El miedo tiene vida propia. Late, se mueve, respira. Los temores serpentean por la mente humana, oscureciendo cada resquicio de luz, cada mínimo pensamiento positivo reduciéndolo a simples sombras, a cenizas, a manchurrones que cubren por completo una hermosa obra a medio terminar. Escupen su veneno, resquebrajan la blancura del alma, crean fisuras donde se escurren los monstruos que llevamos dentro. Y el dolor que produce su cruel aguijón fue lo que hizo a Eren erguir bruscamente el tronco, con los ojos empañados en lágrimas.
En medio de la soledad de un dormitorio lleno de gente.
¿Dónde estás?
Su frágil figura resaltaba bajo las sábanas, que escondían con su inmaculado albor su piel marmórea, nívea, tersa, suave. Su cabello rubio guardaba entre sus mechones el recuerdo de los últimos rayos de sol, y todavía resplandecía discretamente en medio de la negrura. Acurrucado dándole la espalda parecía el ser más indefenso de la faz de la tierra. Hincó las uñas en su hombro y comenzó a moverle hacia sí y hacia la pared, sin ser capaz de detener el llanto. Sus párpados se elevaron lentamente en tanto que se daba la vuelta para identificar a quien le reclamaba.
-¿Eren...?-pronunció su nombre en un susurro ronco, en tanto que se iba incorporando.-¿Qué sucede?
Sus brazos envolvieron el cuerpo de su compañero en apenas un suspiro. Escondió la cabeza en el hueco que conformaban su cuello y hombro, derramando sobre él dolorosas lágrimas que empapaban su pijama. Armin entrelazó ambas manos sobre los riñones del contrario, acostándose de nuevo en la cama para atraerle hacia él. Pocas veces le había sentido temblar de aquel modo.
-¿Qué te pasa, Eren?-reformuló la pregunta, esta vez con un tono más claro. Buscó su glauca mirada entre saladas gotas de agua, hasta que la abrazó con el fulgor cerúleo de sus ojos claros.-¿Has tenido una pesadilla?-Inquirió esta vez. Si en medio de la noche salía de su cama buscando el contacto ajeno solía ser por ello.
La cabeza del moreno se movió en señal de asentir. Armin le estrechó más contra sí, suspirando. No había perdido la costumbre. Desde que eran tan solo unos niños, cada vez que Eren tenía pesadillas, se iba a casa de su amigo, aunque fuese en medio de la madrugada, muchas de las veces descalzo, sin miedo a clavarse piedras o cristales en los pies, bajo la lluvia, a veces la nieve, y le tiraba piedras a la ventana para que le dejara entrar y se colase en su camita.
-Soñé que no podía hacerlo... Que esos cabrones nos vencían...
El corazón de Armin se encogió. Realmente aquella no era solo una pesadilla, sino una posibilidad. En el caso hipotético de que Eren fallara en su misión y solamente fuese un lastre para la humanidad, ni la primera ni la última persona contenida entre los muros se salvaría de un destino atroz. La destrucción, el caos, el olor a sangre y cenizas danzando en el ambiente, igual que la última vez que pudieron pisar las calles de su cuidad natal. De la garganta entrecerrada de un lloroso y arrepentido Eren se escapó lo inevitable:
-Soñé que te perdía...
Los párpados del muchacho velaron sus hermosos ojos azules, engarzando entre las pestañas una lágrima furtiva como aquel que guarda un secreto. Pensaban que estando en la tropa de exploración de lo único que tenían que preocuparse era de tener una muerte lo menos dolorosa posible, mas entonces recordaban que eran humanos. Que lo que más les aterrorizaba era el hecho de que tuviesen que morir sin remedio, que muy pocos afortunados podrían seguir al amanecer en pie.
¿Cómo desmentir una verdad que tenían tan cerca?
-No pienses en ello, Eren. Ha sido un mal sueño...-le acarició la mejilla con suma dulzura, resbalando los dedos por su piel siguiendo la trayectoria del sendero de sus lágrimas. Se acurrucó contra él y besó la delicada estructura de una de ellas, la cual se coló entre las estrías de sus labios, entremezclándose con su saliva y colándose por su garganta.
Sus sentimientos. No, su vida, le nutría.
-¿Quieres que te cuente un cuento?-le musitó, abrazándose todavía más a él. Era un ritual que solía hacer cuando Eren tenía pesadillas, relatarle alguna historia que previamente le había desvelado su abuelo.
Las almas se endurecen. Los cuerpos maduran. El corazón permanece intocable.
El muchacho del cabello color caoba asintió con un movimiento de cabeza, inhalando fuerte para que los mocos le dejasen respirar bien. Armin colocó un brazo bajo la mejilla para acomodarse, mientras con el otro acariciaba el costado de su compañero de forma incansable.
-Érase una vez una hermosa mariposa blanca. Sus alas eran del mismo color que el marfil, tan finas que trasparentaban los reflejos del sol, tan bella como la primera nevada, inmaculada y grácil. Se la veía tan frágil al volar, y a la vez tan ligera, que parecía llevada por el mismo aire, una funámbula de las alturas. Entonces, se fijó en una rosa con la corola de un color granate como la sangre, que crecía en tierra yerma. A su alrededor no emergía ni la más pequeña espiga. La mariposa se posó en el suelo y la observó de cerca. Su languidez guardaba una hermosura tan grande que cautivaron su corazón con una sola mirada. La mariposa sentía un amor tan grande que sin dudarlo ni un solo instante se aproximó a la flor y la envolvió con sus alas níveas, a pesar de las advertencias de la flor de que no se le acercara. Entonces, lo comprendió. Comprendió por qué la vegetación no creía a su alrededor.
Alzó la mirada hacia Eren. Se le veía curioso, aunque, en cierto modo, la historia le resultaba familiar.
-En el tallo de la rosa se erigían decenas de espinas que, como si de cuchillos se tratasen, apuñalaron a la frágil mariposa, resquebrajándole las alas, cuyos fragmentos se quedaron prendados en sus crueles garras teñidas de clorofila.
Escuchó cómo ambas filas de los dientes de su amigo de la infancia se juntaban y chirriaban de impotencia.
-Pero el amor que el insecto mutilado sentía por la flor era más grande que cualquier padecimiento físico. Permaneció a su lado infatigable, velando su bienestar, otorgándole su dulce compañía. Mas cada noche la rosa sangra sus pétalos para cubrir el cuerpo de la mariposa y que el frío no se lleve su vida.
El joven moreno desvió la mirada, apretando los puños. Armin notó bajo su mano sus músculos intercostales tensos.
-Esa rosa era un monstruo... ¿Cómo pudo quedarse tan tranquila habiéndole hecho algo así?
Se le acercó un poco, apoyando los labios en su comisura un breve instante. ¿Tanto sufres, Eren? ¿Te sientes tan culpable?
-El cuento aún no ha terminado. Hay una parte... que todavía no te he contado.
Esa afirmación le hizo alzar la vista con avidez, deseando saber más sobre la historia.
-La mariposa poseía una gran inteligencia, o eso decía siempre mi abuelo al narrar, por lo que con los pétalos caídos se construyó unas nuevas alas. Y cuando iba a emprender el vuelo se dio cuenta... que para qué volar sin rumbo si ya había encontrado lo que buscaba.-acarició la mejilla de Eren muy dulcemente.-Su libertad. Su sueño.
-Qué mariposa tan masoquista.-musitó acercando la frente a la del muchacho rubio, sorteando su flequillo recto para tocar piel contra piel.-¿Qué puede haber de bueno en una flor rota que arrasa con todo lo que toca?
Armin sonrió dulcemente.
¿Qué puede haber de bueno en un mocoso que se puede transformar en un titán sediento de sangre pero que no se puede controlar? Le había preguntado una vez.
Las palabras de su abuelo mientras le curaba las heridas que le hacían los otros niños al pegarle palizas cuasi mortales cuando todavía era un niño resonaban en sus oídos como respuesta, tomadas de un libro de Antonie de Saint-Exupéry.
Lo esencial es invisible a los ojos.
-Si la mariposa le ama, ¿qué más da lo que sea?...-se aproximó a sus labios. Esta vez las lágrimas se desprendieron de sus iris cerúleos.-No me importa todo lo que vaya a sufrir en esta lucha. Estaré a tu lado siempre.
Los labios de Eren se le acercaron para fundirse con los suyos en un delicado beso con sabor salado. Entonces entendió por fin su misión.
Esta vez.
En este cuento.
La rosa utilizaría pétalos y espinas para proteger a su mariposa de la muerte.
