Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 20 De vuelta a casa

Luego de las próximas veinticuatro horas de observación, efectivamente Terry pudo ser dado de alta y casi brinca de alegría. No era un paciente nada fácil y dio bastante lucha en su corto estadía en el hospital. Ya podía caminar bien y derecho, aunque seguía mostrando las marcas de los golpes que había recibido. Su barba era de un par de días lo que lo hacía ver más varonil y guapo que nunca, aún a pesar de la sencillez de su ropa que constaba de una sudadera con su jacket a juego y tenis. Mientras atravezaban el salón de espera para llegar a la salida, muchos cuellos femeninos se voltearon y Candy rápido tomó su mano en caso de que alguna de las vívoras que no disimulaban se le ocurriera equivocarse. Terry sonreía de lado, era conciente de todo. Su sonrisita de triunfo no le duró mucho, pues también habían cuellos masculinos que casi se partieron al ver a Candy, pues había ido a la casa a buscar ropa para Terry y algunos efectos personales, momento que no sólo aprovechó para ver y apapachar un rato a su bebé que tanto extrañaba, sino que se dio un baño y se arregló para regresar al hospital a buscar a Terry. Se puso un jean y un suéter ajustado color vino que marcaba muy bien sus formas femeninas y sus pechos por ser lactante siempre estaban llenos y rebosantes, atrajo todas las miradas de los hombres que de pronto olvidaron sus dolencias.

-No vas a ponerte más ese suéter. ¿No tenías otra cosa más conservadora?

Le dijo muy serio mientras caminaban ya casi llegando a la puerta de salida y se puso más serio aún cuando al estar ella de espalda pudieron apreciar bien lo dotada que estaba también de atrás.

-No te entiendo, Terry... Es un suéter... mangas largas, cuello de tortuga...

-Sí, "cuello de tortuga". Más bien para que te miren todos los tortugos que están a punto de perder el cuello por ti.

En otra ocación, Candy se hubiera molestado por el comentario y los celos de Terry, pero esa vez le dio un mar de risa por la comparación y la molestia que no sufrió ella, la sufrió él. Terry aceleró el paso y la sacó casi a rastras del lugar hasta que llegaron al estacionamiento.

-Ya, Terry, no te pongas celoso. Sólo deja que sepan que estoy casada, con una hija y otro en camino... saldrán corriendo.

Le contestó Candy aún riendo cuando faltaba poco para que llegaran al carro.

-Tú como que andas muy graciosa últimamente. Creo que te hacen falta un par de nalgadas como las de la otra vez...

-¡Ni se te ocurra!

Lo amenazó y lo señaló con su dedo índice y ahora era él que reía mientras ella se quedaba seria porque sabía lo muy capaz que era Terry de caerle a nalgadas allí mismo y hacerle pasar la vergüenza de su vida.

-Está bien, no te doy nalgadas... pero... ¿si puedo darte un besito?

Le preguntó con una exagerada inocencia y voz suplicante. Mirándola con esos ojos que le atravezaban el alma. Ella nunca había podido negarle algo a él y mucho menos un beso. Dejó que él se le acercara y posicionara sus manos en su cintura para que le diera el ansiado beso que ella misma más que quererlo, necesitaba. Primero él la iba besando lentamente, como con nostalgia, saboreándola y grabando con sus labios y lengua cada parte de su boca. Mientras lo hacía sus manos se fueron colando por dentro de su suéter y acarició su barriga. A los pocos segundos la pegó a él un poco más e intensificó el beso, dejándola sin aire, sin fuerzas y sin aliento. Por momentos olvidaron dónde estaban y ya Terry estaba apretándole las nalgas cuando ella vino a reaccionar.

-¡Terry! Ya... alguien puede vernos... era sólo un beso...

Le dijo nerviosa y colorada mientras miraba a todas partes en el estacionamiento.

-No nos está viendo nadie, Pecas. Además, beso sin apretada de nalgas no es beso...

Le contestó y volvió apretárselas mirándola con burla porque otra vez se había puesto nerviosa y volvía a mirar que nadie los estuviera viendo.

-¡Basta! Puede aparecer alguien...

-¿Ajá?

Le preguntó con la misma expresión de inocencia, pero esta vez le apretó uno de los senos suavemente.

-¡Dios mío! Vámonos ya.

-¿Por qué? ¿Tienes miedo, mi amor? Pero si así es más rico... cuando es prohibido y peligroso...

Le dijo susurrándole en el oído mientras volvía a besarla. Ella se estaba desesperando y se separó de él más nerviosa todavía.

-Terry, por favor... esto es un estacionamiento... de un hospital...

-Ya, Pecas... no voy hacerte nada aquí, tontita... Deja que estemos en casa...

Le guiñó un ojo y rió por su maldad y al ver lo alterada que la había puesto. Como un angelito se sentó en el asiento del pasajero. Al instante sacó el CD de Reik que Candy tenía puesto y buscó otros en la carpeta de CDs pero ninguno lo convenció, así que puso la emisora.

-¿Se puede saber por qué quitas mi música?

-No voy a escuchar música gay.

-Es mi carro y es mi música, cuando estés en el tuyo pones la música que te de la gana.

Le dijo molesta y comenzó a buscar su CD nuevamente, pero al estar conduciendo, debía estar pendiente a la carretera, lo que hacía que le diera más trabajo dar con el CD, cuando por fin lo hizo, Terry se lo quitó y comenzó hacer amagos de dárselo, pero luego alejaba la mano y la mantuvo por un rato en ese relajito.

-Vamos, Pecas... está aquí, tómalo...

Se lo acercó, pero esa vez ella no cayó más en su juego y no hizo ningún esfuerzo por tomarlo. Estaba molesta.

-No sé qué te dieron en ese hospital que ahora estás tan insoportable.

Ella ya no podía disimular su enfado y él comenzó a reirse y a tratar de buscarle la vuelta, pero ella no cedía, era orgullosa y estaba realmente molesta porque él sabía cómo sacarla de sus casillas. Como ella seguía con su orgullo, él mismo puso el CD y para ver si le sacaba una sonrisa, se puso a cantar una de las canciones que tanto había criticado.

Terry: Cuando llegaste tú, te metiste en mi ser

encendiste la luz, me llenaste de fe

tanto tiempo busqué, pero al fin te encontré

tan perfecta, como te imaginé...

Candy perdió todo el orgullo y tuvo que reir. No se esperaba eso y además, ahora que no estaba borracho, cantaba bastante bien y al menos no se salía de tono, a pesar que realmente estaba burlándose de la canción.

-Pues menos mal que no te gusta la música gay... te sabes la canción mejor que yo...

-¿Cómo no me la voy a saber? Si ya tienes ese pobre disco rayado.

Se defendió Terry inmediatamente, pero Candy no continuó con el tema porque ya habían llegado al fin a casa. Terry moría por entrar ya. Cargar a su bebé y sobre todo, dormir en su cama, comer comida de verdad.

-Buenas tardes. Bienvenido nuevamente, señor.

Lo saludó Graciela alegremente. Tenía unos cincuenta y cinco años, de figura llenita y en su rostro siempre había una calidez maternal. Amy que estaba en su sillita de comer, tan pronto vio a su padre, se dejó sentir y enseguida exigió que la sacara de ahí.

-Buenas tardes, Graciela. ¡Princesa! Papi está aquí. ¿Me extrañaste?

Terry no resistió por mucho rato y la cargó y la besó con devoción, haciéndola reir por la cosquilla que le hacían los besos. Siguió haciéndole gracia y notó el babero que tenía la niña con la frase: "Greedy like daddy" (Glotona como papi) y se echó a reir mirando a Candy.

-Creo que se equivocaron con el la inscripción... eso fue algo que heredó de ti y no de mí.

Con eso sólo se ganó un pellizco por parte de Candy, aunque ella sabía que él tenía razón, pero sin embargo, ella comía mucho, pero no más que él, lo que pasaba era que él no entendía cómo un cuerpo tan pequeño y delgado podía almacenar tanta comida.

-Sigue hablando, Terry... a ver como andará ese apetito tuyo con ese estadía en el hospital... y creo que el menú de Graciela es... ¡Mira! Papas majadas... pollo frito... mazorcas... ummm.

Candy quiso torturarlo, era una de las comidas que más a él le gustaban y con lo que le habían dado en el hospital, ese menú sólo le olía a gloria. Volvió a poner a Amy en su sillita mientras Graciela ponía la mesa para que ellos comieran. Mientras lo hacían, Graciela comenzó a darle a Amy su babyfood de calabaza el cual la niña iba devolviendo porque a penas estaba comenzando con los alimentos sólidos. Terry la miraba con pena y veía con asco el frasquito de su comida.

-Ella no quiere esa porquería. ¿Verdad, mi amor?

Dijo Terry y con su tenedor, tomó un poquito de papa majada y se lo dio. Amy no lo devolvió como había hecho con la cremita de calabaza.

-¡Terry! No le des eso. Ella no puede comer esta comida con los condimentos de nosotros... tiene que empezar primero con su comida de bebé y luego...

-¡Ay Candy! Por favor... ¿Llamas a eso comida? Mira la cara que hace la pobre cuando se acerca esa cuchara. Además... le gustó la papa... está suave y no va a morirse... ¿verdad, Graciela?

-Bueno, bueno... hoy en día ya son tantas cosas las que no se pueden... yo tuve cinco hijos y a los cinco yo misma les preparaba sus comidas... sus papillas... y fueron niños fuertes y saludables...

-¿Lo ves, Pecas? No tortures a la pobre niña.

Dijo Terry con triunfo y Candy le dedicaba siempre su única mirada de quererlo matar. Para colmo hasta Graciela estaba respaldándolo, mientras que la traídora de Amy seguía pendiente al plato de Terry.

-Pues no creo que a los seis meses Graciela les estuviera dando pollo frito a una niña que a penas tiene dos dientitos...

-Desde luego que no, Candy. Pero, puedo prepararle a la niña las papillas yo misma y le sabrán mucho mejor. Verás que se las comerá todas y no será un castigo la hora de la comida.

-Bueno... está bien, pero asegúrate que no esté Terry cerca porque es capaz de darle un pedazo de pizza.

Terry se rió por el comentario rozó suavemente la mano de Candy. Le susurró algo al oído que la devolvió a la realidad. Ella asintió dando su consentimiento a lo que él le había preguntado.

-Eh, Graciela. Queríamos decirte que... la cigüeña nos visitó otra vez... y no quisiéramos que otra persona que no sea tú cuidara de los bebés...

-¡Yo lo cuido! ¡Yo los cuido a ambos!

Antes de que Terry hiciera la pregunta completamente, ya ella les había dado su respuesta y estaba emocionada como si de verdad fuera parte de la familia.

-Y por supuesto que te pagaremos más...

-¡Ay niña! No te preocupes por eso. Yo los cuido encantada.

Graciela realmente tenía vocación para eso, Amy se había acoplado a ella en seguida. Eran los nietos que no tenía, pues todos sus hijos vivían en Estados Unidos y algunos aún no tenían hijos y los que sí tenían no los podía ver tan a menudo como quería. Luego de la comida, Terry y Candy le dijeron a Graciela que podía irse y que a partir de la próxima semana le tendrían una sorpresa. La señora se marchó sonriente y eso enterneció mucho a la pareja. Candy se puso a lavar los platos mientras Terry se ocupaba de entretener a Amy que no se comió su comida por más que trataron, así que Terry le dio una botellita de leche ya que Candy estuvo muy pendiente de que no se le ocurriera darle comida inadecuada o alguna otra locura. Cuando ya hubo terminado los platos, que se estaba lavando las manos y poniéndose un poco de crema, Terry se le acercó por atrás y le besó el cuello ligeramente mientras aún sostenía a Amy.

-Pecas... ¿Qué te parece si acostamos un ratito a esta preciosura y tú me das algo de cariñito?

Candy le sonrió resignada pensando que él no tenía remedio.

-Está bien, pero hay que darle un bañito primero. Prepara su baño en lo que yo la desvisto y le busco una ropita cómoda. Hace tanto calor...

Mientras ella preparó a Amy para su baño, Terry buscó la bañerita que era todo un baby spa, con su manguerita y animalitos de hule. Lo llenó de agua tibia y buscó su esponjita, el jabón y el shampoo. Candy la metió sentadita y ambos disfrutaron de sus risitas cuando la mojaban y ella apretaba los animalitos de goma. Cuando Candy le enjabonó el pelito con el shampoo, Terry comenzó hacerle peinados locos y Candy le tomó fotos con su celular. La escena era mágica, especialmente para Terry, que nunca imaginó esa vida para él. Una esposa, hijos... nunca le pasó por la mente y menos que fuera a ser tan feliz. Dejaron que Amy disfrutara de su baño hasta que se cansó y Candy fue a vestirla para dormirla, mientras Terry se ocupaba de limpiar la bañerita y todo el desastre que se hizo cuando se pusieron a jugar con ella. La pobre estaba agotada, así que se durmió en seguida y la pusieron en su cuna. Terry arrastró a Candy hasta la habitación antes de que se pusiera hacer alguna otra cosa.

-No creas que te vas a escapar más, Pecas.

Le dijo cerrando la puerta tras ella. La sentó en la cama para comenzar a quitarle las sandalias, luego de hacerlo, comenzó masajearle los pies.

-Terry... jajajaja. Me estás haciendo cosquillas.

Un poco de ti para sobrevivir

esta noche que viene fría y sola

un aire de éxtasis en la ventana

para vestirme de fiesta y ceremonia

Terry se detuvo y se quedó mirando uno de sus pies que tenía en la mano. Observó lo limpiecito y cuidadito que estaba, delgadito y sus deditos en perfecta simetría. Las uñitas pintadas de rosa y en la esquinita de la uña del dedo pulgar tenía una florecilla blanca.

-Tienes los pies pequeñitos. Hermosos.

Le dijo y se lo besó. El cosquilleo la hizo que encogiera los deditos. Luego él dejó sus pies para bajarle el pantalón y finalmente le quitó el suéter y la dejó en ropa interior mientras la seguía contemplando. Fue él que se sentó luego en la cama y se la puso a ella a horcajadas y lo primero que hizo fue darle un abrazo fuerte.

Cada vez que estoy contigo

yo descubro el infinito

tiembla el suelo

la noche se ilumina

el silencio se vuelve melodía

-Sólo quería tenerte así cerquita y abrazarte. Te amo mucho, Pecosa. No voy a dejar que nunca les pase nada.

La alzó un poco y besó su vientre con una devoción tan grande que la hizo llorar.

Y es casi una experiencia religiosa

sentir que resucito si me tocas

subir la firmamento prendido de tu cuerpo

es una experiencia religiosa

-Yo también te amo, mi amor. No estoy arrepentida de nada. Quiero estar así contigo por siempre. Me has hecho muy feliz, mi vida. Gracias por este bebé que está creciendo dentro de mí...

-No, gracias a ti por dejarme estar contigo y disfrutar de esto. Tú me has hecho feliz a mí. No sabes qué se siente saber que hay un bebé mío aquí. Es como si fueras más mía aún.

-Y lo soy, amor. Soy tuya cada segundo de mi vida. Todo lo que soy es para ti.

Casi una experiencia religiosa

contigo cada instante en cada cosa

besar la boca tuya merece un aleluya

es una experiencia religiosa

Ya Candy estaba lo suficientemente encendida como para iniciar ella misma el beso que se le había antojado hacía rato por estar con él en esa posición y que le hablara de esa forma en que lo estaba haciendo. Cuando se sostenía de ese cuerpo tan fuerte y cuando sus manos grandes rodeaban su cintura y ella sentía que dejaba de ser de ella para ser para él, eran sensaciones que no cambiaba por nada del mundo. Pudo reanudar el beso que se hubo quedado a medias en el estacionamiento y dejó que él retomara las caricias que no pudo darle hacía un rato atrás. Vivió en el cielo durante los segundos que los varoniles labios paseaban de su cuello a sus pechos, disfrutó que sus manos se introdujeran en sus bragas para apretar sus nalgas. Separó más sus piernas mientras seguía a horcajadas sobre él y besándolo le fui quitando el jacket y la camiseta. Siempre babeaba cuando veía su torso. Lo bien formado que estaba, sus abdominales, sus brazos tan fuertes e incluso los tatuajes que le daban el aire de niño malo. Ella sabía que estaba perdida por él desde siempre.

Vuelve pronto mi amor, te necesito ya

porque esta noche tan honda me da miedo

necesito la música de tu alegría

para callar los demonios que llevo dentro

-Lo siento, pero ya tengo que quitarte esto...

Le soltó el brassier porque amaba la forma en que caían desnudos sus pechos cuando se liberaban de esa prenda. Primero los tomó en sus manos y los moldeó. Candy estaba tan sensible que esa sola caricia la mojó por completo y por instinto tuvo que frotarse de la divina erección de Terry. No pudo evitar gemir cuando su dureza rozaba su zona más sensible y menos aún cuando Terry estaba comiéndose sus senos de una manera tan desesperada. Comenzó a frotarse de él tan fuerte que él se alzó para bajarse los pantalones y todo lo que estorbaba para poder hacerle el amor sin obstáculos.

Cada vez que estoy contigo

ya no hay sombra ni peligro

las horas pasan mejor entre tus brazos

me siento nuevo y a nada le hago caso

-Terry, mi amor, por favor... házmelo ya. No aguanto más.

Terry también le tenía unas ganas enormes, tan pronto como se deshizo de su ropa, le corrió las braguitas hacia un lado y se hundió en ella, sintiendo su humedad y su calidez. Cuando ella sintió la deliciosa invasión, ella misma tomó el ritmo y el control para moverse sobre él. Terry sin dejar comer de los frutos de su obsesión hasta ver como se le endurecían los pezones, la apretó fuerte de las nalgas y la impulsaba a que se siguiera moviendo sobre él.

-Sigue moviéndote así, mi amor... no dejes de hacerlo.

Candy disfrutó de la voz ronca de él, también de cada una de las fuertes embestidas cuando por momentos él tomaba el control y de la forma tan divina en que su boca no desatendía sus pechos de los que él se había adueñado sin tregua.

Y es casi una experiencia religiosa

sentir que resucito si me tocas

subir la firmamento prendido de tu cuerpo

es una experiencia religiosa

-Está tan rico, Terry... ahh...

-Te lo voy hacer más rico todavía.

Se puso de pie con ella en la misma posición para hacércelo contra la pared como tanto le gustaba a ambos y de esa forma él tenía absoluto control ahora. Ella no le pesaba mucho, así que él la movía con agilidad de abajo hacia arriba y de alante hacia atrás sin compación. Disfrutó de los arañazos en su espalda producidos por las uñas de ella por la forma en que se aferraba a su espalda. Las nalgas de ella también llevaban las huellas de sus dedos por la fuerza con que él las apretaba. Le encantaba como sus manos se deslizaban por su cuerpo húmedo por el sudor y la pasión.

Casi una experiencia religiosa

contigo cada instante en cada cosa

besar la boca tuya merece un aleluya

es una experiencia religiosa

-Terry, cielo... creo que ya... ahhh... ya no voy a poder más... ahhhhh...

A Terry se le achicaron los ojos por lo que sintió al ver como el cuerpo de ella se encogió y se arqueó, de la expresión de su cara con los espasmos típicos del orgasmo. No pudo resistir por mucho tiempo más y dejó desbordar todo su placer en su interior. Sus cuerpos temblorosos y debilitados se quedaron entrelazados por un rato. Hasta que sus respiraciones se normalizaron y Terry se la llevó a la cama para terminar de calmarse y luego tomar juntos un baño.

=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=

Archie y Lizette formaban una pareja hermosa. Él la trataba como una princesita y la complacía en todo lo que estuviera a su alcance. Ella había ido superando sus miedos e inseguridades poco a poco y él había encontrado el refugio anhelado para su soledad. Era domingo, día de no hacer nada, de estar viendo películas, comiendo y en pijamas, pero ese día por la tarde irían a visitar a los padres de Lizette a los que no veía desde hacía casi un año, no porque ella no quisiera o porque no tuviera tiempo, sino porque siempre había sido consciente de que ella no les hacía falta y que no importaba cuánto tiempo llevaran sin verse, siempre el recibimiento era frío. Estaban en el suelo de la pequeña salita del apartamento de ella, sentados sobre la alfombra y Archie la tenía cargada en su regazo haciéndole cosquillas.

-Quisiera que estos días así no terminen nunca. Quiero vivir por siempre así.

Le dijo Lizette con un beso y mirándolo con sus enormes ojos marrones los cuales él besó y se quedó rozando su nariz.

-A mí también me gustaría quedarme así contigo todito el día, negrita. Y hablando de eso... ¿a qué hora nos vamos?

Lizette respiró profundo, desearía no tener que ir, sabía que posiblemente iba a regresar desilusionada y herida y no quería romper el encanto de esa linda mañana dominical junto a su amor.

-Archie... creo que es mejor que nos quedemos...

-Cielo, no podemos seguir posponiendo eso. Sé que es incómodo y para mí también lo es, pero... es momento de que sepan ya de nosotros y... no importa como ellos nos reciban, tú cumpliste con tu parte de buscarlos y ponerlos al corriente con tu vida, ya el resto queda de ellos. Tu conciencia podrá estar tranquila.

La abrazó más fuerte y ella supo que sus palabras estaban llenas de razón. Junto a él ella se sentía segura e invencible, la soledad no la podía tocar más mientras sus fuertes brazos la sustuvieran.

-Está bien... vamos a bañarnos entonces...

Se pusieron de pie para dirigirse a la habitación, Archie escogió la ropa que se pondría sin mucho apuro, pues sólo tenía unas cuantas cosas en el apartamento de ella, pero ella estaba muy indeciza. Había seleccionado una blusa corta de maguillo de tela floreada en tonos naranja y un jean corto blanco, pero luego Archie vio que iba a devolver la ropa al armario.

-¿Por qué la guardas otra vez?

-No conoces a mi mamá, Archie... si llego en pantalones cortos y con esa camisa... verá mi piercing y dirá que soy un engendro del diablo.

Le dijo con pena mientras se miraba en el espejo, siempre había sufrido la desaprobación de ellos en todo lo que hacía y aún así no perdía las esperanzas de algún día poder hacerlos sentir orgullosos.

-Cariño, tú eres como eres y no puedes dejar de ser tú para complacer a nadie. Te queda muy linda esa ropa, eres preciosa, a mí me encantas. Ellos tienen que aceptarte como eres, además no vives con ellos, ni te dan nada, no te mortifiques por eso. Y sabes... tal vez cuando dejes de preocuparte por impresionarlos, de rogar por su cariño y los eches a parte como han hecho contigo, tal vez ese sea el día que realmente aprecien lo que eres.

Él besó con cariño su frente y volvió a sacar la ropa que ella había guardado y la convenció de que se la pusiera.

-¿Cuáles te gustan más, estas o estas?

Ella le señaló dos pares de sandalias alta de plataforma, unas marrones y otras en tono anaranjado opaco.

-La dos te quedan bien... las anaranjadas.

Le contestó y se las quitó de las manos para darle un beso, uno que la puso nerviosa por ya a él sólo lo cubría una diminuta toalla en la cintura y la estaba abrazando por la espalda, rozándole el cuello con los labios haciendo que se le enchinara toda la piel.

-Archie... ya...

-¿Por qué?

Le preguntó con malicia y siguió besándole el cuello y acariciándole la cintura y la espalda hasta que la giró de frente a él y la toalla se le cayó para que ella lo viera como Dios lo trajo al mundo.

-Porque... ¡porque sí! Porque se nos hace tarde y...

Estaba nerviosa y más cuando pudo apreciar lo excitado que estaba él, no le hizo caso a sus excusas y la atrajo hacia él y de un beso la silenció por completo mientras la ayudaba a desvertirse, lo cual no fue muy difícil porque sólo tenía una fina camisilla y un hot pant, el cual le dejó un ratito más para entretenerse un rato con sus senos pequeños, pero bien formaditos y turgentes.

-¿Y ahora... quieres que me detenga?

Le preguntó mientras le apretaba el trasero y pasaba su lengua por sus pechos de manera sensual e irresistible.

-No. En verdad no... Quiero que me hagas el amor.

Le confesó y él dejá que se le enganchara mientras la seguía besando con desesperación. Ella lo acariciaba también y le dio besos en el cuello en el cuál le regaló un pequeño y discreto chupón que lo excitó más todavía. Fue con ella así hacia la cama y la acostó, dejando que sus piernas rodearan su cuello mientras él se arrodilló en medio de sus piernas y por ambos estar ya muy ansioso de que sus cuerpos se volvieran uno, él se abrió paso en su interior comenzando con suaves y dulces embestidas que le sacaron a ella placenteros gemidos. Cuando aumentaron el ritmo, ella disfrutó de la cara de éxtasis de él mientras se movía dentro de ella y de algunos mechones sudados que se le pegaban a la frente mientras que él se gozaba de ver como saltaban los pechos de ella por los movimientos de la pasión. Cuando la sensación comenzó a ser demasiado fuerte, él decidió colocarse sobre ella para terminar así, donde pudo disfrutar de sus caricias, del beso arrebatador que ella le dio y donde pudo escuchar mejor el grito que le sacó el orgasmo que hizo que segundos después él también lo alcanzara y cayera entre sus brazos rendido.

-Te amo, mi amor. No te cambiaría por nada. Eres perfecta para mí.

Le dijo cuando se salió de encima de ella para ayudarla a ponerse de pie y tomar el baño que se había quedado pendiente.

-Yo te amo más.

Le contestó sonriente y alzó los brazos para que él la llevara cargada al baño, lo cual él hizo encantado. Se tardaron veinte minutos en el baño y luego pasaron a vestirse. Archie se vistió en pocos minutos y estaba poniéndose los zapatos cuando vio a Lizette quitándose el piercing del ombligo. Fue hacia ella suspirando.

-No quiero que te lo quites. Eso es parte de lo que eres y te queda muy bien. Es más, quiero que también vuelvas a ponerte este. Yo te conocí así y me encantas así.

Archie le volvió a enroscar la bolita que aseguraba el piercing del ombligo y le extendió el diminuto y brillante piercing de la nariz que también se había quitado por cuestión de prejuicios y que le quedaba bien. Era una piedrita brillante verte, a penas perceptible, que lejos de hacerla ver vulgar, le daba un toque mágico a su cara y ella lo lucía muy bien.

-¿Me dejo el pelo así o me lo alizo...?

-Así como está es perfecto. Me encanta esta melena encaracolada.

Le contestó alborotándole el precioso cabello rizado y marrón. Esperó sentado a que ella se maquillara y él le terminó de poner las sandalias. Ella pensó que tenía un sueño de hombre a su lado. Cuando al fin estuvieron listos, ella respiró profundo y se montaron en el carro.

-Archie... ¿quieres que maneje yo?

-No te preocupes, me acuerdo bien donde es, fui tu vecino. Además, jamás podría olvidarme de ese lugar...

Ambos sonrieron con nostalgia. Había muchos buenos recuerdos en ese sitio y otros no tan buenos... Archie iba muy pendiente de la carretera mientras ella estaba perdida en sus pensamientos y mientras más cerca estaba de su casa, más pánico sentía. Él tomó su mano, la entendía perfectamente, pero tenía que ayudarla a enfrentar todos sus miedos. Cuarenta y cinco minutos después estuvieron ya frente a la casa. Lizette hacía todo lo posible por serenarse. Cuando Archie le abrió la puerta para que saliera, ella comenzó a estirar su blusa tratando de tapar su piercing. Archie le apartó las manos de la blusa y se la acomodó, le dio un beso en el ombligo y la tomó de la mano nuevamente para dirigirse hacia la puerta. El momento había llegado. Ella le apretó fuerte la mano y él fue el que se decidió a tocar la puerta. Se sorprendieron al ver que los padres de Lizette estaban listos para salir, como si no los estuvieran esperando.

-Mamá, papá... ¿se van?

Preguntó Lizette con la voz entrecortada, le había confirmado su visita hacía menos de veinticuatro horas, siempre sabía que saldría desencantada cada vez que los visitaba, pero no pensó que fuera a suceder tan rápido. El dolor reflejado en los ojos de ella le atravezó el alma a Archie.

-Lizette, hija. Yo... no sabía que venías...

Su padre se veía sorprendido y sus ojos estaban aguados, al menos él se alegraba de verla, aunque no se lanzara a sus brazos, pues tampoco le dio mucho cariño ni atención, pero nunca la trató mal.

-Eh... yo lo siento, yo olvidé decirle que venías... de hecho yo también lo olvidé... íbamos de compras...

Intentó disculparse doña Marisol, ella era de tez clara y ojos marrones claro, su cabello era castaño, Don Enrique, el padre de Lizette, era de color, mas sus rasgos no eran ordinarios, ambos tenían cuarenta y cinco años, pero el sufrimiento los hacía aparentar más.

-Siento haberlos interrumpido entonces... vendremos otro día...

Dijo Lizette y dio la espalda con los ojos aguados, mas don Enrique la detuvo.

-No, hija, no te vayas. Esta es tu casa. La compra que se espere.

El señor tomó a su hija de la mano y ambos fueron invadidos por una fuerte nostalgia y se miraban sin hablar. Marisol resignada abrió la puerta de par en par para que ellos pasaran. Entraron a la casa limpia y en perfecto orden, nada había cambiado. Había retrato por todas partes, todos de Lizbeth, sólo en uno aparecía Lizette y por el hecho de que Lizbeth también estaba en la foto. Tomaron asiento.

-Me imagino que se acordará de Archie...

-Claro que nos acordamos. Fue el único que hizo feliz a mi niña hasta sus últimos días.

Respondió apresurada doña Marisol y una sensación amarga recorrió a Archie y a Lizette, se dieron cuenta que sus padres no tenían ni idea de que ahora a quien Archie hacía feliz era a ella.

-¿Y cómo fue que se encontraron después de tanto...?

Preguntó don Enrique, pero no hubo ninguna mala intención en su pregunta, al contrario, era el único que mostraba algo de calidez y genuino interés por los asuntos de su hija.

-Cosas del destino. Estaba solo caminando por la playa y coincidimos.

Respondió Archie con orgullo y volvió a tomar la mano de Lizette que rehuía en momentos por miedo a la rección de sus padres.

-¿Les gustaría un cafecito?

Preguntó Marisol, pero más que dejarles alguna opción, se puso de pie para preparar la mencionada bebida y escapar de la presencia de su hijastra a la que por alguna razón no podía soportar. Don Enrique se excusó un momento para comprar el pan que le encantaba a su hija, en una panadería que quedaba muy cerca de la casa y se podía ir caminando. Lizette fue con Archie de la mano para recorrer la casa y ambos iban recordando los momentos vividos ahí. Fueron al cuarto que había sido de Lizbeth y les sorprendió que todo estaba intacto. Pintado de rosa y lila, las mismas cortinas floreadas y su cama vestida con su edredón favorito, había flores frescas en el buró y distintas fotografías de ella en una que otra pared. Hasta que llegaron a la mesita de noche y había un retrato de Lizbeth con Archie, cuando eran novios. La impresión fue fuerte, se le aguaron los ojos, pensando que estaba usurpando su lugar, aunque alejó esa imagen de su mente inmediatamente, no iba a dejar que las dudas arruinaran su confianza nuevamente, que le nublaran la felicidad. Archie fue conciente de todo, también sintió raro al ver la foto de él y su difunta novia. La abrazó por la cintura y le susurró unas palabras que ella nunca olvidaría.

-Ahora tú y yo escribiremos una nueva historia.

Y la besó tiernamente. Ella nerviosa se separó, en caso de que aparecieran sus padres y la vieran profanando el cuarto de su fallecida hermana.

-¿Quieres ver mi habitación?

-Claro. Nunca la vi...

Le dijo Archie, pues de todas las veces que estuvo en la casa, nunca fue a la habitación de Lizette, nisiquiera cuando Lizbeth aún vivía y se reunían los tres, salían por ahí o en los últimos momentos de su vida él la visitaba en su habitación. Lizette lo tomó de la mano hasta su habitación, que era justo al lado de la de su hermano. Otra vez la desilusión la volvió a golpear. No había nada, al menos nada de ella. No quedaba nada de los que habían sido sus muebles o ninguna de las pertenencias que ella había dejado. Ese cuarto ahora era el almacén de las cosas que nadie quería, pero que tampoco se decidían a tirar. Archie se sintió terriblemente mal por ella.

-Antes no estaba así... También estaba decorado... de mariposas y libélulas y aquí había...

-Shhh. Estoy seguro que era hermoso.

Le dijo y la volvió a besar con ternura para que olvidara esa decepción, pero fue imposible que sus lágrimas no cayeran.

-Lo siento... es que no esperaba que...

-Ya, negrita, no llores. No importa, pronto, cuando nos casemos, tendrás tu propia casa y la podrás decorar como tú quieras... nadie va a quitarte ya lo que es tuyo.

Ella se limpió sus dulces lagrimitas y lo miró con los ojos grandes, sonriente. Le encantaba saber que era parte de su presente y que la quería en su futuro. Volvieron a la sala, pues su padre había regresado con el pan y su madre estaba llevando el café, cuyo aroma se colaba en los sentidos.

-Aquí está tu pan, linda.

Lizbeth sintió ganas de llorar nuevamente, ¿su padre había usado un adjetivo cariñoso para ella? Los milagros existían, pensó. Le sonrió con dulzura.

-Está muy bueno el café, señora.

Añadió Archie para liberar un poco la tensión del ambiente.

-Muchas gracias. Es lo menos que puedo hacer por ti, para mí siempre serás mi yerno.

Lizette casi se atraganta con el café caliente. Sabía que su madre lo decía por su hermana y no por ella, claramente no tenía idea de lo que pasaba.

-Hija, quería decirte que... el carro está a tu disposición... ya tenemos otro y ese no hace nada en nuestro garaje... te servirá para tu trabajo y la universidad...

Lizette se quedó de piedra, su padre hacía unos años se lo había ofrecido, pero su madre había puesto tantos peros y ella cansada, olvidó el asunto y unos meses más tarde ella se mudó cerca de su trabajo y la universidad también le quedaba cerca, aunque Archie la llevaba ahora.

-¿El carro? Pero, Enrique... yo todavía lo uso para...

-No se preocupe, doña Marisol. Mi carro se salda en unos meses y se lo voy a dejar Lizette. Puede seguir disfrutando de su carro, no nos hace falta.

La defendió Archie que ya se estaba hartando de los desplantes de su suegra. No toleraba que nadie hiciera sufrir a su novia, ya había sufrido lo suficiente.

-Me alegro que te preocupes por mi hija, muchacho. Pero mi oferta sigue en pie.

Volvió asegurarle don Enrique desafiando a su esposa que lo miró con cara de pocos amigos.

-Eres un excelente amigo, Archie. Dejarle un carro casi nuevo a alguien que no es nada tuyo es un hermoso gesto de...

-Señora, la razón principal por la que vinimos aquí, fue precisamente por eso. Quiero que estén enterados que Lizette ahora es mi novia. Somos felices y pronto nos...

Don Enrique no se sorprendió, se lo vio venir desde siempre, en cambio doña Marisol dejó caer su taza derramando el café en la alfombra y le dedicó a Lizette la mirada más tenebrosa jamás.

-¡Lo sabía! ¿No pudiste aguantarte, verdad? No te conformaste con haber tenido todo, tuviste que adueñarte también del novio de tu hermana. ¡Siempre le tuviste envidia!

-¡Marisol!

Le gritó Enrique a su esposa que estaba fuera de sí, Archie estaba en shock y Lizette había comenzado a llorar.

-¡No llores! ¡Hipócrita!

-¡Ya basta! Me voy... No se preocupe, señora, no me volverá a ver más. Tiene mucha razón, esta nunca fue mi casa. Ni usted fue mi madre, siempre me odió. Si en algún momento llegué a sentir envidia... fue porque quise que algún día ustedes me quisieran al menos la mitad de lo que querían a mi hermana, pero no, yo también la amé y le dejé el camino libre para que fuera feliz con el hombre que yo amaba mientras yo me iba muriendo por dentro cada día. Yo también la amé y me sacrifiqué, pero ella ya no está y yo tengo que ser feliz, no dejaré que me maltraten más.

Les gritó Lizette sin pausa y en medio de un llanto atroz. Salió corriendo hacia el carro y Archie detrás de ella. Su padre la llamó, pero ella no se detuvo.

-Quiero irme, Archie. Sácame de aquí ya, por favor...

Le suplicó arrojándose a sus brazos porque ya no le quedaban fuerzas. Su familia sólo le traía dolor y decepción y ya no podía resistirlo más. Se montaron en el carro y él la llevó a dar una vuelta por ahí, sin rumbo.

-Archie... detente un momento, por favor... Necesito vomitar...

Como ya estaban llegando a un lugar donde el paisaje era hermoso y podían estacionarse, él se detuvo y ella apresurada buscó el contenedor más cercano y vomitó hasta la hiel. Él se preocupó mucho y le acercó con una botellita de agua que tenía por suerte en el carro, se la dio para que se enjuagara la boca y le dio un chiclet para que se le fuera el sabor ácido del vómito.

-¿Te sientes mal, negrita? ¿Quieres que te lleve al médico?

-¡No! Yo estoy bien...

Dijo alarmada y se puso a llorar nuevamente como magdalena.

-¿Segura? No es la primera vez que te veo... Mi amor... ¿no será que estás...?

Ella le respondió con otro ataque de llanto desgarrador y él ya no supo que más hacer con ella.

-Yo quería... hacer las cosas bien, pero...metí la pata... lo arruiné todo... lo siento... perdóname...

-Mi amor, no tengo nada que perdonarte, hiciste bien, cumpliste con visitarlos y...

-¡No hablo de ellos!

Le gritó alterada y él se quedó desconcertado.

-Hablo de mí, de nosotros. Yo... lo siento... es que... No te vayas a molestar conmigo, por favor...

-¿Por qué tiene que molestarme el bebé? Es una bendición.

Ella perdió el habla y se quedó petrificada.

-¿Cómo... lo supiste?

-Porque te conozco, mi amor. He notado tu comportamiento en los últimos días, el brillo de tus ojos y además... vi la prueba que te hiciste en el zafacón del baño...

Ella volvió a quedarse sorprendida. Pensó que él se molestaría, o al menos que se alarmaría, se había hecho la prueba hacía dos días y no sabía cómo decírselo.

-Yo... no fue a propósito, sólo sucedió y...

-Lizette... sucedió porque nos amamos y no nos importa lo que piensen los demás. Ya no quiero que sigas por la vida pidiendo perdón por el simple hecho de existir. Tú me haces feliz. Seremos felices los tres. Vamos a darle todo el amor y el cariño que nos negaron a nosotros y no dejaré que nadie más vuelva a herirte, nisquiera tus padres. ¿Okay?

-Ella asintió tímidamente, él se sentó en el bonete de su carro y se la acomodó a ella que seguía de pie de frente a él entre sus piernas. La besó y le acarició la barriguita plana aún con mucha ilusión.

-Te amo por encima de todo, no lo olvides.

Ya no importa cada noche que esperé

cada calle o laberinto que crucé

porque el cielo a conspirado en mi favor

y a un segundo de rendirme te encontré

-Yo también te amo, Archie. No me abandones nunca, por favor... Te necesito más que nunca.

Piel con piel

el corazón se me desarma

me haces bien

enciendes luces en mi alma

-Esta vez nada ni nadie me podrá separar de ti. Ven. Quiero mostrarte un lugar.

Le dijo parándose de golpe y llevándola hacia dentro del carro.

-¿A dónde vamos?

-No seas curiosa, es una sorpresa.

Le dijo y la besó para luego emprender la marcha. Ella había pasado del dolor a ilusión y la felicidad. Si lo tenía a él no necesitaba nada más.

Creo en ti

y en este amor

que me ha vuelto indestructible

que detuvo mi caída libre

creo en ti

y mi dolor se quedó a kilómetros atrás

y mis fantasmas hoy por fin están en paz

-Ya, Archie, dime a dónde me llevas, porfis...

Le suplicó y lo comenzó a besar para engatusarlo, pero él no cedía.

-Pierdes tu tiempo, negrita. Aunque me des un millón de besos no te diré...

-Eres malo.

Le dijo haciendo pucheros como una niña y él no pudo resistir besarla.

-Iremos a casa, mi amor. Sólo a casa.

El pasado es un mal sueño que acabó

un incendio que en tus brazos se apagó

cuando estaba a medio paso de caer

mis silencios se encontraron con tu voz

Lizette se quedó intrigada, si iban a casa esa no era la ruta, no hizo más comentarios hasta que Archie detuvo el auto y se bajó frente a una casa acogedora y hermosa aunque el jardín y el césped se veía algo descuidado.

-¿Quién vive aquí, Archie...?

-Nosotros, mi amor. Ven.

Ella no salía de su asombro y más cuando lo vio tomar la llave y abrir la puerta.

Te seguí y reescribiste mi futuro

es aquí mi único lugar seguro

Entraron y Lizette no dejaba de observar todo con asombro, mientras que todo para Archie era nostálgico por los recuerdos.

-Esta casa es preciosa, Archie... ¿de quién es?

-Tuya. Aquí viviremos con el bebé.

Archie la llevó a recorrer la casa donde él había vivido con sus padres. Su padre se la dejó, lo único bueno que le dejó y él decidió olvidar los malos recuerdos vividos ahí y los maltratos para escribir una historia nueva llena de amor junto a su futura esposa y su bebé en camino.

-¿En serio? ¿Esta casa es para nosotros?

-Lo es, mi amor. Hay que hacer algunos arreglos... y hay que redecorarla... eso te lo dejo a ti. Ahora ven aquí.

La cargó y con ella en brazos fue mostrándole las tres habitaciones y el resto de la casa.

Creo en ti

y en este amor

que me ha vuelto indestructible

que detuvo mi caída libre

creo en ti

y mi dolor se quedó a kilómetros de aquí

y mis fantasmas hoy por fin están en paz

-Me encanta, mi amor. Gracias por hacernos tan feliz.

A Archie lo llenó de ternura ver que al hablar incluía al bebé. No quiso pedirle más a la vida. Ahora lo tenía todo. El amor de su vida, un hogar y un bebé. Se acabó la soledad para los dos.

=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=

La mañana era hermosa ese lunes. Candy y Terry estaban aún en la cama y Amy estaba con ellos. Se divertía jugando con ambos y Terry las molestaba a los dos, tenían en el mismo carácter y se enojaban por lo mismo. Amy era la escencia de Candy, dulce, ñoña y un poquito caprichosa. Terry les pellizcaba la nariz a ambas porque eso las hacía rabiar y a él reir. Se habían quedado los tres acostados y totalmente estirados en la cama, y Amy estiró sus piesitos poniéndolos justamente en la cara de Terry.

-Explícame tu comididad, pequitas.

Le dijo a la niña que no quitaba sus pies de su cara y se reía descaradamente. Terry comenzó hacerle cosquilla en los pies y a mordérselos suavemente.

-Uy, pequitas, te huelen los pies...

-¿Le huelen los pies? Pero si ni zapatos le he puesto... y no le digas pequitas, luego se queda con ese sobrenombre.

Terry no le hizo caso a Candy, siempre era lo mismo y sabía que por más que ella se enojara, no dejaría de burlarse de ambas.

-Mira Candy... pequitas tiene los pies como los tuyos...

-Sí, son pequeños...

-No. Son apestosos.

-¡Terry!

-Ya. No te enojes. Tiene los pies muy lindos como tú. Me los como también. Ñam, ñam, ñam.

Terry le hizo a Candy lo mismo que le hacía a su hija en los pies y ambas reían, eran cosquillosas.

-De hecho, Terry, Amy tiene tus pies...

Le dijo Candy tomando uno de los piesitos de la niña.

-Ves, hasta este dedito del medio lo tiene más larguito que el dedito gordo, como tú. Dicen que las personas que tienen el dedo del medio del pie más largo que el dedo gordo son dominantes...

-Ah sí... ¿tú crees?

Le dijo con arrogancia y con su típica sonrisa torcida. Ella no sabía si la teoría era cierta, pero sí sabía lo dominante y mandón que era Terry.

-Estoy segura. Todos los que tienen los dedos así, son unos engreídos mandamás.

Le respondió y le sacó la lengua mientras se puso a elegir una ropa y Terry observaba cada uno de sus movimientos.

-¿A dónde vas, Candy?

-A la universidad, mi amor. Hoy sólo tengo un examen final. Ya estaremos de vacaciones de verano. Dos largos meses de descanso por fin.

Se le acercó para darle un beso mientras tenía una blusa en la mano. Terry le correspondió el beso y le quitó la blusa de las manos.

-Esta blusa no, elige otra.

-Pero... ¿por qué? Dámela.

-Se te ve todo con esta. Busca otra.

Candy respiró hondo. Cuando Terry quería ser estrangulado, hacía de todo por conseguirlo.

-Elegí esa y esa es la que me voy a poner. Dámela.

Le dijo seria y con autoridad y extendiendo la mano para que él le diera la blusa de una buena vez. Él se puso de pie y se le acercó de manera intimidante.

-Y yo te digo que no vas a ponerte esa. Escoge otra o no sales de aquí.

Terry quería guerra. A pesar de lo serio, la miraba y sonreía con burla. Porque podía notar en la cara de ella la rabia a punto de estallar.

-Dame mi blusa, Terry.

-No.

-¡Ayyyy! ¿Por qué tienes que ser tan insoportable siempre?

Le gritó y se metió al baño cerrando la puerta de un trancazo que asustó a Amy que estaba ajena a la situación, pero no lloró. Terry muerto de la risa se fue a jugar con ella en lo que Candy se bañaba. En la media hora que Candy duró en el baño, Amy se había dormido ya y estaba en su cuna. Terry la esperó que saliera del baño con un gesto de niño bueno y arrepentido.

-Pecas... pequitas...

-¿Qué quieres, Terry? ¡Déjame en paz!

Le dijo en tono seco mientras buscaba otra blusa en el armario.

-¿Estás enojada?

-¡No! Y por favor, déjame pasar.

-Si me das un besito...

Candy respiró profundo y trató de quitarlo de en medio a la fuerza. Él la había bloqueado y seguía mirándola burlonamente.

-No quiero darte ningún beso. Quítate del medio.

-Si no me das un beso, no me quito.

-¡Dios mío! ¡Que mucho tú jodes! ¡Quítate!

Le gritó y lo empujó bruscamente. Terry la sostuvo de los brazos fuertemente y luego le dio el beso que ella le había negado. La obligó a besarlo y le arrancó la toalla que la cubría. La siguió besando con salvajismo sin darle oportunidad ni de respirar. Se bajó el bóxer que era lo único que lo cubría y de forma ruda la alzó para que lo abrazara con sus piernas.

-Nunca vuelvas hablarme así. ¿Me oíste? Nunca.

Le dijo en un tono amenazador, que hablaba muy en serio y antes de darle tiempo a contestar, ya la estaba penetrando y su boca la seguía castigando. Todo había pasado tan rápido que ni ella se dio cuenta cuándo. Pero ya estaba retozando con Terry que la embestía sin piedad alguna. No pudo evitar gritar, la estaba excitando mucho, su salvajismo y la rabia que había en esos ojos azules la estaban volviendo loca. Todo con él era terriblemente excitante y a pesar de su poca delicadeza, no la estaba lastimando, al contrario, estaba transportándola a las puertas del edén.

-Ahh... mmm...

-¿Verdad que te encanta verme de malas, cielo?

Le preguntó él sin dejarla de embestir y taladrándola con su mirada llena de furia y deseo. Cuando más molesto estaba, era cuando más quería tenerla así, para demostrarle que el control lo tenía él, aunque ella fuera siempre su debilidad. Estaban excitados a millón y ella llegó al cielo cuando él le apretó las nalgas muy fuerte antes de correrse en ella un instante después de haber llegado al final.

-Esto fue... increíble...

-Sí, lo fue. Sólo quiero que te quede claro que no quiero que me vuelvas hablar así nunca. Sólo eso.

Le dijo en su típico tono, pero le dejó irónicamente un beso dulce y tierno.

-No quise hablarte así, pero es que tú de verdad...

-No vuelvas hacerlo nunca.

Sentenció rozando sus labios con un dedo mientras le pasaba la blusa que hacía un rato no quiso que se pusiera. Ella se aseó un poco y al ver la hora se vistió rápidamente. Se maquilló sencilla e iba repitiendo las definiciones que se había aprendido para su examen mientras Terry la observaba riendo. Cuando al fin estuvo lista, Terry se vistió rápidamente y fue por Amy para llevar a Candy a la universidad, pues como no tenía carro, ya que lo hizo añicos, Candy le dejaría la Jeep por si se presentaba una emergencia con Amy. Emprendieron el camino hacia la universidad con la misma pelea de no ponerse de acuerdo con la música.

-Hijo, se te hace tarde para la universidad... No olvides tomar tu medicamento...

-¡No quiero esas malditas pastillas!

Respondió él y de un manotazo le tumbó el frasquito de pastillas a la pobre señora que se bebía las lágrimas al ver como decaía su único hijo.

-Es por tu bien hijo... te ayudan a tener una vida normal...

-¿Normal? Lo sabía, tú también piensas que estoy loco, ¿verdad?

-No hijo... yo...

-Vete de aquí y déjame sólo.

Sacó a la pobre señora a rastras de su habitación y se quedó de pie con la mirada de psicópata y hablando solo.

-Vas a pagar por tu desprecio, Candy. Me las vas a pagar...

Continuará...

¡Hola niñas lindas!

Espero que les haya gustado este capítulo, a mí me encantó hacerlo y espero que sea de su agrado. Este es el último capítulo de la segunda temporada, niñas. Ya vamos a entrar en la tercera y última parte. Sólo quedan 10 capítulos incluyendo el epílogo. Hasta ahora han sido momentos hermosos, pero nos acercamos a la parte culminante y nuevos retos y situaciones le esperan a la pareja, así que no se me duerman. Bueno, espero que me dejen su opinión con un review. No pueden quejarse, actualicé rápido.

Hasta pronto, princesas hermosas.

Wendy

Canción de Candy y Terry: "Experiencia religiosa" Enrique Iglesias

Canción de Archie y Lizette: "Creo en ti" Reik