JUNTO A TI

CAPITULO 2

La casa entera era un mar de sirvientes en frenético movimiento. Las mucamas lavaban, planchaban y hacían los últimos ajustes al guardarropa que sería empacado y que los Leagan se llevarían a Londres. Las damas de la casa estaban vueltas locas con vestidos, fondos, corsets, medias y ropa interior. Zapatos, guantes y sombreros a juego. No podían olvidarse de los bolsos, paraguas, pieles y demás. Obviamente perfumes y afeites para embellecerse no debían de faltar.

Neal en dos días terminó de empacar y no porque llevara demasiado equipaje si no por las compras de última hora que le ordenaron realizar su madre y hermana.

El solo empacó tres camisas de seda, dos de algodón, una mas de lana, conociendo el clima de Londres y Escocia seguramente encontrarían días lluviosos y con frío. Además de dos trajes de tweed, uno de gabardina italiana y otro más de fresco lino. Sus camisetas e interiores, tres juegos de zapatos, un par de botas, dos libros y artículos propios de un caballero.

Pero en otro baúl llevaba el tartán de los Briand. El kilt de gala y otro más sencillo para actividades al aire libre. Los guardó personalmente sintiendo un sentimiento indefinible porque por primera vez vestiría el tartán verde con vivos en amarillo, azul y rojo característico de su clan materno. El sporran era hermoso. La pequeña daga y los alfileres con filigrana de oro y plata. La camisa de seda pura, y los ghillies de fina piel. Ligas y calcetines eran de la más suave lana y en conjunto era un kilt hermoso que merecía ser lucido con gallardía.

Sonrió con orgullo al imaginarse con ese kilt ya puesto siguiendo la tradición puramente escocesa de no llevar interiores. No tenía nada de qué avergonzarse porque sus padres le heredaron una anatomía atractiva y ni hablar de las "joyas de la familia" pues fué muy bendecido en ese aspecto y no tenía queja alguna… mucho menos las damas que compartían su cama, ya que ellas eran testigos directos de sus íntimos encantos.

Abordaron el vagón privado del tren con destino directo a Nueva York y ahí se dirigieron al muelle donde el mítico Mauretania los llevaría hasta Southampton. La travesía fué tranquila y Neal solo asistió a las cenas de bienvenida y despedida. Estaba a la vista de todo mundo pero al mismo tiempo mantenía cierta privacidad.

Acudía al gimnasio del barco y varias veces participó en luchas de boxeo, que le encantaban. Recordó que después de que Candy le salvara de esos delincuentes, le curara sus heridas y enamorarse como un tonto de ella, decidió aprender a defenderse. En el colegio en Florida practicó lucha grecorromana, esgrima y atletismo para luego encauzar toda esa diversidad deportiva en el box amateur y se dió cuenta que era muy bueno.

En algunas correrías estudiantiles en la universidad, tuvo varios altercados en los bares y prostíbulos donde solían divertirse él y sus compañeros, saliendo airoso en varias peleas pero igual recibió también varias heridas y contusiones.

Le encantaba que la adrenalina corriera por sus venas, sentir su torso desnudo impregnado de sudor y los músculos de todo su cuerpo en tensión, esperando el siguiente movimiento de su rival, poder driblarlo y asestar un knout out.

Gracias a estas habilidades muchos de los acaudalados caballeros, lo invitaron al salón VIP del club de hombres poderosos. Ahí con un habano en sus labios y una copa en la mano, se emprendían negocios, se sellaban alianzas y se hacían de enemigos. Él era uno de los miembros más jóvenes pero no por eso sus opiniones eran menos.

Al contrario, sus comentarios acerca de las acciones en Wall Street o del mundo financiero y la economía global eran acertadas lo que le valió opiniones a favor. Cuando se enteraron que él no era un improvisado si no que sus conocimientos eran avalados por Princeton, entendió que tenía la puerta abierta para futuros negocios con aquellos magnates de la industria y los negocios.

Sabía que al Savoy llegarían invitaciones para almuerzos y bailes en las grandes mansiones londinenses. Algunos lo harían para hablar de negocios, pero otros, con la velada esperanza de que él se fijara en alguna de las chicas casaderas y herederas de importantes fortunas, después de todo el apellido Andrew aún le perseguía y debía sacar provecho de eso.

Pero él solo tenía ojos para aquella que seguía amando. A pesar de saberla prohibida no podía evitar lo que sentía por ella. El recuerdo de la suavidad de sus labios turgentes y la calidez de su cuerpo contra el suyo lo marcaron para siempre. Esa noche que con engaños la había citado en la mansión del acantilado, estaba dispuesto a declararle sus sentimientos pero ella lo humilló. Herido en su amor propio la tomó entre sus brazos y la besó con fiereza, bien sabía que Candy estaba enamorada del actorcete ese, pero al tomarla con fuerza deseaba borrar al menos por un momento los besos del inglés.

Cuando su lengua se introdujo dentro de la boca de ella, empezó la verdadera lucha. Él no era tonto y pronto se dio cuenta que Candy le correspondía, pero no supo bien a bien lo que siguió después. Solo recordaba el ardor de la bofetada y las uñas de ella surcando su rostro. El dolor y la rabia la hicieron soltarla y cuando la vio dirigirse a la ventana, se humilló aún mas ante ella, cayendo de rodillas quiso suplicarle con pasión pero ni una sola palabra salió de su garganta.

Deseaba gritarle cuanto la amaba. Que lo perdonara y lo aceptara. Que no le importaba su pasado, que la haría dichosa y feliz. Se enfrentaría a quien fuera por una esperanza… quería entregarle su corazón sin limitaciones. Pero ella solo lo vió con dolor y tristeza, tal vez asustada por lo que había pasado. Alargó sus brazos tratando de detenerla, cuando Candy se lanzó al mar embravecido, en ese instante supo cuánto la amaba. Mucho mas de lo que creía, porque el corazón parecía salírsele del pecho, si la pecosa moría, él sin contemplarlo también se lanzaría. Al perderla para que quería la vida.

Con angustia divisó entre las turbulentas aguas pero era imposible distinguir nada. Sus ojos barrían el mar y la playa rocosa con la esperanza de encontrarla, solo cuando el débil rayo de luz de un auto la iluminó, respiró aliviado. Para dejarse nuevamente caer de rodillas y llorar como nunca lo había hecho. Con alivio, con dolor y frustración porque la sabia sana y salva pero mas lejos que nunca.

Se embruteció esa noche con alcohol. Esa fué su primer borrachera, y bajo los efectos del mismo; sintió como ese amor intenso se convirtió en deseo, odio, venganza. Se juró que la haría su mujer al precio que fuera porque el sabor de esos labios y el calor de ese suave cuerpo ya los llevaba tatuados en la piel y el alma… Candy seria de él, por Dios que si, lo juró entre dientes y terminó de un trago el resto de licor, sellando con alcohol ese juramento de venganza.

Pero no contó que sus planes serían truncados por alguien más poderoso que él. Fué humillado ante toda la familia y expulsado del clan. Pero esos años lejos le templaron el espíritu, aprendió a ser mesurado y más inteligente en sus acciones. Pero cuando creía que la había olvidado, les llegó el perdón y ahora era obligado a asistir a esa boda donde se le recalcaba quien era él y de quien era ella.

© Tzitziki Janik.