Tu mayor tentación
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 28 Luz en la oscuridad
Candy sólo se quejaba de que le dolía y se agarraba el vientre. Terry estaba desesperado, asustado. Al fin pensaron que tenían un respiro, no podía ser cierto que eso les estuvieran pasando.
-Candy, voy a llevarte al médico. Avisaré a Graciela que se encarge de los niños. No te muevas, por favor, déjame vestirme.
-No, Terry, al hospital no... ¡Ay!
-¿Cómo que no? Claro que voy a llevarte al hospital.
-Es que...
-No está a discusión, Candice. Voy a llevarte al hospital ahora.
Terry se vistió lo más pronto que pudo, nisiquiera supo la combinación que eligió. Se puso los primeros zapatos que encontró y nisiquiera se peinó. Le avisó a Graciela y los pequeños que no entendían nada de la situación, estaban llorando desconcertados.
-Vamos, Candy. ¡Oh no!
Cuando Terry fue a cargarla, vio que había sangrado. El alma abandonó su cuerpo por varios segundos. La tomó en brazos y pudo jurar que estuvo en el hospital en menos de diez minutos.
-Necesito al doctor. ¡Pronto! ¡Es una emergencia!
Llegó gritando a sala de emergencia con Candy aún en brazos doblándose del dolor. Al fin llegaron dos enfermeros para colocarla en la camilla y fue llevada directamente al área de maternidad, aunque no estuviera de parto, todo lo relacionado a embarazos tenía que atenderse ahí.
-Señor, usted no puede estar aquí. Debe esperar en la sala, le avisaremos.
-¡No voy a ir a ninguna parte! Y escúcheme bien, si la deja morir, vendré aquí a matarlos a todos.
Terry estaba fuera de sí, no razonaba. Seguridad tuvo que llevarlo al área de espera. Terry comenzó a llorar nuevamente. Se sentía culpable de que Candy estuviera así. Se recriminaba que su insistencia y su comportamiento la llevaron ahora a estar mal. Temía por ella y por el bebé que esperaban con tanto cariño.
A Candy le habían aseado y le habían puesto la bata de hospital. Le dieron algo que le aliviaría el dolor, pero le haría sentir mareada. Una enfermera y el doctor estaban con ellas.
-Candice, ¿puedes escucharme?
-Sí... sólo que estoy mareada...
-Es normal por el medicamento que te dimos. ¿Aún te duele?
-Ya no tanto... Dígame la verdad, doctor... ¿voy a morirme?
El doctor se quedó mirándola con gesto indescriptible. La enfermera también y las lágrimas de ella comenzaron a salir. El doctor se puso sus guantes y la examinó por dentro. Se quedaba callado y seguía examinando, Candy no podía adivinar ninguna posibilidad de nada porque el doctor permanecía excéptico.
-¡Hablen! Díganme cómo está mi bebé. Por favor... díganme que no lo perdí.
Empezó a llorar como niña, iba incluso a sentarse bruscamente, pero estaba tan mareada que se fue hacia atrás nuevamente.
-Candice, el cuello aún está cerrado, señal de que aún no se ha presentado ningún aborto. Eso no quita que aún esté la amenaza presente. El sangrado puede significar una amenza de aborto en la mayoría de los casos y en otras no representa ningún daño, a veces se sangra un poco en los primeros meses.
-Pero... pero es que yo... ya tengo dos hijos y nunca me ha pasado eso... ¡no puede ser!
-Cada embarazo es diferente, Candice. Por el momento, no hay aborto, tranquilízate, no te ayuda estar así, te puede subir la presión y sería menos conveniente aún. Voy a ordenarte un sonograma ahora para que podamos ver a tu bebé y si todo sigue bien.
Aún tenía esperanzas, pensó Candy. Sólo pedía una oportunidad para su bebé. Terry se lo había pedido con tanto deseo e ilusión y ahora ella estaba dándole otro susto. Empezó a experimentar culpa por alguna razón.
-¿Y cuándo será el sonograma? Quiero ver a mi bebé ya. Necesito ver que está bien.
Empezó a entrar en crisis y el doctor y la enfermera comenzaron a desesperarse. No querían que le subiera la presión y todo se empeorara.
-Lo verás pronto, Candice. En unos minutos. Pero, por Dios, cálmate. No ayudarás en nada a tu recuperación si no te calmas.
Ella se tranquilizó, entendiendo que no quería complicar las cosas o que su bebé pagara las consecuencias de su imprudencia.
-Doctor... ¿puedo ver a mi esposo?
Preguntó con la carita suplicante y llena de tristeza, el doctor realmente se conmovió aunque no lo mostró. Pero las reglas eran las reglas y él no podía pasar sobre ellas.
-Candice, sabes que eso no es posible... Hasta que no te hagamos todos los análisis no podemos dejar pasar a nadie aquí. Pero... no te preocupes, yo mismo voy a informarle cómo estás.
El doctor salió para dar la órden del sonograma de Candy y en el camino se topó con Terry abruptamente. Nada más verlo, Terry lo acorraló y le exigió respuestas.
-¿Cómo está ella?
-Tranquilo. Ella está estable... aún tenemos que hacerle unas pruebas para...
-¿Y el bebé?
Lo interrumpió alzando más aún la voz. El doctor respiró profundo, estaba acostumbrado a lidiar con esos casos. Era humano.
-Hasta ahora no ha habido aborto. Vamos hacerle un...
-¿Hasta ahora? Osea... ¿que puede perder el bebé en cualquier momento?
-Tranquilíceze, señor. Es demasiado pronto para afirmar eso. Le haremos un sonograma para ver cómo sigue el bebé. Es todo hasta el momento, señor.
Fue lo último que dijo el doctor y se marchó a seguir haciendo lo que debía hacer. Terry se sentía totalmente impotente e insignificante. Nunca podía salvar a quiénes más amaba. Siempre tenía que verlos sufrir sin poder hacer nada. Caminó hacia un lugar a parte. Se quedó mirando a travez del cristal de la ventana, hacia el vacío. Perdido en sus pensamientos.
-Todo esto es mi culpa. Por mi maldita necedad. Estábamos bien y yo... tuve que insistirte con ese bebé aún cuando tú no te sentías preparada... No me dejes, amor... no podré perdonarme si te pasa algo por mi culpa...
Estaba pensando en voz alta, agradeciendo su soledad. Sus ojos seguían fijos en el vacío. Lo comenzaron a invadir los recuerdos. Candy abrazándolo la primera vez que durmieron juntos... los primeros besos que se dieron. Candy recibiéndolo en la puerta cuando él llegaba, la forma en que le brincaba encima como una niña y colgaba sus piernas en su cintura. Ella apretando su mano cuando él se sentía asustado e inseguro... cuando lo dejaba dormir sobre ella con el pretexto de cuidarlo. La primera vez, esa entrega dónde pudo sentirla a plenitud, que pudo explorar cada rincón de su cuerpo, despertar y compartir toda la pasión que llevaba adentro. Sus discusiones, los celos. Las nalgadas que le dio una vez por insolente y su carita indignada y avergonzada. Todas las veces que el deseo y la rabia los llevaron amarse desenfrenadamente sobre la hierba. Su primer bebé, todas las atenciones que le dio a esa panza, fue testigo de la hermosa transformación. Su cumpleaños, la sorpresa que ella le dio... recordó lo hermosa que estaba aún embarazada, la forma en que hicieron el amor... el nacimiento de Junior... y ahora... ahora sentía que estaba perdiéndola nuevamente.
-Buenos días, Candice. A ver... levántate la bata, cariño. Así, muy bien.
Había llegado el momento del sonograma. Ella se puso realmente nerviosa. Le pidió a Dios que todo estuviera bien. Su bebé no merecía morirse cuando a penas estaba comenzando a formarse. La técnica le untó el gel para deslizar los sensores sobre su vientre, estaba muy metida en lo suyo sin imaginarse el debate mental de la pobre Candy.
-¿Éste es tu primer bebé?
Le preguntó sin mirarla mientras seguía pasando los sensores y viendo hacia el monitor.
-No. Éste es mi tercero.
Ahí la joven que la atendía la miró, sólo fue por unos segundos para continuar en lo suyo y hablarle sin mirarla.
-¡Niña! Y yo que aún no empiezo. Tendré que donarte mi televisor a ver si intercambiamos papeles.
Aunque fugazmente, Candy sonrió y la joven que la atendía se alegró por eso. Pudo ver la luz que irradiaba ella. Aunque sólo fuera por unos segundos la vio.
-Todos me dicen eso...
-Seguramente. Bueno, chica... tu bebé...
-¿Está bien? Dígame lo que sea, estoy preparada...
-¡Niña, por Dios! Tranquila. Tu bebé está perfectamente. Creciendo saludable y a pasos agigantados. Agradece por eso, pequeña y no te frustres más.
Candy sintió que la vida le había sido devuelta y lloró, lloró agradecida. Vio que la joven también lloraba, pero había algo en ella que Candy no podía definir. El llanto de ella no era de emoción, sino de tristeza, sus ojos casi negros eran bastante melancólicos.
-Lo siento. No quise contagiarla con mis emociones. Es que... pensé que lo había perdido...
-Pues ya ves que no, querida. Dentro de unos meses más estará contigo volviéndote loca.
-Sí... ya quiero que nazca. Usted tendrá el suyo pronto también. Luego le regresaré su televisor.
Dijo Candy con su hermosa sonrisa, pero a la joven el comentario la apagó y Candy se arrepintió de haber abierto la boca.
-Sería maravilloso. Pero yo no puedo... tú tenlos por mí.
-Lo siento... yo no pensé que...
-No te preocupes. No es del todo imposible. Pero cada vez uno va perdiendo las esperanzas.
No era ético que ella le contara sus cosas personales a una paciente, pero de pronto sintió la necesidad de soltarlo. Además Candy no la conocía, a veces era más fácil desahogarse con un extraño que con un conocido.
-Bueno, Candice, te dejo. Tengo que entregarle los resultados a tu doctor. Ha sido un placer conocerte.
La chica se marchó dejando a Candy acostada en su camilla y con un millón de pensamientos. Sintió más ganas de agradecer a Dios por la dicha de ser madre, por tercera vez. Se sintió aliviada por saber que su bebé estaba bien, que había esperanzas para él o ella. No le importaba su sexo, cualquier bebé sería bienvenido, el simple hecho de que fuera de Terry hacía que lo amara con una fuerza inquebrantable aunque tuviera que dar su propia vida por él.
-Candice, ya estamos aquí con tus resultados. ¿Cómo te sientes?
-Pues... bien porque mi bebé está bien, pero... aún me duele un poco la panza y el sangrado...
-A eso vamos ahora. Los resultados de tu sonograma salieron perfectamente, tu bebé está en perfectas condiciones. En cuanto al sangrado, como te dije, a veces es normal y no es un flujo muy abundante. Pero... escúchame bien. Vas a estar en reposo dos semanas completas, en pleno reposo, lo más en cama que puedas, nada de fuerzas, nada de quehaceres, nada que requiera ningún esfuerzo físico. No quiero que vayas a recaer y aumente el sangrado. Se te irá quitando poco a poco. Ah... y en esas dos semanas, sólo por prevenir... nada de relaciones sexuales.
El doctor la miró con picardía por la cara que ella puso y porque su puso roja como una cereza. Aunque a ella no le importaba nada con tal de saber que su bebé estaba bien.
-¿Y en cuánto al dolor...?
-¿Aún te duele?
-Ya no... se me quitó.
-Bien. Habías dicho que era en el estómago y no en la parte baja del vientre, ni tampoco sentiste dolor en el área vaginal... tal vez fue algo que comiste y te cayó mal. Créeme que el dolor de un aborto es mucho más fuerte.
Entonces Candy recordó todo el helado que se comió exageradamente. Ahí estaban las consecuencias. Terry se lo había advertido. Ahora sería capaz de no darle ni un caramelo, conociéndolo.
-Bueno, Candice. Ya que todo está bien, te quedarás en observación por hoy nada más. Vamos a trasladarte a un cuarto donde puedas recibir visitas. Ah y tienes que comer. El estómago del bebé estaba vacío y eso no puede ser.
-No. Yo comeré, me comeré todo.
Respondió apresurada y el doctor sonrió. Fue llevada al cuarto, pero estaba tan exhausta que se quedó dormida antes de que llegara la comida. Terry llegó a su lado y no sabía si despertarla o dejarla dormir. Se veía tan calmada. La contempló a gusto. Su carita pecosa que no había perdido su aire inocente e infantil. Terry pensó que los cuatro años que habían pasado juntos no se reflejaban en ella, aún parecía una adolescente. Tan delgadita, pequeña y frágil. Un ángel, con unas curvas y unos labios de pecado.
-Nunca volverás a estar mal por mi culpa, mi amor. Voy a cuidarte más que nunca. A los dos.
Le besó la frente y dejó sus labios pegados a ella como un imán. Ella despertó, pero no dijo nada. Pasó sus manitas por su pelo y cuello. El cosquilleo por sus uñas lo hicieron levantar el rostro. Cuando la vio, ella le dedicó su mejor sonrisa, esa que lo derretía por completo y hasta volaría si ella se lo pidiera.
-Hola, Pecas.
-Hola, Terry. Te extrañamos mucho.
-¿Ah sí? ¿Y por eso me esperaron dormidos?
-Bueno... es que... yo siempre tengo mucho sueño y además...
-Ya, tontita, era broma. Estoy feliz de que estén bien. Nada de helado para ustedes. ¡Glotones!
Le dijo y ella se rió. Terry tomó una silla y buscó la bandeja con su comida. La destapó y se encontró con arroz blanco y un caldo de pollo, se veía bien, pero seguramente bajo en sal. También había un panecillo y un juguito de naranja. Terry destapó todo y comenzó a darle la comida a Candy.
-Quiero comida de abuela Stella.
-Aquí la tienes, cariño. Terruce, suelta esa bandeja, no le des esas porquerías.
La familia Grandchester los sorprendió visitándolos. Especialmente Stella que había llegado con un recipiente de comida para todos.
-¡Abuela! ¡Estás aquí!
-¡Pues claro que estoy aquí! ¿O es que tengo pinta de fantasma?
Todos rieron. Mientras Candy saludaba a todos, Louise iba sirviéndoles la comida.
-¿Cómo estás, Pecosa?
-¿Pecosa? ¡Richard! ¿Usted también? Regáñelo, Louise.
-No te preocupes, a él no le serviremos comida. ¿Tú cómo te sientes, cariño?
-¡Hambrienta! ¿Qué me trajeron?
Preguntó ella y todos rieron nuevamente.
-Ya sabemos que te encuentras muy bien. Y tu apetito también.
Comentó Richard sonriendo.
-Pues gracias a su apetito es que está aquí.
-Bueno, bueno ya. ¿Tienen hambre o no?
Se desesperó Stella y todos se apresuraron en comer. Stella había llevado su delicioso y famoso asopao. Llevaron de todo, hasta las famosas galletas. Al terminar, se comunicaron a la casa, pues Candy había entrado en crisis nuevamente por saber de sus hijos. Habló con los dos por teléfono y se divirtió por la pelea de los pequeños por hablar primero con ella. No cambiaba todo eso que tenía por nada del mundo.
Después de pasar un rato bastante ameno, Terry había regresado con un bultito de ropa para Candy ya que debía quedarse hasta el día siguiente en observación. Sus familiares se fueron y Terry se quedó con ella. Pagó al encargado para poder poner televisor y que Candy no se aburriera horriblemente, pues aún era temprano.
-No sabes el susto que pasé, Pecas. Llegué a pensar que...
-Shh. No digas nada. Estamos muy bien. Te amamos mucho. ¿Creíste que seríamos capaces de dejarte solo?
-Me asusté mucho...
Le confesó y comenzó a dibujar círculos en su vientre, repartió también besitos mientras Candy le acariciaba el cabello como a él le gustaba.
-Perdón por haber sido tan insistente cuando tú no querías. Sé que lo hiciste por complacerme a mí. Fui muy egoísta... casi te mato por querer embarazarte a toda costa y...
-Terry... ¡Qué dices! Sabes muy bien que yo también quería el bebé. ¿Olvidaste la forma tan linda en que me lo hiciste? ¿Recuerdas que te lo pedí?
-Sí, pero fue porque yo me comenzé a portar como un imbécil y tú pensaste que así estaría feliz...
-¿Y no lo estás?
Él respiró profundo. Claro que estaba feliz, pero aún así no podía olvidar lo mal que se había puesto, la pesadilla de esas horas de incertidumbre.
-Estoy feliz, pero... no quiero estarlo a costa de ustedes. Yo me moriría si les pasa algo. Ya no te voy a presionar más... si no quieres más bebés...
-Terry... ya hemos hablado de eso. No quiero que te eches la culpa por las cosas que no están en nuestras manos. Tú no decidiste que yo me pusiera mal, no decidiste que tu abuela se enfermara o que Anthony se muriera. Son pruebas que nos da la vida y hay que saber vivir con ellas y salir adelante.
Ella lo abrazó fuerte y él lloró en su pecho. ¿Qué sería de su vida sin ella? Se preguntó.
-¿Y si te hubiera pasado algo? No, Candy, no te haré pasar por ésto otra vez...
-¡Terry! Estamos bien, sólo fue un susto. Y no te preocupes. Tendremos más bebés, todos los que quieras, pero ya deja de echarte la culpa por todo.
-Lo siento... no puedo evitarlo.
-Pues ve a ver lo que haces con eso. ¿Crees que el bebé está bien escuchando que te arrepientes de haberlo querido tener?
Él se sentó de pronto. Abandonando sus caricias y la miró.
-No, eso no es cierto... yo no estoy arrepentido. Yo lo amo mucho, es sólo que tuve miedo...
-Ya, cariño. No hay nada que temer... excepto a...
-¿A qué?
Preguntó alarmado pensando en qué otra cosa podría pasarles.
-Pues... a que no podrás hacerme el amor durante las dos semanas de reposo que me mandó el doctor.
-¿Y cómo sabrá él si hacemos trampa?
-¡Terry!
Continuará...
¡Hola niñas lindas!
¡Sí! Éste es el último capítulo. Pero... no se me pongan tristes... aún falta el final que estará cargado de muchas sopresas y luego el epílogo para saber qué pasó después con todos nuestros personajes.
Gracias por todo su apoyo, por sus comentarios, sus buenos deseos y su amistad. Quiero que sepan que yo leo todos sus reviews, me llegan directamente al e-mail y lo tengo abierto en mi celular, me lo avisa de inmediato y los leo aún cuando estoy durmiendo. Las tomo en cuenta a todas y a cada una. Lo digo, porque hubo una lectora que se ofendió porque no la incluí en los agradecimientos, pero como siempre pongo al final, que me perdonen si me faltó mencionar a alguna, pues es imposible que logre recordar todos los nombres de usuarios y consulto los reviews para mencionarlas, pero siempre salen los más recientes y aunque trato de recordarlas a todas, es difícil, yo soy una y ustedes son muchas, aunque a mi lectora yo la he mencionado en agradecimientos anteriores, no es que siempre se me quede. También cuando termino un capítulo después de varias horas, ya mis ojos están fritos, mi vista muy cansada y mi cabeza aturdida, así que repito, si se me queda alguna, disculpen en verdad, no es mi intención.
Gracias por hacerme llegar a la meta de los 500 reviews. Me hicieron superarla!
Las quiero,
Wendy
