Luego de años de no actualizar, al fin pude terminar la actualización.

Disfrútenla.


Capitulo 5

"La doncella y el dragón."

Era un hermoso día soleado, como pocos se daban en la nebulosa y húmeda ciudad de Londres. Los pájaros cantaban, y las mariposas revoloteaban felices en las pequeñas florcillas del jardín de Hellsing.

Todo era paz y tranquilidad… al menos hasta que un sonoro portazo remeciera los cimientos del señorío.

En la cocina Walter suspiró ligeramente agobiado. Algo realmente malo debía haber ocurrido en esa junta, para que Sir Hellsing hubiese regresado de tan mal humor. Terminó de acomodar la bandeja y se dispuso a dirigirse al despacho. Rogando para sus adentros que el té de lilas silvestre pudiese calmarla, aunque fuere un poco.

En el otro lado de la mansión, caminando tensamente por el pasillo y echando chispas por los ojos, Integra, maldecía a cada generación de políticos incompetentes que había en la mesa redonda.

¡Por todos los demonios! Con quien creían que estaban hablando esos tarados. ¿Con una quinceañera inexperta? Había nacido para llevar esa organización, fue entrenada desde pequeña con ese objetivo, y ahora, esa horda de descerebrados querían decirle que hacer; cuando en su insulsa y frívola vida habían tenido que lidiar con la mitad de sus obligaciones. Era un insulto a su apellido obligarla a relacionarse con ellos. Apretó los puños, con fuerza. Debió haberse deshecho de ellos hace años. Tuvo que obligarse a recordar, el porque rayos no los había acribillado a balazos.

Una antigua conversación, le llegó a la memoria. Pisó más fuerte intentando soltar toda la frustración que su cuerpo contenía. Abrió la puerta de su despacho y la cerró con violencia, internándose velozmente en el. Se detuvo frente al cuadro de su padre, una sombra nostálgica, oscureció su mirada, mientras volvía en el tiempo…

Era una habitación espaciosa. Grandes ventanales dejaban entrar la luz a raudales iluminando todo el lugar. En el centro, una enorme mesa con trece sillas entorno a ella estaban predispuestas.

Sentada en la cabecera, una joven Sir Hellsing se encontraba rígida en su lugar respirando con dificultad, mientras apretaba los labios con frustración. Con el semblante duro y los ojos cristalizados.

Los odiaba.

Los odiaba a todos y a cada unos de ellos. Nunca se había sentido tan humillada, como en ese momento. Se obligó a contener la impotencia. La habían rebajado, por su condición de mujer y su corta edad. Insultaron, su herencia y su apellido. ¡Y se habían dado el lujo de mancillar la memoria de su padre, los malditos hipócritas!

Su cuerpo tembló y la ira fluyó por sus venas con más propiedad que la sangre.

Los despreciaba con una intensidad que asustaba. Se mordió con fuerza los labios, hasta el punto de romperlos.

En la esquina contraria a la habitación una alta figura carmín se materializó. Podía sentir la rabia que emanaba de su frágil cuerpo. Alzó ligeramente las cejas y retiro los lentes del sol, era hora de charlar con su pequeño maestro.

Se apareció detrás de su silla.

-Porqué tan molesta mi pequeño amo.- se ubicó a su lado con una sonrisa guasona.

No lo había percibido. Se tensó en su lugar, y violentamente despegó la vista de la nada y la fijó en su sirviente.

Lo fulminó con la mirada. – No es de tú incumbencia. – desvió el rostro.

- Tú eres de mi incumbencia, amo. – soberbiamente, se instaló en el asiento junto a ella con la elegancia de un rey.

-Solo déjame en paz. – exigió sin energía, abatida.

Alucard, frunció el ceño ante el semblante descaído. Tendría que corregir inmediatamente esta actitud. El líder que estaba moldeando debía de ser perfecto.

Fuerte, implacable y avasallador. Sonrió para sus adentros, si lo lograba no solo conseguiría un amo digno, sino, que también un bono extra infinitamente más interesante y delicioso…

-Tsk…tsk…tsk…- chasqueó la lengua con desaprobación. – Me decepcionas Integra, esperaba más coraje del nuevo líder de Hellsing.

Los colores se le fueron del rostro, y entrecerró los ojos. La ira iba dejando su cuerpo, mientras la verdad la golpeaba como un mazazo. Se dio un chapuzón en la realidad.

-Me frustra pensar que un montón de humanos insulsos y pomposos, hayan producido un efecto tan impactante en tu ánimo. – Conforme hablaba las palabras se iban endureciendo y su semblante se enfriaba.

Bajó la mirada impotente. Tenía razón, Alucard, estaba en lo correcto. Era una cobarde. Apretó los puños, seguro su padre se estaba revolviendo en su tumba al ver tan mala sucesora a la cabeza de su organización.

- Me gustaría saber donde fue la determinación férrea que me despertó en esa mazmorra.

Apretó los labios nuevamente con los dientes, las gotas carmín se hicieron más abundantes, tragó saliva y sangre mezclada.

-Cállate…-murmuró bajamente.

Rió oscuramente y continuó – Con esa mediocre autoridad chiquilla, ni siquiera un animal se daría por aludido…que patética imagen me muestras. Herida y rota por aquellos que siempre te han detestado. – Una mueca burlesca, se instalo las rudas facciones masculinas.

Integra sintió el peso de la verdad en esas palabras. No había nada que objetar, él no se equivocaba. Apretó la tela de su falda en sus manos, y no levantó la mirada.

Alucard, frunció el ceño, ante el derrotismo. Y su molestia se exteriorizó. – Te quedaras con la vista puesta en el suelo, como una cobarde y débil mujer. Me has engañado, pequeña embustera.- soltó con crueldad. – Me hiciste creer que eras digna de ser mi amo, una soberbia sucesora de tú legado. Creí que la hija de Arthur Hellsing estaría a la altura de su cargo…- rió roncamente. Integra apretó los ojos. – Pero veo que me equivoque.-Hizo una breve pausa, en la que las palabras resonaron en el silencio.

- Mírame. – exigió con simpleza. No se movió. – Mírame… – repitió nuevamente con dureza. Siguió estática en su lugar. Al no ver respuesta de su parte, se inclinó levemente en la silla y le levantó el rostro sin lastimarla, pero con dureza.

A la muchacha no le quedó otra opción, que dejar hacer. El enojo comenzó a bullir en ella. Nadie tenía derecho a tratarla de ese modo tan humillante, esos malditos hombres se las pagarían. Y este condenado vampiro, también.

Dirigió una fiera mirada a Alucard. Este se regocijó al percibir el enojo y la voluntad despertando en sus jóvenes facciones, como una serpiente dormida. Esos humanos ilusos quisieron aprisionar y dominar la fuerza que estaba sobre ellos, para controlar Hellsing. Grande sería su sorpresa al descubrir que ya despierto el coraje, este nunca te abandona.

-Eres despreciable…- siseó con los dientes apretados, unas gotitas de sangre impregnaron sus labios, inconscientemente. Alucard, sintió la sed en su garganta.

Nuevamente ella resurgía, como un ave que consumiría todo a su paso. El fuego ardería con ímpetu, un fuego de hielo.

Sonrió sardónicamente. – Lo sé…- Integra intentó agregar algo más, pero fue cortada inesperadamente por el roce de unos duros labios. Le costó unos instantes entender lo que estaba pasando, hasta que por fin logró comprender que estaba siendo besada por un vampiro ancestral, de más de quinientos años de existencia.

Su mente trabajó deprisa y repasó cada lección que su padre le había enseñado a lo largo de su instrucción, y nada útil pudo extraer de ello. Porque pese al instinto de conservación, y ser completamente consciente de que Alucard era un peligro, no podía dejar de disfrutar de su primer beso.

Él rose frío y algo brusco, no le permitían pensar en nada más. Un escalofrío le recorrió la espalda, y la estremeció. Era plenamente consciente de su cuerpo, atenta a cada sensación. Supo exactamente cuando la grande mano de su sirviente buscó flojamente su cintura, dejándola descansar ahí.

El reloj se había detenido. Sí había sido mucho o poco tiempo lo que había durado el contacto, no lo sabría, pero si era consciente de la debilidad en sus piernas, al punto de agradecer internamente estar sentada.

Sin separarse más que unos centímetros, Alucard, le dirigió una mirada profunda. Si Integra hubiese tenido más experiencia hubiese leído claramente el deseo en la taladrante mirada carmesí.

Había sido un acto de dominio propio el haberse alejado de ella. Era tan adictiva su gloriosa sangre como sus labios. Y ambos serían suyos en su justa medida, sonrió ladinamente y tocó la victoria con los dedos.

Sin poder evitar sonrojarse, joven Hellsing, lo miró sin llegar a comprender que era lo que pasaba. Simplemente no era capaz de entender el atrevimiento de su sirviente. Lo observó atónita, sin saber que decir y menos aún que hacer. ¿Y ahora…?- era la frasecilla que parpadeaba en su mente, que se supone que pasaría ahora…y más importante aún, ¿por qué…?

-¿P-por qué…? ¿Qué…?- cerró los ojos – ¿Q-qué has hecho Alucard…? – fue el pobre balbuceo que salió de sus labios, ahora, algo hinchados.

Él se alejo unos cuantos centímetros más, y amplió su expresión de cazador, acto que pasó completamente desapercibido para ella. Hizo un gesto indiferente, y se reclinó en la silla, satisfecho.

-Mi maestro, jamás podría desaprovechar la oportunidad de probar tú sangre…- le dirigió una mirada por sobre los cristales de los lentes. –…y simplemente tus labios me estaban invitando a probarlos…

Un gesto de desconcierto apareció en su rostro, antes de llevar uno de sus dedos hasta su boca y constatar que había un minúsculo resto de sangre, de la herida ya sana. Alucard, rió burlonamente, antes de levantarse y hacer una leve inclinación de cabeza y se dirigió hacia la puerta.

Con la mano puesta en el pomo, volvió la cabeza hacía y le dijo seriamente. –Jamás permita que nadie la pisotee, maestro. No se le permita a nadie, nunca…menos aún a esos mortales ilusos y tontos…

Y sin decir nada más desapareció tal cual como había llegado. En su lugar, ella, sólo llevo una de sus manos a su boca y sonrió ligeramente…

Aún estática frente al cuadro de su padre, inspiró profundamente. Hacía años que no traía a su mente ese recuerdo en especial. Tenía catorce años, cuando ocurrió y nunca se lo dijo a nadie. Durante un par de años, estuvo tentada en preguntarle a Alucard que lo había motivado a besarla.

Pero al final opto por dejar morir el asunto ahí. Y como, él, no tocó el tema de nuevo, no deseo hacerlo ella. Lo último que quería era que su sirviente pensara que le había importado ese beso.

Por ese motivo, borró el recuerdo de su mente, hasta erradicarlo completamente…al menos eso fue hasta ahora. Desde que había ocurrido ese incidente del corbatín, no podía evitar encontrarse pensando descuidadamente en ese día. Rabiaba y maldecía al vampiro con ímpetu, cada vez que pasaba. Y más firme se mantenía su decisión de dejarlo encerrado en ese cochino ataúd por el resto de la eternidad.

O al menos eso deseaba hacer hasta que ese maldita partida de idiotas, por una petición firmada por la reina le ordenaron que liberara a su sirviente. Era consciente que los desgraciados lo habían hecho solo para amargarla y contradecirla.

Aún no le perdonaban haber sido condecorada con la medalla honorifica por prestar servicios al país, entregada por la misma reina en una ceremonia en su honor. Sonrió divertida, ante la expresión ahogada de Sir Pock al anunciar la noticia.

Bien si la reina quería que liberara a Alucard, así sería.

Enfadada se dejó caer en su sillón. Por inercia busco uno de sus puros en el cajón de su escritorio y lo prendió. Unos golpecitos en la puerta la sacaron de su ensimismamiento, volvió su atención al sonido.

-Adelante. – dijo tensa aún, pero con su temperamento bajo control.

El hombre, entró, con una bandeja de plata y su té. Agradeció internamente la deferencia de su mayordomo.

-Sir Hellsing, le traigo su té de media mañana…- anunció dejando la charola sobre una mesita de madera junto al escritorio.

-Gracias. – contestó mientras recibía la taza y el olor a lilas inundaba gratamente sus fosas nasales. Él se quedo junto a la mesita y esperó a que lo probara. – Exquisito, como siempre…- aprobó complacida.

Hizo una respetuosa inclinación. – Necesita algo más Lady Integra…- preguntó servilmente.

Asintió ligeramente, mientras se reclinaba en su lugar con el puro en la mano. – Sí… - lo giró entre sus dedos. – Necesito que vallas al sótano y liberes a Alucard. – hizo una mueca molesta.

Walter alzó ligeramente las cejas, sorprendido. – Como ordene, señor. Perdonara mi atrevimiento, si pregunto a que se debe esa decisión.

Integra, aplastó violentamente el puro, en el cenicero. – Mandato real…- gruñó fastidiada.- La orden se entero de la medida sancionaría aplicada a mi sirviente. Hablaron con la reina y expusieron lo peligroso de la medida, para las operaciones…- sacó otro puro del cajón y lo encendió.-…bajo mandato real, debo liberar al arma secreta de Hellsing hoy mismo. – liberó el humo, pausadamente.

-Se hará de inmediato, señor.

-Cuestionaron mi capacidad de dirección Walter. – apretó el cigarrillo, con fuerza. – Se atrevieron a contrariar una de mis decisiones sobre, Alucard. – escupió furiosa. – Lo pagaran…- sonrió astutamente.

Asintió, calmadamente. – Por supuesto señor.

-Puedes retirarte. – hizo un gesto con el puro. Haciendo una última inclinación se retiró, de la oficina.

En su silla, volvió a reclinarse y se cruzó de piernas satisfecha. Se las pagarían. Ese montón de idiotas aprenderían a no desafiar sus órdenes. Dejó escapar el humo pausadamente, formando aros grises en el aire.


Preocupada de no emitir el más mínimo, Serás Victoria, abrió la puerta sigilosamente. En esos instantes, deseo poder atravesar la materia solida, como lo hacía su amo. Segundos más tarde, se arrepintió y se convenció de su buena decisión, al no haber aceptado su oferta.

Crujió levemente la madera, mientras entraba. Se mantuvo quieta unos momentos esperando con los nervios a flor de piel algún otro sonido. Nada paso. Un ligero suspiro escapó de sus labios y cerró la puerta detrás de sí.

Una vez en el interior del cuarto recorrió con la mirada cada detalle, nuevamente encantada del ambiente mágico de la habitación. Caminó algo más relajada y se acercó a la cuna ubicada en el centro.

Con cuidado, se arrimó a un lado del gran armazón blanco y observó con cuidado a la pequeña criatura que descansaba en el. Lo recorrió curiosa, con la vista; deteniéndose en cada detalle.

Deseo descubrir el secreto que se ocultaba, el porqué estaba en Hellsing y qué relación tenía con su amo. Se dejó caer en el barandal y respiró hondo, cansada. Se sobresaltó al percatarse de una aguda mirada gris sobre ella. Se enderezó asustada. ¿Desde cuándo la estaba mirando…? Intentó sonreír cordialmente, pero no fue capaz de hacerlo. Algo tenía ese niño que le daba escalofríos. Tarde se percató del sonido de la puerta, se volteó asustada encontrándose con la aguda mirada de Sir Integra.

Sintió un vació en el estomago, mientras las palabras se agolpaban en su mente. – S-señor, yo…- balbuceó entrecortadamente.

Integra ignoró su evidente nerviosismo. – Oficial Victoria, veo que vino a conocer al nuevo integrante de la organización.- Se acercó hasta la cuna, la aludida quedó pasmada. ¿Dónde estaba la reprimenda? Su sorpresa aumentó aún más, cuando el niño comenzó a emitir ligeros sonidos de alegría contenida, mientras extendía los brazos hacía su superior. Con toda naturalidad, la mujer, se agachó ligeramente y lo cargó.

Sonrió internamente ante la estupefacción de su oficial. Manteniendo su máscara neutral, enarcó una ceja. – Serás Victoria, le presento a Lionel Vladimir Hellsing…mi protegido.

-Oh, yo…mmm…claro. – respondió confundida.

-La veo sorprendida oficial. – comentó divertida caminando hacía un aparador lleno de peluches.

Reaccionando, contestó. – Algo señor…yo…- no queriendo agregar nada más, opto por salir ahí. – Me retiro, a cumplir con mis obligaciones. – Hizo un saludo militar.

-Por supuesto, puede retirarse. - dirigió su atención hacía Lionel.

La joven vampiresa salió rápidamente del lugar, nerviosa y con un pesar mucho mayor del que ya sentía.


En absoluta, oscuridad el cuerpo de Alucard se mantenía quieto, en un letargo muerto e invariable. Nada en él denotaba vida, pero tampoco representaba toda la magnitud de la muerte que su sola esencia acarreaba.

A lo lejos unos pasos, resonaron en la fría y dura piedra.

Un par de ojos carmesí se abrieron de improviso, fijando su vista en la tapa aterciopelada de su lecho. Una sonrisa ladina, avivó las masculinas facciones. Sabía que volvería. Ella tendría que volver por él, estaban atados por cadenas más resistentes que la propia muerte.

La puerta crujió y se cerró bruscamente. Afinó el olfato, intentantando saber quién venía a liberarlo. Sintió una leve decepción al no percibir la esencia de su maestro ahí afuera, hubiese sido una vista deliciosa, luego de varias semanas de ausencia.

Escuchaba claramente el rasgar de las hojas santas y los pasos apresurados del mayordomo. Su poder, comenzó a fortalecerse lentamente y la ansiedad por salir y utilizar sus fuerzas lo estaban impacientando más.

Sentía a claramente, a sus sirvientes moverse en las sombras, desesperados. Rió ligeramente, ya que su adorado amo no había ido a él, sería él, el que iría hacía su maestro.

Se divertiría esa noche como nunca.

La tapa de su ataúd, comenzó a moverse, hasta que fue retirada del todo. Alucard se levantó con dignidad y observó a Walter con fijeza. Se mantuvieron el gesto unos cuantos segundos, antes de alzar las cejas incrédulo. – Muy buenas tardes Alucard.

- Tanto tiempo Ángel exterminador. – se burló, con una mueca.

Hizo una inclinación de cabeza y se movió dándole el espacio para que descendiera del féretro. Alucard, apareció en unas milésimas de segundos, junto al hombre.

-Es reconfortante ser libre nuevamente. – comentó, mientras acomodaba su sombrero.

-Me alegra saberlo. – frunció el entrecejo. – Y espero que este castigo te sirva de lección.- advirtió seriamente. – Y dejes de merodear entorno a ella…ya te lo dije una vez, ella no es para ti.

Una mueca, burlona, apareció en sus facciones. – Eso lo hace más interesante, ¿no crees? – sacó sus lentes de unos de los bolsillos interiores.

Walter, rodó los ojos. – Si tú lo dices. – Lo ignoró.- Ya estas advertido.- Sin agregar nada más salió del calabozo.

Rió entre dientes, ante la actitud del mayordomo. Aún no le perdonaba, la travesura. Se dirigió a su silla. Tal como deseo, en su mesa había una sabrosa botella de sangre fresca, la sirvió en un vaso y con ojo experto, la saboreo.

-Mmm…- cerró los ojos complacido. – De doncella…

La bebió de un tirón y luego dejó la copa en la mesa nuevamente. Cruzó los brazos por su pecho y endureció el semblante. El shinigami, sabía de sus planes y se interpondría en ellos. Lo supo desde que lo vio, sumisamente encantado de la voluntad inquebrantable de esa niña. Desde que lo observó merodear como un cazador envolviendo a su presa, desde que captó la mirada lujuriosa en sus ojos que deseaban más que la fresca sangre de la virgen…

La deseaba completa.

La quería.

La tendría.

Y nadie se interpondría entre él y su condesa. Absolutamente, nadie. Ni siquiera, un viejo compañero de armas. Se levantó de su trono, y se dirigió a la muralla que daba hacía la entrada del señorío. Era hora de hacerles una visita de cortesía a su dama y al pequeño Vladimir.


Continuara…


¡Millones de años, pero al fin termine!

Me costó un mundo acabar este capítulo, no por falta de inspiración, pero sí por tiempo…¡la universidad me tiene tomada del pelo y no me quiere soltar!! En fin, les aviso que las actualizaciones demoraran, por falta de tiempo Así que les pido paciencia que esta historia seguirá, solo que aún más lento…mil disculpas, para ustedes y espero que sepan comprenderme.

¡Bueno quiero agradecer a las siguientes personas, por tomarse un minuto y dejar comentarios!

Gracias a:

-Mahina.D

- Alvebia

- mayrae

- norico asamiya

- Sir Erzebeth

- cristalblack90

- Yukari03

- Ferpechi-14

- roxy ac/dc

-Ghia-Hikari

- TEnyou

- juanis

- sakura dark angel

- ANGELES

- Tenyoukai

- andreina

- okashira janet

- Nande-chan

- CINDHY

- K-Artemiz

- suffere

- Vedd

- coptesita

¡¡ Muchas gracias a tods!!

Nos leemos pronto, por cierto, si quieres comunicarse conmigo por alguna duda o consulta, le dejo mi mail: ...

Eso, un abrazo y nos leeremos lo más pronto posible.

Adiós.

Brisa Black.-