Hola he aquí un capítulo más de esta historia, y tambien la acostumbrada declaración acerca de que esta historia y algunos de los personajes en ella no son mìos, sino de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen con Inuyasha de Rumiko Takahashi, espero la sigan disfrutando, y les aviso que ya està próximo el desenlace. Nos estamos leyendo adios.

CAPITULO 17

Anteriormente, el señor Higurashi había querido muchas veces ahorrar una cierta cantidad anual para mejorar el caudal de sus hijas y de su mujer, si ésta le sobrevivía, en vez de gastar todos sus ingresos. Y ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Esto le habría evitado a Kikyo endeudarse con su tío por todo lo que ahora tenía que hacer por ella tanto en lo referente a la honra como al dinero. Habría podido darse, además, el gusto de tentar a cualquiera de los más brillantes jóvenes de Gran Bretaña a casarse con ella.

Estaba seriamente consternado de que por un asunto que tan pocas ventajas ofrecía para nadie, su cuñado tuviese que hacer tantos sacrificios, y quería averiguar el importe de su donativo a fin de devolvérselo cuando le fuese posible.

En los primeros tiempos del matrimonio del señor Higurashi, se consideró que no había ninguna necesidad de hacer economía, pues se daba por descontado que nacería un hijo varón y que éste heredaría la hacienda al llegar a la edad conveniente, con lo que la viuda y las hijas quedarían aseguradas. Pero vinieron al mundo sucesivamente cinco hijas y el varón no aparecía. Años después del nacimiento de Kikyo, la señora Higurashi creía aún que llegaría el heredero, pero al fin se dio ya por vencida. Ahora era demasiado tarde para ahorrar: la señora Higurashi no tenía ninguna aptitud para la economía y el amor de su marido a la independencia fue lo único que impidió que se excediesen en sus gastos.

En las capitulaciones matrimoniales había cinco mil libras aseguradas para la señora Higurashi y sus hijas; pero la distribución dependía de la voluntad de los padres. Por fin este punto iba a decidirse en lo referente a Kikyo, y el señor Higurashi no vaciló en acceder a lo propuesto. En términos de gratitud por la bondad de su cuñado, aunque expresados muy concisamente, confió al papel su aprobación a todo lo hecho y su deseo de cumplir los compromisos contraídos en su nombre. Nunca hubiera creído que Hanyou consintiese en casarse con Kikyo a costa de tan pocos inconvenientes como los que resultaban de aquel arreglo. Diez libras anuales era lo máximo que iba a perder al dar las cien que debía entregarles, pues entre los gastos ordinarios fijos, el dinero suelto que le daba a Kikyo y los continuos regalos en metálico que le hacía su madre se iba en Kikyo poco menos que aquella suma.

Pasado el primer arranque de ira que le motivó buscar a su hija, volvió, como era de esperar, a su habitual indolencia. Despachó pronto la carta, eso sí tardaba en emprender las cosas, pero era rápido en ejecutarlas. En la carta pedía más detalles acerca de lo que le adeudaba a su cuñado, pero estaba demasiado resentido con Kikyo para enviarle ningún mensaje.

Las buenas nuevas se extendieron rápidamente por la casa y con proporcional prontitud, por la vecindad. Cierto que hubiera dado más que hablar que Kikyo Higurashi hubiese venido a la ciudad, y que habría sido mejor aún si la hubiesen recluido en alguna granja distante; pero ya había bastante que charlar sobre su matrimonio, y los bien intencionados deseos de que fuese feliz que antes habían expresado las malévolas viejas de Meryton, no perdieron más que un poco de su viveza en este cambio de circunstancias, pues con semejante marido se daba por segura la desgracia de Kikyo.

Hacía quince días que la señora Higurashi no bajaba de sus habitaciones, pero a fin de solemnizar tan faustos acontecimientos volvió a ocupar radiante su sitio a la cabecera de la mesa. En su triunfo no había el más mínimo sentimiento de vergüenza. El matrimonio de una hija que constituyó el principal de sus anhelos desde que Sango tuvo dieciséis años, iba ahora a realizarse. No pensaba ni hablaba más que de bodas elegantes, muselinas finas, nuevos criados y nuevos carruajes. Estaba ocupadísima buscando en la vecindad una casa conveniente para la pareja, y sin saber ni considerar cuáles serían sus ingresos, rechazó muchas por falta de amplitud o de suntuosidad.

––Haye Park ––decía–– iría muy bien si los Gouldings lo dejasen; o la casa de Stoke, si el salón fuese mayor; ¡pero Asworth está demasiado lejos! Yo no podría resistir que viviese a diez millas de distancia. En cuanto a la Quinta de Purvis, los áticos son horribles.

Su marido la dejaba hablar sin interrumpirla mientras los criados estaban delante. Pero cuando se marcharon, le dijo:

––Señora Higurashi, antes de tomar ninguna de esas casas o todas ellas para tu hija, vamos a dejar las cosas claras. Hay en esta vecindad una casa donde nunca serán admitidos. No animaré el impudor de ninguno de los dos recibiéndolos en Longbourn.

A esta declaración siguió una larga disputa, pero el señor Higurashi se mantuvo firme. Se pasó de este punto a otro y la señora Higurashi vio con asombro y horror que su marido no quería adelantar ni una guinea para comprar el traje de novia a su hija. Aseguró que no recibiría de él ninguna prueba de afecto en lo que a ese tema se refería. La señora Higurashi no podía comprenderlo; era superior a las posibilidades de su imaginación que el rencor de su marido llegase hasta el punto de negar a su hija un privilegio sin el cual su matrimonio apenas parecería válido. Era más sensible a la desgracia de que su hija no tuviese vestido de novia que ponerse, que a la vergüenza de que se hubiese fugado y hubiese vivido con Hanyou quince días antes de que la boda se celebrara.

Aome se arrepentía más que nunca de haber comunicado a Taisho, empujada por el dolor del momento, la acción de su hermana, pues ya que la boda iba a cubrir el escándalo de la fuga, era de suponer que los ingratos preliminares serían ocultados a todos los que podían ignorarlos.

No temía la indiscreción de Taisho; pocas personas le inspiraban más confianza que él; pero le mortificaba que supiese la flaqueza de su hermana. Y no por el temor de que le acarrease a ella ningún perjuicio, porque de todos modos el abismo que parecía mediar entre ambos era invencible. Aunque el matrimonio de Kikyo se hubiese arreglado de la manera más honrosa, no se podía suponer que Taisho quisiera emparentar con una familia que a todos sus demás reparos iba a añadir ahora la alianza más íntima con el hombre que con tanta justicia Taisho despreciaba.

Ante una cosa así era natural que Taisho retrocediera. El deseo de ganarse el afecto de Aome que ésta había adivinado en él en Derbyshire, no podía sobrevivir a semejante golpe. Aome se sentía humillada, entristecida, y llena de vagos remordimientos. Ansiaba su cariño cuando ya no podía esperar obtenerlo. Quería saber de él cuando ya no había la más mínima oportunidad de tener noticias suyas. Estaba convencida de que habría podido ser feliz con él, cuando era probable que no se volvieran a ver.

«¡Qué triunfo para él ––pensaba–– si supiera que las proposiciones que deseché con tanto orgullo hace sólo cuatro meses, las recibiría ahora encantada.»

No dudaba que era generoso como el que más, pero mientras viviese, aquello tenía que constituir para él un triunfo.

Empezó entonces a comprender que Taisho era exactamente, por su modo de ser y su talento, el hombre que más le habría convenido. El entendimiento y el carácter de Taisho, aunque no semejantes a los suyos, habrían colmado todos sus deseos. Su unión habría sido ventajosa para ambos: con la soltura y la viveza de ella, el temperamento de él se habría suavizado y habrían mejorado sus modales. Y el juicio, la cultura y el conocimiento del mundo que él poseía le habrían reportado a ella importantes beneficios.

Pero ese matrimonio ideal ya no podría dar una lección a las admiradoras multitudes de lo que era la felicidad conyugal; la unión que iba a efectuarse en la familia de Aome era muy diferente y excluía la posibilidad de la primera.

No podían imaginar cómo se las arreglarían Hanyou y Kikyo para vivir con una pasable independencia; pero no le era difícil conjeturar lo poco estable que había de ser la felicidad de una pareja unida únicamente porque sus pasiones eran más fuertes que su virtud.

El señor Gardiner no tardó en volver a escribir a su cuñado. Contestaba brevemente al agradecimiento del señor Higurashi diciendo que su mayor deseo era contribuir al bienestar de toda su familia y terminaba rogando que no se volviese a hablar más del tema. El principal objeto de la carta era informarle de que Hanyou había resuelto abandonar el regimiento.

«Tenía muchas ganas de que lo hiciese ––añadía cuando ultimamos el matrimonio; y creo que convendrás conmigo en que su salida de ese Cuerpo es altamente provechosa tanto para él como para mi sobrina. La intención del señor Hanyou es entrar en el Ejército regular, y entre sus antiguos amigos hay quien puede y quiere ayudarle a conseguirlo. Se le ha prometido el grado de alférez en el regimiento del general X, actualmente acuartelado en el Norte. Es mucho mejor que se aleje de esta parte del reino. Él promete firmemente, y espero que sea así, que hallándose entre otras gentes ante las cuales no deberán desacreditarse, los dos serán más prudentes. He escrito al coronel Forster participándole nuestros arreglos y suplicándole que diga a los diversos acreedores del señor Hanyou en Brighton y sus alrededores, que se les pagará inmediatamente bajo mi responsabilidad. ¿Te importaría tomarte la molestia de dar las mismas seguridades a los acreedores de Meryton, de los que te mando una lista de acuerdo con lo que el señor Hanyou me ha indicado? Nos ha confesado todas sus deudas y espero que al menos en esto no nos haya engañado. Haggerston tiene ya instrucciones y dentro de una semana estará todo listo. Entonces el señor Hanyou se incorporará a su regimiento, a no ser que primero se le invite a ir a Longbourn, pues me dice mi mujer que Kikyo tiene muchos deseos de veros a todos antes de dejar el Sur. Está muy bien y os ruega sumisamente que os acordéis de ella su madre y tú. »

Tuyo,

E. Gardiner.»

El señor Higurashi y sus hijas comprendieron las ventajas de que Hanyou saliese de la guarnición del condado tan claramente como el señor Gardiner; pero la señora Higurashi no estaba tan satisfecha como ellos. Le disgustaba mucho que Kikyo se estableciese en el Norte precisamente cuando ella esperaba con placer y orgullo disfrutar de su compañía, pues no había renunciado a su ilusión de que residiera en Hertfordshire. Y además era una lástima que Kikyo se separase de un regimiento donde todos la conocían y donde tenía tantos admiradores.

––Quiere tanto a la señora Forster, que le será muy duro abandonarla. Y, además, hay varios muchachos que le gustan. Puede que los oficiales del regimiento del general X no sean tan simpáticos.

La súplica ––pues como tal había de considerarse de su hija de ser admitida de nuevo en la familia antes de partir para el Norte fue al principio rotundamente denegada; pero Sango y Aome, por los sentimientos y por el porvenir de su hermana, deseaban que notificase su matrimonio a sus padres en persona, e insistieron con tal interés, suavidad y dulzura en que el señor Higurashi accediese a recibirles a ella y a su marido en Longbourn después de la boda, que le convencieron. De modo que la señora Higurashi tuvo la satisfacción de saber que podrían presentar a la vecindad a su hija casada antes de que fuese desterrada al Norte. En consecuencia, cuando el señor Higurashi volvió a escribir a su cuñado, le dio permiso para que la pareja viniese, y se determinó que al acabar la ceremonia saldrían para Longbourn. Aome se quejó de que Hanyou aceptase este plan, y si se hubiese guiado sólo por sus propios deseos, Hanyou sería para ella la última persona con quien querría encontrarse.

CAPÍTULO LI

Llegó el día de la boda de Kikyo, y Sango y Aome se interesaron por ella probablemente más que ella misma. Se envió el coche a buscarlos a X, y volvería con ellos a la hora de comer. Sango y Aome temían su llegada, especialmente Sango, que suponía en Kikyo los mismos sentimientos que a ella la habrían embargado si hubiese sido la culpable, y se atormentaba pensando en lo que Kikyo debía sufrir.

Llegaron. La familia estaba reunida en el saloncillo esperándolos. La sonrisa adornaba el rostro de la señora Higurashi cuando el coche se detuvo frente a la puerta; su marido estaba impenetrablemente serio, y sus hijas, alarmadas, ansiosas e inquietas.

Se oyó la voz de Kikyo en el vestíbulo; se abrió la puerta y la recién casada entró en la habitación. Su madre se levantó, la abrazó y le dio con entusiasmo la bienvenida, tendiéndole la mano a Hanyou que seguía a su mujer, deseándoles a ambos la mayor felicidad, con una presteza que demostraba su convicción de que sin duda serían felices.

El recibimiento del señor Higurashi, hacia quien se dirigieron luego, ya no fue tan cordial. Reafirmó su seriedad y apenas abrió los labios. La tranquilidad de la joven pareja era realmente suficiente para provocarle. A Aome le daban vergüenza e incluso Sango estaba escandalizada. Kikyo seguía siendo Kikyo: indómita, descarada, insensata, chillona y atrevida. Fue de hermana en hermana pidiéndoles que la felicitaran, y cuando al fin se sentaron todos, miró con avidez por toda la estancia, notando que había habido un pequeño cambio, y, soltando una carcajada, dijo que hacía un montón de tiempo que no estaba allí.

Hanyou no parecía menos contento que ella; pero sus modales seguían siendo tan agradables que si su modo de ser y su boda hubieran sido como debían, sus sonrisas y sus desenvueltos ademanes al reclamar el reconocimiento de su parentesco por parte de sus cuñadas, les habrían seducido a todas. Aome nunca creyó que fuese capaz de tanta desfachatez, pero se sentó decidida a no fijar límites en adelante a la desvergüenza de un desvergonzado. Tanto Sango como ella estaban ruborizadas, pero las mejillas de los causantes de su turbación permanecían inmutables.

No faltó la conversación. La novia y la madre hablaban sin respiro, y Hanyou, que se sentó al lado de Aome, comenzó a preguntar por sus conocidos de la vecindad con una alegría y buen humor, que ella no habría podido igualar en sus respuestas. Tanto Kikyo como Hanyou parecían tener unos recuerdos maravillosos. Recordaban todo lo pasado sin ningún pesar, y ella hablaba voluntariamente de cosas a las que sus hermanas no habrían hecho alusión por nada del mundo.

––¡Ya han pasado tres meses desde que me fui! ––exclamó––. ¡Y parece que fue hace sólo quince días! Y, sin embargo¡cuántas cosas han ocurrido¡Dios mío! Cuando me fui no tenía ni idea de que cuando volviera iba a estar casada; aunque pensaba que sería divertidísimo que así fuese.

Su padre alzó los ojos; Sango estaba angustiada; Aome miró a Kikyo significativamente, pero ella, que nunca veía ni oía lo que no le interesaba, continuó alegremente:

––Mamá¿sabe la gente de por aquí que me he casado? Me temía que no, y por eso, cuando adelantamos el carruaje de William Goulding, quise que se enterase; bajé el cristal que quedaba a su lado y me quité el guante y apoyé la mano en el marco de la ventanilla para que me viese el anillo. Entonces le saludé y sonreí como si nada.

Aome no lo aguantó más. Se levantó y se fue a su cuarto y no bajó hasta oír que pasaban por el vestíbulo en dirección al comedor. Llegó a tiempo de ver cómo Kikyo, pavoneándose, se colocaba en la mesa al lado derecho de su madre y le decía a su hermana mayor:

––Sango, ahora me corresponde a mí tu puesto. Tú pasas a segundo lugar, porque yo soy una señora casada.

No cabía suponer que el tiempo diese a Kikyo aquella mesura de la que siempre había carecido. Su tranquilidad de espíritu y su desenfado iban en aumento. Estaba impaciente por ver a la señora Philips, a los Lucas y a todos los demás vecinos, para oír cómo la llamaban «señora Hanyou». Mientras tanto, después de comer, fue a enseñar su anillo de boda a la señora Hill y a las dos criadas para presumir de casada.

––Bien, mamá ––dijo cuando todos volvieron al saloncillo––¿qué te parece mi marido¿No es encantador? Estoy segura de que todas mis hermanas me envidian; sólo deseo que tengan la mitad de suerte que yo. Deberían ir a Brighton; es un sitio ideal para conseguir marido. ¡Qué pena que no hayamos ido todos!

––Es verdad. Si yo mandase, habríamos ido. Kikyo, querida mía, no me gusta nada que te vayas tan lejos. ¿Tiene que ser así?

––¡Oh, Señor! Sí, no hay más remedio. Pero me gustará mucho. Tú, papá y mis hermanas tenéis que venir a vernos. Estaremos en Newcastle todo el invierno, y habrá seguramente algunos bailes; procuraré conseguir buenas parejas para todas.

––¡Eso es lo que más me gustaría! ––suspiró su madre.

––Y cuando regreséis, que se queden con nosotros una o dos de mis hermanas, y estoy segura de que les habré encontrado marido antes de que acabe el invierno:

––Te agradezco la intención ––repuso Aome––, pero no me gusta mucho que digamos tu manera de conseguir marido.

Los invitados iban a estar en Longbourn diez días solamente. Hanyou había recibido su destino antes de salir de Londres y tenía que incorporarse a su regimiento dentro de una quincena.

Nadie, excepto la señora Higurashi, sentía que su estancia fuese tan corta. La mayor parte del tiempo se lo pasó en hacer visitas acompañada de su hija y en organizar fiestas en la casa. Las fiestas eran gratas a todos; evitar el círculo familiar era aún más deseable para los que pensaban que para los que no pensaban.

El cariño de Hanyou por Kikyo era exactamente tal como Aome se lo había imaginado, y muy distinto que el de Kikyo por él. No necesitó Aome más que observar un poco a su hermana para darse cuenta de que la fuga había obedecido más al amor de ella por él que al de él por ella. Se habría extrañado de que Hanyou se hubiera fugado con una mujer hacia la que no sentía ninguna atracción especial, si no hubiese tenido por cierto que la mala situación en que se encontraba le había impuesto aquella acción, y no era él hombre, en semejante caso, para rehuir la oportunidad de tener una compañera.

Kikyo estaba loca por él; su «querido Hanyou» no se la caía de la boca, era el hombre más perfecto del mundo y todo lo que hacía estaba bien hecho. Aseguraba que a primeros de septiembre Hanyou mataría más pájaros que nadie de la comarca.

Una mañana, poco después de su llegada, mientras estaba sentada con sus hermanas mayores, Kikyo le dijo a Aome:

––Creo que todavía no te he contado cómo fue mi boda. No estabas presente cuando se la expliqué a mamá y a las otras. ¿No te interesa saberlo?

––Realmente, no ––contestó Aome––; no deberías hablar mucho de ese asunto.

––¡Ay, qué rara eres! Pero quiero contártelo. Ya sabes que nos casamos en San Clemente, porque el alojamiento de Hanyou pertenecía a esa parroquia. Habíamos acordado estar todos allí a las once. Mis tíos y yo teníamos que ir juntos y reunirnos con los demás en la iglesia. Bueno; llegó la mañana del lunes y yo estaba que no veía. ¿Sabes¡Tenía un miedo de que pasara algo que lo echase todo a perder, me habría vuelto loca! Mientras me vestí, mi tía me estuvo predicando dale que dale como si me estuviera leyendo un sermón. Pero yo no escuché ni la décima parte de sus palabras porque, como puedes suponer, pensaba en mi querido Hanyou, y en si se pondría su traje azul para la boda.

»Bueno; desayunamos a las diez, como de costumbre. Yo creí que aquello no acabaría nunca, porque has de saber que los tíos estuvieron pesadísimos conmigo durante todo el tiempo que pasé con ellos. Créeme, no puse los pies fuera de casa en los quince días; ni una fiesta, ninguna excursión¡nada! La verdad es que Londres no estaba muy animado; pero el Little Theatre estaba abierto. En cuanto llegó el coche a la puerta, mi tío tuvo que atender a aquel horrible señor Stone para cierto asunto. Y ya sabes que en cuanto se encuentran, la cosa va para largo. Bueno, yo tenía tanto miedo que no sabía qué hacer, porque mi tío iba a ser el padrino, y si llegábamos después de la hora, ya no podríamos casarnos aquel día. Pero, afortunadamente, mi tío estuvo listo a los dos minutos y salimos para la iglesia. Pero después me acordé de que si tío Gardiner no hubiese podido ir a la boda, de todos modos no se habría suspendido, porque el señor Taisho podía haber ocupado su lugar.

¡El señor Taisho! ––repitió Aome con total asombro.

¡Claro! Acompañaba a Hanyou, ya sabes. Pero ¡ay de mí, se me había olvidado! No debí decirlo. Se lo prometí fielmente. ¿Qué dirá Hanyou¡Era un secreto!

––Si era un secreto ––dijo Sango–– no digas ni una palabra más. Yo no quiero saberlo.

––Naturalmente ––añadió Aome, a pesar de que se moría de curiosidad––, no te preguntaremos nada.

––Gracias ––dijo Kikyo––, porque si me preguntáis, os lo contaría todo y Hanyou se enfadaría.

Con semejante incentivo para sonsacarle, Aome se abstuvo de hacerlo y para huir de la tentación se marchó.

Pero ignorar aquello era imposible o, por lo menos, lo era no tratar de informarse. Taisho había asistido a la boda de Kikyo. Tanto el hecho como sus protagonistas parecían precisamente los menos indicados para que Taisho se mezclase con ellos. Por su cabeza cruzaron rápidas y confusas conjeturas sobre lo que aquello significaba, pero ninguna le pareció aceptable. Las que más le complacían, porque enaltecían a Taisho, eran aparentemente improbables. No podía soportar tal incertidumbre, por lo que se apresuró y cogió una hoja de papel para escribir una breve carta a su tía pidiéndole le aclarase lo que a Kikyo se le había escapado, si era compatible con el secreto del asunto.

«Ya comprenderás ––añadía–– que necesito saber por qué una persona que no tiene nada que ver con nosotros y que propiamente hablando es un extraño para nuestra familia, ha estado con vosotros en ese momento. Te suplico que me contestes a vuelta de correo y me lo expliques, a no ser que haya poderosas razones que impongan el secreto que Kikyo dice, en cuyo caso tendré que tratar de resignarme con la ignorancia.»

«Pero no lo haré», se dijo a sí misma al acabar la carta; «y querida tía, si no me lo cuentas, me veré obligada a recurrir a tretas y estratagemas para averiguarlo».

El delicado sentido del honor de Sango le impidió hablar a solas con Aome de lo que a Kikyo se le había escapado. Aome se alegró, aunque de esta manera, si sus pesquisas daban resultado, no podría tener un confidente.

CAPÍTULO LII

Aome tuvo la satisfacción de recibir inmediata respuesta a su carta. Corrió con ella al sotillo, donde había menos probabilidades de que la molestaran, se sentó en un banco y se preparó a ser feliz, pues la extensión de la carta la convenció de que no contenía una negativa.

«Gracechurch Street, 8 de septiembre.

»Mi querida sobrina: Acabo de recibir tu carta y voy a dedicar toda la mañana a contestarla, pues creo que en pocas palabras no podré decirte lo mucho que tengo que contarte. Debo confesar que me sorprendió tu pregunta, pues no la esperaba de ti. No te enfades, sólo deseo que sepas que no creía que tales aclaraciones fueran necesarias por tu parte. Si no quieres entenderme, perdona mi impertinencia. Tu tío está tan sorprendido como yo, y sólo por la creencia de que eres parte interesada se ha permitido obrar como lo ha hecho. Pero por si efectivamente eres inocente y no sabes nada de nada, tendré que ser más explícita.

»El mismo día que llegué de Longbourn, tu tío había tenido una visita muy inesperada. El señor Taisho vino y estuvo encerrado con él varias horas. Cuando yo regresé, ya estaba todo arreglado; así que mi curiosidad no padeció tanto como la tuya. Taisho vino para decir a Gardiner que había descubierto el escondite de Hanyou y tu hermana, y que les había visto y hablado a los dos: a Hanyou varias veces, a tu hermana una solamente. Por lo que puedo deducir, Taisho se fue de Derbyshire al día siguiente de habernos ido nosotros y vino a Londres con la idea de buscarlos. El motivo que dio es que se reconocía culpable de que la infamia de Hanyou no hubiese sido suficientemente conocida para impedir que una muchacha decente le amase o se confiara a él. Generosamente lo imputó todo a su ciego orgullo, diciendo que antes había juzgado indigno de él publicar sus asuntos privados. Su conducta hablaría por él. Por lo tanto creyó su deber intervenir y poner remedio a un mal que él mismo había ocasionado. Si tenía otro motivo, estoy segura de que no era deshonroso... Había pasado varios días en la capital sin poder dar con ellos, pero tenía una pista que podía guiarle y que era más importante que todas las nuestras y que, además, fue otra de las razones que le impulsaron a venir a vernos.

»Parece ser que hay una señora, una tal señora Younge, que tiempo atrás fue el aya de la señorita Taisho, y hubo que destituirla de su cargo por alguna causa censurable que él no nos dijo. Al separarse de la familia Taisho, la señora Younge tomó una casa grande en Edwards Street y desde entonces se ganó la vida alquilando habitaciones. Taisho sabía que esa señora Younge tenía estrechas relaciones con Hanyou, y a ella acudió en busca de noticias de éste en cuanto llegó a la capital. Pero pasaron dos o tres días sin que pudiera obtener de dicha señora lo que necesitaba. Supongo que no quiso hablar hasta que le sobornaran, pues, en realidad, sabía desde el principio en dónde estaba su amigo. Hanyou, en efecto, acudió a ella a su llegada a Londres, y si hubiese habido lugar en su casa, allí se habría alojado. Pero, al fin, nuestro buen amigo consiguió la dirección que buscaba. Estaban en la calle X. Vio a Hanyou y luego quiso ver a Kikyo. Nos confesó que su primer propósito era convencerla de que saliese de aquella desdichada situación y volviese al seno de su familia si se podía conseguir que la recibieran, y le ofreció su ayuda en todo lo que estuviera a su alcance. Pero encontró a Kikyo absolutamente decidida a seguir tal como estaba. Su familia no le importaba un comino y rechazó la ayuda de Taisho; no quería oír hablar de abandonar a Hanyou; estaba convencida de que se casarían alguna vez y le tenía sin cuidado saber cuándo. En vista de esto, Taisho pensó que lo único que había que hacer era facilitar y asegurar el matrimonio; en su primer diálogo con Hanyou, vio que el matrimonio no entraba en los cálculos de éste. Hanyou confesó que se había visto obligado a abandonar el regimiento debido a ciertas deudas de honor que le apremiaban; no tuvo el menor escrúpulo en echar la culpa a la locura de Kikyo todas las desdichadas consecuencias de la huida. Dijo que renunciaría inmediatamente a su empleo, y en cuanto al porvenir, no sabía qué iba a ser de él; debía irse a alguna parte, pero no sabía dónde y reconoció que no tenía dónde caerse muerto.

»El señor Taisho le preguntó por qué no se había casado con tu hermana en el acto. Aunque el señor Higurashi no debía de ser muy rico, algo podría hacer por él y su situación mejoraría con el matrimonio. Pero por la contestación que dio Hanyou, Taisho comprendió que todavía acariciaba la esperanza de conseguir una fortuna más sólida casándose con otra muchacha en algún otro país; no obstante, y dadas las circunstancias en que se hallaba, no parecía muy reacio a la tentación de obtener una solución inmediata.

»Se entrevistaron repetidas veces porque había muchas cosas que discutir. Hanyou, desde luego, necesitaba mucho más de lo que podía dársele, pero al fin se prestó a ser razonable.

»Cuando todo estuvo convenido entre ellos, lo primero que hizo el señor Taisho fue informar a tu tío, por lo cual vino a Gracechurch Street por vez primera, la tarde anterior a mi llegada. Pero no pudo ver a Gardiner. Taisho averiguó que tu padre seguía aún en nuestra casa, pero que iba a marcharse al día siguiente. No creyó que tu padre fuese persona más a propósito que tu tío para tratar del asunto, y entonces aplazó su visita hasta que tu padre se hubo ido. No dejó su nombre, y al otro día supimos únicamente que había venido un caballero por una cuestión de negocios.

»El sábado volvió. Tu padre se había marchado y tu tío estaba en casa. Como he dicho antes, hablaron largo rato los dos.

»El domingo volvieron a reunirse y entonces le vi yo también. Hasta el lunes no estuvo todo decidido, y entonces fue cuando se mandó al propio a Longbourn. Pero nuestro visitante se mostró muy obstinado; te aseguro, Aome, que la obstinación es el verdadero defecto de su carácter. Le han acusado de muchas faltas en varias ocasiones, pero ésa es la única verdadera. Todo lo quiso hacer él por su cuenta, a pesar de que tu tío ––y no lo digo para que me lo agradezcas, así que te ruego no hables de ello–– lo habría arreglado todo al instante.

»Discutieron los dos mucho tiempo, mucho más de lo que merecían el caballero y la señorita en cuestión. Pero al cabo tu tío se vio obligado a ceder, y en lugar de permitirle que fuese útil a su sobrina, le redujo a aparentarlo únicamente, por más disgusto que esto le causara a tu tío. Así es que me figuro que tu carta de esta mañana le ha proporcionado un gran placer al darle la oportunidad de confesar la verdad y quitarse los méritos que se deben a otro. Pero te suplico que no lo divulgues y que, como máximo, no se lo digas más que a Sango.

»Me imagino que sabrás lo que se ha hecho por esos jóvenes. Se han pagado las deudas de Hanyou, que ascienden, según creo, a muchísimo más de mil libras; se han fijado otras mil para aumentar la dote de Kikyo, y se le ha conseguido a él un empleo. Según Taisho, las razones por las cuales ha hecho todo esto son unicamente las que te he dicho antes: por su reserva no se supo quién era Hanyou y se le recibió y consideró de modo que no merecía. Puede que haya algo de verdad en esto, aunque yo no dudo que ni la reserva de Taisho ni la de nadie tenga nada que ver en el asunto. Pero a pesar de sus bonitas palabras, mi querida Aome, puedes estar segura de que tu tío jamás habría cedido a no haberle creído movido por otro interés.

»Cuando todo estuvo resuelto, el señor Taisho regresó junto a sus amigos que seguían en Pemberley, pero prometió volver a Londres para la boda y para liquidar las gestiones monetarias.

»Creo que ya te lo he contado todo. Si es cierto lo que dices, este relato te habrá de sorprender muchísimo, pero me figuro que no te disgustará. Kikyo vino a casa y Hanyou tuvo constante acceso a ella. El era el mismo que conocí en Hertfordshire, pero no te diría lo mucho que me desagradó la conducta de Kikyo durante su permanencia en nuestra casa, si no fuera porque la carta de Sango del miércoles me dio a entender que al llegar a Longbourn se portó exactamente igual, por lo que no habrá de extrañarte lo que ahora cuento. Le hablé muchas veces con toda seriedad haciéndole ver la desgracia que había acarreado a su familia, pero si me oyó sería por casualidad, porque estoy convencida de que ni siquiera me escuchaba. Hubo veces en que llegó a irritarme; pero me acordaba de mis queridas Aome y Sango y me revestía de paciencia.

»El señor Taisho volvió puntualmente y, como Kikyo os dijo, asistió a la boda. Comió con nosotros al día siguiente. Se disponía a salir de Londres el miércoles o el jueves. ¿Te enojarás conmigo, querida Lizzy, si aprovecho esta oportunidad para decirte lo que nunca me habría atrevido a decirte antes, y es lo mucho que me gusta Taisho? Su conducta con nosotros ha sido tan agradable en todo como cuando estábamos en Derbyshire. Su inteligencia, sus opiniones, todo me agrada. No le falta más que un poco de viveza, y eso si se casa juiciosamente, su mujer se lo enseñará. Me parece que disimula muy bien; apenas pronunció tu nombre. Pero se ve que el disimulo está de moda.

»Te ruego que me perdones si he estado muy suspicaz, o por lo menos no me castigues hasta el punto de excluirme de Pemberley. No seré feliz del todo hasta que no haya dado la vuelta completa a la finca. Un faetón bajo con un buen par de jacas sería lo ideal.

»No puedo escribirte más. Los niños me están llamando desde hace media hora.

»Tuya afectísima,

M. Gardiner.»

El contenido de esta carta dejó a Aome en una conmoción en la que no se podía determinar si tomaba mayor parte el placer o la pena. Las vagas sospechas que en su incertidumbre sobre el papel de Taisho en la boda de su hermana había concebido, sin osar alentarlas porque implicaban alardes de bondad demasiado grandes para ser posibles, y temiendo que fueran ciertas por la humillación que la gratitud impondría, quedaban, pues, confirmadas. Taisho había ido detrás de ellos expresamente, había asumido toda la molestia y mortificación inherentes a aquella búsqueda, imploró a una mujer a la que debía detestar y se vio obligado a tratar con frecuencia, a persuadir y a la postre sobornar, al hombre que más deseaba evitar y cuyo solo nombre le horrorizaba pronunciar. Todo lo había hecho para salvar a una muchacha que nada debía de importarle y por quien no podía sentir ninguna estimación. El corazón le decía a Aome que lo había hecho por ella, pero otras consideraciones reprimían esta esperanza y pronto se dio cuenta de que halagaba su vanidad al pretender explicar el hecho de esa manera, pues Taisho no podía sentir ningún afecto por una mujer que le había rechazado y, si lo sentía, no sería capaz de sobreponerse a un sentimiento tan natural como el de emparentar con Hanyou. ¡Taisho, cuñado de Hanyou! El más elemental orgullo tenía que rebelarse contra ese vínculo. Verdad es que Taisho había hecho tanto que Aome estaba confundida, pero dio una razón muy verosímil. No era ningún disparate pensar que Taisho creyese haber obrado mal; era generoso y tenía medios para demostrarlo, y aunque Aome se resistía a admitir que hubiese sido ella el móvil principal, cabía suponer que un resto de interés por ella había contribuido a sus gestiones en un asunto que comprometía la paz de su espíritu. Era muy penoso quedar obligados de tal forma a una persona a la que nunca podrían pagar lo que había hecho. Le debían la salvación y la reputación de Kikyo. ¡Cuánto le dolieron a Aome su ingratitud y las insolentes palabras que le había dirigido! Estaba avergonzada de sí misma, pero orgullosa de él, orgullosa de que se hubiera portado tan compasivo y noblemente. Leyó una y otra vez los elogios que le tributaba su tía, y aunque no le parecieron suficientes, le complacieron. Le daba un gran placer, aunque también la entristecía pensar que sus tíos creían que entre Taisho y ella subsistía afecto y confianza.

Se levantó de su asiento y salió de su meditación al notar que alguien se aproximaba; y antes de que pudiera alcanzar otro sendero, Hanyou la abordó.

––Temo interrumpir tu solitario paseo, querida hermana ––le dijo poniéndose a su lado.

––Así es, en efecto ––replicó con una sonrisa––, pero no quiere decir que la interrupción me moleste.

––Sentiría molestarte. Nosotros hemos sido siempre buenos amigos. Y ahora somos algo más.

––Cierto. ¿Y los demás, han salido?

––No sé. La señora Higurashi y Kikyo se han ido en coche a Meryton. Me han dicho tus tíos, querida hermana, que has estado en Pemberley.

Aome contestó afirmativamente.

––Te envidio ese placer, y si me fuera posible pasaría por allí de camino a Newcastle. Supongo que verías a la anciana ama de llaves. ¡Pobre señora Reynolds¡Cuánto me quería! Pero me figuro que no me nombraría delante de vosotros.

––Sí, te nombró.

––¿Y qué dijo?

––Que habías entrado en el ejército y que andabas en malos pasos. Ya sabes que a tanta distancia las cosas se desfiguran.

––Claro ––contestó él mordiéndose los labios.

Aome creyó haberle callado, pero Hanyou dijo en seguida:

Me sorprendió ver a Taisho el mes pasado en la capital. Nos encontramos varias veces. Me gustaría saber qué estaba haciendo en Londres.

––Puede que preparase su matrimonio con la señorita de Bourgh ––dijo Aome––. Debe de ser algo especial para que esté en Londres en esta época del año.

––Indudablemente. ¿Le viste cuando estuviste en Lambton? Creo que los Gardiner me dijeron que sí.

––Efectivamente; nos presentó a su hermana.

––¿Y te gustó?

––Muchísimo.

––Es verdad que he oído decir que en estos dos últimos años ha mejorado extraordinariamente. La última vez que la vi no prometía mucho. Me alegro de que te gustase. Espero que le vaya bien.

––Le irá bien. Ha pasado ya la edad más difícil.

––¿Pasaste por el pueblo de Kimpton?

––No me acuerdo.

––Te lo digo, porque ésa es la rectoría que debía haber tenido yo. ¡Es un lugar delicioso¡Y qué casa parroquial tan excelente tiene! Me habría convenido desde todos los puntos de vista.

––¿Te habría gustado componer sermones?

––Muchísimo. Lo habría tomado como una parte de mis obligaciones y pronto no me habría costado ningún esfuerzo. No puedo quejarme, pero no hay duda de que eso habría sido lo mejor para mí. La quietud y el retiro de semejante vida habrían colmado todos mis anhelos. ¡Pero no pudo ser¿Le oíste a Taisho mencionar ese tema cuando estuviste en Kent?

––Supe de fuentes fidedignas que la parroquia se te legó sólo condicionalmente y a la voluntad del actual señor de Pemberley.

––¿Eso te ha dicho? Sí, algo de eso había; así te lo conté la primera vez¿te acuerdas?

––También oí decir que hubo un tiempo en que el componer sermones no te parecía tan agradable como ahora, que entonces declaraste tu intención de no ordenarte nunca, y que el asunto se liquidó de acuerdo contigo.

––Sí, es cierto. Debes recordar lo que te dije acerca de eso cuando hablamos de ello la primera vez.

Estaba ya casi a la puerta de la casa, pues Aome había seguido paseando para quitárselo de encima. Por consideración a su hermana no quiso provocarle y sólo le dijo con una sonrisa:

––Vamos, Hanyou; somos hermanos. No discutamos por el pasado. Espero que de ahora en adelante no tengamos por qué discutir.

Le dio la mano y él se la besó con afectuosa galantería, aunque no sabía qué cara poner, y entraron en la casa.


Les informo que falta un capitulo para el gran final, gracias a todos por su apoyo