Ya sé que prometí a Hotaru y a Nybell que actualizaría como muy tarde ayer pero he estado algo ocupada... Creo que compensa el hecho de que este capítulo es bastante largo xD Sin nada más que añadir me despido y os dejo con la lectura. Muchas gracias por los reviews, los alerts y los follow.
Este fic participa en el Reto de la Princesa Rosa de Nybell del forum La Caja de Pandora.
- ¿Estás enfadada?
Al hacer esa pregunta quedó clarísimo que Kawabata Ryuji no solía relacionarse con mujeres. No, porque cualquier hombre que estuviera como mínimo una cuarta parte de su tiempo con una sabría que a una mujer era peligroso preguntarle si estaba enfadada, un auténtico desastre si lo estaba de verdad, un suicidio si estaba enfadada contigo y tenías la osadía de preguntárselo, y el apocalipsis en el caso de que esa mujer fuera Takarada María y de que la hubieras obligado a dejar su nuevo deportivo en un lugar dejado de la mano de Dios, donde por cierto había una casa tradicional japonesa hermosa, formular la pregunta ¿Estás enfadada? Mostraba un claro desprecio por la propia vida humana y una predisposición insana de querer morir de la forma más lenta y sádica posible.
- No hablas porque estás enfadada ¿No?
Y si ya lo preguntabas por segunda vez consecutiva más te valía tener listo el testamento. Aunque Kawabata Ryuji estaba profundamente preocupado por la chica que estaba sentada en el sillón del copiloto. Acababa de tener una experiencia cercana a la muerte y más aún le había enseñado parte de su verdadero ser, un ser oscuro que aborrecía e intentaba eliminar completamente de su cuerpo. Además había otra razón no tan profesional de que quisiera que le hablara, la echaba de menos, por increíble, o más bien surrealista, que eso pareciera. Takarada María se caracterizaba por una cosa, su pasión, hiciera lo que hiciera siempre lo hacía con pasión, incluso cuando te ignoraba lo hacía apasionadamente. Podías ver una chispa brillando en sus ojos, una chispa que te indicaba que Takarada María disfrutaba de su vida, que amaba la vida, y la oscuridad de Ryuji quería hacerse con esa chispa. Chispa que ahora había desaparecido por completo, tenía la cabeza gacha y la mirada perdida mientras estrujaba en sus pálidas y delicadas manos las mantas que la cubrían.
- Oye, ya me he disculpado por obligarte a dejar tu coche en esa casa, pero si de verdad no llevas nada de ropa bajo esas mantas no podrías conducir apropiadamente. Quiero decir que era tu cuerpo abrigado y a salvo de miradas indiscretas o tú conduciendo con tu cuerpo indecorosamente desnudo a la vista de todos –eso de indecorosamente desnudo no le gustó para nada.
- ¿Indecorosamente… desnudo? –murmuró la chica levantando la cabeza y mirando extrañada a Ryuji.
- Exacto, indecorosamente desnudo –continuó hablando.
En serio, debía dejar de decir indecorosamente desnudo, pero al parecer era la única cosa que funcionaba para sacarla de su letargo.
- Indecorosamente desnudo… Indecorosamente desnudo… -Genial, ahora María sólo hacía que pronunciar eso-. ¡Indecorosamente desnudo! –Chilló estallando de la risa-. ¿Por qué crees que me importaría estar indecorosamente desnuda? Además ¿Dé dónde has sacado eso de indecorosamente desnudo?
- Por pudor, por vergüenza, por amor a tu propio cuerpo ¿Tal vez? –contestó no muy convencido de querer que la conversación continuara, añoraba el silencio, no sabía por qué había querido que volviera a hablar, calladita estaba más bonita.
- Escúchame bien animal bípedo, porque sólo te lo diré una vez –genial, ahora sí que estaba enfadada-. Que una mujer no tenga vergüenza de mostrar su cuerpo desnudo no significa que no lo ame o respete. Al contrario, es porque lo ama y está segura de sí misma que lo muestra sin vergüenza para que el mundo lo admire tal y como es. No hay nada de malo en ir indecorosamente desnuda –añadió imitando su voz.
- Si lo defiendes tan apasionadamente debo deducir que has ido por ahí con tu cuerpo indecorosamente desnudo ¿No? –No entendía por qué de repente le parecía tan mala idea que la gente viera indecorosamente desnuda a su compañera de clase. ¡Si ella podía hacer lo que quisiera con su cuerpo!
- ¡Pues no vale listillo! Yo no ando por ahí indecorosamente desnuda, no soy una descerebrada ni una fresca –sin embargo el alivio duró poco en Ryuji-. Yo poso al natural.
- ¿Al natural? ¿Y cuál es la diferencia entre ir indecorosamente desnuda y posar al natural? Porque para mí no hay ninguna.
- Mira que eres cabezota. Posar al natural es mostrar tu cuerpo desnudo pero de una forma hermosa, no de una forma lasciva o provocadora, es arte por el arte. Para que tu cerebro de mosquito lo entienda te daré un ejemplo. ¿Dirías que las estatuas del renacimiento, las que lo están al menos, están indecorosamente desnudas?
- No –Ryuji tenía que reconocer que las estatuas desnudas del renacimiento no eran para nada indecorosas. Pero se negaba a dejarla ganar-. ¿Y se puede saber para qué o quién posas al natural? Seguro que si voy al museo nacional me encuentro una estatua tuya para el artista de la cual habrás posado al natural.
- Ufff qué machista que eres. No pienso contestarte a esa pregunta trozo de neandertal descerebrado.
Ryuji suspiró aliviado, al parecer había ganado esa discusión.
- Pensándolo mejor, sí que te diré para qué artista he posado al natural –como dicen hay dos formas de discutir con una mujer y ninguna de ellas te sirve para ganar-. Todas las veces que lo he hecho –eso en opinión del chico sonaba a demasiadas-. Ha sido para el mismo fotógrafo. Una vez fue con mi onee-sama a los ocho años, también cuando nació su hija nos hicimos una las tres, cada año des de los dieciséis me saco una para recaudar fondos para alguna asociación benéfica, solemos hacer calendarios, pero este año decidimos probar algo diferente…
- Un momento ¿Cómo que solemos? ¿Hay más chicas que corren indecorosamente desnudas delante de un fotógrafo viejo verde?
- Kami-sama dame paciencia porque como se me acabe lo dejaré sin descendencia –la chica inspiró como si cogiera fuerzas y volvió a la discusión-. Primero, la gran fotógrafa Marie Anne Dupré no es ninguna vieja verde, es una de las mejores fotógrafas del s. XX y tenemos suerte que nos siga honrando con su presencia en el s. XXI. Segundo, no hay nada de malo en querer recaudar dinero para causas justas. Tercero, es un proyecto que llevamos a cabo las doce herederas más importantes de Japón. Cuarto, que algunas de ellas lo hagan para lucir y provocar no significa que yo también lo haga. Quinto…
- ¡Vale! ¡Vale! Tú ganas. Tú ganas –admitió el chico su derrota.
- Claro que gano yo, estúpido, yo siempre gano –contestó María mientras centraba su vista en la autopista.
- Pero mira que eres creída.
- ¿Creída yo? –Cuestionó la nieta del presidente de LME sintiendo como la furia se apoderaba otra vez de ella-. Eres un cretino, un cabeza hueca, un…
- Hagamos una tregua ¿De acuerdo? –Ryuji no se veía capaz de soportar otra discusión con Takarada María.
- ¿Eso quiere decir que dejarás de ser un idiota insufrible?
- Sí, dejaré de ser un idiota insufrible hasta que volvamos a la Universidad –accedió el joven con los dientes apretados de rabia. ¿Es que esa chica tenía respuestas para todo? ¿Por qué tenía que hacer de todo una discusión? ¿Y por qué él lo disfrutaba tanto?
- De acuerdo, acepto la tregua –dijo la chica después de pensárselo un rato y un poco recelosa.
Estuvieron en silencio diez minutos, diez minutos que a Kawabata le parecieron gloriosos.
- Ya que estamos en una tregua ¿Qué tal si nos conocemos un poco mejor?
- ¿Por qué quieres que nos conozcamos mejor? –Ryuji estaba estupefacto, ¡Ella debía de odiarlo por lo de aquella vez!
- Creo que ésta será la única vez que entre nosotros dos haya una tregua y que podamos conversar amablemente. Así que creo que sería una gran oportunidad para nosotros hacernos preguntas y así intentar descubrir algo que nos agrade del otro ¿Qué te parece?
Una muy mala idea. Le parecía una terrible idea, pero no quería empezar otra discusión así que…
- Vale, pero nada de preguntas muy personales, una pregunta por turno y si nos incomoda podemos elegir no contestarla.
- Vale, empieza tú.
- Mmmm… ¿Cuál es tu sabor favorito en las comidas?
- El picante, mientras más mejor. ¿Con qué salsa acompañarías un bistec?
- Con kétchup ¿Qué comida aborreces?
- Cualquiera que lleve pimiento. ¿Con qué acompañarías una hamburguesa, con un huevo frito o patatas?
- Con todo eso y kétchup ¿Qué libros te gusta leer?
- Los de terror y fantasía ¿Tienes alguna enfermiza y preocupante obsesión con el kétchup?
- No, simplemente me gusta demasiado…
Y así continuaron hasta llegar a Tokyo, era sorprendente lo que se podía averiguar de una persona durante una hora. Aprendió que María tomaba café por las mañanas ya que el té no le acababa de gustar, que le tenía un miedo atroz a los patos (según ella eran las criaturas más diabólicas de la tierra), que des de los dieciséis trabajaba en la empresa de su abuelo, que había empezado des de lo más bajo y había ido escalando poco a poco, que había hecho algún trabajo como actriz pero que pronto descubrió que eso no era lo suyo, que no sabía cantar, que le encantaba ver dibujos animados, que dormía con un viejo pijama con osos y corazones estampados que no enseñaba a nadie ni por la vida de su abuelo (y ella idolatraba a su abuelo), que su onee-sama se había casado con su primer amor (se negó a darle el nombre), que era la madrina de su sobrina, que una vez cuando era pequeña le quitó, sin querer, la peluca a un importante hombre de negocios que quería invertir en la empresa de su padre y que algún día quería casarse y formar su propia familia. Una hora podía cambiar la opinión que tenías sobre una persona. Kawabata Ryuiji lo sabía de primera mano ya que en una hora había cambiado la opinión que tenía sobre Takarada María, y eso lo asustó. Takarada María ya no era una egocéntrica, ni una niña mimada, ni una prepotente. No. Ahora era una mujer con orgullo pero que podía ser amable y cariñosa, lo que antes le había parecido prepotencia ahora era seguridad. Y era muy lista, no era una niña tonta.
- Gracias por traerme a casa Ryuji-kun –dijo María mientras permitía que él le desabrochara el cinturón.
- De nada –contestó él.
Rápidamente salió y le abrió la puerta.
- Te acompañaré hasta la puerta de tu casa –se ofreció él.
- No te preocupes, a estas horas no hay nadie. Sólo me llevaré mi bolso la ropa que llevaba puesta.. ¿Me harías el favor de tirármela, por favor?
- Claro.
- Antes de que te vayas –se apresuró a decir la joven-. Hay algo que me gustaría preguntarte. ¿Aún continúa nuestra tregua no, Ryuji-kun?
- Claro, aún no hemos ido a la Universidad, María-chan.
Mientras le hacía la pregunta María parecía tímida y algo nerviosa, él pensó que se veía adorable así, pero cuando le dio permiso su expresión cambió y lo miró con decisión, seguridad y una gran seriedad.
- Aquel día, dejaste el tigre suelto ¿Verdad? –Él asintió sin saber muy bien a qué venia esa pregunta-. Lo controlaste con tu don ¿No es así?
- Takarada-san yo…
- SÍ o no, la respuesta es muy sencilla Ryuji-kun, ¿sí o no controlaste al tigre con tu don?
- No es un don, es una maldición –respondió al cabo de un tenso momento-. Sí.
- Gracias –murmuró con una tímida sonrisa curvándole los labios-. Eso es todo lo que necesitaba saber.
- Tienes derecho a saber más ¿Por qué no preguntas?
- Porque tú no estás preparado para darme las respuestas –dijo mientras le apartaba suavemente un mechón de la cara-. Nos vemos en la Universidad, Ryuji-kun.
- Adiós, María- chan.
Kawabata-san llevaba dos días sin aparecer por la Universidad, María no quería engañarse, no iba a fingir que no estaba preocupada, porque lo estaba, y mucho. Tanto, que estaba atravesando la entrada del edificio dónde vivía su compañero. Mientras llamaba el ascensor se mordió el labio nerviosa, sabía que era peligroso hacer esa pregunta pero debía saberlo. Aún no iba a preguntarle el por qué, él no estaba listo para responder y la verdad ella no estaba segura de poder soportar la respuesta. ¡Pero debía saberlo! Debía preguntar. Sabía que no se le presentaría una oportunidad tan buena como esa, al fin y al cabo Kawabata creía que la idea de la tregua se le había ocurrido a él. Pero la verdad es que ella sabía que si lo llevaba al extremo él acabaría cediendo, le gustaba mucho, demasiado, estar tranquilo. El ascensor paró en seco cuando llegó al piso donde vivía y María salió del ascensor. Caminó con paso seguro por el pasillo hasta quedar en frente de la puerta.
Kawabata Ryuji rezaba una pequeña placa que estaba pegada en la puerta. Una puerta la separaba de volver a ver a Ryuji... No, Ryuji no, no podía llamarlo así, aún no, sino pasaría lo mismo de la otra vez, y ahora sí que no podría sobrevivir a que él la dejara. Inspiró hondo, se llenó de valor y sacó la llave maestra del edificio que había conseguido. Abrió sin hacer mucho ruido ya que podía ser que él estuviera durmiendo. Entró y cerró la puerta con cuidado, pero al dar dos pasos se tropezó con algo y tiró un montón de cosas por el camino.
- ¿Quién hay ahí? –Dijo Kawabata en un susurro-. ¿Eres tu nii-san?
A eso le siguió un ataque de tos que preocupó en sobremanera a María. Se quitó de encima todo lo que pudo e intentó volver a ponerse en pie, cuando lo consiguió estiró los brazos y buscó a tientas la pared, lamentablemente volvió a tropezar con algo.
- Mierda.
- María ¿Eres tu María?
¡Por todos los dioses! ¿Por qué tenía que llamarla con ese tono de necesidad y súplica? No debía enamorarse más ella, el que debía enamorarse era él, de ella.
- Kawabata-san enciende la luz por favor.
- María, María.
Escuchó como se levantaba y con paso lento arrastrar los pies hacía donde ella estaba. La luz parpadeó unos segundos y se vio obligada a entrecerrar los ojos hasta que estos se adaptaran, cuando lo hicieron buscó a Kawabata. Éste estaba apoyado contrala pared, envuelto en una manta, descalzo, con la cara roja por la fiebre y los ojos desenfocados.
- Yo… Te recuerdo… Te dejé en tu piso…
No pudo seguir hablando ya que le volvió a dar un ataque de tos. Ella se apresuró a levantarse y le puso la mano en su frente.
- Está muy caliente Kawabata-san…
- No… Tu mano es muy fría, y reconfortante.
El corazón de María dio un vuelco al ver como cerraba los ojos y relajaba sus facciones, como si ese simple gesto lo reconfortara.
- Vamos Kawabata-san, le llevaré a su cama y le daré unas medicinas.
María lo cogió con cuidado del brazo y se dejó guiar hacía donde suponía que estaba la única habitación de la casa. Pero el chico se detuvo de repente y se balanceó peligrosamente, como si se fuera a desmayar.
- Kawabata-san no se vaya, quédese conmigo…
- Ryuji, tú debes llamarme Ryuji –murmuró pegando su cuerpo al suyo.
Él debió de darse cuenta de su cara de desconcierto, ya que esbozó una débil sonrisa y le acarició con suavidad una mejilla.
- Tenemos una tregua…
Pareció quedarse más tranquilo cuando ella asintió al acordarse.
- Vale, Ryuji.
Él asintió a su vez y volvió a dirigirse a su habitación. Una vez allí encendió la luz y dejó que María retirara la colcha y las sábanas y lo sentara.
- No te tumbes aún, toma esto –de su bolso sacó una botella con zumo de naranja natural con un poquito de miel y lo obligó a beberse la mitad. Mientras bebía le hizo tragarse una pastilla para bajar la fiebre. Después sacó un par de antibióticos que había comprado en la farmacia y le obligó a tomárselos. Para que se le quitara el mal sabor de la boca le dio un poquito más de zumo-. ¿Quieres algo para comer?
- No… Yo… Dormir… -Contestó acostándose y cerrando los ojos.
- Vale Ryuji-kun, te dejo dormir, yo me iré a…
- ¡No! –Exclamó de repente cogiéndole fuertemente la mano-. No me dejes, tu no, no me dejes por favor. No podría soportarlo, otra vez no, no me dejes por favor…
- Shhht, tranquilo, sólo iré a la cocina a prepararte algo muy rico para comer.
- No te vayas María…
La nieta del presidente notó la desesperación en su voz, debía calmarlo, algo muy profundo dentro de ella necesitaba consolarlo, algo que María no estaba preparada para analizar, ni enfrentarse, ni entender.
- Te juro que me quedaré a tu lado hasta que tú quieras.
- Siempre –se apresuró a contestar-. Quédate por siempre a mi lado, no te vayas.
Pareció que durante un momento aflojó el agarre pero volvió a apretar con fuerza. María se desesperó un poco, él debía dormir y ella ordenar y cocinar.
- Lo tengo, te daré algo que aprecio mucho así tendré que volver para buscarlo ¿De acuerdo? –La joven buscó durante un rato en su bolso y sacó un viejo muñeco de trapo del gran actor Tsuruga Ren-. Ren-kun te cuidará mientras yo esté cocinando.
Kawabata asintió y cogió el muñeco que ella le ofrecía.
- ¿Volverás a buscar esto? –Preguntó para asegurarse.
- Sí volveré a buscarlo… Y también volveré a por ti.
Pero el chico ya se había dormido y no escuchó esa última frase.
Ryuji se despertó extrañamente más descansado. Parpadeó un par de veces y frunció el ceño intentando recordar qué había pasado. Había vuelto de dejar a María con la cabeza hecha un lío, se duchó, se puso el pijama, se fue a dormir y después de eso todo estaba confuso y borroso. Se acordaba de algunas cosas, como por ejemplo alguien entrando en su casa, un ruido, María pidiéndole que se quedara con ella y un muñeco de trapo de Tsuruga Ren. Ante eso levantó la mano y vio que lo tenía firmemente apretado en su mano. Lo soltó y con cuidado se sentó en la cama, cuando lo hizo una compresa le cayó en el regazo. Giró la cabeza y vio que en su mesita de noche había un cuenco con agua. La dejó ahí y con cuidado se levantó, se puso una manta por encima y se dirigió al salón. Una vez ahí se apoyó contra el marco de la puerta para recuperar fuerzas y se dio cuenta de que María estaba en su cocina, cocinando como era obvio, y tarareando una canción.
- ¿Lo que intentas tararear es una canción de los Bridge Rock?
Notó que hizo la pregunta con una voz muy grave y rasposa, tenía que conseguir un vaso de agua…
- ¡¿Se puede saber qué haces fuera de la cama?! –Rugió su compañera de clase.
Él tuvo que contenerse para no reírse al verla con un delantal y una cuchara de madera en la mano, parecía una esposa que está echándole la bronca a su marido por llegar tarde a casa y borracho.
- ¡¿Que qué hago de pie?! ¡Tengo una pregunta mejor! ¡¿Por qué estás tú en mi casa?! ¡El que debería de estar enfadado soy yo!
- Uy discúlpeme eminencia por tener la osadía de venir a cuidarlo cuando está a un paso del hospital y a dos de la tumba.
- No estoy a un paso del hospital –murmuró a regañadientes mientras se dejaba arrastrar por María al sofá-. Y aún menos a dos pasos de la tumba.
- Quédate ahí quietecito y calladito, ahora te traigo la comida.
- Sí mi general.
Ella se fue con la frente alta y caminar seguro a la cocina, puso unas cuantas cosas en una bandeja y volvió a su lado.
- Mujer, ¿Qué has hecho con mi casa? –Él reprimió una sonrisa ya que estaba aprendiendo que disfrutaba haciéndola enfadar.
- ¡¿Cómo que mujer?! –Respondió ella indignada mientras le servía sopa en un cuenco-. ¡La he ordenado y limpiado que ya le hacía falta! No seas tan melodramático, calla y come.
Kawabata cogió con cuidado el bol con sopa de apio que ella le había dejado cerca de su lado de la mesa y lo probó con cuidado de no quemarse.
- ¿Lo has hecho tú? –Preguntó entre sorbo y sorbo.
- Sí, ¿Por qué?
- Ya decía yo… Está salado.
- ¡Te dije que te callaras y comieras! ¡¿Y de qué te ríes?!
Ryuji tardó un poco en poder recuperar la compostura y poder responder a esa pregunta.
- De esta situación, ahora mismo parecemos una pareja de recién casados ¿María-chan, por qué estás tan roja?
Definitivamente Kawabata Ryuji no había vivido el suficiente tiempo entre mujeres. Además que con ese comentario dejaba claro que no entendía el corazón de una mujer japonesa, y aún menos el corazón de Takarada María.
- Calla y come, te he hecho algo de pollo para que tengas algo sólido en el estómago.
El resto de la comida la comió en silencio, la nieta del presidente aprovechó para ventilar la habitación, cambiar las sábanas y limpiarla un poco. Cuando Kawabata acabó se tomó la pastilla y los antibióticos y volvió a la cama, entre broma y chillido consiguió que María lo arropara y le cantara una nana.
- Takarada-san –dijo antes de quedarse profundamente dormido-. Siento mucho lo del tigre, pero era necesario.
- Lo sé –contestó ella dispuesta a irse.
- María-chan, muchas gracias por lo de hoy.
Ella asintió y cerró la puerta con cuidado para dejarlo dormir tranquilo y en paz. Cuando despertó supo que María se había ido ya que la casa estaba vacía, silenciosa, oscura y fría. Para asegurarse salió de la cama y la buscó, la llamó y encendió todas las luces. Volvió desolado a su habitación, ella se había ido, cada rincón de la casa clamaba que había estado allí, y su alma lloraba su ausencia.
Bueno ¿Qué tal estuvo el capitulo? Creo que la espera valió la pena ¿no? x'D Las cosas se complican, algunas otras quedan claras, hay algunas que avanzan... Creo que Ryuji se redimió ¿no? Espero que ya no lo odien tanto y lo amen un poco :3 Pero no mucho que es de María y no quiero que se me enfade.
Debo deciros que en el siguiente capitulo aparecerá un personaje nuevo, que no será protagonista pero sí que nos llevará a la siguiente etapa de esta historia, como no soy muy mala diré que es una hermosa niña de pelo negro y ojos azules ¿Saben de quien se trata? ¿Qué es lo que hará? Esas dos preguntas se responderán en mi siguiente capitulo: Ayuda inesperada.
Gracias por pasarte, por leer y por disfrutar, y si me dejas un comentario comentando qué te ha parecido y con tus teorías, sugerencias, tomatazos... Te lo agradeceré mucho más ^^ Saludos.
