Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 17 Sembrando la duda

El tiempo se pasa volando y la adorable Amy estaba en sus encantadores cinco meses. Mas durita, con sus rasgos más definidos, físicamente se podía decir que era un clon de Candy, a excepción de los ojos color zafiro que no podían negar a su padre y también todos sus gestos eran de él. La adoración de Terry era esa niña, la luz de sus ojos, ella y su esposa.

-Terry, ¿se puede saber por qué estás escondiendo el brazo?

Quiso saber Candy al ver que Terry estaba raro cada vez que ella se le acercaba y se giraba cuando le pasaba por el lado mientras sonreía nervioso como un niño que acaba de hacer una diablura que no quería que se descubriera.

-Eh... ¿yo? Nada. Es que me golpeé y me duele... me estoy sobando...

-Terrence... déjame ver tu brazo.

Acercándose muy seria y con la bebé en brazos, Candy lo miraba amenazadoramente y Terry tenía una sonrisita cínica mientras iba descubriendo el brazo que había pretendido esconder.

-Está bien, mira...

-¡Otro tatuaje!

Le reclamó en voz alta porque él ya tenía varios y Candy no quería que se convirtiera en un mural. Su gesto cambió a uno muy conmovedor cuando vio lo que Terry se había tatuado en el dorso de su brazo izquierdo. El nombre de su hija en una perfecta y fina caligrafía cursiva y al rededor diminutas plumas, era un trabajo único que dejó a Candy al borde de las lágrimas casi. El área tatuada aún estaba cubierta de un gel y una tela plástica la protegería durante el proceso de curación.

-También hice que me retocaran este... a mi niña hermosa.

Terry le mostró el lado donde diez años antes se había tatuado la cara de Candy a los ocho años cuando enfrentó el dengue que casi la mata por negligencia de su madre y que estuvieron casi seguros que no sobreviviría, motivo por el cual él quiso llevarla en él por siempre.

-Está precioso, mi amor. De verdad. Mira, Amy, papi se hizo tu nombre.

La niña no entendió, pero sonrió muy alegre y casi se lanzó a los brazos de Terry. Estaba gordita y sus mejillas eran sonrosadas y rellenitas, su pelo era más abundante, lo que permitió que Candy le hiciera dos coletitas al frente y el resto del pelo iba suelto atrás. Su ropita consistía en una coqueta faldita rosa con puntitos negros y la blusita a juego que era rosa completa, pero con puntitos negros en los bordes de las mangas y el cuello y sus zapatitos simulaban los de una ballerina. Todo una muñeca.

-Daddy's little princess. No sé por qué tu madre insiste en hacerte estas coletas si te ves hermosa con tu pelo suelto. ¿verdad que sí?

La niña rió a carcajadas porque Terry no sólo criticó que la peinaron, sino que le quitó las gomitas que sostenían sus coletitas.

-¡Terry! Pasé mucho trabajo para que tu hija se dejara hacer esas coletas y tú se las quitas como si nada. ¡Eres un desconsiderado!

Candy estaba súper indignada y molesta y Terry la miró con cara de haber metido la pata mientras sostenía las dos liguillas que antes sujetaban las coletitas de Amy.

-Lo siento, Pecas. Es que... me gusta el pelo suelto... se ve más linda así... y tú también...

Terry le soltó el pelo a Candy que también lo llevaba sujeto en una coleta alta y se lo esparció, le llegaba a las nalgas ya y Terry se lo acarició y se lo besó, lo mismo que hizo con su hija. Se fueron a la sala y en el piso se pusieron a jugar con Amy y un montón de juguetes que habían en las lozetas de goma en forma de rompecabezas que cubrían el zuelo. La llegada de Amy había transformado todo, todo había sido adaptado para ella. Y los que vinieran, que aunque no se estaban cuidando, no se había dado el milagro aún.

-Mira, Terry, está intentando ponerse de pie. ¡Awww!

Primero Amy estaba sonriendo cuando se sostenía de uno de los sofás para pararse, pero luego refunfuñaba y lloraba porque no lo lograba. Falta de paciencia, otro rasgo de Terry.

-Tienes que hacer ejercicios, Pequitas. Pareces una bolita de carne.

-¡Terry! No parece ninguna bolita de nada. Ella está bien. Es sólo gordura de bebé, eso se le quita cuando vaya...

Terry no quería seguir escuchando más, así que la besó, así sin más. De un jalón la puso sobre su regazo y le comió la boca por un instante.

-Hablas mucho, Pecas.

Le dijo burlón antes de que ella ni siquiera pudiera reaccionar. Luego se quedaron en ese misma posición, pero disfrutando de Amy recorriendo su área de juego después que al presenciar el beso fuera molesta a reclamar a su padre. A su cortita edad la niña era celosa como sus padres, sólo que al extremo que llegaba Terry no llegaba nadie. Ese trono no había quien se lo quitara. Amy era una mezcla exacta de ambos.

-Terry... me pregunto... digo, no es que tenga prisa, ni mucho menos, pero... Amy ya tiene cinco meses y... nunca nos hemos cuidado, no entiendo por qué... aún no hay bebé otra vez...

No se podía decir que Candy estuviera frustrada o desesperada, pero se le hacía raro que no hubiera estado embarazada ya y su tono fue un poco triste y preocupado. Terry lo sintió y él muchas veces se había preguntado lo mismo, aunque no tenía prisa, estaba muy contento con su bebé. La apretó más hacia él y cariñosamente le habló al oído.

-De verdad no lo sé, niña linda. Pero no creo que debamos preocuparnos por eso. Ya tuviste a Amy, hermosa y sana, lo que significa que no tienes ningún problema. Además, no hay apuro, mi reina. Tú estás chiquita todavía, mi amor. Tenemos mucho tiempo para seguirlo intentando. Posiblemente antes de cumplir tus veinte añitos ya haya otro pecosito aquí.

Se quedó abrazándole el vientre mientras seguían disfrutando de su bebé que no abandonaba la misión de querer ponerse de pie. Le sacaba muchas risas a su padre cuando caía sentada nuevamente.

-Yo lo quiero ahora, Terry. Fue tan hermoso... me lo disfruté tanto. Ver crecer dentro de mí un bebé tuyo... es algo tan maravilloso. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Además, esta vez... quiero que... lo puedas ver nacer.

Al decirle eso, ella bajó el rostro con tristeza porque aún sentía algo de culpa y remordimientos por haberle robado ese momento a Terry, tanto que él había soñado con estar presente cuando su hija asomara sus ojitos al mundo por primera vez.

-Ya no te culpes más por eso, mi amor. Ya pasó. Además, tú me prometiste muchos bebés, así que podré verlos a todos nacer.

La abrazó nuevamente y la llenó de besos para dar por terminado el tema y no verla con el rostro apagado. Lo que ayudó también a liberar la tensión fue que Amy fue hacia ellos arrastrándose en un intento de gateo. Iba muy adelantada para su edad. El padre de Candy les había dicho que ella había caminado antes de los nueve meses, así que no se sorprendiera. Amy iba en el mismo camino. Parece que la pecosita estaba ya agotada, se arremolinó entre sus dos padres y con desesperación comenzó a buscar los pechos de Candy. No comió mucho porque se quedó dormida pronto y ellos se pusieron de pie para ir acostarla y hacer ellos lo mismo. Ya era de noche y tenían que levantarse temprano como siempre. Afortunadamente, Amy ya dormía toda la noche.

-¿Crees que la leche sola la esté sosteniendo, Candy?

-Sí, no te imaginas lo maravillosa que es la leche materna. Pero ya el próximo mes comienza con sus alimentos sólidos y los cereales...

-¿Cereales? Ahora sí que en vez de caminar, rodará.

-¡Terry!

-Está bien, está bien. Vamos a dormir ya. Bueno, no exactamente a dormir porque...

La comenzó a tocar coquetamente y en sus ojos había deseo. El sonido de un mensaje de texto les interrumpió el momento.

-¿Quién está mandándote mensajes a esta hora?

-Ehh, no sé... déjame ver. Son las nueve y treinta de la noche, Terry. Tampoco es tan tarde.

Luego de su respuesta y sin mirar a Terry en ningún momento, Candy vio el mensaje y lo contestó. No se dio cuenta que inconcientemente, nunca le dijo a Terry quién envió el mensaje ni lo que quería. La expresión de la cara de Terry había cambiado por completo. Celos. Se ahogaba en ellos, como siempre.

-¿No me vas a decir quién era?

Se acercó a ella y su pregunta no fue en alta voz, pero sí su mirada daba miendo, porque venía acompañada de una caricia cínica con su dedo hacia el rostro de ella. Una que le indicaba que no le estaba dando la opción de reservarse el misterio del mensaje.

-Nada, Terry. Mañana tenemos un trabajo en grupo que presentar, un informe oral sobre Pericles para la clase de humanidades... Un compañero quiso saber si yo había conseguido las imágenes para la parte visual del trabajo que también es parte de la puntuación...

Ella sonó serena porque no tenía nada que esconder, aunque la actitud desconfiada de Terry siempre la ponía nerviosa. Y con razón, porque después que Terry escuchó la palabra "compañero" (masculino) no puso atención al resto de la explicación de Candy. Su expresión no cambió para nada.

-¿Un compañero?

-Sí...

-Y le diste tu teléfono y no se le ocurrió mejor hora para preguntar por el trabajo que ésta...

-Terry... no empiezes. Mira, aquí está el mensaje, léelo.

De mala gana, Candy le pasó el celular a Terry para que viera que no estaba ocultándole nada. Él lo tomó, pero no miró el mensaje. Puso el celular en una mesita y se acercó a ella nuevamente. Acorralándola y bloqueándole todo el paso con su cuerpo. En su mirada había una mezcla de lujuria y enfado. Terry era todo en uno. Una infusión desquiciante.

-Ten cuidado, Candy. Mucho cuidado.

Ella quiso responder, pero no era fácil cuando él la tenía prisionera en su cuerpo. Cuando su boca la estaba besando de manera tan pasional y primitiva y muchísimo menos cuando la había apretado fuerte de las nalgas y la pegaba hacia él, imposible si ya estaba sintiendo lo excitado que estaba él. Sus manos se adentraron en la fina camisilla de ella y con sólo ese contacto la piel se le enchinó y sus pezones se endurecieron como rocas. Terry superaba cualquier estado de ánimo que ella tuviera. Él tenía la habilidad de eclipsar todo su mundo.

-Terry, mi amor... tú sabes que yo soy sólo tuya. No hay otro para mí...

-Ni lo habrá, Preciosa.

Le soltó con arrogancia luego de arrancarle la camisilla de un tirón para sambullirse en el mar de sus pechos. Él tenía una gran afinidad con esa parte de su anatomía y también por sus nalgas. Candy ya no era capaz de pensar. Porque el deseo de Terry seguía acompañado de un visible enfado y eso sin saber por qué la excitaba mucho. Comenzó a besar a Terry de manera desesperante y se le colgó de la cintura. Ella misma le ofrecía sus pechos para que se saciara de ellos mientras le regalaba dulces gemidos en el oído que le robaban la calma.

-Por supuesto que no lo habrá, Terry. No quiero a nadie más que no seas tú haciéndome ésto. Ahh... Te amo.

Terry se quitaba la ropa apresurado. Estaba muy excitado y sólo quería hundirse en su interior. Quería dejarle claro de quién era ella. Con su ayuda se quitó todo y le bajó a ella el short. Le había quedado la braguita, pero él estaba tan necesitado de hacerle el amor, que sólo se la corrió hacia un lado y vio cómo sus dedos se mojaban con su humedad al hacerlo. No lo pensó mucho y entró en ella de un sólo golpe.

-¿Crees que yo dejaría que otro te haga esto? No, cariño. Tendría que estar muerto. Mientras yo viva, tú y tu cuerpo sólo serán míos. ¿Está claro eso, mi amor?

Ella quería contestar rápido, pero Terry se lo estaba haciendo tan fuerte y tan rico que no le salía la voz. Su molestia y sus celos se lo estaba cobrando con embestidas furiosas y precisas. Con deliciosas y fervientes mordidas en su cuello y labios.

-Tuya solamente... siempre. Ummm...

-Eres una niña buena.

Siguió besándola de manera salvaje y ni por un segundo le bajó al ritmo. Habían perdido hasta el conocimiento. No había nada al rededor que no fueran ellos dos y sus cuerpos suspendidos en el placer. Terry nunca había logrado saciarse de ella. Siempre quería más, necesitaba más. Ella se sujetaba fuertemente porque Terry no tenía compación. Estaban bañados en sudor y Candy le pareció más divina aún con el cabello húmedo y los mechones que se pegaban en su frente. Terry le pasó la lengua por el cuello y la saboreó, su escencia natural y la sal que dejaba el placer en ella. Ella estaba abandonada a merced de unas sensaciones infinitas. Pensó que la forma en que él le hacía el amor debía ser un pecado. El placer se hizo tan fuerte, que aunque quisieron prolongarse, sus respectivos orgamos estallaron sin que lo pudieran evitar. No pudieron hablar. No había fuerzas para eso. Candy se sostenía de él firmemente para no perder el equilibrio. Les faltaba el aire. Terry siempre la dejaba sin aliento. Eran adictos al otro.

-Te amo, Candy. No lo olvides nunca. Te amo más que a nada.

Cuando ya se habían duchado y acostado se lo dijo. Mientras ella estaba acunada en sus brazos más dormida que despierta.

-Terry... ¿vas a domir encima de mí...?

-No... hoy quiero cuidarte a ti. Ven.

Y así se la colocó a ella encima y la durmió. El amor y la ternura hacia ella era inmensa.

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-Amy, mi vida, cálmate. Mami se tiene que ir.

Por la mañana Candy le suplicaba a su bebé que dejara de llorar porque ella de por sí ya estaba un poco retrazada para el trabajo que tenía que presentar en la universidad. Normalmente, la perreta de Amy era cuando Terry se iba, pero de momento ese día había tenido mamitis y no quería desprenderse de Candy.

-¡Dios mío! Terry, ¿dónde está Graciela?

-Le dije que no viniera hoy. No me necesitan en la oficina, así que me tomé el día libre para quedarme con la pecosita. ¿verdad, princesita?

-Tú... ¿vas a quedarte solo con Amy?

Candy estaba más que sorprendida de que Terry fuera quedarse con Amy sin ninguna ayuda. Le daba terror sólo de pensarlo, pero estaba tan apurada con el trabajo que tenía que presentar que decidió no darle muchas vueltas al asunto.

-Claro que me quedaré con ella. ¿Qué tiene? Hoy la princesa se queda con papi. ¿verdad?

Haciéndole gracias, Terry volvió a ganarse a la niña nuevamente haciendo que se olvidara por completo de Candy, momento que ella aprovechó para repasar su imagen en el espejo. Se había alizado el pelo que brillaba sedoso hasta las nalgas, se había puesto una elegante y sobria blusa verde cuyas mangas llegaban a los codos y era entallada, con un jean y zapatos de tacón negros, la elegancia no le quitaba lo juvenil, la apariencia también era parte de la puntuación final, por eso a vestimenta y su maquillaje también era sobrio e impecable. Enrolló una cartulina que contenía imágenes sobre el tema que presentarían y como loca comenzaba a buscar su celular. Terry observaba todos sus movimientos.

-¿Qué buscas?

-Mi celular. Pensé que lo había dejado en...

-Toma. Tienes otro mensaje de tu amiguito.

Terry le pasó el celular que estaba casi en sus propias narices y ella no lo veía. Sintió un poco de tensión por la forma en que Terry le dijo sobre el mensaje de su amiguito.

-Nos vemos en la tarde. Trataré de llegar lo más pronto que pueda.

Y se dirigió disparada hacia la puerta con todas sus cosas en las manos.

-¿No se te olvida algo?

-No... ¿Por qué?

Terry no le respondió, sino que se quedó mirándola muy serio y con reclamo hasta que ella finalmente captó la molestia y contra el reloj se acercó a él nuevamente.

-Lo siento. Ya sabes, la prisa...

Le dio un beso a Terry y uno a la niña.

-Los amo.

Les gritó y salió corriendo como un torbellino hacia su carro. Iba comiéndose la carretera porque la maestra de humanidades era el diablo personificado. Era capaz de suspenderle el trabajo si no llegaba puntualmente. Empezaban por orden alfabético y el que no estuviera al momento de ser llamado, perdía el turno y se le daba un cero. Casi atropella a una anciana por su prisa, pero llegó justo a tiempo y aún la puerta del salón estaban a penas abriéndola y ya la maestra estaba mirándolos a todos como si fueran seres inferiores. Su mirada siempre hacía que ellos sudaran frío. Al fin llegaron a sentarse a la espera de ser llamados para el trabajo.

-Candy... ¿no estás nerviosa?

Le preguntó Joseph, el compañero de clases y con quien daría en el informe oral. Mismo que sin tener la más mínima idea, Terry lo odiaba.

-Mucho... espero que no se me olvide todo lo que me embotellé ayer. Esta profesora nos odia.

Le murmuró Candy en respuesta hasta que la voz de la maestra se dejó escuchar.

-Candice y Joseph, espero que lo que estén murmurando tenga que ver con la clase porque ustedes son los próximos. Vamos, adelante.

El corazón de Candy se aceleró a millón y de pronto tuvo terror de que la profesora hubiera escuchado los comentarios que hizo, pero al parecer no fue así. Pasaron al frente y luego de presentarse dieron su informe oral. Joseph parecía estar muy tranquilo, realmente no era muy aplicado, pero tenía la labia y con su actitud de charlatán a veces conseguía doblegar el mal genio de los demás. Era delgado, un poco bajo de estatura, pero más alto que Candy. Se podía decir que era un tipo promedio, no era guapo, pero tampoco feo.

-Pues hasta aquí mi parte, compañeros. Fue un placer haber compartido este trabajo con ustedes. ¿Alguien tiene alguna duda o pregunta sobre el tema?

Preguntó Candy cuando dio por finalizado su informe y rogando a Dios que ningún imbécil se atreviera a preguntarle nada. Ya que todo el tiempo, ante la mirada excéptica de la profesora sus manos nunca dejaron de temblar y sus rodillas casi no la sostenían. Agradeció que nadie preguntara. Realmente a nadie le importaba el tema de Pericles porque sus profesiones en la mayoría nada tenía que ver con esa cháchara de historia.

-Estuviste fantástica, Candy. A penas sí te notaste nerviosa.

-Eso es porque practiqué bastante. No veía la hora en que se terminara.

Iban conversando en lo que dirigían a la cafetería para almorzar. Se supone que estarían almorzando Candy y Susana quien ya tenía siete meses de embarazo y esperaba un niño. Al poco rato se les unieron Archie y Lizette y Joseph se autoinvitó, ganándose una mirada de desconfianza por parte de Archie al que no le caía bien y más cuando pidió prestado el celular de Candy y no lo soltó en todo el rato.

-¿Qué pediremos hoy?

Preguntó retóricamente Lizette mientras leía el menú en la pizarra blanca desde la mesa que habían elegido.

-El especial del día se ve muy bien.

Comentó Joseph y por alguna razón, cayendo pesado nuevamente. Las chicas no le prestaron atención, pero Archie lo volvió a fulminar con la mirada.

-Yo todavía tengo el desayuno atravezado, chicas. Mejor pidan ustedes. Susana y yo le guardaremos sus puestos.

Candy y Lizette fueron a ordenar y también le harían el favor a Susana de ordenar por ella para que no tuviera que hacer la larga cola que había en la cafetería, quedándose solos en la mesa, Archie, Susana y Joseph.

-Yo que tú no la miro mucho, amigo. Esa chica está totalmente fuera de tu liga.

Archie sacó a Joseph del embelezamiento que tenía mirando a Candy y maravillado con todos los gestos que hacía en la charla inaudible que sostenía con Lizette en la fila de ordenar.

-No sé por qué lo dices, socio. Dale tiempo al tiempo y verás...

-Te lo digo, socio, porque Candy está casada y tiene una bebé. Créeme que está totalmente fuera de tu alcanze y además... no creo que a su esposo le haga ninguna gracia la forma en que te expresas y la miras...

-¿Y quién es ese? ¿Superman? No le tengo miedo... y además... no soy celoso...

Archie no podía creer la arrogancia y el cinismo del tipo. Había gente que lo único que provocaba era darle un par de patadas en el en la cabeza, pero con un martillo, pensó él.

-Tú no eres celoso, pero él sí. Y te advierto algo... cuando ve a alguien invadiendo su territorio... normalmente la cosa no acaba muy bien... pero a parte de eso... no creo que Candy cambie chinas por botellas.

Archie lo miró con burla, pensando en la gran desventaja que tenía Joseph y le tocaba la suerte de enfrentarse a Terry que casi lo doblaba en estatura y corpulencia. Susana estaba disfrutando toda la conversación disimuladamente y sonreía con malicia pensando en lo iluso que era Joseph.

-¿De qué hablan, chicos?

-De nada, Candy... que nuestro amigo Joseph te admira por lo increíble que eres y por tu capacidad de poder ser una buena estudiante, además de madre y esposa.

Esa respuesta vino de Susana con toda la intención y Joseph no la miró de buena manera, ella le dio una sonrisa cínica y Archie le guiñó un ojo. Candy no se enteró de nada, pero Lizette supo que algo había en esos comentarios y miró a su novio dejándole saber que esperaba que desembuchara tan pronto estuvieran solos.

-Joseph... ¿no se te antoja algo de almorzar? Pues el celular de Candy no se come y además el sonidito indicando que necesita recargarse como que nos está incomodando.

Dijo Lizette con fastidio, que no tenía precisamente mucha paciencia y porque además tampoco le caía bien Joseph. Él comprendió que no encajaba en el círculo de amistades de Candy y devolviéndole el celular de mala gana, se fue quién sabe a dónde.

-Chicas, creo que se pasaron de groseras con el pobre muchacho. Sé que es medio pesadito, pero...

-Pero créeme que nos lo agradecerás, mi querida Candy. Olvida a ese sángano y sigue comiendo.

Le dijo Archie y ella riendo siguió atacando su comida. Hacía unos días que su apetito se había disparado mucho más de lo normal y ella no entendía por qué, pero como tenía la ventaja de no engordar, le daba a su cuerpo todo lo que le pedía, en este caso, comida.

-Bueno, chicos, hoy yo lo único que tenía era el informe oral, así que me voy a mi casa. Ya saben, son bienvenidos cuando quieran visitarnos. Amy los recibirá encantados.

-Lo tendremos en cuenta, Candy. Ve con cuidado y le envías saludos a Terry.

Candy se despidió porque ansiaba llegar a casa para ver a Terry y a su hija y porque además, sin saber por qué tenía unas ganas locas de que Terry le hiciera el amor. Se puso colorada ante el sólo pensamiento. Aún guardaba algo de pudor.

-Ahora sí me van a decir qué onda con el Joseph ese, eh, Archie.

Acorraló Lizette a Archie y a Susana. La curiosidad la estaba matando.

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Candy iba distraída caminando por las afueras del recinto universitario, pensando en parar antes de ir a casa a comprar unos juguetes que tenía en mente para Amy que según había escuchado, estimulaban mucho más su aprendizaje. No sabía que alguien nunca la había perdido de vista.

-¡Candy! Uf... Casi no te alcanzo.

Agitado y casi sin aire, Joseph llegó a ella, sacándola del mar de sus pensamientos.

-Joseph... Yo... voy a comprar unos juguetes para mi bebé y me iré ya a casa. Mi esposo me debe estar esperando. ¿Qué se te ofrece?

-Nada, no te preocupes. Sólo quería despedirme bien de ti... porque en realidad... me fui así porque he notado que a tus amigos no les caigo muy bien... se siente...

Joseph se hacía el mosquito muerto y Candy lo supo, porque había aprendido con Terry a leer a las personas, pero sólo le pareció que era algo latoso, nada de qué preocuparse, aunque su constante compañía ya la estaba cansando.

-Son buenos chicos. Tal vez con el tiempo te ganes su simpatía y...

Candy dejó su argumento a mitad porque su celular comenzó a sonar. Se le dibujó una sonrisa en la cara al ver que la llamada era de Terry, pero cuando fue a contestar, la batería estaba tan baja que se le apagó.

-Tu esposo, ¿verdad?

-Sí. Y gracias a que dejaste agotado mi teléfono no pude contestarle.

Candy sonó molesta, pero a él su descaro no lo dejó mostrar ni un poco de vergüenza, sino que se alegró de que Candy no le hubiera podido contestar.

-Es increíble... tan joven, inteligente y bonita... ¿por qué te tiraste la soga al cuello tan rápido?

-Sí te refieres a mi matrimonio, te informo que soy muy feliz, como nunca lo he sido. No me arrepiento en lo más mínimo. Todo lo contrario... todos los días los paso contanto los minutos y segundos para ver a mi esposo.

-Ya. Pero... Candy... hasta hijo y toda la cosa... ¿Por qué tanta prisa?

A Candy comenzaba a caerle mal y pesado Joseph, lo comenzaba a ver de la misma manera en que lo veían sus amigos y ahora entendía la razón.

-¿Prisa? No Joseph, ninguna prisa. Mi bebé fue un regalo, una bendición, prueba de lo mucho que nos amamos mi esposo y yo. Ella no fue un descuido. Fue una niña planificada y deseada. Sé que muchos no lo entienden y de todos, tú eres el último que espero que lo entiendan, pero... yo soy muy feliz así, somos felices.

-Perdón, Candy. No quise hacerte sentir mal, no me malinterpretes. Sólo que pensé que lo más lógico es estudiar primero, disfrutar la vida y tal vez luego casarse y tener hijos... y tú hicistes las cosas al revez... espero que al final no termines dejando todo porque estás llena de hijos y con un marido exigente...

Candy quiso degollarlo en ese mismo momento. Bien era cierto que lo que él decía tenía algo de lógica, pero no era su caso. Sus circunstancias eran muy diferentes a la de muchas otras mujeres. Terry podía ser celoso y su carácter un poco dominante, pero nunca le había cortado las alas en ninguna de sus metas, sino que siempre la apoyaba y alentaba para que saliera adelante, mucho antes de tener la posición que ahora tiene.

-Agradezco tu preocupación, Joseph, pero mi vida es muy diferente a lo que tú piensas. Si estoy estudiando y superándome es precisamente por mi esposo, ya que él es el que me apoya y me sostiene en todo. Sí, Joseph, vivo como una reina, no trabajo ni me mato por ahí, mi esposo me lo da todo y gracias a él tengo el privilegio de estudiar y ser algo más que una ama de casa, trabajo que también lo representaría con orgullo, pero que no tengo la necesidad de hacer. Tengo apoyo incondicional de la familia y solidez económica, así que nada me impedirá que siga superándome y menos mi esposo y mi hija, ellos son mi motor para llegar hasta el final. Ah, y no me importaría llenarme de hijos, ya que todos los que vengan serían fruto del gran amor que nos tenemos mi marido y yo y que gracias a Dios podremos mantenerlos a todos... de hecho... estamos planificando el segundo ya. Así que no te sorprendas si muy pronto me ves panzona.

Con eso último y llevándose una mano a su vientre, Candy barrió con todas las esperanzas de Joseph, pues notó la devoción y el brillo con que Candy hablaba de su esposo e hija y de lo feliz que se notaba que era. Pero eso no disminuyó la obsesión que comenzaba a crecer en su interior por ella.

-Bueno... tú sabrás, Candy. Sigo pensando que estás loca... pero... todos tenemos algo de locos... y respeto tu opinión. ¿Quieres que te acompañe a buscar los juguetes que...?

-Eh... prefiero hacerlo yo, gracias.

Ignorándolo por completo, Candy siguió su camino hacia la tienda especializada en estímulo y desarrollo de infantes y niños, incluyendo niños especiales. Lo último le llamó más la atención, ya que al tener en mente tener su propio colegio, quería adapatarlo también para los niños con necesidades especiales y cuanto más puediera aprender y acesorarse, mejor. Pidió a la dependienta de la tienda usar el teléfono para avisarle a Terry que no tenía batería en su celular y que tardaría un poco eligiendo los juguetes adecuados para Amy. Estuvo en la tienda casi una hora y compró todo lo que le recomendaron, pasando la tarjeta de crédito de Terry sin ningún remordimiento. Cargada de bolsas, Candy se dirigió a su Jeep para guardar todo en el baúl cuando una muy conocida y fastidiosa voz la volvió a llamar.

-¿Qué se te ofrece ahora, Joseph?

Le preguntó de mala gana, rudeza poco habitual en ella.

-Nada, Candy, pedirte una disculpa si opiné de más y me metí en lo que no me importa... y pues te traje estos chocolates, recordé que dijiste que eran tus favoritos... toma.

Con una muy ensayada mirada dulce, Joseph le extendió la cajita de chocolates a Candy y de pronto ella sintió algo de remordimiento por su brusquedad y suavizó el tono de su voz.

-Gracias, Joseph, pero no era necesario...

-Sí lo era, yo metí la pata, así que tienes que dejar que reponga el daño.

Ella sonrió porque ya se había rendido ante su insistencia y además sólo quería llegar a su casa ya y no tenía ganas de seguir discutiendo con alguien que no valía la pena.

-Está bien. Bueno, ahora sí me voy. Bonita tarde, Joseph.

Le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta de su Jeep para entrar, pero...

-Candy... ¿sería mucho atrevimiento pedirte que me dejes en casa...? Está a unas cuadras de aquí...

Joseph era realmente descarado, pensó Candy. Siempre buscaba la manera de sacar algún provecho de todo. Como sabía que no era muy lejos, accedió y porque además él no le había hecho nada malo, sólo era algo pesado. Decidió hacerle el favor, pero en seguida se arrepentió, pues aunque no era lejos, había ocurrido un accidente en la carretera y el tráfico estaba parado. Lo que más la fastidió es que Joseph no se callaba en ningún momento. Agradeció cuando por fín el oficial de tránsito le indicó que podía pasar y de esa manera se deshizo de Joseph y casi volando bajito llegó por fin a su casa.

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Terry estaba tirado en piso de la sala con Amy alzada que reía a carcajadas mientras todo al rededor era un desastre de juguetes regados y botellitas de leche, aún así la escena era fascinante, pensó Candy cuando se los encontró. Terry estaba en camiseta y pantalones cortos, todo le asentaba perfecto. Vivía encantada de ese cuerpo que Terry ejercitaba casi a diario y que la sostenía siempre fuerte, además de todo el placer que le proporcionaba...

-Veo que se han divertido mucho sin mí.

-Pecas. Al fin llegas. ¿Por qué tardaste tanto?

Preguntó Terry poniéndose de pie, pero no había reclamo en su voz, pensó que como toda mujer, se tardó en la tienda de juguetes y le pasó a Amy que la recibió gustosa. Cuando le dio un ligero beso a Candy, no se imaginó el debate en la cabeza de ella sobre si debía decirle que estaba dejando en su casa a un compañero de clases. Habían acordado ser sinceros y tener comunicación, pero Candy esta vez no sabía si ser sincera sería lo mejor, sabía que eso era suficiente para que los celos de Terry hicieran todo un desastre y se les arruinara la tarde. Decidió que lo mejor sería una mentira piadosa.

-Es que Neil no pudo recoger a Susana a tiempo... y pues estando embarazada, no iba a dejar que caminara o tomara el bus, así que decidí dejarla en su casa.

Tan pronto como la mentira salió de su boca, Candy se arrepintió de no haber sido sincera, pero ya que lo había hecho, debía mantenerla.

-¿Y cómo te fue con tu informe, Preciosa?

-Mejor de lo que esperaba, aunque tenía una orquesta en mis rodillas que pensé que caería en cualquier momento.

Terry rió con el comentario y recordó las tantas veces que él tiene que hablar ante un grupo de personas por los negocios, aunque Richard siempre lo apoyaba, no le era fácil debatir los argumentos de los vejetes más experimentados y la desconfianza que le tenían aún muchos inversionistas.

-Pecas... yo sé que estás cansada, pero... tengo hambre... y Amy no me dejó hacer nada y no durmió ni un momento... ¿Me haces tostones con churrasco?

Y cómo podía Candy negarse si se lo estaba pidiendo de esa forma tan dulce, con los ojitos suplicantes como un niño y hasta le dio un besito. Era cierto que estaba cansada y mentalmente perturbada por las actitudes de Joseph y la mentira que le había dicho a Terry. Pero la vida de ella era complacerlo y lo haría, porque él siempre la complacía en todo.

-¡Aww! ¿Tienes hambre mi amor? Sácame la carne y los plátanos y deja que me ponga un poco más cómoda y te lo hago, mi cielo.

Candy le pasó a Amy nuevamente para ir a cambiarse de ropa y Terry fue a ponerla en su mecedora para sacar la carne de la nevera como le había pedido Candy, pero Amy se puso furiosa al ver que la dejaban ahí y empezó a llorar con toda la fuerza que sus pulmones le permitieron.

-Pequitas, Papi tiene hambre. Pórtate bien, linda.

Mientras él le hablaba, Amy se callaba concentrada en las palabras que salían de su boca, pero tan pronto como intentó dar la espalda, se volvió a regar de coraje y exigente levantaba los bracitos para que Terry la cargara.

-Tú y tu madre van a acabar conmigo.

Rendido la sacó de la mesedora y la comenzó arrullar, se rió porque la niña estaba borrachita del sueño y los ojitos se le cerraban. Terry entendió que quería dormirse, pero con él, así que la fue meciendo mientras paseaba por los alrededores de la casa, haciendo que en diez minutos se quedara dormida. La llevó a su habitación y la acostó para luego hacer lo que Candy le había pedido.

-Ya estoy aquí, cariño. Vamos hacer tu comida.

-¿Y no puedo comerme la que ya está hecha?

Terry la había abrazado por la cintura mientras ella estaba de espalda en el mostrador en su tarea de cocinar y las palabras se las susurró al oído muy cerquita del cuello.

-Yo soy el postre, mi amor. Pero si no te comes todo, no habrá postre.

Ella se giró y le sonrió mientras se mordía un labio con malicia y le dio un ligero besito para dejarlo con las ganas.

-¿Y vas a dejar que me quede así?

Fingiendo tristeza y con la voz añoñada le enseñó lo excitado que estaba y que su hambre por la comida de verdad podía esperar. Candy volvió a experimentar las ganas infinitas que había tenido hacía un rato por que le hiciera el amor, que soltó todo, se lavó las manos y se dedicó a complacer los deseos de su hombre.

-¿Sabes? Yo también te he tenido muchas ganas. Todo el día.

Ella misma lo empezó a besar y se pegó a él lo más que pudo. No pudo evitar juguetear con la serpiente inquieta y endurecida que había en la entrepierna de Terry. Dejó sus labios y lo miró con deseo, había fascinación en la forma en que lo estaba acariciando y él relamiéndose la dejaba que hiciera lo que quisiera.

-¿No le das un cariñito, mi amor?

Candy entendió muy bien la petición y mirándolo con un ardiente deseo en las pupilas, se arrodilló ante él y le bajó de un tirón los shorts y el calzoncillo.

-Durante todo el día he querido darte mucho cariño.

No dijo más porque ya se había comenzado a encariñar con el amiguito de Terry hacía rato. Terry tenía ambos brazos apoyados en el mostrador porque lo que Candy le estaba haciendo con su boca lo estaba dejando sin fuerzas y sin voluntad. De vez en cuando con una de sus manos acariciaba y sostenía suave la cabeza de ella. Candy en ocaciones alzaba la vista para comprobar que Terry estaba disfrutando de lo que ella le hacía y pudo saber que sí, porque la vista de Terry estaba tan nublada que ni se enteró que ella se detuvo un momento a verlo.

-Candy... oh... ¿Puedo hacértelo ya?

Con su voz a penas audible se lo pidió porque estaba gozando tanto que pensó que en cualquier momento iba a correrse en su boca, pero Candy decidió torturarlo un poquito más.

-Todavía no, amor. Déjame jugar con él un poquito más.

Y siguió jugando, a veces lenta o violentamente, pero sin lastimarlo, había aprendido bastante como enloquecerlo sin rasparlo con los dientes. Disfrutó un buen rato de ver la dulce tortura que le estaba aplicando, pero Terry era Terry y el que la dejara manisfestarse un rato no significaba que ella tuviera el control.

-Ya jugaste bastante, muñeca. Ahora me toca a mí.

Hizo que ella se levantara y como sus ganas eran ya demasiado urgentes, le quitó la poquita ropa que ella tenía rápido y la recostó en el mostrador y se colocó las piernas de ella sobre sus hombros. Al principio se abrió paso en su interior suave, en caso de que ella no estuviera suficientemente mojada, pero vio que era todo lo contrario, así que se deslizó en ella sin penas para darle lo que había esperado todo el día.

-¿Esto era lo que querías amor?

-No. Esto y a ti completo. Ummm... ahhh... No te detengas, mi amor, no lo hagas.

Terry nunca había visto a Candy tan excitada, se movía, se relamía y estaba realmente ansiosa, él pudo ver que realmente le tenía ganas, ella siempre había sido bien receptiva para eso, pero ese día era diferente. Había un deseo en ella muchísimo más intenso y eso le encantó. Significó que la llama de la pasión en vez de consumirse se avivaba más.

-¿Y cómo voy a detenerme con una amante tan buena como tú?

Él se había contagiado del mismo deseo de ella y la complacía y la subía al cielo con cada embestida. Podía sentir que lo disfrutaba y entonces él aumentaba el ritmo mientras se extasiaba con sus gemidos, aunque era una combinación de los gemidos de ambos. Ambos estaban siendo hechizados por el encanto de un placer infinito. Habían perdido la noción del tiempo, la sesión había sido larga. Cuando ya no podían más, se unieron en el momento que tanto habían esperado y Terry dejó en sus adentros toda su escencia. Luego de haberse quedado quieto un momento para recuperar las fuerzas, la levantó y la cargó por un momento para sentirla cerca, necesitaba sentirla junto a él, siempre había sido así.

-Te amo con toda mi vida, mi niña linda. Siempre te voy amar. Amo todito de ti. Tus caprichos, tu sonrisa, tus impulsos, tu malcriadeza, todo. Yo sin ti no tengo nada, sin ustedes no valgo nada.

Terry la llenó de dulces y devotos besos y nunca dejaba de incluir a Amy cuando le hablaba de lo que realmente valía en la vida para él.

-Yo también te he amado desde siempre. Desde antes de conocer el significado de ese sentimiento. Te amo así, con tus arranques, tus celos sin razón, tu carácter. Yo amo cada célula de ti. No puedo imaginar seguir viviendo si tú no estás aquí.

Cada momento, por sencillo que fuera, ellos hacían que fuera mágico. Después de unos cuantos mimos y arrumacos, sus tripas comenzaron a pelear. En la parte de abajo había un medio baño, así que se asearon rápidamente para continuar ella con la comida mientras él desde su laptop verificaba asuntos referentes al trabajo.

-Bebé, ¿quieres que le ponga cebolla al churrasco?

-Sí, pero no mucha. ¿Bebé...? Eso te lo digo yo a ti. No te copies.

Terry pensó que ese adjetivo era muy delicado y afeminado para él, pero en el fondo no le digustó, sólo que tenía su lado machista, como todo hombre. Candy se le acercó burlona y le alborotó el pelo, se fijó que estaba escribiendo algo en la laptop y de maldad presionó un montón de teclas sabiendo lo mucho que molestaba eso a Terry.

-Tú eres mi bebé grande.

-Un bebé grande es el que te voy hacer pronto. Apúrate con mi comida o tendré que comerte a ti otra vez.

Le dijo luego de que la agarrara fuerte de los brazos para que no siguiera tecleando disparates y aprovechó para darle un par de besos. Él siguió en lo suyo y ella al fin terminó la comida, el olor tenía loco a Terry. Candy no cocinaba mucho porque por lo general lo hacía Graciela, ella no sabía mucho de cocina, pero las pocas cosas que sabía hacer le quedaban muy bien y ese plato en específico a Terry le encantaba, por eso ella le complació el antojo a pesar de lo cansada que estaba.

-Ya está listo, Terry. Ve sirviendo las bebidas en lo que yo termino de poner la mesa.

Terry dejó lo que estaba haciendo y se paró a buscar las bebidas sin evitar pellizcarle las nalgas a Candy que protestó luego que también le diera una sonora nalgada que sabía que la hacía rabiar.

-Esto fue por arruinar mi párrafo. Pórtate bien o tendré que nalguearte más seguido.

A Candy no le hizo ninguna gracia la venganza de Terry. Bien seria dispuso todo en la mesa y no se fijaba en la mirada burlona de Terry, ya que esa había sido la intención. Disfrutó de cada expresión y la forma en que arrugaba la naricita cuando estaba molesta.

-¿Podrías apurarte con las bebidas? Se enfriará la comida.

-Por ahí voy. Si sigues moviendo la nariz así se te van a caer las pecas.

Puso las bebidas en la mesa, le pellizcó la nariz cuando hizo el comentario y detuvo la mano que se acercaba a golpearlo y se la besó. Luego sus labios y como dos tontos terminaron la riña y se dispusieron a disfrutar la comida.

-Terry... ¿te interesa esta carne? Es que yo... no le tengo ganas... sabe rara...

-¿Rara? Está rica, mi amor. Mejor di que no tienes hambre...

Eso a Terry le estuvo raro, Candy nunca tenía problemas para comer, pero por alguna razón, esa comida le parecía repugnante.

-No quiero...

-No hay problemas. Luego te comes otra cosa más liviana.

Ella le sonrió y esperó a que él terminara de comer. Después que se quedaran un rato conversando en la mesa, atendieron a Amy que comenzó a llorar hambrienta, pero al parecer estaba bastante agotada aún porque luego de su leche volvió a quedarse dormida. Subieron a su habitación para darse un buen baño y lavarse los dientes, ya que Candy no podía lidiar con el olor de la cebolla.

-¿Que hacías tan concentrado en la laptop, amor?

-Estaba buscando una secretaria nueva...

A Candy se le ensombreció el rostro cuando escuchaba la palabra secretaria por la mala experiencia que le recordaba, desde D'laine y Jayleen, pero vio que Terry estaba muy sereno, así que decidió no alarmarse.

-¿Y que pasó con la muchacha que...?

-Era amable y se esforzaba, pero había ciertas tareas que no podía dominar y ciertos programas de computadoras que no conocía... nos dimos cuenta que la mayoría de las cosas en su resumé eran falsas, así que la...

-¿La despediste? Pero Terry, a lo mejor tenía necesidad y por eso exageró un poco en su curriculum, pero...

-Candy, ¡Por Dios! Déjame hablar. No la despedí, sino que la dejé como recepcionista y le ofrecimos apoyo para que pudiera completar los cursos que necesitaba para tener el puesto anterior nuevamente. Mientras, necesito una que al menos sea temporera. La estoy buscando mayor, para que sea seria, ya que al parecer las otras mujeres... no sé qué diablos les pasa que...

Terry le contó un par de anécdotas sobre lo busconas que habían sido la mayoría que buscaban trabajo ahí y como buscaban provocar a él y a Albert. Terry con la experiencia vivida con Jayleen y que lo hizo que casi perdiera a Candy, era muy cuidadoso ya en ese aspecto. Candy se sintió orgullosa por la forma en que actuó con relación a la chica que había mentido en el resumé y sintió un poco de remordimientos nuevamente por no haber sido sincera con él al hablarle de Joseph.

-Por eso te amo, mi amor. Tienes un corazón de oro.

-¿Y por qué te has quedado tan pensativa?

Candy abrió los ojos enormemente porque efectivamente, Terry podía leer a las personas, especialmente a ella. Decidió decírselo ya, para que no hubieran más malos entendidos en el futuro.

-Terry... si te digo algo... ¿me prometes que no te enojas?

La expresión de Terry pasó a ser muy tensa. Vio que Candy estaba nerviosa y no dejaba de mover las manos.

-No puedo prometerte eso porque no sé lo que me vas a decir... y algo me dice que me voy a encojonar...

Ya el tono de Terry no estaba siendo amable, siempre que Candy le venía con eso era porque algo grave pasaba o que ella había hecho algo que desde el principio sabía que le iba a molestar y aún así lo hacía.

-Bueno, es una tontería... tal vez no te molestes, pero...

-Pues si es una tontería, habla ya.

Ella respiró profundo y lo miró con sus enormes ojos como suplicando comprensión, pero Terry se iba poniendo cada vez más serio. Se mordió los labios y continuó.

-Es que hoy... llegué más tarde porque... en realidad estaba llevando a un compañero a su casa y hubo un choque que hizo que me tardara...

Candy no supo descifrar la mirada que Terry le estaba dedicando, un escalofrío la recorrió entera.

-¿Por qué me mentiste?

No alzó la voz, pero su tono fue tan seco y duro que la hizo temblar. Su mirada azúl nunca se apartó de ella y estaba esperando la respuesta a su pregunta.

-Yo... iba a decírtelo... pero... es que pensé que te molestarías y por eso...

-El hecho de que hayas llevado a su casa a tu pendejo compañero no es lo que más me molesta. ¡Me mentiste! Teníamos un acuerdo entre los dos...

-Lo sé, Terry... por eso te lo estoy diciendo ahora... porque no quise faltar a nuestro acuerdo. Es que sabía que de todas formas te ibas a molestar y...

-Y preferiste ser una mentirosa.

-No, Terry... es que...

Terry se puso de pie, ya que habían estado sentados en la cama mientras discutían. Se pasó los dedos por el pelo y volvió a fulminarla con la mirada.

-Mira, Candice... si tú quieres hacerle el favor a tus amigos de dejarlos en su casa, hazlo. No soy un maldito controlador y no voy a impedirte que tengas amigos. Lo único que te he dicho siempre es que tengas cuidado, sólo eso. Que me molesté que llevaras a tu compañero, sí, es cierto, no soporto que ningún hombre esté cerca de ti y menos uno que se la pasa dando lata y enviando mensajes estúpidos a cada rato, pero no puedo impedirte que vivas tu vida, por eso estoy tratando incluso de lidiar con mis celos, que son un verdadero infierno. Pero tú me conoces, Candice... si hay algo que odio es que me mientan o que quieran cojerme de pendejo...

-¡No te he cogido de pendejo!

Candy alzó la voz para defenderse de la acusación, ya que si bien había mentido, no fue con esa intención, sino para evitar cualquier discusión entre los dos.

-¿Ah no? ¿Y todo ese rollo de que estabas llevando a Susana a casa?

Eso se lo reclamó gritando y ella luego de respingar por el susto que se dio, ya que Terry molesto siempre había sido temible, aunque nunca violento, no con ella. No supo qué contestarle porque en cierto modo, él tenía razón. Lo vio cambiarse de ropa y cuando se estaba poniendo los zapatos se asustó y se atrevió hablarle otra vez.

-Terry... ¿a dónde vas?

Él no contestó y siguió poniéndose sus zapatos y tomó sus llaves que estaban en la mesita de noche. Candy lo volvió a llamar y al verla con los ojitos aguados no pudo ignorarla y se le acercó. La tomó de la barbilla y a pesar de su gran coraje le habló dulce y despacio, pegando su frente a la suya como lo había hecho tantas veces.

-Estoy muy molesto, Candy. Demasiado y no quiero desquitarme contigo... necesito estar un rato solo.

-Pero... yo sí quiero que te desquites conmigo. Como me enseñaste... cuando desquitabas toda tu furia en mí... ¿lo recuerdas?

Candy se le acercó todavía más e hizo un intento por besarlo, un beso que a pesar de la rabia de él no fue rechazado. Estaba indicándole que podía satisfacer con su cuerpo toda la ira que tenía.

-Candy... tengo mucho coraje... esta vez esto no va a funcionar así... no quiero hacerte daño... no quiero lastimarte...

-Hazlo. No importa. No me importa que me lastimes, quiero que toda esa rabia la ahogues en mí... que te quedes conmigo...

Candy había hecho que se sentara en la cama y se sentó a horcajadas sobre él mientras lo besaba y el no tardó nada en reaccionar, pero tenía miedo. Siempre percibía a Candy con una ternura y delicadeza especial, no se atrevía hacerle el amor de una forma brusca que pudiera hacerle daño por más molesto que estuviera.

-Candy... ¡Candy! Detente, tú no sabes lo que estás pidiendo, niña mía...

-¡Sí lo sé! Y deja de llamarme niña. ¡No lo soy!

Le gritó también con coraje y llanto contenido, Terry estaba muy excitado y por Dios que estaba haciendo todo lo posible por no lastimarla, porque conocía lo primitivos que eran esos deseos y que cuando provocaban a la bestia, difícilmente podría controlarla luego.

-Entonces... que bueno que no lo eres. No voy a tratarte como a una niña ahora. Vamos a ver si es verdad que vas a soportar esto como toda una mujer... y no me pidas que me detenga en ningún momento porque no lo haré.

Como ella ya estaba a horcajadas sobre él y además no tenía ni la más mínima intención de que se detuviera, lo ayudó a sacarse la camisa, mientras que él sin delicadeza alguna le quitó la camilla a ella para comenzar a besar y apretar sus pechos sin ningua compación. Se veía que de verdad estaba furioso por la forma tan brusca en que estaba tocándola, en un beso había hecho que uno de sus labios sangraran y lo excitó más al ver como ella se relamió la sangre de la boca lastimada y más que temor, ella estaba igual de excitada y según los dedos de él lo comprobaron, bastante mojada. Se alzó un poco para bajarse los pantalones y cuando lo consiguió, como ella sólo tenía unas delicadas braguitas, se las rompió y de un solo impulso entró en ella y volvió a deborarle los pechos.

-Ummm. Ahhh.

-¿Te sigo gustando así, cariño? ¿Así todavía me amas, Preciosa?

Ella le quería contestar, pero antes de que pudiera hablar, él estaba comiéndole la boca otra vez y sus embestidas eran tan fuerte que le acortaban hasta los pensamientos. Nunca pensó que la furia también pudiera detonar una pasión tan atroz y estaba disfrutando cada estocada que Terry le daba.

-Tú me gustas siempre, Terry, siempre. Ahhh... oohhh...

Se te nota cuando me hablas

se te nota en la mirada

sé que aún me amas...

Sé por qué al verme tiemblas

sé que viajo entre tus venas

sé que soy tu mayor tentación

A él le encantó el tono de su voz que era tan diferente cuando estaba excitada. Le gustaba ver la forma en que se movía sobre él, pero él no estaba para esas ternuras en ese momento, su propósito era castigarla, así que sosteniéndola fuerte de las caderas, la ayudó a moverse, la sostenía tan fuerte que sus manos estaban marcadas en su piel y la movía tan rápido y tan fuerte de alante hacia atrás que ella ya no sabía ni cómo se llamaba. De prontó la levantó para cambiarla de posición, la puso en cuatro y le sujetó los brazos hacia atrás mientras volvió a entrar en ella con la misma brusquedad anterior. Por alguna razón, ante ese estado de sumisión, Candy no se sintió prisionera, al contrario, experimento una sensación de libertad para expresar sus más bajos instintos. Todo lo que él le estaba haciendo era divino. Sus gritos eran desgarradores, el placer era intenso por parte de ambos. Disfrutó incluso las nalgadas que de vez en cuando él le propinaba.

Sé que mueres por mí

y que no eres feliz

si no es junto a mí

si no me tienes a mí

sé que nadie logrará borrarme de ti

-Te deseo tanto. Aún cuando sólo tengo ganas de estrangularte... no podría nunca dejar de hacerte esto.

Como en respuesta ella siguió gritando y gimiendo, el quiso otra posición así que la acostó bocabajo y poniéndola de lado, se colocó sobre ella para seguir haciéndola suya hasta que se le fueran todas las fuerzas. No podía parar, el cuerpo de ella se había convertido en una completa adicción.

Yo soy con quien tú sueñas

y por quien te desvelas

aferrado a tu almohada extrañándome

yo soy la que deseas

soy tu luz y tiniebla

y lo sé porque a mí me haces falta también

Seguía embistiéndola, besando su pelo, amándola a pesar de la rabia, deseándola cada vez más aunque fuera contradictorio. Ella por su parte pasaba por un castigo que recibía gustosa.

-Si esta será tu manera de castigarme... yo te haré enojar más seguido. Ahhh... Ohh... Ummm...

-A ti te gusta jugar con fuego, linda. No te preocupes, yo dejaré que te quemes.

En el fondo no se sabía quién quemaba a quién, los dos eran tal para cual. Ella estaba abandonada a un placer absoluto, era divino ver y sentir a Terry siendo posesivo.

Aún recuerdo que en las noches

sólo nos vestía el cielo

y no existía el tiempo

sólo yo puedo llevarte a tocar el infinito

sé que soy tu mayor tentación

Sé que mueres por mí

y que no eres feliz

si no es junto a mí

si no me tienes a mí

sé que nadie logrará borrarme de ti

-Sé que estás gozando de esto tanto como yo, Terry. Sé que te gusta tenerme así... todita para ti...

-¿Y estás siendo todita mía ahora, cariño?

-Sabes que... ahh... ahhh... que sí... Soy completamente tuya... Oh...

Yo soy con quien tú sueñas

y por quien te desvelas

aferrado a tu almohada extrañándome

yo soy la que deseas

soy tu luz y tiniebla

y lo sé porque a mí me haces falta también

Con sensaciones tan divinas y profundas, Terry no pudo evitar descargarse nuevamente en su interior luego de un intenso orgasmo que los dejó agotados por un buen rato. Disfrutaba de que Candy lo arrullara cuando se quedó un rato sobre ella. Se le había pasado toda la rabia y su hermoso rostro se había serenado nuevamente. Estaba añoñado como un niño y Candy acariciaba con sus uñas la espalda de él, riendo por como él se arqueaba cuando le hacía cosquillas. El momento era mágico hasta que un mensaje de texto vino a importunar el momento y rompiendo con toda la magia. Al estar Terry sobre ella, la tenía inmóvil, así que él tomó el celular y leyó el mensaje ya que ella misma le había dicho que lo mirara pensando que no sería nada importante.

-¡Toma!

Le dio el celular de mala gana y se paró de ella abruptamente para vestirse nuevamente. Ella desconsertada y sin entender decidió mirar el mensaje.

Joseph:

Buenas, muñeca.

¿Estás ocupadita esta noche?

Tengo taquillas para ver

"The hunger games"

¿Qué dices?

Candy no lo podía creer. Ese Joseph se estaba convirtiendo en una piedra en el zapato. Pensó que al día siguiente que lo viera lo pondría en su sitio porque ya se estaba pasando de la raya. Terry estaba vestido nuevamente y otra vez dispuesto a irse. Ya seducirlo no funcionaría esta vez y ella lo sabía. Maldijo mil veces a su compañero.

-Terry... entiendo tu molestia... yo no esperé que él fuera volverse tan fastidioso... yo ni le hablaba hasta que me tocó ese maldito trabajo en grupo con él y desde entonces no ha dejado de perseguirme... pero puedo hablar con él y...

Terry la miró con tanta rabia y caminó hacia ella de forma tan amenzante que en dos zancadas ya estaba frente a ella y repitió el gesto anterior de tomarla por la barbilla y a pesar que lo hizo delicadamente...

-Si yo me entero que hablas con él otra vez... tu amiguito no la pasará nada bien...

Su tono fue amenazador y terrorífico. A Candy se le enchinó la piel, pero aún así habló.

-Terry, es para decirle que deje de molestarme...

-No, bebé, tú no vas a decirle nada. No quiero que tengas ningún acercamiento con él. Yo se lo diré. Préstame tu celular.

Candy lo miró con los ojos bien abiertos y en los de Terry vio puro cinismo y maldad. No quería ni pensar lo que estaba tramando.

-¿Pa-para qué quieres mi celular, Terry? Olvida ya eso...

-Candice, el celular, por favor.

Le extendió la mano para que terminara de entregarle el aparato y dejándole claro que no tenía opción. Ella se lo dio y él le sonrió con toda la arrogancia y cinismo que pudo. Le dio un beso en los labios y sin decir nada más se fue dejándola a ella preocupada porque sabía que Terry celoso era capaz de muchas cosas...

Continuará...

¡Hola niñas lindas!

Espero que estén todos bien y que hayan disfrutado este capítulo. Sé que encontrarán que algo faltó... pero no se preocupen, tengo un propósito por el cual dejarlo así... ya verán. Estuvo algo hot, jejeje, ya saben, Candy y Terry no se aguantan. A partir del próximo vengo con muchas sorpresas y risas... ya descubrirán por qué. Espero sus reviews dejándome saber su sentir.

Las quiero princesas hermosas.

Wendy Grandchester

Canción de Candy y Terry: "Tu mayor tentación" Yaire