Capitulo 11
"Revuelta"
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Por centésima dentro de esa media hora que llevaba de viaje, Sir Pock, hizo crujir sus nudillos. Los nervios le atenazaban el cuerpo, siempre era así cuando debía hacer esas visitas de rigor a la bruja. Sacó un pañuelo de fino algodón, de su caro abrigo negro, y lo paso por su frente secando el sudor pegajoso que le humedecía el cuerpo por el estrés de la situación. Maldijo entre dientes, a Integra Hellsing, si no fuera porque esa condenada mujer se empeñaba en persistir oponiéndose a sus planes no tendría que pisar ese maldito lugar y codearse con hechiceras de mala muerte.
El oscuro Mercedes se detuvo, haciéndole inspirar profundamente al escuchar la puerta del copiloto abrirse y dirigirse hacía la propia. Jamás pondría un pie en Brixton sin la seguridad adecuada para alguien de su importancia, sabía perfectamente que ese lugar era peligroso más aún a esas horas de la noche. Revisó su reloj de pulsera, y confirmó que eran pasadas media noche. Ese sector en particular se veía desierto, no le extrañaba, para la naturaleza de negocios ocultista era perfecto. Nadie diría que solo a un par de calles de ahí la eterna juerga de lugares nocturnos, hogar de vagabundos y prostitutas se podía dar un lugar así de silencioso.
—Estén atentos a cualquier cosa. Tú, Riley, acompáñame. – dijo con su tono de voz algo nasal haciéndole una seña a unos de los grandulones que iban con él. Caminó rápidamente, o todo lo que sus piernas cortas le permitían haciendo resonar sus pasos livianos en los adoquines de la calle. Un par de metros más atrás su guardaespaldas le seguía atento a cualquier movimiento.
Se detuvo en unas escaleras que daban a una puerta hacía un sótano. – Espérame aquí. – y sin dirigir una nueva mirada descendió los escalones y tocó la puerta. Sólo unos segundos después, un sujeto de aspecto parco le abrió la puerta dejándolo entrar. El interior de ese lugar estaba iluminado con velas y no tenía ventanas. Había alfombras lujosas puestas de forma en que no se veía el piso, y muchos cuadros de marcos dorados. Ya no le sorprendía demasiado el lujo del interior, que era resguardado por ese edificio de aspecto lamentable, bastaba conocer a su propietaria para entender esa paradoja, que dicho sea de paso, era del tipo espeluznante.
—Oh, Sir Pock. Tiempo sin vernos, querido. – saludó la voz cantarina de la anfitriona, desde un sofá individual junto al fuego. Su tono era amistoso, y su sonrisa era cordial, una caracterización perfecta del disfraz que escondía al demonio. El aludido dio un respingo en su lugar, que intentó disimular pasando un pañuelo sobre su frente ligeramente sudorosa por la tensión. Carmilla lo miró por entre sus pestañas y ocultó su sonrisa con sus dedos, en un gesto que parecía francamente casual.
—Lady Carmilla. Gracias por recibirme. – se acercó, con movimientos torpes, tanto por el miedo, como por su estructura rechoncha. Tomó su mano, con un ligero temblor, y la besó respetuosamente.
—Tonterías querido, es un gusto recibir a mi socio. – le hizo una venía graciosa, para que ocupara el lugar frente a ella. Se sentó rápidamente y, Carmilla, se volvía a su mayordomo. – Silvano, trae té para el señor, y una copa de vino para mí. – siguió cada movimiento del sirviente hasta que se perdió detrás de la puerta que separaba con el resto de la propiedad. Una vez que el seguro de la puerta sonó, volvió su atención a su acompañante.
Sabía perfectamente que el pobre de Sir William Pock, estaba aterrorizado dentro de sus caros zapatos de marca. Casi era capaz de percibir el aroma de miedo emanar como un especiado perfume árabe. Se abstuvo de soltar un suspiró nostálgico al recordar a ese talentoso artesano de Estambul, creador de la formula de su perfume que usaba hasta hoy. Era una pena que hubiese decidido suicidarse en vez de volverse su sirviente. Los musulmanes, siempre habían sido tan acérrimos a su religión. No le preocupaba divagar en sus pensamientos, no ante este pequeño a cobarde hombre al menos. Suavizó aún más su sonrisa, volviéndola aún pacífica.
Sir Pock, se removió un poco en su lugar incomodo. Esa mujer, emitía un aura apabullante de inmaculada belleza, y pese a eso él sabía perfectamente que era un disfraz haciéndola aún más escalofriante. Casi hubiera preferido que fuera la típica bruja de cuento, al menos ahí sabría a que atenerse. Se volvió a recordar que era solo un disfraz, y que estaba podrida hasta la médula. – Mi Lady, le informo que la primera parte del plan ya ha sido puesta en marcha. Él ya está ahí. – carraspeó un poco, para pasar nuevamente el pañuelo por su frente amplia. – Hoy, por medio de uno de mis espías dentro de Hellsing me ha dicho que Integra está en coma desde hace tres días. Todo esto es extra oficial, ya que ni siquiera se ha dado aviso a la orden. Una irregularidad conveniente si me permite agregar, seguro que están en una situación incomoda, que justifica el silencio.
—Espero que con esa muestra deje de desconfiar de mi querido Sir William. – dejó descansar su mentón en un de sus palmas, medio reclinada en su sillón. – Con esto también confío en que se dé cuenta de que estoy siendo absolutamente seria en mis intenciones.
—Y-yo no… — empezó a justificarse.
Lo cortó con un simple gesto casual. – Tranquilo, no es una crítica. No le culpo por no confiar en mí desde el principio. Los de mi especie, tenemos una naturaleza caprichosa. Pero, nuestra relación de negocios es conveniente para ambos, así que desde ahora trabajemos juntos por nuestras metas.
—Si consigo Hellsing, le entregare al nosferathus Alucard tal como convenimos.
—Me alegra que recuerde su parte. – hizo una pausa, ligeramente teatral. – Pero, hay algo más que me gustaría querido. – Sir Pock, se tensó, en su lugar. – Deseo, la vida de Integra Hellsing y del aprendiz de vampiro.
—Si es lo que quiere, puede tomarlas. – alzó los hombros con indiferencia. Sintiendo el alivio en el cuerpo, eso no era algo que le importara mayormente. Bien podría aplastar a la perra de Hellsing y a ese engendro de criada del vampiro. No era su asunto, solo quería tomar el control de Institución lo demás podría irse al demonio.
—Me encanta hacer negocios con usted querido. – sonrió ampliamente con sus labios carmín, regalándole una mirada por entre sus abundantes pestañas negras. – Es bueno saber que alguien desea tanto como yo reordenar el escenario.
La puerta hizo click, y tan silenciosamente como se había ido el mayordomo volvió a entrar con un carrito ornamentado. – Oh, justo a tiempo. Tan confiable y eficiente, como siempre. – Lo dejó en medió, e hizo una reverencia marcada antes de volver a salir por la puerta. – Si me hace el favor.
Tomó para sí la copa de vino, y la afirmó en el brazo del sillón, mientras Sir Pock cogía con más relajo la tasa de té ya con el pulso y el temor controlado. Eso también había sido captado por los agudos sentidos de Carmilla, se volvió a reclinar levemente en su lugar, con el vaso de sangre en lo labios. No había nada más delicioso, que la sangre de mozuelo. Sintió el sabor casi dulzón de la sangre en su boca. Bebió tranquilamente, pero sin perder a Sir William de vista. De haber sido más suspicaz, no habría aceptado nada de lo que le hubiese ofrecido. Demasiado fácil, casi como quitarle un dulce a un niño. El hombre, al beber el té, sintió que su mente se nublaba mientras que poco a poco a sus sentidos se embotaban. El terror atenazó su pecho, y no fue capaz de soltar ningún sonido por los labios, le dirigió una mirada a la mujer a su lado que simplemente le sonreía como un depredador.
¡Demonios, le había tendido una trampa esa maldita bruja impía! Sin ser capaz de mover un músculo, más que sus pupilas dilatadas y el corazón martilleándole en el tórax con fuerza, no sabía si causado por su propio miedo o por lo que sea que le haya metido a la bebida que ingirió.
—Eres como una rata asustada, pequeño Pock. – le susurró contra la oreja, dejándole sentir el olor a sangre fresca de su boca, metálico y dulce. Sintió ganas de vomitar, haciendo sonreír más ampliamente a la vampira. – No importa, aún así me eres útil por ahora. Pero no requiero tú conciencia ni tú mente me basta solo con tú estatus y tu imagen.
Acercó uno de sus pulgares a la zona baja del cuello casi inexistente del sujeto, que se removió débilmente. No podía alejarse, aún cuando deseaba que no lo tocara. Sintió el dedo haciendo contacto con su piel, poco a poco comenzó a sentir que el calor aumentaba hasta quemarlo como un hierro ardiente. Solo soltó escuetos lloriqueos, mientras el sudor se arremolinaba en sus sienes por el pánico.
—Tranquilo querido, esto dejara de doler en unos segundos. – lo tranquilizó sin perder la sonrisa cruel que solo distorsionaba sus rasgos de niña. No le mentía, porque si dejó de doler unos segundos después, pero su mente no se despejo y su cuerpo no lo sentía como propio. Había como una neblina que lo mantenía en un estado semiinconsciencia, que le impedía recordar que era lo que hacía en ese lugar o porque estaba tan asustado unos segundos antes. La mujer, se echo para atrás y se volvió a dejar caer sin una muestra de delicadeza sobre el sofá que ocupaba hace unos minutos, satisfecha de observar la obra en ese pequeño insecto mortal. Solo tendría que verla para seguirla como un cachorro a su amo. Así funcionaban las marcas de sangre sobre otras criaturas. Sir Pock, estaría unido a su voluntad todo el tiempo en que esa marca permaneciera en su cuerpo. Respiraría solo para cumplir y obedecerla ciegamente. Volvió a acomodar su mentón sombre la palma de su mano esperando que su nueva mascota la notara. Era gratificante, ver el paso de esa mirada perdida y confundida en los ojos de sus marionetas, a una brillante cuando se encontraba con su amo. Volvía ese destello de vida, y todos sus deseos empezaban y terminaban en los de ella.
Sir Pock, miró hacia todos lados aún desorientado. No se levantó porque aún se sentía mareado, pero en su extraviada mente buscaba algo que se le atará a la realidad. Sabía que había alguien a quien debía encontrar para poder volver a pisar la tierra y salir de la nebulosa. Volteó la cabeza y su mundo comenzó a girar, ella era a quien estaba buscando. Y con desesperación se tiró al suelo, cayendo descuidadamente de rodillas en frente de Carmilla. Solamente amplió una sonrisa dulce, y con dramática clemencia acaricio la prontamente calva cabeza de su pequeño títere. – Ama, estoy a su servicio.
—Muy bien querido. – levantó su cabeza, suavemente para que la mirara. – Tengo algunos pedidos para ti.
—Sus deseos son los míos. – fue la rotunda respuesta, con la mirada perdida en sus rasgos.
Solo siguió sonriendo mientras lo instruía acerca de lo que debería hacer.
Cuarenta minutos más tarde, Sir William Pock, salió de esa casa mirando con el mismo despreció de siempre y caminando con los mismas ínfulas aristocrática de siempre. Aún mantenía ese pequeño tic en su ojo a causa de sus lentes de montura. No recordaba absolutamente nada de desde que tomó el ese encantadora tasa en sus manos, ni siquiera entendía porque se sentía tan asustado y reticente a la presencia aún más encantadora de su ama. Él seguía siendo el mismo, solo que sus lealtades se habían movido y sus deseos ya no le pertenecían.
Se montó en su lujoso auto y espero a que sus hombres se acomodaran. Escuchó el rugir del motor con la cabeza despejada, y ese ligero cosquilleo de desear volverla a ver. Desvió la mirada hacía la ventana y distraídamente se acaricio la parte posterior del cuello. Sintió un ligero escozor, pero no le tomó importancia solo debería preocuparse porque todos los planes de su ama estuvieran marchando como ella deseaba.
Sonrió abstraído, perdido en los próximos pasos que debería dar.
Lord Grey esperaba pacientemente, sentado en una de las mesas del bar del renovado hotel Savoy. La tarde estaba cayendo, y sentía la noche acercarse en sus huesos, aún cuando no había una ventana cerca para ver. Había solo unos pocos huéspedes sentados en distintas mesas dispersas una de otras, zambullidos en sus propias conversaciones. Su agudo oído, podía captar las voces caminando por el hall del hotel.
Tomó la copa con whisky, y meció lentamente su contenido antes de llevársela a los labios y beberlo. No había alcohol suficiente en Europa para embriagar a un vampiro, así que solo lo bebía porque era una costumbre arraigada desde que era un humano. Revisó su reloj con una sonrisa apacible, ya deberían estar llegando pronto. Dio otra bocarada al vaso y lo dejó sobre la mesita junto al elegante sofá. – Justo a tiempo, Lucien. – dijo cordialmente, mientras sentía la conocida presencia dar la vuelta por detrás y acomodarse en el sitial de enfrente.
—Así somos los viejos. – respondió ligeramente, el recién llegado. Lucien de Laffaye, era un vampiro solo u siglo mayor que él. Había sido convertido por Vlad, en el opulento París del siglo XVIII. Fue el hijo menor de una aristócrata familia noble, los Laffaye Morange, y era un erudito en varias tipos de lenguas muertas y civilizaciones antiguas a sus cortos veinte años. Lord Grey, no sabía cual era el motivo de fondo de haberlo convertido, pero sí sabía que Lucien había sido un prodigio en vida. Y al igual que él le debía varios favores al conde, que tenía su devota lealtad. Hoy casi cuatrocientos años después, sus jóvenes facciones se mantenían tan cinceladas como siempre. De porte distinguido y de figura estilizada. Vestía elegante con un traje negro, sin corbata y el cabello ligeramente desordenado con un aire juvenil que iba muy bien con su apariencia.
—Somos viejos a estas alturas de la vida. – contestó con una sonrisa serena. – ¿Cómo estás, John?
—He estado mejor. – contestó, jugando con su bastón. – Tenemos un gran problema entre manos.
—Carmilla, es como una bomba nuclear disfrazada de esfera disco. – meció la cabeza. – Cuando recibí tu llamada, ordene mis asuntos y viaje en seguida. Y sí, tenemos un gran problema entre manos.
— Fue un gran gesto. – hizo una pausa. – ¿Sabes algo de Dante?
—Sí, dijo que vendría de inmediato. Ya sabes, como aborrece a la víbora.
—Somos tanto los que hemos estado esperando esto. – rió sin diversión. – Es bueno saber que Argus al fin ha comprendido que es necesario pararle los pies a esa arpía.
—Amén a eso. – concordó una voz juvenil y animada, casi como un grito guerra. – ¡Abajo la arpía, y que vuelva el rey!
Ambos vampiros se voltearon al último miembro de esa pequeña corte de confianza. Dante Medinaceli, era el más antiguo de ese grupo pese que en apariencia se veía incluso menor que el mismo Lucien. Fue el segundo hijo del ya renombrado Márquez de Cogolludo, Juan Francisco de la Cerda, IX Duque de Medinaceli de Castilla. Un Hidalgo joven, impetuoso y de díscolo carácter, se había visto envuelto, sin dimensionar, en un lío de faldas con otro vampiro. Alucard le había salvado el trasero solo porque estaba aburrido y en su retorcido sentido del humor lo enfrento a la decisión de si vivir o morir. Dante definitivamente se inclinó por abrazar la inmortalidad con la misma pasión con la que había vivido sus veintipocos años mortales. Probablemente era unos de los pocos inmortales que realmente disfrutaba de su imperecedero caminar. En agradecimiento había sido un acérrimo partidario del rey de la no vida. Su apariencia jovial de rasgos suaves, y ojos vivaces y sonrisa abierta le hacían parecer aún más joven. No ayudaban los risos castaños que adornaban sus sienes, aunque los últimos años había tomado la costumbre dejarse una incipiente barba que le daba algo más de formalidad a su ya marcada juventud. Les sonrió ampliamente en ese gesto de franca despreocupación antes de rodear el sofá y sentarse junto a Grey, dejándose caer sin ningún decoro. Nada raro para el rebelde de Dante. – Por lo tanto camaradas al fin volvemos a vernos.
—Veo que estás de un ánimo inmejorable. – subrayó Lucien, sacando un libro de un portafolio que llevaba con él.
— ¿Podría no estarlo? – preguntó alzando las cejas con énfasis. – Estamos a las puertas de abrir la lata de gusanos más podrida de los últimos siete siglos. Entusiasmo es lo que debería sobrarnos.
John, sonrió divertido ante la forma despreocupada, de referirse a la inminente guerra entre vampiros. Ya querría él, sentirse la mitad de confiado que Dante. Le extendió, una copa de whisky, que recibió gustoso. – Entonces tendrás que contagiarnos de tus bríos, porque para serte honesto la situación nos tiene algo más que inquietos.
— ¿Inquietos? – bebió un sorbo, con expresión contemplativa. – Eso es algo que me gustaría escuchar.
—La guerra inminente, es un punto que se sustenta por si sola. – empezó Lucien, con la vista fija en el libro empastado, concentrado al parecer en su lectura.
—La dispersión de nuestros adeptos, no jugara en contra. Más cuando Caramilla, ha estado seduciendo al consejo por varias décadas, para ponerlo en contra de Vlad. – John, movió su bastón entre sus dedos, antes de continuar. – Lo que pasó con Van Hellsing y la mujer, ha sido la plataforma para destruir las confianzas entre los nuestros.
—Concuerdo completamente, pero todos estos argumentos ya los sabíamos desde hace varías décadas. – dio otro sorbo, y sonrió quedamente. – Cual es el factor sorpresa que nos tiene en vilo. Lucien, no me dio detalles al contactarme. – torció una sonrisa astuta.
Lucien alzó la cabeza por primera vez de su lectura. – Bueno llamarlo detalle es menguar su importancia. – comentó cruzándose de piernas masculinamente, reflexivo. – La verdad creo que es el factor decisivo de la intervención de Vlad.
—Eso sería entonces… – apuró, era algo que exasperaba a Dante de Lucien, era precisamente la excesiva calma y su tendencia a divagar que tenía para explicar cualquier cosa. Lo que iba en contra de su naturaleza impaciente.
—Lo que Lucien quiere decir, es que Carmilla está tras el amo de Vlad. Que es lo que finalmente, lo motiva a moverse. Y te imaginas el infierno que se desataría si Carmilla, toma la vida de esa mujer. – Se adelantó, si este par empezaba probablemente no acabaría. Y no estaba de humor para lidiar con sus batallas verbales.
Dante, silbó entre dientes con un dejo de sorpresa. – Así que finalmente todo este montaje de batalla campal es solo por despecho y celos. Moraleja del día, una mujer despechada, es el peor enemigo que te puedes echar encima. – rió entre dientes, ante la ironía.
—Súmale que sea inmortal. – Grey, compartió una sonrisa contagiado por el humor de Dante. – ¿Haz encontrado algo de utilidad sobre la maldición?
—Algo muy breve, pero no menos instructivo. – cerró el libro, pero dejó sus dedos separando el espació. – Es un rito muy antiguo, y difícil de realizar. Requiere una gran cantidad de energía, y elementos casi imposibles de conseguir. Hay muchos cabos sueltos en todo esto.
—Te refieres a que requiere patas de ranas moradas, y ojos de basilisco turnio. Porque si es así, esa bruja se ha superado así misma. – Dante se bebió el último sorbo de su bebida.
—Que gracioso. – criticó con seriedad, rodando los ojos. – No me refería a esa clase particular de elementos inocuos. – Negó, como dispersando las ideas. – Si no, más bien al tipo personales, como sangre de una persona que lleva muerta más de siete siglos.
Grey, frunció el ceño, comprendiendo. – Te refieres, a que Carmilla, de alguna manera consiguió guardar sangre de la esposa de Vlad todo este tiempo.
—Vale, está completamente chiflada. — alzó los brazos incrédulo.
Lucien ignoró el comentario y siguió hablando con Grey. – Sí. El punto es, como lo hizo y porque es un gran cabo suelto. Además, de que requiere también sangre de la victima, porque es evidente que hay un soplón dentro de Hellsing.
—Un soplón lo suficientemente resguardado, como para que Alucard no lo detectara. – comentó, Dante mirando el techo aburrido.
—Hay más de un soplón. – corrigió Grey. – Si es que no hay más infiltrados. Hay que avisar a Vlad, y advertirlo para que este atento, y la saque de ahí.
—Entonces, tiene que desaparecer con ella. Lo cual no le será difícil, porque es un experto, secuestrando mujeres… — bromeó Dante.
—Ni me lo recuerdes, que si no fuera por la obsesión de ese patán, no estaríamos en este lío en primer lugar.
Los tres alzaron la cabeza súbitamente, casi inhumano. Esa voz rasposa, ronca y ligeramente huraña solo podía pertenecer a un inmortal. Argus, se cruzó de brazos, y mantuvo su expresión austera, antes de hacer un ligero movimiento con la cabeza y avanzar raudamente hacía un sitial junto Lucien, haciendo ondear ligeramente su largo abrigo negro a sus espaldas. Se acomodó con brusquedad, con sus abundantes cejas castañas ligeramente fruncidas, el cabello recogido en una coleta baja dejaba a la vista discreto arete de rubí.
Dante volvió silbar. – Esto si que es una sorpresa. Rayos es solsticio de invierno, o se han alineado los planetas. Porque no me explico que exista otra manera hacerte salir de tú madriguera, Argus.
—Dadas las circunstancia, pequeño bribón, no tengo opciones que hacer algunos desarreglos. – Su expresión no varió. Así era desde que lo conocían, hablaba poco, y reía menos. – Lamento la tardanza pero, me conocen que no soy muy dados a las reuniones sociales.
—En serio, no lo habría notado sino me lo dices. – susurró entre dientes, sin ocultar su expresión de diversión. Realmente, le hacía mucha gracia molestar a este grupo de vampiros serios y mesurados (dentro de lo que cabía claramente). Había sido así desde siempre. Era el incordió parlanchín, en palabras explicitas de Argus, que siendo el más huraño y silencioso, le volvía loco con sus continuas charlas y bromas, por lo que se le hacía extremadamente difícil retener las ganas de patearle el trasero.
—No presiones tus botones niño, si no quieres terminar encarcelado dentro de tú ataúd por los próximos cien años. – gruñó, el mayor de ellos.
—Vale, no tienes porque sulfurarte. – alzó los hombros sin comprender, mientras Grey, y Lucien negaban. Así era Dante, lo más parecido a un dolor en el trasero cuando se ponía de listillo. Era uno de los poderosos motivos por lo que se llevaba tan bien con Vlad, ambos disfrutaba de burlarse de los que tenían a su alrededor por lo que era una pesadilla colmilluda cuando se juntaban. También era claro, que el joven Dante, jamás apretaría demasiado los botones de Alucard, todos sabían era letal e impredecible. Aunque si lo pensaba con detención Argus, también le ponía los pelos de punta cuando se ponía de un humor violento. Lo que no quitaba que le gustara tomarle el pelo, pero bueno nunca tuvo un instinto de preservación muy desarrollado. Su temeridad siempre fue desmedida.
—Muy bien, entonces lo primero que debemos hacer es descubrir quienes están infiltrados en Hellsing. Necesitamos identificar cual es el conector que une todas estas piezas dispersas. – guió Lucien, sosteniendo firmemente su libro en su mano.
—Aquí hay magia de por medio. – Argus aseveró en voz alta. – Quien sea esta usando algún tipo de sello para evitar que Alucard lo descubra.
—Eso hace todo más difícil, lo que nos deja solo la opción de revisar uno por uno a los funcionarios que entran y salen de esa casa – John, dijo también ensimismado.
—Aun así, durante el tiempo que nos lleve detectar el rastro de magia, Alucard, debe sacar a su amo de ese lugar. – Dante se enderezó un poco. La verdad le daba pereza entrar en modo combatir, ya había suficiente gente con cara de palo, y la verdad en su mente sabía que finalmente ganarían. El como, no era importante, pero sabía que podrían derrotar a Carmilla.
Lucien, negó con la cabeza, con ese aire de quien ha explicado lo mismo una infinidad de veces. – Dante, los sellos que someten a Vlad, le impiden ir contra la voluntad de su amo. Si ella le ordena no moverse, el tendrá que obedecer, no tiene libertad de acción respecto a su maestro.
—Me lleva, había olvidado los sellos.
—Por lo que nos deja con las manos atadas en ese punto. Vlad, tiene que convencer a su maestro para que coopere con nosotros. – Lucien dio una mirada evaluativa sopesando sus posibilidades.
—Alguien más le hace ruido la posibilidad de que la cabeza de una asociación caza vampiros quiera cooperar, valga la redundancia, con vampiros. – Dante hizo un gesto de comillas con los dedos.
—Cooperara. – aseguró Argus, severamente. – Si esa chiquilla fue capaz de que Vlad se mantuviera mansamente bajo su brazo todos estos años, logrando que él fortaleciera el sello voluntariamente al nivel de cinco sin rechistar, es que es una mujer inteligente.
John, asintió de acuerdo. – Coincido contigo. He escuchado historias sorprendentes para una criatura tan joven.
—Admiro a Van Hellsing por ese astuto ingenio que le permitió crear una cadena sin puntos ciegos. Para un maquinador como Alucard, esto debe ser lo más cercano a la perfección.
—Me alegra, no haberme cruzado yo con ese humano. – comentó Lucien con cierto humor. – Ninguno de nosotros habría tenido ninguna oportunidad de salir de algo como eso.
Los cuatros asintieron. Era una verdad universal para ellos, que solo un humano con la suficiente astucia y cojones, podría vencer a un monstruo, ahora, si ese monstruo era el primer nosferathus, y cabeza indiscutida de los inmortales era algo absolutamente fuera de serie.
Todos guardaron silencio, meditando unos momentos. Argus, recargó su mentón sobre su mano izquierda apoyado en el brazo del sitial. Cerró los ojos, concentrando su mente en buscar las vibraciones psíquicas de Alucard, no le tomó demasiado tiempo eran increíblemente fuerte, dado su alta categoría en la cadena alimenticia. Sintió la ligera corriente de choque, era bueno aún cuando evitaba usar ese canal de comunicación le incomodaba ese tipo de conexión mental, muy invasiva para su solitario carácter.
Sintió claramente la burbujeante risa profunda de su primo resonando en su cabeza. Vaya, vaya, esto sí que es una sorpresa. Realmente creí que me harías otra visita, Argus
Frunció el ceño, y resonó un gruñido en su mente que solo aumento la risa de Alucard. Asumo por tú buen humor, que tú maestro despertó.
Siempre tan intuitivo, primo.
Y tú sigues siendo un dolor en el culo, como siempre.Frunció aún más el ceño, pero fuera de eso se mantuvo impasible. Los otros tres vampiros, solo lo observaban con distintos gestos de interés, imaginándose que clase de conversación punzante se llevaba ese par de viejos vampiros mañosos. Dante, cubrió ligeramente su boca para no soltar una carcajada. Ya se sentía ansioso de ver a su entrañable maestro.
Tsk, tsk, tsk… Que diría la dulce chica policía, si escuchara a su muy admirado señor Argus soltando palabrotas de ese calibre.
Vete a la mierda, Alucard. Tuvo que suprimir algunas imágenes de la chica, que no dejaban de rondar en su cabeza. En fin, estoy con ellos ahora. Y como tú, maquinador endemoniado, ya debes sospechar, existen espías en Hellsing. Lucien está investigando, y según lo que ha descubierto Carmilla, lleva varios siglos planeando esto. Alucard, debes sacar a tú maestro de esa mansión, hasta averiguar que es lo que está gatillando esa maldición.
Mmm…No puedo forzar a mi maestro a salir sin una explicación convincente. Hizo una pausa, antes de volver a hablar. Reunámonos en tú casa Argus. Explicamos el embrollo para que colabore, y de paso obtenemos el pasé para que mis muchachos puedan entrar a Hellsing a colaborar con la causa…
Es un plan sensato. concordó.
Bien, nos veremos en unas horas, primo. Ah, y no olvides engalanarte, también llevare a mi pequeña discípula. Déjale una buena impresión.
Antes que pudiera soltarle un montón de maldiciones mal sonantes, sintió que la conexión se quebró dejándolo con su consciencia y el enojo a medio hervir. ¡El infierno se llevara a ese bastardo primo suyo!
—Ese bastardo… —murmuró entre dientes molesto, volviendo sus sentidos a sus acompañantes. Dante resopló, ocultando su risa. Se moría de ganas de saber que era lo que le había dicho Alucard al quisquilloso de Argus. El mayor, se pasó una mano por el pelo mal humorado, antes de gruñir. — Será mejor que nos pongamos en marcha, ese libertino del demonio nos hará una visita, protocolar. Y más nos vale, ser lo suficientemente persuasivos para convencer a esa jovencita, si no, estaremos jodidos.
Se levantó del sillón, y fue hasta sin esperar y quitando algunas imaginarias pelusas de su abrigo. Los otros tres inmortales se miraron entre ellos suspicaces, antes de empezar a moverse, Lucien enarcó una ceja, Grey alzó los hombros como respuesta silenciosa, mientras que Dante sonreía, ninguno dijo nada pero todos notaron algo raro en Argus.
El aludido entrecerró los ojos antes de gruñir. — Muevan el culo señoritas.
Integra se sentía mejor, físicamente hablando. Ya estaba recuperando su movilidad, y la cabeza le había dejado de dar vueltas. Lo cual era bueno porque aún ante la reticencia de Walter, empezó a revisar los pendientes de la organización. Habían sido solo unos pocos días de ausencia, pero sentía que el papeleo se había multiplicado, y su humor era directamente proporcional con la cantidad de pendientes.
En otras palabras se cargaba un genio de todos los diablos.
Suspiró fastidiada, mientras firmaba un par de resoluciones. Su mente estaba en la última declaración que le dio Alucard hacia una semana. Lo había interpelado, pero le respondió con su usual sonrisa loca que aún no podía darle los detalles, ni con todas las amenazas que le gritó pudo obtener más de él. Le había disparado en respuesta, pero eso sólo lo hizo sonreír más.
Maldito vampiro enfermo.
No podía esperar una reacción seria de ese sociópata. Se masajeó las sienes, con frustración. No podía creer que le dijera que estaba declarada una guerra entre vampiros y poder estar en paz. No podía creer que sus súbditos se amotinaran y él siguiera tan tranquilo. No. Aquí había más de lo que le había dicho, lo sabía.
Y eso no era todo lo que la estaba molestando.
Había que sumar, la mezcla de su conciencia con la de una mujer muerta; que además resultó ser la difunta esposa de Alucard, cuando aún era mortal. Se sentía influida por esa extraña presencia, por lo que estaba pendiente de aplastar cualquier sensación foránea a ella. Gruñó, he ahí su problema real. Estaba sintiendo esas cosas raras desde la noche que encontró a Lionel. Esto solo venía a revolverle más el ánimo y amargarle el genio.
Apartó esos pensamientos como si fueran desagradables insectos. No podía permitirse divagar en eso. No cuando ese vampiro la rondaba como un buitre hambriento. Que el cielo la ayudara a desterrar esos pensamientos. No había forma en la tierra que la hiciera sentirse cómoda con ello.
Ni segura, si ese hombre se enteraba.
Volvió a centrar su atención en otro documento que sacó del montón que quedaba por revisar. Leyó lentamente, hasta que su mente terminó por desterrar lo que la molestaba solo absorbiendo las letras.
—Es bueno verte levantada, Amo. — susurró lentamente junto a su oído, haciéndola saltar y agarrar instintivamente el abre cartas con su mano derecha, amenazándolo a unos centímetros del cuello. Rió entre dientes divertido, disfrutando de sus reacciones. — Veo que realmente te estás recuperando, y que te alegras de verme.
Estrechó los ojos con enojo. — No tientes tú suerte, sirviente. — le advirtió taladrándolo con la mirada.
— ¿Lo hago? — fingió sorpresa. — Me malinterpretas, jamás podría hacer algo como eso. No me atrevería.
Suprimió un gruñido, pero decidió ignorarlo. No la llevaría a ningún lado caer en esa discusión. Sería una pérdida de tiempo, y no estaba de humor para sus niñerías. — Estoy ocupada, no tengo tiempo para jugar contigo. Así que si te aburres ve a atormentar a alguien más.
—Oh, amo desconsiderada. — se quejó sin perder la petulancia. — Vengo porque tengo información importante. Pero apenas me ves, asumes que estoy molestando. Tsk…tsk...tsk… —hizo chistar la lengua, con desaprobación.
—Alucard… — advirtió enojada. Volteándose y acomodándose en su silla, sin soltar el abre cartas. —... habla o desaparece.
Soltó un falso suspiró ofendido. Y se apareció en la esquina izquierda del escritorio y se afirmó con indolencia, mientras meditaba unos eligiendo las palabras. Integra, lo observó con el ceño fruncido, pero no dijo nada. — Imagino que dada tú elocuente reacción de la semana pasada, aún tienes muchas preguntas sobre la revuelta de mi gente. — se burló con diversión. — Hoy puedo responder esas preguntas, — la vio abrir la boca para decir algo, pero agregó. — pero no puede ser aquí, tienes que acompañarme a donde unos viejos conocidos.
Integra no se molestó en ocultar su desconfianza, enarcando una ceja rubia con una clara mueca de incredulidad. — ¿Quieres que te siga hasta la guarida de otro vampiro amigo tuyo? — resopló con sorna, y se cruzó de brazos. — Realmente creo que el haberte encerrado esas semanas en el tu ataúd te afecto aún más tu perturbada mente.
—Imposible querida. Me eche a perder mucho antes de que nacieras. — le dijo sonriendo locamente. — En cuanto a lo demás, si quieres respuestas tendrás que confiar en mí.
—No puedo confiar en ti, Alucard. Lo sabes.
—Que afirmación más hiriente, maestro. Pero las cosas están de esta forma. Si quieres información tendrás que acompañarme.
Meditó un poco en el asunto. No le gustaba esto, era definitivamente algo peligroso por donde lo mirara. Pero si no lo hacía, los resultados podrían ser mucho peores. Maldita sea, odiaba cuando este chupasangre manipulador hacía esto. Más cuando sabía que tendría que aceptar de todos modos. — Bien. ¿Cuándo?
Su expresión se amplió. —Oh, ahora mismo. Me permite mi Lady. — extendió la mano.
—Deja de tonterías. Y vamos de una maldita vez. — rechazó la mano extendida, y se paró de su silla, para acercarse a una distancia prudencial. Siempre tan difícil, su querido amo.
Extendió el brazo, y sin que alcanzara a reclamar, la acercó por la cintura antes de mandar un mensaje telepático a la chica policía. Vamos en camino. Maestro, yo estoy en la puerta de la casa del señor Argus. Muy bien nos vemos entonces, chica policía
—Vamos, amo. Nos esperan.
Victoria dio una mirada indecisa a la puerta. No sabía a quienes se iba a enfrentar. Su maestro había sido vago a la hora de explicar, solo le dijo que se encontraría con algunos viejos amigos. Y era ahí el meollo del asunto. Viejos amigos, sonaba claramente a vampiros antiquísimos con un sentido del humor a lo menos similar a su maestro.
Eso era escalofriante. Volvió mirar la puerta, a lo menos ya conocía a uno de ellos. Tenía la esperanza que el señor Argus podría ayudarla a lidiar con el resto de los inmortales congregados. Había que ser honesta estaba aterrorizada. Cuando finalmente, luego de ese debate mental se disponía a tocar la puerta (recordaba claramente que el timbre estaba prohibido) cuando está ya estaba abierta dejándola con el brazo extendido.
La imagen imponente de Argus apareció vestido de negro. Se quedó quieta, y un poco sorprendida. Le sonrió amigable. — No te preocupes, estos viejos mañosos se comportaran. No son tan malos después que los conoces.
Victoria enrojeció hasta las orejas. ¡Cielo santo, había leído su mente! Definitivamente ahora, quería hacer un agujero en el suelo y morir. Por supuesto era retorica, porque en los hechos, ella ya estaba muerta. —Yo no quería decir…. — empezó a disculparse torpemente entre balbuceos, que a Argus se le hicieron encantadores.
—Lo sé, chica. — le dio unas palmaditas comprensivas en la cabeza. — Será mejor que entres. El patán de tú maestro viene en camino. — le dio lugar para que entrara, haciéndose a un lado.
Victoria, aún sintiendo el flujo de la sangre en sus mejillas solo asintió avergonzada antes de obedecer. Que podía ser peor, que ofender a un grupo de vampiros ancestrales. Bien hecho Victoria, cada vez le atinas mejor a tú diana, se dijo mortificada. Argus, solo negó divertido por la reacción de la muchacha, sintiendo ese algo removiéndose en su interior después de casi quinientos años.
La guió por la espalda hasta que llegaron al salón donde se escuchaban las carcajadas desinhibidas de Dante, que jugaba con la cabeza de un alce. Grey, sonreía divertido de las payasadas, mientras Lucien lo ignoraba rodando los ojos. La chica, se quedó de piedra descolocada de la escena. Vale, no era esto lo que esperaba encontrar. En realidad esperaba más un grupo de vampiros estirados con aire peligroso.
Escuchó bufar a Argus a su lado. — Maldita sea Dante, quieres dejar de hacer el tonto, y quitar tus pegajosas manos de mis trofeos.
—Y habló la bomba fiestera. — farfulló con un gesto infantil a media voz, mientras dejaba el trofeo en su lugar. Y se dejara caer desparramado junto a Grey, casi con la expresión de un niño.
Victoria pestañeó confundida, pero suprimió la pequeña risa que estuvo a punto de escapar de sus labios. Por la cara de Argus, no creyó que le caería en gracia que se riera de la situación.
—Señores, les presentó a la joven Victoria, actual aprendiz de Vlad. — presentó con su voz ronca. —Este es John Grey, — señaló, este le dio una cabezada amistosa y un mucho gusto. — Lucien de Laffaye. — se dirigió al joven rubio que le sonrió en respuesta. — Y el crío pesado de allá es Dante. — terminó dirigiéndole una mala mirada.
—Mucho gusto en conocerlos. — hizo una pequeña reverencia respetuosa.
— ¡Oh, pero que linda! — saltó Dante de su asiento, y de un pestañazo quedar frente a ella, ya sin rastros de su mal humor de antes. En algún momento había cogido una de sus manos y se la llevaba a los labios con una mirada coqueta. Serás se sonrojó como una amapola en respuesta. — Dante Medinacelli.
—Mucho gusto…
Argus frunció los ojos y le quitó las manos que sostenía el chico, atrayéndola a su lado con un gesto mal humorado. Victoria aumentó su sonrojo, al ser abrazada de forma tan posesiva por el inmortal. Dante, alzó las cejas con diversión. El viejo y gruñón Argus, estaba mostrando interés, por la joven aprendiz de su maestro. Tuvo que suprimir la carcajada, ante las grandes cantidades de diversión que lograría molestándolo de ahora en adelante. Solo sonrió ladinamente, antes de volver a sentarse sin quitar la sonrisa de Cheshire de su rostro.
—Niños, que les he dicho sobre pelear. — la voz ronca de Alucard se abrió paso atrayendo la atención de todos los vampiros reunidos. Les sonrió astutamente, mientras caminaba hasta llegar a Argus y su pequeña chica policía. — Que buen hermano mayor, Argus. Me tranquiliza saber que tienes un ojo… — y la mano, eso fue por su canal mental. Argus la soltó dándose cuenta del gesto, y masculló un lo siento a la avergonzada muchacha. Antes de guiarla a uno asiento muy alejado de Dante y el sentarse en un sitial próximo. —… sobre mi hija más joven.
Los tres vampiros, asintieron e hicieron una venía a su superior. Dante se veía extasiado ante la perspectiva de volver a ver a su tan adorado amo. Los demás solo mantuvieron su rostro en calma.
—Muy bien lo que nos convoca. — se hizo a un lado, y volteó hasta el pasillo donde Integra aguardaba impertérrita. — Amo, puedes acercarte, por favor. — pidió desde su lugar.
Integra le sostuvo la mirada sin temor, dándole a entender que no se atreviera a pasarse de listo. Los cuatro inmortales, casi pudieron palpar el vínculo y la lucha de voluntades que se gestaba entre ellos. Dante tuvo que suprimir un silbido admirado. Argus por su parte alzó las cejas complacido, era bueno saber que la chica tenía las riendas bien sujetas de esa bestia.
—Integra Hellsing. — saludó secamente, dándole una mirada desconfiada a Alucard.
—No es un encanto. — halagó, con su sonrisa loca. Integra, lo taladró con la mirada pero no dijo nada y sin esperar se sentó junto a Lucien.
—Deja de jugar Alucard. — fue todo lo que le dijo.
Suspiró exageradamente. — No eres divertida, Amo.
—No estoy para divertirte, habla de una vez o te juro que uso para tiro al blanco.
—Eso sí sería divertido. — sonrió.
—Alucard deje de apretar sus botones, y empecemos de una vez, payaso. — terminó exasperado Argus, que estaba recostado con aburrimiento.
—Que aburridos son. — se quejó. — En fin, estamos en guerra niños.
—Demonios, que rayos te están dando de comer que estás así. — se quejó de mal humor Argus, dándose una palmada en la frente.
—Realmente quieres saber… — mientras reía Alucard entre dientes.
—Pasó. — Terminó por rendirse con un gruñido. Victoria a su lado los miraba con curiosidad como en medio de un partido de tenis. Se enderezó un poco en su asiento y dio una mirada a todo el entorno. Dante le regaló una sonrisa dentuda, que se obligó a responder con algo de incomodidad. Era como estar con una versión más pequeña de su maestro, por lo que todas sus alarmas sonaban en su cabeza, inconscientemente se acercó un poco a Argus. La sonrisa de Dante creció, sería tan divertido.
Integra por su lado ya había hecho un barrido antes de sentarse y había clasificado a cada vampiro en esa sala. Al parecer Alucard tenía razón, y todos era de confianza y mientras ella controlara al demente mayor no habría problemas. De todas formas se sorprendió al ver a ese variopinto ramillete de inmortales, no se imaginó a un grupo como ese. Cada cual destacaba en algo, por los sellos arcanos de Alucard podían compartir cierta capacidad de energía que le permitía saber cuan fuerte podía ser un vampiro. No era una capacidad que usara regularmente, principalmente porque el vampiro más fuerte siempre sería Alucard. Pero esta vez, era necesario comprobar de qué iban los demás.
Sus conclusiones fueron interesantes. Lejos luego de Alucard, el inmortal más fuerte era Argus, asumía que debía estar cercano en edad al mismísimo Alucard. Luego y para su sorpresa, el con aspecto más joven y con ese aire malicioso era el que seguía, Dante, había escuchado. Seguido del que estaba sentado a su lado, que dado su acento debía ser francés y por último ese elegante caballero mayor sentado con parsimonia escuchado con atención. Volvió su atención a Alucard, que al parecer al fin había dejado de molestar a Argus y empezaba a hablar en serio. Era como un mocoso caprichoso.
—Como decía estamos en guerra. — volvió a repetir con desinterés. — Carmilla ha hecho su movimiento y ha convencido al consejo que se amotine. — hizo un sonido despectivo con la lengua.
—Quizás no debimos habernos retirado de ese nido de víboras. — se quejó Dante.
—No había mucho que hacer. — le respondió Lucien, cerrando su libro. — Nosotros pese a nuestra edad, no éramos elementos objetivos. — torció la cabeza en un gesto. — Nuestra fidelidad al conde era demasiado para pertenecer sin trabas.
Alucard sonrió. — Es evidente que pondrían trabas a su presencia, bien sabía Carmilla que ustedes no podrían ser manipulados por ella. Aunque para nuestra suerte, nuestro querido John ha pasado desapercibido por la bruja. Buen trabajo.
—Mi pasado me condena. — fue la respuesta calmada, antes de sonreír con resignación.
— ¿Qué es lo quiere conseguir con todo esto? — preguntó Integra en voz alta, atrayendo los ojos de todos. — Y porque demonios, justo en este momento estoy siendo maldecida. — se recostó un poco en asiento, entrecerrado los ojos azules como dagas afirmando su mentón en una de sus puños. — Deja de dar vueltas en lo que ya sabemos, Alucard, y responde lo importante de una vez.
Argus se enderezó con los ojos abiertos, como viéndola por primera vez. Ahora, veía el parecido. Tenía ese aire a Ioana, solo que ella se veía realmente poderosa. Era gracioso, por fin entendía la obsesión de su primo por esa jovencita. Es todo lo que había buscado desde que ella murió. Dio una mirada de reojo a Victoria, era como recuperarlas luego de ese montón de malas decisiones.
—Siempre sin rodeos, arruinas mi don de gentes, amo. — se quejó alzando las manos resignado. — Bien, todos sabemos que quiere gobernar el mundo.
—Qué plan más pasado de moda. — farfulló aburrido, Dante mirando el techo.
—No todos son unos genios del mal como yo. — le soltó petulante. — Y, sí, tienes razón no es coincidencia, la maldición que te aqueja maestro viene de la misma fuente. Ella es la responsable.
— ¿Por qué? — su rostro no varió.
—Porque quiere hacerme daño. — alzó los hombros. — Me guarda un profundo resentimiento desde antes de que fuéramos vampiros. — por primera vez dentro de la conversación, la expresión de Alucard fue verdaderamente seria. Y un dejo de amargura, se marcó sus ojos carmín. Muy similar a la que tenía cuando hablaba sobre su padre, y Mirceas.
Integra iba a abrir la boca para preguntar, cuando escuchó la voz de Argus hablándole. Se volvió hacía él, lo miró con atención. — Carmilla es mi hermana menor, y estuvo comprometida con Mirceas antes de fijar sus ojos en alguien más. — por la subrepticia mirada que dio a nadie le quedó dudas quien era ese alguien. — Ambos somos los últimos parientes sanguíneos de Vlad.
Así que de ahí iba todo. Lió de faldas, Integra quiso dispararle al idiota de Alucard, pero se obligó a permanecer quieta y seguir escuchando. — Jamás me perdonó que eligiera a Ioana. — una mueca infeliz, se plantó en su expresión. —Luego de que abrazó la inmortalidad, se ha esforzado por hacer nuestra eternidad miserable. De no ser por el honor que aún me quedaba la hubiera destruido hace siglos. — hizo una pausa, antes de seguir. — Te está utilizando, para hacerme daño. Y de paso cobrársela a Ioana. Es increíble que ni de muerta la deje en paz. — lo último lo dijo en un gruñido bajo. — Lo que sea que haya hecho, y en eso Lucien tiene más luces que yo, lo está logrando por medio de espías. Amo, hay infiltrados en Hellsing, y me atrevería a asegurar que alguien de la mesa redonda está involucrado también.
—Dos pájaros de un tiro. — se pasó una mano por su melena rubia, fastidiada. — ¿De qué va la maldición?
—Es un rito muy antiguo, y se ve que ella lo tenía preparado desde hace un buen tiempo. — empezó Lucien. — Es babilónico, y es del tipo invasivo. El alma de Ioana entrara en tú cuerpo, absorbiendo tú anergia hasta que ambas mueran.
—Genial. — escupió de mal humor. — Me está sorbiendo la vida. Es eso. — afirmó su antebrazos sobre sus rodillas, pensando. — Si hay infiltrados, deben estar protegido para que tú no los detectarás. — miró a Alucard, que estaba con una expresión de neutra hostilidad. — Alguna idea de cómo cazar a los traidores. — dijo en voz alta.
—De hecho sí. — respondió cruzándose de brazos. — Pero tendrás que hacer algunas modificaciones en los sellos de protección del señorío, para que mis muchachos puedan investigar.
Frunció el ceño. — Quieres que le dé pase libre a tus vampiros a mi organización. — le dijo incrédula.
Alzó los hombros. — No hay mucho que hacer al respecto. Solo ellos pueden vigilar de cerca y cazarlos. Yo no tengo tiempo para hacerlo, necesito movilizar a mis aliados para armar la ofensiva. Y tú, tienes que venir conmigo hasta que lo que sea que gatille la maldición sea eliminado.
—No puedo dejar Hellsing, Alucard.
—No tienes opciones, Amo. — rebatió.
—Si las tengo. Me quedó.
Ahora fue el turno de Alucard de rodar los ojos. Tan terca. — No puedes, no es seguro. Bien sabes lo que significa los espías. Más cuando esta maldición está activa.
— ¡No puedo escapar! ¡Me niego! — crispó los hombros, mientras lanzaba dagas afiladas con por los ojos.
—Muerta no podrás proteger tú herencia. — lo último lo dijo con seriedad mortal. — Nunca has actuado necia Amo. No es el momento para empezar. — lo último sonó como un regaño.
—No te atrevas a darme sermones, Alucard. — le siseó.
—No lo hago. — alzó los hombros. — Solo te estoy pidiendo que actúes con perspectiva.
Ella entró en un silencio reflexivo y oscuro. Odiaba cuando tenía razón. Maldito vampiro inoportuno. No podía creer que no tenía un mejor plan que seguir a Alucard en esto. Siendo arrastrada en medio de una pelea milenaria, por un par de sociópatas, eso era un jodido dolor en el trasero. — Mierda, está bien. Tú ganas. — soltó enojada. — Pero será bajo mis términos. — le advirtió.
—Es un trato justo.
Y la sonrisa loca, selló el pacto que los llevaría a pelear nuevamente hombro con hombro.
Después de siglos sin actualizas, al fin volví.
En fin gente, los otros fic avanzan, lentos pero seguro prontamente viene la actualización de Recuerdos manchados de Carmín, y mi otro fic activo de InuYasha. Pero les cuento que no estoy de vaga por la vida, he estado trabajando en otros proyectos de otros fandoms que no verán la luz hasta estar terminados. Pero bueno, ya se enteraran en su momento.
Como ven las cosas están empezando a caldearse en los distintos bandos, y a la pobre Integra no le quedó otra que dejarse arrastrar, se imaginaran el cabreó que arrastrara de ahora en adelante. En cuanto a Carmilla, es una sociópata como se habrán dado cuenta. Confieso que me encantó interactuar con los amigos de Alucard, realmente me divertí escribiendolos. No sé si lo notarán pero recicle a Lucien de "Escarlata", no me pude resistir.
En fin como ven ya se está armando, y las cosas se empiezan a poner moviditas. Se aceptan teorías y comentarios, los empezare a responder, porque aunque no me crean aprendí a hacerlo no hace tanto por lo que no me anime a responder los antiguos más por vergüenza que por ganas, en fin. Ahora sí, así que si tienen dudas o algo me avisan e intentare responder lo más pronto. (Lo sé soy una cavernicola u.u)
Eso, se me cuidan y espero demorarme menos en el otro. A lo menos creo que tengo lo vertebral del próximo a medio masticar.
Un abrazo para todos mis saltamontes preferidos.
Atte.
Brisa Black.
