Hola aqui otro capìtulo espero les guste. Aclaro que esta historia no es mìa ni los personajes en ella, es una adaptacion de la novela ORGULLO Y PREJUICIO y que algunos de los personajes son de INUYASHA

CAPÍTULO 13

El sábado por la mañana Aome y Akitoki se encontraron a la hora del desayuno unos minutos antes de que aparecieran los demás; y aprovechó la oportunidad para hacerle los cumplidos de la despedida que consideraba absolutamente necesarios.

––Ignoro, señorita Aome ––le dijo––, si la señora Akitoki le ha expresado cuánto agradece su amabilidad al haber venido; pero estoy seguro de que lo hará antes de que abandone usted esta casa. Hemos apreciado enormemente el favor de su compañía. Sabemos lo poco tentador que puede ser para nadie el venir a nuestra humilde morada. Nuestro sencillo modo de vivir, nuestras pequeñas habitaciones, nuestros pocos criados y nuestro aislamiento, han de hacer de Hunsford un lugar extremadamente triste para una joven como usted. Pero espero que crea en nuestra gratitud por su condescendencia y en que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance para impedir que se aburriera.

Aome le dio las gracias efusivamente y dijo que estaba muy contenta. Había pasado seis semanas muy felices; y el placer de estar con Rika y las amables atenciones que había recibido, la habían dejado muy satisfecha. Akitoki lo celebró y con solemnidad, pero más sonriente, repuso:

––Me proporciona el mayor gusto saber que ha pasado usted el tiempo agradablemente. Se ha hecho, realmente, todo lo que se ha podido; hemos tenido la suprema suerte de haber podido presentarla a usted a la más alta sociedad, y los frecuentes medios de variar el humilde escenario doméstico que nos han facilitado nuestras relaciones con Rosings, nos permiten esperar que su visita le haya sido grata. Nuestro trato con la familia de lady Izayoi es realmente una ventaja extraordinaria y una bendición de la que pocos pueden alardear. Ha visto en qué situación estamos en Rosings, cuántas veces hemos sido invitados allí. Debo reconocer sinceramente que, con todas las desventajas de esta humilde casa parroquial, nadie que aquí venga podrá compadecerse mientras puedan compartir nuestra intimidad con la familia de Bourgh.

Las palabras eran insuficientes para la elevación de sus sentimientos y se vio obligado a pasearse por la estancia, mientras Aome trataba de combinar la verdad con la cortesía en frases breves.

––Así, pues, podrá usted llevar buenas noticias nuestras a Hertfordshire, querida prima. Al menos ésta es mi esperanza. Ha sido testigo diario de las grandes atenciones de lady Izayoi para con la señora Akitoki, y confío en que no le habrá parecido que su amiga no es feliz. Pero en lo que se refiere a este punto mejor será que me calle. Permítame sólo asegurarle, querida señorita Aome, que le deseo de todo corazón igual felicidad en su matrimonio. Mi querida Rika y yo no tenemos más que una sola voluntad y un solo modo de pensar. Entre nosotros existen en todo muy notables semejanzas de carácter y de ideas; parecemos hechos el uno para el otro.

Aome pudo decir de veras que era una gran alegría que así fuese, y con la misma sinceridad añadió que lo creía firmemente y que se alegraba de su bienestar doméstico; pero, sin embargo, no lamentó que la descripción del mismo fuese interrumpida por la llegada de la señora de quien se trataba. ¡Pobre Rika¡Era triste dejarla en semejante compañía! Pero ella lo había elegido conscientemente. Se veía claramente que le dolía la partida de sus huéspedes, pero no parecía querer que la compadeciesen. Su hogar y sus quehaceres domésticos, su parroquia, su gallinero y todas las demás tareas anexas, todavía no habían perdido el encanto para ella.

Por fin llegó la silla de posta; se cargaron los baúles, se acomodaron los paquetes y se les avisó que todo estaba listo. Las dos amigas se despidieron afectuosamente, y Akitoki acompañó a Aome hasta el coche. Mientras atravesaban el jardín le encargó que saludase afectuosamente de su parte a toda la familia y que les repitiese su agradecimiento por las bondades que le habían dispensado durante su estancia en Longbourn el último invierno, y le encareció que saludase también a los Gardiner a pesar de que no los conocía. Le ayudó a subir al coche y tras ella, a María. A punto de cerrar las portezuelas, Akitoki, consternado, les recordó que se habían olvidado de encargarle algo para las señoras de Rosings.

––Pero ––añadió–– seguramente desearán que les transmitamos sus humildes respetos junto con su gratitud por su amabilidad para con ustedes.

Aome no se opuso; se cerró la portezuela y el carruaje partió.

––¡Dios mío! ––exclamó María al cabo de unos minutos de silencio––. Parece que fue ayer cuando llegamos y, sin embargo¡cuántas cosas han ocurrido!

––Muchas, es cierto ––contestó su compañera en un suspiro.

––Hemos cenado nueve veces en Rosings, y hemos tomado el té allí dos veces. ¡Cuánto tengo que contar! Aome añadió para sus adentros: «¡Y yo, cuántas cosas tengo que callarme!»

El viaje transcurrió sin mucha conversación y sin ningún incidente y a las cuatro horas de haber salido de Hunsford llegaron a casa de los Gardiner, donde iban a pasar unos pocos días.

Sango tenía muy buen aspecto, y Aome casi no tuvo lugar de examinar su estado de ánimo, pues su tía les tenía preparadas un sinfín de invitaciones. Pero Sango iba a regresar a Longbourn en compañía de su hermana y, una vez allí, habría tiempo de sobra para observarla.

Aome se contuvo a duras penas para no contarle hasta entonces las proposiciones de Taisho. ¡Qué sorpresa se iba a llevar, y qué gratificante sería para la vanidad que Aome todavía no era capaz de dominar! Era una tentación tan fuerte, que no habría podido resistirla a no ser por la indecisión en que se hallaba, por la extensión de lo que tenía que comunicar y por el temor de que si empezaba a hablar se vería forzada a mencionar a Takeda, con lo que sólo conseguiría entristecer más aún a su hermana.

En la segunda semana de mayo, las tres muchachas partieron juntas de Gracechurch Street, en dirección a la ciudad de X, en Hertfordshire. Al llegar cerca de la posada en donde tenía que esperarlas el coche del señor Higurashi, vieron en seguida, como una prueba de la puntualidad de cochero, a Kagura y a Kikyo que estaban al acecho en el comedor del piso superior. Habían pasado casi una hora en el lugar felizmente ocupadas en visitar la sombrerería de enfrente, en contemplar al centinela de guardia y en aliñar una ensalada de pepino.

Después de dar la bienvenida a sus hermanas les mostraron triunfalmente una mesa dispuesta con todo el fiambre que puede hallarse normalmente en la despensa de una posada y exclamaron:

––¿No es estupendo¿No es una sorpresa agradable?

––Queremos convidaros a todas ––añadió Kikyo––; pero tendréis que prestarnos el dinero, porque acabamos de gastar el nuestro en la tienda de ahí fuera.

Y, enseñando sus compras, agregó:

––Mirad qué sombrero me he comprado. No creo que sea muy bonito, pero pensé que lo mismo daba comprarlo que no; lo desharé en cuanto lleguemos a casa y veré si puedo mejorarlo algo.

Las hermanas lo encontraron feísimo, pero Kikyo, sin darle importancia, respondió:

––Pues en la tienda había dos o tres mucho más feos. Y cuando compre un raso de un color más bonito, lo arreglaré y creo que no quedará mal del todo. Además, poco importa lo que llevemos este verano, porque la guarnición del condado se va de Meryton dentro de quince días.

––¿Sí, de veras? ––exclamó Aome satisfechísima.

––Van a acampar cerca de Brighton. A ver si papá nos lleva allí este verano. Sería un plan estupendo y costaría muy poco. A mamá le apetece ir más que ninguna otra cosa. ¡Imaginad, si no, qué triste verano nos espera!

«Sí ––pensó Aome––, sería un plan realmente estupendo y muy propio para nosotras. No nos faltaría más que eso. Brighton y todo un campamento de soldados, con lo trastornadas que ya nos han dejado un mísero regimiento y los bailes mensuales de Meryton.»

––Tengo que daros algunas noticias ––dijo Kikyo cuando se sentaron a la mesa—. ¿Qué creéis? Es lo más sensacional que podáis imaginaros; una nueva importantísima acerca de cierta persona que a todas nos gusta.

Sango y Aome se miraron y dijeron al criado que ya no lo necesitaban. Kikyo se rió y dijo:

––¡Ah!, eso revela vuestra formalidad y discreción. ¿Creéis que el criado iba a escuchar¡Como si le importase! Apostaría a que oye a menudo cosas mucho peores que las que voy a contaros. Pero es un tipo muy feo; me alegro de que se haya ido; nunca he visto una barbilla tan larga. Bien, ahora vamos a las noticias; se refieren a nuestro querido Inuyasha Hanyou; son demasiado buenas para el criado¿verdad? No hay peligro de que Hanyou se case con Kanna King. Nos lo reservamos. Kanna King se ha marchado a Liverpool, a casa de su tía, y no volverá. ¡Hanyou está a salvo!

––Y Kanna King está a salvo también ––añadió Aome––, a salvo de una boda imprudente para su felicidad.

––Pues es bien tonta yéndose, si le quiere.

––Pero supongo que no habría mucho amor entre ellos ––dijo Sango.

––Lo que es por parte de él, estoy segura de que no; Kanna nunca le importó tres pitos. ¿Quién podría interesarse por una cosa tan asquerosa y tan llena de pecas?

Aome se escandalizó al pensar que, aunque ella fuese incapaz de expresar semejante ordinariez, el sentimiento no era muy distinto del que ella misma había abrigado en otro tiempo y admitido como liberal.

En cuanto hubieron comido y las mayores hubieron pagado, pidieron el coche y, después de organizarse un poco, todas las muchachas, con sus cajas, sus bolsas de labor, sus paquetes y la mal acogida adición de las compras de Kagura y Kikyo, se acomodaron en el vehículo.

––¡Qué apretaditas vamos! ––exclamó Kikyo––. ¡Me alegro de haber comprado el sombrero, aunque sólo sea por el gusto de tener otra sombrerera! Bueno, vamos a ponernos cómodas y a charlar y reír todo el camino hasta que lleguemos a casa. Primeramente oigamos lo que os ha pasado a vosotras desde que os fuisteis. ¿Habéis conocido a algún hombre interesante¿Habéis tenido algún flirt? Tenía grandes esperanzas de que una de vosotras pescaría marido antes de volver. Sango pronto va a hacerse vieja. ¡Casi tiene veintitrés años¡Señor, qué vergüenza me daría a mí, si no me casara antes de los veintitrés...! No os podéis figurar las ganas que tiene la tía Philips de que os caséis. Dice que Aome habría hecho mejor en aceptar a Akitoki; pero yo creo que habría sido muy aburrido. ¡Señor, cómo me gustaría casarme antes que vosotras! Entonces sería yo la que os acompañaría a los bailes. ¡Lo que nos divertimos el otro día en casa de los Forster! Kagura y yo fuimos a pasar allí el día, y la señora Forster nos prometió que daría un pequeño baile por la noche. ¡Cómo la señora Forster y yo somos tan amigas! Así que invitó a las Harrington, pero como Harriet estaba enferma, Pen tuvo que venir sola; y entonces¿qué creeríais que hicimos? Disfrazamos de mujer a Chamberlayne para que pasase por una dama. ¿Os imagináis qué risa? No lo sabía nadie, sólo el coronel, la señora Forster, Catherine y yo, aparte de mi tía, porque nos vimos obligadas a pedirle prestado uno de sus vestidos; no os podéis figurar lo bien que estaba. Cuando llegaron Denny, Hanyou, Pratt y dos o tres caballeros más, no lo conocieron ni por lo más remoto. ¡Ay, cómo me reí¡Y lo que se rió la señora Forster! Creí que me iba a morir de risa. Y entonces, eso les hizo sospechar algo y en seguida descubrieron la broma.

Con historias parecidas de fiestas y bromas, Kikyo trató, con la ayuda de las indicaciones de Kagura, de entretener a sus hermanas y a Kanna durante todo el camino hasta que llegaron a Longbourn. Aome intentó escucharla lo menos posible, pero no se le escaparon las frecuentes alusiones a Hanyou.

En casa las recibieron con todo el cariño. La señora Higurashi se regocijó al ver a Sango tan guapa como siempre, y el señor Higurashi, durante la comida, más de una vez le dijo a Aome de todo corazón:

––Me alegro de que hayas vuelto, Aome.

La reunión en el comedor fue numerosa, pues habían ido a recoger a María y a oír las noticias, la mayoría de los Lucas. Se habló de muchas cosas. Lady Lucas interrogaba a María, desde el otro lado de la mesa, sobre el bienestar y el corral de su hija mayor; la señora Higurashi estaba doblemente ocupada en averiguar las modas de Londres que su hija Sango le explicaba por un lado, y en transmitir los informes a las más jóvenes de las Lucas, por el otro. Kikyo, chillando más que nadie, detallaba lo que habían disfrutado por la mañana a todos los que quisieran escucharla.

––¡Oh, Kanna! ––exclamó––. ¡Cuánto me hubiese gustado que hubieras venido con nosotras¡Nos hemos divertido de lo lindo! Cuando íbamos Kagura y yo solas, cerramos todas las ventanillas para hacer ver que el coche iba vacío, y habríamos ido así todo el camino, si Kagura no se hubiese mareado. Al llegar al «George» ¡fuimos tan generosas!, obsequiamos a las tres con el aperitivo más estupendo del mundo, y si hubieses venido tú, te habríamos invitado a ti también. ¡Y qué juerga a la vuelta! Pensé que no íbamos a caber en el coche. Estuve a punto de morirme de risa. Y todo el camino lo pasamos bárbaro; hablábamos y reíamos tan alto que se nos habría podido oír a diez millas.

Kanna replicó gravemente:

––Lejos de mí, querida hermana, está el despreciar esos placeres. Serán propios, sin duda, de la mayoría de las mujeres. Pero confieso que a mí no me hacen ninguna gracia; habría preferido mil veces antes un libro.

Pero Kikyo no oyó una palabra de su observación. Rara vez escuchaba a nadie más de medio minuto, y a Kanna nunca le hacía ni caso.

Por la tarde Kikyo propuso con insistencia que fuesen todas a Meryton para ver cómo estaban todos; pero Aome se opuso enérgicamente. No quería que se dijera que las señoritas Higurashi no podían estarse en casa medio día sin ir detrás de los oficiales. Tenía otra razón para oponerse: temía volver a ver a Hanyou, cosa que deseaba evitar en todo lo posible. La satisfacción que sentía por la partida del regimiento era superior a cuanto pueda expresarse. Dentro de quince días ya no estarían allí, y esperaba que así se libraría de Hanyou para siempre.

No llevaba muchas horas en casa, cuando se dio cuenta de que el plan de Brighton de que Kikyo les había informado en la posada era discutido a menudo por sus padres. Aome comprendió que el señor Higurashi no tenía la menor intención de ceder, pero sus contestaciones eran tan vagas y tan equívocas, que la madre, aunque a veces se descorazonaba, no perdía las esperanzas de salirse al fin con la suya.

Aome no pudo contener por más tiempo su impaciencia por contarle a Sango todo lo que había sucedido. Al fin resolvió suprimir todo lo que se refiriese a su hermana, y poniéndola en antecedentes de la sorpresa, a la mañana siguiente le relató lo más importante de su escena con Taisho.

El gran cariño que Sango sentía por Aome disminuyó su asombro, pues todo lo que fuese admiración por ella le parecía perfectamente natural. Fueron otros sus sentimientos. Le dolía que Taisho se hubiese expresado de aquel modo tan poco adecuado para hacerse agradable, pero todavía le afligía más el pensar en la desdicha que la negativa de su hermana le habría causado.

––Fue un error el creerse tan seguro del éxito ––dijo–– y claro está que no debió delatarse; ¡pero figúrate lo que le habrá pesado y lo mal que se sentirá ahora!

––Es cierto ––repuso Aome––, lo siento de veras por él; pero su orgullo es tan grande que no tardará mucho en olvidarme. ¿Te parece mal que le haya rechazado?

––¿Parecerme mal? De ningún modo.

––Pero no te habrá gustado que le haya hablado con tanto énfasis de Hanyou.

––No sé si habrás hecho mal en hablarle como lo hiciste.

––Pues lo vas a saber cuando te haya contado lo que sucedió al día siguiente.

Entonces Aome le habló de la carta, repitiéndole todo su contenido en lo que sólo a George Hanyou se refería. Fue un duro golpe para la pobre Sango. Habría dado la vuelta al mundo sin sospechar que en todo el género humano pudiese caber tanta perversidad como la que encerraba aquel único individuo. Ni siquiera la justificación de Taisho, por muy grata que le resultara, bastaba para consolarla de semejante revelación. Intentó con todas sus fuerzas sostener que podía haber algún error, tratando de defender al uno sin inculpar al otro.

––No te servirá de nada ––le dijo Aome––; nunca podrás decir que los dos son buenos. Elige como quieras; pero o te quedas con uno o con otro. Entre los dos no reúnen más que una cantidad de méritos justita para un solo hombre decente. Ya nos hemos engañado bastante últimamente. Por mi parte, me inclino a creer todo lo que dice Taisho; tú verás lo que decides.

Pasó mucho rato antes de que Sango pudiese sonreír. ––No sé qué me ha sorprendido más ––dijo al fin––. ¡Que Hanyou sea tan malvado! Casi no puede creerse. ¡Y el pobre Taisho! Querida Aome, piensa sólo en lo que habrá sufrido. ¡Qué decepción¡Y encima confesarle la mala opinión que tenías de él¡Y tener que contar tales cosas de su hermana! Es verdaderamente espantoso. ¿No te parece?

––¡Oh, no! Se me ha quitado toda la pena y toda la compasión al ver que tú las sientes por las dos. Sé que, con que tú le hagas justicia, basta. Sé que puedo estar cada vez más despreocupada e indiferente. Tu profusión de lamentos me salva. Y si sigues compadeciéndote de él mucho tiempo, mi corazón se hará tan insensible como una roca.

––¡Pobre Hanyou¡Parece tan bueno, tan franco!

––Sí, es cierto; debió de haber una mala dirección en la educación de estos dos jóvenes; uno acaparó toda la bondad y el otro todas las buenas apariencias.

––Yo nunca consideré que las apariencias de Taisho eran tan malas como tú decías.

––Pues ya ves, yo me tenía por muy lista cuando le encontraba tan antipático, sin ningún motivo. Sentir ese tipo de antipatías es como un estímulo para la inteligencia, es como un rasgo de ingenio. Se puede estar hablando mal continuamente de alguien sin decir nada justo; pero no es posible estar siempre riéndose de una persona sin dar alguna vez en el clavo.

––Estoy segura, Aome, de que al leer la carta de Taisho, por primera vez, no pensaste así.

––No habría podido, es cierto. Estaba tan molesta, o, mejor dicho, tan triste. Y lo peor de todo era que no tenía a quién confiar mi pesar. ¡No tener a nadie a quien hablar de lo que sentía, ninguna Sango que me consolara y me dijera que no había sido tan frágil, tan vana y tan insensata como yo me creía¡Qué falta me hiciste!

––¡Haber atacado a Taisho de ese modo por defender a Hanyou, y pensar ahora que no lo merecía!

––Es cierto; pero estaba amargada por los prejuicios que había ido alimentando. Necesito que me aconsejes en una cosa. ¿Debo o no debo divulgar lo que he sabido de Hanyou?

Sango meditó un rato y luego dijo:

––Creo que no hay por qué ponerle en tan mal lugar. ¿Tú qué opinas?

––Que tienes razón. Taisho no me ha autorizado para que difunda lo que me ha revelado. Al contrario, me ha dado a entender que debo guardar la mayor reserva posible sobre el asunto de su hermana. Y, por otra parte, aunque quisiera abrirle los ojos a la gente sobre su conducta en las demás cosas¿quién me iba a creer? El prejuicio en contra de Taisho es tan fuerte que la mitad de las buenas gentes de Meryton morirían antes de tener que ponerle en un pedestal. No sirvo para eso. Hanyou se irá pronto, y es mejor que me calle. Dentro de algún tiempo se descubrirá todo y entonces podremos reírnos de la necedad de la gente por no haberlo sabido antes. Por ahora no diré nada.

––Me parece muy bien. Si propagases sus defectos podrías arruinarle para siempre. A lo mejor se arrepiente de lo que hizo y quiere enmendarse. No debemos empujarle a la desesperación.

El tumulto de la mente de Aome se apaciguó con esta conversación. Había descargado uno de los dos secretos que durante quince días habían pesado sobre su alma, y sabía que Sango la escucharía siempre de buen grado cuando quisiese hablar de ello. Pero todavía ocultaba algo que la prudencia le impedía revelar. No se atrevía a descubrir a su hermana la otra mitad de la carta de Taisho, ni decirle con cuánta sinceridad había sido amada por su amigo. Era un secreto suyo que con nadie podía compartir, y sabía que sólo un acuerdo entre Sango y Takeda justificaría su confesión. «Y aun entonces ––se decía–– sólo podría contarle lo que el mismo Takeda creyese conveniente participarle. No tendré libertad para revelar este secreto hasta que haya perdido todo su valor.»

Como estaba todo el día en casa, tenía ocasión de estudiar el verdadero estado de ánimo de su hermana. Sango no era feliz; todavía quería a Takeda tiernamente. Nunca hasta entonces había estado enamorada, y su cariño tenía todo el fuego de un primer amor, pero su edad y su carácter le daban una firmeza que no suelen tener los amores primeros. No podía pensar más que en Takeda y se requería todo su buen sentido y su atención a su familia para moderar aquellos recuerdos que podían acabar con su salud y con la tranquilidad de los que la rodeaban.

––Bueno, Aome ––dijo un día la señora Higurashi––, dime cuál es ahora tu opinión sobre el triste asunto de Sango. Yo estoy decidida a no volver a hablar de ello. Así se lo dije el otro día a mi hermana Philips. Pero no puedo creer que Sango no haya visto a Takeda en Londres. Realmente, es un desalmado y no creo que haya la menor probabilidad de que lo consiga. No se habla de que vaya a volver a Netherfield este verano, y eso que he preguntado a todos los que pueden estar enterados.

––No creo que vuelva más a Netherfield.

––Muy bien. Vale más así. Ni falta que hace. Aunque yo siempre diré que se ha portado pésimamente con mi hija, y yo que ella no se lo habría aguantado. Mi único consuelo es que Sango morirá del corazón y entonces Takeda se arrepentirá de lo que ha hecho.

Pero Aome, que no podía consolarse con esas esperanzas se quedó callada.

––Dime ––continuó la madre––¿viven muy bien los Akitoki, verdad? Bien, bien, espero que les dure mucho tiempo. ¿Y qué tal comen? Estoy segura de que Rika es una excelente administradora. Si es la mitad de aguda que su madre, ahorrará muchísimo. No creo que hagan muchos excesos.

––No, en absoluto.

––De ello depende la buena administración. Ya, ya; se cuidarán mucho de no derrochar su sueldo. Nunca tendrán apuros de dinero. ¡Que les aproveche! Y me figuro que hablarán a menudo de adquirir Longbourn cuando muera tu padre, y de que ya lo considerarán suyo en cuanto esto suceda.

––Nunca mencionaron este tema delante de mí. ––Claro, no habría estado bien; pero no me cabe la menor duda de que lo hablan muchas veces entre ellos. Bueno, si se contentan con una posesión que legalmente no es suya, allá ellos. A mí me avergonzaría.

Bueno me despido espero les haya gustado el capìtulo. Dejen reviews plis