CAPITULO X

La satisfacción de Akitoki por esta invitación era completa. No había cosa que le hiciese más ilusión que poder mostrar la grandeza de su patrona a sus admirados invitados y hacerles ver la cortesía con la que esta dama les trataba a él y a su mujer; y el que se le diese ocasión para ello tan pronto era un ejemplo de la condescendencia de lady Izayoi que no sabría cómo agradecer.

––Confieso ––dijo–– que no me habría sorprendido que Su Señoría nos invitase el domingo a tomar el té y a pasar la tarde en Rosings. Más bien me lo esperaba, porque conozco su afabilidad. Pero¿quién habría podido imaginarse una atención como ésta¿Quién podría haber imaginado que recibiríamos una invitación para cenar; invitación, además, extensiva a todos los de la casa, tan poquísimo tiempo después de que llegasen ustedes?

––A mí no me sorprende ––replicó sir William––, porque mi situación en la vida me ha permitido conocer el verdadero modo de ser de los grandes. En la corte esos ejemplos de educación tan elegante son muy normales.

En todo el día y en la mañana siguiente casi no se habló de otra cosa que de la visita a Rosings. Akitoki les fue instruyendo cuidadosamente de lo que iban a tener ante sus ojos, para que la vista de aquellas estancias, de tantos criados y de tan espléndida comida, no les dejase boquiabiertos.

Cuando las señoras fueron a vestirse, le dijo a Aome:

––No se preocupe por su atavío, querida prima. Lady Izayoi está lejos de exigir de nosotros la elegancia en el vestir que a ella y a su hija corresponde. Sólo querría advertirle que se ponga el mejor traje que tenga; no hay ocasión para más. Lady Izayoi no pensará mal de usted por el hecho de que vaya vestida con sencillez. Le gusta que se le reserve la distinción debida a su rango.

Mientras se vestían, Akitoki fue dos o tres veces a llamar a las distintas puertas, para recomendarles que se dieran prisa, pues a lady Izayoi le incomodaba mucho tener que esperar para comer. Tan formidables informes sobre Su Señoría y su manera de vivir habían intimidado a María Lucas, poco acostumbrada a la vida social, que aguardaba su entrada en Rosings con la misma aprensión que su padre había experimentado al ser presentado en St. James.

Como hacía buen tiempo, el paseo de media milla a través de la finca de Rosings fue muy agradable. Todas las fincas tienen su belleza y sus vistas, y Aome estaba encantada con todo lo que iba viendo, aunque no demostraba el entusiasmo que Akitoki esperaba, y escuchó con escaso interés la enumeración que él le hizo de las ventanas de la fachada, y la relación de lo que las vidrieras le habían costado a sir Lewis de Bourgh.

Mientras subían la escalera que llevaba al vestíbulo, la excitación de María iba en aumento y ni el mismo sir William las tenía todas consigo. En cambio, a Aome no le fallaba su valor. No había oído decir nada de lady Izayoi que le hiciese creer que poseía ningún talento extraordinario ni virtudes milagrosas, y sabía que la mera majestuosidad del dinero y de la alcurnia no le haría perder la calma.

Desde el vestíbulo de entrada, cuyas armoniosas proporciones y delicado ornato hizo notar Akitoki con entusiasmo, los criados les condujeron, a través de una antecámara, a la estancia donde se encontraban lady Izayoi, su hija y la señora Jenkinson. Su Señoría se levantó con gran amabilidad para recibirlos. Y como la señora Akitoki había acordado con su marido que sería ella la que haría las presentaciones, éstas tuvieron lugar con normalidad, sin las excusas ni las manifestaciones de gratitud que él habría juzgado necesarias.

A pesar de haber estado en St. James, sir William se quedó tan apabullado ante la grandeza que le rodeaba, que apenas si tuvo ánimos para hacer una profunda reverencia, y se sentó sin decir una palabra. Su hija, asustada y como fuera de sí, se sentó también en el borde de una silla, sin saber para dónde mirar. Aome estaba como siempre, y pudo observar con calma a las tres damas que tenía delante. Lady Izayoi era una mujer muy alta y corpulenta, de rasgos sumamente pronunciados que debieron de haber sido hermosos en su juventud. Tenía aires de suficiencia y su manera de recibirles no era la más apropiada para hacer olvidar a sus invitados su inferior rango. Cuando estaba callada no tenía nada de terrible; pero cuando hablaba lo hacía en un tono tan autoritario que su importancia resultaba avasalladora. Aome se acordó de Inuyasha Hanyou, y sus observaciones durante la velada le hicieron comprobar que lady Izayoi era exactamente tal como él la había descrito.

Después de examinar a la madre, en cuyo semblante y conducta encontró en seguida cierto parecido con Taisho, volvió los ojos hacia la hija, y casi se asombró tanto como María al verla tan delgada y tan menuda. Tanto su figura como su cara no tenían nada que ver con su madre. La señorita de Bourgh era pálida y enfermiza; sus facciones, aunque no feas, eran insignificantes; hablaba poco y sólo cuchicheaba con la señora Jenkinson, en cuyo aspecto no había nada notable y que no hizo más que escuchar lo que la niña le decía y colocar un cancel en la dirección conveniente para protegerle los ojos del sol.

Después de estar sentados unos minutos, los llevaron a una de las ventanas para que admirasen el panorama; el señor Akitoki los acompañó para indicarles bien su belleza, y lady Izayoi les informó amablemente de que en verano la vista era mucho mejor.

La cena fue excelente y salieron a relucir en ella todos los criados y la vajilla de plata que Akitoki les había prometido; y tal como les había pronosticado, tomó asiento en la cabecera de la mesa por deseo de Su Señoría, con lo cual parecía que para él la vida ya no tenía nada más importante que ofrecerle. Trinchaba, comía y lo alababa todo con deleite y alacridad. Cada plato era ponderado primero por él y luego por sir William, que se hallaba ya lo suficientemente recobrado como para hacerse eco de todo lo que decía su yerno, de tal modo, que Aome no comprendía cómo lady Izayoi podía soportarlos. Pero lady Izayoi parecía complacida con tan excesiva admiración, y sonreía afable especialmente cuando algún plato resultaba una novedad para ellos. Los demás casi no decían nada. Aome estaba dispuesta a hablar en cuanto le dieran oportunidad; pero estaba sentada entre Rika y la señorita de Bourgh, y la primera se dedicaba a escuchar a lady Izayoi, mientras que la segunda no abrió la boca en toda la comida. La principal ocupación de la señorita Jenkinson era vigilar lo poco que comía la señorita de Bourgh, pidiéndole insistentemente que tomase algún otro plato, temiendo todo el tiempo que estuviese indispuesta. María creyó conveniente no hablar y los caballeros no hacían más que comer y alabar.

Cuando las señoras volvieron al salón, no tuvieron otra cosa que hacer que oír hablar a lady Izayoi, cosa que hizo sin interrupción hasta que sirvieron el café, exponiendo su opinión sobre toda clase de asuntos de un modo tan decidido que demostraba que no estaba acostumbrada a que le llevasen la contraria. Interrogó a Rika minuciosamente y con toda familiaridad sobre sus quehaceres domésticos, dándole multitud de consejos; le dijo que todo debía estar muy bien organizado en una familia tan reducida como la suya, y la instruyó hasta en el cuidado de las vacas y las gallinas. Aome vio que no había nada que estuviese bajo la atención de esta gran dama que no le ofreciera la ocasión de dictar órdenes a los demás. En los intervalos de su discurso a la señora Akitoki, dirigió varias preguntas a María y a Aome, pero especialmente a la última, de cuya familia no sabía nada, y que, según le dijo a la señora Akitoki, le parecía una muchacha muy gentil y bonita. Le preguntó, en distintas ocasiones, cuántas hermanas tenía, si eran mayores o menores que ella, si había alguna que estuviera para casarse, si eran guapas, dónde habían sido educadas, qué clase de carruaje tenía su padre y cuál había sido el apellido de soltera de su madre. Aome notó la impertinencia de sus preguntas, pero contestó a todas ellas con mesura. Lady Izayoi observó después:

––Tengo entendido que la propiedad de su padre debe heredarla el señor Akitoki. Lo celebro por usted ––dijo volviéndose hacia Rika––; pero no veo motivo para legar las posesiones fuera de la línea femenina. En la familia de sir Lewis de Bourgh no se hizo así. ¿Sabe tocar y cantar, señorita Higurashi?

––Un poco.

––¡Ah!, entonces tendremos el gusto de escucharla en algún momento. Nuestro piano es excelente, probablemente mejor que el de... Un día lo probará usted. Y sus hermanas¿tocan y cantan también?

––Una de ellas sí.

––¿Y por qué no todas? Todas debieron aprender. Las señoritas Webb tocan todas y sus padres no son tan ricos como los suyos. ¿Dibuja usted?

––No, nada.

––¿Cómo¿Ninguna de ustedes?

––Ninguna.

––Es muy raro. Supongo que no habrán tenido oportunidad. Su madre debió haberlas llevado a la ciudad todas las primaveras para poder tener buenos maestros.

––Mi madre no se habría opuesto, pero mi padre odia Londres.

––¿Y su institutriz sigue aún con ustedes?

––Nunca hemos tenido institutriz.

––¡Que no han tenido nunca institutriz¿Cómo es posible¡Cinco hijas educadas en casa sin institutriz! Nunca vi nada igual. Su madre debe haber sido una verdadera esclava de su educación.

Aome casi no pudo reprimir una sonrisa al asegurarle que no había sido así.

––Entonces¿quién las educó¿Quién las cuidó? Sin institutriz deben de haber estado desatendidas.

––En comparación con algunas familias, no digo que no; pero a las que queríamos aprender, nunca nos faltaron los medios. Siempre fuimos impulsadas a la lectura, y teníamos todos los maestros que fueran necesarios. Verdad es que las que preferían estar ociosas, podían estarlo.

––¡Sí, no lo dudo!, y eso es lo que una institutriz puede evitar, y si yo hubiese conocido a su madre, habría insistido con todas mis fuerzas para que tomase una. Siempre sostengo que en materia de educación no se consigue nada sin una instrucción sólida y ordenada, y sólo una institutriz la puede dar. ¡Hay que ver la cantidad de familias a quienes he orientado en este sentido! Me encanta ver a las chicas bien situadas. Cuatro sobrinas de la señora Jenkinson se colocaron muy bien gracias a mí, y el otro día mismo recomendé a otra joven de quien me hablaron por casualidad, y la familia está contentísima con ella. Señora Akitoki¿le dije a usted que ayer estuvo aquí lady Metcalfe para darme las gracias? Asegura que la señorita Pope es un tesoro. «Lady Izayoi ––me dijo––, me ha dado usted un tesoro.» ¿Ha sido ya presentada en sociedad alguna de sus hermanas menores, señorita Higurashi?

––Sí, señora, todas.

––¡Todas¡Cómo¿Las cinco a la vez¡Qué extraño! Y usted es sólo la segunda. ¡Las menores presentadas en sociedad antes de casarse las mayores! Sus hermanas deben de ser muy jóvenes...

––Sí; la menor no tiene aún dieciséis años. Quizá es demasiado joven para haber sido presentada en sociedad. Pero en realidad, señora, creo que sería muy injusto que las hermanas menores no pudieran disfrutar de la sociedad y de sus amenidades, por el hecho de que las mayores no tuviesen medios o ganas de casarse pronto. La última de las hijas tiene tanto derecho a los placeres de la juventud como la primera. Demorarlos por ese motivo creo que no sería lo más adecuado para fomentar el cariño fraternal y la delicadeza de pensamiento.

––¡Caramba! ––dijo Su Señoría––. Para ser usted tan joven da sus opiniones de modo muy resuelto. Dígame¿qué edad tiene?

––Con tres hermanas detrás ya crecidas ––contestó Aome sonriendo––, Su Señoría no puede esperar que se lo confiese.

Lady Izayoi se quedó asombradísima de no haber recibido una respuesta directa; y Aome sospechaba que había sido ella la primera persona que se había atrevido a burlarse de tan majestuosa impertinencia.

––No puede usted tener más de veinte, estoy segura; así que no necesita ocultar su edad.

––Aún no he cumplido los veintiuno.

Cuando los caballeros entraron y acabaron de tomar el té, se dispusieron las mesitas de juego. Lady Izayoi, sir William y los esposos Akitoki se sentaron a jugar una partida de cuatrillo, y como la señorita de Bourgh prefirió jugar al casino, Aome y María tuvieron el honor de ayudar a la señora Jenkinson a completar su mesa, que fue aburrida en grado superlativo. Apenas se pronunció una sílaba que no se refiriese al juego, excepto cuando la señora Jenkinson expresaba sus temores de que la señorita de Bourgh tuviese demasiado calor o demasiado frío, demasiada luz o demasiado poca. La otra mesa era mucho más animada. Lady Izayoi casi no paraba de hablar poniendo de relieve las equivocaciones de sus compañeros de juego o relatando alguna anécdota de sí misma. Akitoki no hacía más que afirmar todo lo que decía Su Señoría, dándole las gracias cada vez que ganaba y disculpándose cuando creía que su ganancia era excesiva. Sir William no decía mucho. Se dedicaba a recopilar en su memoria todas aquellas anécdotas y tantos nombres ilustres.

Cuando lady Izayoi y su hija se cansaron de jugar, se recogieron las mesas y le ofrecieron el coche a la señora Akitoki, que lo aceptó muy agradecida, e inmediatamente dieron órdenes para traerlo. La reunión se congregó entonces junto al fuego para oír a lady Izayoi pronosticar qué tiempo iba a hacer al día siguiente. En éstas les avisaron de que el coche estaba en la puerta, y con muchas reverencias por parte de sir William y muchos discursos de agradecimiento por parte de Akitoki, se despidieron. En cuanto dejaron atrás el zaguán, Akitoki invitó a Aome a que expresara su opinión sobre lo que había visto en Rosings, a lo que accedió, sólo por Rika, exagerándolo más de lo que sentía. Pero por más que se esforzó su elogio no satisfizo a Akitoki, que no tardó en verse obligado a encargarse él mismo de alabar a Su Señoría.

Sir William no pasó más que una semana en Hunsford pero fue suficiente para convencerse de que su hija estaba muy bien situada y de que un marido así y una vecindad como aquélla no se encontraban a menudo. Mientras estuvo allí, Akitoki dedicaba la mañana a pasearlo en su calesín para mostrarle la campiña; pero en cuanto se fue, la familia volvió a sus ocupaciones habituales. Aome agradeció que con el cambio de vida ya no tuviese que ver a su primo tan frecuentemente, pues la mayor parte del tiempo que mediaba entre el almuerzo y la cena, Akitoki lo empleaba en trabajar en el jardín, en leer, en escribir o en mirar por la ventana de su despacho, que daba al camino. El cuarto donde solían quedarse las señoras daba a la parte trasera de la casa. Al principio a Aome le extrañaba que Rika no prefiriese estar en el comedor, que era una pieza más grande y de aspecto más agradable. Pero pronto vio que su amiga tenía excelentes razones para obrar así, pues Akitoki habría estado menos tiempo en su aposento, indudablemente, si ellas hubiesen disfrutado de uno tan grande como el suyo. Y Aome aprobó la actitud de Rika.

Desde el salón no podían ver el camino, de modo que siempre era Akitoki el que le daba cuenta de los coches que pasaban y en especial de la frecuencia con que la señorita de Bourgh cruzaba en su faetón, cosa que jamás dejaba de comunicarles aunque sucediese casi todos los días. La señorita solía detenerse en la casa para conversar unos minutos con Rika, pero era difícil convencerla de que bajase del carruaje.

Pasaban pocos días sin que Akitoki diese un paseo hasta Rosings y su mujer creía a menudo un deber hacer lo propio; Aome, hasta que recordó que podía haber otras familias dispuestas a hacer lo mismo, no comprendió el sacrificio de tantas horas. De vez en cuando les honraba con una visita, en el transcurso de la cual, nada de lo que ocurría en el salón le pasaba inadvertido. En efecto, se fijaba en lo que hacían, miraba sus labores y les aconsejaba hacerlas de otro modo, encontraba defectos en la disposición de los muebles o descubría negligencias en la criada; si aceptaba algún refrigerio parecía que no lo hacía más que para advertir que los cuartos de carne eran demasiado grandes para ellos.

Pronto se dio cuenta Aome de que aunque la paz del condado no estaba encomendada a aquella gran señora, era una activa magistrada en su propia parroquia, cuyas minucias le comunicaba Akitoki, y siempre que alguno de los aldeanos estaba por armar gresca o se sentía descontento o desvalido, lady Izayoi se personaba en el lugar requerido para zanjar las diferencias y reprenderlos, restableciendo la armonía o procurando la abundancia.

La invitación a cenar en Rosings se repetía un par de veces por semana, y desde la partida de sir William, como sólo había una mesa de juego durante la velada, el entretenimiento era siempre el mismo. No tenían muchos otros compromisos, porque el estilo de vida del resto de los vecinos estaba por debajo del de los Akitoki. A Aome no le importaba, estaba a gusto así, pasaba largos ratos charlando amenamente con Rika; y como el tiempo era estupendo, a pesar de la época del año, se distraía saliendo a caminar. Su paseo favorito, que a menudo recorría mientras los otros visitaban a lady Izayoi, era la alameda que bordeaba un lado de la finca donde había un sendero muy bonito y abrigado que nadie más que ella parecía apreciar, y en el cual se hallaba fuera del alcance de la curiosidad de lady Izayoi.

Con esta tranquilidad pasó rápidamente la primera quincena de su estancia en Hunsford. Se acercaba la Pascua y la semana anterior a ésta iba a traer un aditamento a la familia de Rosings, lo cual, en aquel círculo tan reducido, tenía que resultar muy importante. Poco después de su llegada, Aome oyó decir que Taisho iba a llegar dentro de unas semanas, y aunque hubiese preferido a cualquier otra de sus amistades, lo cierto era que su presencia podía aportar un poco de variedad a las veladas de Rosings y que podría divertirse viendo el poco fundamento de las esperanzas de la señorita Takeda mientras observaba la actitud de Taisho con la señorita de Bourgh, a quien, evidentemente, le destinaba lady Izayoi. Su Señoría hablaba de su venida con enorme satisfacción, y de él, en términos de la más elevada admiración; y parecía que le molestaba que la señorita Lucas y Aome ya le hubiesen visto antes con frecuencia.

Su llegada se supo en seguida, pues Akitoki llevaba toda la mañana paseando con la vista fija en los templetes de la entrada al camino de Hunsford; en cuanto vio que el coche entraba en la finca, hizo su correspondiente reverencia, y corrió a casa a dar la magna noticia. A la mañana siguiente voló a Rosings a presentarle sus respetos. Pero había alguien más a quien presentárselos, pues allí se encontró con dos sobrinos de lady Izayoi. Taisho había venido con el coronel Jaken, hijo menor de su tío Lord; y con gran sorpresa de toda la casa, cuando Akitoki regresó ambos caballeros le acompañaron. Rika los vio desde el cuarto de su marido cuando cruzaban el camino, y se precipitó hacia el otro cuarto para poner en conocimiento de las dos muchachas el gran honor que les esperaba, y añadió:

––Aome, es a ti a quien debo agradecer esta muestra de cortesía. El señor Taisho no habría venido tan pronto a visitarme a mí.

Aome apenas tuvo tiempo de negar su derecho a semejante cumplido, pues en seguida sonó la campanilla anunciando la llegada de los dos caballeros, que poco después entraban en la estancia.

El coronel Jaken iba delante; tendría unos treinta años, no era guapo, pero en su trato y su persona se distinguía al caballero. Sesshomaru Taisho estaba igual que en Hertfordshire; cumplimentó a la señora Akitoki con su habitual reserva, y cualesquiera que fuesen sus sentimientos con respecto a Aome, la saludó con aparente impasibilidad. Aome se limitó a inclinarse sin decir palabra. El coronel Jaken tomó parte en la conversación con la soltura y la facilidad de un hombre bien educado, era muy ameno; pero su primo, después de hacer unas ligeras observaciones a la señora Akitoki sobre el jardín y la casa, se quedó sentado durante largo tiempo sin hablar con nadie. Por fin, sin embargo, su cortesía llegó hasta preguntar a Aome cómo estaba su familia. Ella le contestó en los términos normales, y después de un momento de silencio, añadió:

––Mi hermana mayor ha pasado estos tres meses en Londres. ¿No la habrá visto, por casualidad?

Sabía de sobra que no la había visto, pero quería ver si le traicionaba algún gesto y se le notaba que era consciente de lo que había ocurrido entre los Takeda y Sango; y le pareció que estaba un poco cortado cuando respondió que nunca había tenido la suerte de encontrar a la señorita Higurashi. No se habló más del asunto, y poco después los caballeros se fueron.

El coronel Jaken fue muy elogiado y todas las señoras consideraron que su presencia sería un encanto más de las reuniones de Rosings. Pero pasaron unos días sin recibir invitación alguna, como si, al haber huéspedes en la casa, los Akitoki no hiciesen ya ninguna falta. Hasta el día de Pascua, una semana después de la llegada de los dos caballeros, no fueron honrados con dicha atención y aun, al salir de la iglesia, se les advirtió que no fueran hasta última hora de la tarde.

Durante la semana anterior vieron muy poco a lady Izayoi y a su hija. El coronel Jaken visitó más de una vez la casa de los Akitoki, pero a Taisho sólo le vieron en la iglesia.

La invitación, naturalmente, fue aceptada, y a la hora conveniente los Akitoki se presentaron en el salón de lady Izayoi. Su Señoría les recibió atentamente, pero se veía bien claro que su compañía ya no le era tan grata como cuando estaba sola; en efecto, estuvo pendiente de sus sobrinos y habló con ellos especialmente con Taisho–– mucho más que con cualquier otra persona del salón.

El coronel Jaken parecía alegrarse de veras al verles; en Rosings cualquier cosa le parecía un alivio, y además, la linda amiga de la señora Akitoki le tenía cautivado. Se sentó al lado de Aome y charlaron tan agradablemente de Kent y de Hertfordshire, de sus viajes y del tiempo que pasaba en casa, de libros nuevos y de música, que Aome jamás lo había pasado tan bien en aquel salón; hablaban con tanta soltura y animación que atrajeron la atención de lady Izayoi y de Taisho. Este último les había mirado ya varias veces con curiosidad. Su Señoría participó al poco rato del mismo sentimiento, y se vio claramente, porque no vaciló en preguntar:

––¿Qué estás diciendo, Jaken¿De qué hablas¿Qué le dices a la señorita Higurashi? Déjame oírlo.

––Hablamos de música, señora ––declaró el coronel cuando vio que no podía evitar la respuesta.

––¡De música! Pues hágame el favor de hablar en voz alta. De todos los temas de conversación es el que más me agrada. Tengo que tomar parte en la conversación si están ustedes hablando de música. Creo que hay pocas personas en Inglaterra más aficionadas a la música que yo o que posean mejor gusto natural. Si hubiese estudiado, habría resultado una gran discípula. Lo mismo le pasaría a Anne si su salud se lo permitiese; estoy segura de que habría tocado deliciosamente. ¿Cómo va Lin, Sesshomaru?

Taisho hizo un cordial elogio de lo adelantada que iba su hermana.

––Me alegro mucho de que me des tan buenas noticias ––dijo lady Izayoi––, y te ruego que le digas de mi parte que si no practica mucho, no mejorará nada.

––Le aseguro que no necesita que se lo advierta. Practica constantemente.

––Mejor. Eso nunca está de más; y la próxima vez que le escriba le encargaré que no lo descuide. Con frecuencia les digo a las jovencitas que en música no se consigue nada sin una práctica constante. Muchas veces le he dicho a la señorita Higurashi que nunca tocará verdaderamente bien si no practica más; y aunque la señora Akitoki no tiene piano, la señorita Higurashi será muy bien acogida, como le he dicho a menudo, si viene a Rosings todos los días para tocar el piano en el cuarto de la señora Jenkinson. En esa parte de la casa no molestará a nadie.

Taisho pareció un poco avergonzado de la mala educación de su tía, y no contestó.

Cuando acabaron de tomar el café, el coronel Jaken recordó a Aome que le había prometido tocar, y la joven se sentó en seguida al piano. El coronel puso su silla a su lado. Lady Izayoi escuchó la mitad de la canción y luego siguió hablando, como antes, a su otro sobrino, hasta que Taisho la dejó y dirigiéndose con su habitual cautela hacia el piano, se colocó de modo que pudiese ver el rostro de la hermosa intérprete. Aome reparó en lo que hacía y a la primera pausa oportuna se volvió hacia él con una amplia sonrisa y le dijo:

––¿Pretende atemorizarme, viniendo a escucharme con esa seriedad? Yo no me asusto, aunque su hermana toque tan bien. Hay una especie de terquedad en mí, que nunca me permite que me intimide nadie. Por el contrario, mi valor crece cuando alguien intenta intimidarme.

––No le diré que se ha equivocado ––repuso Taisho–– porque no cree usted sinceramente que tenía intención alguna de alarmarla; y he tenido el placer de conocerla lo bastante para saber que se complace a veces en sustentar opiniones que de hecho no son suyas.

Aome se rió abiertamente ante esa descripción de sí misma, y dijo al coronel Jaken:

––Su primo pretende darle a usted una linda idea de mí enseñándole a no creer palabra de cuanto yo le diga. Me desola encontrarme con una persona tan dispuesta a descubrir mi verdadero modo de ser en un lugar donde yo me había hecho ilusiones de pasar por mejor de lo que soy. Realmente, señor Taisho, es muy poco generoso por su parte revelar las cosas malas que supo usted de mí en Hertfordshire, y permítame decirle que es también muy indiscreto, pues esto me podría inducir a desquitarme y saldrían a relucir cosas que escandalizarían a sus parientes.

––No le––tengo miedo ––dijo él sonriente.

––Dígame, por favor, de qué le acusa ––exclamó el coronel Jaken––. Me gustaría saber cómo se comporta entre extraños.

––Se lo diré, pero prepárese a oír algo muy espantoso. Ha de saber que la primera vez que le vi fue en un baile, y en ese baile¿qué cree usted que hizo? Pues no bailó más que cuatro piezas, a pesar de escasear los caballeros, y más de una dama se quedó sentada por falta de pareja. Señor Taisho, no puede negarlo.

––No tenía el honor de conocer a ninguna de las damas de la reunión, a no ser las que me acompañaban.

––Cierto, y en un baile nunca hay posibilidad de ser presentado... Bueno, coronel Jaken¿qué toco ahora? Mis dedos están esperando sus órdenes.

––Puede que me habría juzgado mejor ––añadió Taisho–– si hubiese solicitado que me presentaran. Pero no sirvo para darme a conocer a extraños.

––Vamos a preguntarle a su primo por qué es así ––dijo Aome sin dirigirse más que al coronel Jaken––. ¿Le preguntamos cómo es posible que un hombre de talento y bien educado, que ha vivido en el gran mundo, no sirva para atender a desconocidos?

––Puede contestar yo mismo a esta pregunta ––replicó Jaken–– sin interrogar a Taisho. Eso es porque no quiere tomarse la molestia.

––Reconozco ––dijo Taisho–– que no tengo la habilidad que otros poseen de conversar fácilmente con las personas que jamás he visto. No puedo hacerme a esas conversaciones y fingir que me intereso por sus cosas como se acostumbra.

––Mis dedos ––repuso Aome–– no se mueven sobre este instrumento del modo magistral con que he visto moverse los dedos de otras mujeres; no tienen la misma fuerza ni la misma agilidad, y no pueden producir la misma impresión. Pero siempre he creído que era culpa mía, por no haberme querido tomar el trabajo de hacer ejercicios. No porque mis dedos no sean capaces, como los de cualquier otra mujer, de tocar perfectamente.

Taisho sonrió y le dijo:

––Tiene usted toda la razón. Ha empleado el tiempo mucho mejor. Nadie que tenga el privilegio de escucharla podrá ponerle peros. Ninguno de nosotros toca ante desconocidos.

Lady Izayoi les interrumpió preguntándoles de qué hablaban. Aome se puso a tocar de nuevo. Lady Izayoi se acercó y después de escucharla durante unos minutos, dijo a Taisho:

––La señorita Higurashi no tocaría mal si practicase más y si hubiese disfrutado de las ventajas de un buen profesor de Londres. Sabe lo que es teclear, aunque su gusto no es como el de Anne. Anne habría sido una pianista maravillosa si su salud le hubiese permitido aprender.

Aome miró a Taisho para observar su cordial asentimiento al elogio tributado a su prima, pero ni entonces ni en ningún otro momento descubrió ningún síntoma de amor; y de su actitud hacia la señorita de Bourgh, Aome dedujo una cosa consoladora en favor de la señorita Takeda: que Taisho se habría casado con ella si hubiese pertenecido a su familia.

Lady Izayoi continuó haciendo observaciones sobre la manera de tocar de Aome, mezcladas con numerosas instrucciones sobre la ejecución y el gusto. Aome las aguantó con toda la paciencia que impone la cortesía, y a petición de los caballeros siguió tocando hasta que estuvo preparado el coche de Su Señoría y los llevó a todos a casa.


Hola pues gracias por sus comentarios y en especial a una personita que me ha insistido en que me apure... pues he aqui otro capitulo y espero les guste y sigan mandando reviews.

FELICIDADES A TODOS EN ESTAS FECHAS, LES DESEO LO MEJOR PARA USTEDES SUS FAMILIAS