Capítulo erótico... advertidos.

JUNTO A TI

CAPITULO 9

Los días siguientes fueron apacibles. Su llegada a Nueva York y su posterior viaje a Lakewood fueron tranquilos. Neal había decidido instalarse unos días en la mansión familiar antes de continuar su viaje a Miami. Los médicos en NY le habían dicho que Catherine necesitaba descanso y comer adecuadamente para recuperarse.

Ella quedó fascinada con la mansión de los Andrew en Lakewood pero la de los Leagan no se quedaba atrás que era más pequeña pero igual de hermosa. Ya casi llegaba el otoño y los caminos estaban tapizados de miles de hojas que caían de los árboles que poco a poco se cubrían de los castaños, ocres y dorados que caracterizaban la época. Catherine y Neal daban largos paseos tomados de la mano y de cuando en cuando, él la besaba y acariciaba, unas veces con ternura desmedida y otras con pasión contenida.

Ese día Neal la subió hasta la habitación que a partir de ese día compartirían, aunque todavía no se lo había dicho. La depositó suavemente en la cama y ella le miró sorprendida cuando miró que él empezaba a desvestirse.

— ¿Dormirás aquí? ¿Conmigo?

— Si… ¿Te molesta?

— En realidad no — Le comentó coqueta.

— Que bien, porque de ahora en adelante ya no más habitaciones separadas. Descansa, hoy ha sido un día muy pesado.

— Yo… necesito a mi nana. Estoy acostumbrada a que ella me ayude.

— Le dije que lo haré yo… yo te ayudaré.

Entonces Neal, sonriendo pícaramente, con lentitud empezó a desabotonar el vestido, luego a bajarlo delicadamente y colocarlo sobre el sillón. Todo el día estuvo ansioso esperando que llegara la noche, seducirla y hacerle el amor. En los días anteriores los juegos amorosos entre ellos habían aumentado de intensidad. Besos, caricias en lugares prohibidos, que solo los hacían excitarse más ante la zozobra de ser descubiertos. Roces de sus manos tocándose a través de sus ropas o por debajo de la mesa, arrancándole suspiros a ella y que a él le encendían la sangre.

Pero esta noche él había decidido hacerla suya. Ya no podía esperar más. Quería redimirse ante ella y demostrarle que si aquella vez había sido un bastardo, en esta ocasión sería el amante perfecto que la hiciera gozar sobremanera. Ofrecerle su corazón sin restricciones junto con una lluvia de caricias y besos.

Sirvió el champán que previamente ordenó enfriar y le ofreció la copa llena del espumoso líquido. Le miró seductor y coqueto, ella casi se atraganta al notar el fuego en esos ojos que adoraba. Luego Neal delicadamente le ayudó con el fino fondo hasta dejarla solo con el corpiño y las bragas. Deslizó los lazos del sedoso sujetador, delineando con sus dedos la suave piel de los hombros, provocando que miles de pequeñas corrientes eléctricas recorrieran el cuerpo de su amada y el suyo propio.

Catherine ante las tiernas caricias, simplemente se dejó hacer. Se abandonó ante lo que le provocaba Neal. Sintió los ardientes labios recorrer la curva de su cuello y los hombros. Las fuertes manos la tenían sujeta por los brazos y bajaban acariciando su vientre plano. Con cada toque, con cada caricia el placer que sentía se iba acumulando. Pronto sintió su intimidad palpitar con fuerza y deseo por su hombre.

El la pegó aún más a su cuerpo y ella sintió la dureza de su sexo. Poco a poco la prenda fué deslizándose hasta llegar al suelo y dejarla con el torso desnudo. El la miró con una ceja levantada y la animó a desvestirlo. Con dedos temblorosos Catherine fué deslizando los botones de la camisa y luego él la guió hasta el pantalón. Neal tomó las pequeñas manos y las colocó en el frente de sus caderas para que ella palpara la excitación que pedía por ser liberada.

Lentamente le besó en los labios, saboreando la pasión en ellos. La tomó por la cintura y acarició su bien formado trasero, deslizando sus dedos a través de la seda de sus bragas y entre el ligero. La sentó al borde de la cama, desabrochó los clips que sujetaban las medias de seda y encaje y se inclinó para deslizarlas recorriendo sus piernas. El la sintió estremecerse conteniendo los gemidos ante el roce de sus dedos. Catherine no lo sabía pero a Neal le encantaba acariciar las piernas cubiertas de seda. Las medias oscuras y de encaje eran su fetiche y desde luego, las que ella vestía no eran la excepción. De un tirón deslizó el ligero junto con las bragas, dejándola totalmente desnuda para poder disfrutarla a su antojo.

— ¡Exquisita! — le susurró y tomó de nuevo su boca, de un modo tan posesivo que la volvió loca.

Porque esta vez el beso era más carnal, más sensual y lleno de deseo. Era fuego contra fuego. El la inclinó poco a poco hasta recostarla sobre la cama, donde siguió besando y acariciando a su mujer, quien solo gemía quedamente incapaz de hablar, totalmente subyugada. Tenía los ojos fuertemente cerrados temiendo que solo se tratara de uno más de sus sueños, pero no, esto que le estaban haciendo y que le provocaban sensaciones inexplicables y placenteras, era mil veces mejor.

De pronto sintió en su cuerpo una corriente de aire frío y abrió los ojos angustiada pensando que su imaginación le jugó una mala pasada, pero grande fué su sorpresa al ver como Neal se deshacía de los pantalones y de su ropa interior. Miró curiosa el cuerpo desnudo de su marido y bajó la vista hasta llegar a ese rombo de vello oscuro que ya anteriormente la había vuelto loca y que cubría parcialmente el erguido sexo. Sonrió para sus adentros al comprobar que no se había equivocado al imaginar aquello que deseaba desde hace mucho tiempo.

Travieso, Neal dió la vuelta para tomar un trago más de su copa y poder ofrecerle una vista maravillosa de su bien tonificado trasero y de sus piernas cubiertas de un fino vello. Hasta a él llegaba claramente la respiración entrecortada de ella y casi podía oler la excitación que seguramente ya la tenía totalmente húmeda y lista para recibirlo. No queriendo hacerla esperar más, acortó de tres grandes pasos la distancia que los separaba. La miró expectante, deseosa y temblorosa y entonces ella se recostó lánguida sobre la cama, abriendo de par en par las piernas y ofrecerle la maravillosa vista de una mujer totalmente enamorada y rendida, dispuesta a dejarse hacer lo que él quisiera.

Neal pudo notar los oscuros vellos ya mojados de su sexo, esperando deseoso por él. Los pliegues palpitantes y la carne trémula de sus muslos y caderas. Y las manos acariciándose como si se tratase de un amante imaginario. Al verla tocarse de esa manera, el masculino corazón se desbocó y su sexo lo urgió buscando la satisfacción.

Pronto Neal se acomodó entre las suaves piernas y prosiguió a besarla y acariciarla preparándola para la entrega. Ella gimió al sentir esa dureza palpitando en su vientre bajo, incitándola y excitándola.

— ¡Mírame! — exigió — quiero ver la pasión desbordaba en tus ojos… quiero ver mi propio placer reflejado en los tuyos — le besó suavemente y con voz ronca y excitada— Quiero escuchar como gimes cuando te haga mía. Quiero ver cómo te estremeces al liberar tu éxtasis. Quiero sentir tu sexo convulso sobre el mío. Sentir que nuestras humedades se conjugan, sentir como estallo en tu interior… quiero sentirte mía en cuerpo y alma.

Jadeante ante la erótica confesión, ella abrió los ojos y fijó su mirada en los de él. Deslizó sus manos por entre sus cabellos y lo atrajo besándolo con pasión. Ya no podía más.

Ya soy tuya desde hace tiempo. Nada antes y después de ti existe. Te amo como no creí poder amar a alguien. Te deseo con locura — y le guió la mano hasta su sexo — ¿Sientes como palpita por ti? Solo espera que lo tomes porque ya está totalmente rendido ante lo que le provocas.

Entonces Neal besó los pechos albos y cálidos haciéndola estremecer de placer. Suavemente lamió los pezones y succionó de ellos, provocando que un sensual y profundo jadeo escapara de la boca de ella. Siguió cubriendo con besos su cuerpo viajando cada vez más hacia el sur y cuando creyó conveniente, le obsequió el beso más íntimo que jamás le habían dado.

Catherine se arqueó al sentir los labios y la húmeda lengua acariciando sus pliegues más profundos. Neal era un maestro de la seducción, nada comparado con las burdas caricias de su primer amante. Ya no le importaba que no fuera virgen porque esta era la primera vez que estaba haciendo el amor.

Poco a poco el placer que Neal le prodigaba, se concentró en un punto en lo más profundo de su vientre, haciendo que se tensara hasta liberar toda la pasión acumulada. Sintió como una energía le recorría de pies a cabeza haciéndola estremecer. Su corazón palpitaba con fuerza, su respiración agitada y las manos hundidas en la cabeza que le seguía torturando hasta alcanzar un segundo clímax.

Luego el fuego de la boca de él presionando la suya, sintiendo el peso de Neal sobre su cuerpo posesionándose entre sus piernas, dispuesto a reclamarla como suya. Ella abrió los ojos fijando sus pupilas en las de él, miró los húmedos cabellos adherirse al varonil rostro, lo tomó entre sus manos y le besó ansiosa mientras al mismo tiempo Neal se introducía dentro de ella de un solo envión. En ese aspecto Neal era posesivo y dominante. Le encantaba la forma en que ella le miraba tratando de mover sus caderas al ritmo impuesto por él. Y eso lo hacía sentirse glorioso y soberbio. Con cada vaivén, le repetía que era suya y que no tenía permitido pensar en nadie más, solo en él.

Sus movimientos era lentos, pausados, disfrutando de los ardientes roces de sus sexos. Le encantaba la forma en que ella gemía y se mordía los labios tratando de aguantar un grito apasionado. La mirada hazel obscurecida por el deseo, el fino sudor que humedecía su cuerpo y se mezclaba con el aroma de sus sexos.

— Mía — Le repetía — … solo mía.

Poco a poco las respiraciones se agitaron, aumentaron los gemidos y los susurros ahogados ahora se intensificaron. Incapaces de contenerse, juntos alcanzaron el ansiado cielo y ahogaron su lujuria en un arrebatado beso.

Sus cuerpos convulsos pedían más y cuando Neal bañó con su calidez su interior, ambos supieron que se pertenecían. Ella cerró los ojos cuando en el último espasmo él la mordía suavemente entre el cuello y el hombro marcándola como su propiedad. Luego se dejó ir totalmente desmadejada ante esa sensación combinada de placer y dolor. No quería separarse de él porque aún deseaba sentirlo dentro de ella. Neal la complementaba de sobremanera… y entonces ocurrió el milagro.

— ¡Te amo! — le susurró Neal al oído — Estoy enamorado por primera vez en mi vida.

— Dímelo… repítelo una y otra vez – ella le suplicó.

— Te amo… te amo… te amo — le decía entre pequeños besos — No creí poder amar a alguien así. No me importa si mañana muero o te pierdo porque tendré la dicha del recuerdo de haberte hecho mía.

— ¡Neal… mi Neal! Mi esposo, mi hombre y ahora mi amante. Me has hecho tan feliz, mi dueño y señor.

— Ahora eres mía y yo soy tuyo. — Y una vez más la besó.

Se durmieron cansados y satisfechos. Cuando las mucamas entraron a la habitación de su señora, miraron con picardía aquel par de cuerpos desnudos cubiertos parcialmente por las sábanas y que dormían plácidamente abrazados. La nana las sacó a empellones y bajó las cortinas de los doseles de la cama.

Dos días estuvieron encerrados en la habitación. Hasta el pasillo se escuchaban los gritos ahogados de la señora y de vez en cuando los del señor. Neal poco a poco le fué enseñando los caminos del placer hasta moldearla a la perfección.

Ella era el complemento idóneo para él.

Sin esperarlo Neal había encontrado su alma gemela, alguien que lo amara sin restricciones y que no cuestionara su pasado. Sonrió al recordar esa plegaria hecha meses atrás… había pedido a alguien especial y se lo concedieron sobremanera.

© Tzitziki Janik.