Capitulo 3

A las cinco las señoras se retiraron para vestirse y a las seis y media llamaron a Aome para que bajara a cenar. Ésta no pudo contestar favorablemente a las atentas preguntas que le hicieron y en las cuales tuvo la satisfacción de distinguir el interés especial de Miroku Takeda. Sango no había mejorado nada; al oírlo, las hermanas repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, lo horrible que era tener un mal resfriado y lo que a ellas les molestaba estar enfermas. Después ya no se ocuparon más del asunto. Y su indiferencia hacia Sango, en cuanto no la tenían delante, volvió a despertar en Aome la antipatía que en principio había sentido por ellas.

En realidad, era a Takeda al único del grupo que ella veía con agrado. Su preocupación por Sango era evidente, y las atenciones que tenía con Aome eran lo que evitaba que se sintiese como una intrusa, que era como los demás la consideraban. Sólo él parecía darse cuenta de su presencia. La señorita Takeda estaba absorta con el señor Taisho; su hermana, más o menos, lo mismo; en cuanto al señor Kurosawa, que estaba sentado al lado de Aome, era un hombre indolente que no vivía más que para comer, beber y jugar a las cartas. Cuando supo que Aome prefería un plato sencillo a un ragout, ya no tuvo nada de qué hablar con ella. Cuando acabó la cena, Aome volvió inmediatamente junto a Sango. Nada más salir del comedor, la señorita Takeda empezó a criticarla. Sus modales eran, en efecto, pésimos, una mezcla de orgullo e impertinencia; no tenía conversación, ni estilo, ni gusto, ni belleza. La señora Kurosawa opinaba lo mismo y añadió:

––En resumen, lo único que se puede decir de ella es que es una excelente caminante. Jamás olvidaré cómo apareció esta mañana. Realmente parecía medio salvaje.

En efecto, Chiharu. Cuando la vi, casi no pude contenerme. ¡Qué insensatez venir hasta aquí¿Qué necesidad había de que corriese por los campos sólo porque su hermana tiene un resfriado¡Cómo traía los cabellos, tan despeinados, tan desaliñados!

––Sí. ¡Y las enaguas¡Si las hubieseis visto! Con más de una cuarta de barro. Y el abrigo que se había puesto para taparlas, desde luego, no cumplía su cometido.

––Tu retrato puede que sea muy exacto, Chiharu ––dijo Miroku––, pero todo eso a mí me pasó inadvertido. Creo que la señorita Aome Higurashi tenía un aspecto inmejorable al entrar en el salón esta mañana. Casi no me di cuenta de que llevaba las faldas sucias.

––Estoy segura de que usted sí que se fijó, señor Taisho ––dijo la señorita Takeda––; y me figuro que no le gustaría que su hermana diese semejante espectáculo.

––Claro que no.

––¡Caminar tres millas, o cuatro, o cinco, o las que sean, con el barro hasta los tobillos y sola, completamente sola¿Qué querría dar a entender? Para mí, eso demuestra una abominable independencia y presunción, y una indiferencia por el decoro propio de la gente del campo.

––Lo que demuestra es un apreciable cariño por su hermana ––dijo Takeda.

––Me temo, señor Taisho ––observó la señorita Takeda a media voz––, que esta aventura habrá afectado bastante la admiración que sentía usted por sus bellos ojos.

––En absoluto ––respondió Taisho––; con el ejercicio se le pusieron aun más brillantes.

A esta intervención siguió una breve pausa, y la señora Kurosawa empezó de nuevo.

––Le tengo gran estima a Sango Higurashi, es en verdad una muchacha encantadora, y desearía con todo mi corazón que tuviese mucha suerte. Pero con semejantes padres y con parientes de tan poca clase, me temo que no va a tener muchas oportunidades.

––Creo que te he oído decir que su tío es abogado en Meryton.

––Sí, y tiene otro que vive en algún sitio cerca de Cheapside.

––¡Colosal! añadió su hermana. Y las dos se echaron a reír a carcajadas.

––Aunque todo Cheapside estuviese lleno de tíos suyos ––exclamó Takeda––, no por ello serían las Higurashi menos agradables.

––Pero les disminuirá las posibilidades de casarse con hombres que figuren algo en el mundo ––respondió Taisho.

Takeda no hizo ningún comentario a esta observación de Taisho. Pero sus hermanas asintieron encantadas, y estuvieron un rato divirtiéndose a costa de los vulgares parientes de su querida amiga.

Sin embargo, en un acto de renovada bondad, al salir del comedor pasaron al cuarto de la enferma y se sentaron con ella hasta que las llamaron para el café. Sango se encontraba todavía muy mal, y Aome no la dejaría hasta más tarde, cuando se quedó tranquila al ver que estaba dormida, y entonces le pareció que debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón los encontró a todos jugando cartas, e inmediatamente la invitaron a que les acompañase. Pero ella, temiendo que estuviesen jugando fuerte, no aceptó, y, utilizando a su hermana como excusa, dijo que se entretendría con un libro durante el poco tiempo que podría permanecer abajo. El señor Kurosawa la miró con asombro.

––¿Prefieres leer a jugar?––le dijo––. Es muy extraño.

––La señorita Aome Higurashi ––dijo la señorita Takeda–– desprecia las cartas. Es una gran lectora y no encuentra placer en nada más.

––No merezco ni ese elogio ni esa censura exclamó Aome––. No soy una gran lectora y encuentro placer en muchas cosas.

––Como, por ejemplo, en cuidar a su hermana ––intervino Miroku––, y espero que ese placer aumente cuando la vea completamente repuesta.

Aome se lo agradeció de corazón y se dirigió a una mesa donde había varios libros. Él se ofreció al instante para ir a buscar otros, todos los que hubiese en su biblioteca.

––Desearía que mi colección fuese mayor para beneficio suyo y para mi propio prestigio; pero soy un hombre perezoso, y aunque no tengo muchos libros, tengo más de los que pueda llegar a leer.

Aome le aseguró que con los que había en la habitación tenía de sobra.

––Me extraña ––dijo la señorita Takeda–– que mi padre haya dejado una colección de libros tan pequeña. ¡Qué estupenda biblioteca tiene usted en Pemberley, señor Taisho!

––Tiene que ser buena ––contestó––; es obra de muchas generaciones.

––Y además usted la ha aumentado considerablemente; siempre está comprando libros.

––No puedo comprender que se descuide la biblioteca de una familia en tiempos como éstos.

––¡Descuidar! Estoy segura de que usted no descuida nada que se refiera a aumentar la belleza de ese noble lugar. Miroku, cuando construyas tu casa, me conformaría con que fuese la mitad de bonita que Pemberley.

––Ojalá pueda.

––Pero yo te aconsejaría que comprases el terreno cerca de Pemberley y que lo tomases como modelo. No hay condado más bonito en Inglaterra que Derbyshire.

––Ya lo creo que lo haría. Y compraría el mismo Pemberley si Sesshomaru lo vendiera.

––Hablo de posibilidades, Miroku.

––Sinceramente, Haruko, preferiría conseguir Pemberley comprándolo que imitándolo.

Aome estaba demasiado absorta en lo que ocurría para poder prestar la menor atención a su libro; no tardó en abandonarlo, se acercó a la mesa de juego y se colocó entre Takeda y su hermana mayor para observar la partida.

––¿Ha crecido la señorita Taisho desde la primavera? ––preguntó Haruko––. ¿Será ya tan alta como yo?

––Creo que sí. Ahora será de la estatura de la señorita Aome Higurashi, o más alta.

––¡Qué ganas tengo de volver a verla! Nunca he conocido a nadie que me guste tanto. ¡Qué figura, qué modales y qué talento para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.

––Me asombra ––dijo Takeda–– que las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y lleguen a ser tan perfectas como lo son todas.

––¡Todas las jóvenes perfectas! Mi querido Miroku¿qué dices?

––Sí, todas. Todas pintan, forran biombos y hacen bolsitas de malla. No conozco a ninguna que no sepa hacer todas estas cosas, y nunca he oído hablar de una damita por primera vez sin que se me informara de que era perfecta.

––Tu lista de lo que abarcan comúnmente esas perfecciones ––dijo Sesshomaru–– tiene mucho de verdad. El adjetivo se aplica a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o forrar biombos. Pero disto mucho de estar de acuerdo contigo en lo que se refiere a tu estimación de las damas en general. De todas las que he conocido, no puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean realmente perfectas.

––Ni yo, desde luego ––dijo la señorita Takeda.

––Entonces observó Aome–– debe ser que su concepto de la mujer perfecta es muy exigente.

––Sí, es muy exigente.

––¡Oh, desde luego! exclamó su fiel colaboradora––. Nadie puede estimarse realmente perfecto si no sobrepasa en mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Y además de todo esto, debe poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse; pues de lo contrario no merecería el calificativo más que a medias.

––Debe poseer todo esto ––agregó Taisho––, y a ello hay que añadir algo más sustancial en el desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas.

––No me sorprende ahora que conozca sólo a seis mujeres perfectas. Lo que me extraña es que conozca a alguna.

––¿Tan severa es usted con su propio sexo que duda de que esto sea posible?

––Yo nunca he visto una mujer así. Nunca he visto tanta capacidad, tanto gusto, tanta aplicación y tanta elegancia juntas como usted describe.

La señora Kurosawa y la señorita Takeda protestaron contra la injusticia de su implícita duda, afirmando que conocían muchas mujeres que respondían a dicha descripción, cuando el señor Kurosawa las llamó al orden quejándose amargamente de que no prestasen atención al juego. Como la conversación parecía haber terminado, Aome no tardó en abandonar el salón.

––Aome ––dijo la señorita Takeda cuando la puerta se hubo cerrado tras ella–– es una de esas muchachas que tratan de hacerse agradables al sexo opuesto desacreditando al suyo propio; no diré que no dé resultado con muchos hombres, pero en mi opinión es un truco vil, una mala maña.

––Indudablemente ––respondió Taisho, a quien iba dirigida principalmente esta observación–– hay vileza en todas las artes que las damas a veces se rebajan a emplear para cautivar a los hombres. Todo lo que tenga algo que ver con la astucia es despreciable.

La señorita Takeda no quedó lo bastante satisfecha con la respuesta como para continuar con el tema. Aome se reunió de nuevo con ellos sólo para decirles que su hermana estaba peor y que no podía dejarla. Takeda decidió enviar a alguien a buscar inmediatamente al doctor Tofu; mientras que sus hermanas, convencidas de que la asistencia médica en el campo no servía para nada, propusieron enviar a alguien a la capital para que trajese a uno de los más eminentes doctores. Aome no quiso ni oír hablar de esto último, pero no se oponía a que se hiciese lo que decía el hermano. De manera que se acordó mandar a buscar al doctor Tofu temprano a la mañana siguiente si Sango no se encontraba mejor. Miroku Takeda estaba bastante preocupado y sus hermanas estaban muy afligidas. Sin embargo, más tarde se consolaron cantando unos dúos, mientras Miroku no podía encontrar mejor alivio a su preocupación que dar órdenes a su ama de llaves para que se prestase toda atención posible a la enferma y a su hermana.

Aome pasó la mayor parte de la noche en la habitación de su hermana, y por la mañana tuvo el placer de poder enviar una respuesta satisfactoria a las múltiples preguntas que ya muy temprano venía recibiendo, a través de una sirvienta de Takeda; y también a las que más tarde recibía de las dos elegantes damas de compañía de las hermanas. A pesar de la mejoría, Aome pidió que se mandase una nota a Longbourn, pues quería que su madre viniese a visitar a Sango para que ella misma juzgase la situación. La nota fue despachada inmediatamente y la respuesta a su contenido fue cumplimentada con la misma rapidez. La señora Higurashi, acompañada de sus dos hijas menores, llegó a Netherfield poco después del desayuno de la familia.

Si hubiese encontrado a Sango en peligro aparente, la señora Higurashi se habría disgustado mucho; pero quedándose satisfecha al ver que la enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se recobrase pronto, ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a atender la petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico, que había llegado casi al mismo tiempo, tampoco juzgó prudente. Después de estar sentadas un rato con Sango, apareció la señorita Takeda y las invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la siguieron. Takeda las recibió y les preguntó por Sango con la esperanza de que la señora Higurashi no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.

––Pues verdaderamente, la he encontrado muy mal ––respondió la señora Higurashi––. Tan mal que no es posible llevarla a casa. El doctor Tofu dice que no debemos pensar en trasladarla. Tendremos que abusar un poco más de su amabilidad.

––¡Trasladarla! ––exclamó Takeda––. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana también se opondrá a que se vaya a casa.

––Puede usted confiar, señora ––repuso la señorita Takeda con fría cortesía––, en que a la señorita Higurashi no le ha de faltar nada mientras esté con nosotros.

––Estoy segura ––añadió–– de que, a no ser por tan buenos amigos, no sé qué habría sido de ella, porque está muy enferma y sufre mucho; aunque eso sí, con la mayor paciencia del mundo, como hace siempre, porque tiene el carácter más dulce que conozco. Muchas veces les digo a mis otras hijas que no valen nada a su lado. ¡Qué bonita habitación es ésta, señor Takeda, y qué encantadora vista tiene a los senderos de jardín! Nunca he visto un lugar en todo el país comparable a Netherfield. Espero que no pensará dejarlo repentinamente, aunque lo haya alquilado por poco tiempo.

––Yo todo lo hago repentinamente ––respondió Takeda––. Así que si decidiese dejar Netherfield, probablemente me iría en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquí.

––Eso es exactamente lo que yo me esperaba de usted ––dijo Aome.

––Empieza usted a comprenderme¿no es así? ––exclamó Takeda volviéndose hacia ella.

––¡Oh, sí! Le comprendo perfectamente.

––Desearía tomarlo como un cumplido; pero me temo que el que se me conozca fácilmente es lamentable.

––Es como es. Ello no significa necesariamente que un carácter profundo y complejo sea más o menos estimable que el suyo.

––Aome ––exclamó su madre––, recuerda dónde estás y deja de comportarte con esa conducta intolerable a la que nos tienes acostumbrados en casa.

––No sabía que se dedicase usted a estudiar el carácter de las personas ––prosiguió Takeda inmediatamente––. Debe ser un estudio apasionante.

––Sí; y los caracteres complejos son los más apasionantes de todos. Por lo menos, tienen esa ventaja.

––El campo ––dijo Sesshomaru–– no puede proporcionar muchos sujetos para tal estudio. En un pueblo se mueve uno en una sociedad invariable y muy limitada.

––Pero la gente cambia tanto, que siempre hay en ellos algo nuevo que observar.

––Ya lo creo que sí ––exclamó la señora Higurashi, ofendida por la manera en la que había hablado de la gente del campo––; le aseguro que eso ocurre lo mismo en el campo que en la ciudad.

Todo el mundo se quedó sorprendido. Taisho la miró un momento y luego se volvió sin decir nada. La señora Higurashi creyó que había obtenido una victoria aplastante sobre él y continuó triunfante:

––Por mi parte no creo que Londres tenga ninguna ventaja sobre el campo, a no ser por las tiendas y los lugares públicos. El campo es mucho más agradable. ¿No es así, señor Takeda?

––Cuando estoy en el campo ––contestó–– no deseo irme, y cuando estoy en la ciudad me pasa lo mismo. Cada uno tiene sus ventajas y yo me encuentro igualmente a gusto en los dos sitios.

––Claro, porque usted tiene muy buen carácter. En cambio ese caballero ––dijo mirando a Taisho –no parece que tenga muy buena opinión del campo.

––Mamá, estás muy equivocada ––intervino Aome sonrojándose por la imprudencia de su madre––, interpretas mal al señor Taisho. Él sólo quería decir que en el campo no se encuentra tanta variedad de gente como en la ciudad. Lo que debes reconocer que es cierto.

––Ciertamente, querida, nadie dijo lo contrario, pero eso de que no hay mucha gente en esta vecindad, creo que hay pocas tan grandes como la nuestra. Yo he llegado a cenar con veinticuatro familias.

Nada, si no fuese su consideración por Aome, podría haber hecho contenerse a Takeda. Su hermana fue menos delicada, y miró a Taisho con una sonrisa muy expresiva. Aome quiso decir algo para cambiar de conversación y le preguntó a su madre si Rika Lucas había estado en Longbourn desde que ella se había ido.

––Sí, nos visitó ayer con su padre. ¡Qué hombre tan agradable es sir William¿Verdad, señor Takeda¡Tan distinguido, tan gentil y tan sencillo! Siempre tiene una palabra agradable para todo el mundo. Esa es la idea que yo tengo de lo que es la buena educación; esas personas que se creen muy importantes y nunca abren la boca, no tienen idea de educación.

––¿Cenó Rika con vosotros?

––No, se fue a casa. Creo que la necesitaban para hacer el pastel de carne. Lo que es yo, señor Takeda, siempre tengo sirvientes que saben hacer su trabajo. Mis hijas están educadas de otro modo. Pero cada cual que se juzgue a sí mismo. Las Lucas son muy buenas chicas, se lo aseguro. ¡Es una pena que no sean bonitas! No es que crea que Rika sea muy fea; en fin, sea como sea, es muy amiga nuestra.

––Parece una joven muy agradable ––dijo Takeda.

––¡Oh! sí, pero debe admitir que es bastante feúcha. La misma lady Lucas lo dice muchas veces, y me envidia por la belleza de Sango. No me gusta alabar a mis propias hijas, pero la verdad es que no se encuentra a menudo a alguien tan guapa como Sango. Yo no puedo ser imparcial, claro; pero es que lo dice todo el mundo. Cuando sólo tenía quince años, había un caballero que vivía en casa de mi hermano Gardiner en la ciudad, y que estaba tan enamorado de Sango que mi cuñada aseguraba que se declararía antes de que nos fuéramos. Pero no lo hizo. Probablemente pensó que era demasiado joven. Sin embargo, le escribió unos versos, y bien bonitos que eran.

––Y así terminó su amor ––dijo Aome con impaciencia––. Creo que ha habido muchos que lo vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.

––Yo siempre he considerado que la poesía es el alimento del amor ––dijo Sesshomaru.

––De un gran amor, sólido y fuerte, puede. Todo nutre a lo que ya es fuerte de por sí. Pero si es solo una inclinación ligera, sin ninguna base, un buen soneto la acabaría matando de hambre.

Taisho se limitó a sonreír. Siguió un silencio general que hizo temer a Aome que su madre volviese a hablar de nuevo. La señora Higurashi lo deseaba, pero no sabía qué decir, hasta que después de una pequeña pausa empezó a reiterar su agradecimiento al señor Takeda por su amabilidad con Sango y se disculpó por las molestias que también pudiera estar causando Aome. El señor Takeda fue cortés en su respuesta, y obligó a su hermana menor a ser cortés y a decir lo que la ocasión requería. Ella hizo su papel, aunque con poca gracia, pero la señora Higurashi, quedó satisfecha y poco después pidió su carruaje. Al oír esto, la más joven de sus hijas se adelantó para decir algo. Las dos muchachitas habían estado cuchicheando durante toda la visita, y el resultado de ello fue que la más joven debía recordarle al señor Takeda que cuando vino al campo por primera vez había prometido dar un baile en Netherfield.

Kikyo era fuerte, muy crecida para tener quince años, tenía buena figura y un carácter muy alegre. Era la favorita de su madre que por el amor que le tenía la había presentado en sociedad a una edad muy temprana. Era muy impulsiva y se daba mucha importancia, lo que había aumentado con las atenciones que recibía de los oficiales, a lo que las cenas de su tía y sus modales sencillos contribuían. Por lo tanto, era la más adecuada para dirigirse a Takeda y recordarle su promesa; añadiendo que sería una vergüenza ante el mundo si no lo mantenía. Su respuesta a este repentino ataque fue encantadora a los oídos de la señora Higurashi.

––Le aseguro que estoy dispuesto a mantener mi compromiso, en cuanto su hermana esté bien; usted misma, si gusta, podrá señalar la fecha del baile: No querrá estar bailando mientras su hermana está enferma.

Kikyo se dio por satisfecha:

––¡Oh! sí, será mucho mejor esperar a que Sango esté bien; y para entonces lo más seguro es que el capitán Carter estará de nuevo en Meryton. Y cuando usted haya dado su baile ––agregó––, insistiré para que den también uno ellos. Le diré al coronel Forster que sería lamentable que no lo hiciese.

Por fin la señora Higurashi y sus hijas se fueron, y Aome volvió al instante con Sango, dejando que las dos damas y el señor Taisho hiciesen sus comentarios acerca de su comportamiento y el de su familia. Sin embargo, Taisho no pudo compartir con los demás la censura hacia Aome, a pesar de la agudeza de la señorita Takeda al hacer chistes sobre ojos bonitos.

El día pasó lo mismo que el anterior. La señora Kurosawa y la señorita Takeda habían estado por la mañana unas horas al lado de la enferma, que seguía mejorando, aunque lentamente. Por la tarde Aome se reunió con ellas en el salón. Pero no se dispuso la mesa de juego acostumbrada. Taisho escribía y la señorita Takeda, sentada a su lado, seguía el curso de la carta, interrumpiéndole repetidas veces con mensajes para su hermana. El señor Kurosawa y Takeda jugaban al piquet y la señora Kurosawa contemplaba la partida.

Aome se dedicó a una labor de aguja, y tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que pasaba entre Taisho y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Taisho, a la simetría de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de acuerdo con la opinión que Aome tenía de cada uno de ellos.

––¡Qué contenta se pondrá la señorita Taisho cuando reciba esta carta!

Él no contestó.

––Escribe usted más deprisa que nadie. ––Se equivoca. Escribo muy despacio.

––¡Cuántas cartas tendrá ocasión de escribir al cabo del año! Incluidas cartas de negocios. ¡Cómo las detesto!

––Es una suerte, pues, que sea yo y no usted, el que tenga que escribirlas.

––Le ruego que le diga a su hermana que deseo mucho verla.

––Ya se lo he dicho una vez, por petición suya.

––Me temo que su pluma no le va bien. Déjeme que se la afile, lo hago increíblemente bien.

––Gracias, pero yo siempre afilo mi propia pluma.

––¿Cómo puede lograr una escritura tan uniforme?

Taisho no hizo ningún comentario.

––Dígale a su hermana que me alegro de saber que ha hecho muchos progresos con el arpa; y le ruego que también le diga que estoy entusiasmada con el diseño de mesa que hizo, y que creo que es infinitamente superior al de la señorita Grantley.

––¿Me permite que aplace su entusiasmo para otra carta? En la presente ya no tengo espacio para más elogios.

––¡Oh!, no tiene importancia. La veré en enero. Pero¿siempre le escribe cartas tan largas y encantadoras, señor Taisho?

––Generalmente son largas; pero si son encantadoras o no, no soy yo quien debe juzgarlo.

––Para mí es como una norma, cuando una persona escribe cartas tan largas con tanta facilidad no puede escribir mal.

––Ese cumplido no vale para Taisho, Chiharu ––interrumpió su hermano––, porque no escribe con facilidad. Estudia demasiado las palabras. Siempre busca palabras complicadas de más de cuatro sílabas¿no es así, Taisho?

––Mi estilo es muy distinto al tuyo.

––¡Oh! ––exclamó la señorita Takeda––. Miroku escribe sin ningún cuidado. Se come la mitad de las palabras y emborrona el resto.

––Las ideas me vienen tan rápido que no tengo tiempo de expresarlas; de manera que, a veces, mis cartas no comunican ninguna idea al que las recibe.

––Su humildad, señor Takeda ––intervino Aome––, tiene que desarmar todos los reproches.

––Nada es más engañoso ––dijo Sesshomaru–– que la apariencia de humildad. Normalmente no es otra cosa que falta de opinión, y a veces es una forma indirecta de vanagloriarse.

––¿Y cuál de esos dos calificativos aplicas a mi reciente acto de modestia?

––Una forma indirecta de vanagloriarse; porque tú, en realidad, estás orgulloso de tus defectos como escritor, puesto que los atribuyes a tu rapidez de pensamientos y a un descuido en la ejecución, cosa que consideras, si no muy estimable, al menos muy interesante. Siempre se aprecia mucho el poder de hacer cualquier cosa con rapidez, y no se presta atención a la imperfección con la que se hace. Cuando esta mañana le dijiste a la señora Higurashi que si alguna vez te decidías a dejar Netherfield, te irías en cinco minutos, fue una especie de elogio, de cumplido hacia ti mismo; y, sin embargo¿qué tiene de elogiable marcharse precipitadamente dejando, sin duda, asuntos sin resolver, lo que no puede ser beneficioso para ti ni para nadie?

––¡No! ––exclamó Takeda––. Me parece demasiado recordar por la noche las tonterías que se dicen por la mañana. Y te doy mi palabra, estaba convencido de que lo que decía de mí mismo era verdad, y lo sigo estando ahora. Por lo menos, no adopté innecesariamente un carácter precipitado para presumir delante de las damas.

––Sí, creo que estabas convencido; pero soy yo el que no está convencido de que te fueses tan aceleradamente. Tu conducta dependería de las circunstancias, como la de cualquier persona. Y si, montado ya en el caballo, un amigo te dijese: «Takeda, quédate hasta la próxima semana», probablemente lo harías, probablemente no te irías, y bastaría sólo una palabra más para que te quedaras un mes.

––Con esto sólo ha probado ––dijo Aome–– que Takeda no hizo justicia a su temperamento. Lo ha favorecido usted más ahora de lo que él lo había hecho.

––Estoy enormemente agradecido ––dijo Takeda por convertir lo que dice mi amigo en un cumplido. Pero me temo que usted no lo interpreta de la forma que mi amigo pretendía; porque él tendría mejor opinión de mí si, en esa circunstancia, yo me negase en rotundo y partiese tan rápido como me fuese posible.

––¿Consideraría entonces el señor Taisho reparada la imprudencia de su primera intención con la obstinación de mantenerla?

––No soy yo, sino Taisho, el que debe explicarlo.

––Quieres que dé cuenta de unas opiniones que tú me atribuyes, pero que yo nunca he reconocido. Volviendo al caso, debe recordar, señorita Higurashi, que el supuesto amigo que desea que se quede y que retrase su plan, simplemente lo desea y se lo pide sin ofrecer ningún argumento.

––El ceder pronto y fácilmente a la persuasión de un amigo, no tiene ningún mérito para usted. ––El ceder sin convicción dice poco en favor de la inteligencia de ambos.

––Me da la sensación, señor Taisho, de que usted nunca permite que le influyan el afecto o la amistad. El respeto o la estima por el que pide puede hacernos ceder a la petición sin esperar ninguna razón o argumento. No estoy hablando del caso particular que ha supuesto sobre el señor Takeda. Además, deberíamos, quizá, esperar a que se diese la circunstancia para discutir entonces su comportamiento. Pero en general y en casos normales entre amigos, cuando uno quiere que el otro cambie alguna decisión¿vería usted mal que esa persona complaciese ese deseo sin esperar las razones del otro?

––¿No sería aconsejable, antes de proseguir con el tema, dejar claro con más precisión qué importancia tiene la petición y qué intimidad hay entre los amigos?

––Perfectamente ––dijo Takeda––, fijémonos en todos los detalles sin olvidarnos de comparar estatura y tamaño; porque eso, señorita Higurashi, puede tener más peso en la discusión de lo que parece. Le aseguro que si Taisho no fuera tan alto comparado conmigo, no le tendría ni la mitad del respeto que le tengo. Confieso que no conozco nada más imponente que Taisho en determinadas ocasiones y en determinados lugares, especialmente en su casa y en las tardes de domingo cuando no tiene nada que hacer.

El señor Taisho sonrió; pero Aome se dio cuenta de que se había ofendido bastante y contuvo la risa. La señorita Takeda se molestó mucho por la ofensa que le había hecho a Taisho y censuró a su hermano por decir tales tonterías.

––Conozco tu sistema, Takeda ––dijo su amigo––. No te gustan las discusiones y quieres acabar ésta.

––Quizá. Las discusiones se parecen demasiado a las disputas. Si tú y la señorita Higurashi posponéis la vuestra para cuando yo no esté en la habitación, estaré muy agradecido; además, así podréis decir todo lo que queráis de mí.

––Por mi parte ––dijo Aome––, no hay objeción en hacer lo que pide, y es mejor que el señor Taisho acabe la carta.

Taisho siguió su consejo y acabó la carta. Concluida la tarea, se dirigió a la señorita Takeda y a Aome para que les deleitasen con algo de música. La señorita Takeda se apresuró al piano, pero antes de sentarse invitó cortésmente a Aome a tocar en primer lugar; ésta, con igual cortesía y con toda sinceridad rechazó la invitación; entonces, la señorita Takeda se sentó y comenzó el concierto.

La señora Kurosawa cantó con su hermana, y, mientras se empleaban en esta actividad, Aome no podía evitar darse cuenta, cada vez que volvía las páginas de unos libros de música que había sobre el piano, de la frecuencia con la que los ojos de Taisho se fijaban en ella. Le era difícil suponer que fuese objeto de admiración ante un hombre de tal categoría; y aun sería más extraño que la mirase porque ella le desagradara. Por fin, sólo pudo imaginar que llamaba su atención porque había algo en ella peor y más reprochable, según su concepto de la virtud, que en el resto de los presentes. Esta suposición no la apenaba. Le gustaba tan poco, que la opinión que tuviese sobre ella, no le preocupaba.

Después de tocar algunas canciones italianas, la señorita Takeda varió el repertorio con un aire escocés más alegre; y al momento el señor Taisho se acercó a Aome y le dijo:

––¿Le apetecería, señorita Higurashi, aprovechar esta oportunidad para bailar?

Ella sonrió y no contestó. Él, algo sorprendido por su silencio, repitió la pregunta.

––¡Oh! ––dijo ella––, ya había oído la pregunta. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted querría que contestase que sí, y así habría tenido el placer de criticar mis gustos; pero a mí me encanta echar por tierra esa clase de trampas y defraudar a la gente que está premeditando un desaire. Por lo tanto, he decidido decirle que no deseo bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.

––No me atrevo, se lo aseguro.

Ella, que creyó haberle ofendido, se quedó asombrada de su galantería. Pero había tal mezcla de dulzura y malicia en los modales de Aome, que era difícil que pudiese ofender a nadie; y Taisho nunca había estado tan ensimismado con una mujer como lo estaba con ella. Creía realmente que si no fuera por la inferioridad de su familia, se vería en peligro.

La señorita Takeda vio o sospechó lo bastante para ponerse celosa, y su ansiedad porque se restableciese su querida amiga Sango se incrementó con el deseo de librarse de Aome.

Intentaba provocar a Taisho para que se desilusionase de la joven, hablándole de su supuesto matrimonio con ella y de la felicidad que esa alianza le traería.

––Espero ––le dijo al día siguiente mientras paseaban por el jardín–– que cuando ese deseado acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias para que modere su lengua; y si puede conseguirlo, evite que las hijas menores anden detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar un tema tan delicado, procure refrenar ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que su dama posee.

––¿Tiene algo más que proponerme para mi felicidad doméstica?

––¡Oh, sí! Deje que los retratos de sus tíos, los Phillips, sean colgados en la galería de Pemberley. Póngalos al lado del tío abuelo suyo, el juez. Son de la misma profesión, aunque de distinta categoría. En cuanto al retrato de su Aome, no debe permitir que se lo hagan, porque ¿qué pintor podría hacer justicia a sus hermosos ojos?

––Desde luego, no sería fácil captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas podrían ser reproducidos.

En ese momento, por otro sendero del jardín, salieron a su paso la señora Kurosawa y Aome.

––No sabía que estabais paseando ––dijo la señorita Takeda un poco confusa al pensar que pudiesen haberles oído.

––Os habéis portado muy mal con nosotras ––respondió la señora Kurosawa–– al no decirnos que ibais a salir.

Y, tomando el brazo libre del señor Taisho, dejó que Aome pasease sola. En el camino sólo cabían tres. El señor Taisho se dio cuenta de tal descortesía y dijo inmediatamente:

––Este paseo no es lo bastante ancho para los cuatro, salgamos a la avenida.

Pero Aome, que no tenía la menor intención de continuar con ellos, contestó muy sonriente:

––No, no; quédense donde están. Forman un grupo encantador, está mucho mejor así. Una cuarta persona lo echaría a perder. Adiós.

Se fue alegremente regocijándose al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos días más estaría en su casa. Sango se encontraba ya tan bien, que aquella misma tarde tenía la intención de salir un par de horas de su cuarto.


Pues aquí tienen otro capìtulo de esta historia espero que les guste y dejen reviews, este capitulo esta muy bueno.

bye