Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 18 Celos y alcohol

Candy se había quedado bastante angustiada por la incertidumbre de no saber qué diablos se proponía Terry y los nervios estaban acabando con sus uñas. Lo conocía bien y especialmente cuando estaba celoso y mostraba esa calma tan cínica porque era todo lo contrario, era cuando más molesto estaba y cuando más había que tenerle miedo. Eran aproximadamente las ocho de la noche y el llanto de su bebé la devolvió a la realidad y fue a buscarla.

-Amy, bebé... ¿por qué lloras? No puede ser que tengas hambre otra vez.

La cargó y se conmovió porque el llanto de la niña era con sentimiento y se había metido uno de sus puñitos en la boca mientras seguía sollozando y haciendo pucheritos. Se la llevó a su cuarto y se dispuso a darle el pecho, pero no era eso lo que ella quería y seguía llorando con el mismo sentimiento que a Candy se le rompió el alma. Su dulce bebé se veía triste

-¿Extrañas a papi, cielo? Yo también. Ese loco tiene la habilidad de que todos nuestros estados de ánimo dependan de él.

Candy la abrazó fuerte para reconfortarla y para reconfortarse ella misma. Sabía que Terry podía cuidarse muy bien solo, pero tenía miedo. Lo único que deseaba era verlo llegar y que se olvidara del asunto del idiota de Joseph. Como la pobre Amy no dejaba de llorar, tomó el teléfono que estaba en una de las mesitas de noche y le marcó a Terry. Después de varios timbrazos, finalmente Terry contestó.

-Dime, mi amor, ¿qué pasa?

-¿Cómo que qué pasa, Terry? Que estamos preocupadas por ti. Por favor, ven a casa ya y olvídate del asunto ese de...

Terry desde donde se encontraba respiraba profundo, quería irse a casa, sí, pero no sin antes poner en su sitio a cierto mequetrefe.

-Voy a casa lo más pronto que pueda, bebé. Tan pronto como le rompa la cara a... ¿qué le pasa a la niña?

Escuchar el llanto de Amy le llamó la atención y dejó la frase a mitad. Candy pensó que tal vez esa era la manera de que Terry olvidara todo y regresara.

-Amy no puede dormir, amor. Está esperándote... sólo se duerme contigo...

-Dile que papi la ama mucho y que regreso pronto. Te amo.

Le dijo Terry y colgó. Se quedó con un nudo en la garganta al dejar a su bebé llorando y porque sintió la angustia de Candy, pero él tenía que ponerle fin al asunto de Joseph y dejarle claro con quien se estaba metiendo. Candy por su parte no consiguió quedarse tranquila, pero se las ingenió para calmar a Amy, se vistió con la camisa que Terry había usado y arrulló a la pequeña que se dejó envolver por el olor de su padre.

-¿Verdad que huele rico papi? Ummm...

La misma Candy se envolvía por el olor que había dejado Terry en la camiseta y Amy aunque se negaba a dormir, al menos estaba quietecita. Sonó el teléfono y ambas dieron un respingo, pensó que podía ser Terry.

-¿Terry?

-Hola, Candy. Es Annie... perdona que te moleste... es que estoy tratando de conseguir a Albert y... pensé que tal vez estaría ahí con Terry...

-Ah... hola, Annie. No, Albert no está aquí. Tampoco Terry... no sé dónde está y tengo miedo que... nada, olvídalo.

Annie sintió muy preocupada a Candy, pero no quiso indagar en su vida personal, mantenían una relación formal y hasta amistosa, pero el pasado que tuvo con Terry aunque fue pasajero no dejaba que Candy la viera como la mejor amiga del mundo, no sí ella también conocía el cuerpo de Terry y sabía lo que era estar con él, en sus brazos, en su cama. Sabía que eran pensamientos absurdos, pero no lo podía evitar. Annie intuía que la distancia prudente por parte de ella era por eso aunque nunca lo expresaran. Ella se sentía tranquila, pues si bien era cierto que Terry llegó a gustarle mucho y que estuvo a punto de enamorarse, el sentimiento nunca llegó a madurar gracias a que Candy entró a la vida de Terry de esa forma tan abrupta y porque además con Albert había conocido un amor único y exclusivo, un hombre que se veía que la adoraba y ella también, profundamente, más de lo que demostraba. No iba a cambiar todo eso por un sentimiento de nostalgia y además siempre supo que con Terry no tenía nada que buscar. En cambio con Albert lo encontraba todo y todo era suyo. Pero ella había pasado por mucho y a veces sus temores afectaban su relación.

-Bueno, Candy... siento haberte molestado. Que descanses y cualquier cosa me llamas.

Se despidieron y Candy volvió a dedicarse a su hija que esta vez no rechazó su pecho y se dispuso a comer sin ningún remordimiento. Luego de darse su atracón, se quedó dormidita y Candy decidió dejarla con ella en su cama. No quería quedarse sola, acomodó a Amy en el centro de la cama y la hizo una bolita envuelta en la cobija porque el aire enfriaba bastante. Ella un poco desconsolada por la ausencia de Terry se sentó y cubrió sus piernas estirando la camiseta que se había puesto de Terry y se las abrazó mientras hundía la cabeza en su regazo. No veía la hora en que regresara. Tuvo un ataque de náuseas repentino que la hizo ponerse de pie de golpe y correr al baño a devolver lo poco que había comido durante el día. Se lo atribuyó a la desesperación de no saber de Terry. Acababa de lavarse los dientes y lavarse la cara luego de haber vomitado hasta la hiel y cuando recuperó la compostura que estaba lista para acomodarse en la cama volvió a sonar el teléfono.

-¡Terry!

Volvió a contestar impulsivamente rogando que fuera él, se equivocó otra vez.

-No, Candy, soy Archie. Estoy con Lizette y estamos cerca de tu casa... Como no tenemos clases mañana, queríamos saber si quieres que te visitemos...

Puede que no eran las mejores circustancias para recibir visitas, pero Candy sintió que de verdad necesitaba estar con alguien en esos momentos, pues se sentía mal y Amy de ratito en ratito despertaba buscando a su papá. No podía esperar mejor compañía que la de sus dos mejores amigos.

-Ehh, sí, por favor... vengan.

-Candy... ¿estás bien?

Preguntó Archie porque se dio cuenta que ella estaba rara, había aprendido a conocerla a fondo. Algo no estaba bien.

-Les explico aquí.

Fue todo lo que dijo y colgó porque ya tenía el nudo fuerte que se forma en la garganta de puro llanto contenido. Estaba más sensible que nunca y Amy también.

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-A ver si te van a quedar ganas de estar jodiendo con lo ajeno, infeliz.

Eran los pensamientos de Terry mientras esperaba estacionado en un punto medio donde se encontraría con Joseph. Se había ido en el la Jeep de Candy y desde el celular de ella contestó los mensajes que él había dejado. Manoteó la caja de chocolates que Joseph le había regalado haciendo que cayera en la alfombra del carro. Decidió enviar otro mensaje de texto al imbécil porque le pareció que ya estaba tardando.

"Candy":

¿Te falta mucho?

Estoy desesperada...

quiero verte ya ;-)

Joseph:

Ya estoy cerca, cariño

¿tantas ansias tienes?

si deseas nos saltamos lo del cine...

Terry respiró profundo y estuvo a punto de lanzar el celular de Candy al suelo y destrozarlo por el descaro y desfachatez de Joseph. La vida de ese idiota corría peligro pensó Terry, pero le siguió el juego. Si antes quería romperle la cara, ahora sin duda quería matarlo.

"Candy":

Efectivamente, no quiero cine

me gustaría algo...más interesante

estoy muy aburrida...

Joseph:

¿Y qué se te antoja, muñeca?

"Candy":

Sorpréndeme...

Terry sintió un odio viceral que no puedo contener. A pesar que todo era un montaje por su parte, no pudo evitar unos celos irracionales que lo estaban consumiendo. ¿Qué se creía ese malnacido para atreverse a poner los ojos en su mujer? ¿Y por qué tenía que ser Candy siempre tan confiada? No la culpó a ella del todo, había mejorado eso bastante, y a penas tenía diecinueve años, le faltaba experiencia aún y él sabía que era inocente aún y más cuando se trataba de hombres. Vio que alguien se acercaba y que se bajaba de un auto viejo y descascarado, se preguntó como ese fenómeno seguía andando y pasaba la inspección anual. Vio cuando por fin se bajó el sujeto y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reirse. Nunca había visto un ensayo de hombre tan patético. Vio al hombrecillo bajo, delgado, pensó que le vendría bien un sandwich, tenía de esas carteras que se llevan en la cintura como si fuera un turista y llevaba en sus manos un par de flores mareadas ya. Vio que se acercaba a la Jeep sigiloso.

-Candy, muñeca... ¿no piensas bajarte?

Otra vez había mencionado ese adjetivo que hacía que a Terry le hirviera la sangre. Abrió la puerta de golpe y pegándole con ella sin querer queriendo a Joseph.

-¡Sorpresa Cabrón!

Le dijo Terry bajándose de golpe y propinándole un puñetazo en la mandíbula de primera intención al desafortunado.

-¿Qui-quién eres tú...? ¿Dónde está Candy?

Preguntó el enclenque de Joseph sobándose la mandíbula y confirmando con los dedos el rastro de sangre mientras Terry lo miraba con los ojos inyectados de veneno a punto de encestarle otro golpe.

-¿Quién soy yo? Yo soy tu cita.

Le respondió Terry con una mirada tan cínica que infundía terror, pues Joseph nunca se había sentido tan pequeño. Estaba acorralado como un gusano en un gallinero.

-No sé quién demonios seas tú, pero te advierto que no me gustan los hombres...

Ahí Terry definitivamente perdió la poca paciencia que lo caracterizaba. Lo tomó con fuerza por el cuello de la camiseta, levantándolo varios centímetros del suelo y disfrutando el terror que reflejaban los ojos pequeños y entrecerrados de Joseph.

-Pues hoy estás de suerte. Tampoco me gustan los hombres. Y menos los patéticos como tú que les gusta molestar a mujeres ajenas.

Terry sin soltarlo lo empujó contra una pared que había allí, golpeándole fuerte la espalda.

-Sabes... Joseph, ¿no? Hace un tiempo... cuando yo estaba en el bajo mundo... un pobre infeliz... así muy parecido a ti... se atrevió a guiñarle un ojo a la mujer del jefe... ¿y sabes qué hizo mi jefe?

Ya Joseph estaba rayando en el pánico. Terry era una bestia enfurecida, cuyo tono de voz pausado infundía más temor que hablar en alta voz. Joseph estaba temblando, pero aún así mantenía una sonrisita cínica de energúmeno y Terry reprimió las ganas de romperle la caja entera de dientes de un solo puño.

-Mi jefe no le dijo nada... le pasó por el lado al pobre idiota y le dijo: ¿"Está buena la perra, verdad"? El tipo no supo que contestarle en ese momento, sólo supo que al día siguiente lo recogieron en un callejón desangrándose porque le había mandado a cortar lo único que lo hacía un hombre.

Y con eso Joseph por poco se orina encima. Más bien estuvo apunto de embarrar los calzoncillos, pero era necio y no desistiría.

-¿Y piensas que te tengo miedo, cabrón? Si tu mujercita está buscando por el lado es porque de seguro tú no sabes cómo satisfacer a una muj...

La oración se quedó en el aire y Terry cumplió su deseo de romperle un par de dientes por el puñetazo que le dio. Ese y varios más le dio preso de una furia incontrolable.

-Dame una razón por la cuál no deba matarte, infeliz.

Le dijo Terry volviéndolo acorralar en la pared, sólo que esta vez había perdido el control de tal manera, que había sacado la pistola que siempre llevaba consigo, sólo que esta vez sí tenía licencia para portarla. Le apuntó directo a la cabeza y Joseph sintió que vomitaría. Pero era terco y bruto como un burro.

-Puedes golpearme todo lo que quieras, matarme si eso te hace sentir mejor. Pero... eso no borrará la realidad. Tu mujer está hastiada de ti. Te aprovechaste de su inocencia y estás chupándole la juventud. ¿No te da vergüenza? ¿A tu edad?

Otro puño se estrelló en el rostro de Joseph uno que vino con una furia irreversible y que casi lo hace perder el conocimiento.

-Quieres morirte hoy, ¿verdad?

-¿Y eso hará que tu mujer deje de cansarse de ti? ¿Vas hacerle más hijos para retenerla a tu lado? Eres un cobarde. Mejor búscate a alguien de tu edad y deja de molestar a las...

Terry no quiso escuchar más. Comenzó a golpearlo sin respirar, sin pensar, sin mirar, estaba ciego y tenía sed de sangre. No lo había matado porque sólo había querido darle un susto con la pistola, nisiquiera la había cargado, no valía la pena ensuciarle las manos y tirar por la borda su futuro y juventud por alguien tan pusilánime como Joseph. Sólo se desquitó golpeándolo sin piedad. Escuchó que el celular del miserable sonaba y se lo arrebató, comprobó que era desechable, así que lo destruyó y cuando Joseph casi ya no respiraba, lo soltó. Vio como se dirigió tambaleando a su carcacha con ruedas y se alejó corriendo del lugar mientras que Terry trataba de calmarse antes de tomar el volante. No se lo demostró a Joseph, pero las palabras que él le dijo le afectaron y le llegaron a lo más profundo. Le sembró la duda. Amaba a Candy con toda su alma y nada de lo que había hecho había sido por algún interés, nunca se había aprovechado de ella en ningún sentido, sólo había tomado el amor límpio y genuino que ella le ofrecía, uno que él mismo conoció con ella. Pero por alguna razón los comentarios de aquél idiota hicieron mella en él. ¿Y si tenía razón? Y Candy se sentía presionada, si tenía demasiada carga. Se veía feliz y dispuesta incluso a darle otro hijo, pero... ¿realmente estaba feliz? ¿Quería darle otro hijo porque de verdad lo deseaba o porque se sentía culpable al negarle ser partícipe de la llegada de Amy? Dio un puñetazo en una de las puertas de la Jeep. Todo estaba bien, no habían dudas. ¿Por qué tuvo que aparecer ese desgraciado y arruinar toda su seguridad en un instante? Se preguntó entrando por fin al auto. Ya no sabía si llegar a casa. Ver a Candy y comprobar que tal vez lo que dijo Joseph fuera cierto. Salió sin rumbo. Necesitaba un trago, consideró.

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La cabeza de Terry era todo un tormento. Anhelaba llegar a casa para comerse a besos a sus dos mujeres. Anheló incluso la calidez de la hacienda con el cariño de su abuela y su papá, hasta los mimos que Louise también le daba, porque aunque no lo admitiera, a Terry le encantaba que lo añoñaran. Fue a parar a un bar, eligió al menos uno desente. Abatido, fue directo a la barra y se sentó.

-Quiero lo más fuerte que tenga.

Le indicó al bartender que haciendo una seña con el pulgar se dispuso a preparar la bebida para Terry.

-¿Mal de amores?

Una voz muy conocida sonó al lado de él. Conocida e igual de abatida.

-¿Albert? ¿Tú en un bar? ¡Nah! Ahora sí lo he visto todo, puedo morir en paz.

Dijo Terry burlón y se estrecharon las manos. Ahogarían sus penas en compañía. El bartender le extendió el trago a Terry y sirvió otro para Albert.

-Las mujeres, Terrence. Las mujeres son nuestra perdición. Al principio... tienen su apariencias de santas y cuando te descuidas... ¡Puf! ¡Tremendas diablas!

Terry no pudo evitar reir por el comentario. No se podía decir que Albert estuviera borracho, pero sí el alcohol comenzaba hacer su efecto.

-Así es, amigo mío... Las mujeres llegan... cambian todo, acaban con todo... lo quieren todo... ¡Pero como la amo!

Expresó Terry luego de beber su segunda copa de golpe y por lo fuerte del contenido comenzó a sufrir los efectos rápidamente.

-¿Y me lo dices a mí? Las mujeres todas son unas ingratas. ¡Todas! Sírveme otro, por favor.

La última oración la dirigió al bartender. Terry iba en el mismo camino, estaban dispuestos a emborracharse.

Flashback:

Annie y Albert tenían poco más de un año de relación. Tenían sus altas y bajas, pero nadie podía negar que se amaban profundamente. Albert la adoraba, la complacía en el más mínimo detalle y la consentía como una niña, algo que ella nunca había vivido. Paradójicamente, eso era lo que más la asustaba. Tenía miedo de bajar la guardia, miedo de acostumbrarse y darse cuenta que estaba viviendo un sueño del que tarde o temprano despertaría para descubrir que nada fue real. Albert le había demostrado de todas las formas posibles que la amaba, pero ella siempre vivía con la duda sin poderlo evitar. Ella se odiaba a sí misma por no aceptar de una vez que ella era su razón de ser. Que él no tenía ojos ni mente para nada que no fuera ella.

-¡Albert! Hoy has llegado más temprano...

-¿Y te molesta verme?

-¡Claro que no, tonto!

Albert terminó de acarcarse a ella y en seguida buscó sus labios. Se los besó con pasión y entrega que fue correspondida porque ella lo besaba como si de repente hubiera sentido una necesidad inmensa de tenerlo cerca y sentirlo.

-Te amo. Te extrañé un mundo, bella.

-Yo también te extrañé mucho, mi amor. Demasiado.

Le dijo y volvió a buscar sus labios y a pegársele de tal manera que lo dejaron sorprendido.

-Veo que alguien amaneció ansiosa hoy...

Le dijo entre besos porque Annie se mostraba golosa y eso a él no le molestaba para nada. Ella misma no entendía lo que le pasaba, era como si de pronto se hubiera despertado un apetito enorme por él. Y también el presentimiento de que lo perdería por alguna extraña razón.

-Tengo muchas ganas de ti. Por favor...

Cuando Albert vino a reaccionar, sus pantalones y camisa no existían. Sólo sentía unas manos que lo recorrían con intensidad y unas ganas enormes de arrancarle a Annie el sencillo y fino vestido que tenía puesto. Le pareció preciosa con su cara lozana como una niña y descalza con sus uñitas de los pies pintadas de rojo. Le alzó el traje e introdujo su cabeza para llenar de besos su vientre y luego subir hacia sus pechos, los cuales besó con ardor y delicadeza a la vez. La ansiedad de ella le parecía divina. Ella llevaba el pelo sujeto y él entre besos y caricias se lo soltó. La alzó un poco y ella aprovechó eso para colgarse de su cintura, eso permitió que Albert le acariciara los muslos y luego adentró sus manos para acariciar su rincón secreto. La vio arquearse y decidió poner sus dedos a jugar ahí. A ella de pronto todo se le volvió más irresistible. La más simple caricia que él le hacía le robaba la calma y quería más.

-Estás preciosa... no me cansaría de hacerte mía nunca. Quiero tood de ti.

La voz de Albert sonaba a falta de aire por la pasión que estaba empañando hasta los espejos de la casa. La forma en que succionaba y lamía sus pechos excitaba a Annie hasta llegar sentir dolor.

-Espero que nunca te canses porque yo te deseo todo el tiempo. Quiero que toda tu necesidad la sacies conmigo.

Y para dar más énfasis a lo que estaba diciendo, ella dejó que él la sentara en la pequeña barra que había en el recibidor y allí Albert dejó que su boca se perdiera en su interior, ella dejó que él se alimentara de su sabor. A cambio le regaló unos gemidos que hicieron que todo al rededor cambiara de color.

-Saciarme de ti nunca, cariño. Nunca sería suficiente.

-Entonces hazme tuya ya, Albert, por favor...

Albert dejó su entrepierna para volverla a besar a ella y ella pudo sentir su propio sabor y el beso fue el más erótico que experimentó jamás. Así mismo, sentada, enroscó sus piernas al rededor de la cintura masculina y Albert no la hizo esperar más. Comenzó a satisfacer todas sus ansias. Ella tenía hambre de él y él quería calmarla. Le regaló fuerte embestidas que en cambio le dieron placenteros gritos que traspasaban cada rincón. Sus grandes manos habían dejado huellas en sus nalgas por lo fuerte que la sostenía de ahí y era deliciosa la forma en que entraba y salía de ella. Había hecho que ella se echara hacia atrás, abandonándose a su voluntad. Albert se veía más sexy que nunca con su piel dorada y su cuerpo musculoso y perfecto, un hombre con todas las letras, el pelo húmedo por el sudor de la pasión y sus ojos azúl cielo hermosos y dilatados. Su cerebro sólo ejecutaba la función de dar y sentir placer a la morena que tenía delante.

-Albert yo... creo que ya... Ahhh...

No terminó la frase porque llegó al mismísimo cielo en ese instante. Se había quedado sin aire mientras Albert seguía entrando y saliendo de ella hasta que unos segundos después pudo finalmente terminar en ella.

-¡Uf! Esto fue... increíble.

Él mantenía la misma emoción, sin embargo, el rostro de ella se había tornado pensativo y serio misteriosamente. Le acariciaba la espalda porque él se había quedado recostado de ella, pero él pudo percibir su tensión aún así.

-Mi amor... ¿qué pasó? Te has ido en un trance de pronto...

-Sí... es que... Te corriste dentro de mí... es la segunda vez que lo haces...

Annie sonaba realmente preocupada, pero Albert no entendía el por qué de tanta preocupación si ella era la que en las dos ocaciones se había mostrado tan ansiosa. Si en ningún momento ella tampoco recordó la protección, por el contrario, parecía bastante desesperada porque él le hiciera el amor.

-Pues... creo que se nos pasó a los dos... Pero no te preocupes, Ann... Si pasa algo, sería una bendición, estamos en la edad perfecta, nos amamos y tenemos buenos trabajos... No estaría de más un bebé hermoso como tú.

-¡No es el momento, Albert!

Le alzó la voz alterada y Albert pensó que un espíritu se le había metido dentro porque hacía a penas unos minutos estaba feliz y gozosa y ahora lo miraba como si él fuera el culpable de todas sus angustias y todos sus quebrantos.

-Bueno, Annie... no veo por qué no. Nos amamos, nos llevamos bien, estamos claros en que no queremos terminar, tenemos estabilidad. Si fuera por mí ya nos habríamos casado. Además... ya tienes veintisiete años y yo veintiocho... excelente edad para que al menos ya tengamos el primer hijo...

-Ah sí, claro, si fuera por ti... ¡Vas muy rápido! Yo necesito tiempo...

Albert se quedó mirándola incrédulo. Llevaban un año y medio de relación y todo estaba perfecto.

-¿Tiempo? Ahora resulta que necesitas tiempo. No te entiendo, de verdad no te entiendo. Primero querías a alguien que te valorara y te amara, alguien que quisiera un futuro contigo... Te he dado mi alma entera y ahora pides tiempo.

-¡Y tú has decidido todo eso solo! Te has corrido dentro de mí sin consultarlo...

Albert nunca escuchó algo más absurdo que eso. Annie tampoco se entendía, ahora que tenía lo que siempre había soñado, ella misma estaba echándolo a perder. No pudo evitar que el fantasma de la experiencia de su ex-esposo viniera a molestarla. Quería vivir todas esas cosas que Albert le prometía, pero tenía un miedo profundo que no la dejaba ser ella misma. Miedo de que todo fuera una gran mentira. Albert nunca le había fallado, pero ella temía que si se casaban, las cosas podían cambiar, que él se sintiera que la tenía segura y comenzara a convertirse en un tirano como su ex.

-¿Y tú hiciste alguna cosa por evitarlo? ¿En alguna ocación me pediste que me detuviera antes de correrme dentro de ti? No. Esto fue una cosa de dos y pensé que pensábamos iguales, pero veo que no. Que fácil es querer echarme la culpa a mí, ¿verdad? Si de verdad no querías esto, en más de un año que llevamos juntos pudiste haberte sometido a algún método anticonceptivo o al menos ser clara y decirme que no te interesaba tener hijos, ni casarte ni nada cada vez que el tema surgía.

Ahora era él que estaba alterado. Ella ya lo había sacado de sus casillas y todo lo que le dijo fue corrido y sin pausas, un desahogo total.

-¡No he dicho que no quiero eso! Sólo que es muy rápido y no estoy preparada. Sólo quiero tiempo.

-¡Muy bien! Sabes, he sido paciente, he sido comprensivo... he comprendido que tienes tus tráumas que te dejaron los hombres que te han fallado y entiendo, a mí también me han defraudado y me han herido... pero sabes, yo sí sé lo que quiero y al parecer, tú aún no sabes lo que quieres tú. Yo siempre he sido claro, Annie, desde el principio te he expresado lo que quiero, lo que busco y pensé que buscábamos lo mismo. Lamento no ser lo que tú esperabas y lamento que no estemos buscando lo mismo en la vida. Yo estoy listo para tener un hogar y una familia. Si tú necesitas tiempo, tienes todo el que necesites. Sin mí. Disculpa si en algún momento te hice sentir presionada o si confundí lo que tú buscabas. Espero que encuentres lo que deseas o al menos que dejes de encontrar lo que no deseas.

Le dijo, pero todo fue en pausa y sin alterarse, ya calmado y resignado mientra ella escuchaba todo muy atenta y con los ojos bien abiertos. Albert estaba hablando muy en serio. Estaba dando por terminada la relación por la necedad de ella. Un pánico y un arrepentimiento inmenso la invadió porque ella lo amaba y no deseaba perderlo. En el fondo lo deseaba todo junto a él, pero tanto sufrimiento la hacían actuar insegura y a la defensiva. Cuando vino a reaccionar, Albert ya se había vestido por completo y se disponía a irse.

-Albert... Perdóname es que...

-No Annie, siempre caemos en lo mismo, ya se ha vuelto un círculo vicioso. Yo quiero un hogar y tú no quieres responsabilidad, ya me quedó claro. Espero que no hayan tenido consecuencias las veces que "me corrí dentro de ti sin tu permiso". Es duro cuando un bebé no es deseado. Si se dio de todas maneras, yo me haré cargo y me ocuparé que tenga un hogar y amor en caso de que... tú no lo quieras.

Lo que le dijo la hizo llorar y la hirió en lo más profundo, porque Albert había hablado con dolor y tal vez con algo de razón, aunque ella nunca renunciaría a su propio hijo sin importar las circunstancias, sólo que con su actitud era lo que daba a demostrar.

-Albert... ¿a dónde vas?

Le preguntó con terror de saber su respuesta y presintiendo el final de todo por su testarudez. Él se le acercó, la miró con esa mirada tan suya que puede transmitir una gran ternura, la miró a los ojos y respiró profundo, luego de darle un ligero beso en los labios.

-No puedo vivir así más contigo, bella. No puedo seguir mirándote todos los días deseando lo que no estás dispuesta a entregar. No puedo seguir soportando que aún con todo el amor y la devoción que te he demostrado me sigas comparando con aquél infeliz. No puedo más con eso.

Luego de decirle eso, él se marchó y no dijo a dónde. Ella temblaba maldiciéndose a sí misma y dejando aflorar su llanto.

Fin del flashback

-Eshh quehh lash mujereshh son todassh complicadash e indecisashh, Alberrrrttsh. Uno sesshh desvivesh por ellassh y ellash siempresh hip, están bushhcándole la quintash pata al gatosh.

En lo que Albert se desahogaba, perdieron la cuenta de la cantidad de tragos que consumieron y Terry arrastraba ya todas las palabras, aunque Albert no se quedaba atrás.

-Pueshh tienesh todash la hip razón, hip. De ahorash en adelantesh no voy a buscarsh a ningúna, óyelo bien, Terrenceee, a ningúnash malditash mujersh. Que sesh vayan todash al diablooo.

El bartender no paraba de reir escuchando la conversación de ambos disimuladamente, ya que de vez en cuando los dos borrachitos lo incluían en ella, dándole, según ellos, consejos. Mientras los borrachines se daban la gran vida un trago tras otro, Candy estaba desolada en su apartamento, con Amy más despierta que ella que no había desistido en esperar a su padre y que por fortuna Archie y Lizette estaban ahí y se habían adueñado de la pecosita, entreteniéndola y consiguiendo que dejara de llorar.

-Es que no lo entiendo... salió hace horas, dijo que volvía pronto y nisiquiera contesta ninguno de los celulares, ni el mío, ni el de él...

-Tranquila, Candy. Son asuntos de hombres. Tal vez todavía esté dándole su buena paliza al infeliz ese.

-¡Archie! ¿Qué te cuesta un poco de sensatez? Ella está angustiada y tú le sales con eso.

Lo reprendió Lizette y pasó una mano por la espalda de Candy para reconfortarla.

-Es que Archie no está muy lejos de la realidad, Lizette. Conozco bien a Terry y sé que no fue con ninguna buena intención, pero ha tardado tanto que pienso que pudo haberle pasado algo... ¡Ay no! ¡Dios mío!

-Tranquila, Candy. Al que seguro le pasó algo fue al imbécil de Joseph. Sólo compáralos... ¿crees que ese patán pueda tener oportunidad al enfrentarse a Terry? Eso es como enfrentar a un león y a un gusano.

-Bueno, tienes razón, pero... ¡Buahh! Lo sien-siento chicos. Ahora vengo. ¡Buah!

Otro ataque de náuseas llevaron a Candy directo al baño dejando a Archie y Lizette con los ojos abiertos mirándose uno al otro, Amy los miraba también con sus ojitos muy abiertos, como dejando claro que no tenía intención alguna de dormirse y que mientras los brazos de sus tios Archie y Lizette estuvieran disponibles, ella seguiría dando candela.

-Candy... ¿Ya te sientes bien?

Preguntó Lizette al verla regresar del baño con la cara toda pálida y temblando.

-Sí, no se preocupen. Es la preocupación que me tiene mal. Hasta que no vea a Terry llegar no estaré tranquila. No estaremos tranquilas.

Dijo Candy al pellizcar cariñosamente una de las regordetas mejillas de su hija que estaba más feliz que nunca en los brazos de Archie al que no le importó que la niña lo hubiera vomitado varias veces, ya que tenía la habilidad y la puntería de vomitar en todas las direcciones excepto en donde estaba el pañito destinado a recibir sus misiles bucales.

-¿Y has comido bien, Candy? ¿Quieres que ordenemos una pizza o algo?

-No, Archie, bueno, si quieren pídanla para ustedes. A mí la comida me repugna.

Cuando dijo eso Archie y Lizette se miraron uno al otro, pero no hicieron comentarios, no indagarían en asuntos que no les incumbían. El sonido de un coro de canciones desentonadas los sacó a todos de sus pensamientos.

Terry: Te vash porqueee yo quiero que te vayashhh. A la horash que yo quiera te detengoshh.

Albert: Yo séshh que mi cariño te hace faltash. Porque quierash o no, yo soy tu dueñoshh.

Candy no podía creerlo. Después de tantas horas de angustia, ahí estaba Terry, fresco como una lechuga, borracho como tuerca y cantando abrazado a Albert.

-¡Este es el colmo, Terry! No te dignas a contestar ninguna de mis llamadas y encima llegas en estas condiciones.

Candy los enfrentó furiosa, sin embargo Archie y Lizette hacían un esfuerzo sobrehumano para no reirse.

-Ehh... yo... esh que Albertshhh...

-¿Que yo quésshh? A mí no me metan en sush asuntosh.

-Albert... ¡Tú también! ¿No les da vergüenza? Par de desconsiderados irresponsables.

-Vesh de lo que te hablosh, Albertshh. Uno trabajash durosh, trae el dinerosh a la casash... ¿Y qué sacamosh? Una mujersh peleando y gritandosh como locash...

Candy se llevó los dedos a las sienes porque de pronto sintió que la cabeza le dolía, no daba crédito a sus ojos. Amy inocente a todo alzaba los bracitos para que Terry la cargara, pero él estaba tan borracho que cuando intentaba cargarla, sólo levantaba aire porque su vista estaba ya distorcionada.

-¡A mi hija no vas a cargarla en esas condiciones! Además, me pregunto cómo fue que llegaron hasta acá porque dudo mucho que hayan sido capaces de conducir en ese estado...

-Tranquilash Pecashh, el bartender nos pidió un taxish... Así que tu Jeepsh esshtá intacta en el barsss.

Candy nunca había tenido tantas ganas de estrangular a Terry. Archie y Lizette observaban todo callados y estaba centrando toda su atención en Amy que lloraba mientras sus padres reñían porque no entendía por qué Terry no la había cargado.

-Albert: Si encuentrash un amorsh que te comprendash. Y sientesh que te quieresh más que a nadiesh...

-Terry: Entoncesh yo darésh la media vueltash. Y mi irésh con el sol cuando muera la tardesh.

-¡Ya basta! Tú, Albert, hazme el favor y llama a Annie y dile que estás aquí. Y tú, Terrence... tú espérame en la habitación.

El tono de Candy no dejaba opción a protestar y Terry subió las escaleras tambaleando luego de haber hecho el saludo militar para Candy e iba por ahí con su sonrisa retorcida y descarada. Albert como otro manso corderito estaba llamando a Annie.

-Eh, Candy. Nosotros ya nos vamos. Llevaremos a Albert a su casa.

Candy les agradeció en el alma el gesto, ya que no quería esperar despierta a que alguien viniera por Albert y mucho menos tener que lidiar con dos borrachos y su bebé que lloraba confundida. Cuando se hubo quedado completamente sola con Amy hizo de todo para que se durmiera, como ya estaba agotada, finalmente se rindió la mini-pecas y Candy dio un largo suspiro antes de ir a reunirse con Terry. Lo encontró tirado en la butaca de la habitación, dormido y roncando.

-¡Despierta sinvergüenza!

-¿Qué? ¿qué sucedesh? Ahh Pecash, eres tú... Sabeshh... ahora tus pecash las veo doblesh.

-Mira, Terrence... Mejor cállate que no me tienes nada contenta.

Le dijo de mala gana quitándole los zapatos, los cuales lanzó furiosa al otro extremo de la habitación.

-¿Estash enojadash mi amorsh?

Candy alzó la vista y le lanzó una mirada mortal mientras le bajaba la cremallera a su jean y se disponía a bajárselos.

-No, cariño, no estoy enojada, ¡que va! Me hace mucha gracia verte llegar tarde y con esta borrachera. Vamos, levántate para que pueda terminar de desvestirte.

Le gritó y él como pudo se puso de pie. Ella terminó de quitarle el resto de la ropa y hacía fuerzas para sostenerlo cada vez que por poco se caía.

-Estás aprovechándotesh de un pobresh e indefensohs hombresh.

-¡Dije que te calles! Ahora acompáñame al baño. Vamos, no me hagas hacer fuerzas, Terrence, ayúdame.

Apoyado de ella, llegó tropenzando a la tina donde con un esfuerzo enorme Candy logró meterlo y la comenzó a llenar.

-Pecahsh está helada esta agua.

-¿Te parece? Porque estaba considerando echarle unos cuantos cubos de hielo a ver si te pasa la borrachera y dejas de decir tantas estupideces.

-Candyshh respétame, soy tu esposh.

Ella en respuesta le echó tremendo chorro de agua fría por la cabeza que lo hizo temblar y estremecerse como un niño. Ella para no mojar la ropa se había quedado sólo con las bragas y el brassier, se inclinó sobre él para tomar el shampoo y como su brassier era de los que abrían al frente, Terry se lo abrió dejando que sus pechos cayeran magistralmente sobre su cara.

-¡Terry! ¿Por qué eres tan necio?

Le dijo volviéndoselo acomodar y comenzando a lavarle el pelo. Luego que se volvió a inclinar para tomar el jabón y la esponja para bañarlo, Terry le pellizcó una nalga sonriendo descaradamente. Candy respiró hondo pensando que él no tenía remedio. Una vez ella lo hubo aseado por completo, le siguió echando chorros helados de agua por encima, lo cual aunque no le quitó por completo la borrachera, le devolvió algo de tino.

-Terry, ahora necesito que te levantes para secarte y vestirte.

-Como tú digas, bebé.

Le dijo ya con la voz al menos entendible y dándole un besito que aunque fingió seguir molesta, la había conmovido bastante, sobre todo porque la llamó por aquél dulce adjetivo.

-¡Puff! También necesito que laves la boca, Terry. Tú y Albert acabaron con la bodega del bar.

Como un niño obediente, Terry se lavó los dientes y luego Candy se dispuso a secarlo. Estaba cuidándolo como a un niño. Le ayudó ella misma a vestirse, escogiendo un pantalón de pijama largo y una camiseta para que no se fuera a resfriar. Se ocupó de secarle bien el pelo. Fue a prepararle un café bien cargado y le advirtió que no se durmiera, dejándolo sentado en la misma butaca. Cuando regresó con el café, lo encontró sentadito como lo había dejado y peleando con el sueño para esperar su café. Candy se recriminó el que aún en esas condiciones ella quisiera comérselo a besos.

-Aquí está tu café, Terry. Te lo acabas todo.

-¿Si me lo acabo todo tengo premio?

-¿Premio? No te pongo a dormir con el perro porque no tenemos. Vamos, tómatelo.

Él obedeció, pero le rogó que se sentara con él en la butaca, prácticamente ella quedó en su regazo. Ni en sus peores momentos Terry perdía su instinto protector. Con un brazo le rodeó la cintura y con la otra mano sujetaba la enorme taza de café que le buscó Candy.

-Ya terminé, ¿ahora podemos dormir?

-Está bien. Pero mañana, tú y yo tenemos un asunto pendiente, uno que tiene nombre y apellido. Así que descansa bien, que por la mañana tu cabezota querrá estallar a parte de todas las explicaciones que me tienes que dar.

Se fueron a la cama y Terry se acomodó muy cerquita de ella. Inconcientemente, esa vez él no durmió sobre ella, sino que se acurrucó a su lado como un ovillo con su cabeza recostada de su vientre.

-Te amo, Pecas...

Le dijo ya con los ojos cerrados luego de haber besado sin saber por qué su barriga y quedando dormido a los pocos segundos.

-Yo también te amo grandísimo tonto.

Le respondió ella acariciando con ternura su cabello, quedándose dormida también.

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A la mañana siguiente, como bien lo predijo Candy, Terry despertó con un fuerte dolor de cabeza y recordando todo lo sucedido de pronto. Recordó la pelea con Joseph, las palabras que él le había dicho sonaban en su mente como un eco y lo angustiaron. "Te aprovechaste de su inocencia y le estás chupando la juventud". "Tu mujer está hastiada de ti".

-¿Terry?

Candy lo sacó de sus pensamientos y le extendía una bandejita con su desayuno y un par de pastillas para la resaca. Amy estaba en la cama con él, pues a pesar de su malestar, Terry no pudo rechazar a la pecosita que había estado despierta toda la noche esperándolo y que sólo quería estar junto a él. Mientras él comía, Candy aprovechó para darle el pecho a Amy, ambos disfrutaban su desayuno. Terry las observaba de reojo, pensando si alguna vez sería capaz de poder vivir sin ver esa imagen a diario. Pero aquellas palabras no dejaban de retumbar en su cabeza.

-Terry... ¿sucede algo? Parece que no estás aquí.

-Lo siento... es que aún me siento un poco mal.

Le contestó sonriendo débilmente por la batalla interna que libraba.

-¿Y puedes decirme ya que pasó anoche con Joseph?

-Nada. Me encontré con él en un lugar. El pendejo pensó que a quien vería sería a ti... sólo le di un pequeño escarmiento, nada más, mi amor, nada de que preocuparse.

Terry quiso infundirle confianza, pero su rostro y su gesto seguía siendo atribulado y ella quería saber por qué, ya que no tenía la más mínima idea.

-¿Estás seguro, Terry? ¿ No hay nada más que yo deba saber...?

Le preguntó porque si solo había sido como él decía, ¿por qué la borrachera? Eso le daba vueltas en la cabeza a Candy.

-No, pecas. Eso fue todo. ¿Candy...?

-Dime, cielo.

-Tú... ¿eres feliz?

Ella lo miró con los ojitos abiertos de par en par porque no se esperó la pregunta de repente y parpadeó varias veces mientras Amy se entrenía enroscando los rizos de su madre en su manita y hacía graciosos ruiditos.

-Claro que soy feliz, Terry. ¿Qué pregunta es esa?

-¿Eres feliz conmigo? ¿Con la vida que te he dado?

Le volvió aguijonear y Candy ya se estaba preocupando. No entendía a qué venía ese interrogatorio ahora.

-Tú me has hecho feliz siempre, Terry. Me has dado la vida que nunca pensé que tendría ni en mis más locos sueños. Te amo, mi amor. Recuerda, amarte fue lo primero que hice, antes de aprender a caminar o correr bici.

Ella le sonrió y lo deslumbró con sus chispeantes ojos verdes, con su gesto de niña que tanto adoraba. Entonces estaba decidido. No se iría nunca de su lado, la amaba demasiado como para dejarla ir. Pero como aún retumbaban las palabras de Joseph en su conciencia, decidió dejarle un poco de libertad, dejarla volar y no embarazarla nuevamente, aunque no le mencionó a ella ese detalle.

-Yo te amo un mundo, Candy. No quiero perderte nunca.

Se le acercó y la abrazó con desesperación, se aferró a ella fuertemente y le repartió incontables besos, a ella y la niña que se había dormido nuevamente.

-Déjame acostar a Amy, cielo. ¿Se te ofrece algo más?

-Sí. A ti...

Le dijo en el oído y le guiñó un ojo. Ella se puso colorada porque entendió bien el mensaje y él disfrutó del pudor de ella a esas alturas. Se dispuso a terminar su desayuno y puso la bandeja a un lado en una mesita. Estaba esperando por Candy, porque quería tenerla cerca, había amanecido con unas ganas enormes de tenerla a su lado, aún cuando no hicieran nada sexual. Sólo estar en su compañía.

-Ya estoy de vuelta, mi amor. ¿Se te quitó el dolor de cabeza?

-Un poco. Pero ven, siéntate aquí conmigo. No me dejes solo.

Ella fue hacia él, se colocó detrás suyo y comenzó a masajearle la cabeza. Terry cerró los ojos y se dejó llevar por el alivio que le daban las pequeñas y delicadas manos de Candy. Con eso él podría sanarse de lo que fuera.

-¿Te estás sintiendo mejor?

-Como no te imaginas. Ahora ven aquí. Quiero consentirte mucho, Princesa.

Intercambiaron la posición, quedando él detrás de ella. Le besó la melena rubia y ensortijada, dejándose envolver por el aroma de su shampoo. También depositó tiernos besitos en su cuello y esa vez otro delicioso olor invadió su nariz, el de la colonia de violetas que usaba desde siempre, un olor tan femenino y sutil como ella misma. Ella se estremecía con su respirar sobre su piel. Cuando las manos masculinas se posicionaron en su vientre, ella colocó las suyas por encima mientras seguía disfrutando de todos los besos que él le iba dejando. Con sutileza, Terry siguió deslizando sus manos y acariciaban los muslos descubiertos de ella. El deseo iba llenándolos poco a poco y la giró de frente a él para buscar sus labios. A Candy le sorprendió lo rápido que Terry se excitaba, pero sobre todo, lo rápido que su propio cuerpo comenzó a reaccionar también. Sus pechos se endurecieron sugerentes y Terry no tardó nada en atenderlos. Sólo que en vez de hacerlo con la desesperación habitual, lo hizo con una delicadeza y una calma que sólo consiguieron que ella se desesperara más por el placer causado.

-Te amo, Terry. No lo dudes nunca.

Lo besó con intensidad, siempre tan entregada. ¿Cómo podía él no amarla? Si ella le gritaba que era suya aún cuando sus labios permanecían en silencio. Su cuerpo y todos sus movimientos le decían que él era el único para ella. Sobre su cadáver dejaría que otro disfrutara lo que él recibía de ella a diario. Ya ella se encontraba sobre él totalmente a horcajadas y gimiendo mientras él seguía llenándose de sus pechos, de toda su piel que iba humedeciendo con su lengua, dejando su rastro mojado en su cuerpo y las marcas que los acompañaban. Era posesivo, territorial, no había duda. Era una cualidad que Candy adoraba de él.

-Todos los días de mi vida, los pasaré haciéndote esto.

La levantó un poco para bajarse los pantalones y el bóxer y a ella a penas le dio tiempo de deshacerse de sus braguitas. Con la misma suavidad que había empleado, se deslizó dentro de ella y la envolvió con el beso más dulce y apasionado jamás. Sus movimientos eran suaves, pero perfectamente calculados y sincronizados.

-Terry... hoy esto se siente más rico que nunca. Ahhh... ummm.

Le dijo con los ojos cerrados mientras holgaba en su cintura. Estaba increíblemente excitada, lo que la hacía más sensitiva a las sensaciones placenteras, pero sin duda algo diferente había, algo dentro de ella que no se sentía igual. No le dio importancia y siguió disfrutando del vaivén de sus caderas entrelazadas a las de él.

-Me alegro que te guste. Eres tú la que estás rica, mi vida.

Él no paraba de moverse ni ella tampoco, sus sonidos de placer se dejaron escuchar. Sin saber por qué, llegó más rápido de lo previsto al orgasmo porque desde hacía unos días se la pasaba excitada y deseosa sin razón aparente. Terry también terminó rápido y se quedó abrazándola. A ella se le hizo raro no haber sentido cuando el terminó, no experimentó la cálida humedad en su interior que sentía cuando él se derramaba en ella. Eso la dejó pensando. Luego de unos segundos, él se retiró de ella y entonces ella comprendió o al menos tuvo una idea de por qué esa vez había sido diferente.

-Terry... ¿Te pusiste un condón?

Preguntó sorprendida y mirando lo que era obvio. No supo ni en qué momento fue que lo hizo. Debió haber estado bien envuelta para no darse cuenta. No sabía cómo tomarse eso. Terry nunca había usado protección con ella y menos si estaban en búsqueda de un nuevo bebé. Él se deshizo del mencionado objeto y respiró profundo para darle su explicación.

-Candy... es que pienso... si aún no tenemos otro bebé es por algo, tal vez porque no conviene... Creo que nos hemos apresurado demasiado y... pues Amy no tiene ni un añito, tú estás tan joven y estás estudiando...

Ella estaba aún asimilando lo que Terry le decía. Le pareció estar soñando. ¿A qué venía eso ahora? Se preguntó y no encontró respuesta.

-No te entiendo, Terry... ¿Has decidido eso de la noche a la mañana? ¿sin consultarlo conmigo? ¿Desde cuando el tiempo y las obligaciones han sido un impedimento en nuestras vidas?

-Piénsalo, Candy. Sería demasiado presión para ti. Mucha responsabilidad... Yo no quiero que vayas tan cargada, quiero que logres lo que te has propuesto...

Candy lo miró perpleja. Hace menos de veinticuatro horas Terry se moría y se esmeraba por hacerle un hijo, mismo que ella deseaba mucho y no por compensarlo a él y ahora de pronto no quería darle esa "responsabilidad" a ella.

-Entiendo parte de tus razones. Lo que no entiendo es lo repentino que ha sido todo... soy tu esposa, Terry... creo que debiste consultar esto conmigo antes de decidir por tus pantalones que no es el momento de tener otro hijo. ¿Qué pasó con nuestra comunicación?

-En eso tienes razón, lo siento, fue la emoción del momento... Lo que quiero que entiendas es que...

-¡Que ironía! Tanto que me criticas a mí por impulsiva y quién te ve. Ahora estás actuando como si tú tuvieras diecinueve años y yo veintinueve. Inseguro, indeciso...

Terry la entendía perfectamente y era cierto que se moría por tener a su otro bebé, por no ver la angustia y el desconcierto en la cara de Candy y sobre todo por no haber tenido que escuchar nunca las palabras de Joseph que ahora lo habían llevado a questionarse su proceder, no era justo para Candy.

-Creo que podemos seguir intentándolo en un par de años...

-¡Ja! Llevas cinco meses, Terrence, haciéndome el amor casi a diario, cinco meses corriéndote dentro de mí, hace menos de veinticuatro horas la última vez para ser precisos. ¿No crees que es un poco tarde ya?

Se había alterado y le gritaba, mientras buscaba en el azul de su mirada el verdadero motivo de ese cambio tan inesperado. Sabía que esa mirada guardaba algo más.

-Tienes razón, pero... no estás embarazada aún, así que tenemos tiempo de...

-¿Sabes qué, Terry? Me rindo. Te conosco y sé que no estás siendo del todo honesto conmigo. Admite que no te interesa tener ningún bebé y ya está. No busques excusas absurdas que antes nunca te han importado.

Esas palabras sí que le llegaron a lo más hondo de su ser. Ella tenía razón para reaccionar así, pero él también tenía las suyas para actuar como lo estaba haciendo. Tenía miedo de acorralarla con responsabilidades y que en un futuro ella se lo sacara en cara, porque no era lo mismo llamarlo que verlo venir.

-Candy, sabes bien que eso no es así. Yo deseo a cualquier bebé que venga de ti. Sólo que no es lo mismo desearlo a que pase, no sé si te has puesto a pensar que vas a tener a dos bebés demandando y exigiendo al mismo tiempo tus cuidados, atenciones, tiempo y tú quieres lograr muchas cosas... tienes muchas metas...

-Terrence... yo lo único que hago es estudiar, no trabajo y nisiquiera hago las cosas del hogar porque tenemos a Graciela y a María que se encargan de todo. Mi único trabajo es terminar mi carrera y dedicarme a lo que más amo que son ustedes. ¿Tú de verdad crees que otro bebé sería una piedra de tropiezo para nosotros? ¿Así es como lo ves?

Ya al borde del llanto, con las pupilas inundadas, Candy le dedicó la mirada más triste y decepcionada a Terry, una que le deshizo el alma en mil pedazos y se sintió más miserable que nunca. Se sintió tan idiota por causarle ese dolor y todo por prestarle atención al idiota insignificante de Joseph.

-Candy... lo siento, tienes razón. Perdóname. No fue mi intención lastimarte, yo sólo quería lo mejor para ti... sabes que siempre ha sido así... No llores, niña linda. No llores por favor.

Fue a rescatarla de su inmensa tristeza con sus abrazos, pero Candy no pudo contener más su llanto, su sensibilidad se había disparado de una manera que no comprendía. Estaba muy propensa a las lágrimas.

-¿Entonces por qué siempre lo haces, Terry? ¿Por qué me haces llorar?

-No digas eso, mi amor. Yo lo último que quiero es verte sufrir. Yo nisiquiera aguanto verte llorar. Tu dolor es mi dolor, mi niña hermosa.

La ternura inmensa que Terry tenía por Candy volvió a surgir, la sintió tan sensible, delicada y pequeñita, con la carita estrujada y mojada de llanto, la forma en que se enterraba en su pecho. La cargó como a una niña y la arrulló. La calmó y comenzó a reponer todo el daño que sin querer le había hecho.

-Terry... bájame... me siento mal...

Él obedeció y la bajó y pasó el susto de su vida cuando vio que por poco se le desmaya en los brazos.

-¡Candy! ¿Qué tienes?

-Nada, mi amor...es sólo hambre...

-¿Hambre? ¿No has comido nada desde que te levantaste?

Ella negó con la cabeza y él quiso regañarla por hacer esos desarreglos y más siendo madre lactante, que necesitaba tener energía y estar bien alimentada.

-Es que la comida de aquí no me apetece, Terry... me cae mal.

-No te preocupes. Voy a conseguirte cositas lights de las que te gustan, pero mientras, por favor, tómate al menos un juguito. Hazlo.

Le advirtió y luego de darle un beso fue a comprar algunos alimentos exclusivamente para ella. Candy aprovechó ese tiempo y fue y le echó un ojo a Amy, al ver que seguía dormida como un angelito, decidió tomarse el jugo como le había prometido a Terry y luego se fue a bañar. Cuando salió del baño encontró una notita en la cama. Una que seguro Terry había dejado cuando ella se metió al baño. Con emoción infantil la tomó y la leyó ansiosa. Como si de pronto el alma le hubiese vuelto al cuerpo y decidió que lo que sucedió hace un rato fue sólo un mal sueño. Comenzó a leer con una sonrisa enamorada.

Para la mami más linda del mundo:

Todo fruto que venga de tu vientre yo lo amo

cada ser que se forme en tu interior será mi mayor tesoro

seré fiel admirador de los latidos de ese segundo corazón

recibiré con gusto cada patadita que me permitas sentir contigo

quiero ver germinar junto a ti cada semilla que deje en ti

PSD: Quiero al bebé.

Terrence

Lloró, pero esta vez de felicidad por las dulces palabras de Terry. Deseó que ya por fin se hubiera dado el milagro, lo anhelaba con todo su ser. Se acarició el vientre con ilusión. Tenía sus sospechas, pero eran tantas las veces que al final la mancha roja de cada ves le decía lo contrario que no quiso ilusionar a Terry sin estar segura primero, pues tenía síntomas comunes de un embarazo, mas no representaba ningún retrazo. Dejó los pensamientos negativos y se vistió lo más rápido que pudo y fue a buscar a la bebé que lloraba con una exigencia que no le daba tiempo ni a pensar. La niña tan pronto como la vio entrar a la habitación se calló y le sonrió extendiendo sus bracitos.

-Ven aquí con mami, descarada.

Se sentó con ella en la mecedora que había en la habitación y por cosa de la vida, la bebé se acomodó en el vientre de Candy y se quedó como adherida a esa área e incluso uno de sus bracitos se veía como si la estuviera abrazando. Algo mágico. Otra cosa que Candy había notado era que también le daba mucho sueño y meciéndose con Amy más con lo tranquilita que se había quedado la pecosita, Candy se durmió sin saber por cuánto tiempo. El sonido de su celular la apartó de los brazos de morfeo. Lo pudo escuchar desde la habitación de Amy, la acomodó en su cuna mientras fue a contestar el teléfono apresurada, pensando que era Terry y que ya había tardado mucho cuando miró la hora. No conoció el número que se registraba en la pantalla.

-Buenos días...

-Buenos días. ¿Es usted algún familiar de Terrence Grandchester?

-Sí. Soy su esposa. ¿Pasó algo?

Preguntó nerviosa y muerta de miedo.

-Le estamos llamando del hospital...

Continuará...

¡Hola niñas lindas!

No pueden quejarse, actualicé muy pronto. Espero que este capítulo les haya gustado aunque se lo haya dejando en tensión otra vez jejejeje. Fue un capítulo que tuvo de todo un poco, pero ya me conocen, no se me asusten mucho y confíen en mí. ¿Cuando las he defraudado? Espero que nunca. Chicas, les regalé este capítulo pronto porque es muy probable que no pueda publicar hasta el lunes, ya que de mañana en adelante tengo varias actividades familiares pendientes entre unos cuantos quehaceres del hogar que andan un poco atrazados jejejeje. Espero su sincera opinión sobre lo que les pareció este trabajo. Pasión, drama, risas, intriga, tensión, ya saben, lo típico de mí. Espero sus reviews.

Agradecimientos a mis princesas hermosas:

Amy C.L.- subuab-prisiterry-Laura GrandChester-Betk Grandcheter-Darling eveling-comoaguaparachoc-Dali-Silvia E-dulce maria-Guest-rose granchester-Zafiro Azul Cielo-ale samayoa-anaalondra28-odette. -Nerka-Shareli Grandchester-GINAA-Quisquillosa-Mirna-irma-Kary cruz-mariekleisse

Si se me quedó alguna, le ruego me perdone. Yo leo todos los reviews y les agradezco por dejarlos.

Hasta la próxima, excelente fin de semana.

Wendy Grandchester