Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 26 Desgarrando el alma


-¿Qué pasó, Terry? ¿Qué te dijeron?

Candy estaba muy preocupada. Terry había dejado caer el teléfono al suelo, perdiéndose la llamada que atendía. Se había quedado ido, mirando a un punto fijo que estaba afectando a Candy de manera increíble. Un miedo atroz la recorrió. Era como si Terry no quisiera reaccionar.

-¡Terry! ¡Háblame, Terry!

Lo comenzó ella a sacudir para que reaccionara de una buena vez. Él por fin la miró y volvió en sí. Pero había un dolor profundo en sus ojos, en cada línea y expresión de su rostro. Una vulnerabilidad que Candy no le había visto antes. Vio hasta miedo.

-La abuela, Candy... Abuela está muy mal... Richard, papá... estaba llorando... casi no se entendía... creo que se está... muriendo.

Soltó finalmente Terry y casi se desploma al piso a llorar. Candy lo miraba con los ojos muy abiertos. Incapaz de reaccionar, de hablar... Un dolor le oprimió el pecho.

-Pero... ¿cómo puede ser eso posible...? Ella estaba bien... ¿Cómo que se está muriendo?

-¡No lo sé!

Gritó de pronto aturdido y se llevó las manos hacia dentro del pelo, su gesto típico de enfado y desesperación.

-Terry... mírame, Terry.

Ella lo tomó del rostro y lo obligó a que la mirara a los ojos. Él renuente cedió y la miró con la expresión más triste y desesperada jamás, el dolor reflejado en su alma atravezó la de ella.

-Escúchame, mi amor. Ella estará bien, va a reponerse, es una mujer fuerte a pesar de su edad. Por favor, no pienses lo peor. A ella no le gustaría que fueras a verla en ese estado que estás... Yo te acompañaré a verla. Llamaré a Graciela para que se quede con los niños y...

-No, Candy. Iré yo solo. Es tarde para molestar a Graciela a esta hora. Quédate aquí cuidando los bebés. Yo te voy a mantener informada...

-Pero Terry... déjame que te...

-¡Dije que no!

Le gritó con enfado asustándola de pronto. Hacía mucho que no veía esa reacción en Terry, dio cualquier cosa por poder cambiarle todo su mundo. No podía creer lo que estaba pasando. Vio a Terry vestirse y ya cuando estaba tomando las llaves para irse, ella se le acercó nuevamente.

-Terry... Sé que estás desesperado y angustiado, pero por favor... ten cuidado. Cuídate, por favor. Conduce con cuidado. Hazlo por nosotros... ¿sí?

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas y él se dejó abrazar por unos segundos. Le dio un beso en los labios mientras la apretaba fuerte.

-No me pasará nada, te lo prometo. Cuida bien a los bebés.

La soltó finalmente y se fue. Terry quería volar por la carretera si fuera posible, pero recordó las palabras de Candy. Se cuidó y por ser tarde, las calles estaban bastante despejadas, así que no tuvo que ir comiéndose la carretera. Iba llorando. Tenía mucho dolor, coraje y desilusión. Habían muy pocas personas que lo habían amado y que él hubiera amado. Su abuela era una persona muy especial para él. No quería perderla, no de esa manera. Se preguntó mil veces por qué ahora cuando por fin tenía una familia que lo quería, que lo amaban como era y que se habían empeñado en hacerlo sentir feliz y aceptado. En el camino iba recordando a Stella, regañándolo como a un chiquillo, consintiéndolo. Preparándole todos sus antojos. Bromeando con él, mimándolo aún cuando ya era un hombre hecho y derecho de treinta y dos años. No quería aceptar perderla. Llegó por fin al hospital y maldijo mil veces que no hubiera covertura para indicarle a Richard que ya había llegado. Por suerte los vio tan pronto entró a la sala de espera, estaban sacando unos cafés de una máquina.

-Papá... Papá...

Terry fue hacia sus brazos como un niño y vio en la cara de Richard rastros de que había llorado, en su cara y en la de Louise. Se abrazaban, un gesto tan familiar, tan íntimo y especial. Se necesitaban.

-¿Cómo está...?

Preguntó Terry con temor a la respuesta y Louise siendo incapaz de hablar, comenzó a llorar nuevamente.

-Tuvo... un infarto...

Soltó Richard con un hilo de voz y Terry sintió que el alma se le fue al piso. Estuvo a punto de caer si Richard no lo hubiera sostenido.

-¿Y dónde la tienen? ¡Quiero verla!

-Eso no es posible ahora, Terry. Stella... está realmente mal... está en cuidado intensivo... estuvo muerta por varios segundos...

Le decía Louise controlando su llanto lo mejor que podía, pero la expresión en el rostro de Terry era indescifrable. Algo dentro de él se había quebrado.

-¡No! ¿Por qué? ¿Por qué ella?

Al fin Terry reaccionó, pero no de buena manera, comenzó a gritar y a patear las sillas del lugar. Richard tuvo que sostenerlo y de milagro seguridad no lo sacó. Terry se estaba desmoronando. Eran pocas las personas a las que había amado, pero cuando amaba, era algo grande, fuerte, se aferraba a esos seres que amaba con todo el corazón, daría su propia vida por ellos de ser necesario. No quería ver morir a ninguna otra persona amada. Se sintió tan pequeño en inferior. Lograron que se sentara en una silla y Louise con su tacto se ocupó de él.

-Terrence, cálmate, cariño. No puedes perder las esperanzas ahora. Tienes que tener fe. No sabes lo fuerte que es tu abuela. Demasiado como para que la derrumbe un infarto. No puedes desmoronarte ahora, cielo. ¿Te imaginas que despierte y te vea así? Se levantaría de la camilla sólo para abofetearte por pensar que iba a morirse.

Louise había rocostado a Terry de su pecho y como una madre le acariciaba el cabello, como al hijo que nunca tuvo y tanto deseó. Terry fue tranquilizándose y se fue rindiendo con ella. Se acomodó casi en su regazo, como un niño disfrutó de los mimos de esa mujer. Jamás su propia madre lo había consolado de esa manera, jamás unas manos y una voz le habían dado esa paz. Sintió que había vuelto a su niñez.

-Yo sé que ella estará bien, mi corazón me lo dice. Estoy segura que ahora mismo estará deseando que los doctores terminen con ella para hacernos la cena. Además... me mencionó algo de que tú le habías prometido que vendrían cinco niños más...

Le comentó ella sonriendo entre lágrimas y él le devolvió su descarada sonrisa torcida al recordar su plática con Candy sobre el asunto y aún tenía la esperanza de convencerla para que le diera los cinco niños que faltaban. Richard que estaba en la silla al lado de ellos también sonrió al ver la escena. También deseó creer en las palabras que su mujer le decía a su hijo. No había dejado de pedir por un milagro. Su madre era la luz y escencia de sus vidas. Sabía que tarde o temprano moraría con el Señor, que no sería eterna, pero no iba aceptar que partiera de esa manera. Quería que su madre tuviera una muerte linda y apacible en su lecho, rodeada su familia y de todos los biznietos que soñaba conocer y malcriar.

-Cambia esa cara, guapo. Tu abuela estará bien y seguramente querrá engordar a los otros niños que vas a tener. ¿Crees que ella se iría sin hostigarlos para que se apuren en seguir procreando herederos? La abuela es demasiado terca para eso, niño. Así que levántese y regáleme otra sonrisa retorcida. Una que me enamore.

Terry no pudo evitar reirse. No sólo fue la sonrisa torcida que le había solicitado, sonrió a plenitud para ella. Una sonrisa hermosa, una que Terry no le mostraba a todo el mundo. Se acomodó mejor a su lado, maniobrando por su estatura, pero logró acurrucarse en el regazo de su madrastra. Se abrazó a ella, era un gesto totalmente infantil, pero lo necesitaba. Era vital en esos momentos.

-Louise...

-Dime, cariño.

-Te amo.

Le soltó Terry y cerró los ojos al acomodarse nuevamente. Estaba cansado y aturdido. Louise derramó un par de lágrimas nuevamente, pero de dicha y alegría. Él la amaba. Se lo había ganado, había entrado en su corazón. Mientras viviera, se juró que sería su madre, estaría dispuesta a ocupar ese lugar. Richard no podía creer lo que veía.

-Creo que estoy celoso.

Bromeó al ver a Terry dormido en el regazo de su esposa. La escena conmovía hasta las lágrimas. Esperaron pacientemente mucho rato. Terry seguía dormido, como si tuviera miedo a despetar y que le dieran una noticia desagradable. Louise no había querido despertarlo, no después del ataque de histeria que había tenido hacía un rato.

-¡Doctor! ¡Por fin! ¿Cómo está mi madre?

Richard se acercó al doctor tan pronto lo vio. Desesperado y aferrado a la esperanza. Terry finalmente despertó algo desorientado, pero luego supo dónde estaba y se incorporó de inmediato. Se puso de pie. Quería saber qué había pasado con su abuela, así tuviera que sacárselo a golpes al doctor, pensó, aunque se quedó muy quieto.

-No voy a mentirle, señor Grandchester. Logramos estabilizar a su madre, pero... su condición sigue siendo crítica. Su corazón está muy débil, cansado. Hemos tenido que monitorear constantemente su presión, sube y baja...

-¿Y eso es todo? ¿No pueden hacer algo más? ¿Operarla?

-Cálmate, Terry.

Volvió a interferir Louise antes de que Terry desenfrenara su ira y frustración. El alma de Richard se estaba desgarrando, sus esperanzas iban menguando cada vez más.

-Stella está muy mayor ya y está tan débil que no creo que pueda sobrevir una operación... Familia... no sólo como doctor, sino como amigo, como ser humano... les digo que éste es el momento en que la ciencia muestra sus límites. Aquí es donde empieza a obrar Dios. Él es el único médico por excelencia. Yo haré todo lo humanamente posible para que doña Stella esté de vuelta. Yo creo en los milagros, pídanle a Dios.

El doctor había sido médico de la familia por años. Tenía la edad de Richard aproximademente. Deseaba con todo su ser poder salvar a Stella y devolverla a su familia sana y salva.

-¿Podemos verla? Por favor...

Era Terry el que suplicaba. Quería verla una vez más, algo dentro de él no creía que su abuela se estuviera yendo y que él no pudiera hacer nada por rescatarla. Las lágrimas seguían siendo sus fieles compañeras.

-No se supone que pasen ahí. Podrá verla una sola persona, por unos minutos. Es todo lo que puedo hacer...

-Ve tú, Terrence. Yo no puedo. Yo no puedo entrar ahí... no voy a resistir verla así.

Ahora era Richard el que había colapsado. Ya no podía continuar haciéndose el fuerte. También estaba desplomándose como una torre de arena. Louise fue a su lado para darle consuelo, tratando de ocultar ella su propia desesperación y sus ganas de gritar. Perder a Stella sería un fuerte golpe para la familia, para ella misma.

-Es por aquí. Por favor, en caso que despierte... no haga ni diga nada que la perturbe o la altere. No exageré cuando dije que su condición era crítica.

Le dijo el doctor conduciendo a Terry al cuarto de Stella y él se limitó a asentir. Una vez la puerta estuvo cerrada, se acercó a su abuela y antes de poder articular cualquier palabra. Dejó que las lágrimas que aún estaban contenidas salieran. Ahí en esa cama, con el respirador, el suero y su rostro inconciente y atribulado, Stella de pronto le pareció pequeña e indefensa. La notó delgada. Es como si de golpe hubiera desaparecido la abuela fuerte y vigorosa que él había conocido. La fajona e incansable abuela que le horneaba las galletas y pasteles más deliciosos que hubiera probado. La que aún a su edad le halaba las orejas de ser necesario. Esa que estaba ahí no era su abuela. Él la quería de vuelta.

-Hola, abuela. ¿O debería llamarte por tu nombre? Así te molestarías conmigo y no resistirías darme un halón de orejas. ¿Sabes que el cobarde de mi padre no quiso entrar a verte? Él piensa que vas a rendirte así como así. Sí, no te preocupes, yo mismo lo sostendré para que tú le pegues.

La voz de Terry era acortada por su llanto y por su risa a la vez al recordad la peculiaridad de la señora. Sostuvo su mano mientras miraba la máquina que indicaba sus latidos. Pasó sus manos por el pelo gris y por su cara surcada de arrugas y líneas de expresión.

-¿Puedes creer que la descarada de Candy dijo que siete niños son mucho? Y no sólo eso. Quiere que tengamos el próximo bebé dentro de un año, un largo año. Está loca, ¿verdad? Tienes que pararte de aquí para que me ayudes a convencerla. Tienes que ponerle presión. Por la tarde... llevamos los niños a Mc Donald's... tienes que levantarte para que nos regañes por darle esa porquería. Ah... Candy y la Pequitas andan un poco delgadas... tienes que hacer algo, abuela. Tu comida ya nos está haciendo mucha falta...

Terry hizo silencio por unos instantes. El llanto lo traicionaba cuando menos creía. Deseaba con todo su ser que se pudiera cumplir todo eso que estaba diciendo. La vida no podía ser tan injusta.

-Ya, abuela. Tú no puedes dejarnos a nuestra suerte ahora. Te necesitamos. Yo te necesito, Candy lleva una semana dándome comida recalentable... ¿vas a permitirlo? Además, abuela... tienes que conocer a Stellita... ¿no sabes quién es?

Otro nudo volvió a formarse en la garganta de Terry. Estaba implorando por un milagro, uno que le trajera a su viejita de vuelta. Jamás pensó que llegaría amarla tanto. Tal vez no se había dado cuenta hasta entonces.

-Stellita es la niña que pienso hacerle a Candy muy pronto, ¿o creíste que yo de verdad voy a esperar un año para eso? Ni loco que estuviera. Y tú, charlatana, tienes que estar ahí para que la veas. ¿Quieres que te cuente cómo la imagino? Con el pelo castaño, así como el tuyo y el mío, enrolado como el de Candy y con muchas pecas, así como ella y Amy. ¿Pero sabes qué es lo más que deseo que tenga? Esos hermosos hoyuelos en tus mejillas cuando sonríes. ¿Despertarías para hacer feliz a tu nieto favorito?

-Terrence, ya debes irte. Podrás venir mañana si lo deseas.

El tiempo se le acabó, el doctor, sin que él supiera, se había asomado al cuarto varias veces, pero no tuvo corazón para sacarlo, así que le había dado muchísimo más tiempo del acordado, pero ya no podía hacer más. Terry se limpió el rostro y depositó un beso en la frente de su abuela.

-Hasta mañana, abuela. Piensa lo que te dije.

Resignado, Terry abandonó el cuarto y fue a reunirse nuevamente con sus padres. Su caminar era lento y errante. Su alma se había quedado a muchos kilómetros atrás. Deseó tener el poder de devolver la sonrisa y la esperanza al rostro de su atribulado padre, el cual pensó que había envejecido diez años en menos de un día.

-¿Cómo la viste, hijo?

-Hermosa. Va a ponerse bien, ya lo verás.

Le dijo Terry a su padre con la mejor sonrisa que pudo dibujar. No quería verlo derrumbarse, aunque sus propios pedazos estuvieran en el suelo hace tiempo. Ese hombre le había dado todo lo que tenía y haría cualquier cosa por devolverle la esperanza, aunque él mismo la hubiera perdido. Richard asintió y Louise se acercó a ellos.

-Terry, ve a casa ya. Richard y yo nos quedaremos aquí para seguir esperando noticias. Descansa, querido.

-¡Claro que no! Me quedaré aquí hasta que despierte.

-Terrence, hazle caso. Ve a casa con tu mujer y tus hijos. Apuesto a que ni la has llamado desde que llegaste. La pobre debe estar preocupada.

Intervino Richard con el necio de su hijo. Terry no se había acordado ni de Candy ni de nadie en esos momentos, había sido egoísta, pensó.

-Terry, yo sé que estás desolado como nosotros, pero no harás nada quedándote aquí. El lugar de un hombre es junto su esposa y sus hijos. Ven con ellos.

Le dijo Richard palmeándolo y Terry se despidió y partió a casa cargado de penas y dolor.

=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=

-¡Terry! Me tenías asustada. ¿Por qué no me llamaste?

-Ahora no, Candy.

Le respondió con sequedad y con una expresión tan fría y abatida que Candy pensó que el esposo que había regresado no era el mismo que se había ido hacía un rato.

-¿Cómo está la abuela?

-Sigue delicada...

-Pero... ¿va a ponerse bien? ¿Qué dijo el...?

-¡No lo sé!

Le gritó y ella se dio un gran susto. No le recriminó, entendía, ella había pasado ese proceso. Lo observó alejarse para desvestirse y ella no lo presionó más. Con un cariño inmenso, le ayudó a quitarse los zapatos y el resto de la ropa. Él no decía nada, no estaba presente. Cuando ella lo había dejado sólo con el bóxer él se acomodó para dormir.

-¿Quieres que te traiga algo de comer? ¿Un chocolate... o algo...?

-No.

Respondió rotundo y en tono seco otra vez. Candy se tragó su orgullo y su dolor, porque aunque sabía que era el dolor lo que lo hacía reaccionar así, ella no era de hierro y su actitud le estaba doliendo. Nunca Terry había sido así con ella. Encendió el aire y arropó a Terry como un niño, luego se acostó a su lado. No podía dormir, ni él. Ella aunque tuviera que levantarse temprano para llevar a Amy a la escuelita, no podía conciliar el sueño mientras siguiera sintiendo la gran tristeza y desolación que embargaba a Terry.

-¿Quieres domir encima de mí?

Le ofreció ella en un último intento de acercamiento y porque sabía que Terry adoraba dormir así. Él se quedó callado unos segundos, pero al ver la sonrisa con que ella se ofrecía, no tuvo corazón para rechazarla. Se giró y se colocó sobre ella. De pronto dejó de sentir frío. Se acomodó y hundió la cabeza en su pecho, Candy supo que estaba llorando. Sus lágrimas estaban corriendo por su cuello y sus pechos. Terry levantó una mano buscando la de Candy, cuando dio con ella, se la colocó en su pelo. Ella comprendió que él quería que lo acariciara. Porque esa caricia siempre le había dado paz.

-No llores, mi amor. Tu abuela no va a rendirse tan fácilmente.

-¿Cómo lo sabes, Candy? ¿Cómo estás tan segura?

-Porque lo sé, mi vida. A tu abuelita le quedan muchos años más con nosotros.

-Es que... tú no la viste, Candy... La pobre estaba tan...

-Shhhh. No digas eso. Va a ponerse bien. No pierdas la fe, cielo. Dios no puede dejarnos sin ese ángel. Además, tiene que vivir para que pueda conocer a los otros niños que vamos a tener.

Ella le sonrió aunque él no lo hubiera notado. Le costaba ver a su amor tan vulnerable como un niño derrotado. Comenzó acariciarle la espalda y el cabello, tal vez así conseguía que se durmiera, ya mañana sería otro día y estaría más tranquilo.

-Duérmete, mi amor. Yo te cuido.

-¿Puedes cuidarme de mí mismo?

-¿Por qué lo dices?

-Porque tengo miedo, Candy. Destruyo todo lo que amo cuando tengo miedo. Todo lo que llega a mis manos se rompe.

Ese recordatorio de esa bendita frase de dolió en el alma a Candy. Desearía que él la eliminara de su vocabulario.

-Terry... no vuelvas a repetir eso. Quisiera sacarte esa creencia del alma. Te juro que ahorcaría a tu padre si pudiera por haberte metido eso en la cabeza.

-¿Y acaso no tuvo razón? La fui matando poco a poco con la vida que comencé a llevar. No pude salvarla, ni a tu hermano. Tuve que verlo morir... y ahora la abuela... ahora que por fin yo...

-Ya, Terry. No sigas. No es tu culpa. No digas que rompes todo lo que tocas. A mí no me has roto, no me has fallado. ¿Has visto la adoración con que te ven los niños? Tú nos has hecho feliz a todos. ¿A caso olvidaste la alegría en el rostro de tu familia la primera vez que te vieron? Tú no has roto nada, Terry. Nos recostruíste a todos.

Terry levantó la cabeza para mirarla a los ojos. ¿Por qué tenía ella que mirarlo siempre con esa adoración? Bajando sus defensas y derribando todas las barreras que él se empeñaba en poner.

-Nunca más digas que eres malo para nosotros, Terry. Sabes bien que yo no sería ni tendría nada sin ti. Siempre has estado ahí, me has cuidado, amado. Tú has sido mi ángel, mi amor. Ni mis propios padres pudieron cuidarme de la manera en que lo hiciste tú. Tenerte a ti ha sido lo mejor. Entregarme a ti fue lo más grande y hermoso que he hecho. Candy caricia que me das...todas las noches que me has hecho el amor y me dices que amas. Me has tocado hasta en el alma... ¿has visto que me haya roto?

Él negó con la cabeza y ella lo cubrió de besos. Lo vio acurrucar la cara entre sus pechos y cerrar los ojos. Lo adoraba. Era un amor que podía mucho más que ella, más de lo que un simple mortal pudiera comprender.

-Te amo, Candy. No me dejes...

Le pidió para segundos después quedarse rendido y dormido en sus brazos.

=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=0=

Cuando sonó la alarma, Candy automáticamente la apagó. Cuando de desmodorró, comprendió que Terry no había amanecido sobre ella, ni con ella. Imaginó que se había levantado temprano y tal vez estaría abajo, pero no lo encontró, tampoco su carro estaba en el garaje. Imaginó que se había ido al hospital. Fue a buscar a Amy que hizo tremendo berrinche porque no se quería despertar y Candy estaba pasando las de caín para preparla.

-No quero il a la esquela.

-Lamento decirte, señorita, que eso no lo decides tú. Así que compórtate si no quieres que te castigue y le diga al abuelo que no te deje montar tu pony.

-¡No!

-Ah pues, pórtate bien. Ven a bañarte.

La niña resignada entró a la bañera y dejó que Candy la bañara. A los pocos minutos entró Terry Jr. llorando y el perrito entró detrás de él.

-Terrence, ¿por qué lloras?

El niño no contestaba, sólo estaba llorando sin razón aparente. Candy respiró profundo y siguió en lo suyo. Recordó el anuncio de televisión que decía que la vida de padres era caóticamente hermosa. Estaban en lo cierto.

-Amy, ven aquí. Amy, por favor...

La niña se había arrinconado en una esquina de la ducha y se negaba a salir de allí mientras Candy sostenía la esponjita enjabonada en las manos.

-¡Amy! Obedece a tu madre.

Estalló la voz de Terry de pronto, sorprendiéndolos por su autoridad y la niña obedeció sin pensarlo dos veces. Estaba haciendo pucheritos porque su padre nunca le había alzado la voz de esa manera, la misma Candy estaba sorprendida, pero Amy estaba tremenda últimamente y había que hablarle con temple y carácter.

-Terry... pensé que te habías ido al hospital...

-Sí, pero se me quedó la cartera. Me detuvo un policía de tránsito. Ahora tengo una multa.

Le dijo con frustración, que abandonó un instante para cargar a Junior que le estaba extendiendo los bracitos.

-Tú no deberías estar aquí mientras tu hermana se baña, atrevido.

Le dijo al niño y él soltó una descarada carcajada cuando Terry lo alzó en el aire. Cuando Candy salió del baño con Amy, ya no había ni rastro de Terry. Vio a Marley comiendo su comida especial y a Terrence Jr. mirándolo comer con fascinación. Le abrió la puerta a Graciela que acababa de llegar.

-Ayuda celestial. Caes como anillo al dedo, Graciela. ¿Podría ocuparte del desayuno? Amy está imposible hoy.

Se quejó Candy mientras Amy hacía una mueca aún envuelta en su toallita. Candy tuvo que regañarla nuevamente hasta que al fin pudo vestirla. Ya sólo faltaba la maravillosa tarea de peinarla.

-¡Terrence! ¿Qué haces? ¡Dios! Hoy no es mi día.

El niño acababa de hacerse pipí encima. La miraba con la carita de haber metido la pata y Candy volvió a respirar profundo.

-Terrence... tú ya sabes ir al baño... ¿por qué me haces esto?

Dejó a la pequeña recién peinada sentada en la cama y fue al baño con el niño. Lo aseó y vistió en un santiamén. Cuando regresó por Amy, no quedaba ni rastro del peinado que le había hecho.

-¿Qué les habré hecho yo para que ustedes me paguen de esta manera?

Ya la frustración de Candy la estaba llevando al borde de las lágrimas. Aunque en realidad no era lo de los niños lo que la frustraba, su principal consternación era Terry. Y la salud de la abuela. Tan pronto dejara a Amy en la escuelita iría a verla.

-Amy, entra, la maestra te está esperando.

-¡No! Yo quero quedal en casa con Aciela.

La niña estaba en la puerta del salón y se negaba a entrar, retrazando a la pobre maestra. Ya Candy estaba a punto de reventar. Tenía que vestirse de paciencia. Amy estaba a falta de unas buenas nalgadas, pensó. Volvió a suspirar, conciente de que jamás sería capaz de pegarle a la pequeña. No repetiría los errores de su madre.

-Amy. Hazme el favor y entra ya. ¡Ahora!

Alzó la voz más de lo habitual, pero consiguió que la pecosita obedeciera. Ella partió con el alma destrozada, la niña se negó a darle un beso de despedida. Estaba resentida. Fue directo al hospital y se topó con sus suegros. Terry estaba con Stella. Era el único que a pesar de todo tenía las agallas para entrar al cuarto de cuidado intensivo y verla así.

-Louise, Richard. Yo me tengo que ir... Lamento mucho no haber podido ver a la abuela... Díganle a Terry que estuve aquí. Por favor... no se me derrumben. A la abuela no le gustaría verlos así. Yo misma, no soporto verlos así... No se rindan...

Les dijo Candy y los abrazó a ambos. Se dirigió entonces a la universidad. No tenía ánimo y prefería quedarse ahí ofreciéndole su apoyo a la familia, pero no podía descuidar los estudios en el último año y defraudar a Richard que ya estaba haciendo todas las gestiones necesarias para que se fundara el colegio. Puso su mejor cara y se dirigió a clases. Ahí al menos se encontraría con Lizette, no estaría de más algo de apoyo moral. Desde lejos la vio sentada en el lugar de siempre, leyendo una novela romántica mientras espera la hora para ir a clases.

-Y tuvieron chorrocientos hijos y vivieron felices para siempre.

-¡Candy! Boba. Aún no he llegado a esa parte.

Dijo Lizette cerrando el libro de pronto asegurándose de poner el marcador en la página que se quedó.

-¿Qué te pasa, Candy? ¿Discutiste con Terry?

-No exactamente...

Candy le relató a su amiga todo lo que la estaba atormentando. No pudo evitar llorar, necesitaba hacerlo. No lo hizo en presencia de Terry porque intentaba darle ánimos y en el hospital ante sus suegros hizo todo lo posible por contenerse, pero en ese momento ya no quería reprimirse más y lloró como una niña.

-Cálmate, Candy. Sé que es horrible. Sé lo devastador que es ver como se le va escapando la vida a alguien que amas... pero... no creo que esté todo perdido, al menos hay esperanzas de que se mejore...

-Es que... he visto partir a las personas que más he amado... y de verdad no quiero seguir perdiéndolas y además... Terry... Terry está ausente, malhumorado. Le grita a los niños... a mí y... ésto a penas está comenzando... no quiero ni imaginar lo que pasaría si de verdad la abuela llegara a...

-Shh. Ni lo digas, Candy. No puedes derrumbarte tú también, Terry te necesita, aunque ahora esté comportándose como un patán. No lo hace adrede... es una reacción involuntaria al dolor... te lo digo porque lo he vivido... tú misma sabes lo mal que traté a Archie en mis momentos de angustia y depresión...

Lizette la abrazó y de pronto Candy se sintió culpable por estar echándole sus problemas estando ella embarazada. Pero era su mejor amiga y no había nadie mejor que ella para entenderla. Que Dios la perdonara por ese pequeño acto de egoísmo, pensó y se quedó arrullada en el hombro de su amiga que le acariciaba el pelo con ternura.

-Bueno, Candy, ya es hora. Me gustaría quedarme aquí contigo todo el día, pero...

-No te preocupes. Gracias por escucharme y soportarme.

-Cuando quieras, bombón.

Le dijo sonriendo y cada una entró a su respectiva clase. Candy no se concentró para nada, estaba completamenta ida. En ocaciones texteó a Terry a escondidas, pero él nunca contestó haciendo que su angustia creciera más. Sabía que él estaba pasando un momento difícil, pero no era justo que la excluyera de esa manera.

-Candice, si la clase no le interesa y prefiere jugar con su celular, haga el favor de salirse.

Dijo el profesor y ella sintió una vergüenza profunda. Las lágrimas volvieron a estallar y todos, incluyendo el maestro la miraron desconcertados y apenados.

-Lo siento. Me voy.

Recogió sus cosas y se fue a la casa. Ya eran las dos de la tarde y tenía que buscar a Amy a las tres, ya que al parecer, no podría contar con Terry. Llegó a la escuelita en veinte minutos y montó a la niña rápido en el carro para irse a casa. Agradeció que Graciela estuviera con ellos, honestamente lo que quería era llegar y encerrarse en la tina para relajarse y no pensar en los problemas que amenazaban con desmoronarla.

-Candy... ¿está todo bien?

-Sí, Graciela... es que... necesito relajarme un poco... ¿podrías hacerte cargo de los niños? Por favor...

-Claro, Candy, para eso estoy aquí. Ven Amy. ¿Quieres gelatina?

La niña, más que contenta, siguió a la señora, pero entonces había un problema. Terrence Jr. llevaba casi todo el día sin ver a su mamá y quería estar con ella.

-Terrence... mami también te extrañó mucho. Ahora, tienes que quedarte jugando con Amy y Graciela para que mamá se pueda bañar.

-¡No! Quero ir con mamá...

-Pero es que mamá apesta... wácala, mami está fo.

Le explicaba al niño, pero era lo suficientemente listo como para no caer, Candy suspiró, no quiso desairar al niño, no después de lo seco que estaba siendo Terry con ellos desde el día anterior.

-Junior, mira... gelatina... ¿quieres?

-¡Elatina!

Graciela salvó a Candy y corriendo se fue a su habitación. Se deshizo de toda la ropa y la tiró en una esquina, se recogió el pelo completamente formando una dona y preparó la tina con todo lo necesario. Se sambulló ahí y cerró los ojos, como si así pudiera teletransportarse y olvidar el caos y estrés que estaba viviendo. Comenzó a recordar sus mejores momentos con Terry. Como había empezado todo. Los besos arrebatados que le dio antes de aceptar su amor por ella, sus celos... recordó su primera vez, lo mágico que fue y todas las veces y formas en que él la había amado. Recordó cuando la besó en los terrenos de la hacienda y le colocó el que sería su anillo de compromiso. Recordó las palabras que él le dijo mientras ella miraba la joya brillar en su dedo. "Contigo sí". Su mente siguió bajando en el tiempo y llegó al momento en que él dibujó en su panza la cara de una niña llorona y cuánto se divirtieron con eso. Aquella mágica navidad en que se reconciliaron y decidieron concebir a su segundo bebé. A Terry llenándole el vientre de besos y convenciéndola de tener otro bebé. ¿Y por qué de pronto todo eso estaba tambaleándose? Porque Terry siempre quería tragarse toda la angustia el dolor para él solo y no dejarse ayudar. Porque a pesar de todo, no le tenía suficiente confianza para dejar sus cargas en ella y no querer llevar todo el peso del mundo sobre sus hombros. No supo cuánto tiempo estuvo perdida en los recuerdos, así que se apresuró a terminar de bañarse y salir. Recordó a Graciela que se había quedado con los niños. Ya eran las seis y treinta de la tarde. Le dio vergüenza haber perdido la noción del tiempo y apenada fue escaleras abajo para indicarle a la pobre Graciela que podía irse. Cuando bajó, encontró a los dos niños bañados y empijamados, terminando de comer un cereal.

-Graciela, discúlpame... no me fijé en la hora es que...

-Tranquila, Candy. Los niños se portaron de maravilla. Y Marley también.

Aseguró ella viendo al juguetón cachorro andar por ahí olfateando todo. Se sintió miserable por no haber prestado atención al perrito en todo el día y lo cargó un rato.

-¡Papi! ¡Papi!

Gritaron los niños al ver llegar a Terry y fueron corriendo hacia él. Pero Candy se fijó en su cara de mal talante. Los niños no pudieron percibirlo y seguían pegados a él como pirañas.

-Ya, niños, vamos, sigan comiendo. Vamos, suéltenme.

Pero los niños no cedían, seguían prendidos de él y Terry caminó hasta la mesa con ellos pegados a sus piernas.

-Bueno, me voy. Buenas noches.

Se despidió Graciela dejando a la familia en lo suyo. Candy, reconociendo que Terry no estaba de humor, intentó quitarle a los niños de encima para que terminaran de comer y acostarlos.

-Junior, Amy, vamos. A terminar de comer para dormir. Vengan.

-¡No quero comel! ¡Déjame!

Dijo Amy malcriada y manoteando a Candy.

-¡Amy, obedece!

Gritó Terry desesperado y apartando a la niña no muy delicadamente. Junior también se asustó y ambos niños comenzaron a llorar.

-Terry... no tenías que hablarle así...

Dijo Candy consolando a la pequeña que no podía creer que su papá, su ídolo la hubiera reprendido así. Terry no dijo nada y le entregó a Junior.

-Vengan, niños, ya vamos a dormir.

Candy se los llevó y los acostó, afortunadamente se quedaron dormidos sin problemas. Luego bajó a la sala. Terry y ella tenían muchas cosas que aclarar.

-Terry, ¿dónde has estado todo el día? Te llamé muchas veces y te envié mensajes...

-Estaba por ahí.

-¿Por ahí? No pudiste al menos contestarme una sola vez para yo saber que estabas bien... he estado todo el día angustiada y...

-¡Ya estoy aquí! ¿Qué es lo que quieres?

Volvió a gritarle y la misma punzada de dolor por esa actitud congeló a Candy.

-Que dejes esa actitud tan hostil y hables conmigo. ¡Eso quiero!

-¿Actitud hostil? Claro, como no es tu abuela la que está muriéndose... qué fácil, ¿no?

Le espetó con sarcasmo y eso sí que fue una puñalada para Candy. Pudo percibir en su aliento algo de alcohol aunque él no estaba borracho, pero se notaba que había tomado.

-¿Fácil? ¿Crees que eres el único que está sufriendo? Aquí todos sufrimos, todos estamos angustiados y atormentados. Y no por eso estamos portándonos como patanes. ¿Crees que no me duele verte así? Estuve en el hospital, Terry. Vi a tu papá y a Louise destrozados. Tuve que animarlos y contener mi propio llanto. Me echaron de la clase, Terry. Ésto nos está afectando a todos.

-No es lo mismo. No son tu familia.

Eso fue otra bofetada para Candy. Sabía que no eran su familia genéticamente, pero los amaba como si lo fueran. Ellos la habían amado y cuidado como a una hija. No era justo lo que Terry le estaba diciendo.

-¿Cómo te atreves a decirme eso, Terry? Puedo entender que estés dolido, que tengas miedo, que te sientas impotente. Todo eso lo puedo entender. Pero lo que no puedo comprender es por qué te empeñas en herirme y dejarme fuera de todo. Soy tu esposa, Terry.

-Entonces, como mi esposa, quédate aquí cuidando a los niños y entiende que quiero estar solo.

Candy cada vez creía menos lo que escuchaba de boca de Terry. Él mismo se dio cuenta de lo cruel y machista que había sonado, pero no podía evitarlo. Se sentía acorralado.

-¿Te estás escuchando? No entiendo por qué me estás tratando así cuando lo único que quiero es ayudarte a pasar tu dolor. Lo que quiero es tar ahí para ti. A todos nos duele. También te necesitamos.

-Ayuda más el que no estorba.

-¿Estorbo? ¿Te estoy estorbando, Terry? Ya deja de actuar como un imbécil y...

Se le acercó de manera amenazante, perdiendo ya la paciencia.

-Este imbécil fue con el que te casaste. Te lo advertí muchas veces que yo no era bueno para ti, pero insististe en estar conmigo. Ésto es lo que soy.

Candy lo miraba con horror y los ojos llenos de lágrimas. Sus palabras le causaron una decepción inmensa.

-¡Eres un hijo de puta, Terrence!

Le gritó ya fuera de sí. Estaba profundamente herida. Sabía que ese no era Terry el que hablaba, sino su dolor y frustración. Sabía que luego volvería en sí y se arrepentiría de haberle dicho esas cosas, pero ya no pudo soportarlo más. Ella también estaba sufriendo y no iba por ahí desquitándose con quienes la amaban. Se quedó sin aire cuando él se le acercó más y la acorraló por completo en una de las paredes de la sala.

-Repite lo que me dijiste. ¡Vamos! ¡Repítelo! ¿Qué es lo que soy, Candice?

Sus manos la apretaban fuerte en la cintura. Sus ojos azules centelleaban rabia y pasión y los de ella desafío, desafío, dolor y pasión también.

-¡Hijo de puta!

Le gritó y le retuvo la mirada desafiándolo. Él la miró con intensidad y la apretó más fuerte.

-Tienes cinco segundos para dejarme solo o me convertiré en el hijo de puta que dices que soy. ¡Cinco segundos! Antes de que te empiece a coger aquí mismo.

Le soltó ya estando muy cerca de ella. Sus manos se deslizaban por sus pechos y le mordió los labios luego de un fugaz beso. Sus ojos nunca dejaron de verla con rabia, ni los de ella tampoco.

-No me voy a ir. ¿Quieres cogerme? Hazlo. Vamos. Soy tu esposa. ¿No quieres que cumpla con mis deberes conyugales?

Lo retó y lo miró más desafiante aún aunque por dentro temblaba. Tembló y vibró más cuando él le dio un beso tan fuerte que sus labios sangraron un poco. Ella le devolvió el beso con el mismo salvajismo. Dejó que él le rompiera la fina y delicada franelilla que ella tenía para luego ver cómo empezaba a devorar su cuello y pechos sin ninguna delicadeza. Ella le gemía en puro desafío, jamás se mostraría asustada o sumisa. De pronto él se detuvo. Como si hubiera vuelto en sí luego de despertar de un sueño.

-¡No puedo! No puedo, Candy. No puedo tomarte así. Lo siento... perdóname. Sólo quería que te alejaras de mí. Quería que me dejaras solo.

Comenzó a decir él llorando desesperado, se había dejado caer de rodillas a sus pies y le abrazaba las piernas. Ella sabía que Terry no culminaría ese acto atroz con ella y lo dejó a ver hasta dónde podría llegar.

-Terry... levántate, mi amor. Ven.

-No, Candy, déjame. Soy un miserable. Un miserable hijo de puta.

-No, Terry, eso te lo dije para que reaccionaras, ven aquí, por favor.

Lo guió al sofá y cuando él se sentó, ella se acomodó en su regazo frente a él, quedando como quien dice a horcajadas. Lo miró de frente y pudo ver todo el dolor que él quería disfrazar con su actitud tirana. Ella lo conocía, no podría engañarla tan fácil.

-Yo sé que te duele, mi amor. Sé que estás sufriendo, lo puedo sentir. No me dejes más fuera de tu vida. Confía en mí, por favor. Yo puedo cuidarte. Voy a estar contigo siempre. Me hiciste que te prometiera que no te dejara nunca... entonces... ¿por qué no me dejas cumplirlo?

-Lo siento mucho, Candy. De verdad. No quise lastimarte. Te necesito, te necesito mucho.

-Lo sé, mi cielo. Sé que me necesitas, nosotros también te necesitamos. No nos vuelvas a excluir así de tu vida.

Ella se acomodó sobre él de una mejor manera. A pesar de todo, su erección seguía ahí, ella podía sentirla. No lo estaba ayudando el que estuviera sentada a horcajadas sobre él y desnuda de la cintura para arriba porque él le había destrozado la camisilla. Era imposible se le bajara la erección teniendo los pechos de ella casi en la cara.

-Te amo, Candy. Nunca me escuches cuando te diga que te alejes, serán los momentos en que más te necesitaré junto a mí.

-Lo sé, mi amor, por eso estoy aquí. Ahora, quiero que olvides todo lo que pasó. Yo estoy contigo. Refúgiate en mí.

Ella lo comenzó a besar lenta y suavemente. Inventó muchas caricias con su lengua, la enredaba de manera creativa y ardiente en la suya. Puso las manos de él en sus pechos para que gozara de ellos mientras se frotaba de su erección, ansiaba liberarla para verla en todo su esplendor.

-Candy... ¿qué haces...?

-Dándote paz, mi amor. Deja que te ame, ¿sí?

Cuando ella liberó su erección de todo lo que la oprimía, se retiró las bragas y ella misma se intrujo su pene. A él se sorprendió que estuviera tan mojada. Ella se movía suave y en movimientos lentos, él la ayudaba impulsándola de las caderas, pero sólo un poco, la dejó que fuera ella quien lo guiara y se dejó llevar de los dulces besos que ella le estaba dando. Esa manera de hacer el amor era muy diferente, tenía algo muy especial y mágico.

-Quiero tus pechos, Candy. ¡Dámelos.

Ella se pegó más a él y le llevó la cabeza a uno de sus senos, se lo ofreció mientras seguía moviéndose sobre él y le acariciaba la nuca con las uñas.

-¿Recuerdas lo que me pediste ayer?

-¿El qué, mi amor?

Hablaban entre jadeos sin dejar de moverse, de besarse, tocarse y amarse.

-Me dijiste que querías otro bebé... ¿todavía lo quieres?

De pronto la idea excitó más a Terry y también recordó lo que le había prometido a la abuela. Ansiaba otro bebé, todos los que pudiera tener.

-Sí lo quiero, lo quiero ya.

-Entonces házmelo, mi amor. Házmelo ésta misma noche.

Esas palabras lo emocionaron y lo excitaron tanto, que dejó el ritmo lento y suave e impulsándola fuerte de las caderas comenzó a moverla sobre él se forma salvaje y arrebatadora, luego ella volvió a tomar el control para moverse sola y él le sostenía los pechos.

-Que rica estás... ohh

-¿Te parece? Ahhh...

-Sí, como para hacerte ésto toda la noche y todas las noches.

No se sabía cuál de los dos estaba más extasiado, no se distinguía entre una piel y la otra. Era imposible saber quién era quién cuando se hacían uno. Llegaron al climax juntos de manera desorbitante. Candy estaba tan aturdida que se dejó caer sobre él en el sofá y él se quedó abrazándola y acariciándole la espalda.

-¿Sabes que acabo de hacerte una niña?

-¿Una niña? ¿Por qué estás tan seguro?

-Ya lo verás en nueve meses.

Le contestó arrogante y la besó. Ahí estaba el Terry que ella conocía y amaba. Dio gracias a Dios de que estuviera de vuelta. Sonó el teléfono de la casa y ambos se incorporaron rápidamente.

-¿Papá? ¿Cómo dices? No te escucho bien...

Continuará...


¡Hola niñas lindas!

¿Qué les pareció este capítulo? Intenso, ¿no? Espero que les haya gustado, actualicé súper rápido. Bueno... ya sólo quedan dos capítulos más y luego pasamos al final y al epílogo. Ya estamos llegando al final. Quiero agradecerle a todas por sus palabras y su ánimo, en especial a las que me presionan en facebook para que me apure con los capítulos jejeje. Ya me dejarán su opinión con un review.

Todos sus comentarios han sido bien recibidos:

Mirna

Nercka

Lucy Luz

Shareli Grandchester

Prisiterry

Amy C.L

Betk Grandchester

WISAL

anaalondra28

esther

1997

dulce maria

Quisquillosa

ale samayoa

Ivonne

Dali

Zafiro Azul Cielo 1313

Bety granchster

kary fran clais

subuab: ¿Dónde te has metido, amiga? Ya estoy asustada.

Las quiero, princesas

Wendy