JUNTO A TI
CAPITULO 3
Después de dos semanas en Londres. Fueron recibidos en el castillo familiar y Neal inmediatamente se encerró en sus habitaciones. Tomaba la mayoría de los alimentos ahí mismo. Era una manera muy adecuada de no toparse con ella y con su tío y rival, o con los otros miembros de la familia que pululaban en los pasillos. Salía a cabalgar casi en la madrugada, sintiendo el rocío mojar sus ropas y deleitarse con el amanecer en la colina mas alta. Entonces esa sensación que no sabía describir ahora ya tenía un nombre… orgullo.
Sí, estaba orgulloso de llevar sangre escocesa en las venas, saber que de alguna u otra manera pertenecía a esas tierras, estaba ligado a ellas por un lazo invisible. Un día, siguiendo su instinto, sin más dejó el castillo y cabalgó hasta donde sabía que vivía el clan Briand.
Observó que eran hombres prósperos, sencillos y gentiles. Buscó a alguien que conociera a su abuelo o a su madre y se sorprendió al encontrarse a una muy numerosa familia que al saberlo nieto de Dave Briand, lo recibieron con los brazos abiertos.
Nunca había sido más feliz que en esas tres semanas que vivió con ellos. Le tomó el gusto por la comida frugal pero nutritiva, a la cerveza, al whiskey y al trabajo físico. Ahí nadie estaba sin hacer nada así que él se ofreció a partir leña y a ayudar en la destiladora de sus familiares, quienes producían un licor excepcional. Les hizo algunas sugerencias para aumentar el nivel de producción y mejorar la calidad. Por las tardes acompañaba a los otros jóvenes al entrenamiento que ellos llevaban en vista de haber sido invitados por el clan Andrew a los juegos que se celebrarían en honor a los esponsales del jefe del clan. Después ya cansados, se dirigían a la taberna cercana donde al calor del whiskey o de una cerveza relajaban su cuerpo, contando historias picarescas que le sacaban varias carcajadas.
Cuando por primera vez escuchó realmente el sonido de sus risas, se sorprendió. Por primera vez sentía paz y satisfacción con lo que hacía. Ahí se permitía ser el verdadero Neal… lejos de las poses y del protocolo, siendo un hombre joven como cualquiera de sus parientes. Con sueños, con anhelos… era totalmente libre. El rancio humo del tabaco, el sabor de la cerveza local junto con los olores de varios cuerpos sudorosos le relajaban mientras pensaba ¿En qué momento su abuelo decidió marchar a América y dejar todo eso?
Los hombres Briand eran como él, apasionados, fuertes, orgullosos… bueno como cualquier escocés pero Neal a su lado se sentía a gusto, como si esta fuera en realidad su casa. Esa noche se les pasaron los tragos al primo Duncan y a él, llegaron a casa donde la tía Myrin les sermoneó hasta el cansancio. Pero el tío Bruce hizo lo mejor que pudo, calló a su mujer con un beso y sanseacabó. Duncan solo rodó los ojos, sabía muy bien que sus padres tendrían una apasionada noche y no quería ser testigo de ello.
Tomando algunas mantas y un par de almohadas, Neal siguió a su primo hasta el granero y ahí bajo un colchón de heno y paja, colocó las cobijas y se tumbaron riendo como niños pequeños.
— ¿Es mi imaginación o creo que tus padres…?— preguntó Neal.
— ¡Quieres callarte! No quiero tener una imagen de mis padres teniendo sexo en mi cabeza… ya bastante tengo con tratar de olvidar los gemidos de placer de mamá… ¡Oh no!... otra vez tardaré en olvidarlos.
— Jajajaja… disculpa… pero es tan divertido.
— ¿Qué, a poco tus padres no se acuestan juntos?— fué el turno de preguntar y molestar de Duncan.
—Lo ignoro… creo que si lo hacen será en determinadas ocasiones. Duermen en habitaciones diferentes.
— ¿Queee? Eso es imposible. Cuando me case quiero que mi mujer caliente mi cuerpo y mi cama. Hacer el amor todos los días como Dios manda y amanecer abrazados, cansados pero con energías renovadas para que el recuerdo de esas noches me obligue a trabajar duro y llegar a casa donde una rica comida me llene el estómago y después terminar el día, cansado, satisfecho y feliz.
Un silencio profundo le hizo girar el rostro y ver a Neal pensativo con la mirada perdida en el techo. Por más que Neal buscara, no recordaba haber visto a sus padres besándose, haciéndose algún mimo o dirigiéndose una mirada cómplice. Ahora se daba cuenta que toda su vida había estado equivocado, deseando todo aquello que el dinero le podía dar y que su madre sin duda se lo obsequiaba bajo los ojos de réprobo de su padre.
Sarah lo mal acostumbró a obtener lo que quería, pero ahora esos días junto a su familia le hicieron comprender que aquello obtenido tan fácilmente no valía la pena. El trabajo arduo haciendo lo que realmente amas, es lo que te da las satisfacciones más grandes en la vida. Compadecía a su madre que se vio rodeada de lujos pero sin amor y que esta volcara su necesidad de afecto en él y su hermana.
Escuchaba las palabras sencillas y sabias de Duncan en la lejanía mientras pensaba que esos deseos de una comida caliente, una mujer que amara y lo amara, era suficiente para vivir feliz… ya lo demás seria esfuerzo de su trabajo. Ahora más que nada reafirmaba su amor por Candy, porque la pecosa huérfana representaba todo aquello que el anhelaba, sin imaginar que tan equivocado estaba.
— ¿En qué piensas? — Le pregunto Duncan.
— En todo lo que acabas de decir. Me he dado cuenta que yo también deseo eso que tú quieres. Quiero llegar a casa y que mi mujer me reciba con besos y abrazos, que mis hijos se amontonen preguntando porque la luna es roja y si es verdad que un conejo habita en ella, cuantos colores tiene el arcoíris. Porque la tierra huele cuando llueve o porque los pájaros pueden volar. Jugar con ellos a los piratas, trepar árboles, enseñarles a cabalgar. Verlos crecer, que me llenen de nietos, envejecer junto a la mujer que amo y cuando llegue mi fin, despedirme satisfecho con mis triunfos, con mis fracasos pero feliz por la vida que viví… ¿Crees que esto que deseo se pueda hacer realidad?
— ¡Claro que si! — contesto con énfasis Duncan. — Todo se puede lograr en la vida si trabajas.
— Eso lo sé, me refiero a encontrar a la mujer indicada, aquella que me ame por lo que soy y no por lo que tengo.
— Hablas con tristeza… ¿Acaso estás enamorado y no eres correspondido? – Preguntó de súbito el entrometido primo — ¡Es cierto! — casi gritó — estás enamorado, lo sé por la expresión de tu cara.
— ¡No es cierto! ¿Cómo has visto mi rostro si está oscuro?— refutó Neal entre sorprendido y molesto por la perspicacia de Duncan.
— Já… no hace falta. Te conozco y sé que estás con la mirada perdida y el sonrojo cubriendo tu rostro… eres un Briand y nos caracterizamos por que los sentimientos siempre nos dominan… amor, celos, odio, pasión, tristeza, resentimiento… todas las emociones descritas nos juegan siempre malas pasadas.
— ¿Sabes qué? ¡Duérmete ya! Mañana nos espera un gran día… tendremos que demostrar quienes somos y ganar los juegos.
— ¿Pero aún no me has dicho quién es ella?
— No tiene caso que lo sepas… ella ya pertenece a otro — Dijo con amargura. Y cerró los ojos soñando con la mujer que lo amara sin reservas.
William sonrió divertido al verlo aparecer con varios hombres del clan Briand. Neal vestía con orgullo el kilt de su clan materno. Los que le conocían se sorprendieron al verlo. Esas cuatro semanas desde su llegada a Escocia, le habían sentado muy bien. Se le veía más alto y musculoso, la piel un poco más bronceada y el cabello un poco más alborotado incluso se había dejado crecer una pequeña y delgada trenza en la nuca.
—¿Qué haces vistiendo ese kilt? — le reprochó de nuevo Sarah delante de todos.
— No me avergüences madre. Ya te había dicho que vestiría esta prenda ¿Porque te abochornas? Representa a mi familia, junto a ellos he vivido los días más felices de mi vida, así que no me lo quitaré. Este será el tartán que usaré en toda mi vida.
— Pe… pero Neal…
— Yo también te quiero madre — Con un beso en la frente terminó la discusión y dió la media vuelta para reunirse con los hombres de su clan.
Eliza observaba a su hermano. Estaba boquiabierta, lo veía sonreír y reír a carcajadas mientras tomaba cerveza y comía. Sus modales seguían siendo refinados pero a la distancia se le veía a gusto entre aquellos hombretones. De pronto uno de ellos saludó a su madre y le hizo un guiño, azorada volteó hacia su lado derecho y miró como Sarah giraba el rostro indignada pero un rubor casi infantil cubría sus mejillas.
— Madre… ¿Te pasa algo?
— ¿A mí? ¡Claro que no!
— Es que de pronto te veo acalorada.
— Estas mal Eliza, ¡Compórtate!
— Entonces preguntaré educadamente… ¿Quién ese atractivo pelinegro que te guiñó un ojo?— preguntó ella tras el abanico.
— ¿Quién?
— Ese hombre que no te quita la vista de encima.
Sin más remedio levantó un poco el rostro y disimuladamente le miró. Claro que Sarah sabía quién era. Era el hombre del cual estuvo enamorada desde pequeña. Lo conoció cuando los funerales de su madre en Escocia y desde entonces el adolescente se convirtió en su guardián y amigo de juegos. En las noches, invariablemente soñaba que ellos se casaban y formaban una hermosa familia.
El fué el primero que le robó un beso, tal sutil fué el toque que creyó que no había sucedido pero cuando el volvió a tomar su boca, supo que no lo estaba soñando. Su noviazgo se mantuvo en secreto por unos meses hasta que la noticia de que su padre contraería segundas nupcias la devastó.
La novia y prometida de su querido padre era ni más ni menos que la hermana del jefe de clan Andrew. Una mujer nacida en Escocia pero criada en América, una alianza muy poderosa entre ambas familias. Su padre era ambicioso y en poco tiempo amasó una gran fortuna y por lo visto ahora diversificaría sus intereses.
Sarah entendió que la inminente boda se llevaría a cabo y ella marcharía a América junto a su madrastra y su padre. Ya no vería por mucho tiempo al amor de su vida. Con el corazón lastimado desahogó su dolor en el pecho de joven Bruce. Él también estaba destrozado porque sabía lo que significaba, se dieron cuenta que ese sería el adiós definitivo y en vísperas de la boda de su padre, Sarah se entregó a él. Ella tenía quince años y Bruce 18… claro que lo conocía. El fué su primer amor y el primer hombre en su vida.
Unos días después marcharon a Estados Unidos. La señora Elroy resultó ser una madrastra estricta pero justa. Se hizo cargo de su educación y poco a poco la transformó en una dama. Al llegar a edad casadera confesó su secreto a su prometido, con la esperanza de que este la repudiara y tener ella la oportunidad de regresar a Escocia y poder reunirse nuevamente con Bruce.
Pero Robert Leagan la amaba tanto que no le importó que ella no fuera virgen. Aun así cuando los planes de boda siguieron su curso y estando ella en Francia, le suplicó a Elroy que la dejara visitar Escocia. Aún tenía la esperanza de huir con Bruce. Elroy pensando que su hijastra quería visitar la tumba de su madre, la acompañó. Pero Sarah solo se encontró con que Bruce estaba casado y su esposa próxima a dar a luz a su primer hijo. No lloró ni demostró sentimiento alguno cuando se encontraron en Edimburgo. El intentó hablarle pero ella fingió no conocerle. Altiva y orgullosa se tragó su dolor dejándolo con la palabra en la boca. Dos meses después ella ya estaba dando el si quiero a un apuesto Robert pero deseando que fuera Bruce el que estuviera a su lado.
— ¿Te sientes bien mamá?— volvió a preguntar Eliza — De pronto te has puesto pálida y tienes los ojos anegados de lágrimas.
— Estoy un poco mareada ¿Porque no ordenas una limonada? Además estoy así porque tu hermano me hizo recordar a mi padre cuando vestía con orgullo ese tartán… ¿Verdad que tu hermano luce gallardo y viril en él?
Eliza asintió levemente y pidió a un sirviente la limonada para su madre y otra para ella. Entendió que no solo era el hecho de ver a su hermano vistiendo ese kilt. De alguna forma sospechaba que su turbación tenía que ver con ese hombre que les había saludado con un guiño.
Las primeras actividades comenzaron y los clanes propusieron sus estrategias. Poco a poco se fueron eliminado hasta quedar dos: Los Andrew y los Briand. Una última prueba y se declaraba al vencedor y campeón de los juegos.
Neal pidió ser el que representara a los Briand al ver que William era el único que quedaba de los Andrew. Esta era su oportunidad de vengarse con cierto derecho, sin ofender a el resto de los clanes y a los propios Andrew, al fin y al cabo solo eran unos juegos.
William sonrió con ironía. El más que nadie se dió cuenta del cambio que se había forjado en Neal. Ya no era más el chiquillo malcriado, se había convertido en hombre y estaba seguro que sería un digno rival a vencer. Se llevó a cabo la última prueba y se declaró empate. Neal alegó trampa por parte de Albert y entonces todo se decidió a base de golpes.
William entendió que esa falsa acusación solo era el pretexto para iniciar la pelea. Recibió el primer puñetazo que lo hizo trastabillar y no le quedó más remedio que defenderse contra el odio y el dolor de un hombre despechado y herido al ver que la mujer que amaba pertenecía a otro. Pronto el calor de la lucha lo envolvió y devolvió cada golpe con la misma fuerza en que eran recibidos.
Los invitados y la propia familia miraban atónitos la escena, a leguas se veía que esa no era una rivalidad cualquiera. El recuerdo de que Candice había rechazado la propuesta de matrimonio del joven Leagan y que el laird había prohibido esa unión, para después él mismo prometerse en matrimonio con la joven en cuestión, resurgió con fuerza. Pronto el chisme se regó y varios pares de ojos se posaron sobre la hermosa mujer rubia causante de esa pelea.
William y Neal eran dos hombres jóvenes convertidos en titanes, cada uno tratando de demostrar que tan fuertes eran. Pronto las apuestas empezaron a correr por lo bajo, la mayoría dando por hecho que el vencedor seria el jefe del clan Andrew.
Cuando los asistentes se dieron cuenta que los golpes no eran en defensa si no que trataban de provocar el mayor daño al rival, se regocijaron. A pesar de ser ricos y educados, la expectativa de ver una verdadera lucha a muerte por el amor de una mujer, enardeció los sentidos. Las silbatinas y los vítores tanto para uno como para el otro, acallaron los cuchicheos entre las damas. Aquellos juegos se habían convertido en un circo.
Archie, Stear y otros hombres trataron de separarlos, pero era imposible.
— ¡DÉJENNOS! — Gritó William totalmente ofuscado.
— ¡Te voy a dar tu merecido! — contestó Neal por lo bajo, forcejeando entre dos hombres que lo sostenían con fuerza — La arrebataste de mi lado para ahora casarte con ella.
— ¡Candy no te ama! — espetó William.
— Eso ya lo sabía pero no me diste la oportunidad de conquistarla. Me hiciste a un lado sabiendo cuanto la amaba.
Se miraban con furia, con la respiración agitada. Parecían dos toros bufando, dispuestos a todo por quedarse con la mujer deseada.
— ¡He dicho que nos suelten! — gritó de nuevo el jefe del clan y ante esta orden, no tuvieron más remedio que obedecer.
Una nueva andanada de golpes a puño limpio pronto hicieron estragos en ambos. Neal con una ceja rota y William con los labios sangrantes. Se podía palpar el odio ya liberado de Neal y la furia aún contendida del laird.
Los pliegues de los kilts se mecían al compás de cada golpe, siguiendo los movimientos de sus respectivos cuerpos. Las camisas ya ensangrentadas y los nudillos con la piel deshollejada. A Neal le dolía el cuerpo pero más le dolía el alma al notar como Candy miraba angustiada, mientras la tía Elroy, desmayada, era abanicada por Sarah y Eliza.
Ellos se enfrascaron en un nuevo round. Un golpe de Neal y le cerró un ojo a William. Otro de este, provocó que la nariz de Neal crujiera rota. Otro puñetazo y las costillas del hombre rubio lo obligaron a doblarse del dolor halando aire desesperadamente.
Neal sonrió satisfecho porque sabía que otro golpe más y lo remataria. Pero no contó con que Albert era también muy bueno en las peleas y tenía mucha experiencia. Un puñetazo en su zona hepática lo hizo trastabillar y cuando se creía vencido por William, este, en ese preciso momento se distrajo con el grito ahogado de Candy. Entonces Neal al verlos, sintió que la rabia crecía recorriendo como lava ardiente todo su cuerpo, concentró toda esa energía en sus puños y con dos certeros golpes en la mandíbula noqueó a su contrincante.
Con el único ojo libre que Neal tenía, miró como William caía totalmente desmadejado mientras él trataba de apaciguar su corazón que parecía querer explotar en su pecho. Inhalaba desesperadamente ante el esfuerzo realizado. Entonces se dio cuenta del silencio sepulcral que envolvía el campo de juegos. Miró como Candy, corriendo, se acercaba a William tratando de reanimarlo. Su madre y hermana seguían apuradas socorriendo a la tía abuela. Sintió como el sabor metálico de la sangre llenaba su boca y escupió sanguinolento.
Entonces la oscuridad lo envolvió y él también cayó al suelo sin sentido.
© Tzitziki Janik.
