Jelou aqui esta otro capitulo de esta historia, espero les guste mucho... y pues para reiterar que no soy famosa por que no escribí esta historia, TTTT sino Jane Austen, y que muchos de los personajes tampoco son di mi creación UU, sino de Rumiko Takashi (espero haberlo escrito bien)...plis dejern reviews
CAPÍTULO 7
A Akitoki no lo dejaron mucho tiempo meditar en silencio el éxito de su amor; porque la señora Higurashi que se había quedado en el vestíbulo esperando el final de la conversación, en cuanto vio que Aome abría la puerta y se dirigía con paso veloz a la escalera, entró en el comedor y felicitó a Akitoki, congratulándose por el venturoso proyecto de la cercana unión. Después de aceptar y devolver esas felicitaciones con el mismo alborozo, Akitoki procedió a explicar los detalles de la entrevista, de cuyo resultado estaba satisfecho, pues la firme negativa de su prima no podía provenir, naturalmente, más que de su tímida modestia y de la delicadeza de su carácter.
Pero sus noticias sobresaltaron a la señora Higurashi. También ella hubiese querido creer que su hija había tratado únicamente de animar a Akitoki al rechazar sus proposiciones; pero no se atrevía a admitirlo, y así se lo manifestó a Akitoki.
––Lo importante ––añadió–– es que Aome entre en razón. Hablaré personalmente con ella de este asunto. Es una chica muy terca y muy loca y no sabe lo que le conviene, pero ya se lo haré saber yo.
––Perdóneme que la interrumpa ––exclamó Akitoki––, pero si en realidad es terca y loca, no sé si, en conjunto, es una esposa deseable para un hombre en mi situación, que naturalmente busca felicidad en el matrimonio. Por consiguiente, si insiste en rechazar mi petición, acaso sea mejor no forzarla a que me acepte, porque si tiene esos defectos, no contribuiría mucho que digamos a mi ventura.
––Me ha entendido mal ––dijo la señora Higurashi alarmada––. Aome es terca sólo en estos asuntos. En todo lo demás es la muchacha más razonable del mundo. Acudiré directamente al señor Higurashi y no dudo de que pronto nos habremos puesto de acuerdo con ella.
Sin darle tiempo a contestar, voló al encuentro de su marido y al entrar en la biblioteca exclamó: –¡Oh, señor Higurashi! Te necesitamos urgentemente. Estamos en un aprieto. Es preciso que vayas y convenzas a Aome de que se case con Akitoki, pues ella ha jurado que no lo hará y si no te das prisa, Akitoki cambiará de idea y ya no la querrá.
Al entrar su mujer, el señor Higurashi levantó los ojos del libro y los fijó en su rostro con una calmosa indiferencia que la noticia no alteró en absoluto. ––No he tenido el placer de entenderte ––dijo cuando ella terminó su perorata––. ¿De qué estás hablando? ––Del señor Akitoki y Aome. Aome dice que no se casará con el señor Akitoki, y el señor Akitoki empieza a decir que no se casará con Aome.
––¿Y qué voy a hacer yo? Me parece que no tiene remedio.
––Háblale tú a Aome. Dile que quieres que se case con él.
––Mándale que baje. Oirá mi opinión.
La señora Higurashi tocó la campanilla y Aome fue llamada a la biblioteca.
––Ven, hija mía ––dijo su padre en cuanto la joven entró––. Te he enviado a buscar para un asunto importante. Dicen que Akitoki te ha hecho proposiciones de matrimonio¿es cierto?
Aome dijo que sí.
––Muy bien; y dicen que las has rechazado.
––Así es, papá.
––Bien. Ahora vamos al grano. Tu madre desea que lo aceptes. ¿No es verdad, señora Higurashi?
Sí, o de lo contrario no la quiero ver más.
––Tienes una triste alternativa ante ti, Aome. Desde hoy en adelante tendrás que renunciar a uno de tus padres. Tu madre no quiere volver a verte si no te casas con Akitoki, y yo no quiero volver a verte si te casas con él.
Aome no pudo menos que sonreír ante semejante comienzo; pero la señora Higurashi, que estaba convencida de que su marido abogaría en favor de aquella boda, se quedó decepcionada.
––¿Qué significa, señor Higurashi, ese modo de hablar? Me habías prometido que la obligarías a casarse con el señor Akitoki.
––Querida mía ––contestó su marido––, tengo que pedirte dos pequeños favores: primero, que me dejes usar libremente mi entendimiento en este asunto, y segundo, que me dejes disfrutar solo de mi biblioteca en cuanto puedas.
Sin embargo, la señora Higurashi, a pesar de la decepción que se había llevado con su marido, ni aun así se dio por vencida. Habló a Aome una y otra vez, halagándola y amenazándola alternativamente. Trató de que Sango se pusiese de su parte; pero Sango, con toda la suavidad posible, prefirió no meterse. Aome, unas veces con verdadera seriedad, y otras en broma, replicó a sus ataques; y aunque cambió de humor, su determinación permaneció inquebrantable.
Akitoki, mientras tanto, meditaba en silencio todo lo que había pasado. Tenía demasiado buen concepto de sí mismo para comprender qué motivos podría tener su prima para rechazarle, y, aunque herido en su amor propio, no sufría lo más mínimo. Su interés por su prima era meramente imaginario; la posibilidad de que fuera merecedora de los reproches de su madre, evitaba que él sintiese algún pesar.
Mientras reinaba en la familia esta confusión, llegó Rica Lucas que venía a pasar el día con ellos. Se encontró con Kikyo en el vestíbulo, que corrió hacia ella para contarle en voz baja lo que estaba pasando.
––¡Me alegro de que hayas venido, porque hay un jaleo aquí...¿Qué crees que ha pasado esta mañana? El señor Akitoki se ha declarado a Aome y ella le ha dado calabazas.
Antes de que Rica hubiese tenido tiempo para contestar, apareció Kagura, que venía a darle la misma noticia. Y en cuanto entraron en el comedor, donde estaba sola la señora Higurashi, ella también empezó a hablarle del tema. Le rogó que tuviese compasión y que intentase convencer a Aome de que cediese a los deseos de toda la familia.
––Te ruego que intercedas, querida Rica ––añadió en tono melancólico––, ya que nadie está de mi parte, me tratan cruelmente, nadie se compadece de mis pobres nervios.
Rica se ahorró la respuesta, pues en ese momento entraron Sango y Aome.
––Ahí está ––continuó la señora Higurashi––, como si no pasase nada, no le importamos un bledo, se desentiende de todo con tal de salirse con la suya. Te voy a decir una cosa: si se te mete en la cabeza seguir rechazando de esa manera todas las ofertas de matrimonio que te hagan, te quedarás solterona; y no sé quién te va a mantener cuando muera tu padre. Yo no podré, te lo advierto. Desde hoy, he acabado contigo para siempre. Te he dicho en la biblioteca que no volvería a hablarte nunca; y lo que digo, lo cumplo. No le encuentro el gusto a hablar con hijas desobedientes. Ni con nadie. Las personas que como yo sufrimos de los nervios, no somos aficionados a la charla. ¡Nadie sabe lo que sufro! Pero pasa siempre lo mismo. A los que no se quejan, nadie les compadece.
Las hijas escucharon en silencio los lamentos de su madre. Sabían que si intentaban hacerla razonar o calmarla, sólo conseguirían irritarla más. De modo que siguió hablando sin que nadie la interrumpiera, hasta que entró Akitoki con aire más solemne que de costumbre. Al verle, la señora Higurashi dijo a las muchachas:
––Ahora os pido que os calléis la boca y nos dejéis al señor Akitoki y a mí para que podamos hablar un rato.
Aome salió en silencio del cuarto; Sango y Kagura la siguieron, pero Kikyo no se movió, decidida a escuchar todo lo que pudiera. Rica, detenida por la cortesía del señor Akitoki, cuyas preguntas acerca de ella y de su familia se sucedían sin interrupción, y también un poco por la curiosidad, se limitó a acercarse a la ventana fingiendo no escuchar. Con voz triste, la señora Higurashi empezó así su conversación:
––¡Oh, señor Akitoki!
––Mi querida señora ––respondió él––, ni una palabra más sobre este asunto. Estoy muy lejos ––continuó con un acento que denotaba su indignación–– de tener resentimientos por la actitud de su hija. Es deber de todos resignarse por los males inevitables; y es especialmente un deber para mí, que he tenido la fortuna de verme tan joven en tal elevada posición; confío en que sabré resignarme. Puede que mi hermosa prima, al no querer honrarme con su mano, no haya disminuido mi positiva felicidad. He observado a menudo que la resignación nunca es tan perfecta como cuando la dicha negada comienza a perder en nuestra estimación algo de valor. Espero que no supondrá usted que falto al respeto de su familia, mi querida señora, al retirar mis planes acerca de su hija sin pedirles a usted y al señor Higurashi que interpongan su autoridad en mi favor. Temo que mi conducta, por haber aceptado mi rechazo de labios de su hija y no de los de ustedes, pueda ser censurable. Pero todos somos capaces de cometer errores. Estoy seguro de haber procedido con la mejor intención en este asunto. Mi objetivo era procurarme una amable compañera con la debida consideración a las ventajas que ello había de aportar a toda su familia. Si mi proceder ha sido reprochable, les ruego que me perdonen.
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Las discusiones sobre el ofrecimiento de Akitoki tocaban a su fin; Aome ya no tenía que soportar más que esa sensación incómoda, que inevitablemente se deriva de tales situaciones, y, de vez en cuando algunas alusiones puntillosas de su madre. En cuanto al caballero, no demostraba estar turbado, ni abatido, ni trataba de evitar a Aome, sino que expresaba sus sentimientos con una actitud de rigidez y con un resentido silencio. Casi no le hablaba; y aquellas asiduas atenciones tan de apreciar por su parte, las dedicó todo el día a la señorita Lucas que le escuchaba amablemente, proporcionando a todos y en especial a su amiga Aome un gran alivio.
A la mañana siguiente, el mal humor y el mal estado de salud de la señora Higurashi no habían amainado. El señor Akitoki también sufría la herida de su orgullo. Aome creyó que su resentimiento acortaría su visita; pero los planes del señor Akitoki no parecieron alterarse en lo más mínimo. Había pensado desde un principio marcharse el sábado y hasta el sábado pensaba quedarse.
Después del almuerzo las muchachas fueron a Meryton para averiguar si Hanyou había regresado, y lamentar su ausencia en el baile de Netherfield. Le encontraron al entrar en el pueblo y las acompañó a casa de su tía, donde se charló largo y tendido sobre su ausencia y su desgracia y la consternación que a todos había producido. Pero ante Aome reconoció voluntariamente que su ausencia había sido premeditada.
––Al acercarse el momento ––dijo–– me pareció que haría mejor en no encontrarme con Taisho, pues el estar juntos en un salón durante tantas horas hubiera sido superior a mis fuerzas y la situación podía haberse hecho desagradable, además, a otras personas.
Aome aprobó por completo la conducta de Hanyou y ambos la discutieron ampliamente haciéndose elogios mutuos mientras iban hacia Longbourn, adonde Hanyou y otro oficial acompañaron a las muchachas. Durante el paseo Hanyou se dedicó por entero a Aome, y le proporcionó una doble satisfacción: recibir sus cumplidos y tener la ocasión de–– presentárselo a sus padres.
Al poco rato de haber llegado, trajeron una carta para Sango. Venía de Netherfield y la joven la abrió inmediatamente. El sobre contenía una hojita de papel muy elegante y satinado, cubierta por la escritura de una hermosa y ágil mano de mujer. Aome notó que el semblante de su hermana cambiaba al leer y que se detenía fijamente en determinados párrafos. Sango se sobrepuso en seguida; dejó la carta y trató de intervenir con su alegría de siempre en la conversación de todos; pero Aome sentía tanta curiosidad que incluso dejó de prestar atención a Hanyou. Y en cuanto él y su compañero se fueron, Sango la invitó con una mirada a que la acompañase al piso de arriba. Una vez en su cuarto, Sango le mostró la carta y le dijo:
––Es de Haruko Takeda; su contenido me ha sorprendido muchísimo. Todos los de la casa han abandonado Netherfield y a estas horas están de camino a la capital, de donde no piensan regresar. Oye lo que dice.
Sango leyó en voz alta el primer párrafo donde se manifestaba que habían decidido ir con su hermano a Londres y que tenían la intención de comer aquel mismo día en la calle Grosvenor, donde el señor Kurosawa tenía su casa. Lo siguiente estaba redactado de la siguiente forma: «No siento dejar Hertfordshire más que por ti, queridísima amiga; pero espero volver a disfrutar más adelante de los deliciosos momentos que pasamos juntas y entre tanto podemos aminorar la pena de la separación con cartas muy frecuentes y efusivas. Cuento con tu correspondencia.» Aome escuchó todas estas soberbias expresiones con impasibilidad por la desconfianza que le merecían. Le sorprendía la precipitación con la que se habían marchado, pero en realidad no veía por qué lamentarlo. No podía suponerse que el hecho de que ellas no estuviesen en Netherfield impidiese venir a Takeda; y en cuanto a la ausencia de las damas, estaba segura de que Sango se consolaría con la presencia del hermano.
––Es una lástima ––le dijo después de una breve pausa–– que no hayas podido ver a tus amigas antes de que se fueran. Pero ¿no podemos tener la esperanza de que ese «más adelante» de futura felicidad que tu amiga tanto desea llegue antes de lo que ella cree y que esa estupenda relación que habéis tenido como amigas se renueve con mayor satisfacción como hermanas? Ellas no van a detener al señor Takeda en Londres.
––Haruko dice que decididamente ninguno volverá a Hertfordshire este invierno. Te lo leeré: «Cuando mi hermano nos dejó ayer, se imaginaba que los asuntos que le llamaban a Londres podrían despacharse en tres o cuatro días; pero como sabemos que no será así y convencidas, al mismo tiempo, de que cuando Charles va a la capital no tiene prisa por volver, hemos determinado irnos con él para que no tenga que pasarse las horas que le quedan libres en un hotel, sin ninguna comodidad. Muchas de nuestras relaciones están ya allí para pasar el invierno; me gustaría saber si usted, queridísima amiga, piensa hacer lo mismo; pero no lo creo posible. Deseo sinceramente que las navidades en Hertfordshire sean pródigas en las alegrías propias de esas festividades, y que sus galanes sean tan numerosos que les impidan sentir la pérdida de los tres caballeros que les arrebatamos.»
––Por lo tanto, es evidente ––añadió Sango–– que el señor Takeda no va a volver este invierno.
––Lo único que es evidente es que la señorita Takeda es la que dice que él no va a volver.
––¿Por qué lo crees así? Debe de ser cosa del señor Takeda: No depende de nadie. Pero no lo sabes todo aún. Voy a leerte el pasaje que más me hiere. No quiero ocultarte nada. «El señor Taisho está impaciente por ver a su hermana, y la verdad es que nosotras no estamos menos deseosas de verla. Creo que Lin Taisho no tiene igual por su belleza, elegancia y talento, y el afecto que nos inspira a Chiharu y a mí aumenta con la esperanza que abrigamos de que sea en el futuro nuestra hermana. No sé si alguna vez le he manifestado a usted mi sentir sobre este particular; pero no quiero irme sin confiárselo, y me figuro que lo encontrará muy razonable. Mi hermano ya siente gran admiración por ella, y ahora tendrá frecuentes ocasiones de verla con la mayor intimidad. La familia de Lin desea esta unión tanto como nosotras, y no creo que me ciegue la pasión de hermana al pensar que Miroku es muy capaz de conquistar el corazón de cualquier mujer. Con todas estas circunstancias en favor de esta relación y sin nada que la impida, no puedo equivocarme, queridísima Sango, si tengo la esperanza de que se realice el acontecimiento que traería la felicidad a tantos seres.»
––¿Qué opinas de este párrafo, Aome? ––preguntó Sango al terminar de leer––. ¿No está bastante claro¿No expresa claramente que Haruko ni espera ni desea que yo sea su hermana, que está completamente convencida de la indiferencia de su hermano, y que si sospecha la naturaleza de mis sentimientos hacia él, se propone, con toda amabilidad, eso sí, ponerme en guardia¿Puede darse otra interpretación a este asunto?
––Sí se puede. Yo lo interpreto de modo muy distinto. ¿Quieres saber cómo?
––Claro que sí.
––Te lo diré en pocas palabras. La señorita Takeda se ha dado cuenta de que su hermano está enamorado de ti y ella quiere que se case con la señorita Taisho. Se ha ido a la capital detrás de él, con la esperanza de retenerlo allí, y trata de convencerte de que a Takeda no le importas nada.
Sango lo negó con la cabeza.
––Así es, Sango; debes creerme. Nadie que os haya visto juntos puede dudar del cariño de Takeda. Su hermana no lo duda tampoco, no es tan tonta. Si hubiese visto en Taisho la mitad de ese afecto hacia ella, ya habría encargado el traje de novia. Pero lo que pasa es lo siguiente: que no somos lo bastante ricas ni lo bastante distinguidas para ellos. Si la señorita Takeda tiene tal afán en casar a la señorita Taisho con su hermano, es porque de este modo le sería a ella menos difícil casarse con el propio Taisho; lo que me parece un poco ingenuo por su parte. Pero me atrevería a creer que lograría sus anhelos si no estuviese de por medio la señorita de Bourgh. Sin embargo, tú no puedes pensar en serio que por el hecho de que la señorita Takeda te diga que a su hermano le gusta la señorita Taisho, él esté menos enamorado de ti de lo que estaba el jueves al despedirse; ni que le sea posible a su hermana convencerle de que en vez de quererte a ti quiera a la señorita Taisho.
––Si nuestra opinión sobre la señorita Takeda fuese la misma ––repuso Sango––, tu explicación me tranquilizaría. Pero me consta que eres injusta con ella. Haruko es incapaz de engañar a nadie; lo único que puedo esperar en este caso es que se esté engañando a sí misma.
––Eso es. No podía habérsete ocurrido una idea mejor, ya que la mía no te consuela. Supón que se engaña. Así quedarás bien con ella y verás que no tienes por qué preocuparte.
––Pero Aome¿puedo ser feliz, aun suponiendo lo mejor, al aceptar a un hombre cuyas hermanas y amigos desean que se case con otra?
––Eso debes decidirlo tú misma ––dijo Aome––, si después de una madura reflexión encuentras que la desgracia de disgustar a sus hermanas es más que equivalente a la felicidad de ser su mujer, te aconsejo, desde luego, que rechaces a Takeda.
––¡Qué cosas tienes! dijo Sango con una leve sonrisa––. Debes saber que aunque me apenaría mucho su desaprobación, no vacilaría.
––Ya me lo figuraba, y siendo así, no creo que pueda compadecerme de tu situación.
––Pero si no vuelve en todo el invierno, mi elección no servirá de nada. ¡Pueden pasar tantas cosas en seis meses!
Aome rechazaba la idea de que Takeda no volviese; le parecía sencillamente una sugerencia de los interesados deseos de Haruko, y no podía suponer ni por un momento que semejantes deseos, tanto si los manifestaba clara o encubiertamente, influyesen en el animo de un hombre tan independiente.
Expuso a su hermana lo más elocuentemente que pudo su modo de ver, y no tardó en observar el buen efecto de sus palabras. Sango era por naturaleza optimista, lo que la fue llevando gradualmente a la esperanza de que Takeda volvería a Netherfield y llenaría todos los anhelos de su corazón, aunque la duda la asaltase de vez en cuando.
Acordaron que no informarían a la señora Higurashi más que de la partida de la familia, para que no se alarmase demasiado; pero se alarmó de todos modos bastante; y lamentó la tremenda desgracia de que las damas se hubiesen marchado precisamente cuando habían intimado tanto. Se dolió mucho de ello, pero se consoló pensando que Takeda no tardaría en volver para comer en Longbourn, y acabó declarando que a pesar de que le habían invitado a comer sólo en familia, tendría buen cuidado de preparar para aquel día dos platos de primera.
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Los Higurashi fueron invitados a comer con los Lucas, y de nuevo la señorita Lucas tuvo la amabilidad de escuchar a Akitoki durante la mayor parte del día. Aome aprovechó la primera oportunidad para darle las gracias.
––Esto le pone de buen humor. Te estoy más agradecida de lo que puedas imaginar ––le dijo.
Rica le aseguró que se alegraba de poder hacer algo por ella, y que eso le compensaba el pequeño sacrificio que le suponía dedicarle su tiempo. Era muy amable de su parte, pero la amabilidad de Rica iba más lejos de lo que Aome podía sospechar: su objetivo no era otro que evitar que Akitoki le volviese a dirigir sus cumplidos a su amiga, atrayéndolos para sí misma. Éste era el plan de Rica, y las apariencias le fueron tan favorables que al separarse por la noche casi habría podido dar por descontado el éxito, si Akitoki no tuviese que irse tan pronto de Hertfordshire. Pero al concebir esta duda, no hacía justicia al fogoso e independiente carácter de Akitoki; a la mañana siguiente se escapó de Longbourn con admirable sigilo y corrió a casa de los Lucas para rendirse a sus pies. Quiso ocultar su salida a sus primas porque si le hubiesen visto habrían descubierto su intención, y no quería publicarlo hasta estar seguro del éxito; aunque se sentía casi seguro del mismo, pues Rica le había animado lo bastante, pero desde su aventura del miércoles estaba un poco falto de confianza. No obstante, recibió una acogida muy halagüeña. La señorita Lucas le vio llegar desde una ventana, y al instante salió al camino para encontrarse con él como de casualidad. Pero poco podía ella imaginarse cuánto amor y cuánta elocuencia le esperaban.
En el corto espacio de tiempo que dejaron los interminables discursos de Akitoki, todo quedó arreglado entre ambos con mutua satisfacción. Al entrar en la casa, Akitoki le suplicó con el corazón que señalase el día en que iba a hacerle el más feliz de los hombres; y aunque semejante solicitud debía ser aplazada de momento, la dama no deseaba jugar con su felicidad. La estupidez con que la naturaleza la había dotado privaba a su cortejo de los encantos que pueden inclinar a una mujer a prolongarlo; a la señorita Lucas, que lo había aceptado solamente por el puro y desinteresado deseo de casarse, no le importaba lo pronto que este acontecimiento habría de realizarse.
Se lo comunicaron rápidamente a sir William y a lady Lucas para que les dieran su consentimiento, que fue otorgado con la mayor presteza y alegría. La situación de Akitoki le convertía en un partido muy apetecible para su hija, a quien no podían legar más que una escasa fortuna, y las perspectivas de un futuro bienestar eran demasiado tentadoras. Lady Lucas se puso a calcular seguidamente y con más interés que nunca cuántos años más podría vivir el señor Higurashi, y sir William expresó su opinión de que cuando Akitoki fuese dueño de Longbourn sería muy conveniente que él y su mujer hiciesen su aparición en St. James. Total que toda la familia se regocijó muchísimo por la noticia. Las hijas menores tenían la esperanza de ser presentadas en sociedad un año o dos antes de lo que lo habrían hecho de no ser por esta circunstancia. Los hijos se vieron libres del temor de que Rica se quedase soltera. Rica estaba tranquila. Había ganado la partida y tenía tiempo para considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad, Akitoki no era ni inteligente ni simpático, su compañía era pesada y su cariño por ella debía de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, sería su marido. A pesar de que Rica no tenía una gran opinión de los hombres ni del matrimonio, siempre lo había ambicionado porque era la única colocación honrosa para una joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que fuese una fuente de felicidad, siempre sería el más grato recurso contra la necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte para ella. Lo menos agradable de todo era la sorpresa que se llevaría Aome Higurashi, cuya amistad valoraba más que la de cualquier otra persona. Aome se quedaría boquiabierta y probablemente no lo aprobaría; y, aunque la decisión ya estaba tomada, la desaprobación de Aome le iba a doler mucho. Resolvió comunicárselo ella misma, por lo que recomendó a Akitoki, cuando regresó a Longbourn a comer, que no dijese nada de lo sucedido. Naturalmente, él le prometió como era debido que guardaría el secreto; pero su trabajo le costó, porque la curiosidad que había despertado su larga ausencia estalló a su regreso en preguntas tan directas que se necesitaba mucha destreza para evadirlas; por otra parte, representaba para Akitoki una verdadera abnegación, pues estaba impaciente por pregonar a los cuatro vientos su éxito amoroso.
Al día siguiente tenía que marcharse, pero como había de ponerse de camino demasiado temprano para poder ver a algún miembro de la familia, la ceremonia de la despedida tuvo lugar en el momento en que las señoras fueron a acostarse. La señora Higurashi, con gran cortesía y cordialidad, le dijo que se alegraría mucho de verle en Longbourn de nuevo cuando sus demás compromisos le permitieran visitarles.
––Mi querida señora ––repuso Akitoki––, agradezco particularmente esta invitación porque deseaba mucho recibirla; tenga la seguridad de que la aprovecharé lo antes posible.
Todos se quedaron asombrados, y el señor Higurashi, que de ningún modo deseaba tan rápido regreso, se apresuró a decir:
––Pero¿no hay peligro de que lady Izayoi lo desapruebe esta vez? Vale más que sea negligente con sus parientes que corra el riesgo de ofender a su patrona.
––Querido señor ––respondió Akitoki––, le quedo muy reconocido por esta amistosa advertencia, y puede usted contar con que no daré un solo paso que no esté autorizado por Su Señoría.
––Todas las precauciones son pocas. Arriésguese a cualquier cosa menos a incomodarla, y si cree usted que pueden dar lugar a ello sus visitas a nuestra casa, cosa que considero más que posible, quédese tranquilamente en la suya y consuélese pensando que nosotros no nos ofenderemos.
––Créame, mi querido señor, mi gratitud aumenta con sus afectuosos consejos, por lo que le prevengo que en breve recibirá una carta de agradecimiento por lo mismo y por todas las otras pruebas de consideración que usted me ha dado durante mi permanencia en Hertfordshire. En cuanto a mis hermosas primas, aunque mi ausencia no ha de ser tan larga como para que haya necesidad de hacerlo, me tomaré la libertad de desearles salud y felicidad, sin exceptuar a mi prima Aome.
Después de los cumplidos de rigor, las señoras se retiraron. Todas estaban igualmente sorprendidas al ver que pensaba volver pronto. La señora Higurashi quería atribuirlo a que se proponía dirigirse a una de sus hijas menores, por lo que determinó convencer a Kana para que lo aceptase. Esta, en efecto, apreciaba a Akitoki más que las otras; encontraba en sus reflexiones una solidez que a menudo la deslumbraba, y aunque de ningún modo le juzgaba tan inteligente como ella, creía que si se le animaba a leer y a aprovechar un ejemplo como el suyo, podría llegar a ser un compañero muy agradable. Pero a la mañana siguiente todo el plan se quedó en agua de borrajas, pues la señorita Lucas vino a visitarles justo después del almuerzo y en una conversación privada con Aome le relató el suceso del día anterior.
A Aome ya se le había ocurrido uno o dos días antes la posibilidad de que Akitoki se creyese enamorado de su amiga, pero que Rica le alentase le parecía tan imposible como que ella misma lo hiciese. Su asombro, por consiguiente, fue tan grande que sobrepasó todos los límites del decoro y no pudo reprimir gritarle:
––¡Comprometida con el señor Akitoki¿Cómo es posible, Rica?
Rica había contado la historia con mucha serenidad, pero ahora se sentía momentáneamente confusa por haber recibido un reproche tan directo; aunque era lo que se había esperado. Pero se recuperó pronto y dijo con calma:
––¡De qué te sorprendes, Aome¿Te parece increíble que el señor Akitoki haya sido capaz de procurar la estimación de una mujer por el hecho de no haber sido afortunado contigo?
Pero, entretanto, Aome había recuperado la calma, y haciendo un enorme esfuerzo fue capaz de asegurarle con suficiente firmeza que le encantaba la idea de su parentesco y que le deseaba toda la felicidad del mundo.
––Sé lo que sientes ––repuso Rica––. Tienes que estar sorprendida, sorprendidísima, haciendo tan poco que el señor Akitoki deseaba casarse contigo. Pero cuando hayas tenido tiempo de pensarlo bien, espero que comprenderás lo que he hecho. Sabes que no soy romántica. Nunca lo he sido. No busco más que un hogar confortable, y teniendo en cuenta el carácter de Akitoki, sus relaciones y su posición, estoy convencida de que tengo tantas probabilidades de ser feliz con él, como las que puede tener la mayoría de la gente que se casa.
Aome le contestó dulcemente:
––Es indudable.
Y después de una pausa algo embarazosa, fueron a reunirse con el resto de la familia. Rica se marchó en seguida y Aome se quedó meditando lo que acababa de escuchar. Tardó mucho en hacerse a la idea de un casamiento tan disparatado. Lo raro que resultaba que Akitoki hubiese hecho dos proposiciones de matrimonio en tres días, no era nada en comparación con el hecho de que hubiese sido aceptado. Siempre creyó que las teorías de Rica sobre el matrimonio no eran exactamente como las suyas, pero nunca supuso que al ponerlas en práctica sacrificase sus mejores sentimientos a cosas mundanas. Y al dolor que le causaba ver cómo su amiga se había desacreditado y había perdido mucha de la estima que le tenía, se añadía el penoso convencimiento de que le sería imposible ser feliz con la suerte que había elegido.
