas llevaba cien páginas, una mano se posó sobre el libro haciendo que Hermione saliese abruptamente de su concentración. Ella y los tres chicos miraron a Malfoy, el cual miraba a Hermione con un semblante serio y frío.

-Por favor, quita la mano. Me estás interrumpiendo.

Malfoy miró a los tres chicos y les hizo un gesto con la cabeza para que se marchasen. Cuando los alumnos de tercero empezaron a recoger las cosas, Hermione dijo sin dejar de mirar a Malfoy desafiante:

-No os marcháis a ninguna parte.

Malfoy miró a los chicos y dijo:

-He dicho que os marchéis.

-Y yo he dicho que no.

Los tres pobres alumnos se los quedaron mirando sin saber qué hacer. Malfoy, harto de la desafiante Hermione, cerró el gran álbum que ella había cogido y se lo llevó. Hermione le siguió.

-¿Qué haces? Lo estaba leyendo yo. ¿No puedes esperar a que lo acabe? Además, ¿desde cuándo te interesa la historia de Hogwarts más que tú?

Malfoy paró en seco y se giró de golpe, lo que sobresaltó a Hermione.

-Cállate por un maldito momento.-Dijo Malfoy con los dientes apretados.-Sígueme.

Hermione no supo por qué, pero siguió a Malfoy sin rechistar. Pasaron muchas estanterías repletas de mesas, lámparas, libros, polvo y alumnos. Al pasar junto a la Sección Prohibida se escucharon gritos ahogados de sufrimiento que hicieron que el vello de la nuca de Hermione se erizase. Algunas veces repitieron algunos pasillos, pero Hermione prefirió no preguntar ya que notaba a Malfoy muy cabreado. Pero aquello no quería decir que la paciencia de Hermione no se estaba agotando. Por fin pararon entre unas estanterías donde no había alumnos ni siquiera en los alrededores. Malfoy se dio la vuelta y tiró el tomo sobre una pesa haciendo que motas de polvo se levantasen.

-Basta ya Granger.

-¿Qué quieres decir?

-Basta ya de hacerte la lista. Basta ya de investigar todo lo que te rodea. Basta de jugar con fuego.

-No sé de qué hablas.

-¿Qué estabas haciendo?-Malfoy se apoyó en una mesa y cruzó los brazos.

-Nada que te importe.-Hermione también se cruzó de brazos y apoyó todo su peso en una pierna.

-Tienes razón, nada de lo que hagas me importa. Pero si lo que haces tiene algo que ver con algo que podría afectarme directa o indirectamente, me importa.

Hermione no entendía cómo podía haber averiguado qué estaba haciendo.

-No sé a qué viene este numerito.

-A veces la ignorancia salva vidas y ahorra más de un disgusto. Así que deja de investigar cosas que no te incumben si no quieres acabar mal.

-¿Me estás amenazando?

-No, te estoy advirtiendo.

-Sé cuidarme sola.

-Dudo que digas lo mismo si mueres.

Hermione sintió una patada en el estómago y sus ojos húmedos, pero retuvo las lágrimas por orgullo.

-Solo he venido hasta aquí para advertirte. No sé ni siquiera por qué he hecho el esfuerzo de intentar salvarte.

Cogió el grueso libro y pasó por al lado de Hermione rozando sus hombros, pero antes de marcharse, la llamó por su nombre. Hermione se dio la vuelta y solo tuvo tiempo de ver que Malfoy ya no tenía el libro en las manos antes de que la rodease con sus brazos. Al principio ella creía que la estaba atacando, así que hizo el esfuerzo de separarse de él. Malfoy la apretó todavía más y al final Hermione desistió. ¿Aquello era un abrazo? No entendía nada. Al principio Malfoy estaba muy enfadado con ella, después le decía que estaba intentando salvarle la vida y ahora la abrazaba. Hermione no supo si devolverle el abrazo o no, solo supo que su corazón iba a mil por hora. Entonces Malfoy susurró algo que hizo que su corazón diese un vuelco y parase en seco:

-Hermione, te he echado de menos.

Y tal cual había aparecido su mano parando su lectura, él se desvaneció con el libro tras una de las tantas estanterías de la biblioteca. ¿Qué había pasado? Entonces un golpe sordo la hizo sobresaltarse y devolverla a la realidad.


Malfoy estaba furioso. La odiaba. Le encantaría estrangularla con sus propias manos, pero después de una larga y divertida sesión de Cruciatus. ¿Por qué había tenido el impulso de abrazarla? Y, mucho peor, ¿por qué demonios lo había hecho? Había flaqueado hasta límites insospechados. Aquello no podía ser. Ya no solo por él y por su honor y el de su familia, sino por el plan que se estaba llevando a cabo desde que pisó Hogwarts. No podía desviarse del plan, todos los pasos habían sido medidos al milímetro y nada ni nadie podía hacer que muchos años de esfuerzo, traiciones, estudio, sufrimiento y lágrimas se fuesen al traste. Ni siquiera Hermione y aquella cálida sensación que había comenzado a crecer dentro de él.

Furioso por todo y mientras caminaba por los pasillos de la biblioteca, tiró el libro al suelo y un golpe sordo restalló por las paredes de toda la estancia.


Neville había salido de la clase de Herbología con las energías renovadas. Era su asignatura preferida y cada vez que entraba a ella una motivación en su interior aumentaba a medida que iba pasando la clase. El poder de todas las plantas (no solo mágicas, sino también muggles) le fascinaba. La más deforme de todas podía salvar vidas y la más hermosa de ellas podía matar con solo ser olida.

Durante todos aquellos años había entablado una amistad con la profesora Sprout. Muchas veces había ido al invernadero como voluntario para cuidar las plantas, y en innumerables ocasiones la profesora Sprout le había confiado la tarea de cuidar de ellas por cortos períodos de tiempo. Por ello, sabía que en un lugar escondido dentro del invernadero había plantado un tipo de planta muggle. Había preparado una pequeña caja dentro de su mochila. Sin que la profesora Sprout lo viese, sacó la caja y la hechizó para que la planta pudiese respirar y tuviese las condiciones óptimas para sobrevivir muchos años más. Cortó una de las flores. La guardó en la caja y metió esta en la mochila. Salió del invernadero mirando a todos lados nerviosamente para asegurarse de que nadie le había visto.


Luna entró en su cuarto tarareando una canción completamente desconocida para el resto de la población muggle y mágica. Al acercarse a su cama se dio cuenta que una caja amarilla con la tapa escarlata descansaba en ella. Luna la miró curiosa. No había ninguna carta a su lado ni ninguna nota. En una esquina de la caja ponía una escueta "N" con una caligrafía torpe y ruda. Luna caviló durante unos segundos si abrir o no la caja, pero ella nunca había conocido la maldad, ni siquiera cuando le robaban su ropa, ni cuando le cambiaban de sitio su zapatos, ni cuando encontraba sus libros rallados, ni cuando veía que alguien había destrozado su último número de El Quisquilloso, ni cuando se encontraba con la cama y la ropa patas arriba. Abrió la caja y sus ojos se iluminaron. Su flor preferida estaba ahí. Bella, pura, única, blanca. La Dama de Noche estaba rodeada de rocío, lo que la hacía más hermosa. Luna sonrió. Cuando viese a Neville le daría las gracias por aquél regalo.