CAPÍTULO 6

Al día siguiente Aome le contó a Sango todo lo que habían hablado Inuyasha Hanyou y ella. Sango escuchó con asombro e interés. No podía creer que Taisho fuese tan indigno de la estimación de Takeda; y, no obstante, no se atrevía a dudar de la veracidad de un hombre de apariencia tan afable como Hanyou. La mera posibilidad de que hubiese sufrido semejante crueldad era suficiente para avivar sus más tiernos sentimientos; de modo que no tenía más remedio que no pensar mal ni del uno ni del otro, defender la conducta de ambos y atribuir a la casualidad o al error lo que de otro modo no podía explicarse.

––Tengo la impresión ––decía–– de que ambos han sido defraudados, son personas, de algún modo decepcionadas por algo que nosotras no podemos adivinar. Quizá haya sido gente interesada en tergiversar las cosas la que los enfrentó. En fin, no podemos conjeturar las causas o las circunstancias que los han separado sin que ni uno ni otro sean culpables.

––Tienes mucha razón; y dime, mi querida Sango¿Qué tienes que decir en favor de esa gente interesada que probablemente tuvo que ver en el asunto? Defiéndelos también, si no nos veremos obligadas a hablar mal de alguien.

––Ríete de mí todo lo que quieras, pero no me harás cambiar de opinión. Querida Aome, ten en cuenta en qué lugar tan deshonroso sitúa al señor Taisho; tratar así al favorito de su padre, a alguien al que él había prometido darle un porvenir. Es imposible. Nadie medianamente bueno, que aprecie algo el valor de su conducta, es capaz de hacerlo. ¿Es posible que sus amigos más íntimos estén tan engañados respecto a él¡Oh, no!

––Creo que es más fácil que la amistad del señor Takeda sea impuesta que el señor Hanyou haya inventado semejante historia con nombres, hechos, y que la cuente con tanta naturalidad. Y si no es así, que sea el señor Taisho el que lo niegue. Además, había sinceridad en sus ojos.

––Es realmente difícil, es lamentable. Uno no sabe qué pensar.

––Perdona; uno sabe exactamente qué pensar.

Las dos jóvenes charlaban en el jardín cuando fueron a avisarles de la llegada de algunas de las personas de las que estaban justamente hablando. El señor Takeda y sus hermanas venían para invitarlos personalmente al tan esperado baile de Netherfield que había sido fijado para el martes siguiente. Las Takeda se alegraron mucho de ver a su querida amiga, les parecía que había pasado un siglo desde que habían estado juntas y continuamente le preguntaban qué había sido de ella desde su separación. Al resto de la familia les prestaron poca atención, a la señora Higurashi la evitaron todo lo que les fue posible, con Aome hablaron muy poco y a las demás ni siquiera les dirigieron la palabra. Se fueron en seguida, levantándose de sus asientos con una rapidez que dejó pasmado a su hermano, salieron con tanta prisa que parecían estar impacientes por escapar de las atenciones de la señora Higurashi.

La perspectiva del baile de Netherfield resultaba extraordinariamente apetecible a todos los miembros femeninos de la familia. La señora Higurashi lo tomó como un cumplido dedicado a su hija mayor y se sentía particularmente halagada por haber recibido la invitación del señor Takeda en persona y no a través de una ceremoniosa tarjeta. Sango se imaginaba una feliz velada en compañía de sus dos amigas y con las atenciones del hermano, y Aome pensaba con deleite en bailar todo el tiempo con el señor Inuyasha Hanyou y en ver confirmada toda la historia en las miradas y el comportamiento del señor Taisho. La felicidad que Kagura y Kikyo anticipaban dependía menos de un simple hecho o de una persona en particular, porque, aunque las dos, como Aome, pensaban bailar la mitad de la noche con Hanyou, no era ni mucho menos la única pareja que podía satisfacerlas, y, al fin y al cabo, un baile era un baile. Incluso Kana llegó a asegurar a su familia que tampoco a ella le disgustaba la idea de ir.

––Mientras pueda tener las mañanas para mí ––dijo––, me basta. No me supone ningún sacrificio aceptar ocasionalmente compromisos para la noche. Todos nos debemos a la sociedad, y confieso que soy de los que consideran que los intervalos de recreo y esparcimiento son recomendables para todo el mundo.

Aome estaba tan animada por la ocasión, que a pesar de que no solía hablarle a Akitoki más que cuando era necesario, no pudo evitar preguntarle si tenía intención de aceptar la invitación del señor Takeda y si así lo hacía, si le parecía procedente asistir a fiestas nocturnas. Aome se quedó sorprendida cuando le contestó que no tenía ningún reparo al respecto, y que no temía que el arzobispo ni Lady Izayoi de Bourgh le censurasen por aventurarse al baile.

––Le aseguro que en absoluto creo ––dijo–– que un baile como éste, organizado por hombre de categoría para gente respetable, pueda tener algo de malo. No tengo ningún inconveniente en bailar y espero tener el honor de hacerlo con todas mis bellas primas. Aprovecho ahora esta oportunidad para pedirle, precisamente a usted, señorita Aome, los dos primeros bailes, preferencia que confío que mi prima Sango sepa atribuir a la causa debida, y no a un desprecio hacia ella.

Aome se quedó totalmente desilusionada. ¡Ella que se había propuesto dedicar esos dos bailes tan especiales al señor Hanyou¡Y ahora tenía que bailarlos con el señor Akitoki! Había elegido mal momento para ponerse tan contenta. En fin¿qué podía hacer? No le quedaba más remedio que dejar su dicha y la de Hanyou para un poco más tarde y aceptar la propuesta de Akitoki con el mejor ánimo posible. No le hizo ninguna gracia su galantería porque detrás de ella se escondía algo más. Por primera vez se le ocurrió pensar que era ella la elegida entre todas las hermanas para ser la señora de la casa parroquial de Hunsford y para asistir a las partidas de cuatrillo de Rosings en ausencia de visitantes más selectos. Esta idea no tardó en convertirse en convicción cuando observó las crecientes atenciones de Akitoki para con ella y oyó sus frecuentes tentativas de elogiar su ingenio y vivacidad. Aunque a ella, el efecto que causaban sus encantos en este caso, más que complacerla la dejaba atónita, su madre pronto le dio a entender que la posibilidad de aquel matrimonio le agradaba en exceso. Sin embargo, Aome prefirió no darse por aludida, porque estaba segura de que cualquier réplica tendría como consecuencia una seria discusión. Probablemente el señor Akitoki nunca le haría semejante proposición, y hasta que lo hiciese era una pérdida de tiempo discutir por él.

Si no hubiesen tenido que hacer los preparativos para el baile de Netherfield, las Higurashi menores habrían llegado a un estado digno de compasión, ya que desde el día de la invitación hasta el del baile la lluvia no cesó un momento, impidiéndoles ir ni una sola vez a Meryton. Ni tía, ni oficiales, ni chismes que contar. Incluso los centros de rosas para el baile de Netherfield tuvieron que hacerse por encargo. La misma Aome vio su paciencia puesta a prueba con aquel mal tiempo que suspendió totalmente los progresos de su amistad con Hanyou. Sólo el baile del martes pudo hacer soportable a Kagura y a Kikyo un viernes, sábado, domingo y lunes como aquellos.

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Hasta que Aome entró en el salón de Netherfield y buscó en vano entre el grupo de casacas rojas allí reunidas a Inuyasha

Hanyou, no se le ocurrió pensar que podía no hallarse entre los invitados. La certeza de encontrarlo le había hecho olvidarse de lo que con razón la habría alarmado. Se había acicalado con más esmero que de costumbre y estaba preparada con el espíritu muy alto para conquistar todo lo que permaneciese indómito en su corazón, confiando que era el mejor galardón que podría conseguir en el curso de la velada. Pero en un instante le sobrevino la horrible sospecha de que Hanyou podía haber sido omitido de la lista de oficiales invitados de Takeda para complacer a Taisho. Ése no era exactamente el caso. Su ausencia fue definitivamente confirmada por el señor Kitsune, a quien Kikyo se dirigió ansiosamente, y quien les contó que el señor Hanyou se había visto obligado a ir a la capital para resolver unos asuntos el día antes y no había regresado todavía. Y con una sonrisa significativa añadió:

––No creo que esos asuntos le hubiesen retenido precisamente hoy, si no hubiese querido evitar encontrarse aquí con cierto caballero.

Kikyo no oyó estas palabras, pero Aome sí; aunque su primera sospecha no había sido cierta, Taisho era igualmente responsable de la ausencia de Hanyou, su antipatía hacia el primero se exasperó de tal modo que apenas pudo contestar con cortesía a las amables preguntas que Taisho le hizo al acercarse a ella poco después. Cualquier atención o tolerancia hacia Taisho significaba una injuria para Hanyou. Decidió no tener ninguna conversación con Taisho y se puso de un humor que ni siquiera pudo disimular al hablar con Takeda, pues su ciega parcialidad la irritaba.

Pero el mal humor no estaba hecho para Aome, y a pesar de que estropearon todos sus planes para la noche, se le pasó pronto. Después de contarle sus penas a Rica Lucas, a quien hacía una semana que no veía, pronto se encontró con ánimo para transigir con todas las rarezas de su primo y se dirigió a él. Sin embargo, los dos primeros bailes le devolvieron la angustia, fueron como una penitencia. El señor Akitoki, torpe y solemne, disculpándose en vez de atender al compás, y perdiendo el paso sin darse cuenta, le daba toda la pena y la vergüenza que una pareja desagradable puede dar en un par de bailes. Librarse de él fue como alcanzar el éxtasis.

Después tuvo el alivio de bailar con un oficial con el que pudo hablar del señor Hanyou, enterándose de que todo el mundo le apreciaba. Al terminar este baile, volvió con Rica Lucas, y estaban charlando, cuando de repente se dio cuenta de que el señor Taisho se había acercado a ella y le estaba pidiendo el próximo baile, la cogió tan de sorpresa que, sin saber qué hacía, aceptó. Taisho se fue acto seguido y ella, que se había puesto muy nerviosa, se quedó allí deseando recuperar la calma. Rica trató de consolarla.

––A lo mejor lo encuentras encantador.

––¡No lo quiera Dios! Ésa sería la mayor de todas las desgracias. ¡Encontrar encantador a un hombre que debe ser odiado! No me desees tanto mal.

Cuando se reanudó el baile, Taisho se le acercó para tomarla de la mano, y Rica no pudo evitar advertirle al oído que no fuera una tonta y que no dejase que su capricho por Hanyou le hiciese parecer antipática a los ojos de un hombre que valía diez veces más que él. Aome no contestó. Ocupó su lugar en la pista, asombrada por la dignidad que le otorgaba el hallarse frente a frente con Taisho, leyendo en los ojos de todos sus vecinos el mismo asombro al contemplar el acontecimiento. Estuvieron un rato sin decir palabra; Aome empezó a pensar que el silencio iba a durar hasta el final de los dos bailes. Al principio estaba decidida a no romperlo, cuando de pronto pensó que el peor castigo para su pareja sería obligarle a hablar, e hizo una pequeña observación sobre el baile. Taisho contestó y volvió a quedarse callado. Después de una pausa de unos minutos, Aome tomó la palabra por segunda vez y le dijo:

––Ahora le toca a usted decir algo, señor Taisho. Yo ya he hablado del baile, y usted debería hacer algún comentario sobre las dimensiones del salón y sobre el número de parejas.

Él sonrió y le aseguró que diría todo lo que ella desease escuchar.

––Muy bien. No está mal esa respuesta de momento. Quizá poco a poco me convenza de que los bailes privados son más agradables que los públicos; pero ahora podemos permanecer callados.

––¿Acostumbra usted a hablar mientras baila?

––Algunas veces. Es preciso hablar un poco¿no cree? Sería extraño estar juntos durante media hora sin decir ni una palabra. Pero en atención de algunos, hay que llevar la conversación de modo que no se vean obligados a tener que decir más de lo preciso.

––¿Se refiere a usted misma o lo dice por mí?

––Por los dos ––replicó Aome con coquetería––, pues he encontrado un gran parecido en nuestra forma de ser. Los dos somos insociables, taciturnos y enemigos de hablar, a menos que esperemos decir algo que deslumbre a todos los presentes y pase a la posteridad con todo el brillo de un proverbio.

––Estoy seguro de que usted no es así. En cuanto a mí, no sabría decirlo. Usted, sin duda, cree que me ha hecho un fiel retrato.

––No puedo juzgar mi propia obra.

Él no contestó, y parecía que ya no abrirían la boca hasta finalizar el baile, cuando él le preguntó si ella y sus hermanas iban a menudo a Meryton. Aome contestó afirmativamente e, incapaz de resistir la tentación, añadió:

––Cuando nos encontró usted el otro día, acabábamos precisamente de conocer a un nuevo amigo. El efecto fue inmediato. Una intensa sombra de arrogancia oscureció el semblante de Taisho. Pero no dijo una palabra; Aome, aunque reprochándose a sí misma su debilidad, prefirió no continuar. Al fin, Taisho habló y de forma obligada dijo:

––El señor Hanyou está dotado de tan gratos modales que ciertamente puede hacer amigos con facilidad. Lo que es menos cierto, es que sea igualmente capaz de conservarlos.

––Él ha tenido la desgracia de perder su amistad ––dijo Aome enfáticamente––, de tal forma que sufrirá por ello toda su vida.

Taisho no contestó y se notó que estaba deseoso de cambiar de tema. En ese momento sir William Lucas pasaba cerca de ellos al atravesar la pista de baile con la intención de ir al otro extremo del salón y al ver al señor Taisho, se detuvo y le hizo una reverencia con toda cortesía para felicitarle por su modo de bailar y por su pareja.

––Estoy sumamente complacido, mi estimado señor tan excelente modo de bailar no se ve con frecuencia. Es evidente que pertenece usted a los ambientes más distinguidos. Permítame decirle, sin embargo, que su bella pareja en nada desmerece de usted, y que espero volver a gozar de este placer, especialmente cuando cierto acontecimiento muy deseado, querida Aome (mirando a Sango y a Takeda), tenga lugar. ¡Cuántas felicitaciones habrá entonces! Apelo al señor Taisho. Pero no quiero interrumpirle, señor. Me agradecerá que no le prive más de la cautivadora conversación de esta señorita cuyos hermosos ojos me están también recriminando.

Taisho apenas escuchó esta última parte de su discurso, pero la alusión a su amigo pareció impresionarle mucho, y con una grave expresión dirigió la mirada hacia Takeda y Sango que bailaban juntos. No obstante, se sobrepuso en breve y, volviéndose hacia Aome, dijo:

––La interrupción de sir William me ha hecho olvidar de qué estábamos hablando.

––Creo que no estábamos hablando. Sir William no podría haber interrumpido a otra pareja en todo el salón que tuviesen menos que decirse el uno al otro. Ya hemos probado con dos o tres temas sin éxito. No tengo ni idea de qué podemos hablar ahora.

––¿Qué piensa de los libros? ––le preguntó él sonriendo.

––¡Los libros¡Oh, no! Estoy segura de que no leemos nunca los mismos o, por lo menos, no sacamos las mismas impresiones.

––Lamento que piense eso;, pero si así fuera, de cualquier modo, no nos faltaría tema. Podemos comprobar nuestras diversas opiniones.

––No, no puedo hablar de libros en un salón de baile. Tengo la cabeza ocupada con otras cosas.

––En estos lugares no piensa nada más que en el presente¿verdad? ––dijo él con una mirada de duda.

––Sí, siempre ––contestó ella sin saber lo que decía, pues se le había ido el pensamiento a otra parte, según demostró al exclamar repentinamente––: Recuerdo haberle oído decir en una ocasión que usted raramente perdonaba; que cuando había concebido un resentimiento, le era imposible aplacarlo. Supongo, por lo tanto, que será muy cauto en concebir resentimientos...

––Efectivamente ––contestó Taisho con voz firme. ––¿Y no se deja cegar alguna vez por los prejuicios? ––Espero que no.

––Los que no cambian nunca de opinión deben cerciorarse bien antes de juzgar.

––¿Puedo preguntarle cuál es la intención de estas preguntas?

––Conocer su carácter, sencillamente ––dijo Aome, tratando de encubrir su seriedad––. Estoy intentando descifrarlo.

––¿Y a qué conclusiones ha llegado?

––A ninguna ––dijo meneando la cabeza––. He oído cosas tan diferentes de usted, que no consigo aclararme.

––Reconozco ––contestó él con gravedad–– que las opiniones acerca de mí pueden ser muy diversas; y desearía, señorita Higurashi, que no esbozase mi carácter en este momento, porque tengo razones para temer que el resultado no reflejaría la verdad.

––Pero si no lo hago ahora, puede que no tenga otra oportunidad.

––De ningún modo desearía impedir cualquier satisfacción suya ––repuso él fríamente.

Aome no habló más, y terminado el baile, se separaron en silencio, los dos insatisfechos, aunque en distinto grado, pues en el corazón de Taisho había un poderoso sentimiento de tolerancia hacia ella, lo que hizo que pronto la perdonara y concentrase toda su ira contra otro.

No hacía mucho que se habían separado, cuando la señorita Takeda se acercó a Aome y con una expresión de amabilidad y desdén a la vez, le dijo:

––Así que, señorita Aome, está usted encantada con el señor Hanyou. Me he enterado por su hermana que me ha hablado de él y me ha hecho mil preguntas. Me parece que ese joven se olvidó de contarle, entre muchas otras cosas, que es el hijo del viejo Hanyou, el último administrador del señor Taisho. Déjeme que le aconseje, como amiga, que no se fíe demasiado de todo lo que le cuente, porque eso de que el señor Taisho le trató mal es completamente falso; por el contrario, siempre ha sido extraordinariamente amable con él, aunque Inuyasha Hanyou se ha portado con el señor Taisho de la manera más infame. No conozco los pormenores, pero sé muy bien que el señor Taisho no es de ningún modo el culpable, que no puede soportar ni oír el nombre de Inuyasha Hanyou y que, aunque mi hermano consideró que no podía evitar incluirlo en la lista de oficiales invitados, él se alegró enormemente de ver que él mismo se había apartado de su camino. El mero hecho de que haya venido aquí al campo es una verdadera insolencia, y no logro entender cómo se ha atrevido a hacerlo. La compadezco, señorita Aome, por este descubrimiento de la culpabilidad de su favorito; pero en realidad, teniendo en cuenta su origen, no se podía esperar nada mejor.

––Su culpabilidad y su origen parece que son para usted una misma cosa ––le dijo Aome encolerizada––; porque de lo peor que le he oído acusarle es de ser hijo del administrador del señor Taisho, y de eso, puedo asegurárselo, ya me había informado él.

––Le ruego que me disculpe ––replicó la señorita Takeda, dándose la vuelta con desprecio––. Perdone mi entrometimiento; fue con la mejor intención.

«¡Insolente! ––dijo Aome para sí––. Estás muy equivocada si piensas que influirás en mí con tan mezquino ataque. No veo en él más que tu terca ignorancia y la malicia de Taisho.»

Entonces miró a su hermana mayor que se había arriesgado a interrogar a Takeda sobre el mismo asunto. Sango le devolvió la mirada con una sonrisa tan dulce, con una expresión de felicidad y de tanta satisfacción que indicaban claramente que estaba muy contenta de lo ocurrido durante la velada. Aome leyó al instante sus sentimientos; y en un momento toda la solicitud hacia Hanyou, su odio contra los enemigos de éste, y todo lo demás desaparecieron ante la esperanza de que Sango se hallase en el mejor camino hacia su felicidad.

––Quiero saber ––dijo Aome tan sonriente como su hermana–– lo que has oído decir del señor Hanyou. Pero quizá has estado demasiado ocupada con cosas más agradables para pensar en una tercera persona... Si así ha sido, puedes estar segura de que te perdono.

––No ––contestó Sango––, no me he olvidado de él, pero no tengo nada grato que contarte. El señor Takeda no conoce toda la historia e ignora las circunstancias que tanto ha ofendido al señor Taisho, pero responde de la buena conducta, de la integridad y de la honradez de su amigo, y está firmemente convencido de que el señor Hanyou ha recibido más atenciones del señor Taisho de las que ha merecido; y siento decir que, según el señor Takeda y su hermana, el señor Hanyou dista mucho de ser un joven respetable. Me temo que haya sido imprudente y que tenga bien merecido el haber perdido la consideración del señor Taisho.

––¿El señor Takeda no conoce personalmente al señor Hanyou?

––No, no lo había visto nunca antes del otro día en Meryton.

––De modo que lo que sabe es lo que el señor Taisho le ha contado. Estoy satisfecha. ¿Y qué dice de la rectoría?

––No recuerda exactamente cómo fue, aunque se lo ha oído contar a su amigo más de una vez; pero cree que le fue legada sólo condicionalmente.

––No pongo en duda la sinceridad del señor Takeda ––dijo Aome acaloradamente––, pero perdona que no me convenzan sus afirmaciones. Hace muy bien en defender a su amigo; pero como desconoce algunas partes de la historia y lo único que sabe se lo ha dicho él, seguiré pensando de los dos caballeros lo mismo que pensaba antes.

Dicho esto, ambas hermanas iniciaron otra conversación mucho más grata para las dos. Aome oyó encantada las felices aunque modestas esperanzas que Sango abrigaba respecto a Takeda, y le dijo todo lo que pudo para alentar su confianza. Al unírseles el señor Takeda, Aome se retiró y se fue a hablar con la señorita Lucas que le preguntó si le había agradado su última pareja. Aome casi no tuvo tiempo para contestar, porque allí se les presentó Akitoki, diciéndoles entusiasmado que había tenido la suerte de hacer un descubrimiento importantísimo.

––He sabido ––dijo––, por una singular casualidad, que está en este salón un pariente cercano de mi protectora. He tenido el gusto de oír cómo el mismo caballero mencionaba a la dama que hace los honores de esta casa los nombres de su prima, la señorita de Bourgh, y de la madre de ésta, Lady Izayoi. ¡De qué modo tan maravilloso ocurren estas cosas¡Quién me iba a decir que habría de encontrar a un sobrino de Lady Izayoi de Bourgh en esta reunión! Me alegro mucho de haber hecho este descubrimiento a tiempo para poder presentarle mis respetos, cosa que voy a hacer ahora mismo. Confío en que me perdone por no haberlo hecho antes, pero mi total desconocimiento de ese parentesco me disculpa.

––¿No se irá a presentar usted mismo al señor Taisho?

––¡Claro que sí! Le pediré que me excuse por no haberlo hecho antes. ¿No ve que es el sobrino de Lady Izayoi? Podré comunicarle que Su Señoría se encontraba muy bien la última vez que la vi.

Aome intentó disuadirle para que no hiciese semejante cosa asegurándole que el señor Taisho consideraría el que se dirigiese a él sin previa presentación como una impertinencia y un atrevimiento, más que como un cumplido a su tía; que no había ninguna necesidad de darse a conocer, y si la hubiese, le correspondería al señor Taisho, por la superioridad de su rango, tomar la iniciativa. Akitoki la escuchó decidido a seguir sus propios impulsos y, cuando Aome cesó de hablar, le contestó:

––Mi querida señorita Aome, tengo la mejor opinión del mundo de su excelente criterio en toda clase de asuntos, como corresponde a su inteligencia; pero permítame que le diga que debe haber una gran diferencia entre las fórmulas de cortesía establecidas para los laicos y las aceptadas para los clérigos; déjeme que le advierta que el oficio de clérigo es, en cuanto a dignidad, equivalente al más alto rango del reino, con tal que los que lo ejercen se comporten con la humildad conveniente. De modo que permítame que siga los dictados de mi conciencia que en esta ocasión me llevan a realizar lo que considero un deber. Dispense, pues, que no siga sus consejos que en todo lo demás me servirán constantemente de guía, pero creo que en este caso estoy más capacitado, por mi educación y mi estudio habitual, que una joven como usted, para decidir lo que es debido.

Akitoki hizo una reverencia y se alejó para ir a saludar a Taisho. Aome no le perdió de vista para ver la reacción de Taisho, cuyo asombro por haber sido abordado de semejante manera fue evidente. Akitoki comenzó su discurso con una solemne inclinación, y, aunque ella no lo oía, era como si lo oyese, pues podía leer en sus labios las palabras «disculpas», «Hunsford» y «Lady Izayoi de Bourgh». Le irritaba que metiese la pata ante un hombre como Taisho. Éste le observaba sin reprimir su asombro y cuando Akitoki le dejó hablar le contestó con distante cortesía. Sin embargo, Akitoki no se desanimó y siguió hablando. El desprecio de Taisho crecía con la duración de su segundo discurso, y, al final, sólo hizo una leve inclinación y se fue a otro sitio. Akitoki volvió entonces hacia Aome.

––Le aseguro ––le dijo–– que no tengo motivo para estar descontento de la acogida que el señor Taisho me ha dispensado. Mi atención le ha complacido en extremo y me ha contestado con la mayor finura, haciéndome incluso el honor de manifestar que estaba tan convencido de la buena elección de Lady Izayoi, que daba por descontado que jamás otorgaría una merced sin que fuese merecida. Verdaderamente fue una frase muy hermosa. En resumen, estoy muy contento de él.

Aome, que no tenía el menor interés en seguir hablando con Akitoki, dedicó su atención casi por entero a su hermana y a Takeda; la multitud de agradables pensamientos a que sus observaciones dieron lugar, la hicieron casi tan feliz como Sango. La imaginó instalada en aquella gran casa con toda la felicidad que un matrimonio por verdadero amor puede proporcionar, y se sintió tan dichosa que creyó incluso que las dos hermanas de Takeda podrían llegar a gustarle. No le costó mucho adivinar que los pensamientos de su madre seguían los mismos derroteros y decidió no arriesgarse a acercarse a ella para no escuchar sus comentarios. Desgraciadamente, a la hora de cenar les tocó sentarse una junto a la otra. Aome se disgustó mucho al ver cómo su madre no hacía más que hablarle a lady Lucas, libre y abiertamente, de su esperanza de que Sango se casara pronto con Takeda. El tema era arrebatador, y la señora Higurashi parecía que no se iba a cansar nunca de enumerar las ventajas de aquella alianza. Sólo con considerar la juventud del novio, su atractivo, su riqueza y el hecho de que viviese a tres millas de Longbourn nada más, la señora Higurashi se sentía feliz. Pero además había que tener en cuenta lo encantadas que estaban con Sango las dos hermanas de Takeda, quienes, sin duda, se alegrarían de la unión tanto como ella misma. Por otra parte, el matrimonio de Sango con alguien de tanta categoría era muy prometedor para sus hijas menores que tendrían así más oportunidades de encontrarse con hombres ricos. Por último, era un descanso, a su edad, poder confiar sus hijas solteras al cuidado de su hermana, y no tener que verse ella obligada a acompañarlas más que cuando le apeteciese. No había más remedio que tomarse esta circunstancia como un motivo de satisfacción, pues, en tales casos, así lo exige la etiqueta; pero no había nadie que le gustase más quedarse cómodamente en casa en cualquier época de su vida. Concluyó deseando a la señora Lucas que no tardase en ser tan afortunada como ella, aunque triunfante pensaba que no había muchas esperanzas.

Aome se esforzó en vano en reprimir las palabras de su madre, y en convencerla de que expresase su alegría un poquito más bajo; porque, para mayor contrariedad, notaba que Taisho, que estaba sentado enfrente de ellas, estaba oyendo casi todo. Lo único que hizo su madre fue reprenderla por ser tan necia.

––¿Qué significa el señor Taisho para mí? Dime¿por qué habría de tenerle miedo? No le debemos ninguna atención especial como para sentirnos obligadas a no decir nada que pueda molestarle.

––¡Por el amor de Dios, mamá, habla más bajo¿Qué ganas con ofender al señor Taisho? Lo único que conseguirás, si lo haces, es quedar mal con su amigo.

Pero nada de lo que dijo surtió efecto. La madre siguió exponiendo su parecer con el mismo desenfado. Aome cada vez se ponía más colorada por la vergüenza y el disgusto que estaba pasando. No podía dejar de mirar a Taisho con frecuencia, aunque cada mirada la convencía más de lo que se estaba temiendo. Taisho rara vez fijaba sus ojos en la madre, pero Aome no dudaba de que su atención estaba pendiente de lo que decían. La expresión de su cara iba gradualmente del desprecio y la indignación a una imperturbable seriedad.

Sin embargo, llegó un momento en que la señora Higurashi ya no tuvo nada más que decir, y lady Lucas, que había estado mucho tiempo bostezando ante la repetición de delicias en las que no veía la posibilidad de participar, se entregó a los placeres del pollo y del jamón. Aome respiró. Pero este intervalo de tranquilidad no duró mucho; después de la cena se habló de cantar, y tuvo que pasar por el mal rato de ver que Kana, tras muy pocas súplicas, se disponía a obsequiar a los presentes con su canto. Con miradas significativas y silenciosos ruegos, Aome trató de impedir aquella muestra de condescendencia, pero fue inútil. Kana no podía entender lo que quería decir. Semejante oportunidad de demostrar su talento la embelesaba, y empezó su canción. Aome no dejaba de mirarla con una penosa sensación, observaba el desarrollo del concierto con una impaciencia que no fue recompensada al final, pues Kana, al recibir entre las manifestaciones de gratitud de su auditorio una leve insinuación para que continuase, después de una pausa de un minuto, empezó otra canción. Las facultades de Kana no eran lo más a propósito para semejante exhibición; tenía poca voz y un estilo afectado. Aome pasó una verdadera agonía. Miró a Sango para ver cómo lo soportaba ella, pero estaba hablando tranquilamente con Takeda. Miró a las hermanas de éste y vio que se hacían señas de burla entre ellas, y a Taisho, que seguía serio e imperturbable. Miró, por último, a su padre implorando su intervención para que Kana no se pasase toda la noche cantando. El cogió la indirecta y cuando Kana terminó su segunda canción, dijo en voz alta:

––Niña, ya basta. Has estado muy bien, nos has deleitado ya bastante; ahora deja que se luzcan las otras señoritas.

Kana, aunque fingió que no oía, se quedó un poco desconcertada. A Aome le dio pena de ella y sintió que su padre hubiese dicho aquello. Se dio cuenta de que por su inquietud, no había obrado nada bien. Ahora les tocaba cantar a otros.

––Si yo ––dijo entonces Akitoki–– tuviera la suerte de ser apto para el canto, me gustaría mucho obsequiar a la concurrencia con una romanza. Considero que la música es una distracción inocente y completamente compatible con la profesión de clérigo. No quiero decir, por esto, que esté bien el consagrar demasiado tiempo a la música, pues hay, desde luego, otras cosas que atender. El rector de una parroquia tiene mucho trabajo. En primer lugar tiene que hacer un ajuste de los diezmos que resulte beneficioso para él y no sea oneroso para su patrón. Ha de escribir los sermones, y el tiempo que le queda nunca es bastante para los deberes de la parroquia y para el cuidado y mejora de sus feligreses cuyas vidas tiene la obligación de hacer lo más llevaderas posible. Y estimo como cosa de mucha importancia que sea atento y conciliador con todo el mundo, y en especial con aquellos a quienes debe su cargo. Considero que esto es indispensable y no puedo tener en buen concepto al hombre que desperdiciara la ocasión de presentar sus respetos a cualquiera que esté emparentado con la familia de sus bienhechores.

Y con una reverencia al señor Taisho concluyó su discurso pronunciado en voz tan alta que lo oyó la mitad del salón. Muchos se quedaron mirándolo fijamente, muchos sonrieron, pero nadie se había divertido tanto como el señor Higurashi, mientras que su esposa alabó en serio a Akitoki por haber hablado con tanta sensatez, y le comentó en un cuchicheo a lady Lucas que era muy buena persona y extremadamente listo.

A Aome le parecía que si su familia se hubiese puesto de acuerdo para hacer el ridículo en todo lo posible aquella noche, no les habría salido mejor ni habrían obtenido tanto éxito; y se alegraba mucho de que Takeda y su hermana no se hubiesen enterado de la mayor parte del espectáculo y de que Takeda no fuese de esa clase de personas que les importa o les molesta la locura de la que hubiese sido testigo. Ya era bastante desgracia que las hermanas y Taisho hubiesen tenido la oportunidad de burlarse de su familia; y no sabía qué le resultaba más intolerable: si el silencioso desprecio de Taisho o las insolentes sonrisitas de las damas.

El resto de la noche transcurrió para ella sin el mayor interés. Akitoki la sacó de quicio con su empeño en no separarse de ella. Aunque no consiguió convencerla de que bailase con él otra vez, le impidió que bailase con otros. Fue inútil que le rogase que fuese a charlar con otras personas y que se ofreciese para presentarle a algunas señoritas de la fiesta. Akitoki aseguró que el bailar le tenía sin cuidado y que su principal deseo era hacerse agradable a sus ojos con delicadas atenciones, por lo que había decidido estar a su lado toda la noche. No había nada que discutir ante tal proyecto. Su amiga la señorita Lucas fue la única que la consoló sentándose a su lado con frecuencia y desviando hacia ella la conversación de Akitoki.

Por lo menos así se vio libre de Taisho que, aunque a veces se hallaba a poca distancia de ellos completamente desocupado, no se acercó a hablarles. Aome lo atribuyó al resultado de sus alusiones a Hanyou y se alegró de ello.

La familia de Longbourn fue la última en marcharse. La señora Higurashi se las arregló para que tuviesen que esperar por los carruajes hasta un cuarto de hora después de haberse ido todo el mundo, lo cual les permitió darse cuenta de las ganas que tenían algunos de los miembros de la familia Takeda de que desapareciesen. La señora Kurosawa y su hermana apenas abrieron la boca para otra cosa que para quejarse de cansancio; se les notaba impacientes por quedarse solas en la casa. Rechazaron todos los intentos de conversación de la señora Higurashi y la animación decayó, sin que pudieran elevarla los largos discursos de Akitoki felicitando a Takeda y a sus hermanas por la elegancia de la fiesta y por la hospitalidad y fineza con que habían tratado a sus invitados. Taisho no dijo absolutamente nada. El señor Higurashi, tan callado como él, disfrutaba de la escena. Takeda y Sango estaban juntos y un poco separados de los demás, hablando el uno con el otro. Aome guardó el mismo silencio que la señora Kurosawa y la señorita Takeda. Incluso Kikyo estaba demasiado agotada para poder decir más que «¡Dios mío¡Qué cansada estoy!» en medio de grandes bostezos.

Cuando, por fin, se levantaron para despedirse, la señora Higurashi insistió con mucha cortesía en su deseo de ver pronto en Longbourn a toda la familia, se dirigió especialmente a Takeda para manifestarle que se verían muy honrados si un día iba a su casa a almorzar con ellos en familia, sin la etiqueta de una invitación formal. Takeda se lo agradeció encantado y se comprometió en el acto a aprovechar la primera oportunidad que se le presentase para visitarles, a su regreso de Londres, adonde tenía que ir al día siguiente, aunque no tardaría en estar de vuelta.

La señora Higurashi no cabía en sí de gusto y salió de la casa convencida de que contando el tiempo necesario para los preparativos de la celebración, compra de nuevos coches y trajes de boda, iba a ver a su hija instalada en Netherfield dentro de tres o cuatro meses. Con la misma certeza y con considerable, aunque no igual agrado, esperaba tener pronto otra hija casada con Akitoki. Aome era a la que menos quería de todas sus hijas, y si bien el pretendiente y la boda eran más que suficientes para ella, quedaban eclipsados por Takeda y por Netherfield.

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Al día siguiente, hubo otro acontecimiento en Longbourn. Akitoki se declaró formalmente. Resolvió hacerlo sin pérdida de tiempo, pues su permiso expiraba el próximo sábado; y como tenía plena confianza en el éxito, emprendió la tarea de modo metódico y con todas las formalidades que consideraba de rigor en tales casos. Poco después del desayuno encontró juntas a la señora Higurashi, a Aome y a una de las hijas menores, y se dirigió a la madre con estas palabras:

––¿Puedo esperar, señora, dado su interés por su bella hija Aome, que se me conceda el honor de una entrevista privada con ella, en el transcurso de esta misma mañana?

Antes de que Aome hubiese tenido tiempo de nada más que de ponerse roja por la sorpresa, la señora Higurashi contestó instantáneamente:

––¡Oh, querido¡No faltaba más! Estoy segura de que Aome estará encantada y de que no tendrá ningún inconveniente. Ven, Kagura, te necesito arriba.

Y recogiendo su labor se apresuró a dejarlos solos. Aome la llamó diciendo:

––Mamá, querida, no te vayas. Te lo ruego, no te vayas. El señor Akitoki me disculpará; pero no tiene nada que decirme que no pueda oír todo el mundo. Soy yo la que me voy.

––No, no seas tonta, Aome. Quédate donde estás. Y al ver que Aome, disgustada y violenta, estaba a punto de marcharse, añadió:

––Aome, te ordeno que te quedes y que escuches al señor Akitoki.

Aome no pudo desobedecer semejante mandato. En un momento lo pensó mejor y creyó más sensato acabar con todo aquello lo antes posible en paz y tranquilidad. Se volvió a sentar y trató de disimular con empeño, por un lado, la sensación de malestar, y por otro, lo que le divertía aquel asunto. La señora Higurashi y Kagura se fueron, y entonces Akitoki empezó:

––Créame, mi querida señorita Aome, que su modestia, en vez de perjudicarla, viene a sumarse a sus otras perfecciones. Me habría parecido usted menos adorable si no hubiese mostrado esa pequeña resistencia. Pero permítame asegurarle que su madre me ha dado licencia para esta entrevista. Ya debe saber cuál es el objeto de mi discurso; aunque su natural delicadeza la lleve a disimularlo; mis intenciones han quedado demasiado patentes para que puedan inducir a error. Casi en el momento en que pisé esta casa, la elegí a usted para futura compañera de mi vida. Pero antes de expresar mis sentimientos, quizá sea aconsejable que exponga las razones que tengo para casarme, y por qué vine a Hertfordshire con la idea de buscar una esposa precisamente aquí.

A Aome casi le dio la risa al imaginárselo expresando sus sentimientos; y no pudo aprovechar la breve pausa que hizo para evitar que siguiese adelante. Akitoki continuó:

––Las razones que tengo para casarme son: primero, que la obligación de un clérigo en circunstancias favorables como las mías, es dar ejemplo de matrimonio en su parroquia; segundo, que estoy convencido de que eso contribuirá poderosamente a mi felicidad; y tercero, cosa que tal vez hubiese debido advertir en primer término, que es el particular consejo y recomendación de la nobilísima dama a quien tengo el honor de llamar mi protectora. Por dos veces se ha dignado indicármelo, aun sin habérselo yo insinuado, y el mismo sábado por la noche, antes de que saliese de Hunsford y durante nuestra partida de cuatrillo, mientras la señora Jenkinson arreglaba el silletín de la señorita de Bourgh, me dijo: «Señor Akitoki, tiene usted que casarse. Un clérigo como usted debe estar casado. Elija usted bien, elija pensando en mí y en usted mismo; procure que sea una persona activa y útil, de educación no muy elevada, pero capaz de sacar buen partido a pequeños ingresos. Éste es mi consejo. Busque usted esa mujer cuanto antes, tráigala a Hunsford y que yo la vea.» Permítame, de paso, decirle, hermosa prima, que no estimo como la menor de las ventajas que puedo ofrecerle, el conocer y disfrutar de las bondades de Lady Izayoi de Bourgh. Sus modales le parecerán muy por encima de cuanto yo pueda describirle, y la viveza e ingenio de usted le parecerán a ella muy aceptables, especialmente cuando se vean moderados por la discreción y el respeto que su alto rango impone inevitablemente. Esto es todo en cuanto a mis propósitos generales en favor del matrimonio; ya no me queda por decir más, que el motivo de que me haya dirigido directamente a Longbourn en vez de buscar en mi propia localidad, donde, le aseguro, hay muchas señoritas encantadoras. Pero es el caso que siendo como soy el heredero de Longbourn a la muerte de su honorable padre, que ojalá viva muchos años, no estaría satisfecho si no eligiese esposa entre sus hijas, para atenuar en todo lo posible la pérdida que sufrirán al sobrevenir tan triste suceso que, como ya le he dicho, deseo que no ocurra hasta dentro de muchos años. Éste ha sido el motivo, hermosa prima, y tengo la esperanza de que no me hará desmerecer en su estima. Y ahora ya no me queda más que expresarle, con las más enfáticas palabras, la fuerza de mi afecto. En lo relativo a su dote, me es en absoluto indiferente, y no he de pedirle a su padre nada que yo sepa que no pueda cumplir; de modo que no tendrá usted que aportar más que las mil libras al cuatro por ciento que le tocarán a la muerte de su madre. Pero no seré exigente y puede usted tener la certeza de que ningún reproche interesado saldrá de mis labios en cuanto estemos casados.

Era absolutamente necesario interrumpirle de inmediato.

––Va usted demasiado de prisa ––exclamó Aome––. Olvida que no le he contestado. Déjeme que lo haga sin más rodeos. Le agradezco su atención y el honor que su proposición significa, pero no puedo menos que rechazarla.

––Sé de sobra ––replicó Akitoki con un grave gesto de su mano–– que entre las jóvenes es muy corriente rechazar las proposiciones del hombre a quien, en el fondo, piensan aceptar, cuando pide su preferencia por primera vez, y que la negativa se repite una segunda o incluso una tercera vez. Por esto no me descorazona en absoluto lo que acaba de decirme, y espero llevarla al altar dentro de poco.

––¡Caramba, señor! ––exclamó Aome––. ¡No sé qué esperanzas le pueden quedar después de mi contestación! Le aseguro que no soy de esas mujeres, si es que tales mujeres existen, tan temerarias que arriesgan su felicidad al azar de que las soliciten una segunda vez. Mi negativa es muy en serio. No podría hacerme feliz, y estoy convencida de que yo soy la última mujer del mundo que podría hacerle feliz a usted. Es más, si su amiga Lady Izayoi me conociera, me da la sensación que pensaría que soy, en todos los aspectos, la menos indicada para usted.

––Si fuera cierto que Lady Izayoi lo pensara... ––dijo Akitoki con la mayor gravedad–– pero estoy seguro de que Su Señoría la aprobaría. Y créame ––que cuando tenga el honor de volver a verla, le hablaré en los términos más encomiásticos de su modestia, de su economía y de sus otras buenas cualidades.

––Por favor, señor Akitoki, todos los elogios que me haga serán innecesarios. Déjeme juzgar por mí misma y concédame el honor de creer lo que le digo. Le deseo que consiga ser muy feliz y muy rico, y al rechazar su mano hago todo lo que está a mi alcance para que no sea de otro modo. Al hacerme esta proposición debe estimar satisfecha la delicadeza de sus sentimientos respecto a mi familia, y cuando llegue la hora podrá tomar posesión de la herencia de Longbourn sin ningún cargo de conciencia. Por lo tanto, dejemos este asunto definitivamente zanjado.

Mientras acababa de decir esto, se levantó, y estaba a punto de salir de la sala, cuando Akitoki le volvió a insistir:

––La próxima vez que tenga el honor de hablarle de este tema de nuevo, espero recibir contestación más favorable que la que me ha dado ahora; aunque estoy lejos de creer que es usted cruel conmigo, pues ya sé que es costumbre incorregible de las mujeres rechazar a los hombres la primera vez que se declaran, y puede que me haya dicho todo eso sólo para hacer más consistente mi petición como corresponde a la verdadera delicadeza del carácter femenino.

––Realmente, señor Akitoki ––exclamó Aome algo acalorada–– me confunde usted en exceso. Si todo lo que he dicho hasta ahora lo interpreta como un estímulo, no sé de qué modo expresarle mi repulsa para que quede usted completamente convencido.

––Debe dejar que presuma, mi querida prima, que su rechazó ha sido sólo de boquilla. Las razones que tengo para creerlo, son las siguientes: no creo que mi mano no merezca ser aceptada por usted ni que la posición que le ofrezco deje de ser altamente apetecible. Mi situación en la vida, mi relación con la familia de Bourgh y mi parentesco con usted son circunstancias importantes en mi favor. Considere, además, que a pesar de sus muchos atractivos, no es seguro que reciba otra proposición de matrimonio. Su fortuna es tan escasa que anulará, por desgracia, los efectos de su belleza y buenas cualidades. Así pues, como no puedo deducir de todo esto que haya procedido sinceramente al rechazarme, optaré por atribuirlo a su deseo de acrecentar mi amor con el suspenso, de acuerdo con la práctica acostumbrada en las mujeres elegantes.

––Le aseguro a usted, señor, que no me parece nada elegante atormentar a un hombre respetable. Preferiría que me hiciese el cumplido de creerme. Le agradezco una y mil veces el honor que me ha hecho con su proposición, pero me es absolutamente imposible aceptarla. Mis sentimientos, en todos los aspectos, me lo impiden. ¿Se puede hablar más claro? No me considere como a una mujer elegante que pretende torturarle, sino como a un ser racional que dice lo que siente de todo corazón.

––¡Es siempre encantadora! ––exclamó él con tosca galantería––. No puedo dudar de que mi proposición será aceptada cuando sea sancionada por la autoridad de sus excelentes padres.

Ante tal empeño de engañarse a sí mismo, Aome no contestó y se fue al instante sin decir palabra, decidida, en el caso de que Akitoki persistiese en considerar sus reiteradas negativas como un frívolo sistema de estímulo, a recurrir a su padre, cuyo rechazo sería formulado de tal modo que resultaría inapelable y cuya actitud, al menos, no podría confundirse con la afectación y la coquetería de una dama elegante.


Realmente que tipo tan insufrible el Akitoki, pobre Aome que hará?...jijijijiji bueno muchas ya lo saben pero otras no, asi que espero les guste el siguiente capítulo, y gracias a todas y todos los lectores, NOS LEEMOS LUEGO.