Leyendo el capítulo de ayer y después una de las reviews, me he dado cuenta de que en verdad si llevan 11 meses separados, las fechas no encajan.

Así que perdonar, error de principiante.

El bebé sigue siendo octomesino y sigue teniendo cuatro o cinco semanas, así que los meses que ellos llevan separados son solamente 9.

Gracias por apoyar las historias.


Capítulo 2:

Kate sonrió más ampliamente, meciendo al bebe en los brazos.

-¿Has echado de menos a mamá tanto como ella a ti? -preguntó cubriéndolo de besos, Alexander volvió a sonreír y con él, su madre y su abuelo.

-He preparado la comida – informó Jim Beckett – deduje que te quedas a comer hoy, ¿verdad?

La inspectora sonrió, quedarse a comer en casa de su padre le ahorraría tener que volver a pedir comida china. Apenas había tenido apetito en los últimos días y no tenía demasiado temple como para ponerse a cocinar, sin embargo el encontronazo con Rick le había abierto el apetito y estaba realmente hambrienta

-Esta vez tu ganas -sonrió a su padre y tras esto se metió al cuarto de baño con Alexander, aprovechando para bañarle mientras Jim terminaba de preparar la comida. Una vez bañado, lo vistió con un traje azul y le aplicó la colonia que usaba tras cada baño.

Para entonces el bebé ya había comenzado a hacer ruidos en señal de que estaba a la espera de su comida.

Kate entonces aprovechó para salir del baño y sentarse en la cama de su habitación, para darle el pecho. Alex había salido glotón y succionaba con devoción el pecho de su madre. La detective aprovechaba estos momentos para escrutar cada detalle del rostro y cuerpo de su hijo.

Alexander no solo tenía los ojos de su padre, sino también sus mismos rasgos. Además compartía la sonrisa y el humor de su abuela paterna y era rara la vez en la que lloraba.

Los genes de los Beckett solo parecían encontrarse en el bebé en su carácter tranquilo como el de su abuelo.

Richard había cancelado todas sus citas para hoy. El golpeteo de las gotas de lluvia sobre los cristales lo estaba volviendo loco. Se terminó el segundo whisky, pero el deseado estado de embriaguez siguió sin llegar. Quizá, si se terminara la botella, ocurriera el milagro.

Desde que Beckett lo dejó, el escritor apenas había bebido una cerveza o un vaso de whisky de vez en cuando. Sin embargo optó en su momento por guardar algo fuerte a mano para casos de emergencia, y éste era uno de esos casos.

Maldita fuera Beckett por aparecer de improviso contándole aquella ridícula e inverosímil historia justo cuando el nuevo proyecto que tenía en mente para su nuevo libro, comenzaba a suponer para él un motivo para levantarse por las mañanas.

Arrojó el vaso vacío al otro extremo del loft, éste golpeó la pared y fue a caer sobre un cuadro con un retrato de la detective y el escritor que habían mandado pintar meses atrás. El hecho de destrozar ese caro trabajo, ni siquiera lo inmutó

Aún podía visualizar la figura de la detective diciéndole esas palabras.

Tenemos un niño Rick, un niño que nació hace cuatro semanas. Lo llamé Alexander, Alexander Rodgers Houghton

¿Sería cierto que tendría un hijo?, ¿un hijo suyo y de Kate?

Tenías derecho a saber que eres padre, sobre todo porque dentro de dos meses voy a casarme con otro hombre, que será quien críe a tu hijo

Entonces se puso en pie rabioso y dio una patada a una de las patas de la mesa. ¿Acaso Beckett lo tomaba por un estúpido?, ¿era eso lo que pensaba?

¡Ni loco iba a creerse ese cuento!

Volvió a tomar la botella y sorteó obstáculos que el mismo había dejado caer por el suelo, hasta conseguir llegar al dormitorio. Pero le fue inútil su intento, ni siquiera allí podía escapar de ella.

Puedes hacer lo que quieras Rick, yo por el momento estoy en mi apartamento, sabes dónde se encuentra y allí permaneceré, si quieres ver a tu hijo, allí nos encontrarás.

Se llevó la botella a los labios y murmuró entre dientes:

-Nunca, nunca me verás por allí Katherine Beckett

Empotró la segunda botella contra la pared y cogió una tercera. Antes de que le diese tiempo a terminársela, ya se había desmayado.

Sumirse en el olvido significaba no tener que pensar, no tener que sufrir. Por desgracia, el corto respiro del escritor se vio frenado por el sonido del teléfono sonando. Desorientado, se pasó una mano por la barbilla y trató de sentarse en la cama. De pronto, vio dónde se encontraba y el destrozo ocasionado en la pared de la habitación. Se sentía mal y la cabeza le daba vueltas, pero el teléfono seguía zumbándole en los oídos. Abrió los ojos o hizo amago de intentarlo y miro el reloj. ¿Las diez de la noche?

Mareado, volvió a reposar la cabeza sobre la almohada. Eso significaba que llevaba más de ocho horas en modo off. Pero ¿qué podía esperar, tras beberse dos botellas y media de whisky? El teléfono móvil estaba en la otra habitación. ¿Cómo demonios no había contestado ya su madre?

Entonces cayó en la cuenta de que la había medio echado del loft y se llevó las manos a la cabeza apesadumbrado.

¿Quién demonios sería? Beckett. Seguro. Debía estar desesperada, necesitaría ayuda con el niño. Lástima que ya no era nada suyo. Había sido su eje central en un pasado, sin embargo ahora era una completa desconocida. Entonces pensó en la última noche que había pasado juntos, fue en los Hamptons, celebrando el cumpleaños de ella.

Como cambiaba el tiempo…

Intento dejar la mente en blanco y tambaleante, se levantó de la cama y se dirigió a la ducha en donde dejó que le cayera el agua helada hasta estar seguro de poder caminar sin tropezar. La idea de comer le resultaba repulsiva, pero necesitaba meterse algo en el estómago. Bajó a la cocina y vio la cafetera recordando de inmediato todos los cafés que había compartido con la detective. Meneó la cabeza y abrió el frigorífico cogiendo su bote de nata y su cuenco de fresas.

Mientras comía llegó a la conclusión de que tenía que ceder, por mucho que lamentara la idea de volver a verla, por mucho que detestara tener que estar en la misma habitación que ella, no podía dejar aquel caso abierto. No si quería vivir con la conciencia tranquila.

Era evidente que jamás había conocido a la verdadera Kate, o a lo mejor se había hecho una idea distorsionada de la persona que siempre fue. Sin embargo el instinto le decía que, en lo relativo al niño, Beckett no mentía.

Al final optó por cepillarse los dientes, vestirse y abandonar el loft por unas horas

-¿Rick Castle? – preguntó una voz desconocida al punto de pisar la calle

Rick volvió la cabeza y se apresuró en intentar evitar a esa mujer, pero fue en vano, ya le había reconocido

-¿Me firmas un autógrafo?

-Voy con prisa – informó el escritor

-Será solo un momento

-De acuerdo – y cogiendo el libro firmó, devolviéndoselo casi al instante. Se trataba de uno de los libros de la saga de Nikki Heat que había cerrado meses atrás

-¿Tendremos pronto alguna firma de libros? – preguntó la mujer con cierto descaro y deseo en el tono de voz

- Es usted muy amable, pero me temo que no.

-Piense que sus lectoras lo esperamos con los brazos abiertos – insistió poco dispuesta a rendirse

-No piense que no lo hago, es sólo que hace meses que no escribo, sin embargo os haré saberlo en cuanto vuelva a hacerlo.

Estas palabras y una sonrisa, fueron suficiente para conseguir deshacerse de esa mujer

Continuó caminando hasta llegar a su coche y entonces volvió a pensar en Kate. Lo había abandonado en el pasado sin dar explicaciones y ahora aparecía con esa inverosímil historia que lo estaba carcomiendo por dentro.

Las facciones del escritor se endurecieron. No pensaba esperar más, esa misma noche Katherine Beckett conocería a un Richard Castle que podía ser igual o más cruel que ella.

Se aferró al volante y arrancó poniendo rumbo al apartamento de la detective