JUNTO A TI

CAPITULO 7

Cuando abrió los ojos, ya era tarde. Lo supo porque la luz que se traslucía a través de las cortinas estaba bastante alta. Se colocó la bata mientras llamaba al servicio. Miró a través de la ventana y descubrió a Catherine paseando entre los jardines.

Llevaba el cabello peinado en una suave trenza, vistiendo una falda ligera de color azul oscuro y una blusa de algodón en rayas también azules pero más clara. El escote era discreto y las mangas cortas pero abullonadas. La cintura, enmarcada por una cinta de razo a tono con el color de su ropa y calzaba zapatos de tacón bajo propios para caminar entre el jardín o en la playa.

Hacía dos días que habían llegado a Devon y se instalaron en la casa de campo de un amigo de la familia. Ella insistió en pasar sus primeros días de recién casados cerca del mar y Neal a causa de los remordimientos que sentía, le cumplió el capricho. La observó limpiarse la nariz y los ojos, señal inequívoca que continuaba llorando. Y nuevamente se sintió ruin y culpable. Rápidamente se dió un baño y cambió para bajar hasta donde se suponía estaba su esposa, quería pasar un rato con ella tratando de remediar lo sucedido.

La encontró caminando por la escalera esculpida sobre la piedra del pequeño acantilado y que conectaba directamente a la playa. La miró cabizbaja con la mirada perdida en el azul infinito del mar y el cielo. Rió divertido cuando observó que una fuerte brisa, le aflojó el sombrero y este salió volando mientras ella apurada trataba de recuperarlo. Luego de sujetar el sombrero con los lazos a su cuello, la vió sentarse sobre la arena y miró como dibujaba algo con la ayuda de una pequeña rama.

El caminó cauteloso hasta donde estaba Catherine. Y cuando ella sintió su presencia rápidamente borró lo que garabateó en la arena. Casi al mismo tiempo se levantó y caminó de regreso a la casa.

No le dió tiempo siquiera de preguntarle que hacía sola en ese lugar y mucho menos de entablar una conversación. La vió alejarse corriendo y esa actitud le disgustó. Con enojo observó como las olas, en un suave vaivén, mojaban la arena. Dirigió sus ojos a la playa y miró el dibujo que Catherine había hecho. Era un corazón con los nombres de los amantes en su interior. Distinguió claramente el nombre de Cathy y el otro borroneado. Con furia dirigió la mirada hacia la mansión para luego patear la arena y destrozar el corazón.

Seguramente ella seguía enamorada del bastardo que la desfloró. No era que le preocupara en demasía pero nadie se burlaba y mucho menos utilizaba a un Leagan. Eliza y él eran los maestros de la manipulación, eran ellos los que movían los hilos de los demás y no al revés.

No supo el porqué, pero no le gustaba nada los sentimientos que estaba experimentando y fué que pateó con más fuerza ese pedazo de arena tratando de calmar sus emociones… y sus repentinos celos.

Soltó una gran carcajada al darse cuenta el camino que habían seguido sus pensamientos pero no podía negar que sentía coraje. Su orgullo de hombre estaba herido porque ninguna mujer que hubiera hecho el amor con él podría siquiera pensar en otro. Y soltó otra carcajada porque en realidad ellos no hicieron el amor… él solamente la tomó con violencia.

Seguramente en ese momento, cuando él estaba dentro de Catherine, ella estaba pensando en su amante y en la maravillosa entrega que habían tenido… nada comparado con la rudeza de ese momento. Y por tercera ocasión se rió tan fuerte, celebrando su estupidez por sentir celos de un don nadie.

Los días siguientes fueron apacibles gracias a la tregua no pronunciada entre ellos. Se dieron cuenta que si iban a convivir por algunos meses al menos deberían tratarse con respeto. Tomaban sus alimentos juntos y compartían la hora del té.

Luego ella se encerraba en la sala de bordados y él en la biblioteca. Muchas veces Neal estuvo tentado a traspasar la puerta común de sus habitaciones y dormir con ella, después de todo era su mujer pero por mucho que lo deseara no se atrevía a hacerlo. El sólo recuerdo de saberla gozando en otros brazos le provocaba náuseas y apagaba su pasión.

Catherine en cambio, pasaba parte de las noches sentada al borde de su cama, mirando fijamente esa puerta. Con la vaga esperanza de que él entrara y la tomara entre sus brazos, la besara y le hiciera el amor como había leído en esas novelas eróticas y románticas que le exaltaban la imaginación.

Pero bien sabía que él jamás entraría.

Neal descubrió su vergonzoso secreto y seguramente, aunque no sintiera nada por ella, cualquiera que se diga hombre, la repudiaría. Tal vez su silencio era su venganza. Recordaba el momento cuando él estuvo a punto de descubrir su nombre en el ridículo corazón que dibujó sobre la arena. Al sentirlo cerca instintivamente borró el Neal que había escrito lo más rápido que pudo y huyó de igual manera, antes de que descubriera en sus ojos que estaba perdidamente enamorada de él.

Cuando el sueño y el cansancio la vencía, dormía soñando con él y en lo maravilloso que sería que la amara en todos los sentidos. Así era su vida de casados, tratándose cordialmente pero en el fondo queriendo conocerse aunque ninguno se atrevía a dar el siguiente paso. Ella por miedo a que descubriera sus sentimientos y él sintiéndose rechazado y hasta cierto punto un extraño en su vida.

Esa mañana durante el desayuno Neal le habló.

— Regresaremos a Londres para hacer algunos trámites. Entre ellas el cambio de ciudadanía, perderás el título de lady y serás simplemente la señora Leagan. En mi país no existen títulos nobiliarios.

— Pero ¿Y el acuerdo que hizo conmigo?

— ¿Te refieres al de convivir un tiempo, divorciarnos y cada quien por su lado? — ella asintió — Bueno ese sigue en pie hasta que tu padre no saque otra bendita claúsula de ese estúpido contrato matrimonial.

— Está bien — fué todo lo que Catherine dijo y se levantó — Debo ordenar que se hagan las maletas para regresar a Londres y partir cuanto antes.

Los días siguientes fueron pesados. Trámites, firmas, transacciones de depósitos en el banco de los Andrew y los incontables baúles que conformaban su equipaje. Su madre y Eliza se quedarían hasta la siguiente temporada de bailes en Londres junto con la tía Elroy, su padre casi después de la boda de William y Candy había regresado a Estados Unidos y solo llegó de nuevo a Londres dos semanas antes de la suya con Catherine para luego embarcarse a Sudáfrica y comprar diamantes que luego enviaba a Bélgica para su tallado y venderlos en América.

Zarparon muy temprano de Southampton y su rutina siguió igual, ahora con la excepción de que Catherine se quedaba largas horas con la mirada perdida en el horizonte azul. Solo sus dos yorkshire, le arrancaban de los ojos la tristeza que se reflejaba en su rostro.

No quiso asistir al baile que inauguraba la travesía, ni tampoco a las invitaciones que les hicieron llegar algunos de los otros pasajeros. Repentinamente parecía enferma. Solo acudía Neal y ella se quedaba a contemplar el mar o a caminar con sus perros en la cubierta privada de su suite. Tomaba el sol temprano o ya cuando los rayos no podían estropear su piel. Casi siempre llevaba su cabello sujeto en una trenza pero algunos mechones se escapaban mecidos por la brisa marina. Y en esos momentos en que su mirada parecía perdida en lontananza, a Neal le gustaba, dibujándose en su rostro una leve sonrisa.

Esa tarde a Neal le llegaron las risas de Catherine y los ladridos de los perros que se desvivían porque los acariciara o jugara con ellos. Dejó a un lado el diario porque su curiosidad pudo más. Desde que se casaron nunca la había escuchado reír tan alegremente y sigilosamente, con su copa de whiskey en la mano, bajó los escasos escalones que lo separaban de la cubierta.

La vista era encantadora.

Ella estaba corriendo suavemente, lanzándoles una pelota y sus perros tratando de alcanzarla y tirando del encaje de su falda. Miró como uno de ellos desgarraba la fina tela pero a ella pareció no importarle, al contrario, lo instaba a jalar más. Catherine no supo como pero los perritos la enredaron haciéndola trastabillar y caer aparatosamente, golpeándose la frente y provocándole una pequeña herida sangrante.

Neal al ver esto instintivamente su mano dejó caer la fina copa, haciéndose añicos en el piso, bajó los últimos tres peldaños de una zancada. Parecía que se había desmayado porque seguía tendida en el suelo. Aunque quiso ser más rápido, un joven oficial del barco le prestó auxilio ayudándole a levantarse. Le colocó un pañuelo sobre la herida y la sentó sobre uno de los camastros para tomar el sol.

Neal de pronto se quedó sin saber qué hacer. El oficial le prestaba ayuda en forma solícita y el trato que le daba era igual que a otros pasajeros. Pero él veía todo de distinta manera a causa del enojo que estaba sintiendo recorrer su cuerpo, formando un nudo inexplicable en su estómago. Era posesivo con lo que es suyo y nadie tenía permitido tocarle.

— Catherine… Catherine… ¿Estás bien? — preguntó, deseando ahorcar y tirar por la borda a ese par de perros. Los cuales miraban a su dueña entendiendo que habían hecho algo malo.

— Estoy bien, solo un poco mareada por el dolor — ella le contestó.

Él retiró el pañuelo que sirvió de compresa con la intención de examinar la herida. Era pequeña y tal vez no ameritaría sutura, solo un par de vendoletes. Tocó suavemente el sitio del hematoma tratando de encontrar fracturas o alguna otra lesión profunda. Observó el rictus de dolor pero no escuchó queja alguna. Y entonces su evaluación inicial se desvió. Ya no veía la herida, solo la blanca piel que ahora lucía un poco mas pálida

Secó con su pañuelo el sudor que corría por la frente de Catherine y se detuvo en los párpados y miró el temblor de las pestañas, señal inequívoca que le estaba doliendo mucho el golpe. Su mirada bajó hasta los labios que en un instante le parecieron tan deseables. Temblaban finamente como cuando un niño quiere llorar. El mohín le provocó el deseo de tocarlos y lo hizo de una forma tan delicada y suave que Catherine tuvo que abrir los ojos para comprobar que sus sentidos no le estaban jugando una mala pasada.

Entonces Neal pudo observar el color hazel de su mirada, que lo veía sorprendida. Detalló el iris coloreado de un tono verdoso veteado de dorado y avellana e incluso descubrió algunos azules. Eran unas pupilas hermosas, no pudo resistirse y acarició con dulzura las mejillas y en un impulso besó, casi en un roce, los rosados labios.

El corazón de Catherine parecía a punto de explotar por las miles de sensaciones que Neal le provocaba con su dulce caricia. Sentía los masculinos labios acariciando los suyos, con suavidad, con delicadeza, las grandes manos acunando su rostro como temiendo que ella pudiera escapar y sonrió, al notar el picor de la incipiente barba de tres días de su marido sobre su mentón.

Miró obnubilada los párpados cerrados de Neal y cuando por fin se rindió a su caricia, cerró de nuevo los ojos y se atrevió a tocar los cabellos, entrelazando sus dedos con las hebras castañas rojizas. Un suave carraspeo interrumpió el mágico instante y giró el rostro abochornada al notar a el oficial médico de la tripulación mientras Neal trataba de recuperarse de su arrebato.

Se alejó un poco para dejar que examinaran a Catherine y calmar su corazón y deseo de seguir besándola. Los labios de su mujer eran dulces y se acoplaban a la perfección con los suyos. Si un beso así de suave le quitó el aliento ¿Cómo serían los más apasionados? Y entonces tuvo que admitirlo… estaba sintiendo algo especial por ella, no sabía si era amor porque la única vez que pensó estar enamorado había sido de Candy pero ahora todo esto era nuevo y diferente. Y eso le asustaba porque estaba acostumbrado a otro tipo de mujeres y de reacciones.

Por primera vez descubría a Catherine como mujer, ya no le importaba su horrenda nariz porque todo lo demás en ella era bello. Casi cinco meses de convivencia y en realidad nunca se había tomado el tiempo de conocerla. Tres meses como novios comprometidos y casi dos desde su boda y hasta ahora se daba cuenta que su mujer era hermosa.

Se supo ganar a su madre y hermana, sobre todo a Eliza que era muy celosa con él. Y tenía encantada a la tía Elroy. Siempre atenta y educada con todos, desde el más humilde miembro de la servidumbre hasta el más encumbrado. Se preguntaba cómo había sido criada siendo hija de los duques y media hermana de Terry. Y en esos instantes supo la respuesta, al ver como la nana Montgomery le auxiliaba. Esa señora le educó y le dió el amor que sus padres le negaron. De pronto vió reflejada parte de su infancia en ella. Ambos nacidos en cunas de oro, rodeados de lujos y cumplidos sus más mínimos caprichos… pero solos. Suspiró. Ya no tena caso recordar el pasado. Ahora estaba dispuesto a crear su propio futuro… junto a ella, se dijo por lo bajo.

El médico recomendó reposo y un tónico para el dolor mezclado con un poco de vino. A media noche Neal tocó suavemente la puerta. No podía dormir así que decidió relevar a la nana y dejarla descansar.

— Váyase a dormir, yo me quedaré cuidándola — ordenó.

— Ella es mi responsabilidad — le contestó la dama.

— No… es mi esposa y ahora también es mi responsabilidad. ¿Acaso ya se le olvidó aquello de en las buenas y las malas, en la salud y en la enfermedad? — dijo Neal en su tono sarcástico y con una sonrisa maliciosa.

— Esos votos los cumplí hasta que murió mi esposo… pero parece que a usted se le habían olvidado pero me alegro que los recordara — le dijo con una sonrisa — El tónico le toca a las 3 de la mañana y hay que despertarla — le dió indicaciones para luego agregar — pero hágalo con cuidado y… cuídela mucho, por favor.

Neal ya no dijo nada, se limitó a asentir. Luego se dirigió hacia la cama lo que le impidió observar como la nana trataba de ocultar una gran sonrisa.

Él se acercó y miró como Catherine se revolvía inquieta entre las sábanas. Le tocó con cuidado las mejillas y las sintió calientes. Tomó una pequeña compresa y la humedeció en la jofaina y procedió a refrescarla, como había visto hacer a las enfermeras o nanas cuando él o Eliza enfermaban de fiebres siendo pequeños. Con la compresa entre sus manos quiso colocarla en la frente pero no había espacio a causa del vendaje así que le desabotonó el camisón y dejó libre su pecho.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al sentir las turgencias de los senos y notar el erguido pezón a través de la tela, que se obligó a apartar la mirada y concentrarse en tratar de refrescarla. Le quitó los edredones y colocó compresas en sus pies. Por un momento llego a su cabeza el recuerdo de haberla visto desnuda y lastimada por él y una vez más se sintió miserable.

Aunque ella no lo dijera era evidente que estaba enferma, perdió peso y su rostro se había afinado notando su parecido con el duque. Se le veía cansada y eso le preocupaba. Aunque ella se las arreglaba para estar siempre encerrada en su mundo de bordados, lectura, paseos con sus perros, procurando compartir lo menos posible en su compañía. De pronto sus pensamientos fueron interrumpidos por un suave gemido y muy quedo escuchó su nombre.

— Neal… Neal… me duele — ella susurró.

— Aquí estoy — Conmovido le contestó en el oído al notar que ella seguía dormida — Catherine… Catherine… despierta, es hora de tu medicina. Abre los ojos por favor.

Neal repetía una y otra vez hasta que logró que ella abriera los párpados. Lo miró con la vista un poco perdida, tratando de ubicar el lugar donde se encontraba, luego tocó su frente y de pronto comprendió.

— ¿Qué hace aquí? — le espetó.

— Cuidándote ¿Qué no lo has notado?

— ¿Y nana? Seguramente la corrió y… ¡Auch! — se interrumpió de pronto al marearse por tratar de levantar un poco la cabeza.

— ¿Estás bien? — preguntó Neal preocupado.

— Me duele y todo me da vueltas.

— Recuéstate — le ordenó — has tenido fiebre pero creo que ya la controlé.

— ¿Me ha estado cuidando?

— Sí.

— Gracias — le dijo un poco sonrojada y sintiendo su corazón saltar de alegría… Neal… Neal estaba preocupado por ella.

De pronto una copa con tónico mezclada con vino apareció ante sus ojos. Ella hizo arcadas pero le bastó ver la mirada retadora de Neal y Catherine obedeció como una niña pequeña, tragó todo el contenido sin chistar para luego hundir su cabeza entre las almohadas y cerrar los ojos ante el poder de esa mirada. Recordó el beso tan dulce que él le obsequió y no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro que se ensanchó más cuando sintió el cuerpo de Neal recostarse a su lado.

Ella abrió los ojos solo para encontrarse con la mirada oscura de él. No supo interpretar lo que aquel par de pupilas le querían decir. Y nuevamente se obligó a desviar la mirada. Entonces él le acarició el contorno de su rostro y le habló casi en los labios.

— ¡Abre los ojos por favor¡ — le ordenó y ella obedeció, estremeciéndose al sentir ese cálido aliento rozar su boca — ¿Me tienes miedo? — le preguntó y ella negó suavemente — ¡No mientas! Quiero la verdad — y ella asintió mientras una lágrima escapaba de sus ojos — ¡No llores por favor! Lamento lo que pasó en nuestra noche de bodas, te lastimé y en verdad lo siento mucho por favor perdóname —Catherine otra vez asintió — No, así no… quiero escucharlo.

— Lo perdono — le susurró.

— No te escuché — El insistió.

— Lo perdono — le dijo un poco más fuerte.

Y en el momento cuando la última sílaba escapaba de sus labios, Neal aprovechó para atrapar el suave aliento con otro beso. Quería que ella tuviera la boca abierta para poder besarla a su antojo, saborear la calidez de sus labios y probar el vino mezclado con el sabor dulce que ya conocía. Acarició con ternura la lengua y delineó con la suya los labios de ella. Un gemido de placer le hizo aumentar la intensidad de sus jugueteos y cuando el aire les hizo falta, ella se escondió en su pecho.

Neal aspiró el perfume de sus cabellos y la atrajo hacia sí. Abrazándola. Ella se acurrucó contra el fuerte cuerpo y cerró los ojos, suspirando. El medicamento le había hecho efecto. Neal sintió la suave respiración y el vaivén de sus hombros notando que estaba profundamente dormida.

Le besó la frente y antes de quedar el mismo totalmente dormido, notó que ella calzaba a la perfección en los espacios dejados por su cuerpo y sonrió satisfecho. No sabía si era amor lo que sentía, pero de una cosa estaba seguro… pronto descubriría que tan fuerte eran sus sentimientos por ella.

La mañana sorprendió a los esposos abrazados y dormidos. Neal fué el primero en abrir los ojos y le miró. Sintiéndose feliz, él mismo preparó el baño esperando a que ella despertara.

— ¡Buenos días dormilona! — Le dijo con su natural encanto.

— ¡Buenos días! — Le contestó y se cubrió el rostro con las sábanas al descubrir a su esposo sin camisa, luciendo su torso desnudo.

Catherine miró los amplios pectorales, los bíceps y deltoides marcados. Deseó como nunca poder acariciar los velludos brazos y el abdomen, cuyo sendero de oscuros vellos apuntaban perfectamente hacia el sur hacia aquel tesoro de placer que ella ansiaba más que nunca. Tragando saliva con dificultad, bajo las sábanas, trataba de apaciguar el tamborilear de su corazón, casi estaba segura que él podía escuchar ese latir loco. Su respiración se entrecortó y tuvo que morderse los labios para ahogar un gemido ante placentera visión. Él sonrió. Ese acto era más típico de una mujer avergonzada por haber hecho algo prohibido. Entonces recordó su descubrimiento en su noche de bodas.

Y el aguijón de los celos le punzó el corazón.

Quería saber la verdad… tenían que sincerarse.

— Ven — le dijo obligándola a descubrirse, luego él la llevó en sus brazos hasta el cuarto de baño — Necesitas un baño.

— ¿Qué, acaso insinúa que…?

— Yo no insinúo nada — le dijo callándola con un dedo sobre sus labios — solo que esa venda luce horrorosa en ti — e inmediatamente cerró la boca.

Había metido la pata.

Sabía que sus palabras le hirieron. Ella era insegura en cuanto a su aspecto y no se daba cuenta que poseía otros atributos que volverían loco a cualquier hombre, como ya había sucedido con él. Cuando era lastimada, ella se colocaba a la defensiva y en este caso en que estaba vulnerable no era la excepción.

— ¿Cree que no lo sé? Todas las mañanas al verme en el espejo noto que no soy una beldad ni mucho menos soy la belleza con la que esperaba casarse. Todos los días las personas me recuerdan lo fea que soy. Con una mirada, con un gesto de asco o de conmiseración por mi aspecto… creo que si no llevara el apellido que llevo, nadie se dignaría a mirarme, hablarme o mucho menos amarme. Ser una Grandchester-Fitz James ha sido una bendición como mi ruina.

El no supo que decir, quiso acercarse y de alguna manera reconfortarla ahora que su relación parecía mejorar no deseaba que todo se fuera al traste. Pero ella con un gesto de asco se miró al espejo, rechazó el delicado gesto de Neal y luego dió la vuelta tratando de ahogar los sollozos de su cuerpo. El no desistió y le acarició suavemente un hombro y Catherine le rechazó, una vez más, con fuerza.

Ese acto de repudio, le dolió tanto que las palabras salieron sin permiso de su boca. El hombre caprichoso y voluntarioso salió a flote con la intención de herirla, de lastimarla.

— Pues no creo que al tarado al que le entregaste tu virtud, le importaras mucho.

— ¿Qué? — ella se volvió indignada.

— Lo que escuchaste, seguramente era un pelele con algo de atractivo que te enamoró y luego se burló de ti… ¿Por qué te dejó? Anda dime… ¿No fuiste lo suficientemente buena en la cama?¿O quizás pudo mas el asco que su supuesto amor?¡Ya sé! Seguramente eres de esas puritanas frígidas que no se excitan ante nada y prefirió a una mujer de verdad que hacerle el amor a alguien como tú… cuéntame, quizás así se te quite la amargura. Por eso, cuando tu padre descubrió tu deshonra, no encontró a otro estúpido para tapar tu falta, era mejor un escocés americano que otro… ¡Maldita la hora en que me encontré a tu hermano y me emborraché, porque si hubiera estado cuerdo habría salido corriendo al ver lo horrenda que eres! Lo bueno que "mi sacrificio" ha tenido su recompensa — Le dijo con dolor, sintiéndose celoso y un bastardo.

Cuando terminó de hablar, supo que el daño era irreversible.

Le bastó ver el rostro enmudecido de Catherine, con la boca abierta tratando de hablar e inhalar aire al mismo tiempo. El brillo de dolor en los bonitos ojos, le lastimó y le hizo sentir un vuelco en el pecho. Ahora era más que un canalla. Primero la tomó a la fuerza, luego la ilusionó con caricias y besos dulces para terminar clavándole un puñal. Entonces supo que él no era mucho mejor que el miserable que la lastimó.

Él era mucho peor… mucho peor.

Porque estaba consciente de que su unión solo había sido una transacción.

El fué comprado y no le importó porque pudo más su ambición.

Yo… ¡Por favor perdóname! — le dijo tratando de remediar lo irremediable.

Ella solo asintió en silencio, con el rostro desencajado y los ojos acuosos. Con dignidad salió del cuarto de baño pero no pudo llegar hasta la cama porque se desvaneció.

© Tzitziki Janik.