Hola! Para variar me demore un montón en volver a publicar, de antemano perdón x eso…les agradezco un montón sus mensajes y bueno sigan dejándolos xD! Ya no les distraigo más, ojala les gustee!!
Capitulo 6.-
"Ironía"
Afirmada penosamente en la pared, Serás Victoria, respiraba con dificultad. Sus resuellos eran fuertes, y el pecho subía y bajaba con velocidad, casi como si le costara respirar.
-Que gracioso. Casi como si necesitara respirar…
Boqueó, una, dos, tres veces y sintió un pesó titánico aplastándola. Se dejó resbalar por la muralla, mientras apretaba los ojos en un dejo inconsciente de calmar su cuerpo, y más aún, su mente y su corazón. Sin energía, quedó sentada en el suelo, con el cabello despeinado y una expresión lastimera en el rostro. Qué rayos estaba pasando en esa casa…por qué de un momento a otro, las cosas parecían haber cambiado de rumbo y peor aún en qué momento le empezó a afectar ver la dirección que tomaba.
Buscó en su mente, en que preciso instante se giró su mundo – y el de la mansión – al revés…no hizo falta mucho análisis para saberlo; desde que ese niño había llegado. Se sintió desolada. Lentamente recogió sus piernas y abrazó sus rodillas, aturdida.
Era una idiota. Siempre vivió un engaño, su propio engaño.
Después de todo, siempre lo supo. No hacía falta más que mirar, era más que obvio que algo se estaba gestando entre ellos desde – inspiró profundamente – desde antes de que ella apareciera. Él revoloteaba a su alrededor como un cazador en busca de la más suculenta presa y ella, se reclinó ligeramente en la muralla. Y ella, simplemente lo evitaba por costumbre, era una vieja danza la que ambos llevaban a cabo. Y era lógico que en algún, momento se dejarían, consumir por ella.
Si ambos lo deseaban.
Así se haría.
Apretó los labios, no sabía definir qué era lo que le dolía en realidad. No quería definirlo, si lo hacía estaría perdida definitivamente y la miseria la enterraría. Y nuevamente enterró la cabeza en entre sus brazos buscando ahogar el dolor sofocado que la traspasaba.
Por unos instantes sintió las lagrimas fluir, una a una bajaron por sus mejillas, dejando una leve estela carmín detrás de ellas. No supo que fue lo que ocurrió, ni porque. Solo fue consciente que de un momento a otro ya no estaba en uno de los casi inutilizados pasillos del tercer piso de la mansión Hellsing, baluarte de la corona británica, sino que estaba en algún lugar lejano, en un pasillo tan vacío, pero infinitamente más desolador y tétrico.
Tenía una similitud con las mazmorras, pero definitivamente estas estaban lejos de poseer las mejoras agregada por Sir Integra. Se levantó con aprehensión y observó todo con absoluta incredulidad.
Estaba en un castillo, con todo y antorchas. Avanzó con el oído atento a cualquier ruido, en una bifurcación se encontró con unas escaleras que ascendían; estaban oscuras. Con cuidado retiró una antorcha de la muralla, y se dispuso a subirlas. Unos metros más arriba se encontró con una puerta de roble viejo, tallada finamente. Tomó el pomo y cuidadosamente empujó.
Ante ella, una espaciosa estancia se abrió, había alfombras delicadas y hermosas en los pisos de piedras y en las murallas. Una esplendida chimenea empotrada a un costado, con muebles de madera acabados finamente.
El cuarto era todo lujo y buen gusto. Se introdujo curiosa y maravillada por la acogedora tibieza que desprendía el lugar. Se acercó al hogar, y se entretuvo observando los grabados, el dragón tallado en la madera llamó particularmente su atención. Lo recorrió con los dedos y pudo constatar que estaba en toda la superficie.
Unos pasos resonaron en la piedra, sobresaltándola. Casi instintivamente se escondió tras unas cortinas arrimadas junto a la chimenea, era una suerte que fueran abundantes y pudiera pasar desapercibida entremedio. Unos momentos más tarde, una de las puertas contrarias se abrió de improviso dando paso a una mujer alta, exquisitamente ataviada.
Por entre las cortinas la vio acercarse velozmente hasta el hogar. Conforme avanzaba hasta el lugar, pudo ir captando cada detalle en ella. Poseía un cabello largo, ondulado de un tono castaño muy claro, casi rubio. Lo traía suelto con la sola decoración de una peineta de jade. Su vestido era de seda y perlas, en un suave dorado; la piel pálida y un par ojos celestes, completaban el cuadro; era muy hermosa.
Cuando ya se encontraba muy cerca, tuvo que reprimir un grito de sorpresa y terror. Esa mujer, era igual a…
-Mi…- musitó sin voz.
Eso no podía ser, ¿qué hacía ella vestida de esa forma, y en un castillo medieval? La cabeza comenzó a dolerle. La extraña caminó de un lado a otro frente a le chimenea, inquieta y notoriamente nerviosa.
-¿Dónde estáis? ¿Por qué no volvéis aún…? Lo prometisteis…- dijo bajamente mientras se acercaba a la ventana. Por unos instantes volteó hacía la puerta y volvió su mirada hacía el paisaje frió y estival. Serás cerca a la ventana podía ver claramente lo que ella; tenía los ojos fijos en la entrada del castillo. Pudo notar a lo lejos, que por la entrada inferior, una capa ondeaba oscura antes de cerrarse la puerta; alguien había llegado, sin saber porque, unas ansias nerviosas la envolvieron y pudo escuchar el corazón de su acompañante dispararse en el pecho.
La mujer ajena a su presencia, se le iluminó el rostro y se volteó hacía la puerta esperando. En unos pocos minutos unos pasos fuertes y seguros resonaron por el pasillo llenándolo todo. Se sentía conectada a las emociones de su compañera; la emoción que esta sentía, era la misma que la embargaba a ella misma.
Las puertas se abrieron fuertemente y entro un hombre alto y corpulento, y como era de esperarse, estaba ricamente ataviado: con una capa de piel con incrustaciones de plata y gemas. Pudo ver también que en el cinto atado a la cintura traía un espada de dimensiones considerables la cual – a simple vista era posible distinguir –no cualquiera podría manipular. Se detuvo en el rostro de él, llevaba el cabello largo de un color ébano atado en una coleta baja; una barba de igual color y unos ojos grises que eran casi hipnotizantes, por decir lo menos. Se sonrojó, era lejos unos de los hombre más atractivos que había visto.
Su mente fue distraída por la voz emocionada de la joven. – Hermano, al fin volvisteis…- caminó un par de pasos insegura hasta quedar separados por unos cuantos metros. Una sonrisa de medio lado se apoderó de su rostro, dándole un aspecto a aún más atrayente si eso se podía lograr, claro está.
Victoria parpadeó confundida, ¿dónde había visto esa sonrisa antes?
-Siempre cumplo mis promesas mi querida Alexandra. – contestó ligeramente divertido.
-Oh, Vlad, te regocijáis en mi preocupación. – le regañó con triste resignación.
Nuevamente Serás casi lanzó un gritó impresionado. Era su maestro cuando era humano aún. Lo recorrió con la mirada, y calzaba: la sonrisa, la complexión, las facciones, y la voz…grave, profunda, aterciopelada y misteriosa. Lo único que podría faltarle, era esa aura oscura que lo envuelve a su actual forma y los ojos carmín.
-Ven y dadme un abrazo hermana, ya tendréis tiempo para que me sermonéis en la cena. – abrió los brazos un poco y sin mediar más, la joven corrió a refugiarse en ellos, enterrando el rostro en el amplio pecho.
-Os he extrañado tanto, tanto…- dijo ahogadamente.
-Yo igual mi pequeña, yo igual. Estos meses en medio de esas campañas lo único que me daba fuerzas para seguir era vuestro recuerdo. Esos perros otomanos pagarán lo que nos han hecho, y aún es el comienzo. – un brilló mortal con un dejo demencia, iluminó sus pupilas. Serás casi pudo ver el rostro de su maestro cuando encontraba un nuevo rival. Era el mismo goce por la lucha, que en su versión vampirica se ampliaba por diez.
-Me asustáis cuando habláis así. - respondió bajamente, atemorizada. Aún sin soltarse de él.
Las duras facciones masculinas se suavizaron levemente.
– Vosotras sois las únicas que no deben temerme, las únicas beneficiadas en muchas millas a la redonda, mi preciosa. – le besó la frente con cariño, antes soltarla. – ¿Y dónde está mi prometida? – preguntó con una ligera sonrisa en el rostro, como si algo le divirtiera enormemente.
Alexandra, suspiró inaudiblemente ante la pregunta, mientras una sombra de triste melancolía opacaba sus ojos: – Está en sus cámaras, no quiso bajar.
-Aún sigue molesta…- dijo entre sorprendido y complacido.
-Así es hermano…- dudó unos instantes y luego agregó –. Es muy temperamental, y terca.- comentó con incredulidad - estáis, ¿seguro que es la indicada para hacerla vuestra esposa, Vlad?
-Muy seguro – dijo resuelto, con un extraño brillo en los ojos –. Es la adecuada para mí, tiene el temple y la pasión que busco en una mujer. Será mi esposa, quiera o no…- rió suavemente. – Creo que iré a verla ahora, debe estar ansiosa por que nos encontremos. Nos vemos en las cena, mi preciosa Alexandra… - la beso nuevamente en la frente. Y sin más, salió del salón con destino a los aposentos de su futura esposa.
Las puertas se cerraron detrás de él y la joven se derrumbo en su lugar. Apretó los labios con fuerza mientras las lágrimas comenzaron a fluir; dolía, ¡dolía tanto! Sabía que era pecado, sabía que por sentir aquello condenaba su alma al infierno. Y que no había penitencia que hacer para limpiarse de esa horrenda mancha, pero no podía evitarlo: lo amaba.
Estaba completamente enamorada de su hermano, lo sentía en cada fibra de su ser, creció amándolo. Se confesó y castigó de todas las formas posibles buscando la redención a ese pecado que le quitaba la paz y aún así lo tenía arraigado como una segunda piel. Apretó los puños y enterró el rostro en el sofá, buscando acallar los sollozos.
En su lugar Serás era muda espectadora de lo que sentía como suyo. El dolor de Alexandra era suyo, sintió empatía con ella, jugaban el mismo rol en distintas épocas; siete siglos después seguían siendo la tercera en el cuadro.
La escena cambió y ya no se encontraba en el amplio salón, ahora estaba en un pasillo de ostentosa decoración. Aún con la angustia recorriéndola, escuchó voces cercanas, como una autómata las siguió hasta encontrarse con las puertas de una amplia habitación, ligeramente abiertas. Se quedó afuera, observando a través del resquicio de la entrada.
Dentro, sus ojos captaron a su Amo en su versión humana, con su imponente porte observando a una mujer parada en el otro extremo, estaba visiblemente tensa y con expresión fría. Al igual que la otra dama, estaba vestida ricamente con un exuberante vestido en tono rojizo e hilos de oro. El cabello era largo y de un azabache profundo, el cual caía en pequeños bucles en una cascada oscura por su espalda. Era de facciones hermosas y poseía unos ojos azules que en ese instante relampagueaban de ira
-Déjame en paz, Dragulia. – fue la seca demanda.
-Mi querida Ioana, bien sabéis que eso jamás podrá ser. – con desenfado se afirmó en el borde de una mesa. – Eres mi prometida, nos casaremos pronto, ¿cómo separarnos, si nos unirán por siempre?
-¿Qué os hace pensar que me casaré con vuestra merced? – comentó indiferencia, mientras se acercaba a un aparador y tomaba un libro al azar.
-Absolutamente todo, pero en especial, el amor que me profesáis y el cual te negáis a reconocer. – rió burlonamente, mientras se cruzaba de brazos.
-Habláis locuras. – frunció las cejas ligeramente.
-Vos sabéis que es así. – alzó los hombros despreocupado. – Perdéis energía al negarlo.
- Vos sois un truhán vestido de púrpura, ¡y además un desvergonzado! – lo censuró con la mirada y apretó el libro impotente.
– Lo sé- dijo sonriendo divertido-. Pero eso no cambia nada las cosas.
-Estáis muy seguro de vos. – hizo una pausa y hojeó distraída el libro. – Los matrimonios con muertos no son permitidos por la iglesia. – lo cerró con fuerza y el miró. – Eso os podría aguar la celebración.
Entrecerró los ojos e hizo un gesto incrédulo. – Vos mejor que nadie sabéis cuanta experiencia poseo en el arte de la guerra. De verdad creéis, ¿qué aquello que tantos guerreros diestros intentaron vos podréis lograrlo? – hizo una pausa, y sonrió torcidamente. – ¿Os creéis capaz de matarme…?
Ella alzó las cejas con camuflada sorna. – Y quien os ha dicho que moriréis vos…- ahora era su turno de sonreír con fría superioridad.
Los ojos de él centellaron crispados, por las declaraciones. Bruscamente se movió de su lugar y de dos zancadas, se encontró junto a ella, de un movimiento rápido y con fuerza la tomó por los hombros y la acorraló contra la pared. Serás pudo leer, el ligero temor y a la vez el coraje en su expresión, tan parecido a…
-Sir Integra…- murmuró, con incrédula sorpresa, era ella, lo sabía.
-No volváis a decir algo semejante y menos aún intentarlo. No me obliguéis a tomar medidas que ni a vos ni a mi resultaran agradable. – dijo tajante y con una autoridad implacable. – Mi paciencia tienes límites mi querida Ioana, os aconsejo no agotarla – se acercó hasta quedar a unos pocos centímetros de su rostro. Jugueteo con su cabello y con su nariz recorrió su cuello, sin tocarlo.
A Ioana se le disparó el pulso y la respiración se le entrecortó.
– Dijisteis que no tomaríais nada que yo no quisiera daros…- fue el bajo comentario.
Él no se alejó, con estudiados movimientos se acercó a su oído y susurro roncamente. – Y así será. – a ella se le erizo la piel. – No os tendré que arrebatar nada, vos sola me lo entregaréis todo por propia voluntad. Seréis mía, rogaréis porque os tomé y me daréis aún más de lo que pida.
-Jamás. – siseó con frialdad.
Vlad sonrió con regocijo y apartó su rostro del fino cuello, enfrentándola con la mirada, ambos a unos pocos centímetros de distancia.
– Lo haréis. – sonrió seductoramente y sin precedente alguno la besó fugazmente en los labios, antes de soltarla y volverse hacia la salida.
Ioana quedó rígida, con una expresión desconcertada. Cuando logró reaccionar, él ya se encontraba en el pasillo. Frunció el ceño y gruñó molesta; el infeliz no se saldría con la suya. Fuera, Serás observaba todo con el alma en un hilo; dolía.
Se giró y tras de ella vio a Alexandra con una expresión desconsolada, estuvo a punto de salir corriendo, pero la joven la atravesó como si no estuviera ahí. Parpadeó sorprendida, se escucharon unos pasos pesados que se acercaban, ambas se movieron de la puerta, una corrió detrás de una columna, mientras Serás se quedo junto.
Su amo salió con una sonrisa satisfecha y una mirada divertida.
-Mi hermosa y terca Ioana, cederéis tarde o temprano.
Luego se volteó y se dirigió en sentido contrario, con un andar satisfecho.
Retrocedió un par de pasos, con el pecho hecho un nudo se afirmó con pesar en una de las murallas de piedra; cerró los ojos sin ganas de querer seguir observando todo eso; ya no quería estar en ese lugar, deseaba volver a la mansión y a su tiempo, sin esos recuerdos que no sabía cómo habían llegado hasta su cabeza.
Se deslizó por la muralla de piedra hasta quedar sentada en suelo hecha un ovillo, sin poder evitarlo dos gotas carmines salieron de sus ojos, avergonzada, se tapo el rostro con las manos en un vano intento de ocultar la debilidad de su ánimo.
Los minutos pasaron lentos y cuando se sintió capaz de controlarse, abrió nuevamente los ojos, no pudo menos que sorprenderse al comprobar que estaba en el mismo pasillo del señorío Hellsing. Lentamente se levantó del suelo y pestañeo un par de veces, intrigada, luego de unos instantes se alejó de ese lugar y en un futuro lo evitaría, no quería volver a ver esas visiones o reflejos del pasado: ya tenía bastante con su propio presente como para sufrir con un pasado que no le pertenecía.
OoOoOoOoOoOoO
Sentada sobre una mecedora, arrullaba con cuidado al pequeño, cada vez se le hacía más normal poder actuar de forma tan diferente a sí misma; tarareaba suavemente, de forma tan baja que resultaba difícil escucharlo, al menos para un humano, los vampiros eran otra historia.
Alucard atravesó la puerta y sólo por un instante se detuvo a observarla de perfil. El tiempo que estuvo encerrado en su ataúd, lo gastó en rememorar viejos recuerdos que creía perdidos, sus vidas a lo largo de su inmortalidad y más aún su vida mortal, se veía tan lejana que casi la creía un sueño.
Volvieron a él situaciones, paisajes y rostros que iban desde sus víctimas, a las amantes que tuvo durante su vida y no vida, sonrió torcidamente; eran más de las que creía. Centró más su mirada en Integra y el recuerdo vivo de su primera esposa, llegó a él con una nitidez vivida, si no fuera por el cabello, podría decir que era hermanas, ¡eran tan iguales y tan distintas!
-Estas muy callado Alucard, creo que el castigo te sentó de maravillas, de haberlo sabido lo hubiese intentado antes. – comentó distraída mientras dejaba a Lionel en la cuna, sin mirarlo de frente.
-Claro, amo, pero te expondrías a prescindir de mi presencia, ¿cómo podrías soportar estar sin mí?
Soltó una risa irónica. – Créeme sirviente, sería más fácil de lo que te imaginas.
-Repítelo hasta que te lo creas, quizás pueda funcionar – comentó divertido.
Se giró ofuscada: – Mide tus palabras, vampiro.
– ¿Esa es la forma de recibir a tu leal súbdito?- chasqueó la lengua, con fingida resignación:
-¿Esperabas algo más? – dijo con acritud. – Si no fuera por los payasos que se hacen llamar Lores, créeme, aún estarías encerrado en ese cajón.
-Que poco respeto por mi última morada, casi diría que no te importa. – comentó ligeramente, dándose un falso aire inocente, antes de reír burlón.
Ya harta, extrajo con violencia de su saco, un arma y lo apuntó con ira contenida.
-Si sabes lo que te conviene desaparece de mi vista, alimaña chupasangre. – fue el bajo silbido entre diente.
Nuevamente rió divertido. – Siempre terminamos de la misma forma amo, que poco sentido del humor. – torció el gesto con fingida ofensa.
- Fu-e-ra…- moduló lentamente con peligrosidad, haciendo sonar el cargador.
-Oh, mi estimada dama, ha sido un gusto deleitarme con su presencia, nos veremos más tarde… - dijo relajado sin muestra de seriedad.
Se giró y se dirigió hacia la puerta, con el pomo en la mano, giró levemente la cabeza. – Vladimir es un nombre imponente, una excelente elección, casi tanto como Vlad, ¿no crees?
Y antes que ella reaccionara desapareció del cuarto, Integra, gruñó furiosa. Ese maldito vampiro era un impertinente.
Con el genio a flor de piel salió del cuarto directo a la sala de tiro, necesitaba vaciar su arma. Y una vez fuera, con la habitación aparentemente vacía, solo con su pequeño morador, junto a la cuna se materializó la alta figura de Alucard, que con aire diestro lo tomó en brazos. Este inmediatamente abrió los ojos y sonrió. Comenzó a mover sus manitos contento, mientras emitía suaves balbuceos.
-Veo que te acuerdas de mí, joven Vladimir – dijo con solemnidad, mientras se acomodaba junto a la ventana a observar el cielo. Sonrió para sí mismo, con entendimiento. – No podía esperar menos de un Dragulia.
Las palabras vibraron en el aire por unos cuantos minutos, hasta que casualmente observó a la criatura, no pudo hacer menos que asentir con complacencia al verle cautivado por el tono escarlata de la luna, que iluminaba el cielo nocturno.
-Una bella noche, ¿no crees, Vladimir?
Continuara…
¡Hasta que termine! Me costó años concluir este capítulo, ya que a la mitad me vino un ataque de insatisfacción porque la idea central no me convencía del todo. Pero al final pude darle un final que si bien no me encantó termino por convencerme algo.
En fin gracias a todos los lectores que siguen el fic, ahora que sali de vacaciones al fin podre, actualizar mas pronto.
Muchas gracias a todos los que han dejado review y a todos lo que han leido el fic. xD Y pues sigan leyendo y comentando, con ellos se si el fic va por buen camino y me ayuda a mejorar. Así que venga, gente que no le cuesta nada comentar y dar su opinión :D. En fin modo de publicidad, les invito a leer "Recuerdos manchados de carmin" en una de esas le interesa y le echan un ojo.
Muchos saludos y nuevamente gracias. Nos vemos pronto en el proximo capitulo.
Atte.
Brisa Black.-
