Hola he aquí un capítulo más de esta historia, y tambien la acostumbrada declaración acerca de que esta historia y algunos de los personajes en ella no son mìos, sino de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen con Inuyasha de Rumiko Takahashi, espero la sigan disfrutando, y les aviso que ya està próximo el desenlace. Nos estamos leyendo adios.
CAPITULO 16
He estado pensándolo otra vez, Aome ––le dijo su tío cuando salían de la ciudad––, y finalmente, después de serias consideraciones, me siento inclinado a adoptar el parecer de tu hermana mayor. Me parece poco probable que Hanyou quiera hacer daño a una muchacha que no carece de protección ni de amigos y que estaba viviendo con la familia Forster. No iba a suponer que los amigos de la chica se quedarían con los brazos cruzados, ni que él volvería a ser admitido en el regimiento tras tamaña ofensa a su coronel. La tentación no es proporcional al riesgo.
––¿Lo crees así de veras? ––preguntó Aome animándose por un momento.
––Yo también empiezo a ser de la opinión de tu tío ––dijo la señora Gardiner––. Es una violación demasiado grande de la decencia, del honor y del propio interés, para haber obrado tan a la ligera. No puedo admitir que Hanyou sea tan insensato. Y tú misma, Aome¿le tienes en tan mal concepto para creerle capaz de una locura semejante?
––No lo creo capaz de olvidar su propia conveniencia, pero sí de olvidar todo lo que no se refiera a ello. ¡Ojalá fuese como vosotros decís! Yo no me atrevo a esperarlo. Y si no¿por qué no han ido a Escocia?
––En primer lugar ––contestó el señor Gardiner––, no hay pruebas de que no hayan ido.
––¿Qué mejor prueba que el haber dejado la silla de postas y haber tomado un coche de alquiler? Además, no pasaron por el camino de Barnet.
––Bueno, supongamos que están en Londres. Pueden no haberlo hecho más que con el propósito de ocultarse. No es probable que ninguno de los dos ande sobrado de dinero, y habrán creído que les saldría más barato casarse en Londres que en Escocia, aunque les sea más difícil.
––¿Pero a qué ese secreto¿Por qué tienen que casarse a escondidas? Sabes por Sango que el más íntimo amigo de Hanyou asegura que nunca pensó casarse con Kikyo. Hanyou no se casará jamás con una mujer que no tenga dinero, porque él no puede afrontar lo gastos de un matrimonio. ¿Y qué merecimientos tiene Kikyo, qué atractivos, aparte de su salud, de su juventud y de su buen humor, para que Hanyou renuncie por ella a la posibilidad de hacer un buen casamiento? No puedo apreciar con exactitud hasta qué punto le ha de perjudicar en el Cuerpo una fuga deshonrosa, pues ignoro las medidas que se toman en estos casos, pero en cuanto a tus restantes objeciones, me parece difícil que puedan sostenerse. Kikyo no tiene hermanos que tomen cartas en el asunto; y dado el carácter de mi padre, su indolencia y la poca atención que siempre ha prestado a su familia, Hanyou ha podido creer que no se lo tomaría muy a la tremenda.
––Pero ¿cómo supones que Kikyo sea tan inconsiderada para todo lo que no sea amarle, que consienta en vivir con él de otra manera que siendo su mujer legítima?
––Así parece ––replicó Aome con los ojos llenos de lágrimas––, y es espantoso tener que dudar de la decencia y de la virtud de una hermana. Pero en realidad no sé qué decir. Tal vez la juzgo mal, pero es muy joven, nunca se le ha acostumbrado a pensar en cosas serias, y durante el último medio año, o más bien durante un año entero, no ha hecho más que correr en pos de las diversiones y de la vanidad. Se le ha dejado que se entregara al ocio y a la frivolidad y que no hiciese más que lo que se le antojaba. Desde que la guarnición del condado se acuarteló en Meryton, no pensó más que en el amor, en el coqueteo y en los oficiales. Hizo todo lo que pudo para excitar¿cómo lo diría?, la susceptibilidad de sus sentimientos, que ya son lo bastante vivos por naturaleza. Y todos sabemos que Hanyou posee en su persona y en su trato todos los encantos que pueden cautivar a una mujer.
––Pero ya ves ––insistió su tía–– que tu hermana no cree a Hanyou capaz de tal atentado.
––Sango nunca cree nada malo de nadie. Y mucho menos tratándose de una cosa así, hasta que no se lo hayan demostrado. Pero Sango sabe tan bien como yo quién es Hanyou. Las dos sabemos que es un libertino en toda la extensión de la palabra, que carece de integridad y de honor y que es tan falso y engañoso como atractivo.
––¿Estás segura? ––preguntó la señora Gardiner que ardía en deseos de conocer la fuente de información de su sobrina.
––Segurísima ––replicó Aome, sonrojándose––. Ya te hablé el otro día de su infame conducta con el señor Taisho, y tú misma oíste la última vez en Longbourn de qué manera hablaba del hombre que con tanta indulgencia y generosidad le ha tratado. Y aún hay otra circunstancia que no estoy autorizada... que no vale la pena contar. Lo cierto es que sus embustes sobre la familia de Pemberley no tienen fin. Por lo que nos había dicho de la señorita Taisho, yo creí que sería una muchacha altiva, reservada y antipática. Sin embargo, él sabía que era todo lo contrario. El debe saber muy bien, como nosotros hemos comprobado, cuán afectuosa y sencilla es.
––¿Y Kikyo no está enterada de nada de eso¿Cómo ignora lo que Sango y tú sabéis?
––Tienes razón. Hasta que estuve en Kent y traté al señor Taisho y a su primo el coronel Fitzwilliam, yo tampoco lo supe. Cuando llegué a mi casa, la guarnición del condado iba a salir de Meryton dentro de tres semanas, de modo que ni Sango, a quien informé de todo, ni yo creímos necesario divulgarlo; porque ¿qué utilidad tendría que echásemos a perder la buena opinión que tenían de él en Hertfordshire? Y cuando se decidió que Kikyo iría con los señores Forster a Brighton, jamás se me ocurrió descubrirle la verdadera personalidad de Hanyou, pues no me pasó por la cabeza que corriera ningún peligro de ese tipo. Ya comprenderéis que estaba lejos de sospechar que hubiesen de derivarse tan funestas consecuencias.
––¿Cuando trasladaron la guarnición a Brighton, no tenías idea de que hubiese algo entre ellos?
––Ni la más mínima. No recuerdo haber notado ninguna señal de afecto ni por parte del uno ni por parte del otro. Si hubiese habido algo¡buena es mi familia para que les pasara inadvertido! Cuando Hanyou entró en el Cuerpo, a Kikyo le gustó mucho, pero no más que a todas nosotras. Todas las chicas de Meryton y de los alrededores perdieron la cabeza por él durante los dos primeros meses, pero él nunca hizo a Kikyo ningún caso especial, por lo que después de un período de admiración extravagante y desenfrenada, dejó de acordarse de él y se dedicó a otros oficiales que le prestaban mayor atención.
Aunque pocas cosas nuevas podían añadir a sus temores, esperanzas y conjeturas sobre tan interesante asunto, los viajeros lo debatieron durante todo el camino. Aome no podía pensar en otra cosa. La más punzante de todas las angustias, el reproche a sí misma, le impedía encontrar el menor intervalo de alivio o de olvido.
Anduvieron lo más de prisa que pudieron, pasaron la noche en una posada, y llegaron a Longbourn al día siguiente, a la hora de comer. El único consuelo de Aome fue que no habría hecho esperar a Sango demasiado.
Los pequeños Gardiner, atraídos al ver un carruaje, esperaban de pie en las escaleras de la casa mientras éste atravesaba el camino de entrada. Cuando el coche paró en la puerta, la alegre sorpresa que brillaba en sus rostros y retozaba por todo su cuerpo haciéndoles dar saltos, fue el preludio de su bienvenida.
Aome les dio un beso a cada uno y corrió al vestíbulo, en donde se encontró con Sango que bajaba a toda prisa de la habitación de su madre.
Se abrazaron con efusión, con los ojos llenos de lágrimas, y Aome preguntó sin perder un segundo si se había sabido algo de los fugitivos.
––Todavía no ––respondió Sango––, pero ahora que ya ha llegado nuestro querido tío, espero que todo vaya bien.
––¿Está papá en la capital?
––Sí, se fue el martes, como te escribí.
––¿Y qué noticias habéis tenido de él?
––Pocas. El miércoles me puso unas líneas diciéndome que había llegado bien y dándome su dirección, como yo le había pedido. Sólo añadía que no volvería a escribir hasta que tuviese algo importante que comunicarnos.
––¿Y mamá, cómo está¿Cómo estáis todas?
––Mamá está bien, según veo, aunque muy abatida. Está arriba y tendrá gran satisfacción en veros a todos. Todavía no sale de su cuarto. Kanna y Kagura se encuentran perfectamente, gracias a Dios.
––¿Y tú, cómo te encuentras? ––preguntó Aome––. Estás pálida. ¡Cuánto habrás tenido que pasar! Pero Sango aseguró que estaba muy bien. Mientras tanto, los señores Gardiner, que habían estado ocupados con sus hijos, llegaron y pusieron fin a la conversación de las dos hermanas. Sango corrió hacia sus tíos y les dio la bienvenida y las gracias entre lágrimas y sonrisas.
Una vez reunidos en el salón, las preguntas hechas por Aome fueron repetidas por los otros, y vieron que la pobre Sango no tenía ninguna novedad. Pero su ardiente confianza en que todo acabaría bien no la había abandonado; todavía esperaba que una de esas mañanas llegaría una carta de Kikyo o de su padre explicando los sucesos y anunciando quizá el casamiento.
La señora Higurashi, a cuya habitación subieron todos después de su breve conversación, les recibió como era de suponer: con lágrimas y lamentaciones, improperios contra la villana conducta de Hanyou y quejas por sus propios sufrimientos, echándole la culpa a todo el mundo menos a quien, por su tolerancia y poco juicio, se debían principalmente los errores de su hija.
––Si hubiera podido ––decía–– realizar mi proyecto de ir a Brighton con toda mi familia, eso no habría ocurrido; pero la pobre Kikyo no tuvo a nadie que cuidase de ella. Los Forster no tenían que haberla perdido de su vista. Si la hubiesen vigilado bien, no habría hecho una cosa así, Kikyo no es de esa clase de chicas. Siempre supe que los Forster eran muy poco indicados para hacerse cargo de ella, pero a mí no se me hizo caso, como siempre. ¡Pobre niña mía! Y ahora Higurashi se ha ido y supongo que desafiará a Hanyou dondequiera que le encuentre, y como morirá en el lance¿qué va a ser de nosotras?. Los Akitoki nos echarán de aquí antes de que él esté frío en su tumba, y si tú, hermano mío, no nos asistes, no sé qué haremos.
Todos protestaron contra tan terroríficas ideas. El señor Gardiner le aseguró que no les faltaría su amparo y dijo que pensaba estar en Londres al día siguiente para ayudar al señor Higurashi con todo su esfuerzo para encontrar a Kikyo.
––No os alarméis inútilmente ––añadió––; aunque bien está prepararse para lo peor, tampoco debe darse por seguro. Todavía no hace una semana que salieron de Brighton. En pocos días más averiguaremos algo; y hasta que no sepamos que no están casados y que no tienen intenciones de estarlo, no demos el asunto por perdido. En cuanto llegue a Londres recogeré a mi hermano y me lo llevaré a Gracechurch Street; juntos deliberaremos lo que haya que hacer.
––¡Oh, querido hermano mío! exclamó la señora Higurashi––, ése es justamente mi mayor deseo. Cuando llegues a Londres, encuéntralos dondequiera que estén, y si no están casados, haz que se casen. No les permitas que demoren la boda por el traje de novia, dile a Kikyo que tendrá todo el dinero que quiera para comprárselo después. Y sobre todo, impide que Higurashi se bata en duelo con Hanyou. Dile en el horrible estado en que me encuentro: destrozada, trastornada, con tal temblor y agitación, tales convulsiones en el costado, tales dolores de cabeza y tales palpitaciones que no puedo reposar ni de día ni de noche. Y dile a mi querida Kikyo que no encargue sus trajes hasta que me haya visto, pues ella no sabe cuáles son los mejores almacenes. ¡Oh, hermano¡Qué bueno eres! Sé que tú lo arreglarás todo.
El señor Gardiner le repitió que haría todo lo que pudiera y le recomendó que moderase sus esperanzas y sus temores. Conversó con ella de este modo hasta que la comida estuvo en la mesa, y la dejó que se desahogase con el ama de llaves que la asistía en ausencia de sus hijas.
Aunque su hermano y su cuñada estaban convencidos de que no había motivo para que no bajara a comer, no se atrevieron a pedirle que se sentara con ellos a la mesa, porque temían su imprudencia delante de los criados y creyeron preferible que sólo una de ellas, en la que más podían confiar, se enterase de sus cuitas.
En el comedor aparecieron Kanna y Kagura que habían estado demasiado ocupadas en sus habitaciones para presentarse antes. La una acababa de dejar sus libros y la otra su tocador. Pero tanto la una como la otra estaban muy tranquilas y no parecían alteradas. Sólo la segunda tenía un acento más colérico que de costumbre, sea por la pérdida de la hermana favorita o por la rabia de no hallarse ella en su lugar. Poco después de sentarse a la mesa, Kanna, muy segura de sí misma, cuchicheó con Aome con aires de gravedad en su reflexión:
Es un asunto muy desdichado y probablemente será muy comentado; pero hemos de sobreponernos a la oleada de la malicia y derramar sobre nuestros pechos heridos el bálsamo del consuelo fraternal.
Al llegar aquí notó que Aome no tenía ganas de contestar, y añadió:
––Aunque sea una desgracia para Kikyo, para nosotras puede ser una lección provechosa: la pérdida de la virtud en la mujer es irreparable; un solo paso en falso lleva en sí la ruina final; su reputación no es menos frágil que su belleza, y nunca será lo bastante cautelosa en su comportamiento hacia las indignidades del otro sexo.
Aome, atónita, alzó los ojos, pero estaba demasiado angustiada para responder. Kanna continuó consolándose con moralejas por el estilo extraídas del infortunio que tenían ante ellos.
Por la tarde las dos hijas mayores de los Higurashi pudieron estar solas durante media hora, y Aome aprovechó al instante la oportunidad para hacer algunas preguntas que Sango tenía igual deseo de contestar.
Después de lamentarse juntas de las terribles consecuencias del suceso, que Aome daba por ciertas y que la otra no podía asegurar que fuesen imposibles, la primera dijo:
Cuéntame todo lo que yo no sepa. Dame más detalles. ¿Qué dijo el coronel Forster¿No tenía ninguna sospecha de la fuga? Debían verlos siempre juntos.
––El coronel Forster confesó que alguna vez notó algún interés, especialmente por parte de Kikyo, pero no vio nada que le alarmase. Me da pena de él. Estuvo de lo más atento y amable. Se disponía a venir a vernos antes de saber que no habían ido a Escocia, y cuando se presumió que estaban en Londres, apresuró su viaje.
––Y Kitsune, testaba convencido de que Hanyou no se casaría¿Sabía que iban a fugarse¿Ha visto a Kitsune el coronel Forster?
––Sí, pero cuando le interrogó, Kitsune dijo que no estaba enterado de nada y se negó a dar su verdadera opinión sobre el asunto. No repitió su convicción de que no se casarían y por eso pienso que a lo mejor lo interpretó mal.
––Supongo que hasta que vino el coronel Forster, nadie de la casa dudó de que estuviesen casados. ––¿Cómo se nos iba a ocurrir tal cosa? Yo me sentí triste porque sé que es difícil que mi hermana sea feliz casándose con Hanyou debido a sus pésimos antecedentes. Nuestros padres no sabían nada de eso, pero se dieron cuenta de lo imprudente de semejante boda. Entonces Kagura confesó, muy satisfecha de saber más que nosotros, que la última carta de Kikyo ya daba a entender lo que tramaban. Parece que le decía que se amaban desde hacía unas semanas.
––Pero no antes de irse a Brighton.
––Creo que no.
––Y el coronel Forster¿tiene mal concepto de Hanyou¿Sabe cómo es en realidad?
––He de confesar que no habló tan bien de él como antes. Le tiene por imprudente y manirroto. Y se dice que ha dejado en Meryton grandes deudas, pero yo espero que no sea cierto.
––¡Oh, Sango! Si no hubiésemos sido tan reservadas y hubiéramos dicho lo que sabíamos de Hanyou, esto no habría sucedido.
––Tal vez habría sido mejor ––repuso su hermana––, pero no es justo publicar las faltas del pasado de una persona, ignorando si se ha corregido. Nosotras obramos de buena fe.
––¿Repitió el coronel Forster los detalles de la nota que Kikyo dejó a su mujer?
––La trajo consigo para enseñárnosla.
Sango la sacó de su cartera y se la dio a Aome. Éste era su contenido:
«Querida Harriet: Te vas a reír al saber adónde me he ido, y ni yo puedo dejar de reírme pensando en el susto que te llevarás mañana cuando no me encuentres. Me marcho a Gretna Green, y si no adivinas con quién, creeré que eres una tonta, pues es el único hombre a quien amo en el mundo, por lo que no creo hacer ningún disparate yéndome con él. Si no quieres, no se lo digas a los de mi casa, pues así será mayor su sorpresa cuando les escriba y firme Kikyo Hanyou. ¡Será una broma estupenda! Casi no puedo escribir de risa. Te ruego que me excuses con Pratt por no cumplir mi compromiso de bailar con él esta noche; dile que espero que me perdone cuando lo sepa todo, y también que bailaré con él con mucho gusto en el primer baile en que nos encontremos. Mandaré por mis trajes cuando vaya a Longbourn, pero dile a Sally que arregle el corte del vestido de muselina de casa antes de que lo empaquetes. Adiós. Dale recuerdos al coronel Forster. Espero que brindaréis por nuestro feliz viaje. Afectuosos saludos de tu amiga,
Kikyo Higurashi.»
––¡Oh, Kikyo, qué inconsciente¡Qué inconsciente! ––exclamó Aome al acabar de leer––. ¡Qué carta para estar escrita en semejante momento! Pero al menos parece que se tomaba en serio el objeto de su viaje; no sabemos a qué puede haberla arrastrado Hanyou, pero el propósito de Kikyo no era tan infame. ¡Pobre padre mío¡Cuánto lo habrá sentido!
––Nunca vi a nadie tan abrumado. Estuvo diez minutos sin poder decir una palabra. Mamá se puso mala en seguida. ¡Había tal confusión en toda la casa!
––¿Hubo algún criado que no se enterase de toda la historia antes de terminar el día?
––No sé, creo que no. Pero era muy difícil ser cauteloso en aquellos momentos. Mamá se puso histérica y aunque yo la asistí lo mejor que pude, no sé si hice lo que debía. El horror de lo que había sucedido casi me hizo perder el sentido.
––Te has sacrificado demasiado por mamá; no tienes buena cara. ¡Ojalá hubiese estado yo a tu lado! Así habrías podido cuidarte tú.
––Kanna y Kagura se portaron muy bien y no dudo que me habrían ayudado, pero no lo creí conveniente para ninguna de las dos; Kagura es débil y delicada, y Kanna estudia tanto que sus horas de reposo no deben ser interrumpidas. Tía Philips vino a Longbourn el martes, después de marcharse papá, y fue tan buena que se quedó conmigo hasta el jueves. Nos ayudó y animó mucho a todas. Lady Lucas estuvo también muy amable: vino el viernes por la mañana para condolerse y ofrecernos sus servicios en todo lo que le fuera posible y enviarnos a cualquiera de sus hijas si creíamos que podrían sernos útiles.
––Más habría valido que se hubiese quedado en su casa ––dijo Aome––; puede que sus intenciones fueran buenas; pero en desgracias como ésta se debe rehuir de los vecinos. No pueden ayudarnos y su condolencia es ofensiva. ¡Que se complazcan criticándonos a distancia!
Preguntó entonces cuáles eran las medidas que pensaba tomar su padre en la capital con objeto de encontrar a su hija.
––Creo que tenía intención de ir a Epsom ––contestó Sango––, que es donde ellos cambiaron de caballos por última vez; hablará con los postillones y verá qué puede sonsacarles. Su principal objetivo es descubrir el número del coche de alquiler con el que salieron de Clapham; que había llegado de Londres con un pasajero; y como mi padre opina que el hecho de que un caballero y una dama cambien de carruaje puede ser advertido, quiere hacer averiguaciones en Clapham. Si pudiese descubrir la casa en la que el cochero dejó al viajero no sería difícil averiguar el tipo de coche que era y el número. No sé qué otros planes tendría; pero tenía tal prisa por irse y estaba tan desolado que sólo pude sacarle esto.
Todos esperaban carta del señor Higurashi a la mañana siguiente; pero llegó el correo y no trajo ni una línea suya. Su familia sabía que no era muy aficionado a escribir, pero en aquella ocasión creían que bien podía hacer una excepción. Se vieron, por tanto, obligados a suponer que no había buenas noticias; pero incluso en ese caso, preferían tener la certeza. El señor Gardiner esperó sólo a que llegase el correo y se marchó.
Cuando se fue todos se quedaron con la seguridad de que así, al menos tendrían constante información de lo que ocurriese. El señor Gardiner les prometió persuadir al señor Higurashi de que regresara a Longbourn cuanto antes para consuelo de su esposa, que consideraba su vuelta como única garantía de que no moriría en el duelo.
La señora Gardiner y sus hijos permanecerían en Hertfordshire unos días más, pues ésta creía que su presencia sería útil a sus sobrinas. Las ayudaba a cuidar a la señora Higurashi y les servía de gran alivio en sus horas libres. Su otra tía las visitaba a menudo con el fin, según decía, de darles ánimos; pero como siempre les contaba algún nuevo ejemplo de los despilfarros y de la falta de escrúpulos de Hanyou, rara vez se marchaba sin dejarlas aún más descorazonadas.
Todo Meryton se empeñaba en desacreditar al hombre que sólo tres meses antes había sido considerado como un ángel de luz. Se decía que debía dinero en todos los comercios de la ciudad, y sus intrigas, honradas con el nombre de seducciones, se extendían a todas las familias de los comerciantes. Todo el mundo afirmaba que era el joven más perverso del mundo, y empezaron a decir que siempre habían desconfiado de su aparente bondad. Aome, a pesar de no dar crédito ni a la mitad de lo que murmuraban, creía lo bastante para afianzar su previa creencia en la ruina de su hermana, y hasta Sango comenzó a perder las esperanzas, especialmente cuando llegó el momento en que, de haber ido a Escocia, se habrían recibido ya noticias suyas.
El señor Gardiner salió de Longbourn el domingo y el martes tuvo carta su mujer. Le decía que a su llegada había ido en seguida en busca de su cuñado y se lo había llevado a Gracechurch Street; que el señor Higurashi había estado en Epsom y en Clapham, pero sin ningún resultado, y que ahora quería preguntar en todas las principales hosterías de la ciudad, pues creía posible que se hubiesen albergado en una de ellas a su llegada a Londres, antes de procurarse otro alojamiento. El señor Gardiner opinaba que esta tentativa era inútil, pero como su cuñado estaba empeñado en llevarla a cabo, le ayudaría. Añadía que el señor Higurashi se negaba a irse de Londres, y prometía escribir en breve. En una posdata decía lo siguiente:
«He escrito al coronel Forster suplicándole que averigüe entre los amigos del regimiento si Hanyou tiene parientes o relaciones que puedan saber en qué parte de la ciudad estará oculto. Si hubiese alguien a quien se pudiera acudir con alguna probabilidad de obtener esa pista, se adelantaría mucho. Por ahora no hay nada que nos oriente. No dudo que el coronel Forster hará todo lo que esté a su alcance para complacernos, pero quizá Aome pueda indicarnos mejor que nadie si Hanyou tiene algún pariente.»
Aome comprendió el porqué de esta alusión, pero no podía corresponder a ella. Jamás había oído decir si tenía parientes aparte de su padre y su madre muertos hacía muchos años. Pero era posible que alguno de sus compañeros fuera capaz de dar mejor información, y aunque no era optimista, consideraba acertado preguntarlo.
En Longbourn los días transcurrían con gran ansiedad, ansiedad que crecía con la llegada del correo. Todas las mañanas esperaban las cartas con impaciencia. Por carta habrían de saber la mala o buena marcha del asunto, y cada día creían que iban a recibir alguna noticia de importancia.
Pero antes de que volvieran a saber del señor Gardiner, llegó de Hunsford una misiva para el señor Higurashi de su primo Akitoki. Como Sango había recibido la orden de leer en ausencia de su padre todo lo que recibiese, abrió la carta. Aome, que sabía cómo eran las epístolas de Akitoki, leyó también por encima del hombro de su hermana. Decía así:
«Mi querido señor: Nuestro parentesco y mi situación en la vida me llevan a darle mis condolencias por la grave aflicción que está padeciendo, de la que fuimos informados por una carta de Hertfordshire. No dude de que tanto la señora Akitoki como yo les acompañamos en el sentimiento a usted y a toda su respetable familia en la presente calamidad, que ha de ser muy amarga, puesto que el tiempo no la puede borrar. No faltarán argumentos por mi parte para aliviar tan tremenda desventura o servir de consuelo en circunstancias que para un padre han de ser más penosas que para todos los demás. La muerte de una hija habría sido una bendición comparada con esto. Y es más lamentable porque hay motivos para suponer, según me dice mi querida Rika, que esa licenciosa conducta de su hija procede de un deplorable exceso de indulgencia; aunque al mismo tiempo y para consuelo suyo y de su esposa, me inclino a pensar que debía de ser de naturaleza perversa, pues de otra suerte no habría incurrido en tal atrocidad a una edad tan temprana. De todos modos es usted digno de compasión, opinión que no sólo comparte la señora Akitoki, sino también lady Kagura y su hija, a quienes he referido el hecho. Están de acuerdo conmigo en que ese mal paso de su hija será perjudicial para la suerte de las demás; porque¿quién ––como la propia lady Kagura dice afablemente–– querrá emparentar con semejante familia? Esta consideración me mueve a recordar con la mayor satisfacción cierto suceso del pasado noviembre, pues a no haber ido las cosas como fueron, me vería ahora envuelto en toda la tristeza y desgracia de ustedes. Permítame, pues, que le aconseje, querido señor, que se resigne todo lo que pueda y arranque a su indigna hija para siempre de su corazón, y deje que recoja ella los frutos de su abominable ofensa.»
El señor Gardiner no volvió a escribir hasta haber recibido contestación del coronel Forster, pero no pudo decir nada bueno. No se sabía que Hanyou tuviese relación con ningún pariente y se aseguraba que no tenía ninguno cercano. Antiguamente había tenido muchas amistades, pero desde su ingreso en el ejército parecía apartado de todo el mundo. No había nadie, por consiguiente, capaz de dar noticias de su paradero. Había un poderoso motivo para que se ocultara, que venía a sumarse al temor de ser descubierto por la familia de Kikyo, y era que había dejado tras sí una gran cantidad de deudas de juego. El coronel Forster opinaba que serían necesarias más de mil libras para clarear sus cuentas en Brighton. Mucho debía en la ciudad, pero sus deudas de honor eran aún más elevadas. El señor Gardiner no se atrevió a ocultar estos detalles a la familia de Longbourn. Sango se horrorizó:
––¡Un jugador! Eso no lo esperaba. ¡No podía imaginármelo!
Añadía el señor Gardiner en su carta que el señor Higurashi iba a regresar a Longbourn al día siguiente, que era sábado. Desanimado por el fracaso de sus pesquisas había cedido a las instancias de su cuñado para que se volviese a su casa y le dejase hacer a él mientras las circunstancias no fuesen más propicias para una acción conjunta. Cuando se lo dijeron a la señora Higurashi, no demostró la satisfacción que sus hijas esperaban en vista de sus inquietudes por la vida de su marido.
––¿Que viene a casa y sin la pobre Kikyo? exclamó––. No puedo creer que salga de Londres sin haberlos encontrado. ¿Quién retará a Hanyou y hará que se case, si Higurashi regresa?
Como la señora Gardiner ya tenía ganas de estar en su casa se convino que se iría a Londres con los niños aprovechando la vuelta del señor Higurashi. Por consiguiente, el coche de Longbourn les condujo hasta la primera etapa de su camino y trajo de vuelta al señor Higurashi.
La señora Gardiner se fue perpleja aún al pensar en el encuentro casual de Aome y su amigo de Derbyshire en dicho lugar. Aome se había abstenido de pronunciar su nombre, y aquella especie de semiesperanza que la tía había alimentado de que recibirían una carta de él al llegar a Longbourn, se había quedado en nada. Desde su llegada, Aome no había tenido ninguna carta de Pemberley.
El desdichado estado de toda la familia hacía innecesaria cualquier otra excusa para explicar el abatimiento de Aome; nada, por lo tanto, podía conjeturarse sobre aquello, aunque a Aome, que por aquel entonces sabía a qué atenerse acerca de sus sentimientos, le constaba que, a no ser por Taisho, habría soportado mejor sus temores por la deshonra de Kikyo. Se habría ahorrado una o dos noches de no dormir.
El señor Higurashi llegó con su acostumbrado aspecto de filósofo. Habló poco, como siempre; no dijo nada del motivo que le había impulsado a regresar, y pasó algún tiempo antes de que sus hijas tuvieran el valor de hablar del tema.
Por la tarde, cuando se reunió con ellas a la hora del té, Aome se aventuró a tocar la cuestión; expresó en pocas palabras su pena por lo que su padre debía haber sufrido, y éste contestó:
––Déjate. ¿Quién iba a sufrir sino yo? Ha sido por mi culpa y está bien que lo pague.
––No seas tan severo contigo mismo replicó Aome.
––No hay contemplaciones que valgan en males tan grandes. La naturaleza humana es demasiado propensa a recurrir a ellas. No, Aome; deja que una vez en la vida me dé cuenta de lo mal que he obrado. No voy a morir de la impresión; se me pasará bastante pronto.
––¿Crees que están en Londres?
––Sí; ¿dónde, si no podrían estar tan bien escondidos?
––¡Y Kikyo siempre deseó tanto ir a Londres! ––añadió Kagura.
––Entonces debe de ser feliz ––dijo su padre fríamente–– y no saldrá de allí en mucho tiempo. Después de un corto silencio, prosiguió:
Aome, no me guardes rencor por no haber seguido tus consejos del pasado mayo; lo ocurrido demuestra que eran acertados.
En ese momento fueron interrumpidos por Sango que venía a buscar el té para su madre.
––¡Mira qué bien! ––exclamó el señor Higurashi––. ¡Eso presta cierta elegancia al infortunio! Otro día haré yo lo mismo: me quedaré en la biblioteca con mi gorro de dormir y mi batín y os daré todo el trabajo que pueda, o acaso lo deje para cuando se escape Kagura...
––¡Yo no voy a escaparme, papá! ––gritó Kagura furiosa––. Si yo hubiese ido a Brighton, me habría portado mejor que Kikyo.
––¡Tú a Brighton¡No me fiaría de ti ni que fueras nada más que a la esquina! No, Kagura. Por fin he aprendido a ser cauto, y tú lo has de sentir. No volverá a entrar en esta casa un oficial aunque vaya de camino. Los bailes quedarán absolutamente prohibidos, a menos que os acompañe una de vuestras hermanas, y nunca saldréis ni a la puerta de la casa sin haber demostrado que habéis vivido diez minutos del día de un modo razonable.
Kagura se tomó en serio todas estas amenazas y se puso a llorar.
––Bueno, bueno ––dijo el señor Higurashi––, no te pongas así. Si eres buena chica en los próximos diez años, en cuanto pasen, te llevaré a ver un desfile.
Dos días después de la vuelta del señor Higurashi, mientras Sango y Aome paseaban juntas por el plantío de arbustos de detrás de la casa, vieron al ama de llaves que venía hacia ellas. Creyeron que iba a llamarlas de parte de su madre y corrieron a su encuentro; pero la mujer le dijo a Sango: Dispense que la interrumpa, señorita; pero he supuesto que tendría usted alguna buena noticia de la capital y por eso me he tomado la libertad de venir a preguntárselo.
––¿Qué dice usted, Hill? No he sabido nada.
––¡Querida señorita! ––exclamó la señora Hill con gran asombro––. ¿Ignora que ha llegado un propio para el amo, enviado por el señor Gardiner? Ha estado aquí media hora y el amo ha tenido una carta.
Las dos muchachas se precipitaron hacia la casa, demasiado ansiosas para poder seguir conversando. Pasaron del vestíbulo al comedor de allí a la biblioteca, pero su padre no estaba en ninguno de esos sitios; iban a ver si estaba arriba con su madre, cuando se encontraron con el mayordomo que les dijo:
––Si buscan ustedes a mi amo, señoritas, lo encontrarán paseando por el sotillo.
Sango y Aome volvieron a atravesar el vestíbulo y, cruzando el césped, corrieron detrás de su padre que se encaminaba hacia un bosquecillo de al lado de la cerca.
Sango, que no era tan ligera ni tenía la costumbre de correr de Aome, se quedó atrás, mientras su hermana llegaba jadeante hasta su padre y exclamó:
––¿Qué noticias hay, papá¿Qué noticias hay¿Has sabido algo de mi tío?
––Sí, me ha mandado una carta por un propio.
––¿Y qué nuevas trae, buenas o malas?
––¿Qué se puede esperar de bueno? ––dijo el padre sacando la carta del bolsillo––. Tomad, leed si queréis.
Aome cogió la carta con impaciencia. Sango llegaba entonces.
––Léela en voz alta ––pidió el señor Higurashi––, porque todavía no sé de qué se trata.
«Gracechurch Street, lunes 2 de agosto.
»Mi querido hermano: Por fin puedo enviarte noticias de mi sobrina, y tales, en conjunto, que espero te satisfagan. Poco después de haberte marchado tú el sábado, tuve la suerte de averiguar en qué parte de Londres se encontraban. Los detalles me los reservo para cuando nos veamos; bástete saber que ya están descubiertos; les he visto a los dos.»
Entonces es lo que siempre he esperado exclamó Sango––. ¡Están casados!
Aome siguió leyendo:
«No están casados ni creo que tengan intención de estarlo, pero si quieres cumplir los compromisos que me he permitido contraer en tu nombre, no pasará mucho sin que lo estén. Todo lo que tienes que hacer es asegurar a tu hija como dote su parte igual en las cinco mil libras que recibirán tus hijas a tu muerte y a la de tu esposa, y prometer que le pasarás, mientras vivas, cien libras anuales. Estas son las condiciones que, bien mirado, no he vacilado en aceptar por ti, pues me creía autorizado para ello. Te mando la presente por un propio, pues no hay tiempo que perder para que me des una contestación. Comprenderás fácilmente por todos los detalles que la situación del señor Hanyou no es tan desesperada como se ha creído. La gente se ha equivocado y me complazco en afirmar que después de pagadas todas las deudas todavía quedará algún dinerillo para dotar a mi sobrina como adición a su propia fortuna. Si, como espero, me envías plenos poderes para actuar en tu nombre en todo este asunto, daré órdenes enseguida a Haggerston para que redacte el oportuno documento. No hay ninguna necesidad de que vuelvas a la capital; por consiguiente, quédate tranquilo en Longbourn y confía en mi diligencia y cuidado. Contéstame cuanto antes y procura escribir con claridad. Hemos creído lo mejor que mi sobrina salga de mi casa para ir a casarse, cosa que no dudo aprobarás. Hoy va a venir. Volveré a escribirte tan pronto como haya algo nuevo. »Tuyo,
E. Gardiner.»
––¿Es posible? ––exclamó Aome al terminar la carta––. ¿Será posible que se case con ella?
––Entonces Hanyou no es tan despreciable como creíamos ––observó Sango––. Querido papá, te doy la enhorabuena.
––¿Ya has contestado la carta?
––No, pero hay que hacerlo en seguida.
Aome le rogó vehementemente que no lo demorase.
––Querido papá, vuelve a casa y ponte a escribir inmediatamente. Piensa lo importante que son los minutos en estos momentos.
––Deja que yo escriba por ti ––dijo Sango––, si no quieres molestarte.
––Mucho me molesta ––repuso él––, pero no hay más remedio.
Y regresó con ellas a la casa.
––Supongo que aceptarás añadió Aome.
––¡Aceptar¡Si estoy avergonzado de que pida tan poco!
––¡Deben casarse! Aunque él sea como es.
––Sí, sí, deben casarse. No se puede hacer otra cosa. Pero hay dos puntos que quiero aclarar: primero, cuánto dinero ha adelantado tu tío para resolver eso, y segundo, cómo voy a pagárselo.
––¿Dinero, mi tío? ––preguntó Sango––. ¿Qué quieres decir?
––Digo que no hay hombre en su sano juicio que se case con Kikyo por tan leve tentación como son cien libras anuales durante mi vida y cincuenta cuando yo me muera.
––Es muy cierto ––dijo Aome––; no se me había ocurrido. ¡Pagadas sus deudas y que todavía quede algo! Eso debe de ser obra de mi tío. ¡Qué hombre tan bueno y generoso! Temo que esté pasando apuros, pues con una pequeña cantidad no se hace todo eso.
––No ––dijo el señor Higurashi––, Hanyou es un loco si acepta a Kikyo por menos de diez mil libras. Sentiría juzgarle tan mal cuando vamos a empezar a ser parientes.
––¡Diez mil libras¡No lo quiera Dios¿Cuándo podríamos pagar la mitad de esa suma?
El señor Higurashi no contestó, y, ensimismados todos en sus pensamientos, continuaron en silencio hasta llegar a la casa. El padre se metió en la biblioteca para escribir, y las muchachas se fueron al comedor.
––¿Se irán a casar, de veras? ––exclamó Aome en cuanto estuvieron solas––.¡Qué raro! Y habremos de dar gracias aún. A pesar de las pocas probabilidades de felicidad de ese matrimonio y de la perfidia de Hanyou, todavía tendremos que alegrarnos. ¡Oh, Kikyo!
––Me consuelo pensando ––replicó Sango–– que seguramente no se casaría con Kikyo si no la quisiera. Aunque nuestro bondadoso tío haya hecho algo por salvarlo, no puedo creer que haya adelantado diez mil libras ni nada parecido. Tiene hijos y puede tener más. No alcanzaría a ahorrar ni la mitad de esa suma.
––Si pudiéramos averiguar a cuánto ascienden las deudas de Hanyou ––dijo Aome–– y cuál es la dote que el tío Gardiner da a nuestra hermana, sabríamos exactamente lo que ha hecho por ellos, pues Hanyou no tiene ni medio chelín. Jamás podremos pagar la bondad del tío. El llevarla a su casa y ponerla bajo su dirección y amparo personal es un sacrificio que nunca podremos agradecer bastante. Ahora debe de estar con ellos. Si tanta bondad no le hace sentirse miserable, nunca merecerá ser feliz. ¡Qué vergüenza para ella encontrarse cara a cara con nuestra tía!
––Unos y otros hemos de procurar olvidar lo sucedido ––dijo Sango––: Espero que todavía sean dichosos. A mi modo de ver, el hecho de que Hanyou haya accedido a casarse es prueba de que ha entrado por el buen camino. Su mutuo afecto les hará sentar la cabeza y confío que les volverá tan razonables que con el tiempo nos harán olvidar su pasada imprudencia:
––Se han portado de tal forma ––replicó Aome–– que ni tú; ni yo, ni nadie podrá olvidarla nunca. Es inútil hablar de eso.
Se les ocurrió entonces a las muchachas que su madre ignoraba por completo todo aquello. Fueron a la biblioteca y le preguntaron a su padre si quería que se lo dijeran. El señor Higurashi estaba escribiendo y sin levantar la cabeza contestó fríamente:
––Como gustéis.
––¿Podemos enseñarle la carta de tío Gardiner?
––Enseñadle lo que queráis y largaos.
Aome cogió la carta de encima del escritorio y las dos hermanas subieron a la habitación de su madre. Kanna y Kagura estaban con la señora Higurashi, y, por lo tanto, tenían que enterarse también. Después de una ligera preparación para las buenas nuevas, se leyó la carta en voz alta. La señora Higurashi apenas pudo contenerse, y en cuanto Sango llegó a las esperanzas del señor Gardiner de que Kikyo estaría pronto casada, estalló su gozo, y todas las frases siguientes lo aumentaron. El júbilo le producía ahora una exaltación que la angustia y el pesar no le habían ocasionado. Lo principal era que su hija se casase; el temor de que no fuera feliz no le preocupó lo más mínimo, no la humilló el pensar en su mal proceder.
––¡Mi querida, mi adorada Kikyo! ––exclamó––. ¡Es estupendo¡Se casará¡La volveré a ver¡Casada a los dieciséis años¡Oh, qué bueno y cariñoso eres, hermano mío¡Ya sabía yo que había de ser así, que todo se arreglaría¡Qué ganas tengo de verla, y también al querido Hanyou¿Pero, y los vestidos¿Y el traje de novia? Voy a escribirle ahora mismo a mi cuñada para eso. Aome, querida mía, corre a ver a tu padre y pregúntale cuánto va a darle. Espera, espera, iré yo misma. Toca la campanilla, Kagura, para que venga Hill. Me vestiré en un momento. ¡Mi querida, mi Kikyo de mi alma¡Qué contentas nos pondremos las dos al vernos!
La hermana mayor trató de moderar un poco la violencia de su exaltación y de hacer pensar a su madre en las obligaciones que el comportamiento del señor Gardiner les imponía a todos.
––Pues hemos de atribuir este feliz desenlace añadió–– a su generosidad. Estamos convencidos de que ha socorrido a Hanyou con su dinero.
––Bueno ––exclamó la madre––, es muy natural. ¿Quién lo había de hacer, más que tu tío? Si no hubiese tenido hijos, habríamos heredado su fortuna, ya lo sabéis, y ésta es la primera vez que hace algo por nosotros, aparte de unos pocos regalos. ¡Qué feliz soy! Dentro de poco tendré una hija casada¡la señora Hanyou¡Qué bien suena! Y cumplió sólo dieciséis años el pasado junio. Querida Sango, estoy tan emocionada que no podré escribir; así que yo dictaré y tú escribirás por mí. Después determinaremos con tu padre lo relativo al dinero, pero las otras cosas hay que arreglarlas ahora mismo.
Se disponía a tratar de todos los particulares sobre sedas, muselinas y batistas, y al instante habría dictado algunas órdenes si Sango no la hubiese convencido, aunque con cierta dificultad, de que primero debería consultar con su marido. Le hizo comprender que un día de retraso no tendría la menor importancia, y la señora Higurashi estaba muy feliz para ser tan obstinada como siempre. Además, ya se le habían ocurrido otros planes:
––Iré a Meryton en cuanto me vista, a comunicar tan excelentes noticias a mi hermana Philips. Y al regreso podré visitar a lady Lucas y a la señora Long. ¡Kagura, baja corriendo y pide el coche! Estoy segura de que me sentará muy bien tomar el aire. Niñas¿queréis algo para Meryton¡Oh!, aquí viene Hill. Querida Hill¿se ha enterado ya de las buenas noticias? La señorita Kikyo va a casarse, y para que brinden por su boda, se beberán ustedes un ponche.
La señora Hill manifestó su satisfacción y les dio sus parabienes a todas. Aome, mareada ante tanta locura, se refugió en su cuarto para dar libre curso a sus pensamientos.
La situación de la pobre Kikyo había de ser, aun poniéndose en lo mejor, bastante mala; pero no era eso lo peor; tenía que estar aún agradecida, pues aunque mirando al porvenir su hermana no podía esperar ninguna felicidad razonable ni ninguna prosperidad en el mundo, mirando hacia atrás, a lo que sólo dos horas antes Aome había temido tanto, no se podía negar que todavía había tenido suerte
KAGOME THE SNAPE muchas gracias por el apoyo, jijiji la neta no esperaba ese apoyo de tu parte durante la historia, y creo que es justo decir que gracias a tu apoyo en especial, digo sin minimizar los de otras personas, pero el tuyo fue muy insistente continué esta adaptación y me da mucho gusto recibir esta clase de apoyo.
ksforever!!! hola muchas gracias por tu review y tu apoyo la verdad creo que faltan a lo mucho 3 capitulos para concluir la historia, la verdad no creí que gustara tanto y me siento muy halagada con tu propuesta y con gusto acepto, solo dáme por fas la dirección para visitar la pag.
A todas las personas que leen este fic dejen o no review muchas gracias por el apoyo creanme que sube la autoestima de los que estamos de este lado tratando de llevarles historias. :) grazias
