Mientras Natsu conducía con los ojos clavados en la carretera, Lucy lo observaba. Ningún hombre debería tener unas pestañas tan larguísimas. Le encantaban sus ojos. Eran de un tono negro oscuro, siempre llenos de amabilidad e inteligencia. Y hacían un bonito contraste con su pelo rosa.
Era el mejor amigo que había tenido nunca y lo quería mucho. Era estupendo poder ser ella misma cuando estaban juntos, ser aceptada sin condiciones. Como viejos amigos que eran, compartían sus pensamientos y sus sueños. Incluso le hablaba sobre sus conquistas. Lucy suspiró mientras se quitaba el cinturón de seguridad.
-Póntelo, Lucy. Ya conoces las reglas.
Natsu era como un hermano mayor.
-Me estoy poniendo cómoda -dijo ella, moviendo los brazos para quitarse el abrigo. Cuando lo consiguió, se inclinó para quitarse las botas-. Ah, esto está mejor -sonrió, moviendo los dedos de los pies dentro de los gruesos calcetines.
Después, colocó las piernas sobre el salpicadero y se echó hacia atrás, como si estuviera en su propia casa.
Natsu levantó las cejas. Su mirada iba de la carretera a su alegre compañera de viaje.
-¿Quieres que sujete el volante mientras te quitas la chaqueta?
-No -contestó él.
Lo había dicho con voz ronca, como si estuviera resfriado.
-¿Te duele la garganta?
-No.
-Natsu... -suspiró ella-. Hoy no pareces tener muchas ganas de hablar.
Natsu paró en un semáforo que había a la entrada de la autopista y se quitó la chaqueta.
Aunque aquel día llevaba vaqueros, iba vestido al estilo "profesor", como siempre: jersey azul marino sobre una camisa azul clara. El bulto que había debajo del jersey era la calculadora, de la que no se separaba nunca. Cuando Lucy miró hacia abajo, vio que, al menos, se había puesto unas botas negras. Le gustaba cuando se ponía botas y vaqueros y se preguntó cómo estaría con una camisa de franela a cuadros.
O sin camisa.
Ese pensamiento, que apareció justo cuando cambiaba el semáforo y Natsu entraba en la autopista, la sorprendió.
-¿Tienes alguna camisa de franela? -le preguntó, incapaz de quitarse la imagen de la cabeza.
-Sí. ¿Por qué?
Lucy se encogió de hombros.
-No sé. Siempre vas tan... arreglado. No sabía si tenías ropa informal.
Él la fulminó con la mirada.
-Como los hombres de verdad, ¿no? Unos pantalones rotos, por ejemplo. O una camiseta manchada de grasa.
Ella soltó una carcajada.
-¡No te pongas tonto! Yo no he dicho que no fueras un hombre de verdad.
-Al contrario de lo que tú crees, ir sucio no es ser más masculino.
Aparentemente, Natsu estaba muy sensible aquel día. Para calmarlo, Lucy apretó su brazo, dispuesta a pedir disculpas para ponerlo otra vez de buen humor.
Pero la disculpa murió ante otro pensamiento: "¡Vaya bíceps!".
Natsu tenía el brazo de un leñador, no de un economista. Duro, con los bíceps bien marcados. No se había dado cuenta de lo grande, lo duro que se había puesto últimamente.
La idea hizo que sintiera un cosquilleo en el estómago. Y más abajo. "Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve pensamientos indecentes con Natsu".
El músculo era tan duro como una piedra y, sorprendida, no podía apartar la mano.
-Me pongo lo que me gusta, Lucy. Como haces tú, supongo.
Pero ella se había olvidado de la ropa porque estaba concentrada en algo más interesante.
-¿Vas al gimnasio? -preguntó, esperando alguna explicación para el repentino cambio.
Natsu no la miró.
-Juego al tenis y voy a nadar tres veces por semana. Ya lo sabes.
-¿Y de dónde has sacado estos músculos? -sonrió Lucy, deslizando una mano por su brazo.
Pero Natsu se puso tenso y ella decidió recuperar su aspecto modosito.
-Como la mayoría de los de mi género, me hice un hombre alrededor de los veinte años.
-¿Hace nueve años? Pues he debido estar ciega.
-Estabas demasiado ocupada haciendo locuras como para fijarte en mí -replicó él.
Eso sonaba como una queja. Lucy sonrió.
-A partir de ahora, prometo prestarte más atención.
Natsu la miró con una expresión extraña y, sin decir nada, encendió la radio. Lo cual parecía una señal para que dejara de decir tonterías. Nunca había dicho tonterías delante de Natsu, pensó, sorprendida.
Pararon dos veces, una para poner gasolina y la otra para comer. Afortunadamente, no hubo más tonterías por su parte. Charlaron como solían hacerlo, bromeando y contándose cosas.
Lucy le habló sobre el último chico con el que había roto porque era un pesado y Natsu puso mala cara. Él le contó que había comprado muebles nuevos. Era como en los viejos tiempos, agradable y divertido. Le encantaba estar con él.
Una hora después, Lucy empezó a bostezar.
-¿Te importa si duermo un ratito? Anoche me acosté muy tarde y he tenido que levantarme pronto para hacer la maleta.
-¿Por qué te acostaste tarde? ¿O no debería preguntar?
-Estuve en una fiesta -explicó ella-. Seguro que tú anoche te acostaste a las ocho y tenías la maleta hecha a las seis.
-A las cinco, en realidad -sonrió Natsu-. Anda, duérmete. Aún nos faltan dos horas para llegar.
-Gracias.
Entre la música bajita, el calor de la calefacción y el suave movimiento del jeep, Lucy se quedó dormida. Y curiosamente, soñó con Natsu... sin camisa. Y, en su sueño, ella exploraba esos nuevos músculos que le habían salido sin que ella se diera cuenta.
Se despertó bruscamente al oír el ruido de los frenos y a Natsu mascullando maldiciones. Debía haber dormido más de lo que pensaba porque estaban en medio de la montaña, en la carretera que llevaba a su casa.
Lucy abrió los ojos y vio un ciervo en medio de la carretera.
Natsu había frenado a tiempo, pero el jeep seguía deslizándose, como a cámara lenta. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, golpeó al animal, que saltó sobre el capó. Las ruedas patinaron en la carretera helada y, por fin, cayeron al arcén.
A ella no se le ocurrió pensar si estaban heridos. Solo podía mirar el cuerpo del ciervo sobre el capó.
-¡Dios mío!
-¿Te has hecho daño?
Los ojos de su amiga estaban llenos de lágrimas.
-El ciervo...
-No te muevas -dijo él, abriendo la puerta del jeep.
El ciervo intentaba levantarse y Natsu dio un paso atrás para permitir que huyera, pero el pobre animal, asustado, golpeó el parabrisas con una pata. El cristal empezó a agrietarse poco a poco. Natsu no se movió, sabiendo que si lo hacía, se pondría más nervioso. Pero un segundo después, con agilidad, el ciervo saltó al suelo y salió corriendo hacia el bosque.
-Por su forma de correr, no creo que esté herido. ¿Has visto cómo corría?
-He visto la patada que le ha dado al parabrisas -sonrió Lucy.
De repente, la sonrisa de Natsu desapareció.
-Oh, no.
Su expresión la asustó.
-¿Qué pasa?
-Estás sangrando, cariño -dijo él, tocando su frente.
-¿Qué?
Lucy se miró en el retrovisor y tuvo que ahogar un gemido. Tenía un corte en la frente y la sangre caía por su cara, tiñendo los mechones de su cabello.
-Qué horror.
De repente, era como si estuviera metiéndose dentro de un túnel. Oyó a Natsu llamándola, pero su voz solo era un susurro.
Y entonces se desmayó.
