A principios de Noviembre algún que otro alumno comenzaba a sacar las capas. El aire empezaba a ser frío aunque el sol hacía un contraste cálido. Malfoy sacó del baúl su capa y la dejó estirada encima de la cama recién hecha. No tenía intención de ir a ninguna de las clases que tenía aquél lunes. Dumbledore le había citado en su despacho aquella mañana y luego tenía que pasarse por la Sala de los Menesteres. Quizás luego le apetecería dar una vuelta por los terrenos de Hogwarts.
En el desayuno Pansy no paraba de acercarse a él cariñosamente. Malfoy ya estaba harto de ella, pero no podía dejarla. A finales del curso pasado, durante la época en la que quedaba cada día con Hermione había intentado dejar a Pansy. Ella se había limitado a tener crisis de ansiedad, llorar desesperadamente y romperlo todo. Durante una semana entera tuvo aquella actitud. Además, se sentía despechada e intentaba poner celoso a Draco insinuándose a otros miembros de la Casa Slytherin. Obviamente, ninguno del grupo de Draco Malfoy había caído en aquella trampa. Era cierto que Pansy era atractiva, pero ellos eran lo suficientemente inteligentes como para no entrar en el juego. Aquello hacía que los únicos sentimientos que creciesen hacia ella fuesen asco y pena. Aquella eterna semana estuvo dándole vueltas a si dejarla había sido lo más inteligente. Pero se dio cuenta que no. Así que, a pesar de que por dentro tenía ganas de salir corriendo en dirección opuesta a Pansy, se acercó a ella y le propuso volver. Sin ningún perdón ni un por favor. Aquello dio igual, ya que Pansy se lanzó a sus brazos llorando como una niña pequeña de felicidad.
Hasta ese mismo instante no se dio cuenta de todas las cosas que tenía que hacer contra su voluntad. Todo comenzaba con su relación con Pansy y continuaba con su familia, sus amigos, sus nada destacadas notas, el fingido favoritismo de Severus Snape, la esperanza de bondad que Dumbledore profesaba hacia él, el cariño y la protección que mostraba con Mara Gaunt, su enemistad con la sangre sucia, San Potter y la rata de Ron Weasley e incluso su devoción pública hacia el Señor Oscuro. Todo y nada era una farsa. Todas las personas que estaban relacionadas con él pensaban que su relación (fuese buena o mala) con Draco era real. Pero sólo él sabía lo que era real y lo que no en su vida, aunque muchas veces podía llegar a confundir las cosas, por lo que había decidido escribir en un diario su vida. Este diario era lo más valioso y peligroso que poseía. Le recordaba en quién podía confiar y en quién no y su misión en la vida, pero debía de tener cuidado porque cayese en las manos que cayese, acabaría muerto.
Mientras todos los alumnos se dirigían a sus clases después del desayuno, Malfoy salió disparado al despacho de Dumbledore sin dar explicaciones a nadie. Como había hecho siempre, empujaba a los alumnos de cursos inferiores mientras caminaba apresuradamente. No era algo que hiciese sentirse mejor, simplemente era una costumbre que había adquirido a lo largo de los años.
Pocos minutos después llegó a la estatua con el águila incrustado en un arco en la pared. Frenó frente a él y esperó. Unos segundos más tarde el águila comenzó a elevarse lentamente mientras daba vueltas sobre sí mismo dejando al descubierto una escalera. La estatua desapareció pero la escalera seguía elevándose. Cuando paró, Malfoy subió las escaleras sin prisa y abrió la puerta de roble ornamentada con detalles y los escudos esmeralda y plata, escarlata y dorado, amarillo y negro y azul y bronce de las cuatro casas. El pomo dorado de la puerta tenía la forma del escudo de Hogwarts. Se giró solo y la puerta se abrió. Entro al caótico despacho y la puerta se cerró tras de él.
El despacho de Dumbledore estaba en completo silencio. Solo se escuchaban los tic-tacs de los diferentes relojes clásicos y mágicos que estaban repartidos por las paredes cóncavas de la sala. Los pergaminos estaban repartidos por las altas estanterías que había detrás de la gran mesa de madera, mostrando cierto orden dentro de un caótico desorden que solo podía entender el director. El fénix de Dumbledore estaba posado encima de la alta silla en silencio, observando con ojos vivos como el fuego cada movimiento que hacía Malfoy.
-Señor Malfoy.-Saludó Albus Dumbledore saliendo de detrás de una de las estanterías.-Perdone por hacerle esperar, estaba quitando el polvo a unos pergaminos.-Malfoy se quedó en silencio.-Supongo que se preguntará por qué le pedí una reunión con usted. ¿Puede imaginarse el motivo?
Albus Dumbledore esperó pacientemente a que Malfoy respondiese, pero tardó un par de minutos.
-No se me ocurre nada.
-Vamos, señor Malfoy, sé que usted es mucho más inteligente de lo que deja ver.
Malfoy frunció la boca. Nunca le había gustado la osadía del director.
-El viernes falté a la clase de Oclumancia.
Dumbledore sonrió ampliamente.
-Diez puntos para Slytherin.-En uno de los cuatro gigantescos relojes de arena que se encontraban en la entrada del castillo de Hogwarts, diez esmeraldas cayeron.-¿Recuerda nuestra última reunión?-Malfoy asintió.-Por lo tanto, recuerda el motivo por el que debe asistir a todas las clases.
Malfoy no pudo contenerse más.
-Pero Snape no es un experto en Oclumancia, por ese motivo lo encuentro una pérdida de tiempo. Además, yo soy el único alumno al que asiste a esa clase junto a…
-Junto a Harry Potter. Lo sé.-Dumbledore bajó los escalones y acarició el cuello del fénix.-Sé que ni el profesor Snape ni el señor Potter son de su agrado, pero hay un dicho muggle el cual tiene mucha razón: "no siempre llueve a gusto de todos".-Malfoy entornó los ojos y Dumbledore se sentó en la gran silla.-Señor Malfoy, si no quiere continuar con el plan, simplemente dígalo. Pero le advierto que es un poco tarde para echarse atrás.
-No quiero dejarlo. No soy ningún cobarde y puedo llevar a cabo este plan.
-No dudo de sus capacidades, por eso lo escogimos.-Malfoy se dio cuenta de que tenía los puños fuertemente cerrados y se clavaba las uñas en la palma.-Si no quiere que Mara Gaunt se introduzca sin permiso en sus pensamientos, deberá recuperar estas dos horas. ¿Tiene algún inconveniente en realizar esta clase esta misma tarde después del almuerzo?-Malfoy negó casi imperceptiblemente con la cabeza.-Estupendo. Puede retirarse. Que pase un buen día.
Malfoy dio media vuelta y salió del despacho del director. Le odiaba. Era cierto que Malfoy odiaba a todo ser viviente del planeta (especialmente a los sangre sucia), pero cuando se trataba del mundo mágico, Albus Dumbledore ganaba con mucha diferencia. Era cierto que Malfoy había aceptado acatar las órdenes de Dumbledore, pero lo que el ingenuo director no sabía era que no solo acataba sus normas, también acataba las de Voldemort. Pero encima de cualquiera de los dos, acataba las suyas propias.
Era cierto que Dumbledore se entregaba a la causa, a salvar al mundo mágico del temible Lord Voldemort. Pero lo único que hacía el director era planear estrategias mientras mandaba al frente a inocentes magos a que muriesen por la causa mientras él esperaba sentado en la silla de su despacho esperando el resultado como si de un partido de Quidditch se tratase. Pero Lord Voldemort era diferente. El Señor Oscuro no solo construía planes de estrategia y ataque, sino que también participaba en las batallas (aunque era cierto que de un modo más moderado porque decía que quería reservarse para la gran batalla contra Harry Potter). Por ello admiraba a Lord Voldemort y odiaba a Albus Dumbledore. Pero tenía que resignarse y dar la clase de Oclumancia aquella tarde a solas con Snape.
Unos pasillos después de camino a la Sala de Menesteres decidió acercarse primero al Baño de los Prefectos para despejarse. Cuando llegó el baño estaba vacío. Todos los alumnos estaban en clase. Con la varita accionó los grifos que dejaron correr agua y jabones de diferentes colores. Se desnudó y dejó la ropa sobre un banco. La gran bañera comenzaba a estar a rebosar y apagó los grifos. El vapor que salía del agua iba calentando la estancia. Se metió en la bañera y cerró los ojos para relajarse. No habían pasado ni cinco minutos que una voz chillona femenina interrumpió su relajación.
-Vaya, vaya. Otro Malfoy por aquí.-Draco Malfoy se sobresaltó y buscó a la chica que se había colado en el baño.-No te asustes. No muerdo… si no quieres.-Myrtle estaba sentada encima de los grifos.
-¿Qué haces aquí? Vete.
-O si no, ¿qué? ¿Me matarás?-Myrtle rió tímidamente.
-¿Qué quieres?-Malfoy trató de taparse sus partes íntimas.
-Nada.-Myrtle bajó de los grifos y comenzó a acercarse a Malfoy lentamente.-Estaba paseando por los baños de Hogwarts aburrida en busca de algo interesante que me distrajese… y te encontré aquí.
-Vete.
-La gente sabe que siempre estoy en el baño de chicas del segundo piso y que de vez en cuando me paseo por los demás baños. Pero lo que no saben es que también visito otros lugares.
-¿Y a mí qué me importa?-Dijo Malfoy empezando a cabrearse.
-Pues que puede visitar otros lugares como… la Sala de los Menesteres.-Malfoy frunció los labios furiosamente.-Te he visto entrar allí casi cada día desde hace unos tres años.-Malfoy escuchó atentamente a lo que Myrtle le contaba.-He visto tu diario. Y tengo que reconocer que es muy interesante.
-Como se te ocurra contarle a alguien lo que has leído…-Comenzó a decir Malfoy entre dientes, pero Myrtle lo interrumpió.
-¿Me matarás?-Dijo con una risa tímida.
-No. Algo peor. Recuerda que soy un Malfoy y que mi familia sirve al Señor Oscuro. Recuerda que la magia oscura corre por mis venas y que la Sección Prohibida para mí no está tan prohibida. Además, si el contenido de ese diario sale a la luz, mi tormento acabaría con mi muerte. Pero te aseguro que antes de morir me aseguraría de que tu eternidad fuese peor que un infierno.-El labio inferior de Myrtle comenzó a temblar mientras pequeños sollozos nacían de su garganta.
-¡Eres malvado!-Malfoy sonrió.-Eres peor que una rata.-Myrtle comenzó a marcharse pero paró en seco y se giró.-¿Cómo está Hermione? ¿No has ido a verla? Normal, eres un cobarde.
Malfoy se levantó de golpe histérico de furia sin tapar sus partes íntimas.
-¡MÁRCHATE DE AQUÍ Y DÉJAME EN PAZ! ¡Ella es una asquerosa sangre sucia, como tú! Matarte es una de las mejores cosas que ha hecho la Casa Slytherin por este colegio. Es una lástima que tu espíritu vague eternamente por este castillo.-Myrtle rompió a llorar con llantos excesivamente ruidosos y en un segundo desapareció por una de las paredes.
Malfoy salió de la bañera y se vistió. Había ido al Baño de los Prefectos a relajarse, pero lo único que había conseguido era ponerse furioso y exaltarse. Salió del baño y puso rumbo desconocido. ¿Cómo había sido capaz de alterarle tanto el fantasma de una asquerosa sangre sucia? Era una lástima que Myrtle ya estuviese muerta, si no la hubiese estrangulado con sus propias manos. Ella sabía demasiado. Si contaba un mínimo detalle a alguien, todo su mundo se vendría abajo.
No supo cómo, pero se encontraba frente a la enfermería. Supuso que sería cosa del subconsciente. Myrtle había hecho que se sintiese mal por no haber ido a ver ningún día a Hermione. Se excusaba internamente diciéndose que sabía que se había ido recuperando progresivamente gracias a murmullos por las clases y los pasillos.
Entreabrió la puerta de la enfermería y comprobó que no había nadie. El gran reloj de Hogwarts sonó. Eran las 11:00 am. Entró en la enfermería. A medida que iba pasando frente a las camas, iba mirando todas y cada una de ellas. Vacías, blancas, inmaculadas. Había una de ellas que estaba tapada por uno de los lados con una cortina. Malfoy se acercó y descorrió la cortina. Hermione se sobresaltó y cerró de golpe el libro de Runas Antiguas que tenía en las manos.
Malfoy se quedó impresionado de su aspecto. Las ronchas negras ya no eran visibles, pero su palidez y sus labios morados todavía estaban acentuados. Además, había adelgazado, por lo que los pómulos se le marcaban un poco más. El pelo revoltoso lo llevaba recogido en una coleta.
-Malfoy, ¿qué haces aquí?-Dijo asustada.-Márchate o llamaré a la señora Pomfrey.
-No, por favor.-Dijo Malfoy demasiado rápido. Al final se resignó y dejó de un lado su carácter frío y agresivo.-Tregua. Solo vengo a ver cómo estás.
Hermione no escondió su sorpresa.
-Mucho mejor.- En sus ojos todavía se veía desconfianza.-¿Por qué de repente, casi dos meses después, te interesa cómo estoy?
-No he podido venir antes.-Hermione rió sin creerle.-De verdad.
-¿Por qué tendría que creerte?
-Está bien, podía venir. Pero… había algo que me lo impedía.
-¿Quién te lo impedía?-Hermione no dejaba de hablar agresivamente.
-Yo.
-¿Tú? ¿Tú mismo no te dejabas venir? Malfoy…
-No me llames Malfoy.
A Hermione no le dio tiempo a replicarle. Malfoy tenía sus labios sobre los de ella. Al principio le empujó por el pecho pero luego se dejó llevar. Unos segundos más tarde, Malfoy corrió hacia la puerta, dejando a Hermione sin palabras.
En lo más profundo de él sabía que quería hacer eso desde hacía tiempo. Pero justo hacerlo en ese momento había sido muy arriesgado. No debería de haberlo hecho. Acababa de ponerse en peligro. Pero, lo que era peor, la había puesto en peligro a ella. ¿Cómo sería capaz Hermione de ocultar ese pensamiento hacia Mara, si ni siquiera sabía que Mara, a sus once años, dominaba con total precisión el arte de la Oclumancia, e incluso era capaz de llegar más lejos? No sabía cómo, pero tendría que evitar que Mara y Hermione estuviesen en la misma sala.
Después de aquello no supo qué hacer. Cuando llegó a su habitación y vio la capa encima de la mesa, recordó que tenía que ir a la Sala de los Menesteres.
