CAPITULO 2

Cuando Sango y Aome se quedaron solas, la primera, que había sido cautelosa a la hora de elogiar al señor Takeda, expresó a su hermana lo mucho que lo admiraba.

––Es todo lo que un hombre joven debería ser ––dijo ella––, sensato, alegre, con sentido del humor; nunca había visto modales tan desenfadados, tanta naturalidad con una educación tan perfecta.

––Y también es guapo ––replicó Aome––, lo cual nunca está de más en un joven. De modo que es un hombre completo.

––Me sentí muy adulada cuando me sacó a bailar por segunda vez. No esperaba semejante cumplido.

––¿No te lo esperabas? Yo sí. Ésa es la gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos siempre te cogen de sorpresa, a mí, nunca. Era lo más natural que te sacase a bailar por segunda vez. No pudo pasarle inadvertido que eras cinco veces más guapa que todas las demás mujeres que había en el salón. No agradezcas su galantería por eso. Bien, la verdad es que es muy agradable, apruebo que te guste. Te han gustado muchas personas estúpidas.

––¡Aome, querida!

––¡Oh! Sabes perfectamente que tienes cierta tendencia a que te guste toda la gente. Nunca ves un defecto en nadie. Todo el mundo es bueno y agradable a tus ojos. Nunca te he oído hablar mal de un ser humano en mi vida.

––No quisiera ser imprudente al censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.

––Ya lo sé; y es eso lo que lo hace asombroso. Estar tan ciega para las locuras y tonterías de los demás, con el buen sentido que tienes. Fingir candor es algo bastante corriente, se ve en todas partes. Pero ser cándido sin ostentación ni premeditación, quedarse con lo bueno de cada uno, mejorarlo aun, y no decir nada de lo malo, eso sólo lo haces tú. Y también te gustan sus hermanas¿no es así? Sus modales no se parecen en nada a los de él.

––Al principio desde luego que no, pero cuando charlas con ellas son muy amables. La señorita Takeda va a venir a vivir con su hermano y ocuparse de su casa. Y, o mucho me equivoco, o estoy segura de que encontraremos en ella una vecina encantadora.

Aome escuchaba en silencio, pero no estaba convencida. El comportamiento de las hermanas de Takeda no había sido a propósito para agradar a nadie. Mejor observadora que su hermana, con un temperamento menos flexible y un juicio menos propenso a dejarse influir por los halagos, Aome estaba poco dispuesta a aprobar a las Takeda. Eran, en efecto, unas señoras muy finas, bastante alegres cuando no se las contrariaba y, cuando ellas querían, muy agradables; pero orgullosas y engreídas. Eran bastante bonitas; habían sido educadas en uno de los mejores colegios de la capital y poseían una fortuna de veinte mil libras; estaban acostumbradas a gastar más de la cuenta y a relacionarse con gente de rango, por lo que se creían con el derecho de tener una buena opinión de sí mismas y una pobre opinión de los demás. Pertenecían a una honorable familia del norte de Inglaterra, circunstancia que estaba más profundamente grabada en su memoria que la de que tanto su fortuna como la de su hermano había sido hecha en el comercio.

El señor Miroku Takeda heredó casi cien mil libras de su padre, quien ya había tenido la intención de comprar una mansión pero no vivió para hacerlo. El señor Takeda pensaba de la misma forma y a veces parecía decidido a hacer la elección dentro de su condado; pero como ahora disponía de una buena casa y de la libertad de un propietario, los que conocían bien su carácter tranquilo dudaban el que no pasase el resto de sus días en Netherfield y dejase la compra para la generación venidera.

Sus hermanas estaban ansiosas de que él tuviera una mansión de su propiedad. Pero aunque en la actualidad no fuese más que arrendatario, la señorita Takeda no dejaba por eso de estar deseosa de presidir su mesa; ni la señora Kurosawa, que se había casado con un hombre más elegante que rico, estaba menos dispuesta a considerar la casa de su hermano como la suya propia siempre que le conviniese.

A los dos años escasos de haber llegado el señor Takeda a su mayoría de edad, una casual recomendación le indujo a visitar la posesión de Netherfield. La vio por dentro y por fuera durante media hora, y se dio por satisfecho con las ponderaciones del propietario, alquilándola inmediatamente.

Ente él y Sesshomaru Taisho existía una firme amistad a pesar de tener caracteres tan opuestos. Takeda había ganado la simpatía de Taisho por su temperamento abierto y dócil y por su naturalidad, aunque no hubiese una forma de ser que ofreciese mayor contraste a la suya y aunque él parecía estar muy satisfecho de su carácter. Takeda sabía el respeto que Taisho le tenía, por lo que confiaba plenamente en él, así como en su buen criterio. Entendía a Taisho como nadie. Takeda no era nada tonto, pero Taisho era mucho más inteligente. Era al mismo tiempo arrogante, reservado y quisquilloso, y aunque era muy educado, sus modales no le hacían nada atractivo. En lo que a esto respecta su amigo tenía toda la ventaja, Takeda estaba seguro de caer bien dondequiera que fuese, sin embargo Taisho era siempre seco y ofensivo.

El mejor ejemplo es la forma en la que hablaron de la fiesta de Meryton. Miroku Takeda nunca había conocido a gente más encantadora ni a chicas más guapas en su vida; todo el mundo había sido de lo más amable y atento con él, no había habido formalidades ni rigidez, y pronto se hizo amigo de todo el salón; y en cuanto a la señorita Higurashi, no podía concebir un ángel que fuese más bonito. Por el contrario, Sesshomaru Taisho había visto una colección de gente en quienes había poca belleza y ninguna elegancia, por ninguno de ellos había sentido el más mínimo interés y de ninguno había recibido atención o placer alguno. Reconoció que la señorita Higurashi era hermosa, pero sonreía demasiado. La señora Kurosawa y su hermana lo admitieron, pero aun así les gustaba y la admiraban, dijeron de ella que era una muchacha muy dulce y que no pondrían inconveniente en conocerla mejor. Quedó establecido, pues, que la señorita Higurashi era una muchacha muy dulce y por esto el hermano se sentía con autorización para pensar en ella como y cuando quisiera.

A poca distancia de Longbourn vivía una familia con la que los Higurashi tenían especial amistad. Sir William Lucas había tenido con anterioridad negocios en Meryton, donde había hecho una regular fortuna y se había elevado a la categoría de caballero por petición al rey durante su alcaldía. Esta distinción se le había subido un poco a la cabeza y empezó a no soportar tener que dedicarse a los negocios y vivir en una pequeña ciudad comercial; así que dejando ambos se mudó con su familia a una casa a una milla de Meryton, denominada desde entonces Lucas Lodge, donde pudo dedicarse a pensar con placer en su propia importancia, y desvinculado de sus negocios, ocuparse solamente de ser amable con todo el mundo. Porque aunque estaba orgulloso de su rango, no se había vuelto engreído; por el contrario, era todo atenciones para con todo el mundo. De naturaleza inofensivo, sociable y servicial, su presentación en St. James le había hecho además, cortés.

La señora Lucas era una buena mujer aunque no lo bastante inteligente para que la señora Higurashi la considerase una vecina valiosa. Tenían varios hijos. La mayor, una joven inteligente y sensata de unos veinte años, era la amiga íntima de Aome.

Que las Lucas y las Higurashi se reuniesen para charlar después de un baile, era algo absolutamente necesario, y la mañana después de la fiesta, las Lucas fueron a Longbourn para cambiar impresiones.

––Tú empezaste bien la noche, Rika ––dijo la señora Higurashi fingiendo toda amabilidad posible hacia la señorita Lucas––. Fuiste la primera que eligió el señor Takeda.

––Sí, pero pareció gustarle más la segunda.

––¡Oh! Te refieres a Sango, supongo, porque bailó con ella dos veces. Sí, parece que le gustó; sí, creo que sí. Oí algo, no sé, algo sobre el señor Yamamoto.

––Quizá se refiera a lo que oí entre él y el señor Yamamoto¿no se lo he contado? El señor Yamamoto le preguntó si le gustaban las fiestas de Meryton, si no creía que había muchachas muy hermosas en el salón y cuál le parecía la más bonita de todas. Su respuesta a esta última pregunta fue inmediata: «La mayor de las Higurashi, sin duda. No puede haber más que una opinión sobre ese particular.»

––¡No me digas! Parece decidido a... Es como si... Pero, en fin, todo puede acabar en nada.

––Lo que yo oí fue mejor que lo que oíste tú¿verdad, Aome? ––dijo Rika––. Merece más la pena oír al señor Takeda que al señor Taisho¿no crees¡Pobre Aome! Decir sólo: «No está mal. »

––Te suplico que no le metas en la cabeza a Aome que se disguste por Taisho. Es un hombre tan desagradable que la desgracia sería gustarle. La señora Long me dijo que había estado sentado a su lado y que no había despegado los labios.

––¿Estás segura, mamá¿No te equivocas? Yo vi al señor Taisho hablar con ella.

––Sí, claro; porque ella al final le preguntó si le gustaba Netherfield, y él no tuvo más remedio que contestar; pero la señora Long dijo que a él no le hizo ninguna gracia que le dirigiese la palabra.

––La señorita Takeda me dijo ––comentó Sango que él no solía hablar mucho, a no ser con sus amigos íntimos. Con ellos es increíblemente agradable.

––No me creo una palabra, querida. Si fuese tan agradable habría hablado con la señora Long. Pero ya me imagino qué pasó. Todo el mundo dice que el orgullo no le cabe en el cuerpo, y apostaría a que oyó que la señora Long no tiene coche y que fue al baile en uno de alquiler.

––A mí no me importa que no haya hablado con la señora Long ––dijo la señorita Lucas––, pero desearía que hubiese bailado con Aome.

––Yo que tú, Aome ––agregó la madre––, no bailaría con él nunca más.

––Creo, mamá, que puedo prometerte que nunca bailaré con él.

––El orgullo ––dijo la señorita Lucas–– ofende siempre, pero a mí el suyo no me resulta tan ofensivo. Él tiene disculpa. Es natural que un hombre atractivo, con familia, fortuna y todo a su favor tenga un alto concepto de sí mismo. Por decirlo de algún modo, tiene derecho a ser orgulloso.

––Es muy cierto ––replicó Aome––, podría perdonarle fácilmente su orgullo si no hubiese mortificado el mío.

––El orgullo ––observó Kana, que se preciaba mucho de la solidez de sus reflexiones––, es un defecto muy común. Por todo lo que he leído, estoy convencida de que en realidad es muy frecuente que la naturaleza humana sea especialmente propensa a él, hay muy pocos que no abriguen un sentimiento de autosuficiencia por una u otra razón, ya sea real o imaginaria. La vanidad y el orgullo son cosas distintas, aunque muchas veces se usen como sinónimos. El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros.

––Si yo fuese tan rico como el señor Taisho, exclamó un joven Lucas que había venido con sus hermanas––, no me importaría ser orgulloso. Tendría una jauría de perros de caza, y bebería una botella de vino al día.

––Pues beberías mucho más de lo debido ––dijo la señora Higurashi–– y si yo te viese te quitaría la botella inmediatamente.

El niño dijo que no se atrevería, ella que sí, y así siguieron discutiendo hasta que se dio por finalizada la visita.

Las señoras de Longbourn no tardaron en ir a visitar a las de Netherfield, y éstas devolvieron la visita como es costumbre. El encanto de la señorita Higurashi aumentó la estima que la señora Kurosawa y la señorita Takeda sentían por ella; y aunque encontraron que la madre era intolerable y que no valía la pena dirigir la palabra a las hermanas menores, expresaron el deseo de profundizar las relaciones con ellas en atención a las dos mayores. Esta atención fue recibida por Sango con agrado, pero Aome seguía viendo arrogancia en su trato con todo el mundo, exceptuando, con reparos, a su hermana; no podían gustarle. Aunque valoraba su amabilidad con Sango, sabía que probablemente se debía a la influencia de la admiración que el hermano sentía por ella. Era evidente, dondequiera que se encontrasen, que Takeda admiraba a Sango; y para Aome también era evidente que en su hermana aumentaba la inclinación que desde el principio sintió por él, lo que la predisponía a enamorarse de él; pero se daba cuenta, con gran satisfacción, de que la gente no podría notarlo, puesto que Sango uniría a la fuerza de sus sentimientos moderación y una constante jovialidad, que ahuyentaría las sospechas de los impertinentes. Así se lo comentó a su amiga, la señorita Lucas.

––Tal vez sea mejor en este caso ––replicó Rika–– poder escapar a la curiosidad de la gente; pero a veces es malo ser tan reservada. Si una mujer disimula su afecto al objeto del mismo, puede perder la oportunidad de conquistarle; y entonces es un pobre consuelo pensar que los demás están en la misma ignorancia. Hay tanto de gratitud y vanidad en casi todos, los cariños, que no es nada conveniente dejarlos a la deriva. Normalmente todos empezamos por una ligera preferencia, y eso sí puede ser simplemente porque sí, sin motivo; pero hay muy pocos que tengan tanto corazón como para enamorarse sin haber sido estimulados. En nueve de cada diez casos, una mujer debe mostrar más cariño del que siente. A Takeda le gusta tu hermana, indudablemente; pero si ella no le ayuda, la cosa no pasará de ahí.

––Ella le ayuda tanto como se lo permite su forma de ser. Si yo puedo notar su cariño hacia él, él, desde luego, sería tonto si no lo descubriese.

––Recuerda, Aome, que él no conoce el carácter de Sango como tú.

––Pero si una mujer está interesada por un hombre y no trata de ocultarlo, él tendrá que acabar por descubrirlo.

––Tal vez sí, si él la ve lo bastante. Pero aunque Takeda y Sango están juntos a menudo, nunca es por mucho tiempo; y además como sólo se ven en fiestas con mucha gente, no pueden hablar a solas. Así que Sango debería aprovechar al máximo cada minuto en el que pueda llamar su atención. Y cuando lo tenga seguro, ya tendrá tiempo––para enamorarse de él todo lo que quiera.

––Tu plan es bueno ––contestó Aome––, cuando la cuestión se trata sólo de casarse bien; y si yo estuviese decidida a conseguir un marido rico, o cualquier marido, casi puedo decir que lo llevaría a cabo. Pero esos no son los sentimientos de Sango, ella no actúa con premeditación. Todavía no puede estar segura de hasta qué punto le gusta, ni el porqué. Sólo hace quince días que le conoce. Bailó cuatro veces con él en Meryton; le vio una mañana en su casa, y desde entonces ha cenado en su compañía cuatro veces. Esto no es suficiente para que ella conozca su carácter.

––No tal y como tú lo planteas. Si solamente hubiese cenado con él no habría descubierto otra cosa que si tiene buen apetito o no; pero no debes olvidar que pasaron cuatro veladas juntos; y cuatro veladas pueden significar bastante.

––Sí; en esas cuatro veladas lo único que pudieron hacer es averiguar qué clase de bailes les gustaba a cada uno, pero no creo que hayan podido descubrir las cosas realmente importantes de su carácter.

––Bueno ––dijo Rika––. Deseo de todo corazón que a Sango le salgan las cosas bien; y si se casase con él mañana, creo que tendría más posibilidades de ser feliz que si se dedica a estudiar su carácter durante doce meses. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El que una pareja crea que son iguales o se conozcan bien de antemano, no les va a traer la felicidad en absoluto. Las diferencias se van acentuando cada vez más hasta hacerse insoportables; siempre es mejor saber lo menos posible de la persona con la que vas a compartir tu vida.

––Me haces reír, Rika; no tiene sentido. Sabes que no tiene sentido; además tú nunca actuarías de esa forma.

Ocupada en observar las atenciones de Takeda para con su hermana, Aome estaba lejos de sospechar que también estaba siendo objeto de interés a los dorados ojos del amigo de Takeda. Al principio, el señor Taisho apenas se dignó admitir que era bonita; no había demostrado ninguna admiración por ella en el baile; y la siguiente vez que se vieron, él sólo se fijó en ella para criticarla. Pero tan pronto como dejó claro ante sí mismo y ante sus amigos que los rasgos de su cara apenas le gustaban, empezó a darse cuenta de que la bella expresión de sus ojos oscuros le daban un aire de extraordinaria inteligencia. A este descubrimiento siguieron otros igualmente mortificantes. Aunque detectó con ojo crítico más de un fallo en la perfecta simetría de sus formas, tuvo que reconocer que su figura era grácil y esbelta; y a pesar de que afirmaba que sus maneras no eran las de la gente refinada, se sentía atraído por su naturalidad y alegría. De este asunto ella no tenía la más remota idea. Para ella Taisho era el hombre que se hacía antipático dondequiera que fuese y el hombre que no la había considerado lo bastante hermosa como para sacarla a bailar.

Taisho empezó a querer conocerla mejor. Como paso previo para hablar con ella, se dedicó a escucharla hablar con los demás. Este hecho llamó la atención de Aome. Ocurrió un día en casa de sir Lucas donde se había reunido un amplio grupo de gente.

––¿Qué querrá el señor Taisho ––le dijo ella a Rika––, que ha estado escuchando mi conversación con el coronel Forster?

––Ésa es una pregunta que sólo el señor Taisho puede contestar.

––Si lo vuelve a hacer le daré a entender que sé lo que pretende. Es muy satírico, y si no empiezo siendo impertinente yo, acabaré por tenerle miedo.

Poco después se les volvió a acercar, y aunque no parecía tener intención de hablar, la señorita Lucas desafió a su amiga para que le mencionase el tema, lo que inmediatamente provocó a Aome, que se volvió a él y le dijo:

––¿No cree usted, señor Taisho, que me expresé muy bien hace un momento, cuando le insistía al coronel Forster para que nos diese un baile en Meryton?

––Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres.

––Es usted severo con nosotras.

––Ahora nos toca insistirte a ti ––dijo la señorita Lucas––. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Aome.

––¿Qué clase de amiga eres? Siempre quieres que cante y que toque delante de todo el mundo. Si me hubiese llamado Dios por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor; pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos ––pero como la señorita Lucas insistía, añadió––: Muy bien, si así debe ser será ––y mirando fríamente a Taisho dijo––: Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien, «guárdate el aire para enfriar la sopa», y yo lo guardaré para mi canción.

El concierto de Aome fue agradable, pero no extraordinario. Después de una o dos canciones y antes de que pudiese complacer las peticiones de algunos que querían que cantase otra vez, fue reemplazada al piano por su hermana Kana, que como era la menos brillante de la familia, trabajaba duramente para adquirir conocimientos y habilidades que siempre estaba impaciente por demostrar.

Kana no tenía ni talento ni gusto; y aunque la vanidad la había hecho aplicada, también le había dado un aire pedante y modales afectados que deslucirían cualquier brillantez superior a la que ella había alcanzado. A Aome, aunque había tocado la mitad de bien, la habían escuchado con más agrado por su soltura y sencillez; Kana, al final de su largo concierto, no obtuvo más que unos cuantos elogios por las melodías escocesas e irlandesas que había tocado a ruegos de sus hermanas menores que, con alguna de las Lucas y dos o tres oficiales, bailaban alegremente en un extremo del salón.

Taisho, a quien indignaba aquel modo de pasar la velada, estaba callado y sin humor para hablar; se hallaba tan embebido en sus propios pensamientos que no se fijó en que sir William Lucas estaba a su lado, hasta que éste se dirigió a él.

––¡Qué encantadora diversión para la juventud, señor Taisho! Mirándolo bien, no hay nada como el baile. Lo considero como uno de los mejores refinamientos de las sociedades más distinguidas.

––Ciertamente, señor, y también tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos distinguidas del mundo; todos los salvajes bailan.

Sir William esbozó una sonrisa.

––Su amigo baila maravillosamente ––continuó después de una pausa al ver a Takeda unirse al grupo–– y no dudo, señor Taisho, que usted mismo sea un experto en la materia.

––Me vio bailar en Meryton, creo, señor.

––Desde luego que sí, y me causó un gran placer verle. ¿Baila usted a menudo en Saint James?

––Nunca, señor.

¿No cree que sería un cumplido para con ese lugar?

––Es un cumplido que nunca concedo en ningún lugar, si puedo evitarlo.

––Creo que tiene una casa en la capital. El señor Taisho asintió con la cabeza.

––Pensé algunas veces en fijar mi residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad; pero no estaba seguro de que el aire de Londres le sentase bien a lady Lucas.

Sir William hizo una pausa con la esperanza de una respuesta, pero su compañía no estaba dispuesto a hacer ninguna. Al ver que Aome se les acercaba, se le ocurrió hacer algo que le pareció muy galante de su parte y la llamó.

––Mi querida señorita Aome¿por qué no está bailando? Señor Taisho, permítame que le presente a esta joven que puede ser una excelente pareja. Estoy seguro de que no puede negarse a bailar cuando tiene ante usted tanta belleza.

Tomó a Aome de la mano con la intención de pasársela a Taisho; quien, aunque extremadamente sorprendido, no iba a rechazarla; pero Aome le volvió la espalda y le dijo a sir William un tanto desconcertada:

––De veras, señor, no tenía la menor intención de bailar. Le ruego que no suponga que he venido hasta aquí para buscar pareja.

El señor Taisho, con toda corrección le pidió que le concediese el honor de bailar con él, pero fue en vano. Aome estaba decidida, y ni siquiera sir William, con todos sus argumentos, pudo persuadirla.

––Usted es excelente en el baile, señorita Aome, y es muy cruel por su parte negarme la satisfacción de verla; y aunque a este caballero no le guste este entretenimiento, estoy seguro de que no tendría inconveniente en complacernos durante media hora.

––El señor Taisho es muy educado ––dijo Aome sonriendo.

––Lo es, en efecto; pero considerando lo que le induce, querida Aome, no podemos dudar de su cortesía; porque¿quién podría rechazar una pareja tan encantadora?

Aome les miró con coquetería y se retiró. Su resistencia no le había perjudicado nada a los ojos del caballero, que estaba pensando en ella con satisfacción cuando fue abordado por la señorita Takeda.

––Adivino por qué está tan pensativo.

––Creo que no.

––Está pensando en lo insoportable que le sería pasar más veladas de esta forma, en una sociedad como ésta; y por supuesto, soy de su misma opinión. Nunca he estado más enojada. ¡Qué gente tan insípida y qué alboroto arman! Con lo insignificantes que son y qué importancia se dan. Daría algo por oír sus críticas sobre ellos.

––Sus conjeturas son totalmente equivocadas. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables. Estaba meditando sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de una mujer hermosa.

La señorita Takeda le miró fijamente deseando que le dijese qué dama había inspirado tales pensamientos. El señor Taisho, intrépido, contestó:

––La señorita Aome Higurashi.

––¡La señorita Higurashi! Me deja atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame¿cuándo tendré que darle la enhorabuena?

––Ésa es exactamente la pregunta que esperaba que me hiciese. La imaginación de una dama va muy rápido y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento. Sabía que me daría la enhorabuena.

––Si lo toma tan en serio, creeré que es ya cosa hecha. Tendrá usted una suegra encantadora, de veras, y ni que decir tiene que estará siempre en Pemberley con ustedes.

Él la escuchaba con perfecta indiferencia, mientras ella seguía disfrutando con las cosas que le decía; y al ver, por la actitud de Taisho, que todo estaba a salvo, dejó correr su ingenio durante largo tiempo.

La propiedad del señor Higurashi consistía casi enteramente en una hacienda de dos mil libras al año, la cual, desafortunadamente para sus hijas, estaba destinada, por falta de herederos varones, a un pariente lejano; y la fortuna de la madre, aunque abundante para su posición, difícilmente podía suplir a la de su marido. Su padre había sido abogado en Meryton y le había dejado cuatro mil libras.

La señora Higurashi tenía una hermana casada con un tal señor Kurumada que había sido empleado de su padre y le había sucedido en los negocios, y un hermano en Londres que ocupaba un respetable lugar en el comercio.

El pueblo de Longbourn estaba sólo a una milla de Meryton, distancia muy conveniente para las señoritas, que normalmente tenían la tentación de ir por allí tres o cuatro veces a la semana para visitar a su tía y, de paso, detenerse en una sombrerería que había cerca de su casa. Las que más frecuentaban Meryton eran las dos menores, Kagura y Kikyo, que solían estar más ociosas que sus hermanas, y cuando no se les ofrecía nada mejor, decidían que un paseíto a la ciudad era necesario para pasar bien la mañana y así tener conversación para la tarde; porque, aunque las noticias no solían abundar en el campo, su tía siempre tenía algo que contar. De momento estaban bien provistas de chismes y de alegría ante la reciente llegada de un regimiento militar que iba a quedarse todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.

Ahora las visitas a la señora Kurumada proporcionaban una información de lo más interesante. Cada día añadían algo más a lo que ya sabían acerca de los nombres y las familias de los oficiales. El lugar donde se alojaban ya no era un secreto y pronto empezaron a conocer a los oficiales en persona.

El señor Kurumada los conocía a todos, lo que constituía para sus sobrinas una fuente de satisfacción insospechada. No hablaba de otra cosa que no fuera de oficiales. La gran fortuna del señor Takeda, de la que tanto le gustaba hablar a su madre, ya no valía la pena comparada con el uniforme de un alférez.

Después de oír una mañana el entusiasmo con el que sus hijas hablaban del tema, el señor Higurashi observó fríamente:

––Por todo lo que puedo sacar en limpio de vuestra manera de hablar debéis de ser las muchachas más tontas de todo el país. Ya había tenido mis sospechas algunas veces, pero ahora estoy convencido.

Kagura se quedó desconcertada y no contestó. Kikyo, con absoluta indiferencia, siguió expresando su admiración por el capitán Carter, y dijo que esperaba verle aquel mismo día, pues a la mañana siguiente se marchaba a Londres.

––Me deja pasmada, querido ––dijo la señora Higurashi––, lo dispuesto que siempre estás a creer que tus hijas son tontas. Si yo despreciase a alguien, sería a las hijas de los demás, no a las mías.

––Si mis hijas son tontas, lo menos que puedo hacer es reconocerlo.

––Sí, pero ya ves, resulta que son muy listas.

––Presumo que ese es el único punto en el que no estamos de acuerdo. Siempre deseé coincidir contigo en todo, pero en esto difiero, porque nuestras dos hijas menores son tontas de remate.

Mi querido señor Higurashi, no esperarás que estas niñas .tengan tanto sentido como sus padres. Cuando tengan nuestra edad apostaría a que piensan en oficiales tanto como nosotros. Me acuerdo de una época en la que me gustó mucho un casaca roja, y la verdad es que todavía lo llevo en mi corazón. Y si un joven coronel con cinco o seis mil libras anuales quisiera a una de mis hijas, no le diría que no. Encontré muy bien al coronel Forster la otra noche en casa de sir William.

––Mamá ––dijo Kikyo, la tía dice que el coronel Forster y el capitán Carter ya no van tanto a casa de los Watson como antes. Ahora los ve mucho en la biblioteca de Clarke.

La señora Higurashi no pudo contestar al ser interrumpida por la entrada de un lacayo que traía una nota para la señorita Higurashi; venía de Netherfield y el criado esperaba respuesta. Los ojos de la señora Higurashi brillaban de alegría y estaba impaciente por que su hija acabase de leer.

––Bien, Sango¿de quién es¿de qué se trata¿qué dice? Date prisa y dinos, date prisa, cariño.

––Es de la señorita Takeda ––dijo Sango, y entonces leyó en voz alta:

«Mi querida amiga:

Si tienes compasión de nosotras, ven a cenar hoy con Louisa y conmigo, si no, estaremos en peligro de odiarnos la una a la otra el resto de nuestras vidas, porque dos mujeres juntas todo el día no pueden acabar sin pelearse. Ven tan pronto como te sea posible, después de recibir esta nota. Mi hermano y los otros señores cenarán con los oficiales. Saludos,

Haruko Takeda.»

––¡Con los oficiales! ––exclamó Kikyo––. ¡Qué raro que la tía no nos lo haya dicho!

––¡Cenar fuera! ––dijo la señora Higurashi––. ¡Qué mala suerte!

––¿Puedo llevar el carruaje? ––preguntó Sango.

––No, querida; es mejor que vayas a caballo, porque parece que va a llover y así tendrás que quedarte a pasar la noche.

––Sería un buen plan ––dijo Aome––, si estuvieras segura de que no se van a ofrecer para traerla a casa.

––Oh, los señores llevarán el landó del señor Takeda a Meryton y los Kurosawa no tienen caballos propios.

––Preferiría ir en el carruaje.

––Pero querida, tu padre no puede prestarte los caballos. Me consta. Se necesitan en la granja. ¿No es así, señor Higurashi?

––Se necesitan más en la granja de lo que yo puedo ofrecerlos.

––Si puedes ofrecerlos hoy ––dijo Aome––, los deseos de mi madre se verán cumplidos.

Al final animó al padre para que admitiese que los caballos estaban ocupados. Y, por fin, Sango se vio obligada a ir a caballo. Su madre la acompañó hasta la puerta pronosticando muy contenta un día pésimo.

Sus esperanzas se cumplieron; no hacía mucho que se había ido Sango, cuando empezó a llover a cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre estaba encantada. No paró de llover en toda la tarde; era obvio que Sango no podría volver...

––Verdaderamente, tuve una idea muy acertada ––repetía la señora Higurashi.

Sin embargo, hasta la mañana siguiente no supo nada del resultado de su oportuna estratagema. Apenas había acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota para Aome:

«Mi querida Aome:

No me encuentro muy bien esta mañana, lo que, supongo, se debe a que ayer llegue calada hasta los huesos. Mis amables amigas no quieren ni oírme hablar de volver a casa hasta que no esté mejor. Insisten en que me vea el señor Jones; por lo tanto, no os alarméis si os enteráis de que ha venido a visitarme. No tengo nada más que dolor de garganta y dolor de cabeza. Tuya siempre,

Sango.»

––Bien, querida ––dijo el señor Higurashi una vez Aome hubo leído la nota en alto––, si Sango contrajera una enfermedad peligrosa o se muriese sería un consuelo saber que todo fue por conseguir al señor Takeda y bajo tus órdenes.

––¡Oh! No tengo miedo de que se muera. La gente no se muere por pequeños resfriados sin importancia. Tendrá buenos cuidados. Mientras esté allí todo irá de maravilla. Iría a verla, si pudiese disponer del coche.

Aome, que estaba verdaderamente preocupada, tomó la determinación de ir a verla. Como no podía disponer del carruaje y no era buena amazona, caminar era su única alternativa. Y declaró su decisión.

––¿Cómo puedes ser tan tonta? exclamó su madre––. ¿Cómo se te puede ocurrir tal cosa¡Con el barro que hay¡Llegarías hecha una facha, no estarías presentable!

––Estaría presentable para ver a Sango que es todo lo que yo deseo.

––¿Es una indirecta para que mande a buscar los caballos, Aome? ––dijo su padre.

––No, en absoluto. No me importa caminar. No hay distancias cuando se tiene un motivo. Son sólo tres millas. Estaré de vuelta a la hora de cenar.

––Admiro la actividad de tu benevolencia ––observó Kana––; pero todo impulso del sentimiento debe estar dirigido por la razón, y a mi juicio, el esfuerzo debe ser proporcional a lo que se pretende.

––Iremos contigo hasta Meryton ––dijeron Kagura y Kikyo. Aome aceptó su compañía y las tres jóvenes salieron juntas.

––Si nos damos prisa ––dijo Kikyo mientras caminaba––, tal vez podamos ver al capitán Carter antes de que se vaya.

En Meryton se separaron; las dos menores se dirigieron a casa de la esposa de uno de los oficiales y Aome continuó su camino sola. Cruzó campo tras campo a paso ligero, saltó cercas y sorteó charcos con impaciencia hasta que por fin se encontró ante la casa, con los tobillos empapados, las medias sucias y el rostro encendido por el ejercicio.

La pasaron al comedor donde estaban todos reunidos menos Sango, y donde su presencia causó gran sorpresa. A la señora Kurosawa y a la señorita Takeda les parecía increíble que hubiese caminado tres millas sola, tan temprano y con un tiempo tan espantoso. Aome quedó convencida de que la hicieron de menos por ello. No obstante, la recibieron con mucha cortesía, pero en la actitud del hermano había algo más que cortesía: había buen humor y amabilidad. El señor Taisho habló poco y el señor Kurosawa nada de nada. El primero fluctuaba entre la admiración por la luminosidad que el ejercicio le había dado a su rostro y la duda de si la ocasión justificaba el que hubiese venido sola desde tan lejos. El segundo sólo pensaba en su desayuno.

Las preguntas que Aome hizo acerca de su hermana no fueron contestadas favorablemente. La señorita Higurashi había dormido mal, y, aunque se había levantado, tenía mucha fiebre y no estaba en condiciones de salir de su habitación. Aome se alegró de que la llevasen a verla inmediatamente; y Sango, que se había contenido de expresar en su nota cómo deseaba esa visita, por miedo a ser inconveniente o a alarmarlos, se alegró muchísimo al verla entrar. A pesar de todo no tenía ánimo para mucha conversación. Cuando la señorita Takeda las dejó solas, no pudo formular más que gratitud por la extraordinaria amabilidad con que la trataban en aquella casa. Aome la atendió en silencio.

Cuando acabó el desayuno, las hermanas Takeda se reunieron con ellas; y a Aome empezaron a parecerle simpáticas al ver el afecto y el interés que mostraban por Sango. Vino el médico y examinó a la paciente, declarando, como era de suponer, que había cogido un fuerte resfriado y que debían hacer todo lo posible por cuidarla. Le recomendó que se metiese otra vez en la cama y le recetó algunas medicinas. Siguieron las instrucciones del médico al pie de la letra, ya que la fiebre había aumentado y el dolor de cabeza era más agudo. Aome no abandonó la habitación ni un solo instante y las otras señoras tampoco se ausentaban por mucho tiempo. Los señores estaban fuera porque en realidad nada tenían que hacer allí.

Cuando dieron las tres, Aome comprendió que debía marcharse, y, aunque muy en contra de su voluntad, así lo expresó.

La señorita Takeda le ofreció el carruaje; Aome sólo estaba esperando que insistiese un poco más para aceptarlo, cuando Sango comunicó su deseo de marcharse con ella; por lo que la señorita Takeda se vio obligada a convertir el ofrecimiento del landó en una invitación para que se quedase en Netherfield. Aome aceptó muy agradecida, y mandaron un criado a Longbourn para hacer saber a la familia que se quedaba y para que le enviasen ropa.


Hola pues ya estoy aqui con otro capitulo gracias por sus reviews.

Carolina, Ropna y Shi-Mae :quiubo, muchas miles de gracias por sus comentarios, a mi tambien me encanta, desde que la leì me traumé con la historia la verdad que si, con decirles que todo empezó hace como un mes que empecé a ver una miniserie de esta novela y me atrapó y desde entonces estoy encandilada con ella, espero les siga gustando esta adaptación, que no es como muchos quisieran, pero a mi me gusta.

ross: gracias por la aclaración y prometo poner mas cuidado, y a mi tambien me gusta, estoy bien loca ultimamente despues de leerla he estado traumatizada con ella y por eso decidí hacer esta adaptacion.

Macyna: lo sé y tienes todos los dedos llenos de razón, pero la verdad para hacer una adaptación perfectamente ambientada en japón, creo que tendría que hacer una buena investigación, para realizar una buena adaptación, con el tipo de sociedad, lugares, vestidos, nombres, etc., japoneses que se requieren, pero a mi me gusta asi, y sinceramente agradesco tus comentarios.

Espero les haya gustado este capítulo y me dejen sus comentarios al respecto, nos estamos leyendo.