CAPITULO 11
A la mañana siguiente estaba Aome sola escribiendo a Sango, mientras la señora Akitoki y María habían ido de compras al pueblo, cuando se sobresaltó al sonar la campanilla de la puerta, señal inequívoca de alguna visita. Aunque no había oído ningún carruaje, pensó que a lo mejor era lady Izayoi, y se apresuró a esconder la carta que tenía a medio escribir a fin de evitar preguntas impertinentes. Pero con gran sorpresa suya se abrió la puerta y entró en la habitación el señor Taisho. Sesshomaru Taisho solo.
Pareció asombrarse al hallarla sola y pidió disculpas por su intromisión diciéndole que creía que estaban en la casa todas las señoras.
Se sentaron los dos y, después de las preguntas de rigor sobre Rosings, pareció que se iban a quedar callados. Por lo tanto, era absolutamente necesario pensar en algo, y Aome, ante esta necesidad, recordó la última vez que se habían visto en Hertfordshire y sintió curiosidad por ver lo que diría acerca de su precipitada partida.
––¡Qué repentinamente se fueron ustedes de Netherfield el pasado noviembre, señor Taisho! ––le dijo––. Debió de ser una sorpresa muy grata para el señor Takeda verles a ustedes tan pronto a su lado, porque, si mal no recuerdo, él se había ido una día antes. Supongo que tanto él como sus hermanas estaban bien cuando salió usted de Londres.
––Perfectamente. Gracias.
Aome advirtió que no iba a contestarle nada más y, tras un breve silencio, añadió:
––Tengo entendido que el señor Takeda no piensa volver a Netherfield.
––Nunca le he oído decir tal cosa; pero es probable que no pase mucho tiempo allí en el futuro. Tiene muchos amigos y está en una época de la vida en que los amigos y los compromisos aumentan continuamente.
––Si tiene la intención de estar poco tiempo en Netherfield, sería mejor para la vecindad que lo dejase completamente, y así posiblemente podría instalarse otra familia allí. Pero quizá el señor Takeda no haya tomado la casa tanto por la conveniencia de la vecindad como por la suya propia, y es de esperar que la conserve o la deje en virtud de ese mismo principio.
––No me sorprendería ––añadió Taisho–– que se desprendiese de ella en cuanto se le ofreciera una compra aceptable.
Aome no contestó. Temía hablar demasiado de su amigo, y como no tenía nada más que decir, determinó dejar a Taisho que buscase otro tema de conversación.
Él lo comprendió y dijo en seguida:
––Esta casa parece muy confortable. Creo que lady Izayoi la arregló mucho cuando el señor Akitoki vino a Hunsford por primera vez.
––Así parece, y estoy segura de que no podía haber dado una prueba mejor de su bondad.
––El señor Akitoki parece haber sido muy afortunado con la elección de su esposa.
––Así es. Sus amigos pueden alegrarse de que haya dado con una de las pocas mujeres inteligentes que le habrían aceptado o que le habrían hecho feliz después de aceptarle. Mi amiga es muy sensata, aunque su casamiento con Akitoki me parezca a mí el menos cuerdo de sus actos. Sin embargo, parece completamente feliz: desde un punto de vista prudente, éste era un buen partido para ella.
––Tiene que ser muy agradable para la señora Akitoki vivir a tan poca distancia de su familia y amigos.
––¿Poca distancia le llama usted? Hay cerca de cincuenta millas.
––¿Y qué son cincuenta millas de buen camino? Poco más de media jornada de viaje. Sí, yo a eso lo llamo una distancia corta.
––Nunca habría considerado que la distancia fuese una de las ventajas del partido exclamó Aome , y jamás se me habría ocurrido que la señora Akitoki viviese cerca de su familia.
––Eso demuestra el apego que le tiene usted a Hertfordshire. Todo lo que esté más allá de Longbourn debe parecerle ya lejos.
Mientras hablaba se sonreía de un modo que Aome creía interpretar: Taisho debía suponer que estaba pensando en Sango y en Netherfield; y contestó algo sonrojada:
––No quiero decir que una mujer no pueda vivir lejos de su familia. Lejos y cerca son cosas relativas y dependen de muy distintas circunstancias. Si se tiene fortuna para no dar importancia a los gastos de los viajes, la distancia es lo de menos. Pero éste no es el caso. Los señores Akitoki no viven con estrecheces, pero no son tan ricos como para permitirse viajar con frecuencia; estoy segura de que mi amiga no diría que vive cerca de su familia más que si estuviera a la mitad de esta distancia.
Taisho acercó su asiento un poco más al de Aome, y dijo:
––No tiene usted derecho a estar tan apegada a su residencia. No siempre va a estar en Longbourn. Aome pareció quedarse sorprendida, y el caballero creyó que debía cambiar de conversación. Volvió a colocar su silla donde estaba, tomó un diario de la mesa y mirándolo por encima, preguntó con frialdad:
––¿Le gusta a usted Kent?
A esto siguió un corto diálogo sobre el tema de la campiña, conciso y moderado por ambas partes, que pronto terminó, pues entraron Rika y su hermana que acababan de regresar de su paseo. El tête–à–tête las dejó pasmadas. Taisho les explicó la equivocación que había ocasionado su visita a la casa; permaneció sentado unos minutos más, sin hablar mucho con nadie, y luego se marchó.
––¿Qué significa esto? ––preguntó Rika en cuanto se fue––. Querida Aome, debe de estar enamorado de ti, pues si no, nunca habría venido a vernos con esta familiaridad.
Pero cuando Aome contó lo callado que había estado, no pareció muy probable, a pesar de los buenos deseos de Rika; y después de varias conjeturas se limitaron a suponer que su visita había obedecido a la dificultad de encontrar algo que hacer, cosa muy natural en aquella época del año. Todos los deportes se habían terminado. En casa de lady Izayoi había libros y una mesa de billar, pero a los caballeros les desesperaba estar siempre metidos en casa, y sea por lo cerca que estaba la residencia de los Akitoki, sea por lo placentero del paseo, o sea por la gente que vivía allí, los dos primos sentían la tentación de visitarles todos los días. Se presentaban en distintas horas de la mañana, unas veces separados y otras veces juntos, y algunas acompañados de su tía. Era evidente que el coronel Jaken venía porque se encontraba a gusto con ellos, cosa que, naturalmente, le hacía aún más agradable. El placer que le causaba a Aome su compañía y la manifiesta admiración de Jaken por ella, le hacían acordarse de su primer favorito Inuyasha Hanyou. Comparándolos, Aome encontraba que los modales del coronel eran menos atractivos y dulces que los de Hanyou, pero Jaken le parecía un hombre más culto.
Pero comprender por qué Taisho venía tan a menudo a la casa, ya era más difícil. No debía ser por buscar compañía, pues se estaba sentado diez minutos sin abrir la boca, y cuando hablaba más bien parecía que lo hacía por fuerza que por gusto, como si más que un placer fuese aquello un sacrificio. Pocas veces estaba realmente animado. La señora Akitoki no sabía qué pensar de él. Como el coronel Jaken se reía a veces de aquella estupidez de Taisho, Rika entendía que éste no debía de estar siempre así, cosa que su escaso conocimiento del caballero no le habría permitido adivinar; y como deseaba creer que aquel cambio era obra del amor y el objeto de aquel amor era Aome, se empeñó en descubrirlo. Cuando estaban en Rosings y siempre que Taisho venía a su casa, Rika le observaba atentamente, pero no sacaba nada en limpio. Verdad es que miraba mucho a su amiga, pero la expresión de tales miradas era equívoca. Era un modo de mirar fijo y profundo, pero Rika dudaba a veces de que fuese entusiasta, y en ocasiones parecía sencillamente que estaba distraído.
Dos o tres veces le dijo a Aome que tal vez estaba enamorado de ella, pero Aome se echaba a reír, y la señora Akitoki creyó más prudente no insistir en ello para evitar el peligro de engendrar esperanzas imposibles, pues no dudaba que toda la manía que Aome le tenía a Taisho se disiparía con la creencia de que él la quería.
En los buenos y afectuosos proyectos que Rika formaba con respecto a Aome, entraba a veces el casarla con el coronel Jaken. Era, sin comparación, el más agradable de todos. Sentía verdadera admiración por Aome y su posición era estupenda. Pero Taisho tenía un considerable patronato en la Iglesia, y su primo no tenía ninguno.
En sus paseos por la alameda dentro de la finca más de una vez se había encontrado Aome inesperadamente con Taisho. La primera vez no le hizo ninguna gracia que la mala fortuna fuese a traerlo precisamente a él a un sitio donde nadie más solía ir, y para que no volviese a repetirse se cuidó mucho de indicarle que aquél era su lugar favorito. Por consiguiente, era raro que el encuentro volviese a producirse, y, sin embargo, se produjo incluso una tercera vez. Parecía que lo hacía con una maldad intencionada o por penitencia, porque la cosa no se reducía a las preguntas de rigor o a una simple y molesta detención; Taisho volvía atrás y paseaba con ella. Nunca hablaba mucho ni la importunaba haciéndole hablar o escuchar demasiado. Pero al tercer encuentro Aome se quedó asombrada ante la rareza de las preguntas que le hizo: si le gustaba estar en Hunsford, si le agradaban los paseos solitarios y qué opinión tenía de la felicidad del matrimonio Akitoki; pero lo más extraño fue que al hablar de Rosings y del escaso conocimiento que tenía ella de la casa, pareció que él suponía que, al volver a Kent, Aome residiría también allí. ¿Estaría pensando en el coronel Jaken? La joven pensó que si algo quería decir había de ser forzosamente una alusión por ese lado. Esto la inquietó un poco y se alegró de encontrarse en la puerta de la empalizada que estaba justo enfrente de la casa de los Akitoki.
Releía un día, mientras paseaba, la última carta de Sango y se fijaba en un pasaje que denotaba la tristeza con que había sido escrita, cuando, en vez de toparse de nuevo con Taisho, al levantar la vista se encontró con el coronel Jaken. Escondió al punto la carta y simulando una sonrisa, dijo:
––Nunca supe hasta ahora que paseaba usted por este camino.
––He estado dando la vuelta completa a la finca ––contestó el coronel––, cosa que suelo hacer todos los años. Y pensaba rematarla con una visita a la casa del párroco. ¿Va a seguir paseando?
––No; iba a regresar.
En efecto, dio la vuelta y juntos se encaminaron hacia la casa parroquial.
––¿Se van de Kent el sábado, seguro? ––preguntó Aome.
––Sí, si Seshomaru no vuelve a aplazar el viaje. Estoy a sus órdenes; él dispone las cosas como le parece.
––Y si no le placen las cosas por lo menos le da un gran placer el poder disponerlas a su antojo. No conozco a nadie que parezca gozar más con el poder de hacer lo que quiere que el señor Taisho.
––Le gusta hacer su santa voluntad replicó el coronel Jaken––. Pero a todos nos gusta. Sólo que él tiene más medios ––para hacerlo que otros muchos, porque es rico y otros son pobres. Digo lo que siento. Usted sabe que los hijos menores tienen que acostumbrarse a la dependencia y renunciar a muchas cosas.
––Yo creo que el hijo menor de un conde no lo pasa tan mal como usted dice. Vamos a ver, sinceramente¿qué sabe usted de renunciamientos y de dependencias¿Cuándo se ha visto privado, por falta de dinero, de ir a donde quería o de conseguir algo que se le antojara?
––Ésas son cosas sin importancia, y acaso pueda reconocer que no he sufrido muchas privaciones de esa naturaleza. Pero en cuestiones de mayor trascendencia, estoy sujeto a la falta de dinero. Los hijos menores no pueden casarse cuando les apetece.
––A menos que les gusten las mujeres ricas, cosa que creo que sucede a menudo.
––Nuestra costumbre de gastar nos hace demasiado dependientes, y no hay muchos de mi rango que se casen sin prestar un poco de atención al dinero.
«¿Se referirá esto a mí?», pensó Aome sonrojándose. Pero reponiéndose contestó en tono jovial:
––Y dígame¿cuál es el precio normal de un hijo menor de un conde? A no ser que el hermano mayor esté muy enfermo, no pedirán ustedes más de cincuenta mil libras...
Él respondió en el mismo tono y el tema se agotó. Para impedir un silencio que podría hacer suponer al coronel que lo dicho le había afectado, Aome dijo poco después:
––Me imagino que su primo le trajo con él sobre todo para tener alguien a su disposición. Me extraña que no se case, pues así tendría a una persona sujeta constantemente. Aunque puede que su hermana le baste para eso, de momento, pues como está a su exclusiva custodia debe de poder mandarla a su gusto.
––No ––dijo el coronel Jaken––, esa ventaja la tiene que compartir conmigo. Estoy encargado, junto con él, de la tutoría de su hermana.
––¿De veras? Y dígame¿qué clase de tutoría es la que ejercen¿Les da mucho que hacer? Las chicas de su edad son a veces un poco difíciles de gobernar, y si tiene el mismo carácter que el señor Taisho, le debe de gustar también hacer su santa voluntad.
Mientras hablaba, Aome observó que el coronel la miraba muy serio, y la forma en que le preguntó en seguida que cómo suponía que la señorita Taisho pudiera darles algún quebradero de cabeza, convenció a Aome de que, poco o mucho, se había acercado a la verdad. La joven contestó a su pregunta directamente:
––No se asuste. Nunca he oído decir de ella nada malo y casi aseguraría que es una de las mejores criaturas del mundo. Es el ojo derecho de ciertas señoras que conozco: la señora Kurosawa y la señorita Takeda. Me parece que me dijo usted que también las conocía.
––Algo, sí. Su hermano es un caballero muy agradable, íntimo amigo de Taisho.
––¡Oh, sí! ––dijo Aome secamente––. El señor Taisho es increíblemente amable con el señor Takeda y lo cuida de un modo extraordinario.
––¿Lo cuida? Sí, realmente, creo que lo cuida precisamente en lo que mayores cuidados requiere. Por algo que me contó cuando veníamos hacia aquí, presumo que Takeda le debe mucho. Pero debo pedirle que me perdone, porque no tengo derecho a suponer que Takeda fuese la persona a quien Taisho se refería. Son sólo conjeturas.
––¿Qué quiere decir?
––Es una cosa que Taisho no quisiera que se divulgase, pues si llegase a oídos de la familia de la dama, resultaría muy desagradable.
No se preocupe, no lo divulgaré.
––Tenga usted en cuenta que carezco de pruebas para suponer que se trata de Takeda. Lo que Taisho me dijo es que se alegraba de haber librado hace poco a un amigo de cierto casamiento muy imprudente; pero no citó nombres ni detalles, y yo sospeché que el amigo era Takeda sólo porque me parece un joven muy a propósito para semejante caso, y porque sé que estuvieron juntos todo el verano.
––¿Le dijo a usted el señor Taisho las razones que tuvo para inmiscuirse en el asunto?
––Yo entendí que había algunas objeciones de peso en contra de la señorita.
––¿Y qué artes usó para separarles?
––No habló de sus artimañas ––dijo Jaken sonriendo––. Sólo me contó lo que acabo de decirle.
Aome no hizo ningún comentario y siguió caminando con el corazón henchido de indignación. Después de observarla un poco, Jaken le preguntó por qué estaba tan pensativa.
––Estoy pensando en lo que usted me ha dicho ––respondió Aome––. La conducta de su primo no me parece nada bien. ¿Por qué tenía que ser él el juez?
––¿Quiere decir que su intervención fue indiscreta?
––No veo qué derecho puede tener el señor Taisho para decidir sobre una inclinación de su amigo y por qué haya de ser él el que dirija y determine, a su juicio, de qué modo ha de ser su amigo feliz. Pero ––continuó, reportándose––, no sabiendo detalles, no está bien censurarle. Habrá que creer que el amor no tuvo mucho que ver en este caso.
Es de suponer ––dijo Jaken––, pero eso aminora muy tristemente el triunfo de mi primo.
Esto último lo dijo en broma, pero a Aome le pareció un retrato tan exacto de Taisho que creyó inútil contestar. Cambió de conversación y se puso a hablar de cosas intrascendentes hasta que llegaron a la casa. En cuanto el coronel se fue, Aome se encerró en su habitación y pensó sin interrupción en todo lo que había oído. No cabía suponer que el coronel se refiriese a otras personas que a Sango y a Takeda. No podían existir dos hombres sobre los cuales ejerciese Taisho una influencia tan ilimitada. Nunca había dudado de que Taisho había tenido que ver en las medidas tomadas para separar a Takeda y a Sango; pero el plan y el principal papel siempre lo había atribuido a la señorita Takeda. Sin embargo, si su propia vanidad no le ofuscaba, él era el culpable; su orgullo y su capricho eran la causa de todo lo que Sango había sufrido y seguía sufriendo aún. Por él había desaparecido toda esperanza de felicidad en el corazón más amable y generoso del mundo, y nadie podía calcular todo el mal que había hecho.
El coronel Jaken había dicho que «había algunas objeciones de peso contra la señorita». Y esas objeciones serían seguramente el tener un tío abogado de pueblo y otro comerciante en Londres...
«Contra Sango ––pensaba Aome–– no había ninguna objeción posible. ¡Ella es el encanto y la bondad personificados! Su inteligencia es excelente; su talento, inmejorable; sus modales, cautivadores. Nada había que objetar tampoco contra su padre que, en medio de sus rarezas, poseía aptitudes que no desdeñaría el propio Taisho y una respetabilidad que acaso éste no alcanzase nunca.» Al acordarse de su madre, su confianza cedió un poquito; pero tampoco admitió que Taisho pudiese oponerle ninguna objeción de peso, pues su orgullo estaba segura de ello–– daba más importancia a la falta de categoría de los posibles parientes de su amigo, que a su falta de sentido. En resumidas cuentas, había que pensar que le había impulsado por una parte el más empedernido orgullo y por otra su deseo de conservar a Takeda para su hermana.
La agitación y las lágrimas le dieron a Aome un dolor de cabeza que aumentó por la tarde, y sumada su dolencia a su deseo de no ver a Taisho, decidió no acompañar a sus primos a Rosings, donde estaban invitados a tomar el té. La señora Akitoki, al ver que estaba realmente indispuesta, no insistió, e impidió en todo lo posible que su marido lo hiciera; pero Akitoki no pudo ocultar su temor de que lady Izayoi tomase a mal la ausencia de Aome.
Cuando todos se habían ido, Aome, como si se propusiera exasperarse más aún contra Taisho, se dedicó a repasar todas las cartas que había recibido de Sango desde que se hallaba en Kent. No contenían lamentaciones ni nada que denotase que se acordaba de lo pasado ni que indicase que sufría por ello; pero en conjunto y casi en cada línea faltaba la alegría que solía caracterizar el estilo de Sango, alegría que, como era natural en un carácter tan tranquilo y afectuoso, casi nunca se había eclipsado. Aome se fijaba en todas las frases reveladoras de desasosiego, con una atención que no había puesto en la primera lectura. El vergonzoso alarde de Taisho por el daño que había causado le hacía sentir más vivamente el sufrimiento de su hermana. Le consolaba un poco pensar que dentro de dos días estaría de nuevo al lado de Sango y podría contribuir a que recobrase el ánimo con los cuidados que sólo el cariño puede dar.
No podía pensar en la marcha de Taisho sin recordar que su primo se iba con él; pero el coronel Jaken le había dado a entender con claridad que no podía pensar en ella.
Mientras estaba meditando todo esto, la sorprendió la campanilla de la puerta, y abrigó la esperanza de que fuese el mismo coronel Jaken que ya una vez las había visitado por la tarde y a lo mejor iba a preguntarle cómo se encontraba. Pero pronto desechó esa idea y siguió pensando en sus cosas cuando, con total sobresalto, vio que Taisho entraba en el salón. Inmediatamente empezó a preguntarle, muy acelerado, por su salud, atribuyendo la visita a su deseo de saber que se encontraba mejor. Ella le contestó cortés pero fríamente. Aome estaba asombrada pero no dijo ni una palabra. Después de un silencio de varios minutos se acercó a ella y muy agitado declaró:
––He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente.
El estupor de Aome fue inexpresable. Enrojeció, se quedó mirándole fijamente, indecisa y muda. El lo interpretó como un signo favorable y siguió manifestándole todo lo que sentía por ella desde hacía tiempo. Se explicaba bien, pero no sólo de su amor tenía que hablar, y no fue más elocuente en el tema de la ternura que en el del orgullo. La inferioridad de Aome, la degradación que significaba para él, los obstáculos de familia que el buen juicio le había hecho anteponer siempre a la estimación. Hablaba de estas cosas con un ardor que reflejaba todo lo que le herían, pero todo ello no era lo más indicado para apoyar su demanda.
A pesar de toda la antipatía tan profundamente arraigada que le tenía, Aome no pudo permanecer insensible a las manifestaciones de afecto de un hombre como Taisho, y aunque su opinión no varió en lo más mínimo, se entristeció al principio por la decepción que iba a llevarse; pero el lenguaje que éste empleó luego fue tan insultante que toda la compasión se convirtió en ira. Sin embargo, trató de contestarle con calma cuando acabó de hablar. Concluyó asegurándole la firmeza de su amor que, a pesar de todos sus esfuerzos, no había podido vencer, y esperando que sería recompensado con la aceptación de su mano. Por su manera de hablar, Aome advirtió que Taisho no ponía en duda que su respuesta sería favorable. Hablaba de temores y de ansiedad, pero su aspecto revelaba una seguridad absoluta. Esto la exasperaba aún más y cuando él terminó, le contestó con las mejillas encendidas por la ira:
––En estos casos creo que se acostumbra a expresar cierto agradecimiento por los sentimientos manifestados, aunque no puedan ser igualmente correspondidos. Es natural que se sienta esta obligación, y si yo sintiese gratitud, le daría las gracias. Pero no puedo; nunca he ambicionado su consideración, y usted me la ha otorgado muy en contra de su voluntad. Siento haber hecho daño a alguien, pero ha sido inconscientemente, y espero que ese daño dure poco tiempo. Los mismos sentimientos que, según dice, le impidieron darme a conocer sus intenciones durante tanto tiempo, vencerán sin dificultad ese sufrimiento.
Taisho, que estaba apoyado en la repisa de la chimenea con sus dorados ojos clavados en el rostro de Aome, parecía recibir sus palabras con tanto resentimiento como sorpresa. Su tez palideció de rabia y todas sus facciones mostraban la turbación de su ánimo. Luchaba por guardar la compostura, y no abriría los labios hasta que creyese haberlo conseguido. Este silencio fue terrible para Aome. Por fin, forzando la voz para aparentar calma, dijo:
––¿Y es ésta toda la respuesta que voy a tener el honor de esperar? Quizá debiera preguntar por qué se me rechaza con tan escasa cortesía. Pero no tiene la menor importancia.
––También podría yo replicó Aome–– preguntar por qué con tan evidente propósito de ofenderme y de insultarme me dice que le gusto en contra de su voluntad, contra su buen juicio y hasta contra su modo de ser. ¿No es ésta una excusa para mi falta de cortesía, si es que en realidad la he cometido? Pero, además, he recibido otras provocaciones, lo sabe usted muy bien. Aunque mis sentimientos no hubiesen sido contrarios a los suyos, aunque hubiesen sido indiferentes o incluso favorables¿cree usted que habría algo que pudiese tentarme a aceptar al hombre que ha sido el culpable de arruinar, tal vez para siempre, la felicidad de una hermana muy querida?
Al oír estas palabras, Taisho mudó de color; pero la conmoción fue pasajera y siguió escuchando sin intención de interrumpirla.
––Yo tengo todas las razones del mundo para tener un mal concepto de usted ––continuó Aome––. No hay nada que pueda excusar su injusto y ruin proceder. No se atreverá usted a negar que fue el principal si no el único culpable de la separación del señor Takeda y mi hermana, exponiendo al uno a las censuras de la gente por caprichoso y voluble, y al otro a la burla por sus fallidas esperanzas, sumiéndolos a los dos en la mayor desventura.
Hizo una pausa y vio, indignada, que Taisho la estaba escuchando con un aire que indicaba no hallarse en absoluto conmovido por ningún tipo de remordimiento. Incluso la miraba con una sonrisa de petulante incredulidad.
––¿Puede negar que ha hecho esto? ––repitió ella.
Fingiendo estar sereno, Sesshomaru contestó:
––No he de negar que hice todo lo que estuvo en mi mano para separar a mi amigo de su hermana, ni que me alegro del resultado. He sido más amable con él que conmigo mismo.
Aome desdeñó aparentar que notaba esa sutil reflexión, pero no se le escapó su significado, y no consiguió conciliarla.
––Pero no sólo en esto se funda mi antipatía ––continuó Aome . Mi opinión de usted se formó mucho antes de que este asunto tuviese lugar. Su modo de ser quedó revelado por una historia que me contó el señor Hanyou hace algunos meses. ¿Qué puede decir a esto¿Con qué acto ficticio de amistad puede defenderse ahora¿Con qué falsedad puede justificar en este caso su dominio sobre los demás?
––Se interesa usted muy vivamente por lo que afecta a ese caballero ––dijo Taisho en un tono menos tranquilo y con el rostro enrojecido.
––¿Quién, que conozca las penas que ha pasado, puede evitar sentir interés por él?
––¡Las penas que ha pasado! exclamó Taisho despectivamente––. Sí, realmente, unas penas inmensas...
––¡Por su culpa! ––exclamó Aome con energía––. Usted le redujo a su actual relativa pobreza. Usted le negó el porvenir que, como bien debe saber, estaba destinado para él. En los mejores años de la vida le privó de una independencia a la que no sólo tenía derecho sino que merecía. ¡Hizo todo esto! Y aún es capaz de ridiculizar y burlarse de sus penas...
––¡Y ésa es –– gritó Taisho mientras se paseaba como una exhalación por el cuarto –– la opinión que tiene usted de mí¡Ésta es la estimación en la que me tiene! Le doy las gracias por habérmelo explicado tan abiertamente. Mis faltas, según su cálculo, son verdaderamente enormes. Pero puede ––añadió deteniéndose y volviéndose hacia ella–– que estas ofensas hubiesen sido pasadas por alto si no hubiese herido su orgullo con mi honesta confesión de los reparos que durante largo tiempo me impidieron tomar una resolución. Me habría ahorrado estas amargas acusaciones si hubiese sido más hábil y le hubiese ocultado mi lucha, halagándola al hacerle creer que había dado este paso impulsado por la razón, por la reflexión, por una incondicional y pura inclinación, por lo que sea. Pero aborrezco todo tipo de engaño y no me avergüenzo de los sentimientos que he manifestado, eran naturales y justos. ¿Cómo podía suponer usted que me agradase la inferioridad de su familia y que me congratulase por la perspectiva de tener unos parientes cuya condición están tan por debajo de la mía?
La irritación de Aome crecía a cada instante; aun así intentó con todas sus fuerzas expresarse con mesura cuando dijo:
––Se equivoca usted, señor Taisho, si supone que lo que me ha afectado es su forma de declararse; si se figura que me habría evitado el mal rato de rechazarle si se hubiera comportado de modo más caballeroso.
Aome se dio cuenta de que estaba a punto de interrumpirla, pero no dijo nada y ella continuó:
––Usted no habría podido ofrecerme su mano de ningún modo que me hubiese tentado a aceptarla.
De nuevo su asombro era obvio. La miró con una expresión de incredulidad y humillación al mismo tiempo, y ella siguió diciendo:
––Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocí, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoísta desdén hacia los sentimientos ajenos; me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mí la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado; y no hacía un mes aún que le conocía cuando supe que usted sería el último hombre en la tierra con el que podría casarme.
––Ha dicho usted bastante, señorita. Comprendo perfectamente sus sentimientos y sólo me resta avergonzarme de los míos. Perdone por haberle hecho perder tanto tiempo, y acepte mis buenos deseos de salud y felicidad.
Dicho esto salió precipitadamente de la habitación, y Aome le oyó en seguida abrir la puerta de la entrada y salir de la casa.
La confusión de su mente le hacía sufrir intensamente. No podía sostenerse de pie y tuvo que sentarse porque las piernas le flaqueaban. Lloró durante media hora. Su asombro al recordar lo ocurrido crecía cada vez más. Haber recibido una proposición de matrimonio de Taisho que había estado enamorado de ella durante tantos meses, y tan enamorado que quería casarse a pesar de todas las objeciones que le habían inducido a impedir que su amigo se casara con Sango, y que debieron pasar con igual fuerza en su propio caso, resultaba increíble. Le era grato haber inspirado un afecto tan vehemente. Pero el orgullo, su abominable orgullo, su desvergonzada confesión de lo que había hecho con Sango, su imperdonable descaro al reconocerlo sin ni siquiera tratar de disculparse, y la insensibilidad con que había hablado de Hanyou a pesar de no haber negado su crueldad para con él, no tardaron en prevalecer sobre la compasión que había sentido al pensar en su amor.
Siguió inmersa en sus agitados pensamientos, hasta que el ruido del carruaje de lady Izayoi le hizo darse cuenta de que no estaba en condiciones de encontrarse con Rika, y subió corriendo a su cuarto.
Si puedo subirè otros capitulos proximamente saludos a todas los fanàticos, mis mejores deseos y hablando de esto yo deseo más reviews. Se cuidan nos vemos luego y cuando se bañen se lavan atràs de las orejas.
abur
