Los personajes no me pertenecen, y la historia tampoco, es una adaptacion de Orgullo y Prejuicio

Capitulo 8

Aome estaba sentada con su madre y sus hermanas meditando sobre lo que había escuchado y sin saber si debía o no contarlo, cuando apareció el propio Sir William Lucas, enviado por su hija, para anunciar el compromiso a la familia. Entre muchos cumplidos y congratulándose de la unión de las dos casas, reveló el asunto a una audiencia no sólo estupefacta, sino también incrédula, pues la señora Higurashi, con más obstinación que cortesía, afirmó que debía de estar completamente equivocado, y Kikyo, siempre indiscreta y a menudo mal educada, exclamó alborotadamente:

––¡Santo Dios¿Qué está usted diciendo, sir William¿No sabe que el señor Akitoki quiere casarse con Aome?

Sólo la condescendencia de un cortesano podía haber soportado, sin enfurecerse, aquel comportamiento; pero la buena educación de sir William estaba por encima de todo. Rogó que le permitieran garantizar la verdad de lo que decía, pero escuchó todas aquellas impertinencias con la más absoluta corrección.

Aome se sintió obligada a ayudarle a salir de tan enojosa situación, y confirmó sus palabras, revelando lo que ella sabía por la propia Rika. Trató de poner fin a las exclamaciones de su madre y de sus hermanas felicitando calurosamente a sir William, en lo que pronto fue secundada por Sango, y comentando la felicidad que se podía esperar del acontecimiento, dado el excelente carácter del señor Akitoki y la conveniente distancia de Hunsford a Londres.

La señora Higurashi estaba ciertamente demasiado sobrecogida para hablar mucho mientras sir William permaneció en la casa; pero, en cuanto se fue, se desahogó rápidamente. Primero, insistía en no creer ni una palabra pudiese consolarla o calmarla. Tuvo que pasar una semana antes de que pudiese ver a Aome sin reprenderla; un mes, antes de que dirigiera la palabra a sir William o a lady Lucas sin ser grosera; y mucho, antes de que perdonara a Rika.

El estado de ánimo del señor Higurashi ante la noticia era más tranquilo; es más, hasta se alegró, porque de este modo podía comprobar, según dijo, que Rika Lucas, a quien nunca tuvo por muy lista, era tan tonta como su mujer, y mucho más que su hija.

Sango confesó que se había llevado una sorpresa; pero habló menos de su asombro que de sus sinceros deseos de que ambos fuesen felices, ni siquiera Aome logró hacerle ver que semejante felicidad era improbable. Catherine y Kikyo estaban muy lejos de envidiar a la señorita Lucas, pues Akitoki no era más que un clérigo y el suceso no tenía para ellas más interés que el de poder difundirlo por Meryton.

Lady Lucas no podía resistir la dicha de poder desquitarse con la señora Higurashi manifestándole el consuelo que le suponía tener una hija casada; iba a Longbourn con más frecuencia que de costumbre para contar lo feliz que era, aunque las poco afables miradas y los comentarios mal intencionados de la señora Higurashi podrían haber acabado con toda aquella felicidad.

Entre Aome y Rika había una barrera que les hacía guardar silencio sobre el tema, y Aome tenía la impresión de que ya no volvería a existir verdadera confianza entre ellas. La decepción que se había llevado de Rika le hizo volverse hacia su hermana con más cariño y admiración que nunca, su rectitud y su delicadeza le garantizaban que su opinión sobre ella nunca cambiaría, y cuya felicidad cada día la tenía más preocupada, pues hacía ya una semana que Takeda se había marchado y nada se sabía de su regreso.

Sango contestó en seguida la carta de Haruko Takeda, y calculaba los días que podía tardar en recibir la respuesta. La prometida carta de Akitoki llegó el martes, dirigida al padre y escrita con toda la solemnidad de agradecimiento que sólo un año de vivir con la familia podía haber justificado. Después de disculparse al principio, procedía a informarle, con mucha grandilocuencia, de su felicidad por haber obtenido el afecto de su encantadora vecina la señorita Lucas, y expresaba luego que sólo con la intención de gozar de su compañía se había sentido tan dispuesto a acceder a sus amables deseos de volverse a ver en Longbourn, adonde esperaba regresar del lunes en quince días; pues lady Izayoi, agregaba, aprobaba tan cordialmente su boda, que deseaba se celebrase cuanto antes, cosa que confiaba sería un argumento irrebatible para que su querida Rika fijase el día en que habría de hacerle el más feliz de los hombres.

La vuelta de Akitoki a Hertfordshire ya no era motivo de satisfacción para la señora Higurashi. Al contrario, lo deploraba más que su marido: «Era muy raro que Akitoki viniese a Longbourn en vez de ir a casa de los Lucas; resultaba muy inconveniente y extremadamente embarazoso. Odiaba tener visitas dado su mal estado de salud, y los novios eran los seres más insoportables del mundo.» Éstos eran los continuos murmullos de la señora Higurashi, que sólo cesaban ante una angustia aún mayor: la larga ausencia del señor Takeda.

Ni Sango ni Aome estaban tranquilas con este tema. Los días pasaban sin que tuviese más noticia que la que pronto se extendió por Meryton: que los Takeda no volverían en todo el invierno. La señora Higurashi estaba indignada y no cesaba de desmentirlo, asegurando que era la falsedad más atroz que oír se puede.

Incluso Aome comenzó a temer, no que Takeda hubiese olvidado a Sango, sino que sus hermanas pudiesen conseguir apartarlo de ella. A pesar de no querer admitir una idea tan desastrosa para la felicidad de Sango y tan indigna de la firmeza de su enamorado, Aome no podía evitar que con frecuencia se le pasase por la mente. Temía que el esfuerzo conjunto de sus desalmadas hermanas y de su influyente amigo, unido a los atractivos de la señorita Taisho y a los placeres de Londres, podían suponer demasiadas cosas a la vez en contra del cariño de Takeda.

En cuanto a Sango, la ansiedad que esta duda le causaba era, como es natural, más penosa que la de Aome; pero sintiese lo que sintiese, quería disimularlo, y por esto entre ella y su hermana nunca se aludía a aquel asunto. A su madre, sin embargo, no la contenía igual delicadeza y no pasaba una hora sin que hablase de Takeda, expresando su impaciencia por su llegada o pretendiendo que Sango confesase que, si no volvía, la habrían tratado de la manera más indecorosa. Se necesitaba toda la suavidad de Sango para aguantar estos ataques con tolerable tranquilidad.

Akitoki volvió puntualmente del lunes en quince días; el recibimiento que se le hizo en Longbourn no fue tan cordial como el de la primera vez. Pero el hombre era demasiado feliz para que nada le hiciese mella, y por suerte para todos, estaba tan ocupado en su cortejo que se veían libres de su compañía mucho tiempo. La mayor parte del día se lo pasaba en casa de los Lucas, y a veces volvía a Longbourn sólo con el tiempo justo de excusar su ausencia antes de que la familia se acostase.

La señora Higurashi se encontraba realmente en un estado lamentable. La sola mención de algo concerniente a la boda le producía un ataque de mal humor, y dondequiera que fuese podía tener por seguro que oiría hablar de dicho acontecimiento. El ver a la señorita Lucas la descomponía. La miraba con horror y celos al imaginarla su sucesora en aquella casa. Siempre que Rika venía a verlos, la señora Higurashi llegaba a la conclusión de que estaba anticipando la hora de la toma de posesión, y todas las veces que le comentaba algo en voz baja a Akitoki, estaba convencida de que hablaban de la herencia de Longbourn y planeaban echarla a ella y a sus hijas en cuanto el señor Higurashi pasase a mejor vida. Se quejaba de ello amargamente a su marido.

––La verdad, señor Higurashi ––le decía––, es muy duro pensar que Rika Lucas será un día la dueña de esta casa, y que yo me veré obligada a cederle el sitio y a vivir viéndola en mi lugar.

––Querida, no pienses en cosas tristes. Tengamos esperanzas en cosas mejores. Animémonos con la idea de que puedo sobrevivirte.

No era muy consolador, que digamos, para la señora Higurashi; sin embargó, en vez de contestar, continuó:

––No puedo soportar el pensar que lleguen a ser dueños de toda esta propiedad. Si no fuera por el legado, me traería sin cuidado.

––¿Qué es lo que te traería sin cuidado?

––Me traería sin cuidado absolutamente todo.

––Demos gracias, entonces, de que te salven de semejante estado de insensibilidad.

––Nunca podré dar gracias por nada que se refiera al legado. No entenderé jamás que alguien pueda tener la conciencia tranquila desheredando a sus propias hijas. Y para colmo¡que el heredero tenga que ser el señor Akitoki¿Por qué él, y no cualquier otro?

––Lo dejo a tu propia consideración.

La carta de la señorita Takeda llegó, y puso fin a todas las dudas. La primera frase ya comunicaba que todos se habían establecido en Londres para pasar el invierno, y al final expresaba el pesar del hermano por no haber tenido tiempo, antes de abandonar el campo, de pasar a presentar sus respetos a sus amigos de Hertfordshire.

No había esperanza, se había desvanecido por completo. Sango siguió leyendo, pero encontró pocas cosas, aparte de las expresiones de afecto de su autora, que pudieran servirle de alivio. El resto de la carta estaba casi por entero dedicado a elogiar a la señorita Taisho. Insistía de nuevo sobre sus múltiples atractivos, y Haruko presumía muy contenta de su creciente intimidad con ella, aventurándose a predecir el cumplimiento de los deseos que ya manifestaba en la primera carta. También 1e contaba con regocijo que su hermano era íntimo de la familia Taisho, y mencionaba con entusiasmo ciertos planes de este último, relativos al nuevo mobiliario.

Aome, a quien Sango comunicó en seguida lo más importante de aquellas noticias, la escuchó en silencio y muy indignada. Su corazón fluctuaba entre la preocupación por su hermana y el odio a todos los demás. No daba crédito a la afirmación de Haruko de que su hermano estaba interesado por la señorita Taisho. No dudaba, como no lo había dudado jamás, que Takeda estaba enamorado de Sango; pero Aome, que siempre le tuvo tanta simpatía, no pudo pensar sin rabia, e incluso sin desprecio, en aquella debilidad de carácter y en su falta de decisión, que le hacían esclavo de sus intrigantes amigos y le arrastraban a sacrificar su propia felicidad al capricho de los deseos de aquellos. Si no sacrificase más que su felicidad, podría jugar con ella como se le antojase; pero se trataba también de la felicidad de Sango, y pensaba que él debería tenerlo en cuenta. En fin, era una de esas cosas con las que es inútil romperse la cabeza.

Aome no podía pensar en otra cosa; y tanto si el interés de Takeda había muerto realmente, como si había sido obstaculizado por la intromisión de sus amigos; tanto si Takeda sabía del afecto de Sango, como si le había pasado inadvertido; en cualquiera de los casos, y aunque la opinión de Aome sobre Takeda pudiese variar según las diferencias, la situación de Sango seguía siendo la misma y su paz se había perturbado.

Un día o dos transcurrieron antes de que Sango tuviese el valor de confesar sus sentimientos a su hermana; pero, al fin, en un momento en que la señora Higurashi las dejó solas después de haberse irritado más que de costumbre con el tema de Netherfield y su dueño, la joven no lo pudo resistir y exclamó:

––¡Si mi querida madre tuviese más dominio de sí misma! No puede hacerse idea de lo que me duelen sus continuos comentarios sobre el señor Takeda. Pero no me pondré triste. No puede durar mucho. Lo olvidaré y todos volveremos a ser como antes.

Aome, solícita e incrédula, miró a su hermana, pero no dijo nada.

––¿Lo dudas? ––preguntó Sango ligeramente ruborizada––. No tienes motivos. Le recordaré siempre como el mejor hombre que he conocido, eso es todo. Nada tengo que esperar ni que temer, y nada tengo que reprocharle. Gracias a Dios, no me queda esa pena. Así es que dentro de poco tiempo, estaré mucho mejor.

Con voz más fuerte añadió después:

––Tengo el consuelo de pensar que no ha sido más que un error de la imaginación por mi parte y que no ha perjudicado a nadie más que a mí misma.

––¡Querida Sango! ––exclamó Aome––. Eres demasiado buena. Tu dulzura y tu desinterés son verdaderamente angelicales. No sé qué decirte. Me siento como si nunca te hubiese hecho justicia, o como si no te hubiese querido todo lo que mereces.

Sango negó vehementemente que tuviese algún mérito extraordinario y rechazó los elogios de su hermana que eran sólo producto de su gran afecto.

––No ––dijo Aome––, eso no está bien. Todo el mundo te parece respetable y te ofendes si yo hablo mal de alguien. Tú eres la única a quien encuentro perfecta y tampoco quieres que te lo diga. No temas que me exceda apropiándome de tu privilegio de bondad universal. No hay peligro. A poca gente quiero de verdad, y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada, y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano, y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia. Últimamente he tenido dos ejemplos: uno que no quiero mencionar, y el otro, la boda de Rika. ¡Es increíble¡Lo mires como lo mires, es increíble!

––Querida Aome, no debes tener esos sentimientos, acabarán con tu felicidad. No tienes en consideración las diferentes situaciones y la forma de ser de las personas. Ten en cuenta la respetabilidad del señor Akitoki y el carácter firme y prudente de Rika. Recuerda que pertenece a una familia numerosa, y en lo que se refiere a la fortuna, es una boda muy deseable, debes creer, por el amor de Dios, que puede que sienta cierto afecto y estima por nuestro primo.

––Por complacerte, trataría de creer lo que dices, pero nadie saldría beneficiado, porque si sospechase que Rika siente algún interés por el señor Akitoki, tendría peor opinión de su inteligencia de la que ahora tengo de su corazón. Querida Sango, el señor Akitoki es un hombre engreído, pedante, cerril y mentecato; lo sabes tan bien como yo; y como yo también debes saber que la mujer que se case con él no puede estar en su sano juicio. No la defiendas porque sea Rika Lucas. Por una persona en concreto no debes trastocar el significado de principio y de integridad, ni intentar convencerte a ti misma o a mí, de que el egoísmo es prudencia o de que la insensibilidad ante el peligro es un seguro de felicidad.

––Hablas de los dos con demasiada dureza ––repuso Sango––, y espero que lo admitirás cuando veas que son felices juntos. Pero dejemos esto. Hiciste alusión a otra cosa. Mencionaste dos ejemplos. Ya sé de qué se trata, pero te ruego, querida Aome, que no me hagas sufrir culpando a esa persona y diciendo que has perdido la buena opinión que tenías de él. No debemos estar tan predispuestos a imaginarnos que nos han herido intencionadamente. No podemos esperar que un hombre joven y tan vital sea siempre tan circunspecto y comedido. A menudo lo que nos engaña es únicamente nuestra propia vanidad. Las mujeres nos creemos que la admiración significa más de lo que es en realidad.

––Y los hombres se cuidan bien de que así sea.

––Si lo hacen premeditadamente, no tienen justificación; pero me parece que no hay tanta premeditación en el mundo como mucha gente se figura.

––No pretendo atribuir a la premeditación la conducta del señor Takeda; pero sin querer obrar mal o hacer sufrir a los demás, se pueden cometer errores y hacer mucho daño. De eso se encargan la inconsciencia, la falta de atención a los sentimientos de otras personas y la falta de decisión.

––¿Achacas lo ocurrido a algo de eso?

––Sí, a lo último. Pero si sigo hablando, te disgustaré diciendo lo que pienso de personas que tú estimas. Vale más que procures que me calle.

¿Persistes en suponer, pues, que las hermanas influyen en él?

––Sí, junto con su amigo.

––No lo puedo creer. ¿Por qué iba a hacerlo? Sólo pueden desear su felicidad; y si él me quiere a mí, ninguna otra mujer podrá proporcionársela.

Tu primera suposición es falsa. Pueden desear muchas cosas además de su felicidad; pueden desear que aumente su riqueza, con lo que ello trae consigo; pueden desear que se case con una chica que tenga toda la importancia que da el dinero, las grandes familias y el orgullo.

––O sea que desean que elija a la señorita Taisho ––replicó Sango––; pero quizá les muevan mejores intenciones de las que crees. La han tratado mucho más que a mí, es lógico que la quieran más. Pero cualesquiera que sean sus deseos, es muy poco probable que se hayan opuesto a los de su hermano. ¿Qué hermana se creería con derecho a hacerlo, a no ser que hubiese algo muy grave que objetar? Si hubiesen visto que se interesaba mucho por mí, no habrían procurado separarnos; y si él estuviese efectivamente tan interesado, todos sus esfuerzos serían inútiles. Al suponer que me quiere, sólo consigues atribuir un mal comportamiento y una actitud errónea a todo el mundo y hacerme a mí sufrir más todavía. No me avergüenzo de haberme equivocado y si me avergonzara, mi sufrimiento no sería nada en comparación con el dolor que me causaría pensar mal de Takeda o de sus hermanas. Déjame interpretarlo del mejor modo posible, del modo que lo haga más explicable.

Aome no podía oponerse a tales deseos; y desde entonces el nombre de Takeda pocas veces se volvió a pronunciar entre ellas.

La señora Higurashi seguía aún extrañada y murmurando al ver que Takeda no regresaba; y aunque no pasaba día sin que Aome le hiciese ver claramente lo que sucedía, no parecía que la madre dejase de extrañarse. Su hija intentaba convencerla de lo que ella misma no creía, diciéndole que las atenciones de Takeda para con Sango habían sido efecto de un capricho corriente y pasajero que cesó al dejar de verla; pero aunque la señora Higurashi no vacilaba en admitir esa posibilidad, no podía dejar de repetir todos los días la misma historia. Lo único que la consolaba era que Takeda tenía que volver en verano.

El señor Higurashi veía la cosa de muy distinta manera.

De modo, Aome ––le dijo un día––, que tu hermana ha tenido un fracaso amoroso. Le doy la enhorabuena. Antes de casarse, está bien que una chica tenga algún fracaso; así se tiene algo en qué pensar, y le da cierta distinción entre sus amistades. ¿Y a ti, cuándo te toca? No te gustaría ser menos que Sango.

Aprovéchate ahora. Hay en Meryton bastantes oficiales como para engañar a todas las chicas de la comarca. Elige a Hanyou. Es un tipo agradable, y es seguro que te dará calabazas.

––Gracias, papá, pero me conformaría con un hombre menos agradable. No todos podemos esperar tener tan buena suerte como Sango.

––Es verdad ––dijo el señor Higurashi––, pero es un consuelo pensar que, suceda lo que suceda, tienes una madre cariñosa que siempre te ayudará.

La compañía de Hanyou era de gran utilidad para disipar la tristeza que los últimos y desdichados sucesos habían producido a varios miembros de la familia de Longbourn. Le veían a menudo, y a sus otras virtudes unió en aquella ocasión la de una franqueza absoluta. Todo lo que Aome había oído, sus quejas contra Taisho y los agravios que le había inferido, pasaron a ser del dominio público; todo el mundo se complacía en recordar lo antipático que siempre había sido Taisho, aun antes de saber nada de todo aquello.

Sango era la única capaz de suponer que hubiese en este caso alguna circunstancia atenuante desconocida por los vecinos de Hertfordshire. Su dulce e invariable candor reclamaba indulgencia constantemente y proponía la posibilidad de una equivocación; pero todo el mundo tenía a Taisho por el peor de los hombres.

Después de una semana, pasada entre promesas de amor y planes de felicidad, Akitoki tuvo que despedirse de su amada Rika para llegar el sábado a Hunsford. Pero la pena de la separación se aliviaba por parte de Akitoki con los preparativos que tenía que hacer para la recepción de su novia; pues tenía sus razones para creer que a poco de su próximo regreso a Hertfordshire se fijaría el día que habría de hacerle el más feliz de los hombres. Se despidió de sus parientes de Longbourn con la misma solemnidad que la otra vez; deseó de nuevo a sus bellas primas salud y venturas, y prometió al padre otra carta de agradecimiento.

El lunes siguiente, la señora Higurashi tuvo el placer de recibir a su hermano y a la esposa de éste, que venían, como de costumbre, a pasar las Navidades en Longbourn. El señor Gardiner era un hombre inteligente y caballeroso, muy superior a su hermana por naturaleza y por educación. A las damas de Netherfield se les hubiese hecho difícil creer que aquel hombre que vivía del comercio y se hallaba siempre metido en su almacén, pudiera estar tan bien educado y resultar tan agradable. La señora Gardiner, bastante más joven que la señora Higurashi y que la señora Philips, era una mujer encantadora y elegante, a la que sus sobrinas de Longbourn adoraban. Especialmente las dos mayores, con las que tenía una particular amistad. Aome y Sango habían estado muchas veces en su casa de la capital. Lo primero que hizo la señora Gardiner al llegar fue distribuir sus regalos y describir las nuevas modas. Una vez hecho esto, dejó de llevar la voz cantante de la conversación; ahora le tocaba escuchar. La señora Higurashi tenía que contarle sus muchas desdichas y sus muchas quejas. Había sufrido muchas humillaciones desde la última vez que vio a su cuñada. Dos de sus hijas habían estado a punto de casarse, pero luego todo había quedado en nada.

––No culpo a Sango continuó––, porque se habría casado con el señor Takeda, si hubiese podido; pero Aome... ¡Ah, hermana mía!, es muy duro pensar que a estas horas podría ser la mujer de Akitoki si no hubiese sido por su testarudez. Le hizo una proposición de matrimonio en esta misma habitación y lo rechazó. A consecuencia de ello lady Lucas tendrá una hija casada antes que yo, y la herencia de Longbourn pasará a sus manos. Los Lucas son muy astutos, siempre se aprovechan de lo que pueden. Siento tener que hablar de ellos de esta forma pero es la verdad. Me pone muy nerviosa y enferma que mi propia familia me contraríe de este modo, y tener vecinos que no piensan más que en sí mismos. Menos mal que tenerte a ti aquí en estos precisos momentos, me consuela enormemente; me encanta lo que nos cuentas de las mangas largas.

La señora Gardiner, que ya había tenido noticias del tema por la correspondencia que mantenía con Sango y Aome, dio una respuesta breve, y por compasión a sus sobrinas, cambió de conversación.

Cuando estuvo a solas luego con Aome, volvió a hablar del asunto:

––Parece ser que habría sido un buen partido para Sango ––dijo––. Siento que se haya estropeado. ¡Pero estas cosas ocurren tan a menudo! Un joven como Takeda, tal y como tú me lo describes, se enamora con facilidad de una chica bonita por unas cuantas semanas y, si por casualidad se separan, la olvida con la misma facilidad. Esas inconstancias son muy frecuentes.

––Si hubiera sido así, sería un gran consuelo ––dijo Aome––, pero lo nuestro es diferente. Lo que nos ha pasado no ha sido casualidad. No es tan frecuente que unos amigos se interpongan y convenzan a un joven independiente de que deje de pensar en una muchacha de la que estaba locamente enamorado unos días antes.

––Pero esa expresión, «locamente enamorado», está tan manida, es tan ambigua y tan indefinida, que no me dice nada. Lo mismo se aplica a sentimientos nacidos a la media hora de haberse conocido, que a un cariño fuerte y verdadero. Explícame cómo era el amor del señor Takeda.

––Nunca vi una atracción más prometedora. Cuando estaba con Sango no prestaba atención a nadie más, se dedicaba por entero a ella. Cada vez que se veían era más cierto y evidente. En su propio baile desairó a dos o tres señoritas al no sacarlas a bailar y yo le dirigí dos veces la palabra sin obtener respuesta. ¿Puede haber síntomas más claros¿No es la descortesía con todos los demás, la esencia misma del amor?

––De esa clase de amor que me figuro que sentía Takeda, sí. ¡Pobre Sango! Lo siento por ella, pues dado su modo de ser, no olvidará tan fácilmente. Habría sido mejor que te hubiese ocurrido a ti, Aome; tú te habrías resignado más pronto. Pero¿crees que podremos convencerla de que venga con nosotros a Londres? Le conviene un cambio de aires, y puede que descansar un poco de su casa le vendría mejor que ninguna otra cosa.

A Aome le pareció estupenda esta proposición y no dudó de que su hermana la aceptaría.

––Supongo ––añadió–– que no la detendrá el pensar que pueda encontrarse con ese joven. Vivimos en zonas de la ciudad opuestas, todas nuestras amistades son tan distintas y, como tú sabes, salimos tan poco, que es muy poco probable que eso suceda, a no ser que él venga expresamente a verla.

––Y eso es imposible, porque ahora se halla bajo la custodia de su amigo, y el señor Taisho no permitiría que visitase a Sango en semejante parte de Londres. Querida tía¿qué te parece? Puede que Taisho haya oído hablar de un lugar como la calle Gracechurch, pero creería que ni las abluciones de todo un mes serían suficientes para limpiarle de todas sus impurezas, si es que alguna vez se dignase entrar en esa calle. Y puedes tener por seguro que Takeda no daría un paso sin él.

––Mucho mejor. Espero que no se vean nunca. Pero¿no se escribe Sango con la hermana? Entonces, la señorita Takeda no tendrá disculpa para no ir a visitarla.

––Romperá su amistad por completo.

Pero, a pesar de que Aome estuviese tan segura sobre este punto, y, lo que era aún más interesante, a pesar de que a Takeda le impidiesen ver a Sango, la señora Gardiner se convenció, después de examinarlo bien, de que había todavía una esperanza. Era posible, y a veces creía que hasta provechoso, que el cariño de Takeda se reanimase y luchara contra la influencia de sus amigos bajo la influencia más natural de los encantos de Sango.

Sango aceptó gustosa la invitación de su tía, sin pensar en los Takeda, aunque esperaba que, como Haruko no vivía en la misma casa que su hermano, podría pasar alguna mañana con ella sin el peligro de encontrarse con él.

Los Gardiner estuvieron en Longbourn una semana; y entre los Philips, los Lucas y los oficiales, no hubo un día sin que tuviesen un compromiso. La señora Higurashi se había cuidado tanto de prepararlo todo para que su hermano y su cuñada lo pasaran bien, que ni una sola vez pudieron disfrutar de una comida familiar. Cuando el convite era en casa, siempre concurrían algunos oficiales entre los que Hanyou no podía faltar. En estas ocasiones, la señora Gardiner, que sentía curiosidad por los muchos elogios que Aome le tributaba, los observó a los dos minuciosamente. Dándose cuenta, por lo que veía, de que no estaban seriamente enamorados; su recíproca preferencia era demasiado evidente. No se quedó muy tranquila, de modo que antes de irse de Hertfordshire decidió hablar con Aome del asunto advirtiéndole de su imprudencia por alentar aquella relación.

Hanyou, aparte de sus cualidades, sabía cómo agradar a la señora Gardiner. Antes de casarse, diez o doce años atrás, ella había pasado bastante tiempo en el mismo lugar de Derbyshire donde Hanyou había nacido. Poseían, por lo tanto, muchas amistades en común; y aunque Hanyou se marchó poco después del fallecimiento del padre de Taisho, ocurrido hacía cinco años, todavía podía contarle cosas de sus antiguos amigos, más recientes que las que ella sabía.

La señora Gardiner había estado en Pemberley y había conocido al último señor Taisho a la perfección. Éste era, por consiguiente, un tema de conversación inagotable. Comparaba sus recuerdos de Pemberley con la detallada descripción que Hanyou hacía, y elogiando el carácter de su último dueño, se deleitaban los dos. Al enterarse del comportamiento de Taisho con Hanyou, la señora Gardiner creía recordar algo de la mala fama que tenía cuando era aún muchacho, lo que encajaba en este caso; por fin, confesó que se acordaba que ya entonces se hablaba del joven Sesshomaru Taisho como de un chico malo y orgulloso.


Holaaaaaaaaa, pues que les puedo decir, mil disculpas la chamba me ha traido como loca y a veces he tenido que trabajr hasta fines de semana y dias festivos, pero aqui tienen un capitulo màs espero les guste y tambien espero reviews, muchas gracias por el apoyo