Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 24 Celebrando la vida

Llegó el día de celebrar el primer añito de Amy Grandchester. Sería en el lugar favorito de todos, la hacienda. Louise, como todo una abuela consentidora, contrató a una decoradora que transformó la terraza de actividades en un paraíso infantil usando como motivo a Minnie Mouse. Sus creaciones en globo eran impresionantes, por no hablar de su creatividad en los bizcochos. Habían hermosas columnas de globo en rosa, rojo y blanco. En la mesa del bizcocho, al rededor habían formado un arco simulando la silueta de la cabeza de Minnie con todo y lazo. En las dos esquinas de la mesa, estaba una Minnie cuya cara era un globo de helio y el resto del cuerpo hecho en globos. El bizcocho era de tres pisos redondos con diferentes diseños en pasta laminada y el piso de arriba simulaba la silueta de la cabeza de Minnie con un número uno encima. En el espacio que sobraba del cristal donde estaba el bizcocho habían muchas figuritas de papel esparcidas del mismo motivo y al rededor de la mesa gorritos en forma de las orejas de Minnie y vasitos plásticos de Minnie que contenían dulces. Pero lo más precioso de la fiesta era, por supuesto, Amy, con su trajecito rosa con rojo y puntitos negros y una diadema de tela que tenía las orejitas de Minnie, medias rojas completas y unos zapatitos rojos de charol. Todo una monada.

-Amy, cielo, es tu fiesta, no llores.

-Tal vez no está acostumbrada a ver tanta gente junta. Ven con papi.

Querían tomarse fotos con Minnie, ya que habían contratado una muchacha que estaba disfrazada de ella, pero la pecosita le cogió pánico y se había refugiado en los brazos de su padre.

-Ves, Amy, no hace nada. Mira que linda, Minnie.

Candy logró engatuzar a la niña y luego de limpiarle la carita, se tomó fotos con la muñeca e incluso dejó que la cargara. Cuando fue entrando en confianza, salió sonriendo en las fotos.

-Tía Candy... ¿puedo comel los duces de la mesa?

-Pero, Tony, si aún vas por la mitad de tu algodón de azúcar. Esos dulces son para el final. Termínate tu algodón para que vayas a la casa de brincos.

Le contestó ella con dulzura y el pequeño Anthony le pasó su algodón al primer adulto que vio y se fue corriendo a la casa de brincos. Todo estaba hermoso, Candy tenía una panza de ocho meses que a penas la dejaba caminar, pero se veía hermosa con su licra estampado y su blusa larga hasta las caderas sin mangas, sus zapatos bajitos y su pelo suelto, un poco más corto en el cual llevaba una banda. Todos estaban presente, Archie, de quien se estaban burlando por haberse metido a la casa de brincos con Amy, ya que no podían dejarla ahí adentro sola con los demás niños más grandes. Lizette estaba con Candy, con otra panzota y vestida de forma similar, estaban sentadas tomando un jugo junto a Eliza y Susana y el bebé de dos meses de ella, Adrián, muy parecido a Neil, pero con los ojos azules de ella. Terry, Stear, Neil y Tom parecían niños pequeños con unas pistolas de agua que se suponía que eran para los demás niños invitados.

-¡Terry! Ten cuidado, nos estás mojando.

-Lo siento.

Se disculpó con Candy y siguió disparando su pistola de agua como si nada.

-Increíble. Hombres de treinta y tantos años matándose con pistolas de agua.

Dijo Lizette al ver como Archie salió de la casa de brincos y le entregó la niña a Candy para tomar también una pistola y unirse al juego.

-Princesa, mira lo que tengo para ti.

Richard llegó con Pegaso, el pony de Amy, ya anteriormente la habían paseado en él y a ella le había encantado. Quería lanzarse encima del caballito tan pronto lo vio.

-Que milagro, Richard que usted no esté guerreando con pistolitas de agua también.

Dijo Eliza muerta de la risa junto con las demás.

-¿Para qué? Bastante tengo con ver a mi hijo hacer el ridículo.

Y en ese preciso momento pasó Terry y todos los demás corriendo y disparándose a morir. A Stear de pronto se le acabó el agua de la pistola y todos los demás lo acorralaron y le dispararon sin piedad.

-Dios mío, Terruce. ¡Qué vergüenza! Ve a ponerte algo seco. Ya va empezar el show de la payasa.

Esta vez fue doña Stella la que protestó y Terry descaradamente y ensopado como estaba la abrazó llenándola de besos mientras ella fingía estar molesta de que la mojara. Lo adoraba. Él la adoraba también, la señora se desbordaba en atenciones con él como si fuera un niño. Llegó la payasita con su show y todos, tanto niños como adultos participaron de los juegos, se hicieron muchas fotos y videos. Candy sintió una sensación grande de nostalgia cuando vio a su padre con la niña en brazos y con el pequeño Anthony participando de los juegos. Como cuando antes era con ella y con Anthony. Amy adoraba a su primito y el niño con ayuda de un adulto se le permitía cargarla, pero a los segundos decía que la niña estaba muy pesada y la devolvía. Llegó el momento de cantar cumpleaños feliz y todos se acomodaron al rededor de la mesa, Terry y Candy en el medio con Amy en brazos que estaba loca por meterle las manos al bizocho y Terry tenía que tenerla bien sujeta.

Todos: Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Cumpleaños Amy, cumpleaños feliz. Feliz, feliz en tu día. Amiguita que Dios te bendiga, que reine la paz en tu día y que cumplas muchos más.

Se escucharon los aplausos que luego cesaron porque Gregory, el hijo de Eliza y Stear comenzó a cantar otra versión de la canción.

Gregory: Te estás poniendo vieja, con cara de coneja, ya puedes ser mi abuela...

-¡Gregory!

Le reprendió Eliza, pero los demás rieron. Era sólo un niño y además, Amy no lo recordaría. En el momento de soplar la velita, como Amy no sabía, la sopló su primito Anthony. Terry le untó un poquitó de pastel a la niña en la cara y se tomaron un par más de fotos. Se sentaron a esperar el pedazo de bizcocho que Louise y Stella estaban repartiendo. Terry se unió a Candy mientras los demás esperaban su ración de pastel.

-¿Cómo te sientes, mi amor? ¿Estás cansada?

-Estoy reventada. Mira, no me sirven los zapatos ahora...

Candy le mostró sus piesitos hinchados y él los acarició un momento. Se le había prohibido la sal, ya que se estaba hinchando mucho y la presión a veces le subía. Su barriga era realmente grande.

-Por lo menos ya falta muy poco. ¿Quieres irte a descansar? Yo me encargo de los invitados y de Amy...

Le dijo Terry acariciando ahora su panzota y buscando a Amy con la mirada, pero mientras estuviera Archie presente, no se preocuparían por la niña, él se adueñaba de ella desde que llegaba a la pecosita no le molestaba para nada. Sabía caminar ya, pero se aprovechaba del débil Archie y se negaba a dar un sólo paso.

-No. Ya se está acabando. Además, no quiero perderme nada.

Le contestó sonriendo y como un pingüinito, se puso de pie para ir a buscar su pedazo de pastel y para darle el de Amy mientras Terry le amarraba los cordones a los zapatitos de Anthony Jr. Todos se fueron despidiendo, excepto Archie y Lizette que se quedarían en la hacienda porque ya era de noche y Lizette estaba también muy cansada para volver a la ciudad a esa hora.

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Ya habían pasado dos semanas del cumpleaños de la pequitas, la llegada de Terry Jr. estaba cada vez más cerca y a Graciela, la empleada de servicio y niñera se le había solicitado que se quedara en el apartamento con dormidas al menos hasta que naciera el bebé para que Candy pudiera descansar lo suficiente, al ser ya navidad, estaba de vacaciones de la universidad y además, acordaron que ella se tomaría un trimestre libre para dedicárselo al niño y que Amy se adaptara a compartir todo el cariño de sus padres con su hermanito. Ya era de noche y tanto Graciela como Amy estaban dormidas. Candy y Terry estaban en la sala, no tenían sueño debido a una larga siesta que tomaron por la tarde y ahora estaban algo desvelados viendo películas y series.

-Voy a extrañar tanto esto.

Dijo Terry mientras estaba acostado en el sofá, su cuerpo estaba entre las piernas de Candy y su cabeza descansaba sobre su panza con sus brazos abrazados a ella. Ella le acariciaba el pelo y él sentía una ternura inmensa en esos momentos.

-Al menos después que nazca el bebé podrás dormir sobre mí nuevamente. Extraño amanecer así.

-Yo también. Candy...

-Dime, mi amor.

Él no contestó rápido, levantó la cabeza y se quedó mirándola un momento. Con uno de sus dedos le acarició los labios y ella se lo besó mientras esperaba que él continuara con lo que iba a decir.

-Te amo. Y soy feliz, muy feliz. Nunca pensé que ésto podría pasarme a mí. Un trabajo, bueno, uno decente... dos bebés y a ti... creo que me tardé mucho en reconocer que no habría nadie mejor que tú para mí...

-Yo siempre te he amado. Creo que desde niña... y en mi adolescencia... te convertiste en una obsesión y un sueño profundo para mí. A pesar de lo inalcanzable que eras para mí, yo no podía evitar anhelar e imaginar una vida contigo. Siempre veía esto en mis sueños. Tú dándome mi primer beso... que algún día te enamorarías de mí... imaginaba incluso mi primera vez contigo... ¡Dios! La imaginé tantas veces.

Ella se había puesto toda rojita al recordar esos momentos. Para Terry algunos detalles fueron todo una revelación. Excepto uno, porque era cierto que él le había dado su primer beso, aunque no lo hubieran planificado.

-Aquél beso fue... algo sin pensar. Traté de convencerme muchas veces que fue un error, el efecto de las cervezas de esa noche... pero lo cierto fue que ese beso me quemó desde esa noche y todas la noches. No es que me arrepienta, aunque te lo hice sentir así, sólo que tú tenías catorce años y yo... yo era un hombre...

Ese beso sucedió una noche que estaban los tres en casa, ella, Terry y Anthony. Solían estar ahí y aveces, él y Anthony compartían cervezas, aunque nunca se emborrachaban estando en casa con Candy, lo cierto era que la sobreprotegían. Candy no podía salir sola a ninguna parte, nisiquiera con sus amigas, estaba transformándose en una linda jovencita, pero no tenía unos padres que la guiaran y en el barrio no había ni un solo joven que valiera la pena, además de todos los sinvergüenzas y viejos verdes dispuestos a aprovechar la primera oportunidad para mancillarla. Así que Candy sólo recibía visitas o vistaba amigas cuyos padres se hubieran ganado la confianza de sus dos guardianes, cosa difícil porque el empleo que ambos ejercían sólo hacía que ganaran muchos enemigos y que no dudarían en tomar venganza haciéndole daño a ella. A pesar de que Candy adoraba a Terry, sabía que él no sería para ella y menos en ese entonces que tenía, según ella, aquella horrenda e insoportable novia. Candy por despecho, decidió que lo mejor era olvidarlo y así como él hizo, decidió que era el momento de ella también tener un novio, todas sus amigas ya tenían y muchas estaban incluso, activas sexualmente. A ella no la dejaban salir, así que invitó a un vecino a la casa, uno que siempre había gustado de ella y que además estudiaba con ella, como Terry y Anthony lo conocían, le permitieron la vista. En un momento en que sus guardaespaldas estaban muy metidos con las cervezas y el juego de baloncesto que veían en la televisión, los dos adolescentes, el chico dos años mayor que Candy nada más, se escabulleron al patio, con la intención de estar a solas un momento. Allí conversaron un rato y él le tomaba la mano en ciertos momentos. El joven no le había faltado el respeto en ningún momento, pero en cierto momento, porque ella le gustaba y la quería para algo más que amiga, además ella estaba muy linda esa noche, con una faldita de jean y una blusa rosa de maguillos ceñida que ya marcaban sus formas en pleno desarrollo y unas sandalias que dejaban coquetamente casi todo su pie afuera. Él quiso besarla. Ella se dio cuenta, el muchacho no se veía mal, a ella también le gustaba, nunca la habían besado antes, así que la curiosidad y el deseo de apoderaron de ella y fue acercándose también lentamente a su boca. Nerviosa, sus labios a penas llegaron a rozarse.

-¡Candy! ¿Qué coño piensas que estás haciendo, pendejo?

-¡Terry!

La abrupta llegada de Terry y Anthony en la escena interrumpieron el que sería su fallido primer beso. Un pánico se adueñó de los dos tortolitos, el chico se puso muy nervioso, sabían quiénes eran Terrence y Anthony en el barrio, el pobre casi se embarra en los pantalones.

-¿Para eso querías visitar a mi hermana? No vuelvas a tocarla. ¿Me oíste?

-Anthony, ya déjalo. No me ha hecho nada...

Candy estaba atemorizaba, Anthony tenía al pobre chico sujeto por el cuello de la camisa, el pobre estaba pálido como un papel. Luego miró a Terry, la miraba de una forma que no pudo descifrar, con rabia, sus ojos azules eran como dos dagas que se estaban enterrando en su alma. Como si le reprochara, pensó ella. Anthony salió con el chico para casi arrastrarlo hasta su casa. Candy se quedó parada en el mismo sitio asimilando todo. Terry no le quitaba su mirada fiera de encima.

-¡Ya deja de mirarme así! Como si hubiera cometido un crimen. Tengo derecho a enamorarme. Siéntete orgulloso. Acabas de arruinar mi primer beso.

Le gritó indignada y con los ojos aguados.

-¿Ah tu primer beso? ¿Eso es todo lo que te importa? Te escabulliste aquí sola, con aquél pendejo para venir a besuquearte...

Le reclamó con rabia y como si tuviera derecho alguno, según ella. La rabia también se apoderó de ella y no se quedó callada.

-¿Y eso a ti qué te importa? ¿A caso yo digo algo sobre las perras que metes a tu casa? Como la fea novia esa que tienes.

Se le fue la lengua y en seguida se arrepintió. Terry fue acercándose a ella cada vez más y ella sintió pánico. En ese tiempo era un poco más bajita que ahora, Terry era intimidantemente alto y fuerte y estaba frente a frente con ella, acortando el aire y el espacio entre los dos, sus ojos seguían enfurecidos, fijos en ella. Pero ella a pesar del miedo también estaba furiosa y frustrada, así que le retuvo la mirada. De pronto azúl y verde se fundieron. Terry la tomó fuerte de la cintura, la acercó y pudo sentir que temblaba, se quedó mirándole los ojos encendidos de furia y sus labios, deliciosos, rojos e inocentes. La comenzó a besar, así sin mas. Su inocente boca fue invadida por primera vez con una lengua cálida que consiguió despertar el ritmo entre la suya, sus labios acariciaban los suyos y todo al rededor dejó de existir, incluyendo la cordura y la sensatez. Cuando escucharon la puerta de Anthony regresando a casa, él la soltó de pronto, y ambos se miraban con los ojos bien abiertos. Terry agradeció secretamente que Anthony no se hubiera aparecido en el patio o él perdería a un amigo y posiblemente hasta la vida si lo descubría aprovechándose de su hermanita.

-Candy... perdón... no sé en qué estaba pensando. Lo siento, de verdad...

-No... por favor, no te arrepientas. Yo no lo siento. Es mi primer beso y fue mejor de lo que siempre soñé. No le diré a nadie. Te lo prometo.

Se apresuró asegurarle ella mientras aún se relamía los labios y él se maldijo a sí mismo por el deseo que tenía de seguirla besando, porque eso era lo que deseaba, besarla hasta el cansancio. Sin embargo, se limitó a darle un fuerte abrazo. Uno en el que permanecieron unidos por varios minutos, porque aunque no lo dijeran, algo en ellos se conectó para siempre desde ese beso aunque descubrieran años después lo que realmente era.

-Tenía casi quince, Terry. Así que casi casi tenía permiso para que me besaras.

-Bueno, la espera valió la pena. No sólo te he podido besar. Me lo has dado todo, Candy. Te tengo para mí enterita.

Él se la comió a besos por unos instantes. Ella lo siguió mimando como un niño. Lo cierto era que ahí el tiempo no transcurría, no mientras estuvieran uno en brazos del otro.

-Sabes, Terry. A pesar de que antes de mí tuviste muchas mujeres... y yo sé que no fuiste un santo... yo sentía un gran orgullo de que al menos yo fuera tu novia oficial y que me trataras de la forma en que lo haces... de que me celaras tanto... De que conmigo sí te hayas casado e incluso cambiaste de parecer en cuanto a lo de tener hijos... así que te consideré como si hubieras sido sólo mío, no importa con cuantas mujeres hayas estado antes de mí, yo tenía algo que ellas jamás tuvieron. Por eso... cuando escuché aquella conversación sobre el niño... que pensé que era tuyo, de pronto todo eso se derrumbó ante mí, como si hubiera vivido en una mentira y tuve tanto miedo. Sabía que no era tu culpa y que eso sucedió mucho antes de lo nuestro, pero... no pude evitar sentirme fatal... yo quería que tus únicos hijos fueran los míos...

Él volvió acomodar la cabeza hacia arriba para volverla a mirar. Ella era adorable, su ángel pecoso la había llamado muchas veces.

-Candy... tienes mucha razón en algo. Ninguna de las demás tuvieron ni la mitad de lo que he tenido contigo. Los únicos hijos que yo tengo y quiero son los que me has dado y los que me vas a dar. Además, para que lo sepas... yo nunca... nunca me vine dentro de ninguna otra mujer. Siempre tuve pánico de tener una familia, de tener un hijo no deseado y que sufriera lo que yo sufrí, así que siempre fui muy precavido con eso. Hasta que tú llegaste. Te juro que cuando tu cuerpo se me acercaba, cuando te veía... cuando te tuve así desnuda y sólo para mí, protección fue la última cosa que me pasó por la mente. En ese momento sólo te veía a ti y a las ganas enormes que tenía de poseerte y hacerte completamente mía. Honestamente... creo que en el fondo lo hice adrede. Quería, necesitaba sentirte tan mía, que lo dejé todo dentro de ti... Inconcientemente lo deseé. Deseé que te embarazaras de mí esa misma noche.

Candy dejó que la besara. Ella había deseado lo mismo aunque no se lo dijo. Él se lo había hecho con tanto amor y de una forma tan profunda que ella pensó que su bebé se habría podido concebir esa misma noche.

-Sufrí tanto cuando pasaban los meses y no me embarazaba...

-Lo sé. No fueron tantos meses, cielo, a penas tres. Lo que pasa es que la presión de la abuela mortificaba. Pero ya no pienses en eso. Ya casi tenemos dos... y además... yo ya estoy planificando otra pecosita para cuando termines de estudiar... ¿Candy?

-¿Qué?

-Estás mojada...

Terry se incorporó, sentándose a su lado y vio en el pantalón de Candy la humedad.

-Oh... El bebé, ya es hora, Terry.

-¿Ya? ¿No te duele?

-Aún no. Pero ya he roto fuente. No tardarán mucho las contracciones. Vamos por las cosas. Avísale a Graciela que nos vamos...

Su última frase fue un poco más lenta, pues las primeras contracciones hicieron su aparición. Candy estaba más calmada, sabía lo que era eso, además quería conservar la calma para que no le subiera la presión. Se le avisó a Graciela y Terry fue por el bultito de Candy y el del bebé. La llevó cargada al auto, ella casi no podía caminar, aunque no gritaba, sus quejidos eran suaves para no alterar a Terry que estaría manejando, no quería que tuviera otro accidente.

-Ya estamos llegando, mi amor. ¿Te duele mucho?

-Sí. Ya casi no podré aguantar más... ¡Ahhhh!

Ya ese grito ella no lo pudo evitar. Las contracciones eran más fuertes y más seguidas. Terry le apretó la mano, estaba preocupado y nervioso. Ya estaba en el estacionamiento. El carro quedó ocupando dos espacios, pero él tenía prisa. Tomó el bulto y a Candy en sus brazos a la velocidad de un rayo y entró al hospital. Los quejidos de Candy eran tan fuertes que antas de que siquiera hablaran la llevaron a sala de partos. Mientras a ella la desvestían y la acomodaban en la camilla para verificar cuánto había dilatado, ya a Terry se le había entregado su bata con su gorro y guantes. Esta vez nada lo haría perderse ese momento.

-Terry... estás aquí... ¡Ahhh!

-Sí. No me iré hasta que vea a nuestro hijo.

Volvió apretar su mano suavemente y le sonrió con sus ojos azules aguados. El doctor y la enfermera seguían en lo suyo.

-Candice. Este niño está casi afuera. No tendrás que esforzarte mucho. Está ansioso por salir. Vamos. Sólo puja fuerte.

-¡Ahhh! ¡Ahhhhh!

-Eso es, mi amor. Eres muy valiente. Te amo.

El doctor de vez en cuando observaba a Terry, eran los momentos de su profesión que más amaba. Ver la entrega de los padres en ese momento especial.

-Sólo una vez más, Candice. Falta muy poco. ¡Vamos!

-¡Ahhhh! ¡Aahhhhhhh!

El llanto de bebé inundó los sentidos de Candy y Terry. A las dos de la madrugada asomó los ojitos al mundo Terrence Grandchester Jr. Lo primero que Candy besó fue su cabecita cubierta de su pelito castaño y suave. Escuchó al médico mencionar que pesó ocho libras y media y midió veintidos pulgadas. Un bebé grande a diferencia de Amy que fue mucho más pequeñita y delgada. Antes de que lo limpiaran, Terry pudo cargar a su bebé.

-Mira, Candy. Es hermoso. Hermoso y grande.

Terry no ocultó sus lágrimas. Besó a su hijo sin importarle que estuviera todo embarradito y con recelo se lo pasó a la enfermera para que lo limpiara. No perdió detalle de nada y vio cómo le ponían en un brazito y una piernita los grilletes que llevaban sus apellidos y el nombre de su madre. Cuando estuvo aseadito, le colocaron su pañal y una ropita dada por el hospital para luego colocarlo en una cuna que contenía una tarjeta con toda su información. A Terry se le informó que debía esperar afuera en lo que aseaban a Candy y la transportaban a su nueva habitación con su bebé. Terry aprovechó para llamar a toda la familia, a pesar que aún era de madrugada. A través del cristal pudo ver a su hijo en su cunita, llorando seguramente hambriento. Pudo verlo a detalle. Como Candy había predicho, era idéntico a él, se fijó en la forma de su cuerpecito, su pelito oscuro, miró sus piernitas largas y se fijó en sus piesitos, sonrió al recordar que Candy había dicho que al tener el dedito del medio más largo que el gordo, sería una persona dominante, y Terry Jr. efectivamente había heredado también sus pies. Miró los detalles de su cara, su nariz arrogante como la suya, así lo describía Candy, su frente y mandíbula pefectamente delineadas y varoniles, su misma boca. Sólo que sus ojos eran verdes. Porque algo de Candy tenía que heredar.

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La hija de Lizette y Archie había nacido una semana después del hijo de Candy y Terry. Fue una experiencia hermosa, Archie presenció todo y la apoyó en todo momento, ella era joven y primeriza, estaba emocionada, pero realmente asustada a la vez. Su hija llegó al mundo en la mañana, con los primeros rayos de sol. Era blanca, como Archie, pero con los ojos color avellana de Lizette, con mucho cabello y encaracolado como el de ella, la niña era la versión blanca de Lizette, cuando Archie la sostuvo en sus brazos por primera vez, fue amor a primera vista. Estaba enamorado de su pequeña quien ya estaba bastante engreída.

-Yo quería que Lili fuera negrita como tú.

Dijo Archie mientras miraba como ella la lactaba y con un dedo tocó la manita de la niña y ella se lo encerró en su puñito.

-Entonces tus genes son más fuertes que los míos. Además, yo soy mulata, mi mamá, la verdadera, era blanca. Así que esa raza predomina más. Pero es hermosa así como es.

-Claro que lo es, es perfecta. Además, todavía podemos tener otra con tu colorcito...

-¡Archie! A penas acaba de nacer Lili y ya estás pensando en otra niña...

-¿Y qué? Candy y Terry tuvieron a Junior y Amy sólo tiene un año.

-Sí, pero Candy y Terry no tienen límites económicos, nosotros sí.

Archie se le acercó sonriendo y la besó.

-¿Y quién dice que hay que tener tanto dinero para ser felices y traer otra negrita al mundo?

Lizette le sonrió. La oferta sonaba tentadora, pero ella sabía que no era conveniente. Archie aún estaba terminando de estudiar y ella también tenía que continuar sus estudios y en unos meses, quería volver a modelar, eso la apasionaba y también el sueldo, aunque no fuera mucho, era una entrada más para la casa o al menos para los pequeños caprichos que se permitían. Cuando estuvieran más preparados y el tiempo no estuviera tan comprometido entre estudio y trabajo, sin duda, encargarían un hermanito para la pequeña Lili.

-Están tocando. ¿Quién sería?

-Es papá. Dijo que quería ver a la niña. Olvidé decírtelo.

El papá de Lizette había estado cercano a ella desde hacía unos meses atrás y corrió al hospital tan pronto como se enteró que había sido abuelo ya. Había comprado de todo para la niña e incluso había abierto una cuenta de ahorro para ella. Al principio, Lizette se mostró algo reacia, pero al ver los grandes esfuerzos de su padre, terminó cediendo. Que al menos su hija tuviera todo lo que ella no tuvo, su afecto.

-Buenas tardes, suegro. Adelante.

-Buenas tardes. ¿Cómo están las princesas más hermosas de este mundo?

El padre de Lizette las saludó a ambas con mucha efusividad. Besó la frente de las dos y tan pronto como Lizette le sacó los gases a la niña, la cargó. Siempre sus ojos se aguaban cuando lo hacía y se quedaba contemplándola por largo rato. Porque la niña además era muy parecida a su difunta hija, ella y Lizette se parecían mucho a pesar de ser de madre distintas.

-Yo iré por café. Está en su casa.

Archie se retiró, habían momentos que él le daba toda la exclusividad a Lizette con su padre. Para que hablaran en libertad y recuperaran muchas cosas perdidas.

-Esta pequeña es un tesoro, cuídala. Quiérela con tu vida. Nunca, hija, nunca cometas los errores que nosotros cometimos contigo. El tiempo perdido no vuelve... Y cuando veo a este angelito yo quisiera...

El llanto le acortó la voz y Lizette aunque resistía, ya tenía un nudo en la garganta. Su padre hacía lo imposible por compensarle toda la indiferencia que le dedicó durante los dieciocho años que vivió bajo su techo. Tuvo más amor de parte de él en los últimos meses que el que le dio en todos aquellos años.

-Quisiera volver atrás el tiempo y no haberte abandonado. Por no haberte dejado sufrir tanto rechazo y tantos maltratos. Quisiera tener otra oportunidad para cargarte en mis brazos cuando eras así, como ella.

-Papá, yo ya olvidé eso. Todo está bien ahora. Soy muy feliz, somos felices. Y no te preocupes, mi hija será la niña más amada y consentida del mundo. Ella y todos los niños que Dios me de la dicha de procrear.

El señor se sintió orgulloso de su hija. A sus veinte años era tan madura y parecía haber pasado por mucho. Experiencias que él no pasó con ella, porque aún viviendo bajo el mismo techo, siempre se mantuvo ajeno a ella. La bebé se puso algo inquieta y aprovechando que Archie llegaba con las tazas de café, Lizette se retiró a la habitación con la niña para dormirla mientras ellos hablaban. Como la pequeña parecía querer demostrar lo sanos y desarrollados que estaban sus pulmones, no dejó de llorar y Lizette estaba cargándola y paseándola por todos los alrededores de la habitación. Estaba pintada de lila y amarillo pálido y el papél tapiz que cubría las orillas de las paredes era de flores y mariposas. También una que otra libélula formaba parte de la decoración en las paredes junto a más mariposas y flores. Archie lo hizo como sorpresa para Lizette luego que ella le describiera como había sido su antigua habitación cuando vivía con sus padres. Archie trató de recrearla y el trabajo había sido hermoso y asombroso. Su cunita era hermosa en caoba y su coordinado también era de flores y mariposas. En la pared que quedaba detrás de la cuna, estaban clavadas unas letras en madera que formaban el nombre de la niña con un par de hadas al rededor y diminutas florecillas y mariposas. Todo era digno de la preciosa bebé. Que viviera todo lo que sus padres no habían tenido. Ya la niña se había calmado, aunque no se había dormido cuando Archie y el padre de ella habían ido avisarle algo.

-Cariño... hay alguien más que quiere verlas...

Lizette con recelo se asomó en la puerta y supo de quién se trataba. Toda su tranquilad se quebró. Un coraje y un resentimiento se apoderaron de ella haciéndola sentir tensa de pronto.

-Dígale que puede irse por donde vino. No es bienvenida en mi casa. ¿O ya se le olvidó que me echó de mi propia casa como a un perro? No me interesa nada que me pueda decir ni mucho menos que ponga sus manos y su mala lengua en mi hija.

Archie se quedó en shock, nunca había visto a Lizette expresarse así, en cambio su padre, estaba tranquilo, no podía esperar otra reacción por parte de ella. La había tratado como basura y la había despreciado tanto como pudo, tenía razones de más en no querer recibirla.

-Entiendo que estés molestas, hija. Lo siento, no vamos a presionarte...

-Esperen... Lizette, ven aquí un momento.

Archie la llamó a un rinconcito aparte luego de que le entregaran a la bebé nuevamente a su abuelo.

-Bebé, yo sé como te sientes y lo dolida que estás, yo estuve ahí y fui testigo de cómo te trató. Pero sabes, en los últimos meses te ha estado llamando y buscando y la has rechazado. Sé que no es fácil, pero a pesar de tu rechazo, se atrevió a venir aquí, aún sabiendo que podrías mandarla al diablo. Al menos escúchala. Trata de que estén al menos en paz. Por la niña, no quiero que crezca con este odio o en un ambiente hostil.

-Pero es que ella...ella es la que siempre...

-Shhh. Lo sé. Sólo dale la oportunidad, escucha lo que tenga que decirte y si se pasa de la raya, yo mismo te ayudo a echarla a patadas. ¿Harías eso por mí?

-Está bien. Tú ganas, dile que pase...

Lizette no podía negarle nada a él y menos cuando lo pedía de esa manera. Respiró profundo para enfrentarse a la señora. Su padre dejó a la niña en su cuna y se fue con Archie para dejar a las dos mujeres solas.

-Hola... ¿Cómo te sientes?

Fue todo lo que doña Marisol pudo preguntar, las palabras salieron de su boca con torpeza, pues estaba realmente nerviosa. Los remordimientos la estaban consumiendo. No le había pasado desapercibido la decoración de la habitación y recordó con cierta culpa cuando sin pudor ninguno deshizo la habitación que fuera de Lizette para convertirla en el almacén de los cachivaches.

-Estoy muy bien, gracias. ¿En qué puedo serle útil?

Por primera vez, Lizette se había comportado tan fría con su madrastra como lo había sido siempre ella. La señora pudo sentir algo de su propio veneno. Todo el desprecio que sembró en ella le fue devuelto de golpe.

-Yo... sólo quería saber de ti... Veo que estás bien... estás muy linda además... como siempre...

-¿Y ese milagro? ¿Se siente bien? Soy Lizette, por si le olvidó.

Ella sonrió débilmente ante la ironíca especificación de Lizette. Pues esa señora nunca en la vida la había halagado, al contrario, sólo la criticaba y solía despotricar en su contra acentuando sus defectos.

-Entiendo tu actitud a la defensiva y no pienso defenderme. No he hecho otra cosa que cultivar desprecio sin razón ni motivo. Vine, para... para pedirte perdón. Por todo el daño y por todo el rechazo que te hice vivir a mi lado. Por haberte privado de todo lo que te perteneció. Lo siento, de verdad...

-Un poco tarde para arrepentirse, ¿no cree?

Lizette seguía siendo dura, era conciente de ello, pero no podía evitarlo.

-Demasiado tarde, tienes razón. Para mí todo mi mundo lo fue siempre Lizbeth. Ella era la razón de mi vivir, yo no veía nada más. Sólo a ella y que viviera por siempre era todo lo que deseaba. Cuando ella se fue... mi desprecio por ti creció aún más sin poderlo evitar. Porque estabas siempre tan alegre, tan llena de vida, tan optimista y tan fuerte ante la vida. No importaba cuán mal yo te tratara ni cuánto te menospreciara, tú siempre levantabas tu frente y continuabas. Tan conforme, aceptando cada migaja que se te daba y aún así... nunca guardaste celos por tu hermana. La cuidaste, siempre estabas a su lado, te sacrificaste. Nunca te importó que ella se quedara incluso con la parte que te correspondía a ti. Le entregabas todo sin hacer preguntas y hacías de todo para hacerla reir. Para ganarte algo de nuestra simpatía...

El nudo en la garganta de la señora le impedía a veces continuar. Lizette también quería decir tantas cosas, pero decidió permanecer en silencio, sabía que posiblemente ninguna palabra amable saldría de su boca.

-Yo nunca me di cuenta que... que dentro de toda esa fortaleza y alegría que mostrabas, había una chica desesperada por ser notada, por ser amada. Nunca vi la tristeza profunda que había siempre en tu mirada, el vacío... lo noté viendo viejas fotografías. Esas imágenes captan muchas cosas ajenas al lente humano, sabes. Reías, pero tus ojos lloraban aunque no hubieran lágrimas. Seguramente necesitaste muchos abrazos, muchos consejos, mucho consuelo en tu soledad y yo no fui capaz de amarte. Cuando perdí a mi hija... no me di cuenta hasta ahora, que realmente había perdido dos hijas. Una porque Dios lo quiso así y la otra porque nunca quise ser su madre, porque nunca me tomé la molestia de conocerla... de darme la oportunidad de quererla. De saber que estabas ahí, para intentarlo otra vez, para quererte como la quería a ella... Lo siento, eso era todo... quería decirte que lo lamento mucho. En el fondo... yo sí te quise, pero quererte me daba miedo, porque quería que mi propia hija estuviera tan llena de vida como tú y porque no quería entregarte a ti un amor que creía que sólo podía sentir por ella, pero no es así. Yo te quiero, te quiero mucho... y me doy cuenta ahora.

La señora estaba derramando gruesas lágrimas, en ella habían puros sentimientos, dolor, amargura, arrepentimiento, remordimientos. Había tanto pasado y tanto presente, con un miedo agudo sobre el futuro. Por recoger los frutos de todo el desaire que había sembrado.

-Yo... de verdad no sé que decirle, señora. No puedo correr ahora a sus brazos como si nada... yo... no es que no vaya a perdonarla nunca... es que de verdad aún... aún siento mucho dolor... Todo sigue tan presente dentro de mí, como si fuera ayer... no puedo olvidarlo todo así...

-No pretendo que lo hagas. Yo nisiquiera merezco que lo hagas. Sólo quería decírtelo y si mañana no estoy más aquí, habré partido tranquila. Porque te he dicho aunque tarde cuánto te quiero y... si aún no es muy tarde y me necesitas... yo... estoy dispuesta a ser tu madre...

Ver a su madrastra con el rostro bañado en lágrimas no era fácil de soportar, que llorara ante algo que no fuera su hermana. Estaba llorando por ella. Le estaba diciendo que la quería. Lizette fue acercándose lentamente hacia ella, con una mirada imposible de descifrar. La señora se puso más nerviosa aún según ella se iba acercando. Pensó que iba a insultarla, que iba a correrla de la misma forma en que ella lo había hecho, no sabría decir con exactitud lo que había en esos ojos marrones que ahora la miraban distinto. Estaba perdida en sus maquinaciones cuando sintió que unos brazos se enrroscaban sobre ella. Lizette la estaba abrazando. Una vez más estaba tragándose todo su orgullo para aceptar el amor que se le estaba ofreciendo. Uno que siempre había ambicionado hasta que la desesperanza la hizo desistir de ese sueño.

-Lo siento tanto, niña. Lamento que hayas sufrido tanto. Ya no voy a defraudarte más, lo prometo.

Ambas lloraban en el hombro de la otra. Lo necesitaban. Hubieran sido muchos los momentos de apoyo mutuo en tantas adversidades si tan sólo se hubieran dado cuenta antes de que más que odiarse, se necesitaban. Un llanto las trajo de vuelta a la realidad.

-Seguro tiene hambre otra vez.

Lizette se apartó de su madre y fue en busca de la niña, la señora la siguió y ahí se dio cuenta del nombre en la pared. Lizbeth. Otro nudo se apoderó de su garganta. La niña llevaría el mismo nombre de su tía. Un recordatorio eterno.

-Es hermosa. Preciosa en verdad. ¿Puedo cargarla?

Preguntó con temor al rechazo. Mas Lizette no tuvo corazón para negarle a la niña. Cuando la señora la sostuvo en sus brazos, volvió a llorar de dicha y alegría. Después de ese momento, no pudo desprenderse de esa pequeña jamás.

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Tres meses después, Terrence Jr. era un bebé hermoso y saludable. El clon de su papá si no fuera por sus ojos verde esmeralda. Era arrogante como él, todo lo pedía con exigencia y poca paciencia. Su llanto era demandante hasta que fuera complacido. Era posesivo con su mami y con sus pechos. Mientras lo succionaba, colocaba en él una de sus manitos, como diciendo que eso le pertenecía. Pero a pesar de eso, tenía que compartir sus pechos con su hermanita, aún no habían conseguido destetarla. La niña en algunas ocaciones se mostraba un poco celosa, especialmente con su padre, pero Terry no había cambiando en nada con ella, ella seguía siendo la princesita y lo seguía a todas partes como un rabo.

-¿Vas hacer ejercicios con papi?

Le preguntó a la pecosita al ver que lo siguió hasta el cuarto donde Terry tenía toda su maquinaria para ejercitarse. Estaba haciendo unas push-ups y tuvo que parar para reirse al ver a la niña acostada en el piso tratando de hacer lo mismo.

-Tienes que calentar primero. Luego podras incluso levantar pesas.

Le dijo cargándola en un brazo y en el otro levantaba unas pesas sueltas y relativamente livianas. Fue con ella cargada hasta donde estaba Candy. Vio a su hijo pegado a su pecho sin piedad.

-Hola ustedes. ¿Ya se ejercitaron bastante?

-Sí, pero sólo a mí me han resultado. Pequitas no ha bajado ni un solo kilo.

-Ella está bien así, Terry.

Dijo Candy con fastidio sin saber que Terry bromeaba sobre que Amy estaba gordita. La niña estaba lejos de ser obesa, sólo que aún tenía los muslitos y piernitas algo rollizos y sus cachetes seguían rellenitos. Era hermosa.

-¿Ves como no suelta su tetis mientras come?

-Claro. Es un macho. Sabe que debe agarrarlas bien.

-¡Terry!

-¿Qué? ¿A caso no es cierto?

Le dijo arrogante y le dio un beso. Luego le apretó suavemente el seno libre.

-Terry... Los bebés están aquí. Compórtate.

-¡Ay ya, Candy! No voy a violarte. No en frente de los bebés.

Le soltó en el oído haciendo que sintiera un escalofrío por toda la columna vertebral.

-¿Puedes sacarle los gases? Necesito bañar a Amy y acostarla.

La niña cuando escuchó su nombre fue hacia Candy y se quedó mirando al niño con curiosidad. Con un dedito tocó su naricita y Candy rió. Terry tomó a su hijo en brazos y dejó que Candy se marchara con Amy. Le gustaba la forma en que el bebé siempre se quedaba mirándolo. Sus ojitos verdes tan curiosos y su arrogancia pura. Lo amaba. Ya llevaba la cadenita con su nombre. Candy llegó del baño junto con Amy, ambas bañadas y empijamadas. Terry se quedó contemplando a ambas. Eran tan parecidas, caminaban igual, respingando las nalguitas, decía Terry. Estaba caminando por la habitación con su botellita de leche en la boca mientras Candy se desenredaba el pelo. Cuando vio que Terry estaba demasiado atento con su hermanito, intentó subirse a la cama y empezó a llorar al ver que no podía. Terry la levantó por los bracitos y en seguida la pequeña se acurrucó con su papá y su hermano. Media hora después, ambos dormían sobre el pecho de su padre y Candy por poco llora de lo hermosos que se veían. Fueron acostarlos y luego se dirigieron a la habitación otra vez.

-Pecas... ¿a dónde piensas que vas?

-Pues a... a descansar...

Dijo un poco nerviosa por la forma en que él se le había acercado y la miraba.

-¿Estás muy cansadita...?

Preguntó con ironía meintras besaba su cuello y la pegaba hacia él. Sus manos fueron deslizándose por encima de su blusa y entre un beso ardiente descendieron a su trasero.

-Nunca. Para ti nunca estaré demasiado cansada.

Le susurró y lo besó con más ganas. Le fue besando el cuello y jugueteó con su lengua el cuello de él, lo escuchó gemir. Siguió pasando su lengua por todo su torso y con sus manos acariciaba su erección. Introdujo una mano por dentro del pantalón de su pijama, lo sintió tan duro y cálido. Su mano se mojó del líquido preseminal. La sacó y con una mirada traviesa se chupó de los dedos la humedad que se había pegado a ellos. La mirada de Terry se volvió más intensa y se puso más duro aún. La levantó del suelo y se la enganchó a la cintura, primero comenzó a besarla con desesperación y luego fue a sus pechos. Tenía una obsesión profunda con ellos. Los apretó, jugó con sus pezones hasta verlos erectos. Luego los chupó y con una mano libre comenzó acaricarla por dentro de las bragas. Primero un dedo y ella ya estaba increíblemente mojada, sintiendo que ardía. La escuchó gemir y entonces introdujo otro dedo. Le encantó ver como ella se movía sobre su mano, como su humedad le permitía adentrarse cada vez más en ella. Sus gemidos, su cara extasiada.

-Terry... te quiero ahora. Te necesito ya... por favor...

Terry la colocó en la cama y ella pensó que muy pronto lo tendría en su interior, pero no. Terry le separó las piernas y se colocó sobre ella, pero en un sesenta y nueve. Se hundió en el centro de ella y su boca comenzó hacer locuras allí. Seguía retorciéndose y gimiendo, pero de pronto se sintió egoísta por dedicarse a sentir ella solamente. Aprovechando la posición, comenzó a chupárselo también y entonces era él el que gemía ahora. Pero nunca dejó de comérsela allá abajo. Nisiquiera cuando más rico Candy se la chupaba, aún cuando habían momentos que tenía que esforzarse para no correrse antes de lo planeado.

-¿De quién es esto, Candy?

Le preguntó sin dejar de chuparla y ella ya estaba a punto de correrse.

-Tuyo... Terry... ahhh... ahh...

Él dejó que manifestara su orgasmo. Que se arqueara y se extremeciera sobre su boca. Luego se levantó. Le separó las pierneas y se arrodilló entre ellas para luego colocárselas sobre sus hombros. Ahí le dio lo que hace un momento le había suplicado.

-¿Querías ésto, Candy?

Hasta en eso era arrogante. Le hizo la pregunta mientras le embestía con fuerza y precisión. Sus gritos lo estaban descontrolando.

-Sí. No sabes cuánto... ahhh...

Terry cerró los ojos y se dejó ir hacia atrás cuando ya la sensación no podía refrenarse más luego de verla a ella disfrutar de su segundo orgasmo. La levantó un poco sosteniéndola de las nalgas y en una última estocada se corrió en ella como nunca. Calló rendido sobre su cuerpo desnudo y mojado por el sudor. Acomodó su cara sobre los pechos que adoraba y deseaba. Podía escuchar los latidos del corazón de ella y sus cuerpos aún vibrando. Cada entrega era increíble.

-Te amo, Candy.

-Yo también te amo, mi amor. Feliz día de San Valentín.

Le respondió sonriendo al ver el reloj de la mesita y ver que eran las doce de la noche. Iniciaría el día de los enamorados y ellos estaban más enamorados cada día.

Continuará...

¡Hola niñas lindas!

¿Les gustó éste capítulo? Espero que sí y que me lo dejen saber con un review. Bueno, fue un capítulo lindo, alegre y todo lo que se diga, pero ya saben que estamos más cerca del final y aún falta una pequeña situación que tendrá que enfrentar la parejita. Antes de que reclamen, yo prometí que no habrían más tragedias, pero no dije que no habría algo de drama, así que estén listas, no se preocupen, no las haré sufrir mucho, ni me tardaré en actualizar, pues yo ansío terminar este fic para comenzar ya el próximo. Niñas, espero sus reviews y su opinión con ansias. Feliz día de San Valentín por adelantado.

Quiero darle la bienvenida y mis agradecimientos a:

Alix: Gracias por respaldar la historia, espero seguir captando tu atención y que puedas alcanzarme hasta acá.

Wendy: Bienvenida, tocaya. Espero que la disfrutes.

Un beso a todas y nos leeremos pronto.

Wendy