Tu mayor tentación

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 27 Aferrándose a la vida


En el hospital debía haber poca o ninguna señal. Terry no pudo entender nada de lo que Richard le había dicho por teléfono. Lanzó el teléfono al sofá, molesto.

-Terry, cálmate, cielo. Intenta llamarlo otra vez. Tal vez son buenas noticias...

Él volvió a intentarlo, pero cada vez que llamaba, era enviado directamente al buzón de voz. Estuvo a punto de lanzar el aparato contra el piso otra vez.

-No sé cuál es la mierda con la señal en los hospitales. Iré al hospital ahora mismo.

-Terry, tranquilízate. Ven aquí. Así de alterado no puedes salir, además nos dejarías a mí y a los bebés muy preocupados.

Ella lo besó y lo abrazó y entonces él se calmó. Se vistió nuevamente e incluso aceptó comerse el sandwich y el jugo que Candy le ofreció y ya en total tranquilidad se dirigía al hospital.

-Cuídate mucho, mi amor. Dile a la abuela que la queremos mucho.

-Se lo diré. Adiós.

Iba a salir apresurado sin mirar atrás, pero ella volvió a retenerlo.

-¿No le das un besito al bebé que acabas de hacerme?

Eso lo detuvo en seco e hizo que se sintiera un poco mal por la prisa que llevaba y la manera tan fugaz en que se había despedido de ella. Unas sensaciones de esperanzas e ilusiones inmensas lo invadió. Regresó a ella y así casi desnuda, se arrodilló abrazando su vientre y se lo llenó de miles de besos. Olvidó por un momento todo su apuro y se quedó así por unos minutos con ella.

-Sé que el bebé ya esta aquí. Es una señal, una esperanza de que ella se pondrá bien para que pueda conocerlo.

-Claro que sí, mi amor. Estoy segura de que tu bebé ya debe estar creciendo aquí. Me has hecho muchas trampas.

Él le sonrió con malicia porque era cierto. La había engatuzado muchas veces para no cuidarse y en el fondo, ella no deseaba que lo hiciera. Terry se fue al hospital, pero estaba en paz, dispuesto a enfrentar lo que fuera. Candy le había dejado un valor increíble, había renovado sus esperanzas y él entendió que con sus actitudes podía perder lo más bello que tenía en la vida. Que aún si Dios decidía llevarse a su abuela, aún la tenía a ella y a sus hijos, a su familia y por ellos debía continuar. Llegó al hospital y se estacionó, antes de bajarse y entrar respiró profundo varias veces y puso su mejor cara. Enfrentaría todo con optimismo e incluso mantendría la fe y la esperanza en sus padres aunque él mismo estuviera andando por el camino de la incertidumbre.

-¡Terrence! Gracias a Dios. Pensé que no llegarías nunca.

-Es que no logré entender nada de lo que dijiste. Vine para acá a ciegas. Perdón, Louise, no te saludé.

Se disculpó y le dio un beso en la mejilla y luego abrazó a su padre. Notó que a pesar de todo, se veían... ¿contentos?

-¿Cómo ha seguido la abuela?

-Despertó. Aún está en cuidado intensivo, pero... despertó.

Terry aún no reaccionaba ni articulaba palabra. Era como si no estuviera seguro de lo que había escuchado.

-¿Despertó? Entonces está bien... va a estar bien... ¿verdad?

-Eso podrás averiguarlo por ti mismo. Fuiste el primero por quien preguntó. Quiere verte.

Terry no esperó más y fue casi volando a la habitación de su abuela. Cuando llegó, esperó verla despierta esperándolo, pero no fue posible. Se acercó a su camilla y la vio dormida, pero al menos esta vez su semblante había dejado de ser moribundo, ahora tenía su habitual expresión de dulzura y picardía. Terry sonrió con los ojos aguados.

-Abuela, estoy aquí. ¿No me habías mandado a llamar? Eso no se vale, dejarme plantado. Yo ya comenzé a cumplir contigo. Ya encargué a la niña que te prometí y... ¿sabes qué? Lo hice sin tu ayuda. Convencí a Candy yo solito.

Terry pudo jurar que su abuela le sonreía. Se quedó observándola y tomó su mano con la esperanza de verla reaccionar. De que sus ojos se abrieran y lo volvieran a mirar con ese amor profundo.

-¿Sabes qué comí hoy? Un miserable sandwich de jamón y queso. Sí, porque tú te empeñas en seguir durmiendo mientras Candy me alimenta de puras porquerías. Creo que ya no me quieres, no puedes quedarte aquí como si nada mientras morimos de hambre. Parece que quieres tener una nieta flaca y desnutrida. Y yo que pensaba enviarte a Candy para que la cuidaras a ella y la la bebé.

Terry hacía de todo por traerla de vuelta. Aunque ella no le contestara, deseaba que sus palabras llegaran a ella. Que supiera cuánto él la amaba y la extrañaba.

-No puedes hacerme ésto, abuela. Sabes que estamos todos perdidos sin ti. Sin tu luz no somos nada. Nisiquiera somos capaces de comer si tú no estás. Por favor despierta para que me abrazes otra vez. Quiero volverme a sentar contigo en el porche a ver el atardecer y que me cuentes todos los chismes de los vecinos. Quisiera estar ahí, tú y yo, tomando tu delicioso café y que toda la casa se llene con el olor de tus galletitas.

Terry se sentó a su lado en la cama. Se puso a llorar como un niño y acomodó su cabeza sobre ella.

-No me dejes, viejita. Si lo haces no tendré quien ría mis gracias, ni quien me ayude a molestar a Candy. ¿Con quién voy a compartir mis impertinencias a la hora de la comida? Despierta, por favor... te necesitamos.

Ya no dijo nada más. No pudo. Dejó rodar sus lágrimas, su vida entera. No le importó mostrar su vulnerabilidad. Lloró incluso con sollozos. El amor por su abuela tenía la magia de devolverlo a la niñez. No era el hombre duro que siempre aparentaba, toda su rebeldía lo había abandonado. Cerró los ojos y recordó cuando ella lo mimaba, cuando en el banco grande del porche él se acostaba con la cabeza apoyada en su regazo y ella lo adormecía con sus maternales caricias en su pelo. Tanto deseó que eso estuviera ocurriendo que pudo sentirlo. Su deseo era tan fuerte que juró sentir los dedos de ella entrelazados en su cabello. Sintió que se le erizaba la piel. Todo parecía tan real. Apretó los ojos para no abrirlos, tenía miedo de que al hacerlo, esa sensación desapareciera para siempre.

-¿Ahora quién es el dormilón?

Terry fue abriendo los ojos lentamente. Juró haberla escuchado. Se incorporó de pronto y su cara brilló con una luz que se pudo percibir, como un halo celestial y divino. Vio a los ojitos marrones y risueños que lo miraban con su peculiar picardía. No lo había imaginado, no lo había soñado, no era una ilusión. Fueron las manos de su viejita las que lo acariciaban.

-¡Abuela! Abuela... Pensé que estaba soñando. ¡Despertaste!

Terry tenía la emoción y el asombro de un niño. Estaba riendo después de tanta angustia. Estaba riendo y llorando a la vez.

-¿Y cómo no iba a despertar si no te callabas?

No sólo había despertado, su personalidad también había regresado con ella. Esa era su abuela, no la que yacía hace dos días sin emoción y con dolor.

-Nos diste un susto de muerte, vieja sinvergüenza.

-¿Ah sí? Tal vez fue la única forma de llamar tu atención y te acordaras que yo existo. Ni me visitabas.

-Abuela, no digas eso. Siempre íbamos todos los meses a verte. Además, sabes que habíamos estado muy ocupados con la nueva casa y los niños...

-¡Bah! ¡Pamplinas! ¿Vas a darme un beso o tengo que volver a morirme?

-Eso no lo digas ni de broma.

Terry le dio tantos besos que por poco la gasta. Ella a pesar de tener tanto ánimo, no tuvo fuerzas suficiente para sentarse y Terry la regañó sólo por intentarlo.

-Te amo, vieja.

-¿Vieja? ¡Vieja será tu abuela!

Terry la miró levantando una ceja y haciendo un gesto burlón por la ironía.

-¿Mi abuela?

-Tu otra abuela.

Ambos estallaron en risas. Sus carcajadas atrajeron al doctor y a la enfermera y Terry tuvo que salir del cuarto para que Stella fuera atendida y tomar las debidas precauciones. Terry partió de ahí con una alegría inmensa. Con ganas nuevas de vivir. Con todo su ser renovado y redecorado.

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Dos meses después

-Siempre te sales con la tuya, Terry.

Candy miraba su análisis de embarazo positivo. Ocho semanas exactamente. La alegría y la paz habían regresado. Esperaban al nuevo ser con mucha ilusión y alegría. Los pequeños estaban emocionados, especialmente Amy.

-¿Y cuándo va llegar bebé? ¿Se perdió el pajarito?

Preguntó la pecosita desesperada, pues le habían dicho unas semanas atrás que pronto tendrían un hermanito, pero en la cabecita de la niña no entraba que pronto fueran nada más y nada menos que siete meses.

-Tienes que esperar a que crezca un poco más. Cuando esté bien grande la panza de mamá, así, como éste globo, entonces llegará el bebé.

Candy se reía mientras cargaba a Junior que era el más apegado a ella y no la dejaba ni a sol ni a sombra. Estaban en el salón de juegos y Amy se encontraba en el regazo de Terry.

-¿El pajarito lo deja en la panza de mami?

Una carcajada salió de la boca de Terry. Bendijo a los niños y su mágica inocencia. Era lo mejor de la vida. Sin duda.

-Sí. Lo deja en la panza de mami cuando está muy chiquito, cuando se ponga grandote y ya no quepa dentro de mami, saldrá a jugar con ustedes.

-¿Y cuándo vino el pajarito que no lo vi?

Terry suspiró. Amy era igual a su madre. No se le escapaba nada.

-Vino por la noche, cuando estabas dormida, pecosa preguntona. Y no es el pajarito, es la cigüeña.

-La chibueña.

Y fue Candy la que se rió. Amy era increíble. ¿Cómo no amarla? Con la autoridad de Terry, la pecosita estaba comportándose mejor, ya que sólo a él lo respetaba. Era malcríada e insolente como Candy, pero con un sentido de persuasión increíble como el de Terry.

-Pero ya no te desesperes, Amy. Tienes a Terrence para que juegues en lo que llega el bebé.

-¡No quiero Terrence!

Terrence volteó a verla, pero no le hizo caso a lo que dijo. A sus dos añitos y medio, poco podía importarle ese comentario. Candy suspiró resignada.

-Dámelo. Eso no tuyo. E mio.

-Yo tenía primero.

Se desató una guerra por uno de los camioncitos de Terrence Jr. Siempre era así. No le hacía caso a sus cosas hasta que veía que otro niño lo tomaba.

-Candy, vamos a ir a comer helados. Amy y Junior no quieren. ¿Los dejamos aquí con Graciela?

-¡No! Yo quiero helado.

Heado!

Los dos chiquillos olvidaron el camioncito y salieron disparados junto con sus padres en caso de que de verdad fueran a dejarlos. Candy y Terry los llevaron a Cream Land. Una heladería que contaba con columpios y muchas máquinas de juegos para todas las edades. A parte de que los helados eran exquisitos.

-¿De qué quieres tu helado, Candy?

-Eh... pues... pídeme un Banana Split, que una bolita sea de vainilla, la otra de fresa y la otra de pistaccio. Diles que a la banana le echen syrup de fresa por encima y que las bolitas de helado tengan maní.

Terry se quedó tratando de procesar toda la infomación del helado de Candy. Pensó que hubiera sido más sencillo haberles preguntado a los niños.

-Terrence, Amy, vengan aquí. Díganle a papá de qué quieren su helado.

Los niños fueron corriendo, abandonando los juegos y fueron hacia el cristal que mostraba toda la variedad de helados. Terrence pegó la carita en el cristal.

-¡Terrence! Eso tiene microbios. ¡Dios!

Candy pegó el grito al cielo cuando su querido hijo lamió el cristal. Agradeció que fuera un niño sano.

-¡Amy! Acabo de regañar a tu hermano y tú haces lo mismo.

La niña se quedó mirando a otra parte con carita de yo no fui y Candy estaba bastante molesta. Terry estaba más tranquilo, de hecho, disimuladamente estaba riéndose.

-¿Y te ries, Terry? ¿Te ries? A ver cuánto te vas a reir si se enferman y terminan en un hospital.

-Mi amor, mira, ya salió tu helado. Mira, qué rico. Banana, ummm. Come, cielo. Endúlzate la vida.

Terry la arrastró a la mesa y le dio su helado, como diciendo que se vaya con su amargura a otra parte. Él se quedó con los niños decidiendo aún qué perdir.

-Hey, mira, señol, yo quiero helado del rosa y el amalillo.

El empleado tuvo que reir al ver al duendecito Amy pidiendo. La pecosita era todo un encanto. Lo gracioso era que Amy al ser un poco bajita para su edad, el empleado tenía que bajar bastante la vista para verla.

-¿Y tú cuál quieres, Junior?

-¡Ese!

Señaló uno azúl con rosa. Terry leyó el sabor en la pequeña etiqueta. "Goma de mascar". Sólo un niño pediría eso, pensó. Para él ordenó un sundae de caramelo con maní y luego fue a la mesa con los niños desesperados por su helado que por poco hacían que se cayera.

-¿Ya acabaste?

Terry miró con asombro cómo Candy luchaba por tomar un par de maníes que quedaban en el platillo. No perdonó nada. Su bebé sería un goloso, pensó.

-Eh... sí, es que estaba delicioso. ¿Me pides otro?

Volvió a mirarla con los ojos abiertos como dos pesetas. ¿Cómo lograba mantenerse en forma aún embarazada?

-Candy... ¿no crees que estás exagerando un poco? Es demasiada azúcar. Además, te puede dar dolor de estómago o náuseas.

-Sí... es verdad. ¿Me das un poquito del tuyo?

Terry terminó dejándole su helado a ella y se pidió otro para él. Los niños cuando terminaron fueron directo al área de juegos y desde la mesa, sus padres podían verlos y escuchar sus risas. Hasta que llegó un momento en que no se escuchaban reir. Alguien lloraba y discutía.

-Déjame, Terrence.

-¡No! Ven. ¡Tú no toque Emy!

Terry fue averiguar qué pasaba y por qué su hijo estaba tan molesto y llorando.

-¿Qué pasa, Junior?

-El nene. Nene está gugando con Emy.

-Es que yo estaba juegando con ella, pero él pelea...

Explicó el niño de unos cinco años, que sólo estaba siendo amigable, pero Junior no quería que tocara a su hermana. Terry respiró profundo. Su hijo a tan corta edad y sufriendo esos celos terribles.

-Terrence, aquí vinimos a jugar. Tienes que jugar con todos los niños. Si no juegas o no dejas jugar a Amy, nos vamos a casa. ¿Quieres ir a casa ya?

-¡No!

Respondió y se fue a jugar ignorando a Amy y a su nuevo amigo. Terry sonrió y regresó a Candy.

-¿Cuál era la pelea?

-Junior no quería que un niño jugara con Amy. Lo de siempre.

-Ah... no quería que jugaran con su hermanita...

-Candy, no empiezes.

Y la miró retándola a que continuara con alguna insinuación sobre lo parecido que eran él y su hijo.

-¡Terrence! Dios, mira dónde está subido tu hijo.

Terry fue a bajar al niño de la parte de arriba de un tobogán porque intentaba deslizarse de pie.

-Bueno, ya fue suficiente. Nos vamos.

-¡No! ¡No quiero!

Lo desafió Amy y se giró para seguir jugando, pero Terry la sostuvo del bracito.

-¿A dónde piensas que vas? ¿Qué te he dicho de no hacer caso? Cuando lleguemos a casa, vas a dormir inmediatamente.

-Noooo... dormil no...

-Dormir sí. Usted se lo buscó, malcríada. Ven, Junior.

Junior como ya estaba aburrido de jugar, no puso objeción alguna, pero Amy estaba haciendo tremendo berrinche y lloraba como si la estuvieran matando. Terry estaba molesto y Candy se acercó en su ayuda porque la pecosita estaba imposible. Era berrinchuda como Candy y voluntariosa como Terry.

Llegaron a la casa y en el camino Amy se hubo calmado, pero seguía con la carita de pocos amigos. Candy seleccionó sus pijamitas rápidamente y les dio un baño flash. Cuando estuvieron empijamados, fueron a la cocina donde Terry los estaba esperando para darles macarrones con queso. Brincaron de la alegría con el menú.

-Ahora, a lavarse los dientes y a dormir. Ya mami y papi están muy cansados.

Ellos también lo estaban porque ninguno de los dos se quejó. Terry fue acostar a su hija, una manera de hacer las paces con la pequeña para que no se durmiera resentida por haberla regañado. La pecosita era rencorosa y orgullosa.

-Mi amor, Junior se durmió hace rato.

-Ah, sí... No me di cuenta.

Candy estaba en una butaca de la habitación con el niño en brazos. No se dormía si no era así. Pronto tendría que acostumbrarse a irse directamente a la cama.

-Ya tienes que ir desacostumbrándolo.

-Sí, lo sé, pero es que... se ve tan lindo. Es adorable.

Candy contemplaba al niño con adoración. Dormidito en su pecho con su pelito castaño alborotado, una copia exacta de su amor.

-Lo tienes engreído.

-También a ti y no veo que te quejes.

Candy le dio un besito cuando él se acercó para quitarle al niño y llevarlo a su habitación. Después de arroparlo y darle un besito en la frente, Terry volvió con Candy. Entró sin que ella se diera cuenta y la vio desnuda observándose en el espejo. Se ponía en diferentes ángulos y examinaba su cuerpo. La vio tocarse los senos, como notando que habían vuelto a ponerse llenitos y que estaban más grandes. Se fijó cómo se apretaba las nalgas y las caderas, buscando celulitis invisibles, acomplejándose por nada y a Terry le parecía divino esos momentos "incómodos" de las mujeres. Vio también cuando acercó su cara un poco más al espejo para acabar con un barrito que le había salido en la frente, según ella, porque Terry no le veía nada. Por último, vio cuando ella se palpaba el vientre que estaba casi plano aún. Se le fue el alma al ver que dejó de palpar para comenzar acariciar a su bebé y sonreía ante su propio reflejo.

-¿Te he dicho lo hermosa que eres?

Él se le paró detrás abrazándola por la cintura y colocando sus manos en su vientre sobre las de ella. Se quedó mirando el reflejo de ambos en el espejo y ella le sonreía. Parecía una imagen celestial, divina.

-¿Y yo te he dicho cuánto te amo?

Respondió girándose hacia él y rozando su nariz con la suya.

-Sí. Muchas veces. Hasta sin palabras.

La abrazó fuerte, tan cálido, tan posesivo. Se sentó en la butaca con ella en su regazo y se dedicó a consentirla. A darle muchos besos en el pelo y en el cuello. Le acariciaba la espalda, los brazos, el vientre, los muslos.

-Desde ese primer beso que te robé, me lo dijiste. Cuando tu boquita inocente quiso seguirle el juego a la mía. Cuando juraste que me enseñarías amarte. Era porque ya tenías tanto amor que podías mostrarle al mundo cómo se ama. Me lo dijiste la primera vez que tuve este cuerpecito desnudo, dejándose amar ciegamente por mí. Porque siempre me has seguido hasta el final y ese empeño en hacerme papá. Tú eres mi ángel. Me has salvado de tantas cosas. De la amargura, de la soledad. Yo no sé que haría si no estás. A veces... quisiera fundir tu alma en la mía para que no puedas irte jamás.

Candy sintió ganas de llorar por la hermosa declaración. Porque el infierno había pasado ya, porque el verdadero Terry estaba de vuelta y su abuela estaba tan fuerte como un roble nuevamente. Porque estaba viviendo lo mejor de sus días junto al hombre que amaba y que la amaba, estaba segura. Era feliz con su vida, con sus bebés y con la vida del nuevo ser que crecía en su interior. El fruto de su gran amor por Terry. Otro pedacito de los dos germinando dentro de ella. No había en el mundo milagro más grande que ese. Jamás volvería a saber lo que era un amor no correspondido porque Terry le había devuelto con creces la felicidad de todos los años que lo había amado en silencio.

-Terry, tú siempre serás mi primer amor, mi único y verdadero amor. Y yo siempre fui tuya. Lo de nosotros ya estaba escrito.

Ante esas palabras, era imposible que la pasión no apareciera para sellar el momento especial que habían compartido. Sus labios fueron buscándose, acercándose. Sus manos comenzaron a explorarse como si fuera la primera vez. Siempre había una caricia nueva, algún rincón que no había sido tocado jamás. Porque el amor y el deseo siempre encontrarían mil formas de amarse y fundirse en uno mismo. Sus pieles eran quemadas al tacto y sus labios eran capaces de besarse hasta el alma. Podían meterse en el ser del otro y amarse por dentro. Sus cuerpos podían danzar hasta destilar pasión y quedar sin aliento.

-Nunca, mi amor, nunca te dejaré fuera de mi vida, en ningún momento. Ahora mi vida serás tan sólo tú. Sin ti no soy nada. Nunca, por favor. Nunca te vayas sin mí. Nunca dejes que me vaya sin ti, así tengas que pasar por encima de mí.

Hizo que se pusiera sobre él y que sus piernas se abrazaran a sus espalda. Necesitaba hacerle el amor porque eso le traía paz. Era su manera de sentirse completo. Pudo entrar en ella con facilidad y cada vez que se hundía en su interior, era como descubrir su propio lugar en el mundo. Donde pertenecía y sería por siempre cobijado del frío que dejaba la soledad.

-Estar así contigo me encanta. Nunca dejes de hacérmelo. Nunca.

La manera en que se movía sobre él era alucinante, sus palabras susurradas en el oído. Esa manera con que se entregaba. Dejándole todo, hasta su vida. No pensó que fuera posible entregarse más.

-Nunca, amor. Nunca dejaré de hacerte mía hasta mi último aliento.

Llegaron al climax juntos en una de las entregas más hermosas que pudiera existir.

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Amanecieron como de costumbre, uno en brazos del otro. Su caótica rutina de preparar a los niños en la mañara. El trabajo de Terry y también el intenso último año de universidad de Candy.

-Vamos, Candy, al menos apaga la bendita alarma.

El sonido estaba volviendo loco a Terry, pero Candy ni se movía. Un sueño súper profundo como siempre, pensó Terry. El reloj despertador quedaba del lado de ella y él tuvo que pasar el brazo sobre ella para callar el estridente e insistente sonido.

-Candy... ¡Candy!

La llamaba, pero a penas hacía unos movimientos leves, como nos quejidos, sin abrir los ojos.

-Terry...

Murmuró con la voz apagada, demasiado apagada, pensó Terry.

-No me siento bien, mi amor... podrías encargarte de los niños tú...

-¿Qué te sientes, amor?

-Es que... ¡Ay! Terry... me duele...

-¿Te duele? ¿Qué te duele? ¡Candy!

Vio que que se estaba yendo, como a punto de desmayarse. Le quitó la sábana que la cubría...

-¡Dios! Esto no puede estar pasando.

Continuará...


¡Hola niñas lindas!

No vayan a quererme matar por éste capítulo. Todo tiene su explicación. Además, ¿cuándo las he defraudado? Ya sólo falta un último capítulo, luego pasamos al final seguido del epílogo. No se asusten ni se hagan prejuicios apresurados, hay que guardar un poco de emoción para el final.

Espero que tengan una excelente noche. Espero sus reviews.

Wendy