HOLA GRACIAS POR SUS REVIEWS, aunque pocos me dan animos jijijijiji, espero sigan leyendo y gustando esta historia que al parecer no tarda en llegar al final y par a concluir con este choro mareador me veo e la obligaciòn de decir que esta historia no me pertenece así como tampoco algunos de los personajes que hay en ella que son de Inuyasha, esto es una adaptaciòn.

CAPÍTULO 14

Pasó pronto la primera semana del regreso, y entraron en la segunda, que era la última de la estancia del regimiento en Meryton. Las jóvenes de la localidad languidecían; la tristeza era casi general. Sólo las hijas mayores de los Higurashi eran capaces de comer, beber y dormir como si no pasara nada. Kagura y Kikyo les reprochaban a menudo su insensibilidad. Estaban muy abatidas y no podían comprender tal dureza de corazón en miembros de su propia familia.

––¡Dios mío¿Qué va a ser de nosotras¿Qué vamos a hacer? ––exclamaban desoladas––. ¿Cómo puedes sonreír de esa manera, Aome?

Su cariñosa madre compartía su pesar y se acordaba de lo que ella misma había sufrido por una ocasión semejante hacía veinticinco años.

––Recuerdo ––decía–– que lloré dos días seguidos cuando se fue el regimiento del coronel Miller, creí que se me iba a partir el corazón.

––El mío también se hará pedazos ––dijo Kikyo.

––¡Si al menos pudiéramos ir a Brighton! ––suspiró la señora Higurashi.

––¡Oh, sí¡Si al menos pudiéramos ir a Brighton¡Pero papá es tan poco complaciente!

––Unos baños de mar me dejarían como nueva. ––Y tía Philips asegura que a mí también me sentarían muy bien ––añadió Kagura.

Estas lamentaciones resonaban de continuo en la casa de Longbourn. Aome trataba de mantenerse aislada, pero no podía evitar la vergüenza. Reconocía de nuevo la justicia de las observaciones de Taisho, y nunca se había sentido tan dispuesta a perdonarle por haberse opuesto a los planes de su amigo.

Pero la melancolía de Kikyo no tardó en disiparse, pues recibió una invitación de la señora Forster, la esposa del coronel del regimiento, para que la acompañase a Brighton. Esta inapreciable amiga de Kikyo era muy joven y hacía poco que se había casado. Como las dos eran igual de alegres y animadas, congeniaban perfectamente y a los tres meses de conocerse eran ya íntimas.

El entusiasmo de Kikyo y la adoración que le entró por la señora Forster, la satisfacción de la señora Higurashi, y la mortificación de Kagura, fueron casi indescriptibles. Sin preocuparse lo más mínimo por el disgusto de su hermana, Kikyo corrió por la casa completamente extasiada, pidiendo a todas que la felicitaran, riendo y hablando con más ímpetu que nunca, mientras la pobre Kagura continuaba en el salón lamentando su mala suerte en términos poco razonables y con un humor de perros.

––No veo por qué la señora Forster no me invita a mí también ––decía––, aunque Kikyo sea su amiga particular. Tengo el mismo derecho que ella a que me invite, y más aún, porque yo soy mayor.

En vano procuró Aome que entrase en razón y en vano pretendió Sango que se resignase. La dichosa invitación despertó en Aome sentimientos bien distintos a los de Kikyo y su madre; comprendió claramente que ya no había ninguna esperanza de que la señora Higurashi diese alguna prueba de sentido común. No pudo menos que pedirle a su padre que no dejase a Kikyo ir a Brighton, pues semejante paso podía tener funestas consecuencias. Le hizo ver la inconveniencia de Kikyo, las escasas ventajas que podía reportarle su amistad con la señora Forster, y el peligro de que con aquella compañía redoblase la imprudencia de Kikyo en Brighton, donde las tentaciones serían mayores. El señor Higurashi escuchó con atención a su hija y le dijo:

––Kikyo no estará tranquila hasta que haga el ridículo en público en un sitio u otro, y nunca podremos esperar que lo haga con tan poco gasto y sacrificio para su familia como en esta ocasión.

––Si supieras ––replicó Aome–– los grandes daños que nos puede acarrear a todos lo que diga la gente del proceder inconveniente e indiscreto de Kikyo, y los que ya nos ha acarreado, estoy segura de que pensarías de modo muy distinto.

––¡Que ya nos ha acarreado! ––exclamó el señor Higurashi––. ¿Ha ahuyentado a alguno de tus pretendientes¡Pobre Aome! Pero no te aflijas. Esos jóvenes tan delicados que no pueden soportar tales tonterías no valen la pena. Ven, dime cuáles son los remilgados galanes a quienes ha echado atrás la locura de Kikyo.

––No me entiendes. No me quejo de eso. No denuncio peligros concretos, sino generales. Nuestro prestigio y nuestra respetabilidad ante la gente serán perjudicados por la extrema ligereza, el desdén y el desenfreno de Kikyo. Perdona, pero tengo que hablarte claramente. Si tú, querido padre, no quieres tomarte la molestia de reprimir su euforia, de enseñarle que no debe consagrar su vida a sus actuales pasatiempos, dentro de poco será demasiado tarde para que se enmiende. Su carácter se afirmará y a los dieciséis años será una coqueta incorregible que no sólo se pondrá en ridículo a sí misma, sino a toda su familia; coqueta, además, en el peor y más ínfimo grado de coquetería, sin más atractivo que su juventud y sus regulares prendas físicas; ignorante y de cabeza hueca, incapaz de reparar en lo más mínimo el desprecio general que provocará su afán de ser admirada. Kagura se encuentra en el mismo peligro, porque irá donde Kikyo la lleve; vana, ignorante, perezosa y absolutamente incontrolada. Padre¿puedes creer que no las criticarán y las despreciarán en dondequiera que vayan, y que no envolverán en su desgracia a las demás hermanas?

El señor Higurashi se dio cuenta de que Aome hablaba con el corazón. Le tomó la mano afectuosamente y le contestó:

––No te intranquilices, amor mío. Tú y Sango seréis siempre respetadas y queridas en todas partes, y no pareceréis menos aventajadas por tener dos o quizá tres hermanas muy necias. No habrá paz en Longbourn si Kikyo no va a Brighton. Déjala que, vaya. El coronel Forster es un hombre sensato y la vigilará. Y ella es por suerte demasiado pobre para ser objeto de la rapiña de nadie. Su coquetería tendrá menos importancia en Brighton que aquí, pues los oficiales encontrarán allí mujeres más atractivas. De modo que le servirá para comprender se propia insignificancia. De todas formas, ya no puede empeorar mucho, y si lo hace, tendríamos entonces suficientes motivos para encerrarla bajo llave el resto de su vida.

Aome tuvo que contentarse con esta respuesta; pero su opinión seguía siendo la misma, y se separó de su padre pesarosa y decepcionada. Pero su carácter le impedía acrecentar sus sinsabores insistiendo en ellos. Creía que había cumplido con su deber y no estaba dispuesta a consumirse pensando en males inevitables o a aumentarlos con su ansiedad.

Si Kikyo o su madre hubiesen sabido lo que Aome había estado hablando con su padre, su indignación no habría tenido límites. Una visita a Brighton era para Kikyo el dechado de la felicidad terrenal. Con su enorme fantasía veía las calles de aquella alegre ciudad costera plagada de oficiales; se veía a sí misma atrayendo las miradas de docenas y docenas de ellos que aún no conocía. Se imaginaba en mitad del campamento, con sus tiendas tendidas en la hermosa uniformidad de sus líneas, llenas de jóvenes alegres y deslumbrantes con sus trajes de color carmesí; y para completar el cuadro se imaginaba a sí misma sentada junto a una de aquellas tiendas y coqueteando tiernamente con no menos de seis oficiales a la vez.

Si hubiese sabido que su hermana pretendía arrebatarle todos aquellos sueños, todas aquellas realidades¿qué habría pasado? Sólo su madre habría sido capaz de comprenderlo, pues casi sentía lo mismo que ella. El viaje de Kikyo a Brighton era lo único que la consolaba de su melancólica convicción de que jamás lograría llevar allí a su marido.

Pero ni la una ni la otra sospechaban lo ocurrido, y su entusiasmo continuó hasta el mismo día en que Kikyo salió de casa.

Aome iba a ver ahora a Hanyou por última vez. Había estado con frecuencia en su compañía desde que regresó de Hunsford, y su agitación se había calmado mucho; su antiguo interés por él había desaparecido por completo. Había aprendido a descubrir en aquella amabilidad que al principio le atraía una cierta afectación que ahora le repugnaba. Por otra parte, la actitud de Hanyou para con ella acababa de disgustarla, pues el joven manifestaba deseos de renovar su galanteo, y después de todo lo ocurrido Aome no podía menos que sublevarse. Refrenó con firmeza sus vanas y frívolas atenciones, sin dejar de sentir la ofensa que implicaba la creencia de Hanyou de que por más tiempo que la hubiese tenido abandonada y cualquiera que fuese la causa de su abandono, la halagaría y conquistaría de nuevo sólo con volver a solicitarla.

El último día de la estancia del regimiento en Meryton, Hanyou cenó en Longbourn con otros oficiales. Aome estaba tan poco dispuesta a soportarle que cuando Hanyou le preguntó qué tal lo había pasado en Hunsford, le respondió que el coronel Jaken y Taisho habían pasado tres semanas en Rosings, y quiso saber si conocía al primero.

Hanyou pareció sorprendido, molesto y alarmado; pero se repuso en seguida y con una sonrisa contestó que en otro tiempo le veía a menudo. Dijo que era todo un caballero y le preguntó si le había gustado. Aome respondió que sí con entusiasmo. Pero después Hanyou añadió, con aire indiferente:

––¿Cuánto tiempo dice que estuvo el coronel en Rosings?

––Cerca de tres semanas.

––¿Y le veía con frecuencia?

––Casi todos los días.

––Es muy diferente de su primo.

––Sí, en efecto. Pero creo que el señor Taisho gana mucho en cuanto se le trata.

––¡Vaya! ––exclamó Hanyou con una mirada que a Aome no le pasó inadvertida––. ¿En qué? ––pero, reprimiéndose, continuó en tono más jovial––¿En los modales¿Se ha dignado portarse más correctamente que de costumbre? Porque no puedo creer ––continuó en voz más baja y seria–– que haya mejorado en lo esencial.

––¡Oh, no! En lo esencial sigue siendo el de siempre.

Hanyou no sabía si alegrarse con sus palabras o desconfiar de su significado. Había un algo en el aire de Aome que le hizo escuchar con ansiosa atención y con recelo lo que la joven dijo a continuación:

––Al decir que gana con el trato, no quiero dar a entender que su modo de ser o sus maneras hayan mejorado, sino que al conocerle mejor, más fácilmente se comprende su actitud.

La alarma de Hanyou se delató entonces por su rubor y la agitación de su mirada; se quedó callado unos instantes hasta que logró vencer su embarazo y dirigiéndose de nuevo a Aome dijo en el tono más amable:

––Usted que conoce tan bien mi resentimiento contra el señor Taisho, comprenderá cuán sinceramente me he de alegrar de que sea lo bastante astuto para asumir al menos una corrección exterior. Con ese sistema su orgullo puede ser útil, si no a él; a muchos otros, pues le apartará del mal comportamiento del que yo fui víctima. Pero mucho me temo que esa especie de prudencia a que usted parece aludir la emplee únicamente en sus visitas a su tía, pues no le conviene conducirse mal en su presencia. Sé muy bien que siempre ha cuidado las apariencias delante de ella con el deseo de llevar a buen fin su boda con la señorita de Bourgh, en la que pone todo su empeño.

Aome no pudo reprimir una sonrisa al oír esto; pero no contestó más que con una ligera inclinación de cabeza. Advirtió que Hanyou iba a volver a hablar del antiguo tema de sus desgracias, y no estaba de humor para permitírselo. Durante el resto de la velada Hanyou fingió su acostumbrada alegría, pero ya no intentó cortejar a Aome. Al fin se separaron con mutua cortesía y también probablemente con el mutuo deseo de no volver a verse nunca.

Al terminar la tertulia, Kikyo se fue a Meryton con la señora Forster, de donde iban a partir temprano a la mañana siguiente. Su despedida de la familia fue más ruidosa que patética. Kagura fue la única que lloró, aunque de humillación y de envidia. La señora Higurashi le deseó a su hija que se divirtiera tanto como pudiese, consejo que la muchacha estaba dispuesta a seguir al pie de la letra. Y su alboroto al despedirse fue tan clamoroso, que ni siquiera oyó el gentil adiós de sus hermanas.

Si la opinión de Aome se derivase de lo que veía en su propia familia, no podría haber formado una idea muy agradable de la felicidad conyugal y del bienestar doméstico. Su padre, cautivado por la juventud y la belleza, y la aparente ilusión y alegría que ambas conllevan, se había casado con una mujer cuyo débil entendimiento y espíritu mezquino habían puesto fin a todo el afecto ya en los comienzos de su matrimonio. El respeto, la estima y la confianza se habían desvanecido para siempre; y todas las perspectivas de dicha del señor Higurashi dentro del hogar se habían venido abajo. Pero él no era de esos hombres que buscan consuelo por los efectos de su propia imprudencia en los placeres que a menudo confortan a los que han llegado a ser desdichados por sus locuras y sus vicios. Amaba el campo y los libros y ellos constituían la fuente de sus principales goces. A su mujer no le debía más que la risa que su ignorancia y su locura le proporcionaban de vez en cuando. Ésa no es la clase de felicidad que un hombre desearía deber a su esposa; pero a falta de... El buen filósofo sólo saca beneficio de donde lo hay.

Aome, no obstante, nunca había dejado de reconocer la inconveniencia de la conducta de su padre como marido. Siempre la había observado con pena, pero respetaba su talento y le agradecía su cariño, por lo que procuraba olvidar lo que no podía ignorar y apartar de sus pensamientos su continua infracción de los deberes conyugales y del decoro que, por el hecho de exponer a su esposa al desprecio de sus propias hijas, era tan sumamente reprochable. Pero nunca había sentido como entonces los males que puede causar a los hijos un matrimonio mal avenido, ni nunca se había dado cuenta tan claramente de los peligros que entraña la dirección errada del talento, talento que, bien empleado, aunque no hubiese bastado para aumentar la inteligencia de su mujer, habría podido, al menos, conservar la respetabilidad de las hijas.

Si bien es cierto que Aome se alegró de la ausencia de Hanyou, no puede decirse que le regocijara la partida del regimiento. Sus salidas eran menos frecuentes que antes, y las constantes quejas de su madre y su hermana por el aburrimiento en que habían caído entristecían la casa. Y aunque Kagura llegase a recobrar el sentido común perdido al haberse marchado los causantes de su perturbación, su otra hermana, de cuyo modo de ser podían esperar todas las calamidades, estaba en peligro de afirmar su locura y su descaro, pues hallándose al lado de una playa y un campamento, su situación era doblemente amenazadora. En resumidas cuentas, veía ahora lo que ya otras veces había comprobado, que un acontecimiento anhelado con impaciencia no podía, al realizarse, traerle toda la satisfacción que era de esperar. Era preciso, por lo tanto, abrir otro período para el comienzo de su felicidad, señalar otra meta para la consecución de sus deseos y de sus esperanzas, que alegrándola con otro placer anticipado, la consolase de lo presente y la preparase para otro desengaño. Su viaje a los Lagos se convirtió en el objeto de sus pensamientos más dichosos y constituyó su mejor refugio en las desagradables horas que el descontento de su madre y de Kagura hacían inevitables. Y si hubiese podido incluir a Sango en el plan, todo habría sido perfecto.

––«Es una suerte ––pensaba–– tener algo que desear. Si todo fuese completo, algo habría, sin falta, que me decepcionase. Pero ahora, llevándome esa fuente de añoranza que será la ausencia de Sango, puedo pensar razonablemente que todas mis expectativas de placer se verán colmadas. Un proyecto que en todas sus partes promete dichas, nunca sale bien; y no te puedes librar de algún contratiempo, si no tienes una pequeña contrariedad.»

Kikyo, al marcharse, prometió escribir muy a menudo y con todo detalle a su madre y a Kagura, pero sus cartas siempre se hacían esperar mucho y todas eran breves. Las dirigidas a su madre decían poco más que acababan de regresar de la sala de lectura donde las habían saludado tales y cuales oficiales, que el decorado de la sala era tan hermoso que le había quitado el sentido, que tenía un vestido nuevo o una nueva sombrilla que describiría más extensamente, pero que no podía porque la señora Forster la esperaba para ir juntas al campamento... Por la correspondencia dirigida a su hermana, menos se podía saber aún, pues sus cartas a Kagura, aunque largas, tenían muchas líneas subrayadas que no podían hacerse públicas.

Después de las dos o tres semanas de la ausencia de Kikyo, la salud y el buen humor empezaron a reinar en Longbourn. Todo presentaba mejor aspecto. Volvían las familias que habían pasado el invierno en la capital y resurgían las galas y las invitaciones del verano. La señora Higurashi se repuso de su estado quejumbroso y hacia mediados de junio Kagura estaba ya lo bastante consolada para poder entrar en Meryton sin lágrimas. Este hecho era tan prometedor, que Aome creyó que en las próximas Navidades Kagura sería ya tan razonable que no mencionaría a un oficial ni una sola vez al día, a no ser que por alguna cruel y maligna orden del ministerio de la Guerra se acuartelara en Meryton un nuevo regimiento.

La época fijada para la excursión al Norte ya se aproximaba; no faltaban más que dos semanas, cuando se recibió una carta de la señora Gardiner que aplazaba la fecha de la misma y, a la vez, abreviaba su duración. Los negocios del señor Gardiner le impedían partir hasta dos semanas después de comenzado julio, y tenía que estar de vuelta en Londres en un mes; y como esto reducía demasiado el tiempo para ir hasta tan lejos y para que viesen todas las cosas que habían proyectado, o para que pudieran verlas con el reposo y comodidad suficientes, no había más remedio que renunciar a los Lagos y pensar en otra excursión más limitada, en vista de lo cual no pasarían de Derbyshire. En aquella comarca había bastantes cosas dignas de verse como para llenar la mayor parte del tiempo de que disponían, y, además, la señora Gardiner sentía una atracción muy especial por Derbyshire. La ciudad donde había pasado varios años de su vida acaso resultaría para ella tan interesante como todas las célebres bellezas de Matlock, Chatsworth, Dovedale o el Peak.

Aome se sintió muy defraudada; le hacía mucha ilusión ir a los Lagos, y creía que habría habido tiempo de sobra para ello. Pero, de todas formas, debía estar satisfecha, seguramente lo pasarían bien, y no tardó mucho en conformarse.

Para Aome, el nombre de Derbyshire iba unido a muchas otras cosas. Le hacía pensar en Pemberley y en su dueño. «Pero ––se decía–– podré entrar en su condado impunemente y hurtarle algunas piedras sin que él se dé cuenta.»

La espera se le hizo entonces doblemente larga. Faltaban cuatro semanas para que llegasen sus tíos. Pero, al fin, pasaron y los señores Gardiner se presentaron en Longbourn con sus cuatro hijos. Los niños ––dos chiquillas de seis y ocho años de edad respectivamente, y dos varones más pequeños–– iban a quedar bajo el cuidado especial de su prima Sango, favorita de todos, cuyo dulce y tranquilo temperamento era ideal para instruirlos, jugar con ellos y quererlos.

Los Gardiner durmieron en Longbourn aquella noche y a la mañana siguiente partieron con Aome en busca de novedades y esparcimiento. Tenían un placer asegurado: eran los tres excelentes compañeros de viaje, lo que suponía salud y carácter a propósito para soportar incomodidades, alegría para aumentar toda clase de felicidad, y cariño e inteligencia para suplir cualquier contratiempo.

No vamos a describir aquí Derbyshire, ni ninguno de los notables lugares que atravesaron: Oxford, Blenheim, Warwick, Kenelworth, Birmingham y todos los demás, son sobradamente conocidos. No vamos a referirnos más que a una pequeña parte de Derbyshire. Hacia la pequeña ciudad de Lambton, escenario de la juventud de la señora Gardiner, donde últimamente había sabido que residían aún algunos conocidos, encaminaron sus pasos los viajeros, después de haber visto las principales maravillas de la comarca. Aome supo por su tía que Pemberley estaba a unas cinco millas de Lambton. No les cogía de paso, pero no tenían que desviarse más que una o dos millas para visitarlo. Al hablar de su ruta la tarde anterior, la señora Gardiner manifestó deseos de volver a ver Pemberley. El señor Gardiner no puso inconveniente y solicitó la aprobación de Aome.

––Querida ––le dijo su tía––¿no te gustaría ver un sitio del que tanto has oído hablar y que está relacionado con tantos conocidos tuyos? Ya sabes que Hanyou pasó allí toda su juventud.

Aome estaba angustiada. Sintió que nada tenía que hacer en Pemberley y se vio obligada a decir que no le interesaba. Tuvo que confesar que estaba cansada de las grandes casas, después de haber visto tantas; y que no encontraba ningún placer en ver primorosas alfombras y cortinas de raso.

La señora Gardiner censuró su tontería.

––Si sólo se tratase de una casa ricamente amueblada ––dijo–– tampoco me interesaría a mí; pero la finca es una maravilla. Contiene uno de los más bellos bosques del país.

Aome no habló más, pero ya no tuvo punto de reposo. Al instante pasó por su mente la posibilidad de encontrarse con Sesshomaru mientras visitaban Pemberley. ¡Sería horrible! Sólo de pensarlo se ruborizó, y creyó que valdría más hablar con claridad a su tía que exponerse a semejante riesgo. Pero esta decisión tenía sus inconvenientes, y resolvió que no la adoptaría más que en el caso de que sus indagaciones sobre la ausencia de la familia del propietario fuesen negativas.

En consecuencia, al irse a descansar aquella noche preguntó a la camarera si Pemberley era un sitio muy bonito, cuál era el nombre de su dueño y por fin, con no poca preocupación, si la familia estaba pasando el verano allí. La negativa que siguió a esta última pregunta fue la más bien recibida del mundo. Desaparecida ya su inquietud, sintió gran curiosidad hasta por la misma casa, y cuando a la mañana siguiente se volvió a proponer el plan y le consultaron, respondió al instante, con evidente aire de indiferencia, que no le disgustaba la idea.

Por lo tanto salieron para Pemberley.

Aome divisó los bosques de Pemberley con cierta turbación, y cuando por fin llegaron a la puerta, su corazón latía fuertemente.

La finca era enorme y comprendía gran variedad de tierras. Entraron por uno de los puntos más bajos y pasearon largamente a través de un hermoso bosque que se extendía sobre su amplia superficie.

La mente de Aome estaba demasiado ocupada para poder conversar; pero observaba y admiraba todos los parajes notables y todas las vistas. Durante media milla subieron una cuesta que les condujo a una loma considerable donde el bosque se interrumpía y desde donde vieron en seguida la casa de Pemberley, situada al otro lado del valle por el cual se deslizaba un camino algo abrupto. Era un edificio de piedra, amplio y hermoso, bien emplazado en un altozano que se destacaba delante de una cadena de elevadas colinas cubiertas de bosque, y tenía enfrente un arroyo bastante caudaloso que corría cada vez más potente, completamente natural y salvaje. Sus orillas no eran regulares ni estaban falsamente adornadas con obras de jardinería. Aome se quedó maravillada. Jamás había visto un lugar más favorecido por la naturaleza o donde la belleza natural estuviese menos deteriorada por el mal gusto. Todos estaban llenos de admiración, y Aome comprendió entonces lo que podría significar ser la señora de Pemberley.

Bajaron la colina, cruzaron un puente y siguieron hasta la puerta. Mientras examinaban el aspecto de la casa de cerca, Aome temió otra vez encontrarse con el dueño. ¿Y si la camarera se hubiese equivocado? Después de pedir permiso para ver la mansión, les introdujeron en el vestíbulo. Mientras esperaban al ama de llaves, Aome tuvo tiempo para maravillarse de encontrarse en semejante lugar.

El ama de llaves era una mujer de edad, de aspecto respetable, mucho menos estirada y mucho más cortés de lo que Aome había imaginado. Los llevó al comedor. Era una pieza de buenas proporciones y elegantemente amueblada. Aome la miró ligeramente y se dirigió a una de las ventanas para contemplar la vista. La colina coronada de bosque por la que habían descendido, a distancia resultaba más abrupta y más hermosa. Toda la disposición del terreno era buena; miró con delicia aquel paisaje: el arroyo, los árboles de las orillas y la curva del valle hasta donde alcanzaba la vista. Al pasar a otras habitaciones, el paisaje aparecía en ángulos distintos, pero desde todas las ventanas se divisaban panoramas magníficos. Las piezas eran altas y bellas, y su mobiliario estaba en armonía con la fortuna de su propietario. Aome notó, admirando el gusto de éste, que no había nada llamativo ni cursi y que había allí menos pompa pero más elegancia que en Rosings.

«¡Y pensar ––se decía–– que habría podido ser dueña de todo esto¡Estas habitaciones podrían ahora ser las mías¡En lugar de visitarlas como una forastera, podría disfrutarlas y recibir en ellas la visita de mis tíos! Pero no ––repuso recobrándose––, no habría sido posible, hubiese tenido que renunciar a mis tíos; no se me hubiese permitido invitarlos.»

Esto la reanimó y la salvó de algo parecido al arrepentimiento.

Quería averiguar por el ama de llaves si su amo estaba de veras ausente, pero le faltaba valor. Por fin fue su tío el que hizo la pregunta y Aome se volvió asustada cuando la señora Kaede dijo que sí, añadiendo:

––Pero le esperamos mañana. Va a venir con muchos amigos.

Aome se alegró de que su viaje no se hubiese aplazado un día por cualquier circunstancia.

Su tía la llamó para que viese un cuadro. Aome se acercó y vio un retrato de Hanyou encima de la repisa de la chimenea entre otras miniaturas. Su tía le preguntó sonriente qué le parecía. El ama de llaves vino a decirles que aquel era una joven hijo del último administrador de su señor, educado por éste a expensas suyas.

––Ahora ha entrado en el ejército ––––añadió–– y creo que es un bala perdida.

La señora Gardiner miró a su sobrina con una sonrisa, pero Aome se quedó muy seria.

––Y éste ––dijo la señora Kaede indicando otra de las miniaturas–– es mi amo, y está muy parecido. Lo pintaron al mismo tiempo que el otro, hará unos ocho años.

––He oído hablar mucho de la distinción de su amo ––replicó la señora Gardiner contemplando el retrato––, es guapo. Aome, dime si está o no parecido.

El respeto de la señora Kaede hacia Aome pareció aumentar al ver que conocía a su señor ––¿Conoce la señorita al señor Taisho?

Aome se sonrojó y respondió:

––Un poco.

––¿Y no cree la señorita que es un caballero muy apuesto?

––Sí, muy guapo.

––Juraría que es el más guapo que he visto; pero en la galería del piso de arriba verán ustedes un retrato suyo mejor y más grande. Este cuarto era el favorito de mi anterior señor, y estas miniaturas están tal y como estaban en vida suya. Le gustaban mucho.

Aome se explicó entonces porque estaba entre ellas la de Hanyou.

La señora Kaede les enseñó entonces un retrato de la señorita Taisho, pintado cuando sólo tenía ocho años.

––¿Y la señorita Taisho es tan guapa como su hermano?

––¡Oh, sí¡Es la joven más bella que se haya visto jamás¡Y tan aplicada! Toca y canta todo el día. En la siguiente habitación hay un piano nuevo que le acaban de traer, regalo de mi señor. Ella también llegará mañana con él.

El señor Gardiner, con amabilidad y destreza, le tiraba de la lengua, y la señora Kaede, por orgullo y por afecto, se complacía evidentemente en hablar de su señor y de la hermana.

––¿Viene su señor muy a menudo a Pemberley a lo largo del año?

––No tanto como yo querría, señor; pero diría que pasa aquí la mitad del tiempo; la señorita Taisho siempre está aquí durante los meses de verano. «Excepto ––pensó Aome–– cuando va a Ramsgate.»

––Si su amo se casara, lo vería usted más.

––Sí, señor; pero no sé cuando será. No sé si habrá alguien que lo merezca.

Los señores Gardiner se sonrieron. Aome no pudo menos que decir:

––Si así lo cree, eso dice mucho en favor del señor Taisho.

––No digo más que la verdad y lo que diría cualquiera que le conozca ––replicó la señora Kaede. Aome creyó que la cosa estaba yendo demasiado lejos, y escuchó con creciente asombro lo que continuó diciendo el ama de llaves.

––Nunca en la vida tuvo una palabra de enojo conmigo. Y le conozco desde que tenía cuatro años. Era un elogio más importante que todos los otros y más opuesto a lo que Aome pensaba de Taisho. Siempre creyó firmemente que era hombre de mal carácter. Con viva curiosidad esperaba seguir oyendo lo que decía el ama, cuando su tío observó:

––Pocas personas hay de quienes se pueda decir eso. Es una suerte para usted tener un señor así.

––Sí, señor; es una suerte. Aunque diese la vuelta al mundo, no encontraría otro mejor. Siempre me he fijado en que los que son bondadosos de pequeños, siguen siéndolo de mayores. Y el señor Taisho era el niño más dulce y generoso de la tierra.

Aome se quedó mirando fijamente a la anciana: «¿Puede ser ése Taisho?», pensó.

––Creo que su padre era una excelente persona ––agregó la señora Gardiner.

––Sí, señora; sí que lo era, y su hijo es exactamente como él, igual de bueno con los pobres.

Aome oía, se admiraba, dudaba y deseaba saber más. La señora Kaede no lograba llamar su atención con ninguna otra cosa. Era inútil que le explicase el tema de los cuadros, las dimensiones de las piezas y el valor del mobiliario. El señor Gardiner, muy divertido ante lo que él suponía prejuicio de familia y que inspiraba los rendidos elogios de la anciana a su señor, no tardó en insistir en sus preguntas, y mientras subían la gran escalera, la señora Kaede siguió ensalzando los muchos méritos de Taisho.

––Es el mejor señor y el mejor amo que pueda haber; no se parece a los atolondrados jóvenes de hoy en día que no piensen más que en sí mismos. No hay uno solo de sus colonos y criados que no le alabe. Algunos dicen que es orgulloso, pero yo nunca se lo he notado. Me figuro que lo encuentran orgulloso porque no es bullanguero como los demás.

«En qué buen lugar lo sitúa todo esto», pensó Aome.

––Tan delicado elogio ––cuchicheó su tía mientras seguían visitando la casa–– no se aviene con lo que hizo a nuestro pobre amigo.

––Tal vez estemos equivocados.

––No es probable; lo sabemos de muy buena tinta. En el amplio corredor de arriba se les mostró un lindo aposento recientemente adornado con mayor elegancia y tono más claro que los departamentos inferiores, y se les dijo que todo aquello se había hecho para complacer a la señorita Taisho, que se había aficionado a aquella habitación la última vez que estuvo en Pemberley.

––Es realmente un buen hermano ––dijo Aome dirigiéndose a una de las ventanas.

La señora Kaede dijo que la señorita Taisho se quedaría encantada cuando viese aquella habitación.

––Y es siempre así ––añadió––, se desvive por complacer a su hermana. No hay nada que no hiciera por ella.

Ya no quedaban por ver más que la galería de pinturas y dos o tres de los principales dormitorios. En la primera había varios cuadros buenos, pero Aome no entendía nada de arte, y entre los objetos de esa naturaleza que ya había visto abajo, no miró más que unos cuantos dibujos en pastel de la señorita Taisho de tema más interesante y más inteligible para ella.

En la galería había también varios retratos de familia, pero no era fácil que atrajesen la atención de un extraño. Aome los recorrió buscando el único retrato cuyas facciones podía reconocer. Al llegar a él se detuvo, notando su sorprendente exactitud. El rostro de Taisho tenía aquella misma sonrisa que Aome le había visto cuando la miraba. Permaneció varios minutos ante el cuadro, en la más atenta contemplación, y aun volvió a mirarlo antes de abandonar la galería. La señora Kaede le comunicó que había sido hecho en vida del padre de Taisho.

Aome sentía en aquellos momentos mucha mayor inclinación por el original de la que había sentido en el auge de sus relaciones. Las alabanzas de la señora Kaede no eran ninguna nimiedad. ¿Qué elogio puede ser más valioso que el de un criado inteligente¡Cuánta gente tenía puesta su felicidad en las manos de Taisho en calidad de hermano, de propietario y de señor¡Cuánto placer y cuánto dolor podía otorgar¡Cuánto mal y cuánto bien podía hacer! Todo lo dicho por el ama de llaves le enaltecía. Al estar ante el lienzo en el que él estaba retratado, le pareció a Aome que sus ojos la miraban, y pensó en su estima hacia ella con una gratitud mucho más profunda de la que antes había sentido; Aome recordó la fuerza y el calor de sus palabras y mitigó su falta de decoro.

Ya habían visto todo lo que mostraba al público de la casa; bajaron y se despidieron del ama de llaves, quien les confió a un jardinero que esperaba en la puerta del vestíbulo.

Cuando atravesaban la pradera camino del arroyo, Aome se volvió para contemplar de nuevo la casa. Sus tíos se detuvieron también, y mientras el señor Gardiner se hacía conjeturas sobre la época del edificio, el dueño de éste salió de repente de detrás de la casa por el sendero que conducía a las caballerizas.

Estaban a menos de veinte yardas, y su aparición fue tan súbita que resultó imposible evitar que los viera. Los ojos de Aome y Taisho se encontraron al instante y sus rostros se cubrieron de intenso rubor. Él paró en seco y durante un momento se quedó inmóvil de sorpresa; se recobró en seguida y, adelantándose hacia los visitantes, habló a Aome, si no en términos de perfecta compostura, al menos con absoluta cortesía.

Ella se había vuelto instintivamente, pero al acercarse él se detuvo y recibió sus cumplidos con embarazo. Si el aspecto de Taisho a primera vista o su parecido con los retratos que acababan de contemplar hubiesen sido insuficientes para revelar a los señores Gardiner que tenían al propio Taisho ante ellos, el asombro del jardinero al encontrarse con su señor no les habría dejado lugar a dudas. Aguardaron a cierta distancia mientras su sobrina hablaba con él. Aome, atónita y confusa, apenas se atrevía a alzar los ojos hacia Taisho y no sabía qué contestar a las preguntas que él hacía sobre su familia. Sorprendida por el cambio de modales desde que se habían separado por última vez, cada frase que decía aumentaba su cohibición, y como entre tanto pensaba en lo impropio de haberse encontrado allí, los pocos momentos que estuvieron juntos fueron los más intranquilos de su existencia. Taisho tampoco parecía más dueño de sí que ella; su acento no tenía nada de la calma que le era habitual, y seguía preguntándole cuándo había salido de Longbourn y cuánto tiempo llevaba en Derbyshire, con tanto desorden, y tan apresurado, que a las claras se veía la agitación de sus pensamientos.

Por fin pareció que ya no sabía qué decir; permaneció unos instantes sin pronunciar palabra, se reportó de pronto y se despidió.

Los señores Gardiner se reunieron con Aome y elogiaron la buena presencia de Taisho; pero ella no oía nada; embebida en sus pensamientos, los siguió en silencio. Se hallaba dominaba por la vergüenza y la contrariedad. ¿Cómo se le había ocurrido ir allí¡Había sido la decisión más desafortunada y disparatada del mundo¡Qué extraño tenía que parecerle a Taisho¡Cómo había de interpretar aquello un hombre ––tan vanidoso! Su visita a Pemberley parecería hecha adrede para ir en su busca. ¿Por qué habría ido¿Y él, por qué habría venido un día antes? Si ellos mismos hubiesen llegado a Pemberley sólo diez minutos más temprano, no habrían coincidido, pues era evidente que Taisho acababa de llegar, que en aquel instante bajaba del caballo o del coche. Aome no dejaba de avergonzarse de su desdichado encuentro. Y el comportamiento de Taisho, tan notablemente cambiado¿qué podía significar? Era sorprendente que le hubiese dirigido la palabra, pero aún más que lo hiciese con tanta finura y que le preguntase por su familia. Nunca había visto tal sencillez en sus modales ni nunca le había oído expresarse con tanta gentileza. ¡Qué contraste con la última vez que la abordó en la finca de Rosings para poner en sus manos la carta! Aome no sabía qué pensar ni cómo juzgar todo esto.

Entretanto, habían entrado en un hermoso paseo paralelo al arroyo, y a cada paso aparecía ante ellos un declive del terreno más bello o una vista más impresionante de los bosques a los que se aproximaban. Pero pasó un tiempo hasta que Aome se diese cuenta de todo aquello, y aunque respondía mecánicamente a las repetidas preguntas de sus tíos y parecía dirigir la mirada a los objetos que le señalaban, no distinguía ninguna parte del paisaje. Sus pensamientos no podían apartarse del sitio de la mansión de Pemberley, cualquiera que fuese, en donde Taisho debía de encontrarse. Anhelaba saber lo que en aquel momento pasaba por su mente, qué pensaría de ella y si todavía la querría. Puede que su cortesía obedeciera únicamente a que ya la había olvidado; pero había algo en su voz que denotaba inquietud. No podía adivinar si Taisho sintió placer o pesar al verla; pero lo cierto es que parecía desconcertado.

Las observaciones de sus acompañantes sobre su falta de atención, la despertaron y le hicieron comprender que debía aparentar serenidad.

Penetraron en el bosque y alejándose del arroyo por un rato, subieron a uno de los puntos más elevados, desde el cual, por los claros de los árboles, podía extenderse la vista y apreciar magníficos panoramas del valle y de las colinas opuestas cubiertas de arboleda, y se divisaban también partes del arroyo. El señor Gardiner hubiese querido dar la vuelta a toda la finca, pero temía que el paseo resultase demasiado largo. Con sonrisa triunfal les dijo el jardinero que la finca tenía diez millas de longitud, por lo que decidieron no dar la vuelta planeada, y se dirigieron de nuevo a una bajada con árboles inclinados sobre el agua en uno de los puntos más estrechos del arroyo. Lo cruzaron por un puente sencillo en armonía con el aspecto general del paisaje. Aquel paraje era el menos adornado con artificios de todos los que habían visto. El valle, convertido aquí en cañada, sólo dejaba espacio para el arroyo y para un estrecho paseo en medio del rústico soto que lo bordeaba. Aome quería explorar sus revueltas, pero en cuanto pasaron el puente y pudieron apreciar lo lejos que estaban de la casa, la señora Gardiner, que no era amiga de caminar, no quiso seguir adelante y sólo pensó en volver al coche lo antes posible. Su sobrina se vio obligada a ceder y emprendieron el regreso hacia la casa por el lado opuesto al arroyo y por el camino más corto. Pero andaban muy despacio porque el señor Gardiner era aficionado a la pesca, aunque pocas veces podía dedicarse a ella, y se distraía cada poco acechando la aparición de alguna trucha y comentándolo con el jardinero. Mientras seguían su lenta marcha, fueron sorprendidos de nuevo; y esta vez el asombro de Aome fue tan grande como la anterior al ver a Taisho encaminándose hacia ellos y a corta distancia. Como el camino no quedaba tan oculto como el del otro lado, se vieron desde lejos. Por lo tanto, Aome estaba más prevenida y resolvió demostrar tranquilidad en su aspecto y en sus palabras si realmente Taisho tenía intención de abordarles. Hubo un momento en que creyó firmemente que Taisho iba a tomar otro sendero, y su convicción duró mientras un recodo del camino le ocultaba, pero pasado el recodo, Taisho apareció ante ellos. A la primera mirada notó que seguía tan cortés como hacía un momento, y para imitar su buena educación comenzó a admirar la belleza del lugar; pero no acababa de decir «delicioso» y «encantador», cuando pensó que el elogiar Pemberley podría ser mal interpretado. Cambió de color y no dijo más.

La señora Gardiner venía un poco más atrás y Taisho aprovechó el silencio de Aome para que le hiciese el honor de presentarle a sus amigos. Aome no estaba preparada para este rasgo de cortesía, y no pudo evitar una sonrisa al ver que pretendía conocer a una de aquellas personas contra las que su orgullo se había rebelado al declarársele. «¿Cuál será su sorpresa ––pensó–– cuando sepa quiénes son? Se figura que son gente de alcurnia.»

Hizo la presentación al punto y, al mencionar el parentesco, miró rápidamente a Taisho para ver el efecto que le hacía y esperó que huiría a toda prisa de semejante compañía. Fue evidente que Taisho se quedó sorprendido, pero se sobrepuso y en lugar de seguir su camino retrocedió con todos ellos y se puso a conversar con el señor Gardiner. Aome no pudo menos que sentirse satisfecha y triunfante. Era consolador que Taisho supiera que tenía parientes de los que no había por qué avergonzarse. Escuchó atentamente lo que decían y se ufanó de las frases y observaciones de su tío que demostraban su inteligencia, su buen gusto y sus excelentes modales.

La conversación recayó pronto sobre la pesca, y Aome oyó que Taisho invitaba a su tío a ir a pescar allí siempre que quisiera mientras estuviesen en la ciudad vecina, ofreciéndose incluso a procurarle aparejos y señalándole los puntos del río más indicados para pescar. La señora Gardiner, que paseaba del brazo de Aome, la miraba con expresión de incredulidad. Aome no dijo nada, pero estaba sumamente complacida; las atenciones de Taisho debían dirigirse a ella seguramente. Su asombro, sin embargo, era extraordinario y no podía dejar de repetirse: «¿Por qué estará tan cambiado? No puede ser por mí, no puede ser por mi causa que sus modales se hayan suavizado tanto. Mis reproches en Hunsford no pueden haber efectuado una transformación semejante. Es imposible que aún me ame.»

Después de andar un tiempo de esta forma, las dos señoras delante y los dos caballeros detrás, al volver a emprender el camino, después de un descenso al borde del río para ver mejor una curiosa planta acuática, hubo un cambio de parejas. Lo originó la señora Gardiner, que fatigada por el trajín del día, encontraba el brazo de Aome demasiado débil para sostenerla y prefirió, por lo tanto, el de su marido. Taisho entonces se puso al lado de la sobrina y siguieron así su paseo. Después de un corto silencio, Aome tomó la palabra. Quería hacerle saber que antes de ir a Pemberley se había cerciorado de que él no estaba y que su llegada les era totalmente inesperada.

––Su ama de llaves ––añadió–– nos informó que no llegaría usted hasta mañana; y aun antes de salir de Bakewell nos dijeron que tardaría usted en volver a Derbyshire.

Taisho reconoció que así era, pero unos asuntos que tenía que resolver con su administrador le habían obligado a adelantarse a sus acompañantes.

––Mañana temprano ––continuó–– se reunirán todos conmigo. Entre ellos hay conocidos suyos que desearán verla; el señor Takeda y sus hermanas.

Aome no hizo más que una ligera inclinación de cabeza. Se acordó al instante de la última vez que el nombre de Takeda había sido mencionado entre ellos, y a juzgar por la expresión de Taisho, él debía estar pensando en lo mismo.

––Con sus amigos viene también una persona que tiene especial deseo de conocerla a usted ––prosiguió al cabo de una pausa––. ¿Me permitirá, o es pedirle demasiado, que le presente a mi hermana mientras están ustedes en Lambton?

Aome se quedó boquiabierta. No alcanzaba a imaginar cómo podía pretender aquello la señorita Taisho; pero en seguida comprendió que el deseo de ésta era obra de su hermano, y sin sacar más conclusiones, le pareció muy halagador. Era grato saber que Taisho no le guardaba rencor.

Siguieron andando en silencio, profundamente abstraídos los dos en sus pensamientos. Aome no podía estar tranquila, pero se sentía adulada y complacida. La intención de Taisho de presentarle a su hermana era una gentileza excepcional. Pronto dejaron atrás a los otros y, cuando llegaron al coche, los señores Gardiner estaban a medio cuarto de milla de ellos.

Taisho la invitó entonces a pasar a la casa, pero Aome declaró que no estaba cansada y esperaron juntos en el césped. En aquel rato podían haber hablado de muchas cosas, el silencio resultaba violento. Ella quería hablar pero tenía la mente en blanco y todos los temas que se le ocurrían parecían estar prohibidos. Al fin recordó su viaje, y habló de Matlock y Dove Dale con gran perseverancia. El tiempo pasaba, su tía andaba muy despacio y la paciencia y las ideas de Aome se agotaban antes de que acabara el tete––à––tete. Cuando llegaron los señores Gardiner, Taisho les invitó a todos a entrar en la casa y tomar un refrigerio; pero ellos se excusaron y se separaron con la mayor cortesía. Taisho les acompañó hasta el coche y cuando éste echó a andar, Aome le vio encaminarse despacio hacia la casa.

Entonces empezaron los comentarios de los tíos; ambos declararon que Taisho era superior a cuanto podía imaginarse.

––Su educación es perfecta y su elegancia y sencillez admirables ––dijo su tío.

––Hay en él un poco de altivez ––añadió la tía pero sólo en su porte, y no le sienta mal. Puedo decir, como el ama de llaves, que aunque se le tache de orgulloso, no se le nota nada.

––Su actitud con nosotros me ha dejado atónito. Ha estado más que cortés, ha estado francamente atento y nada le obligaba a ello. Su amistad con Aome era muy superficial.

––Claro que no es tan guapo como Hanyou ––repuso la tía––; o, mejor dicho, que no es tan bien plantado, pero sus facciones son perfectas. ¿Cómo pudiste decirnos que era tan desagradable, Aome?

Aome se disculpó como pudo; dijo que al verse en Kent le había agradado más que antes y que nunca le había encontrado tan complaciente como aquella mañana.

––Puede que sea un poco caprichoso en su cortesía ––replicó el tío––; esos señores tan encopetados suelen ser así. Por eso no le tomaré la palabra en lo referente a la pesca, no vaya a ser que otro día cambie de parecer y me eche de la finca.

Aome se dio cuenta de que estaban completamente equivocados sobre su carácter, pero no dijo nada.

––Después de haberle visto ahora, nunca habría creído que pudiese portarse tan mal como lo hizo con Hanyou ––continuó la señora Gardiner––, no parece un desalmado. Al contrario, tiene un gesto muy agradable al hablar. Y hay también una dignidad en su rostro que a nadie podría hacer pensar que no tiene buen corazón. Pero, a decir verdad, la buena mujer que nos enseñó la casa exageraba un poco su carácter. Hubo veces que casi se me escapaba la risa. Lo que pasa es que debe ser un amo muy generoso y eso, a los ojos de un criado, equivale a todas las virtudes.

Al oír esto, Aome creyó que debía decir algo en defensa del proceder de Taisho con Hanyou. Con todo el cuidado que le fue posible, trató de insinuarles que, por lo que había oído decir a sus parientes de Kent, sus actos podían interpretarse de muy distinto modo, y que ni su carácter era tan malo ni el de Hanyou tan bueno como en Hertfordshire se había creído. Para confirmar lo dicho les refirió los detalles de todas las transacciones pecuniarias que habían mediado entre ellos, sin mencionar cómo lo había sabido, pero afirmando que era rigurosamente cierto.

A la señora Gardiner le sorprendió y sintió curiosidad por el tema, pero como en aquel momento se acercaban al escenario de sus antiguos placeres, cedió al encanto de sus recuerdos y ya no hizo más que señalar a su marido todos los lugares interesantes y sus alrededores. A pesar de lo fatigada que estaba por el paseo de la mañana, en cuanto cenaron salieron en busca de antiguos conocidos, y la velada transcurrió con la satisfacción de las relaciones reanudadas después de muchos años de interrupción.

Los acontecimientos de aquel día habían sido demasiado arrebatadores para que Aome pudiese prestar mucha atención a ninguno de aquellos nuevos amigos, y no podía más que pensar con admiración en las amabilidades de Taisho, y sobre todo en su deseo de que conociera a su hermana.