Hola pues les traigo un capítulo más de esta historia espero que les agrade, y tambien la acostumbrada declaración en la que hago patente y repito que esta historia y algunos de los personajes en ella no son mìos, sino es un mix de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen con Inuyasha de Rumiko Takahashi, espero la sigan disfrutando, y les aviso que ya està próximo el desenlace. Nos estamos leyendo adios.
CAPITULO 15
Aome había calculado que Taisho llevaría a su hermana a visitarla al día siguiente de su llegada a Pemberley, y en consecuencia, resolvió no perder de vista la fonda en toda aquella mañana. Pero se equivocó, pues recibió la visita el mismo día que llegaron. Los Gardiner y Aome habían estado paseando por el pueblo con algunos de los nuevos amigos, y regresaban en aquel momento a la fonda para vestirse e ir a comer con ellos, cuando el ruido de un carruaje les hizo asomarse a la ventana y vieron a un caballero y a una señorita en un cabriolé que subía por la calle. Aome reconoció al instante la casaca de los lacayos, adivinó lo que aquello significaba y dejó a sus tíos atónitos al comunicarles el honor que les esperaba. Estaban asustados; aquella visita, lo desconcertada que estaba Aome y las circunstancias del día anterior les hicieron formar una nueva idea del asunto. No había habido nada que lo sugiriese anteriormente, pero ahora se daban cuenta que no había otro modo de explicar las atenciones de Taisho más que suponiéndole interesado por su sobrina. Mientras ellos pensaban en todo esto, la turbación de Aome aumentaba por momentos. Le alarmaba su propio desconcierto, y entre las otras causas de su desasosiego figuraba la idea de que Taisho, en su entusiasmo, le hubiese hablado de ella a su hermana con demasiado elogio. Deseaba agradar más que nunca, pero sospechaba que no iba a poder conseguirlo.
Se retiró de la ventana por temor a que la viesen, y, mientras paseaba de un lado a otro de la habitación, las miradas interrogantes de sus tíos la ponían aún más nerviosa.
Por fin aparecieron la señorita Taisho y su hermano y la gran presentación tuvo lugar. Aome notó con asombro que su nueva conocida estaba, al menos, tan turbada como ella. Desde que llegó a Lambton había oído decir que la señorita Taisho era extremadamente orgullosa pero, después de haberla observado unos minutos, se convenció de que sólo era extremadamente tímida. Difícilmente consiguió arrancarle una palabra, a no ser unos cuantos monosílabos.
La señorita Taisho era más alta que Aome y, aunque no tenía más que dieciséis años, su cuerpo estaba ya formado y su aspecto era muy femenino y grácil. No era tan guapa como su hermano, pero su rostro revelaba inteligencia y buen carácter, y sus modales eran sencillísimos y gentiles. Aome, que había temido que fuese una observadora tan aguda y desenvuelta como Taisho, experimentó un gran alivio al ver lo distinta que era.
Poco rato llevaban de conversación, cuando Taisho le dijo a Aome que Takeda vendría también a visitarla, y apenas había tenido tiempo la joven de expresar su satisfacción y prepararse para recibirle cuando oyeron los precipitados pasos de Takeda en la escalera, y en seguida entró en la habitación. Toda la indignación de Aome contra él había desaparecido desde hacía tiempo, pero si todavía le hubiese quedado algún rencor, no habría podido resistirse a la franca cordialidad que Takeda le demostró al verla de nuevo. Le preguntó por su familia de manera cariñosa, aunque en general, y se comportó y habló con su acostumbrado buen humor.
Los señores Gardiner acogieron a Takeda con el mismo interés que Aome. Hacía tiempo que tenían ganas de conocerle. A decir verdad, todos los presentes les inspiraban la más viva curiosidad. Las sospechas que acababan de concebir sobre Taisho y su sobrina les llevaron a concentrar su atención en ellos examinándolos detenidamente, aunque con disimulo, y muy pronto se dieron cuenta de que al menos uno de ellos estaba muy enamorado. Los sentimientos de Aome eran algo dudosos, pero era evidente que Taisho rebosaba admiración a todas luces.
Aome, por su parte, tenía mucho que hacer. Debía adivinar los sentimientos de cada uno de sus visitantes y al mismo tiempo tenía que contener los suyos y hacerse agradable a todos. Bien es verdad que lo último, que era lo que más miedo le daba, era lo que con más seguridad podía conseguir, pues los interesados estaban ya muy predispuestos en su favor. Takeda estaba listo, Lin lo deseaba y Taisho estaba completamente decidido.
Al ver a Takeda, los pensamientos de Aome volaron, como es natural, hacia su hermana, y se dedicó afanosamente a observar si alguno de los pensamientos de aquél iban en la misma dirección. Se hacía ilusiones pensando que hablaba menos que en otras ocasiones, y una o dos veces se complació en la idea de que, al mirarla, Takeda trataba de buscar un parecido. Pero, aunque todo eso no fuesen más que fantasías suyas, no podía equivocarse en cuanto a su conducta con la señorita Taisho, de la que le habían hablado como presunta rival de Sango. No notó ni una mirada por parte del uno ni por parte del otro que pudiese justificar las esperanzas de la hermana de Takeda. En lo referente a este tema se quedó plenamente satisfecha. Antes de que se fueran, todavía notó por dos o tres pequeños detalles que Takeda se acordaba de Sango con ternura y parecía que quería decir algo más y que no se atrevía. En un momento en que los demás conversaban, lo dijo en un tono pesaroso:
––¡Cuánto tiempo hacía que no tenía el gusto de verla!
Y, antes de que Aome tuviese tiempo de responder, añadió:
––Hace cerca de ocho meses. No nos habíamos visto desde el veintiséis de noviembre cuando bailamos todos juntos en Netherfield.
Aome se alegró de ver que no le fallaba la memoria. Después, aprovechando que los demás estaban distraídos, le preguntó si todas sus hermanas estaban en Longbourn. Ni la pregunta ni el recuerdo anterior eran importantes, pero la mirada y el gesto de Takeda fueron muy significativos.
Aome no miraba muy a menudo a Taisho; pero cuando lo hacía, veía en él una expresión de complacencia y en lo que decía percibía un acento que borraba todo desdén o altanería hacia sus acompañantes, y la convencía de que la mejoría de su carácter de la que había sido testigo el día anterior, aunque fuese pasajera, había durado, al menos, hasta la fecha. Al verle intentando ser sociable, procurando la buena opinión de los allí presentes, con los que tener algún trato hacía unos meses habría significado para él una deshonra; al verle tan cortés, no sólo con ella, sino con los mismísimos parientes que había despreciado, y recordaba la violenta escena en la casa parroquial de Hunsford, la diferencia, el cambio era tan grande, que a duras penas pudo impedir que su asombro se hiciera visible. Nunca, ni en compañía de sus queridos amigos en Netherfield, ni en la de sus encopetadas parientes de Rosings, le había hallado tan ansioso de agradar, tan ajeno a darse importancia ni a mostrarse reservado, como ahora en que ninguna vanidad podía obtener con el éxito de su empeño, y en que el trato con aquellos a quienes colmaba de atenciones habría sido censurado y ridiculizado por las señoras de Netherfield y de Rosings.
La visita duró una media hora, y cuando se levantaron para despedirse, Taisho pidió a su hermana que apoyase la invitación a los Gardiner y a la señorita Higurashi, para que fuesen a cenar en Pemberley antes de irse de la comarca. La señorita Taisho, aunque con una timidez que descubría su poca costumbre de hacer invitaciones, obedeció al punto. La señora Gardiner miró a su sobrina para ver cómo ésta, a quien iba dirigida la invitación, la acogería; pero Aome había vuelto la cabeza. Presumió, sin embargo, que su estudiada evasiva significaba más bien un momentáneo desconcierto que disgusto por la proposición, y viendo a su marido, que era muy aficionado a la vida social, deseoso de acceder, se arriesgó a aceptar en nombre de los tres; y la fecha se fijó para dos días después.
Takeda se manifestó encantado de saber que iba a volver a ver a Aome, pues tenía que decirle aún muchas cosas y hacerle muchas preguntas acerca de todos los amigos de Hertfordshire. Aome creyó entender que deseaba oírle hablar de su hermana y se quedó muy complacida. Este y algunos otros detalles de la visita la dejaron dispuesta, en cuanto se hubieron ido sus amigos, a recordarla con agrado, aunque durante la misma se hubiese sentido un poco incómoda. Con el ansia de estar sola y temerosa de las preguntas o suposiciones de sus tíos, estuvo con ellos el tiempo suficiente para oír sus comentarios favorables acerca de Takeda, y se apresuró a vestirse.
Pero estaba muy equivocada al temer la curiosidad de los señores Gardiner, que no tenían la menor intención de hacerle hablar. Era evidente que sus relaciones con Taisho eran mucho más serias de lo que ellos habían creído, y estaba más claro que el agua que él estaba enamoradísimo de ella. Habían visto muchas cosas que les interesaban, pero no justificaban su indagación.
Lo importante ahora era que Taisho fuese un buen muchacho. Por lo que ellos podían haber apreciado, no tenía peros. Sus amabilidades les habían conmovido, y si hubiesen tenido que describir su carácter según su propia opinión y según los informes de su sirvienta, prescindiendo de cualquier otra referencia, lo habrían hecho de tal modo que el círculo de Hertfordshire que le conocía no lo habría reconocido. Deseaban ahora dar crédito al ama de llaves y pronto convinieron en que el testimonio de una criada que le conocía desde los cuatro años y que parecía tan respetable, no podía ser puesto en tela de juicio. Por otra parte, en lo que decían sus amigos de Lambton no había nada capaz de aminorar el peso de aquel testimonio. No le acusaban más que de orgullo; orgulloso puede que sí lo fuera, pero, aunque no lo hubiera sido, los habitantes de aquella pequeña ciudad comercial, donde nunca iba la familia de Pemberley, del mismo modo le habrían atribuido el calificativo. Pero decían que era muy generoso y que hacía mucho bien entre los pobres.
En cuanto a Hanyou, los viajeros vieron pronto que no se le tenía allí en mucha estima; no se sabía lo principal de sus relaciones con el hijo de su señor, pero en cambio era notorio el hecho de que al salir de Derbyshire había dejado una multitud de deudas que Taisho había pagado.
Aome pensó aquella noche en Pemberley más aún que la anterior. Le pareció larguísima, pero no lo bastante para determinar sus sentimientos hacia uno de los habitantes de la mansión. Después de acostarse estuvo despierta durante dos horas intentando descifrarlos. No le odiaba, eso no; el odio se había desvanecido hacía mucho, y durante casi todo ese tiempo se había avergonzado de haber sentido contra aquella persona un desagrado que pudiera recibir ese nombre. El respeto debido a sus valiosas cualidades, aunque admitido al principio contra su voluntad, había contribuido a que cesara la hostilidad de sus sentimientos y éstos habían evolucionado hasta convertirse en afectuosos ante el importante testimonio en su favor que había oído y ante la buena disposición que él mismo ––había mostrado el día anterior. Pero por encima de todo eso, por encima del respeto y la estima, sentía Aome otro impulso de benevolencia hacia Taisho que no podía pasarse por alto. Era gratitud; gratitud no sólo por haberla amado, sino por amarla todavía lo bastante para olvidar toda la petulancia y mordacidad de su rechazo y todas las injustas acusaciones que lo acompañaron. Él, que debía considerarla ––así lo suponía Aome–– como a su mayor enemiga, al encontrarla casualmente parecía deseoso de conservar su amistad, y sin ninguna demostración de indelicadeza ni afectación en su trato, en un asunto que sólo a los dos interesaba, solicitaba la buena opinión de sus amigos y se decidía a presentarle a su hermana. Semejante cambio en un hombre tan orgulloso no sólo tenía que inspirar asombro, sino también gratitud, pues había que atribuirlo al amor, a un amor apasionado. Pero, aunque esta impresión era alentadora y muy contraria al desagrado, no podía definirla con exactitud. Le respetaba, le estimaba, le estaba agradecida, y deseaba vivamente que fuese feliz. No necesitaba más que saber hasta qué punto deseaba que aquella felicidad dependiera de ella, y hasta qué punto redundaría en la felicidad de ambos que emplease el poder que imaginaba poseer aún de inducirle a renovar su proposición.
Por la tarde la tía y la sobrina acordaron que una atención tan extraordinaria como la de la visita de la señorita Taisho el mismo día de su llegada a Pemberley ––donde había llegado poco después del desayuno debía ser correspondida, si no con algo equivalente, por lo menos con alguna cortesía especial. Por lo tanto, decidieron ir a visitarla a Pemberley a la mañana siguiente. Aome se sentía contenta, a pesar de que cuando se preguntaba por qué, no alcanzaba a encontrar una respuesta.
Después del desayuno, el señor Gardiner las dejó. El ofrecimiento de la pesca había sido renovado el día anterior y le habían asegurado que a mediodía le acompañaría alguno de los caballeros de Pemberley.
Aome estaba ahora convencida de que la antipatía que por ella sentía la señorita Takeda provenía de los celos. Comprendía, pues, lo desagradable que había de ser para aquella el verla aparecer en Pemberley y pensaba con curiosidad en cuánta cortesía pondría por su parte para reanudar sus relaciones.
Al llegar a la casa atravesaron el vestíbulo y entraron en el salón cuya orientación al norte lo hacía delicioso en verano. Las ventanas abiertas de par en par brindaban una vista refrigerante de las altas colinas pobladas de bosque que estaban detrás del edificio, y de los hermosos robles y castaños de España dispersados por la pradera que se extendía delante de la casa.
En aquella pieza fueron recibidas por la señorita Taisho que las esperaba junto con la señora Kurosawa, la señorita Takeda y su dama de compañía. La acogida de Lin fue muy cortés, pero dominada por aquella cortedad debida a su timidez y al temor de hacer las cosas mal, que le había dado fama de orgullosa y reservada entre sus inferiores. Pero la señora Gardiner y su sobrina la comprendían y compadecían.
La señora Kurosawa y la señorita Takeda les hicieron una simple reverencia y se sentaron. Se estableció un silencio molestísimo que duró unos instantes. Fue interrumpido por la señora Annesley, persona gentil y agradable que, al intentar romper el hielo, mostró mejor educación que ninguna de las otras señoras. La charla continuó entre ella y la señora Gardiner, con algunas intervenciones de Aome. La señorita Taisho parecía desear tener la decisión suficiente para tomar parte en la conversación, y de vez en cuando aventuraba alguna corta frase, cuando menos peligro había de que la oyesen.
Aome se dio cuenta en seguida de que la señorita Takeda la vigilaba estrechamente y que no podía decir una palabra, especialmente a la señorita Taisho, sin que la otra agudizase el oído. No obstante, su tenaz observación no le habría impedido hablar con Lin si no hubiesen estado tan distantes la una de la otra; pero no le afligió el no poder hablar mucho, así podía pensar más libremente. Deseaba y temía a la vez que el dueño de la casa llegase, y apenas podía aclarar si lo temía más que lo deseaba. Después de estar así un cuarto de hora sin oír la voz de la señorita Takeda, Aome se sonrojó al preguntarle aquélla qué tal estaba su familia. Contestó con la misma indiferencia y brevedad y la otra no dijo más.
La primera variedad de la visita consistió en la aparición de unos criados que traían fiambres, pasteles y algunas de las mejores frutas de la estación, pero esto aconteció después de muchas miradas significativas de la señora Annesley a Lin con el fin de recordarle sus deberes. Esto distrajo a la reunión, pues, aunque no todas las señoras pudiesen hablar, por lo menos todas podrían comer. Las hermosas pirámides de uvas, albérchigos y melocotones las congregaron en seguida alrededor de la mesa.
Mientras estaban en esto, Aome se dedicó a pensar si temía o si deseaba que llegase Taisho por el efecto que había de causarle su presencia; y aunque un momento antes creyó que más bien lo deseaba, ahora empezaba a pensar lo contrario.
Taisho había estado con el señor Gardiner, que pescaba en el río con otros dos o tres caballeros, pero al saber que las señoras de su familia pensaban visitar a Lin aquella misma mañana, se fue a casa. Al verle entrar, Aome resolvió aparentar la mayor naturalidad, cosa necesaria pero difícil de lograr, pues le constaba que toda la reunión estaba pendiente de ellos, y en cuanto Taisho llegó todos los ojos se pusieron a examinarle. Pero en ningún rostro asomaba la curiosidad con tanta fuerza como en el de la señorita Takeda, a pesar de las sonrisas que prodigaba al hablar con cualquiera; sin embargo, sus celos no habían llegado hasta hacerla desistir de sus atenciones a Taisho––. Lin, en cuanto entró su hermano, se esforzó más en hablar, y Aome comprendió que Taisho quería que las dos intimasen, para lo cual favorecía todas las tentativas de conversación por ambas partes. La señorita Takeda también lo veía y con la imprudencia propia de su ira, aprovechó la primera oportunidad para decir con burlona finura:
––Dígame, señorita Aome¿es cierto que la guarnición de Meryton ha sido trasladada? Ha debido de ser una gran pérdida para su familia.
En presencia de Taisho no se atrevió a pronunciar el nombre de Hanyou, pero Aome adivinó que tenía aquel nombre en su pensamiento; los diversos recuerdos que le despertó la afligieron durante un momento, pero se sobrepuso con entereza para repeler aquel descarado ataque y respondió a la pregunta en tono despreocupado. Al hacerlo, una mirada involuntaria le hizo ver a Taisho con el color encendido, que la observaba atentamente, y a su hermana completamente confusa e incapaz de levantar los ojos. Si la señorita Takeda hubiese podido sospechar cuánto apenaba a su amado, se habría refrenado, indudablemente; pero sólo había intentado descomponer a Aome sacando a relucir algo relacionado con un hombre por el que ella había sido parcial y para provocar en ella algún movimiento en falso que la perjudicase a los ojos de Taisho y que, de paso, recordase a éste los absurdos y las locuras de la familia Higurashi. No sabía una palabra de la fuga de la señorita Taisho, pues se había mantenido estrictamente en secreto, y Aome era la única persona a quien había sido revelada. Taisho quería ocultarla a todos los parientes de Takeda por aquel mismo deseo, que Aome le atribuyó tanto tiempo, de llegar a formar parte de su familia. Taisho, en efecto, tenía este propósito, y aunque no fue por esto por lo que pretendió separar a su amigo de Sango, es probable que se sumara a su vivo interés por la felicidad de Takeda.
Pero la actitud de Aome le tranquilizó. La señorita Takeda, humillada y decepcionada, no volvió a atreverse a aludir a nada relativo a Hanyou. Lin se fue recobrando, pero ya se quedó definitivamente callada, sin osar afrontar las miradas de su hermano. Taisho no se ocupó más de lo sucedido, pero en vez de apartar su pensamiento de Aome, la insinuación de la señorita Takeda pareció excitar más aún su pasión.
Después de la pregunta y contestación referidas, la visita no se prolongó mucho más y mientras Taisho acompañaba a las señoras al coche, la señorita Takeda se desahogó criticando la conducta y la indumentaria de Aome. Pero Lin no le hizo ningún caso. El interés de su hermano por la señorita Higurashi era más que suficiente para asegurar su beneplácito; su juicio era infalible, y le había hablado de Aome en tales términos que Lin tenía que encontrarla por fuerza amable y atrayente. Cuando Taisho volvió al salón, la señorita Takeda no pudo contenerse y tuvo que repetir algo de lo que ya le había dicho a su hermana:
––¡Qué mal estaba Aome Higurashi, señor Taisho! ––exclamó––. ¡Qué cambiada la he encontrado desde el invierno¡Qué morena y qué poco fina se ha puesto! Ni Chiharu ni yo la habríamos reconocido.
La observación le hizo a Taisho muy poca gracia, pero se contuvo y contestó fríamente que no le había notado más variación que la de estar tostada por el sol, cosa muy natural viajando en verano.
––Por mi parte ––prosiguió la señorita Takeda confieso que nunca me ha parecido guapa. Tiene la cara demasiado delgada, su color es apagado y sus facciones no son nada bonitas; su nariz no tiene ningún carácter y no hay nada notable en sus líneas; tiene unos dientes pasables, pero no son nada fuera de lo común, y en cuanto a sus ojos tan alabados, yo no veo que tengan nada extraordinario, miran de un modo penetrante y adusto muy desagradable; y en todo su aire, en fin, hay tanta pretensión y una falta de buen tono que resulta intolerable.
Sabiendo como sabía la señorita Takeda que Taisho admiraba a Aome, ése no era en absoluto el mejor modo de agradarle, pero la gente irritada no suele actuar con sabiduría; y al ver que lo estaba provocando, ella consiguió el éxito que esperaba. Sin embargo, él se quedó callado, pero la señorita Takeda tomó la determinación de hacerle hablar y prosiguió:
––Recuerdo que la primera vez que la vimos en Hertfordshire nos extrañó que tuviese fama de guapa; y recuerdo especialmente que una noche en que habían cenado en Netherfield, usted dijo: «¡Si ella es una belleza, su madre es un genio!» Pero después pareció que le iba gustando y creo que la llegó a considerar bonita en algún tiempo.
––Sí ––replicó Taisho, sin poder contenerse por más tiempo––, pero eso fue cuando empecé a conocerla, porque hace ya muchos meses que la considero como una de las mujeres más bellas que he visto.
Dicho esto, se fue y la señorita Takeda se quedó muy satisfecha de haberle obligado a decir lo que sólo a ella le dolía.
Camino de Lambton, la señora Gardiner y Aome comentaron todo lo ocurrido en la visita, menos lo que más les interesaba a las dos. Discutieron el aspecto y la conducta de todos, sin referirse a la persona a la que más atención habían dedicado. Hablaron de su hermana, de sus amigos, de su casa, de sus frutas, de todo menos de él mismo, a pesar del deseo de Aome de saber lo que la señora Gardiner pensaba de Taisho, y de lo mucho que ésta se habría alegrado de que su sobrina entrase en materia.
Al llegar a Lambton, le disgustó a Aome no encontrar carta de Sango; el disgusto se renovó todas las mañanas, pero a la tercera recibió dos cartas a la vez, en una de las cuales había una nota diciendo que se había extraviado y había sido desviada a otro lugar, cosa que a Aome no le sorprendió, porque Sango había puesto muy mal la dirección.
En el momento en que llegaron las dos cartas, se disponían a salir de paseo, y para dejarla que las disfrutase tranquilamente, sus tíos se marcharon solos. Aome leyó primero la carta extraviada que llevaba un retraso de cinco días. Al principio relataba las pequeñas tertulias e invitaciones, y daba las pocas noticias que el campo permitía; pero la última mitad, fechada un día después y escrita con evidente agitación, decía cosas mucho más importantes:
«Después de haber escrito lo anterior, queridísima Aome, ha ocurrido algo muy serio e inesperado; pero no te alarmes todos estamos bien. Lo que voy a decirte se refiere a la pobre Kikyo. Anoche a las once, cuando nos íbamos a acostar, llegó un expreso enviado por el coronel Forster para informarnos de que nuestra hermana se había escapado a Escocia con uno de los oficiales; para no andar con rodeos: con Hanyou. Imagínate nuestra sorpresa. Sin embargo, a Kagura no le pareció nada sorprendente. Estoy muy triste. ¡Qué imprudencia por parte de ambos! Pero quiero esperar lo mejor y que Hanyou no sea tan malo como se ha creído, que no sea más que ligero e indiscreto; pues lo que ha hecho ––alegrémonos de ello–– no indica mal corazón. Su elección, al fin y al cabo, es desinteresada, porque sabe que nuestro padre no le puede dar nada a Kikyo. Nuestra pobre madre está consternada. Papá lo lleva mejor. ¡Qué bien hicimos en no decirles lo que supimos de Hanyou! Nosotras mismas debemos olvidarlo. Se supone que se fugaron el sábado a las doce aproximadamente, pero no se les echó de menos hasta ayer a las ocho de la mañana. Inmediatamente mandaron el expreso. Querida Aome¡han debido pasar a menos de diez millas de vosotros! El coronel Forster dice que vendrá en seguida. Kikyo dejó escritas algunas líneas para la señora Forster comunicándole sus propósitos. Tengo que acabar, pues no puedo extenderme a causa de mi pobre madre. Temo que no entiendas lo escrito, pues ni siquiera sé lo que he puesto.»
Sin tomar tiempo para meditar y sin saber apenas lo que sentía al acabar la lectura de esta carta, Aome abrió la otra con impaciencia y leyó lo que sigue, escrito un día después:
«A estas horas, queridísima hermana, habrás recibido mi apresurada carta. Ojalá la presente sea más inteligible; pero, aunque dispongo de tiempo, mi cabeza está tan aturdida que no puedo ser coherente. Aome querida, preferiría no escribirte, pero tengo malas noticias que darte y no puedo aplazarlas. Por muy imprudente que pueda ser la boda de Hanyou y nuestra pobre Kikyo, estamos ansiosos de saber que ya se ha realizado, pues hay sobradas razones para temer que no hayan ido a Escocia. El coronel Forster llegó ayer; salió de Brighton pocas horas después que el propio. A pesar de que la carta de Kikyo a la señora Forster daba a entender que iba a Gretna Green , Denny dijo que él estaba enterado y que Hanyou jamás pensó en ir allí ni casarse con Kikyo; el coronel Forster, al saberlo, se alarmó y salió al punto de Brighton con la idea de darles alcance. Siguió, en efecto, su rastro con facilidad hasta Clapham, pero no pudo continuar adelante, porque ellos al llegar a dicho punto tomaron un coche de alquiler dejando la silla de postas que los había llevado desde Epsom. Y ya no se sabe nada más sino que se les vio tomar el camino de Londres. No sé qué pensar. Después de haber hecho todas las investigaciones posibles de allí a Londres, el coronel Forster vino a Hertfordshire para repetirlas en todos los portazgos y hosterías de Barnet y Hatfield, pero sin ningún resultado; nadie ha visto por allí a esas personas. Con el mayor pesar llegó a Longbourn a darnos cuenta de todo, de un modo que le honra. Estoy de veras apenada por él y por su esposa; nadie podrá recriminarles. Nuestra aflicción es muy grande. Papá y mamá esperan lo peor, pero yo no puedo creer que Hanyou sea tan malvado. Muchas circunstancias pueden haberles impulsado a casarse en secreto en la capital en vez de seguir su primer plan; y aun en el caso de que él hubiese tramado la perdición de una muchacha de buena familia como Kikyo, cosa que no es probable¿he de creerla a ella tan perdida? Imposible. Me desola, no obstante, ver que el coronel Forster no confía en que se hayan casado; cuando yo le dije mis esperanzas, sacudió la cabeza y manifestó su temor de que Hanyou no sea de fiar. Mi pobre madre está enferma de veras y no sale de su cuarto. En cuanto a mi padre, nunca le he visto tan afectado. La pobre Catherine está desesperada por haber encubierto los amores de Kikyo y Hanyou, pero no hay que extrañarse de que las niñas se hiciesen confidencias. Queridísima Lizzy, me alegro sinceramente de que te hayas ahorrado estas dolorosas escenas. Pero ahora que el primer golpe ya ha pasado, te confieso que anhelo tu regreso. No soy egoísta, sin embargo, hasta el extremo de rogarte que vuelvas si no puedes. Adiós. Tomo de nuevo la pluma para hacer lo que acabo de decirte que no haría, pero las circunstancias son tales que no puedo menos que suplicaros a los tres que vengáis cuanto antes. Conozco tan bien a nuestros queridos tíos, que no dudo que accederán. A nuestro tío tengo, además, que pedirle otra cosa. Mi padre va a ir a Londres con el coronel Forster para ver si la encuentran. No sé qué piensan hacer, pero está tan abatido que no podrá tomar las medidas mejores y más expeditivas, y el coronel Forster no tiene más remedio que estar en Brighton mañana por la noche. En esta situación, los consejos y la asistencia de nuestro tío serían de gran utilidad. Él se hará cargo de esto; cuento con su bondad.»
––¿Dónde, dónde está mi tío? ––exclamó Aome alzándose de la silla en cuanto terminó de leer y resuelta a no perder un solo instante; pero al llegar a la puerta, un criado la abría y entraba Taisho. El pálido semblante y el ímpetu de Aome le asustaron. Antes de que él se hubiese podido recobrar lo suficiente para dirigirle la palabra, Aome, que no podía pensar más que en la situación de Kikyo, exclamó precipitadamente:
––Perdóneme, pero tengo que dejarle; necesito hablar inmediatamente con el señor Gardiner de un asunto que no puede demorarse; no hay tiempo que perder.
––¡Dios mío¿De qué se trata? ––preguntó él con más sentimiento que cortesía; después, reponiéndose, dijo––: No quiero detenerla ni un minuto; pero permítame que sea yo el que vaya en busca de los señores Gardiner o mande a un criado. Usted no puede ir en esas condiciones.
Aome dudó; pero le temblaban las rodillas y comprendió que no ganaría nada con tratar de alcanzarlos. Por consiguiente, llamó al criado y le encargó que trajera sin dilación a sus señores, aunque dio la orden con voz tan apagada que casi no se le oía.
Cuando el criado salió de la estancia, Aome se desplomó en una silla, incapaz de sostenerse. Parecía tan descompuesta, que Taisho no pudo dejarla sin decirle en tono afectuoso y compasivo:
––Voy a llamar a su doncella. ¿Qué podría tomar para aliviarse¿Un vaso de vino? Voy a traérselo. Usted está enferma.
––No, gracias ––contestó Aome tratando de serenarse––. No se trata de nada mío. Yo estoy bien. Lo único que me pasa es que estoy desolada por una horrible noticia que acabo de recibir de Longbourn.
Al decir esto rompió a llorar y estuvo unos minutos sin poder hablar. Taisho, afligido y suspenso, no dijo más que algunas vaguedades sobre su interés por ella, y luego la observó en silencio. Al fin Aome prosiguió:
––He tenido carta de Sango y me da unas noticias espantosas que a nadie pueden ocultarse. Mi hermana menor nos ha abandonado, se ha fugado, se ha entregado a... Hanyou. Los dos se han escapado de Brighton. Usted conoce a Hanyou demasiado bien para comprender lo que eso significa. Kikyo no tiene dinero ni nada que a él le haya podido tentar... Está perdida para siempre.
Taisho se quedó inmóvil de estupor.
––¡Cuando pienso ––añadió Aome aún más agitada–– que yo habría podido evitarlo¡Yo que sabía quién era Hanyou¡Si hubiese explicado a mi familia sólo una parte, algo de lo que supe de él! Si le hubiesen conocido, esto no habría pasado. Pero ya es tarde para todo.
––Estoy horrorizado ––exclamó Taisho––. ¿Pero es cierto, absolutamente cierto?
––¡Por desgracia! Se fueron de Brighton el domingo por la noche y les han seguido las huellas hasta cerca de Londres, pero no más allá; es indudable que no han ido a Escocia.
––¿Y qué se ha hecho, qué han intentado hacer para encontrarla?
––Mi padre ha ido a Londres y Sango escribe solicitando la inmediata ayuda de mi tío; espero que nos iremos dentro de media hora. Pero no se puede hacer nada, sé que no se puede hacer nada. ¿Cómo convencer a un hombre semejante¿Cómo descubrirles? No tengo la menor esperanza. Se mire como se mire es horrible.
Taisho asintió con la cabeza en silencio.
––¡Oh, si cuando abrí los ojos y vi quién era Hanyou hubiese hecho lo que debía! Pero no me atreví, temí excederme. ¡Qué desdichado error!
Taisho no contestó. Parecía que ni siquiera la escuchaba; paseaba de un lado a otro de la habitación absorto en sus cavilaciones, con el ceño fruncido y el aire sombrío. Aome le observó, y al instante lo comprendió todo. La atracción que ejercía sobre él se había terminado; todo se había terminado ante aquella prueba de la indignidad de su familia y ante la certeza de tan profunda desgracia. Ni le extrañaba ni podía culparle. Pero la creencia de que Taisho se había recobrado, no consoló su dolor ni atenuó su desesperación. Al contrario, sirvió para que la joven se diese cuenta de sus propios sentimientos, y nunca sintió tan sinceramente como en aquel momento que podía haberle amado, cuando ya todo amor era imposible.
Pero ni esta consideración logró distraerla. No pudo apartar de su pensamiento a Kikyo, ni la humillación y el infortunio en que a todos les había sumido. Se cubrió el rostro con un pañuelo y olvidó todo lo demás. Después de un silencio de varios minutos, oyó la voz de Taisho que de manera compasiva, aunque reservada, le decía:
––Me temo que desea que me vaya, y no hay nada que disculpe mi presencia; pero me ha movido un verdadero aunque inútil interés. ¡Ojalá pudiese decirle o hacer algo que la consolase en semejante desgracia! Pero no quiero atormentarla con vanos deseos que parecerían formulados sólo para que me diese usted las gracias. Creo que este desdichado asunto va a privar a mi hermana del gusto de verla a usted hoy en Pemberley.
––¡Oh, sí! Tenga la bondad de excusarnos ante la señorita Taisho. Dígale que cosas urgentes nos reclaman en casa sin demora. Ocúltele la triste verdad, aunque ya sé que no va a serle muy fácil.
Taisho le prometió ser discreto, se condolió de nuevo por la desgracia, le deseó que el asunto no acabase tan mal como podía esperarse y encargándole que saludase a sus parientes se despidió sólo con una mirada, muy serio.
Cuando Taisho salió de la habitación, Aome comprendió cuán poco probable era que volviesen a verse con la cordialidad que había caracterizado sus encuentros en Derbyshire. Rememoró la historia de sus relaciones con Taisho, tan llena de contradicciones y de cambios, y apreció la perversidad de los sentimientos que ahora le hacían desear que aquellas relaciones continuasen, cuando antes le habían hecho alegrarse de que terminaran.
Si la gratitud o la estima son buenas bases para el afecto, la transformación de los sentimientos de Aome no parecerá improbable ni condenable. Pero si no es así, si el interés que nace de esto es menos natural y razonable que el que brota espontáneamente, como a menudo se describe, del primer encuentro y antes de haber cambiado dos palabras con el objeto de dicho interés, no podrá decirse en defensa de Aome más que una cosa: que ensayó con Hanyou este sistema y que los malos resultados que le dio la autorizaban quizás a inclinarse por el otro método, aunque fuese menos apasionante. Sea como sea, vio salir a Taisho con gran pesar, y este primer ejemplo de las desgracias que podía ocasionar la infamia de Kikyo aumentó la angustia que le causaba el pensar en aquel desastroso asunto.
En cuanto leyó la segunda carta de Sango, no creyó que Hanyou quisiese casarse con Kikyo. Nadie más que Sango podía tener aquella esperanza. La sorpresa era el último de sus sentimientos. Al leer la primera carta se asombró de que Hanyou fuera a casarse con una muchacha que no era un buen partido y no entendía cómo Kikyo había podido atraerle. Pero ahora lo veía todo claro. Kikyo era bonita, y aunque no suponía que se hubiese comprometido a fugarse sin ninguna intención de matrimonio, Aome sabía que ni su virtud ni su buen juicio podían preservarla de caer como presa fácil.
Mientras el regimiento estuvo en Hertfordshire, jamás notó que Kikyo se sintiese atraída por Hanyou; pero estaba convencida de que sólo necesitaba que le hicieran un poco de caso para enamorarse de cualquiera. Tan pronto le gustaba un oficial como otro, según las atenciones que éstos le dedicaban. Siempre había mariposeado, sin ningún objeto fijo. ¡Cómo pagaban ahora el abandono y la indulgencia en que habían criado a aquella niña!
No veía la hora de estar en casa para ver, oír y estar allí, y compartir con Sango los cuidados que requería aquella familia tan trastornada, con el padre ausente y la madre incapaz de ningún esfuerzo y a la que había que atender constantemente. Aunque estaba casi convencida de que no se podría hacer nada por Kikyo, la ayuda de su tío le parecía de máxima importancia, por lo que hasta que le vio entrar en la habitación padeció el suplicio de una impaciente espera. Los señores Gardiner regresaron presurosos y alarmados, creyendo, por lo que le había contado el criado, que su sobrina se había puesto enferma repentinamente. Aome les tranquilizó sobre este punto y les comunicó en seguida la–– causa de su llamada leyéndoles las dos cartas e insistiendo en la posdata con trémula energía. Aunque los señores Gardiner nunca habían querido mucho a Kikyo, la noticia les afectó profundamente. La desgracia alcanzaba no sólo a Kikyo, sino a todos. Después de las primeras exclamaciones de sorpresa y de horror, el señor Gardiner ofreció toda la ayuda que estuviese en su mano. Aome no esperaba menos y les dio las gracias con lágrimas en los ojos. Movidos los tres por un mismo espíritu dispusieron todo para el viaje rápidamente.
––¿Y qué haremos con Pemberley? ––preguntó la señora Gardiner––. John nos ha dicho que el señor Taisho estaba aquí cuando le mandaste a buscarnos. ¿Es cierto?
––Sí; le dije que no estábamos en disposición de cumplir nuestro compromiso. Eso ya está arreglado. ––Eso ya está arreglado ––repitió la señora Gardiner mientras corría al otro cuarto a prepararse–. ¿Están en tan estrechas relaciones como para haberle revelado la verdad¡Cómo me gustaría descubrir lo que ha pasado!
Pero su curiosidad era inútil. A lo sumo le sirvió para entretenerse en la prisa y la confusión de la hora siguiente. Si Aome se hubiese podido estar con los brazos cruzados, habría creído que una desdichada como ella era incapaz de cualquier trabajo, pero estaba tan ocupada como su tía y, para colmo, había que escribir tarjetas a todos los amigos de Lambton para explicarles con falsas excusas su repentina marcha. En una hora estuvo todo despachado. El señor Gardiner liquidó mientras tanto la cuenta de la fonda y ya no faltó más que partir. Después de la tristeza de la mañana, Aome se encontró en menos tiempo del que había supuesto sentada en el coche y caminó de Longbourn.
