Con la mano en alto declaro que esta historia y los personajes en ella no son mios, es una adaptacion con Inuyasha,
A señora Gardiner hizo a Aome la advertencia susodicha puntual y amablemente, a la primera oportunidad que tuvo de hablar a solas con ella. Después de haberle dicho honestamente lo que pensaba, añadió:
––Eres una chica demasiado sensata, Aome, para enamorarte sólo porque se te haya advertido que no lo hicieses; y por eso, me atrevo a hablarte abiertamente. En serio, ten cuidado. No te comprometas, ni dejes que él se vea envuelto en un cariño que la falta de fortuna puede convertir en una imprudencia. Nada tengo que decir contra él; es un muchacho muy interesante, y si tuviera la posición que debería tener, me parecería inmejorable. Pero tal y como están las cosas, no puedes cegarte. Tienes mucho sentido, y todos esperamos que lo uses. Tu padre confía en tu firmeza y en tu buena conducta. No vayas a defraudarle.
––Querida tía, esto es serio de veras.
––Sí, y ojalá que tú también te lo tomes en serio.
––Bueno, no te alarmes. Me cuidaré de Hanyou. Si lo puedo evitar, no se enamorará de mí.
––Aome, no estás hablando en serio.
––Perdóname. Lo intentaré otra vez. Por ahora, no estoy enamorada de Hanyou; es verdad, no lo estoy. Pero es, sin comparación, el hombre más agradable que jamás he visto; tanto, que no me importaría que se sintiese atraído por mí. Sé que es una imprudencia. ¡Ay, ese abominable Taisho! La opinión que mi padre tiene de mí, me honra; y me daría muchísima pena perderla. Sin embargo, mi padre es partidario del señor Hanyou. En fin, querida tía, sentiría mucho haceros sufrir a alguno de vosotros; pero cuando vemos a diario que los jóvenes, si están enamorados suelen hacer caso omiso de la falta de fortuna a la hora de comprometerse¿cómo podría prometer yo ser más lista que tantas de mis congéneres, si me viera tentada? O ¿cómo sabría que obraría con inteligencia si me resisto? Así es que lo único que puedo prometerte es que no me precipitaré. No me apresuraré en creer que soy la mujer de sus sueños. Cuando esté a su lado, no le demostraré que me gusta. O sea, que me portaré lo mejor que pueda.
––Tal vez lo conseguirías, si procuras que no venga aquí tan a menudo. Por lo menos, no deberías recordar a tu madre que lo invite.
––Como hice el otro día ––repuso Aome con maliciosa sonrisa––. Es verdad, sería lo más oportuno. Pero no vayas a imaginar que viene tan a menudo. Si le hemos invitado tanto esta semana, es porque tú estabas aquí. Ya sabes la obsesión de mi madre de que sus visitas estén constantemente acompañadas. Pero de veras, te doy mi palabra de que trataré siempre de hacer lo que crea más sensato. Espero que ahora estarás más contenta.
Su tía le aseguró que lo estaba; Aome le agradeció sus amables advertencias, y se fueron. Su conversación había constituido un admirable ejemplo de saber aconsejar sin causar resentimiento.
Poco después de haberse ido los Gardiner y Sango, Akitoki regresó a Hertfordshire; pero como fue a casa de los Lucas, la señora Higurashi no se incomodó por su llegada. La boda se aproximaba y la señora Higurashi se había resignado tanto que ya la daba por inevitable e incluso repetía, eso sí, de mal talante, que deseaba que fuesen felices. La boda se iba a celebrar el jueves, y, el miércoles vino la señorita Lucas a hacer su visita de despedida. Cuando la joven se levantó para irse, Aome, sinceramente conmovida, y avergonzada por la desatenta actitud y los fingidos buenos deseos de su madre, salió con ella de la habitación y la acompañó hasta la puerta. Mientras bajaban las escaleras, Rika dijo:
––Confío en que tendré noticias tuyas muy a menudo, Aome.
––Las tendrás.
––Y quiero pedirte otro favor. ¿Vendrás a verme?
––Nos veremos con frecuencia en Hertfordshire, espero.
––Me parece que no podré salir de Kent hasta dentro de un tiempo. Prométeme, por lo tanto, venir a Hunsford.
A pesar de la poca gracia que le hacía la visita, Aome no pudo rechazar la invitación de Rika.
––Mi padre y María irán a verme en marzo ––––añadió Rika–– y quisiera que los acompañases. Te aseguro, Aome, que serás tan bien acogida como ellos.
Se celebró la boda; el novio y la novia partieron hacia Kent desde la puerta de la iglesia, y todo el mundo tuvo algún comentario que hacer o que oír sobre el particular, como de costumbre. Aome no tardó en recibir carta de su amiga, y su correspondencia fue tan regular y frecuente como siempre. Pero ya no tan franca. A Aome le era imposible dirigirse a Rika sin notar que toda su antigua confianza había desaparecido, y, aunque no quería interrumpir la correspondencia, lo hacía más por lo que su amistad había sido que por lo que en realidad era ahora. Las primeras cartas de Rika las recibió con mucha impaciencia; sentía mucha curiosidad por ver qué le decía de su nuevo hogar, por saber si le habría agradado lady Izayoi y hasta qué punto se atrevería a confesar que era feliz. Pero al leer aquellas cartas, Aome observó que Rika se expresaba exactamente tal como ella había previsto. Escribía alegremente, parecía estar rodeada de comodidades, y no mencionaba nada que no fuese digno de alabanza. La casa, el mobiliario, la vecindad y las carreteras, todo era de su gusto, y lady Izayoi no podía ser más sociable y atenta. Era el mismo retrato de Hunsford y de Rosings que había hecho el señor Akitoki, aunque razonablemente mitigado. Aome comprendió que debía aguardar a su propia visita para conocer el resto.
Sango ya le había enviado unas líneas a su hermana anunciándole su feliz llegada a Londres; y cuando le volviese a escribir, Aome tenía esperanza de que ya podría contarle algo de los Takeda.
Su impaciencia por esta segunda carta recibió la recompensa habitual a todas las impaciencias: Sango llevaba una semana en la capital sin haber visto o sabido nada de Haruko. Sin embargo, se lo explicaba suponiendo que la última carta que le mandó a su amiga desde Longbourn se habría perdido.
«Mi tía ––continuó–– irá mañana a esa parte de la ciudad y tendré ocasión de hacer una visita a Haruko en la calle Grosvenor.»
Después de la visita mencionada, en la que vio a la señorita Takeda, Sango volvió a escribir: «Haruko no estaba de buen humor, pero se alegró mucho de verme y me reprochó que no le hubiese notificado mi llegada a Londres. Por lo tanto, yo tenía razón: no había recibido mi carta. Naturalmente, le pregunté por su hermano. Me dijo que estaba bien, pero que anda tan ocupado con el señor Taisho, que ella apenas le ve. Casualmente esperaban a la señorita Taisho para comer; me gustaría verla. Mi visita no fue larga, pues Haruko y la señora Hurst tenían que salir. Supongo que pronto vendrán a verme.»
Aome movió la cabeza al leer la carta. Vio claramente que sólo por casualidad podría Takeda descubrir que Sango estaba en Londres.
Pasaron cuatro semanas sin que Sango supiese nada de él. Trató de convencerse a sí misma de que no lo lamentaba; pero de lo que no podía estar ciega más tiempo, era del desinterés de la señorita Takeda. Después de esperarla en casa durante quince días todas las mañanas e inventarle una excusa todas las tardes, por fin, recibió su visita; pero la brevedad de la misma y, lo que es más, su extraña actitud no dejaron que Sango siguiera engañándose. La carta que escribió entonces a su hermana demostraba lo que sentía:
«Estoy segura, mi queridísima Aome, de que serás incapaz de vanagloriarte a costa mía por tu buen juicio, cuando te confiese que me he desengañado completamente del afecto de la señorita Takeda. De todos modos, aunque los hechos te hayan dado la razón, no me creas obstinada si aún afirmo que, dado su comportamiento conmigo, mi confianza era tan natural como tus recelos. A pesar de todo, no puedo comprender por qué motivo quiso ser amiga mía; pero si las cosas se volviesen a repetir, no me cabe la menor duda de que me engañaría de nuevo. Haruko no me devolvió la visita hasta ayer, y entretanto no recibí ni una nota ni una línea suya. Cuando vino se vio bien claro que era contra su voluntad; me dio una ligera disculpa, meramente formal, por no haber venido antes; no dijo palabra de cuándo volveríamos a vernos y estaba tan alterada que, cuando se fue, decidí firmemente poner fin a nuestras relaciones. Me da pena, aunque no puedo evitar echarle la culpa a ella. Hizo mal en elegirme a mí como amiga. Pero puedo decir con seguridad que fue ella quien dio el primer paso para intimar conmigo. De cualquier modo, la compadezco porque debe de comprender que se ha portado muy mal, y porque estoy segura de que la preocupación por su hermano fue la causa de todo. Y aunque nos consta que esa preocupación es innecesaria, el hecho de sentirla justifica su actitud para conmigo, y como él merece cumplidamente que su hermana le adore, toda la inquietud que le inspire es natural y apreciable. Pero no puedo menos que preguntarme por qué sigue teniendo esos temores, pues si él se hubiese interesado por mí, nos hubiésemos visto hace ya mucho tiempo. El sabe que estoy en la ciudad; lo deduzco por algo que ella misma dijo; y todavía parecía, por su modo de hablar, que necesitaba convencerse a sí misma de que Takeda está realmente interesado por la señorita Taisho. No lo entiendo. Si no temiera juzgar con dureza, casi diría que en todo esto hay más vueltas de lo que parece. Pero procuraré ahuyentar todos estos penosos pensamientos, y pensaré sólo en lo que me hace ser feliz: tu cariño y la inalterable bondad de nuestros queridos tíos. Escríbeme pronto. La señorita Takeda habló de que nunca volverían a Netherfield y de que se desharían de la casa, pero no con mucha certeza. Vale más que no mencione estas cosas. Me alegro mucho de que hayas tenido tan buenas noticias de nuestros amigos de Hunsford. Haz el favor de ir a verlos con sir William y María. Estoy segura de que te encontrarás bien allí. Tuya,
Sango.»
A Aome le dio un poco de pena esta carta, pero recuperó el ánimo al pensar que al menos ya no volvería a dejarse tomar el pelo por la señorita Takeda. Toda esperanza con respecto al hermano se había desvanecido por completo. Ni siquiera deseaba que se reanudasen sus relaciones. Cada vez que pensaba en él, más le decepcionaba su carácter. Y como un castigo para él y en beneficio de Sango, Aome deseaba que se casara con la hermana del señor Taisho cuanto antes, pues, por lo que Hanyou decía, ella le haría arrepentirse con creces por lo que había despreciado.
A todo esto, la señora Gardiner recordó a Aome su promesa acerca de Hanyou, y quiso saber cómo andaban las cosas. Las noticias de Aome eran más favorables para la tía que para ella misma. El aparente interés de Hanyou había desaparecido, así como sus atenciones. Ahora era otra a la que admiraba. Aome era lo bastante observadora como para darse cuenta de todo, pero lo veía y escribía de ello sin mayor pesar. No había hecho mucha mella en su corazón, y su vanidad quedaba satisfecha con creer que habría sido su preferida si su fortuna se lo hubiese permitido. La repentina adquisición de diez mil libras era el encanto más notable de la joven a la que ahora Hanyou rendía su atención. Pero Aome, menos perspicaz tal vez en este caso que en el de Rika, no le echó en cara su deseo de independencia. Al contrario, le parecía lo más natural del mundo, y como presumía que a él le costaba algún esfuerzo renunciar a ella, estaba dispuesta a considerar que era la medida más sabia y deseable para ambos, y podía desearle de corazón mucha felicidad.
Le comunicó todo esto a la señora Gardiner; y después de relatarle todos los pormenores, añadió: «Estoy convencida, querida tía, de que nunca he estado muy enamorada, pues si realmente hubiese sentido esa pasión pura y elevada del amor, detestaría hasta su nombre y le desearía los mayores males. Pero no sólo sigo apreciándolo a él, sino que no siento ninguna aversión por la señorita King. No la odio, no quiero creer que es una mala chica. Esto no puede ser amor. Mis precauciones han sido eficaces; y aunque mis amistades se preocuparían mucho más por mí, si yo estuviese locamente enamorada de él, no puedo decir que lamente mi relativa insignificancia. La importancia se paga a veces demasiado cara. Kagura y Kikyo se toman más a pecho que yo la traición de Inuyasha Hanyou. Son jóvenes aún para ver la realidad del mundo y adquirir la humillante convicción de que los hombres guapos deben tener algo de qué vivir, al igual que los feos.»
Sin otros acontecimientos importantes en la familia de Longbourn, ni más variación que los paseos a Meryton, unas veces con lodo y otras con frío, transcurrieron los meses de enero y febrero. Marzo era el mes en el que Aome iría a Hunsford. Al principio no pensaba en serio ir. Pero vio que Rika lo daba por descontado, y poco a poco fue haciéndose gustosamente a la idea hasta decidirse. Con la ausencia, sus deseos de ver a Rika se habían acrecentado y la manía que le tenía a Akitoki había disminuido. El proyecto entrañaba cierta novedad, y como con tal madre y tan insoportables hermanas, su casa no le resultaba un lugar muy agradable, no podía menospreciar ese cambio de aires. El viaje le proporcionaba, además, el placer de ir a dar un abrazo a Sango; de tal manera que cuando se acercó la fecha, hubiese sentido tener que aplazarla.
Pero todo fue sobre ruedas y el viaje se llevó a efecto según las previsiones de Rika. Aome acompañaría a sir William y a su segunda hija. Y para colmo, decidieron pasar una noche en Londres; el plan quedó tan perfecto que ya no se podía pedir más.
Lo único que le daba pena a Aome era separarse de su padre, porque sabía que la iba a echar de menos, y cuando llegó el momento de la partida se entristeció tanto que le encargó a su hija que le escribiese e incluso prometió contestar a su carta.
La despedida entre Hanyou y Aome fue muy cordial, aún más por parte de Hanyou. Aunque en estos momentos estaba ocupado en otras cosas, no podía olvidar que ella fue la primera que excitó y mereció su atención, la primera en escucharle y compadecerle y la primera en agradarle. Y en su manera de decirle adiós, deseándole que lo pasara bien, recordándole lo que le parecía lady Izayoi de Bourgh y repitiéndole que sus opiniones sobre la misma y sobre todos los demás coincidirían siempre, hubo tal solicitud y tal interés, que Aome se sintió llena del más sincero afecto hacia él y partió convencida de que siempre consideraría a Hanyou, soltero o casado, como un modelo de simpatía y sencillez.
Sus compañeros de viaje del día siguiente no eran los más indicados para que Aome se acordase de Hanyou con menos agrado. Sir William y su hija María, una muchacha alegre pero de cabeza tan hueca como la de su padre, no dijeron nada que valiese la pena escuchar; de modo que oírles a ellos era para Aome lo mismo que oír el traqueteo del carruaje. A Aome le divertían los despropósitos, pero hacía ya demasiado tiempo que conocía a sir William y no podía decirle nada nuevo acerca de las maravillas de su presentación en la corte y de su título de «Sir, y sus cortesías eran tan rancias como sus noticias.
El viaje era sólo de veinticuatro millas y lo emprendieron tan temprano que a mediodía estaban ya en la calle Gracechurch. Cuando se dirigían a la puerta de los Gardiner, Sango estaba en la ventana del salón contemplando su llegada; cuando entraron en el vestíbulo, ya estaba allí para darles la bienvenida. Aome la examinó con ansiedad y se alegró de encontrarla tan sana y encantadora como siempre. En las escaleras había un tropel de niñas y niños demasiado impacientes por ver a su prima como para esperarla en el salón, pero su timidez no les dejaba acabar de bajar e ir a su encuentro, pues hacía más de un año que no la veían. Todo era alegría y atenciones. El día transcurrió agradablemente; por la tarde callejearon y recorrieron las tiendas, y por la noche fueron a un teatro.
Aome logró entonces sentarse al lado de su tía. El primer tema de conversación fue Sango; después de oír las respuestas a las minuciosas preguntas que le hizo sobre su hermana, Aome se quedó más triste que sorprendida al saber que Sango, aunque se esforzaba siempre por mantener alto el ánimo, pasaba por momentos de gran abatimiento. No obstante, era razonable esperar que no durasen mucho tiempo. La señora Gardiner también le contó detalles de la visita de la señorita Takeda a Gracechurch, y le repitió algunas conversaciones que había tenido después con Sango que demostraban que esta última había dado por terminada su amistad.
La señora Gardiner consoló a su sobrina por la traición de Hanyou y la felicitó por lo bien que lo había tomado.
––Pero dime, querida Aome ––añadió––¿qué clase de muchacha es la señorita King? Sentiría mucho tener que pensar que nuestro amigo es un cazador de dotes.
––A ver, querida tía¿cuál es la diferencia que hay en cuestiones matrimoniales, entre los móviles egoístas y los prudentes¿Dónde acaba la discreción y empieza la avaricia? Las pasadas Navidades temías que se casara conmigo porque habría sido imprudente, y ahora porque él va en busca de una joven con sólo diez mil libras de renta, das por hecho que es un cazador de dotes.
––Dime nada más qué clase de persona es la señorita King, y podré formar juicio.
––Creo que es una buena chica. No he oído decir nada malo de ella.
––Pero él no le dedicó la menor atención hasta que la muerte de su abuelo la hizo dueña de esa fortuna...
––Claro¿por qué había de hacerlo? Si no podía permitirse conquistarme a mí porque yo no tenía dinero¿qué motivos había de tener para hacerle la corte a una muchacha que nada le importaba y que era tan pobre como yo?
––Pero resulta indecoroso que le dirija sus atenciones tan poco tiempo después de ese suceso.
––Un hombre que está en mala situación, no tiene tiempo, como otros, para observar esas elegantes delicadezas. Además, si ella no se lo reprocha¿por qué hemos de reprochárselo nosotros?
––El que a ella no le importe no justifica a Hanyou. Sólo demuestra que esa señorita carece de sentido o de sensibilidad.
––Bueno ––––exclamó Aome––, como tú quieras. Pongamos que él es un cazador de dotes y ella una tonta.
––No, Aome, eso es lo que no quiero. Ya sabes que me dolería pensar mal de un joven que vivió tanto tiempo en Derbyshire.
––¡Ah!, pues si es por esto, yo tengo muy mal concepto de los jóvenes que viven en Derbyshire, cuyos íntimos amigos, que viven en Hertfordshire, no son mucho mejores. Estoy harta de todos ellos. Gracias a Dios, mañana voy a un sitio en donde encontraré a un hombre que no tiene ninguna cualidad agradable, que no tiene ni modales ni aptitudes para hacerse simpático. Al fin y al cabo, los hombres estúpidos son los únicos que vale la pena conocer.
––¡Cuidado, Aome! Esas palabras suenan demasiado a desengaño.
Antes de separarse por haber terminado la obra, Aome tuvo la inesperada dicha de que sus tíos la invitasen a acompañarlos en un viaje que pensaban emprender en el verano.
––Todavía no sabemos hasta dónde iremos ––dijo la señora Gardiner––, pero quizá nos lleguemos hasta los Lagos.
Ningún otro proyecto podía serle a Aome tan agradable. Aceptó la invitación al instante, sumamente agradecida.
––Querida, queridísima tía exclamó con entusiasmo––¡qué delicia¡qué felicidad! Me haces revivir, esto me da fuerzas. ¡Adiós al desengaño y al rencor¿Qué son los hombres al lado de las rocas y de las montañas¡Oh, qué horas de evasión pasaremos! Y al regresar no seremos como esos viajeros que no son capaces de dar una idea exacta de nada. Nosotros sabremos adónde hemos ido, y recordaremos lo que hayamos visto. Los lagos, los ríos y las montañas no estarán confundidos en nuestra memoria, ni cuando queramos describir un paisaje determinado nos pondremos a discutir sobre su relativa situación. ¡Que nuestras primeras efusiones no sean como las de la mayoría de los viajeros!
Al día siguiente todo era nuevo e interesante para Aome. Estaba dispuesta a pasarlo bien y muy animada, pues había encontrado a su hermana con muy buen aspecto y todos los temores que su salud le inspiraba se hablan desvanecido. Además, la perspectiva de un viaje por el Norte era para ella una constante fuente de dicha.
Cuando dejaron el camino real para entrar en el sendero de Hunsford, los ojos de todos buscaban la casa del párroco y a cada revuelta creían que iban a divisarla. A un lado del sendero corría la empalizada de la finca de Rosings. Aome sonrió al acordarse de todo lo que había oído decir de sus habitantes.
Por fin vislumbraron la casa parroquial. El jardín que se extendía hasta el camino, la casa que se alzaba en medio, la verde empalizada y el seto de laurel indicaban que ya habían llegado. Akitoki y Rika aparecieron en la puerta, y el carruaje se detuvo ante una pequeña entrada que conducía a la casa a través de un caminito de gravilla, entre saludos y sonrisas generales. En un momento se bajaron todos del landó, alegrándose mutuamente al verse. La señora Akitoki dio la bienvenida a su amiga con el más sincero agrado, y Aome, al ser recibida con tanto cariño, estaba cada vez más contenta de haber venido. Observó al instante que las maneras de su primo no habían cambiado con el matrimonio; su rigida cortesía era exactamente la misma de antes, y la tuvo varios minutos en la puerta para hacerle preguntas sobre toda la familia. Sin más dilación que las observaciones de Akitoki a sus huéspedes sobre la pulcritud de la entrada, entraron en la casa. Una vez en el recibidor, Akitoki con rimbombante formalidad, les dio por segunda vez la bienvenida a su humilde casa, repitiéndoles punto por punto el ofrecimiento que su mujer les había hecho de servirles un refresco.
Aome estaba preparada para verlo ahora en su ambiente, y no pudo menos que pensar que al mostrarles las buenas proporciones de la estancia, su aspecto y su mobiliario, Akitoki se dirigía especialmente a ella, como si deseara hacerle sentir lo que había perdido al rechazarle. Pero aunque todo parecía reluciente y confortable, Aome no pudo gratificarle con ninguna señal de arrepentimiento, sino que más bien se admiraba de que su amiga pudiese tener una aspecto tan alegre con semejante compañero. Cuando Akitoki decía algo que forzosamente tenía que avergonzar a su mujer, lo que sucedía no pocas veces, Aome volvía involuntariamente los ojos hacia Rika. Una vez o dos pudo descubrir que ésta se sonrojaba ligeramente; pero, por lo común, Rika hacía como que no le oía. Después de estar sentados durante un rato, el suficiente para admirar todos y cada uno de los muebles, desde el aparador a la rejilla de la chimenea, y para contar el viaje y todo lo que había pasado en Londres, el señor Akitoki les invitó a dar un paseo por el jardín, que era grande y bien trazado y de cuyo cuidado se encargaba él personalmente. Trabajar en el jardín era uno de sus más respetados placeres; Aome admiró la seriedad con la que Rika hablaba de lo saludable que era para Akitoki y confesó que ella misma lo animaba a hacerlo siempre que le fuera posible. Guiándoles a través de todas las sendas y recovecos y sin dejarles apenas tiempo de expresar las alabanzas que les exigía, les fue señalando todas las vistas con una minuciosidad que estaba muy por encima de su belleza. Enumeraba los campos que se divisaban en todas direcciones y decía cuántos árboles había en cada uno. Pero de todas las vistas de las que su jardín, o la campiña, o todo el reino podía enardecerse, no había otra que pudiese compararse a la de Rosings, que se descubría a través de un claro de los árboles que limitaban la finca en la parte opuesta a la fachada de su casa. La mansión era bonita, moderna y estaba muy bien situada, en una elevación del terreno.
Desde el jardín, Akitoki hubiese querido llevarles a recorrer sus dos praderas, pero las señoras no iban calzadas a propósito para andar por la hierba aún helada y desistieron. Sir William fue el único que le acompañó. Rika volvió a la casa con su hermana y Aome, sumamente contenta probablemente por poder mostrársela sin la ayuda de su marido. Era pequeña pero bien distribuida, todo estaba arreglado con orden y limpieza, mérito que Aome atribuyó a Rika. Cuando se podía olvidar a Akitoki, se respiraba un aire más agradable en la casa; y por la evidente satisfacción de su amiga, Aome pensó que debería olvidarlo más a menudo.
Ya le habían dicho que lady Izayoi estaba todavía en el campo. Se volvió a hablar de ella mientras cenaban, y Akitoki, sumándose a la conversación, dijo:
––Sí, Aome; tendrá usted el honor de ver a lady Izayoi de Bourgh el próximo domingo en la iglesia, y no necesito decirle lo que le va a encantar. Es toda afabilidad y condescendencia, y no dudo que la honrará dirigiéndole la palabra en cuanto termine el oficio religioso. Casi no dudo tampoco de que usted y mi cuñada María serán incluidas en todas las invitaciones con que nos honre durante la estancia de ustedes aquí. Su actitud para con mi querida Rika es amabilísima. Comemos en Rosings dos veces a la semana y nunca consiente que volvamos a pie. Siempre pide su carruaje para que nos lleve, mejor dicho, uno de sus carruajes, porque tiene varios.
––Lady Izayoi es realmente una señora muy respetable y afectuosa ––añadió Rika––, y una vecina muy atenta.
––Muy cierto, querida; es exactamente lo que yo digo: es una mujer a la que nunca se puede considerar con bastante deferencia.
Durante la velada se habló casi constantemente de Hertfordshire y se repitió lo que ya se había dicho por escrito. Al retirarse, Aome, en la soledad de su aposento, meditó sobre el bienestar de Rika y sobre su habilidad y discreción en sacar partido y sobrellevar a su esposo, reconociendo que lo hacía muy bien. Pensó también en cómo transcurriría su visita, a qué se dedicarían, en las fastidiosas interrupciones de Akitoki y en lo que se iba a divertir tratando con la familia de Rosings. Su viva imaginación lo planeó todo en seguida.
Al día siguiente, a eso de las doce, estaba en su cuarto preparándose para salir a dar un paseo, cuando oyó abajo un repentino ruido que pareció que sembraba la confusión en toda la casa. Escuchó un momento y advirtió que alguien subía la escalera apresuradamente y la llamaba a voces. Abrió la puerta y en el corredor se encontró con María agitadísima y sin aliento, que exclamó:
––¡Oh, Aome querida¡Date prisa, baja al comedor y verás! No puedo decirte lo que es. ¡Corre, ven en seguida!
En vano preguntó Aome lo que pasaba. María no quiso decirle más, ambas acudieron al comedor, cuyas ventanas daban al camino, para ver la maravilla. Ésta consistía sencillamente en dos señoras que estaban paradas en la puerta del jardín en un faetón bajo.
––¿Y eso es todo? ––exclamó Aome––. ¡Esperaba por lo menos que los puercos hubiesen invadido el jardín, y no veo más que a lady Izayoi y a su hija!
––¡Oh, querida! ––repuso María extrañadísima por la equivocación––. No es lady Izayoi. La mayor es la señora Jenkinson, que vive con ellas. La otra es la señorita de Bourgh. Mírala bien. Es una criaturita. ¡Quién habría creído que era tan pequeña y tan delgada!
––Es una grosería tener a Rika en la puerta con el viento que hace. ¿Por qué no entra esa señorita?
––Rika dice que casi nunca lo hace. Sería el mayor de los favores que la señorita de Bourgh entrase en la casa.
––Me gusta su aspecto ––dijo Aome, pensando en otras cosas––. Parece enferma y malhumorada. Sí, es la mujer apropiada para él, le va mucho.
Akitoki y su esposa conversaban con las dos señoras en la verja del jardín, y Aome se divertía de lo lindo viendo a sir William en la puerta de entrada, sumido en la contemplación de la grandeza que tenía ante sí y haciendo una reverencia cada vez que la señorita de Bourgh dirigía la mirada hacia donde él estaba.
Agotada la conversación, las señoras siguieron su camino, y los demás entraron en la casa. Akitoki, en cuanto vio a las dos muchachas, las felicitó por la suerte que habían tenido. Dicha suerte, según aclaró Rika, era que estaban todos invitados a cenar en Rosings al día siguiente.
Hola en serio la neta del planeta, gracias por sus reviews muchas gracias espero sigan leyendo y mandando mas, abur...estén al pendiente que pronto se pondrá mas emocionante.
