JUNTO A TI

CAPITULO 5

Despertó a causa de la repentina taquicardia que le provocó el haber escuchado el grito más agudo seguido del estruendo de la porcelana y la platería que la acompañaba. Instintivamente se llevó las manos a la cabeza tratando de tapar sus oídos y aminorar el dolor de cabeza que le martilleaba las sienes.

Casi enseguida escuchó un segundo grito y sintió como alguien lo empujaba fuera de la cama y caía al piso. Maldijo, porque eso no ayudaba mucho a la resaca que estaba sintiendo. Se vió obligado a abrir los ojos y enfocar con esfuerzo. Cuando la claridad llegó a sus pupilas, inmediatamente comprendió todo y trató de explicarse. Pero mantuvo la boca cerrada a causa de su lengua pegajosa y ese sabor acre del alcohol ingerido. Miró a su alrededor tratando de asimilar lo que había pasado. Miró a los dos mujeres, luego la charola en el piso y finalmente a la revuelta cama.

— No es lo que piensan — dijo con voz pastosa.

— ¡Es un canalla! Se ha aprovechado de milady. ¿Quién es usted?¿Cómo entró? — decía la anciana, mientras la otra lloraba en silencio tapándose con la colcha.

— Yo soy Neal Leagan, conocido de Terry…

Quiso explicar más pero ese dolor intenso de cabeza lo estaba matando. Pronto la habitación se vió llena de sirvientes y Neal comprendió que tenía que dar una muy buena y convincente explicación. Habitación desconocida, mujer en ropa de cama y él casi desnudo. Además la matutina erección no le ayudaba nada, por mucho que disimulara el kilt, se notaba su excitación. No era un panorama muy alentador ¿Cómo diablos había sucedido esta situación? se preguntaba ¿Quién era ella?¿Y porque no paraba de llorar?… ¿Acaso pasó algo y él no recordaba los detalles? Debía dejar de beber porque ya tenía lagunas mentales.

La que parecía nana de la más joven, inmeditamente sacó a todos mientras le ordenaba al ama de llaves comunicarse con el Duque de Grandchester y su esposa, además de despertar al joven Terrence. Cuando este por fin entró, no pudo evitar su sorpresa. Su hermanastra estaba sentada en el sofá envuelta en la colcha y Neal parado mirando a través de la ventana.

— ¿Qué demonios pasó aquí? — preguntó, mirando a la revuelta cama, la charola en el piso y la porcelana destrozada — ¿Por qué los gritos?

— Nada — espetó Neal — parece que me equivoqué de habitación y me encontraron en la cama dormido con la señorita.

— ¿Catherine? ¿Qué haces aquí?

— Yo… — y la aludida rompió a llorar.

Al ver que no obtendría respuesta miró a Neal que solo se encogió de hombros como diciéndole yo no sé nada.

— Señora… ¿Me podría explicar que sucedió aquí?

— ¿Qué no es obvio, joven? Se ha cometido una infamia. El señor, me avergüenza decirlo, pero ha mancillado a milady… ha traído la desgracia, la ha deshonrado.

— ¿Es cierto eso?— preguntó a ambos.

— ¡Claro que no! — contestó Neal mientras Catherine estallaba en otra oleada de llanto.

— Será mejor salir de aquí, vamos Neal y tu Catherine arréglate y cálmate… ya veremos cómo se soluciona esto.

— ¿Qué cómo se soluciona?... el matrimonio por supuesto — dijo la nana.

Neal y Terry se encerraron en la habitación de este último y ahí nuevamente este le preguntó.

— ¿Ahora me dirás lo que en realidad ocurrió?

— Hasta donde recuerdo, subimos y me dejaste en el pasillo. Yo tomé la habitación más cercana, me quité los zapatos, aflojé la camisa y no recuerdo más. Tienes que creerme, te estoy diciendo la verdad.

— Yo te creo, pero no será fácil convencer a mi padre. Es una persona intransigente y no se diga mi madrastra, ella me odia y para mi padre solo soy… creo que ya no soy nada. Siempre he sido una mala influencia y la oveja negra de la familia.

— Tengo que regresar al castillo y explicar lo sucedido.

— Sabes muy bien que no puedo dejarte salir… pero si me noqueas tal vez puedas escaparte — le dijo con un guiño — Es mejor comer algo y pensar muy bien con el estómago lleno — Y le ofreció una copa de aspecto nauseabundo — Tómatelo, lo vas a necesitar.

Neal tomó de un trago el irritante líquido. Le quemaba las entrañas pero después de unos minutos, el dolor de cabeza y el estómago revuelto cedieron poco a poco. Se duchó y vistió uno de los trajes de Terry, mientras pensaba como explicar el malentendido, sabía que no tenía opción, si se marchaba solo empeoraría las cosas. Llamó a sus padres y en una hora ya la villa Grandchester era un hervidero de chismes entre la servidumbre por las familias implicadas, esa era la noticia del momento. Los duques llegaron al atardecer y la furia se desató. Neal recibió un puñetazo de Richard Grandchester, mientras su padre se interponía y Sarah se desmayaba.

La duquesa lloraba como magdalena por la aparente deshonra de su hija, los hombres discutían defendiendo sus posiciones. Sabían que una afrenta así solo podría subsanarla el matrimonio. Entendía que su hija llorara pero se podía remediar su deshonra. Respiraba ya aliviada, porque al fin ella se casaría pero la forma en que lo haría no le gustaba para nada.

Desde pequeña Catherine había hecho su voluntad y su último capricho bien podría ser ese. Le achacaba esa conducta rebelde al bastardo de la familia y a la apatía de Richard para con sus hijos. Sabía que su hija no era una belleza pero al llevar Catherine el apellido Grandchester, la convertía en un gran partido, sin importar demasiado su poca belleza y ni hablar de la dote que recibiría su futuro esposo al casarse. Una oportunidad así no debería desperdiciarse.

Ese fin de semana se había organizado un cotillón en honor del cumpleaños número 21 de Catherine, con la intención de presentarle a los aspirantes a su mano. Pero cuando se esperaba su presencia tuvieron que disculparla porque ella se había escapado. Ahora ya solo le quedaba apoyar a su marido en lo que fuera que este decidiese. Era hora de ponerle un alto a las pataletas y caprichos de la chica.

Mientras, Catherine paseaba nerviosa en su habitación. No podía creer su suerte. Recién había llegado de Australia siguiendo clandestinamente al que creía el amor de su vida. Como pudo convenció a sus padres de dejarla viajar para conocer las colonias que formaban parte del imperio británico. Pero su objetivo era llegar hasta ese lejano rinceon del mundo y escapar con Rupert, el mozo de cuadra de su padre.

Cuando lo conoció se enamoró como loca del guapo joven. Pero nunca se dió cuenta que las atenciones de él solo eran para conseguir escalar socialmente y acceder a la dote de ella. Catherine bien sabía que no era una belleza, su cara redonda, sus labios un poco gruesos, su nariz afilada y con una ligera joroba a causa de un golpe recibido de niña, no le agraciaban mucho pero en cambio era poseedora de un cuerpo con curvas sugerentes, un busto firme y hermoso además de una cintura estrecha gracias al corset. Unas anchas caderas y un lindo trasero.

Ella creyó en él y cuando por fin lo alcanzó en Australia, no dudó en entregarse. Su primera vez le resultó dolorosa y terrible porque Rupert buscó su propia satisfacción que en procurarle ternura y comprensión. Y las dos veces siguientes que tuvo intimidad no fueron mejores. Se sintió usada y entonces su aparente amor por él empezó a menguar. Entendió que solo a las heroínas de las novelas que leía, les sucedían cosas maravillosas, nada que ver con su realidad. Cuando faltó su período, el pánico hizo presa de ella y ni bien se lo comunicó a él, Rupert simplemente desapareció. Lo buscó en los burdeles y las zonas más pobres de la ciudad y cuando lo localizó solo fué para darse cuenta que él ya tenía una familia.

Dolida y humillada trató de contarle todo a su nana pero la vergüenza pudo más y calló. Decidió regresar a Inglaterra, necesitaba cuanto antes un marido y achacarle, su casi seguro embarazo. No le gustaba su acción pero que otra cosa podía hacer. Aceptó la fiesta que su madre le organizó para celebrar su cumpleaños y conocer posibles candidatos. Al final se arrepintió y decidió escapar por unos días a la villa de la familia en Escocia para tomar valor y contar la verdad a sus padres.

Y ahora daba gracias por su buena suerte.

La noche previa después de un ataque de histeria y llanto, se tomó el elíxir tranquilizante que le había recetado el médico y se durmió para despertar en la mañana con el grito de espanto de su nana y el cuerpo de un hombre dormido a su lado y que la mantenía abrazada por la cintura. Y lo demás sucedió con velocidad vertiginosa.

Cuando se levantó de la cama notó que la sabana y sus ropas de dormir estaban manchadas de sangre, por lo que su nana supuso que le habían robado su virtud. Pero ella suspiró aliviada porque solo había sido un retraso su supuesto embarazo, pero al querer explicar que nada había sucedido, su habitación ya estaba llena de sirvientes mientras que su nana gritaba histérica. Y entonces la tensión acumulada por el estrés, terminó por hacer que llorara abundantemente y todos los demás entendieron que era verdad que su honor había sido mancillado. Entonces comprendió que esa sería la oportunidad perfecta para obtener su libertad. El dinero que significaba su dote bien podía ayudarle a comprar un marido que la alejara del dominio paterno. Ansiaba conocer el mundo y vivir las aventuras de las heroínas de las novelas que leía.

Se alisó el vestido un poco antes de tocar la puerta de la biblioteca y suspiró. Cerró los ojos porque sabía que su padre le hecharía en cara la humillación y la mancha en la familia. Y no se equivocó, porque en el preciso momento en que entraba a la biblioteca y sin importale quien estuviera presente, su padre la abofeteó haciéndola caer al suelo. Neal, que era el más próximo, se apresuró a ayudarla y le limpió el hilillo de sangre que escapaba de sus labios y pudo darse cuenta de lo poco agraciada que era la media hermana de Terry pero también notó la determinación y el fuego en sus pupilas. Era sin duda una mujer decidida a no doblegarse ante nada porque ese mismo brillo, él lo poseía también en su mirada.

Pensó que por su bien, sería mucho mejor que no recuperara totalmente la nitidez de su vista. La ayudó a levantarse y la condujo hasta donde estaban sentadas las damas. Le observó desde lejos, y aunque pareciera una llorona en la mañana ahora se daba cuenta que tenía ante sí a una mujer orgullosa y con el porte de una reina. Otras en su lugar estarían con la cabeza baja pero ella se mantenía altiva y distante aguantando sus emociones, que tarde o temprano estallarían.

Catherine miró con odio a su padre. No supo cuando dejó de respetarlo. Quizás desde el momento en que se enteró de la verdad sobre Terry. Lo supo desde aquel día, cuando miró como su medio hermano se humillaba ante el todopoderoso duque suplicando ayuda para la chica que amaba y lo compadeció. La venda poco a poco fué cayendo de sus ojos y el odio que creía sentir por su medio hermano, y que fué alimentado por su madre, desapareció. Comprendió que la vida de él no había sido fácil. Siendo arrebatado del lado de su madre solo para tenerlo como un objeto más. Supo entonces del dolor y la humillación que sufría y entendió que detrás de esa coraza de dureza y desprecio solo se encontraba un adolescente herido y posteriormente un joven rebelde.

Y se vió reflejada en él. Su propia vida al lado de sus padres era infeliz. Había comprendido de pequeña que ella solo era un mero objeto de trueque. Educada con esmero bajo las más estrictas reglas del protocolo y haciendo hincapié sobre su pureza, que debía estar reservada solo para el hombre que fuera su marido. A pesar de su riqueza, su virginidad era su mayor tesoro. Algo que, si se hacían las alianzas adecuadas, aumentaría el prestigio de sus padres. Ellos siempre ambicionaron casarla con el heredero al trono y a la postre convertirse en princesa y futura reina.

Entonces empezaron sus rebeldías. Su madre le acachó su conducta a la mala influencia de Terry, su padre como siempre, no dijo nada. Sabía que sus oportunidades se reducían al matrimonio pero si tenía la oportunidad de hablar con el que ya consideraban su futuro esposo, le explicaría su plan. Se casarían, después de un tiempo conveniente él la repudiaría, se divorciarían, se repartirían la mitad de la dote y ambos serían libres.

— Quiero hablar con el señor Leagan — dijo tajantemente cuando escuchó la palabra matrimonio, pensando que era mejor tomar al toro por los cuernos — A solas — recalcó, dejando claro que no aceptaría una negativa.

— ¿Estás loca? — le susurró la duquesa.

— Por favor madre. No creo que algo malo me vaya a pasar.

Entonces se levantó, seguida de Neal que la miraba expectante, se dirigieron hacia un rincón de la biblioteca, a la vista de todos pero lo suficientemente alejados para que no pudieran escucharlos.

— Disculpe el misterio señor Leagan, pero antes que nada quiero disculparme por el mal entendido. Hablé con mi madre tratando de explicar lo sucedido pero como vé, son personas intransigentes. Si por mi fuera, no me casaría pero…

— ¿Pero qué?— preguntó Neal al notar su titubeo.

— Pero necesito hacerlo. Déjeme explicarle, al casarme inmediatamente heredaría un fideicomiso que mi abuelo materno dejó para mi hermano y para mí, el único requisito para accesar a él es el matrimonio además de que recibiría la dote correspondiente a la hija de un duque. Como se dará cuenta es una fortuna considerable.

— ¿Y qué tengo yo que ver con eso? — preguntó, comprendiendo el trasfondo del asunto, pero quería que ella hablara claro y sin rodeos.

— ¿No lo entiende? Le ofrezco la mitad de mi herencia, si acepta casarse conmigo. Después de un tiempo nos divorciaríamos y cada quien su vida.

— ¿Tan miserable es ser la hija del duque de Grandchester? — preguntó Neal con ironía.

— Pues si puede tomar como ejemplo a Terrence y al recibimiento que me dió mi padre, podrá darse una idea aproximada — le contestó con enojo — ¡Acepte, por favor! Usted es el único que puede ayudarme. Y si le preocupan sus obligaciones como esposo, le juro que nada pasará entre nosotros. Sé que no soy una belleza y que si este malentendido sale de aquí, mi futuro seguramente estará en la celda de un convento.

Neal no supo si sentir lástima por aquella joven mujer. Sin duda alguna era muy inteligente y temeraria. Si hubiera sido otro seguramente la habría tachado de loca y pensaría horrores de ella. Pero solo podía ver a alguien angustiado. Además estaba el hecho que se estaba ofreciendo como una transacción bastante jugosa para ambos. Sabía que al duque no le quedaría otra opción que entregar una buena dote que él administraría. Ahí estaba el capital que necesitaba para sus proyectos. Si era lo suficientemente inteligente esa fortuna se duplicaría.

— Espero que si acepta este acuerdo, permanezca entre nosotros dos. Si tiene alguna duda acerca de mi palabra, firmaremos un contrato nupcial y así no podremos deshacer lo comprometido.

— No hace falta, confío en usted y acepto.

— Solo un consejo, no deje que mi padre ponga sus condiciones — le dijo con una leve sonrisa.

Cuando Catherine se retiró, Neal y su padre estaban negociando la dote y las condiciones de la boda. Él había aceptado su supuesta falta y como caballero repararía la afrenta.

Terry en su habitación, miraba hacia el jardín donde la noche había caído ya. En las penumbras pensaba los giros inesperados que puede dar la vida. El por ese fatal accidente estaba ligado a Susana y ahora Neal por una borrachera debía responder ante su media hermana. Sabía que había gato encerrado pero no era un problema que a él le importara, total su padre y madrastra ya le habían hechado en cara que esta situación había sido su culpa. Esa sería la última vez que pisaría alguna propiedad de los Grandchester, entendía que tenía que enmendar sus errores, tratar de ser feliz al lado de Susana, sabía que no sería imposible llegar a sentir algo más que cariño por ella, era hermosa, inteligente, talentosa y sobretodo le estaba dando su espacio para que sanara su corazón. Recordó la primera vez que hicieron el amor, ella se rehusaba pero poco a poco se desinhibió y él se sorprendió de la fogosidad de sus caricias y besos y cuando la hizo suya se dió cuenta que él había sido el primero. Después de su entrega, Susana floreció, se dedicó a escribir, a leer y a producir para el teatro. Ella le ayudaba a perfeccionar sus interpretaciones y gracias al perfeccionismo y a las críticas que le hacía, él se convirtió en el actor consagrado y mimado de los productores. No había papel que no le ofrecieran y que él no lo interpertara y lo convirtiera como suyo… Le debía tanto a Susana, desde ahora en adelante enviaría los recuerdos de su pasado amor a un lugar especial de su corazón, merecía ser feliz y hacer felices a los demás… después de todo se lo había prometido a Candy.

A los pocos días se anunció el compromiso de Catherine y Neal en los diarios y se ofreció un baile en honor de los novios esa misma noche. Se fijó la fecha de la boda en tres meses y durante ese tiempo se hicieron los preparativos necesarios para el gran acontecimiento. Obviamente a los sirvientes se les compensó muy bien por guardar el secreto. La tía Elroy, Sarah y Eliza estaban felices porque emparentarían con la nobleza inglesa. Y si había suerte, Eliza se casaría con un duque o tal vez con un príncipe, pero lo que no sabían es que ella ya había entregado su corazón a un rudo escocés.

Neal cumplía como hombre comprometido, haciendo las visitas reglamentarias bajo la supervisión de la Sra. Montgomery. De vez en cuando llevaba flores o bombones nada más por aparentar, influenciado por Eliza. Pero los momentos que verdaderamente disfrutaba eran los paseos a caballo por los amplios jardines del palacete de los Grandchester.

Los pura sangre del duque eran de ensueño. Él había hecho migas con un gran semental azabache llamado Demon mientras que Catherine montaba una yegua blanca muy parecida a la que tenía Terry.

— ¿Teodora? — preguntó más al caballo que a los presentes.

— ¿Cómo sabe su nombre? — Catherine le regresó la respuesta con otra pregunta.

— Terry la montaba muy a menudo en el colegio.

Así eran sus escasas conversaciones. La mayoría de las veces solo tomaban el té y platicaban de lo establecido en el protocolo, como detalles de la boda o el clima. El resto solo era silencio interrumpido por el hilo y la aguja de la chaperona en turno. Ninguno hacía el más mínimo intento de conocer al otro, después de todo solo eran dos extraños que el destino había unido y era mejor seguir así. Sin sentimientos de por medio.

Pero el corazón femenino es traicionero y casi sin darse cuenta, Catherine, poco a poco se empezó a interesar por su prometido. En las pequeñas reuniones o a los bailes que eran invitados, observaba su elegancia y su andar felino. Los finos modales que tenían a la alta sociedad encantada pero sobretodo su innegable atractivo físico y su personalidad atrayente, que arrancaban suspiros a las damas presentes incluyendo a ella misma.

Alto, de piel bronceada, cuerpo atlético y ella ya había comprobado cuando compartían algún baile que Neal poseía músculos definidos y tonificados. Pero lo que realmente le fascinaban era el color de sus ojos, sus iris de un tono indescifrable muy parecido al café con leche que cuando estaban tranquilos parecían resplandecer pícaramente pero si algo le disgustaba o lo aburría se transformaban más oscuros como el chocolate.

Catherine no pudo sustraerse a su encanto y en la cacería de zorros que ofreció su majestad, se quedó sin aliento al verlo montar a Demon luciendo con gallardía su kilt y dejando saber que por sus venas corría sangre escocesa. Orgullosa ante el atractivo de su prometido, aceptó el zorro que Neal le ofreció y con el que mandaría hacer un manguito y adornar los puños y cuello de un fino abrigo. Sin poder contenerse, le agradeció el gesto con un beso en la mejilla. Sabía que debería detener sus locas fantasías pero no podía… ni quería.

Neal en cambio era respetuoso con ella, pero no podía negar que el estar con Catherine en público le fastidiaba, no tanto por su compañía, que le resultaba agradable si no por las miradas y cuchicheos que despertaban. Todo mundo sabía que su prometida no era una belleza, era más que evidente su nariz. Muchas veces escuchó como imitaban burdamente el graznido de los cuervos cuando ellos paseaban por los jardines de Kensington y miraba como algunos trataban de ocultar una risa maliciosa.

Pero con el paso de los días notó que esas miradas burlonas o comentarios con doble sentido por su aspecto, la herían por lo que decidió que sus visitas serían estrictamente en la residencia Grandchester y trataría de ser más atento con ella. Cuando descubrió su talento para el canto, no pudo evitar maravillarse por la calidez de su voz y por lo que transmitía. La habilidad de Catherine para cantar y tocar el piano era asombrosa… todo un estuche de monerías. Y pensó, que después de todo no sería tan sacrificado el convivir con ella.

© Tzitziki Janik.