Hola he aquí un capítulo más de esta historia, y tambien la acostumbrada declaración acerca de que esta historia y algunos de los personajes en ella no son mìos, sino de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen con Inuyasha de Rumiko Takahashi.


CAPITULO 18

Hanyou quedó tan escarmentado con aquella conversación que nunca volvió a exponerse, ni a provocar a su querida hermana Aome a reanudarla. Y ella se alegró de haber dicho lo suficiente para que no mencionase el tema más.

Llegó el día de la partida del joven matrimonio, y la señora Higurashi se vio forzada a una separación que al parecer iba a durar un año, por lo menos, ya que de ningún modo entraba en los cálculos del señor Higurashi el que fuesen todos a Newcastle.

––¡Oh, señor¡No lo sé¡Acaso tardaremos dos o tres años!

––Escríbeme muy a menudo, querida.

––Tan a menudo como pueda. Pero ya sabes que las mujeres casadas no disponemos de mucho tiempo para escribir. Mis hermanas sí podrán escribirme; no tendrán otra cosa que hacer.

El adiós de Hanyou fue mucho más cariñoso que el de su mujer. Sonrió, estuvo muy agradable y dijo cosas encantadoras.

––Es un joven muy fino ––dijo el señor Higurashi en cuanto se habían ido––; no he visto nunca otro igual. Es una máquina de sonrisas y nos hace la pelota a todos. Estoy orgullosísimo de él. Desafío al mismo sir William Lucas a que consiga un yerno más valioso.

La pérdida de su hija sumió en la tristeza a la señora Higurashi por varios días.

––Muchas veces pienso ––decía–– que no hay nada peor que separarse de las personas queridas. ¡Se queda una tan desamparada sin ellas!

––Pues ya ves, ésa es una consecuencia de casar a las hijas ––observó Aome––. Te hará más feliz que las otras cuatro sigamos solteras.

- No es eso. Kikyo no me abandona porque se haya casado, sino porque el regimiento de su marido está lejos. Si hubiera estado más cerca, no se habría marchado tan pronto.

Pero el desaliento que este suceso le causó se alivió en seguida y su mente empezó a funcionar de nuevo con gran agitación ante la serie de noticias que circulaban por aquel entonces. El ama de llaves de Netherfield había recibido órdenes de preparar la llegada de su amo que iba a tener lugar dentro de dos o tres días, para dedicarse a la caza durante unas semanas. La señora Higurashi estaba nerviosísima. Miraba a Sango y sonreía y sacudía la cabeza alternativamente.

––Bueno, bueno¿conque viene el señor Takeda, hermana? ––pues fue la señora Philips la primera en darle la noticia––. Pues mejor. Aunque no me importa. Tú sabes que nada tenemos que ver con él y que no quiero volver a verlo. Si quiere venir a Netherfield, que venga. ¿Y quién sabe lo que puede pasar? Pero no nos importa. Ya sabes que hace tiempo acordamos no volver a decir palabra de esto. ¿Es cierto que viene?

––Puedes estar segura ––respondió la otra––, porque la señora Nicholls estuvo en Meryton ayer tarde; la vi pasar y salí dispuesta a saber la verdad; ella me dijo que sí, que su amo llegaba. Vendrá el jueves a más tardar; puede que llegue el miércoles. La señora Nicholls me dijo que iba a la carnicería a encargar carne para el miércoles y llevaba tres pares de patos listos para matar.

Al saber la noticia, Sango mudó de color. Hacía meses que entre ella y Aome no se hablaba de Takeda, pero ahora en cuanto estuvieron solas le dijo:

––He notado, Aome, que cuando mi tía comentaba la noticia del día, me estabas mirando. Ya sé que pareció que me dio apuro, pero no te figures que era por alguna tontería. Me quedé confusa un momento porque me di cuenta de que me estaríais observando. Te aseguro que la noticia no me da tristeza ni gusto. De una cosa me alegro: de que viene solo, porque así lo veremos menos. No es que tenga miedo por mí, pero temo los comentarios de la gente.

Aome no sabía qué pensar. Si no le hubiera visto en Derbyshire, habría podido creer que venía tan sólo por el citado motivo, pero no dudaba de que aún amaba a Sango, y hasta se arriesgaba a pensar que venía con la aprobación de su amigo o que se había atrevido incluso a venir sin ella.

«Es duro ––pensaba a veces–– que este pobre hombre no pueda venir a una casa que ha alquilado legalmente sin levantar todas estas cábalas. Yo le dejaré en paz.»

A pesar de lo que su hermana decía y creía de buena fe, Aome pudo notar que la expectativa de la llegada de Takeda le afectaba. Estaba distinta y más turbada que de costumbre.

El tema del que habían discutido sus padres acaloradamente hacía un año, surgió ahora de nuevo. ––Querido mío, supongo que en cuanto llegue el señor Takeda irás a visitarle.

––No y no. Me obligaste a hacerlo el año pasado, prometiéndome que se iba a casar con una de mis hijas. Pero todo acabó en agua de borrajas, y no quiero volver a hacer semejante paripé como un tonto.

Su mujer le observó lo absolutamente necesaria que sería aquella atención por parte de todos los señores de la vecindad en cuanto Takeda llegase a Netherfield.

––Es una etiqueta que me revienta ––repuso el señor Higurashi––. Si quiere nuestra compañía, que la busque; ya sabe dónde vivimos. No puedo perder el tiempo corriendo detrás de los vecinos cada vez que se van y vuelven.

––Bueno, será muy feo que no le visites; pero eso no me impedirá invitarle a comer. Vamos a tener en breve a la mesa a la señora Long y a los Goulding, y como contándonos a nosotros seremos trece, habrá justamente un lugar para él.

Consolada con esta decisión, quedó perfectamente dispuesta a soportar la descortesía de su esposo, aunque le molestara enormemente que, con tal motivo, todos los vecinos viesen a Takeda antes que ellos. Al acercarse el día de la llegada, Sango dijo:

––A pesar de todo, empiezo a sentir que venga. No me importaría nada y le veré con la mayor indiferencia, pero no puedo resistir oír hablar de él perpetuamente. Mi madre lo hace con la mejor intención, pero no sabe, ni sabe nadie, el sufrimiento que me causa. No seré feliz hasta que Takeda se haya ido de Netherfield.

––Querría decirte algo para consolarte ––contestó Aome––, pero no puedo. Debes comprenderlo. Y la normal satisfacción de recomendar paciencia a los que sufren me está vedada porque a ti nunca te falta.

Takeda llegó. La señora Higurashi trató de obtener con ayuda de las criadas las primeras noticias, para aumentar la ansiedad y el mal humor que la consumían. Contaba los días que debían transcurrir para invitarle, ya que no abrigaba esperanzas de verlo antes. Pero a la tercera mañana de la llegada de Takeda al condado, desde la ventana de su vestidor le vio que entraba por la verja a caballo y se dirigía hacia la casa.

Llamó al punto a sus hijas para que compartieran su gozo. Sango se negó a dejar su lugar junto a la mesa. Pero Aome, para complacer a su madre, se acercó a la ventana, miró y vio que Takeda entraba con Taisho, y se volvió a sentar al lado de su hermana.

––Mamá, viene otro caballero con él ––dijo Kagura ––. ¿Quién será?

––Supongo que algún conocido suyo, querida; no le conozco.

––¡Oh! –– exclamó Kagura ––. Parece aquel señor que antes estaba con él. El señor... ¿cómo se llama? Aquel señor alto y orgulloso de cabello plateado.

––¡Santo Dios¿El señor Taisho? Pues sí, es él. Bueno; cualquier amigo del señor Takeda será siempre bienvenido a esta casa; si no fuera por eso... No puedo verle ni en pintura.

Sango miró a Aome con asombro e interés. Sabía muy poco de su encuentro en Derbyshire y, por consiguiente, comprendía el horror que había de causarle a su hermana ver a Taisho casi por primera vez después de la carta aclaratoria. Las dos hermanas estaban bastante intranquilas; cada una sufría por la otra, y como es natural, por sí misma. Entretanto la madre seguía conversando sobre su odio a Taisho y sobre su decisión de estar cortés con él sólo por consideración a Takeda. Ninguna de las chicas la escuchaba. Aome estaba inquieta por algo que Sango no podía sospechar, pues nunca se había atrevido a mostrarle la carta de la señora Gardiner, ni a revelarle el cambio de sus sentimientos por Taisho. Para Sango, Taisho no era más que el hombre cuyas proposiciones había rechazado Aome y cuyos méritos menospreciaba. Pero para Aome, Taisho era el hombre a quien su familia debía el mayor de los favores, y a quien ella miraba con un interés, si no tan tierno, por lo menos tan razonable y justo como el que Sango sentía por Takeda. Su asombro ante la venida de Taisho a Netherfield, a Longbourn, buscándola de nuevo voluntariamente, era casi igual al que experimentó al verlo tan cambiado en Derbyshire.

El color, que había desaparecido de su semblante, acudió en seguida violentamente a sus mejillas, y una sonrisa de placer dio brillo a sus ojos al pensar que el cariño y los deseos de Taisho seguían siendo los mismos. Pero no quería darlo por seguro.

«Primero veré cómo se comporta ––se dijo–– y luego Dios dirá si puedo tener esperanzas.»

Se puso a trabajar atentamente y se esforzó por mantener la calma. No osaba levantar los ojos, hasta que su creciente curiosidad le hizo mirar a su hermana cuando la criada fue a abrir la puerta. Sango estaba más pálida que de costumbre, pero más sosegada de lo que Aome hubiese creído. Cuando entraron los dos caballeros, enrojeció, pero los recibió con bastante tranquilidad, y sin dar ninguna muestra de resentimiento ni de innecesaria complacencia.

Aome habló a los dos jóvenes lo menos que la educación permitía, y se dedicó a bordar con más aplicación que nunca. Sólo se aventuró a dirigir una mirada a Taisho. Éste estaba tan serio como siempre, y a ella se le antojó que se parecía más al Taisho que había conocido en Hertfordshire que al que había visto en Pemberley. Pero quizá en presencia de su madre no se sentía igual que en presencia de sus tíos. Era una suposición dolorosa, pero no improbable.

Miró también un instante a Takeda, y le pareció que estaba contento y cohibido a la vez. La señora Higurashi le recibió con unos aspavientos que dejaron avergonzadas a sus dos hijas, especialmente por el contraste con su fría y ceremoniosa manera de saludar y tratar a Taisho.

Particularmente Aome, sabiendo que su madre le debía a Taisho la salvación de su hija predilecta de tan irremediable infamia, se entristeció profundamente por aquella grosería.

Taisho preguntó cómo estaban los señores Gardiner, y Aome le contestó con cierta turbación. Después, apenas dijo nada. No estaba sentado al lado de Aome, y acaso se debía a esto su silencio; pero no estaba así en Derbyshire. Allí, cuando no podía hablarle a ella hablaba con sus amigos; pero ahora pasaron varios minutos sin que se le oyera la voz, y cuando Aome, incapaz de contener su curiosidad, alzaba la vista hacia él, le encontraba con más frecuencia mirando a Sango que a ella, y a menudo mirando sólo al suelo. Parecía más pensativo y menos deseoso de agradar que en su último encuentro. Aome estaba decepcionada y disgustada consigo misma por ello.

«¿Cómo pude imaginarme que estuviese de otro modo? se decía––. Ni siquiera sé por qué ha venido aquí.»

No tenía humor para hablar con nadie más que con él, pero le faltaba valor para dirigirle la palabra. Le preguntó por su hermana, pero ya no supo más qué decirle.

––Mucho tiempo ha pasado, señor Takeda, desde que se fue usted ––dijo la señora Higurashi. ––Efectivamente ––dijo Takeda.

––Empezaba a temer ––continuó ella–– que ya no volvería. La gente dice que por San Miguel piensa usted abandonar esta comarca; pero espero que no sea cierto. Han ocurrido muchas cosas en la vecindad desde que usted se fue; la señorita Lucas se casó y está establecida en Hunsford, y también se casó una de mis hijas. Supongo que lo habrá usted sabido, seguramente lo habrá leído en los periódicos. Salió en el Times y en el Courrier, sólo que no estaba bien redactado. Decía solamente: «El caballero George Hanyou contrajo matrimonio con la señorita Kikyo Higurashi», sin mencionar a su padre ni decir dónde vivía la novia ni nada. La gacetilla debió de ser obra de mi hermano Gardiner, y no comprendo cómo pudo hacer una cosa tan desabrida. ¿Lo vio usted?

Takeda respondió que sí y la felicitó. Aome no se atrevía a levantar los ojos y no pudo ver qué cara ponía Taisho.

––Es delicioso tener una hija bien casada ––siguió diciendo––, pero al mismo tiempo, señor Takeda, es muy duro que se me haya ido tan lejos. Se han trasladado a Newcastle, que cae muy al Norte, según creo, y allí estarán no sé cuánto tiempo. El regimiento de mi yerno está destinado allí, porque habrán usted oído decir que ha dejado la guarnición del condado y que se ha pasado a los regulares. Gracias a Dios tiene todavía algunos amigos, aunque quizá no tantos como merece.

Aome, sabiendo que esto iba dirigido a Taisho, sintió tanta vergüenza que apenas podía sostenerse en la silla. Sin embargo, hizo un supremo esfuerzo para hablar y preguntó a Takeda si pensaba permanecer mucho tiempo en el campo. El respondió que unas semanas.

––Cuando haya matado usted todos sus pájaros, señor Takeda ––dijo la señora Higurashi––, venga y mate todos los que quiera en la propiedad de mi esposo. Estoy segura que tendrá mucho gusto en ello y de que le reservará sus mejores nidadas.

El malestar de Aome aumentó con tan innecesaria y oficiosa atención. No le cabía la menor duda de que todas aquellas ilusiones que renacían después de un año acabarían otra vez del mismo modo. Pensó que años enteros de felicidad no podrían compensarle a ella y a Sango de aquellos momentos de penosa confusión.

«No deseo más que una cosa ––se dijo––, y es no volver a ver a ninguno de estos dos hombres. Todo el placer que pueda proporcionar su compañía no basta para compensar esta vergüenza. ¡Ojalá no tuviera que volver a encontrármelos nunca!»

Pero aquella desdicha que no podrían compensar años enteros de felicidad, se atenuó poco después al observar que la belleza de su hermana volvía a despertar la admiración de su antiguo enamorado. Al principio Takeda habló muy poco con Sango, pero a cada instante parecía más prendado de ella. La encontraba tan hermosa como el año anterior, tan sensible y tan afable, aunque no tan habladora. Sango deseaba que no se le notase ninguna variación y creía que hablaba como siempre, pero su mente estaba tan ocupada que a veces no se daba cuenta de su silencio.

Cuando los caballeros se levantaron para irse, la señora Higurashi no olvidó su proyectada invitación. Los dos jóvenes aceptaron y se acordó que cenarían en Longbourn dentro de pocos días.

––Me debía una visita, señor Takeda añadió la señora Higurashi––, pues cuando se fue usted a la capital el último invierno, me prometió comer en familia con nosotros en cuanto regresara. Ya ve que no lo he olvidado. Estaba muy disgustada porque no volvió usted para cumplir su compromiso.

Takeda pareció un poco desconcertado por esa reflexión, y dijo que lo sentía mucho, pero que sus asuntos le habían retenido. Taisho y él se marcharon.

La señora Higurashi había estado a punto de invitarles a comer aquel mismo día, pero a pesar de que siempre se comía bien en su casa, no creía que dos platos fuesen de ningún modo suficientes para un hombre que le inspiraba tan ambiciosos proyectos, ni para satisfacer el apetito y el orgullo de otro que tenía diez mil libras al año de renta.

En cuanto se marcharon, Aome salió a pasear para recobrar el ánimo o, mejor dicho, para meditar la causa que le había hecho perderlo. La conducta de Taisho la tenía asombrada y enojada. ¿Por qué vino ––se decía–– para estar en silencio, serio e indiferente?»

No podía explicárselo de modo satisfactorio.

«Si pudo estar amable y complaciente con mis tíos en Londres¿por qué no conmigo? Si me temía¿por qué vino? Y si ya no le importo nada¿por qué estuvo tan callado¡Qué hombre más irritante! No quiero pensar más en él.»

Involuntariamente mantuvo esta resolución durante un rato, porque se le acercó su hermana, cuyo alegre aspecto demostraba que estaba más satisfecha de la visita que ella.

––Ahora ––le dijo––, pasado este primer encuentro, me siento completamente tranquila. Sé que soy fuerte y que ya no me azoraré delante de él. Me alegro de que venga a comer el martes, porque así se verá que nos tratamos simplemente como amigos indiferentes.

––Sí, muy indiferentes ––contestó Aome riéndose––. ¡Oh, Sango¡Ten cuidado!

––Aome, querida, no vas a creer que soy tan débil como para correr ningún peligro.

––Creo que estás en uno muy grande, porque él te ama como siempre.

No volvieron a ver a Takeda hasta el martes, y, entretanto, la señora Higurashi se entregó a todos los venturosos planes que la alegría y la constante dulzura del caballero habían hecho revivir en media hora de visita. El martes se congregó en Longbourn un numeroso grupo de gente y los señores que con más ansias eran esperados llegaron con toda puntualidad. Cuando entraron en el comedor, Aome observó atentamente a Takeda para ver si ocupaba el lugar que siempre le había tocado en anteriores comidas al lado de su hermana; su prudente madre, pensando lo mismo, se guardó mucho de invitarle a que tomase asiento a su lado. Takeda pareció dudar, pero Sango acertó a mirar sonriente a su alrededor y la cosa quedó decidida: Takeda se sentó al lado de Sango.

Aome, con triunfal satisfacción, miró a Taisho. Éste sostuvo la mirada con noble indiferencia, Aome habría imaginado que Takeda había obtenido ya permiso de su amigo para disfrutar de su felicidad si no hubiese sorprendido los ojos de éste vueltos también hacia Taisho, con una expresión risueña, pero de alarma.

La conducta de Takeda con Sango durante la comida reveló la admiración que sentía por ella, y aunque era más circunspecta que antes, Aome se quedó convencida de que si sólo dependiese de él, su dicha y la de Sango quedaría pronto asegurada. A pesar de que no se atrevía a confiar en el resultado, Aome se quedó muy satisfecha y se sintió todo lo animada que su mal humor le permitía. Taisho estaba al otro lado de la mesa, sentado al lado de la señora Higurashi, y Aome comprendía lo poco grata que les era a los dos semejante colocación, y lo poco ventajosa que resultaba para nadie. No estaba lo bastante cerca para oír lo que decían, pero pudo observar que casi no se hablaban y lo fríos y ceremoniosos que eran sus modales cuando lo hacían. Esta antipatía de su madre por Taisho le hizo más penoso a Aome el recuerdo de lo que todos le debían, y había momentos en que habría dado cualquier cosa por poder decir que su bondad no era desconocida ni inapreciada por toda la familia.

Esperaba que la tarde le daría oportunidad de estar al lado de Taisho y que no acabaría la visita sin poder cambiar con él algo más que el sencillo saludo de la llegada. Estaba tan ansiosa y desasosegada que mientras esperaba en el salón la entrada de los caballeros, su desazón casi la puso de mal talante. De la presencia de Taisho dependía para ella toda esperanza de placer en aquella tarde.

«Si no se dirige hacia mí ––se decía–– me daré por vencida.»

Entraron los caballeros y pareció que Taisho iba a hacer lo que ella anhelaba; pero desgraciadamente las señoras se habían agrupado alrededor de la mesa en donde la señora Higurashi preparaba el té y Aome servía el café, estaban todas tan apiñadas que no quedaba ningún sito libre a su lado ni lugar para otra silla. Al acercarse los caballeros, una de las muchachas se aproximó a Aome y le dijo al oído:

––Los hombres no vendrán a separarnos; ya lo tengo decidido; no nos hacen ninguna falta¿no es cierto?

Taisho entonces se fue a otro lado de la estancia. Aome le seguía con la vista y envidiaba a todos con quienes conversaba; apenas tenía paciencia para servir el café, y llegó a ponerse furiosa consigo misma por ser tan tonta.

«¡Un hombre al que he rechazado! Loca debo estar si espero que renazca su amor. No hay un solo hombre que no se rebelase contra la debilidad que supondría una segunda declaración a la misma mujer. No hay indignidad mayor para ellos.»

Se reanimó un poco al ver que Taisho venía a devolverle la taza de café, y ella aprovechó la oportunidad para preguntarle:

––¿Sigue su hermana en Pemberley?

––Sí, estará allí hasta las Navidades.

––¿Y está sola¿Se han ido ya todos sus amigos?

––Sólo la acompaña la señora Annesley; los demás se han ido a Scarborough a pasar estas tres semanas.

A Aome no se le ocurrió más que decir, pero si él hubiese querido hablar¡con qué placer le habría contestado! No obstante, se quedó a su lado unos minutos, en silencio, hasta que la muchacha de antes se puso a cuchichear con Aome, y entonces él se retiró.

Una vez quitado el servicio de té y puestas las mesas de juego, se levantaron todas las señoras. Aome creyó entonces que podría estar con él, pero sus esperanzas rodaron por el suelo cuando vio que su madre se apoderaba de Taisho y le obligaba a sentarse a su mesa de whist. Aome renunció ya a todas sus ilusiones. Toda la tarde estuvieron confinados en mesas diferentes, pero los ojos de Taisho se volvían tan a menudo donde ella estaba, que tanto el uno como el otro perdieron todas las partidas.

La señora Higurashi había proyectado que los dos caballeros de Netherfield se quedaran a cenar, pero fueron los primeros en pedir su coche y no hubo manera de retenerlos.

––Bueno, niñas ––dijo la madre en cuanto se hubieron ido todos––¿qué me decís? A mi modo de ver todo ha ido hoy a pedir de boca. La comida ha estado tan bien presentada como las mejores que he visto; el venado asado, en su punto, y todo el mundo dijo que las ancas eran estupendas; la sopa, cincuenta veces mejor que la que nos sirvieron la semana pasada en casa de los Lucas; y hasta el señor Taisho reconoció que las perdices estaban muy bien hechas, y eso que él debe de tener dos o tres cocineros franceses. Y, por otra parte, Sango querida, nunca estuviste más guapa que esta tarde; la señora Long lo afirmó cuando yo le pregunté su parecer. Y ¿qué crees que me dijo, además? «¡Oh, señora Higurashi, por fin la tendremos en Netherfield!» Así lo dijo. Opino que la señora Long es la mejor persona del mundo, y sus sobrinas son unas muchachas muy bien educadas y no son feas del todo; me gustan mucho.

Total que la señora Higurashi estaba de magnífico humor. Se había fijado lo bastante en la conducta de Takeda para con Sango para convencerse de que al fin lo iba a conseguir. Estaba tan excitada y sus fantasías sobre el gran porvenir que esperaba a su familia fueron tan lejos de lo razonable, que se disgustó muchísimo al ver que Takeda no se presentaba al día siguiente para declararse.

––Ha sido un día muy agradable ––dijo Sango a Aome––. ¡Qué selecta y qué cordial fue la fiesta! Espero que se repita.

Aome se sonrió.

––No te rías. Me duele que seas así, Aome. Te aseguro que ahora he aprendido a disfrutar de su conversación y que no veo en él más que un muchacho inteligente y amable. Me encanta su proceder y no me importa que jamás haya pensado en mí. Sólo encuentro que su trato es dulce y más atento que el de ningún otro hombre.

––¡Eres cruel! ––contestó su hermana––. No me dejas sonreír y me estás provocando a hacerlo a cada momento.

––¡Qué difícil es que te crean en algunos casos!

––¡Y qué imposible en otros!

––¿Por qué te empeñas en convencerme de que siento más de lo que confieso?

––No sabría qué contestarte. A todos nos gusta dar lecciones, pero sólo enseñamos lo que no merece la pena saber. Perdóname, pero si persistes en tu indiferencia, es mejor que yo no sea tu confidente.

Pocos días después de aquella visita, Takeda volvió a Longbourn, solo. Su amigo se había ido a Londres por la mañana, pero iba a regresar dentro de diez días. Pasó con ellas una hora, y estuvo de excelente humor. La señora Higurashi le invitó a comer, Takeda dijo que lo sentía, pero que estaba convidado en otro sitio.

––La próxima vez que venga ––repuso la señora Higurashi–– espero que tengamos más suerte.

––Tendré mucho gusto ––respondió Takeda. Y añadió que, si se lo permitían, aprovecharía cualquier oportunidad para visitarles.

––¿Puede usted venir mañana?

Takeda dijo que sí, pues no tenía ningún compromiso para el día siguiente.

Llegó tan temprano que ninguna de las señoras estaba vestida, La señora Higurashi corrió al cuarto de sus hijas, en bata y a medio peinar, exclamando:

––¡Sango, querida, date prisa y ve abajo¡Ha venido el señor Takeda! Es él, sin duda. ¡Ven, Sara! Anda en seguida a ayudar a vestirse a la señorita Sango. No te preocupes del peinado de la señorita Aome.

––Bajaremos en cuanto podamos ––dijo Sango––, pero me parece que Kagura está más adelantada que nosotras, porque subió hace media hora.

––¡Mira con lo que sales¿Qué tiene que ver en esto Kagura? Tú eres la que debe bajar en seguida. ¿Dónde está tu corsé?

Pero cuando su madre había salido, Sango no quiso bajar sin alguna de sus hermanas.

Por la tarde, la madre volvió a intentar que Takeda se quedara a solas con Sango. Después del té, el señor Higurashi se retiró a su biblioteca como de costumbre, y Mary subió a tocar el piano. Habiendo desaparecido dos de los cinco obstáculos, la señora Higurashi se puso a mirar y a hacer señas y guiños a Aome y a Kagura sin que ellas lo notaran. Kagura lo advirtió antes que Aome y preguntó con toda inocencia:

––¿Qué pasa, mamá¿Por qué me haces señas¿Qué quieres que haga?

––Nada, niña, nada. No te hacía ninguna seña.

Siguió sentada cinco minutos más, pero era incapaz de desperdiciar una ocasión tan preciosa. Se levantó de pronto y le dijo a Kagura:

––Ven, cariño. Tengo que hablar contigo.

Y se la llevó de la habitación. Sango miró al instante a Aome denotando su pesar por aquella salida tan premeditada y pidiéndole que no se fuera.

Pero a los pocos minutos la señora Higurashi abrió la puerta y le dijo a Aome:

––Ven, querida. Tengo que hablarte.

Aome no tuvo más remedio que salir.

––Dejémoslos solos¿entiendes? ––le dijo su madre en el vestíbulo––. Kagura y yo nos vamos arriba a mi cuarto.

Aome no se atrevió a discutir con su madre; pero se quedó en el vestíbulo hasta que la vio desaparecer con Catherine, y entonces volvió al salón.

Los planes de la señora Higurashi no se realizaron aquel día. Takeda era un modelo de gentileza, pero no el novio declarado de su hija. Su soltura y su alegría contribuyeron en gran parte a la animación de la reunión de la noche; aguantó toda la indiscreción y las impertinencias de la madre y escuchó todas sus necias advertencias con una paciencia y una serenidad que dejaron muy complacida a Sango.

Apenas necesitó que le invitaran para quedarse a cenar y, antes de que se fuera, la señora Higurashi le hizo una nueva invitación para que viniese a la mañana siguiente a cazar con su marido.

Después de este día, Sango ya no dijo que Takeda le fuese indiferente. Las dos hermanas no hablaron una palabra acerca de él, pero Aome se acostó con la feliz convicción de que todo se arreglaría pronto, si Taisho no volvía antes del tiempo indicado. Sin embargo, estaba seriamente convencida de que todo esto habría tenido igualmente lugar sin la ausencia de dicho caballero.

Takeda acudió puntualmente a la cita, y él y el señor Higurashi pasaron juntos la mañana del modo convenido. El señor Higurashi estuvo mucho más agradable de lo que su compañero esperaba. No había nada en Takeda de presunción o de tontería que el otro pudiese ridiculizar o disgustarle interiormente, por lo que estuvo con él más comunicativo y menos hosco de lo que solía. Naturalmente, Takeda regresó con el señor Higurashi a la casa para comer, y por la tarde la señora Higurashi volvió a maquinar para dejarle solo con su hija. Aome tenía que escribir una carta, y fue con ese fin al saloncillo poco después del té, pues como los demás se habían sentado a jugar, su presencia ya no era necesaria para estorbar las tramas de su madre.

Pero al entrar en el salón, después de haber terminado la carta, vio con infinita sorpresa que había razón para temer que su madre se hubiera salido con la suya. En efecto, al abrir la puerta divisó a. su hermana y a Takeda solos, apoyados en la chimenea como abstraídos en la más interesante conversación; y por si esto no hubiese dado lugar a todas las sospechas, los rostros de ambos al volverse rápidamente y separarse lo habrían dicho todo. La situación debió de ser muy embarazosa para ellos, pero Aome iba a marcharse, cuando Takeda, que, como Sango, se había sentado, se levantó de pronto, dijo algunas palabras al oído de Sango y salió de la estancia.

Sango no podía tener secretos para Aome, sobre todo, no podía ocultarle una noticia que sabía que la alegraría. La estrechó entre sus brazos y le confesó con la más viva emoción que era la mujer más dichosa del mundo.

––¡Es demasiado! ––añadió. ¡Es demasiado! No lo merezco. ¡Oh¿Por qué no serán todos tan felices como yo?

La enhorabuena de Aome fue tan sincera y tan ardiente y reveló tanto placer que no puede expresarse con palabras. Cada una de sus frases cariñosas fue una fuente de dicha para Sango. Pero no pudo quedarse con Aome ni contarle la mitad de las cosas que tenía que comunicarle todavía.

––Voy a ver al instante a mamá ––dijo––. No puedo ignorar su afectuosa solicitud ni permitir que se entere por otra persona. Él acaba de ir a hablar con papá. ¡Oh, Aome! Lo que voy a decir llenará de alegría a toda la familia. ¿Cómo podré resistir tanta dicha?

Se fue presurosamente en busca de su madre que había suspendido adrede la partida de cartas y estaba arriba con Kagura.

Aome se quedó sonriendo ante la facilidad y rapidez con que se había resuelto un asunto que había causado tantos meses de incertidumbre y de dolor.

«¡He aquí en qué ha parado ––se dijo–– la ansiosa circunspección de su amigo y toda la falsedad y las tretas de sus hermanas! No podía darse un desenlace más feliz, más prudente y más razonable.»

A los pocos minutos entró Takeda, que había terminado su corta conferencia con el señor Higurashi. ––¿Dónde está su hermana? ––le dijo al instante de abrir la puerta.

––Arriba, con mamá. Creo que bajará en seguida.

Entonces Takeda cerró la puerta y le pidió su parabién, rogándole que le considerase como un hermano. Aome le dijo de todo corazón lo mucho que se alegraba de aquel futuro parentesco. Se dieron las manos cordialísimamente y hasta que bajó Sango, Takeda estuvo hablando de su felicidad y de las perfecciones de su amada. Aome no creyó exageradas sus esperanzas de dicha, a pesar del amor que cegaba al joven, pues al buen entendimiento y al excelente corazón de Sango se unían la semejanza de sentimientos y gustos con su prometida.

La tarde transcurrió en medio del embeleso general la satisfacción de Sango daba a su rostro una luz y una expresión tan dulce que le hacían parecer más hermosa que nunca. Catherine sonreía pensando que pronto le llegaría su turno. La señora Higurashi dio su consentimiento y expresó su aprobación en términos calurosísimos que, no obstante, no alcanzaron a describir el júbilo que sentía, y durante media hora no pudo hablarle a Takeda de otra cosa. Cuando el señor Higurashi se reunió con ellos para la cena, su voz y su aspecto revelaban su alegría.

Pero ni una palabra salió de sus labios que aludiese al asunto hasta que el invitado se despidió. Tan pronto como se hubo ido, el señor Higurashi se volvió a su hija y le dijo:

––Te felicito, Sango. Serás una mujer muy feliz. Sango corrió hacia su padre, le dio un beso y las gracias por su bondad.

––Eres una buena muchacha ––añadió el padre–– y mereces la suerte que has tenido. Os llevaréis muy bien. Vuestros caracteres son muy parecidos. Sois tan complacientes el uno con el otro que nunca resolveréis nada, tan confiados que os engañará cualquier criado, y tan generosos que siempre gastaréis más de lo que tengáis.

––Eso sí que no. La imprudencia o el descuido en cuestiones de dinero sería imperdonable para mí. ––¡Gastar más de lo tenga! ––exclamó la señora Higurashi––. ¿Qué estás diciendo? Takeda posee cuatro o cinco mil libras anuales, y puede que más. Después, dirigiéndose a su hija, añadió:

- ¡Oh, Sango, querida, vida mía, soy tan feliz que no voy a poder cerrar ojo en toda la noche! Ya sabía yo que esto llegaría; siempre dije que al final se arreglaría todo. Estaba segura de que tu hermosura no iba a ser en balde. Recuerdo que en cuanto lo vi la primera vez que llegó a Hertfordshire, pensé que por fuerza teníais que casaros. ¡Es el hombre más guapo que he visto en mi vida!

Hanyou y Kikyo quedaron olvidados. Sango era ahora su hija favorita, sin ninguna comparación; en aquel momento las demás no le importaban nada. Las hermanas menores pronto empezaron a pedirle a Sango todo lo que deseaban y que ella iba a poder dispensarles en breve.

Kana quería usar la biblioteca de Netherfield, y Kagura le suplicó que organizase allí unos cuantos bailes en invierno.

Takeda, como era natural, iba a Longbourn todos los días. Con frecuencia llegaba antes del almuerzo y se quedaba hasta después de la cena, menos cuando algún bárbaro vecino, nunca detestado lo bastante, le invitaba a comer, y Takeda se creía obligado a aceptar.

Aome tenía pocas oportunidades de conversar con su hermana, pues mientras Takeda estaba presente, Sango no tenía ojos ni oídos para nadie más; pero resultaba muy útil al uno y al otro en las horas de separación que a veces se imponían. En ausencia de Sango, Takeda buscaba siempre a Aome para darse el gusto de hablar de su amada; y cuando Takeda se iba, Sango recurría constantemente al mismo consuelo. ––¡No sabes lo feliz que me ha hecho ––le dijo una noche a su hermana–– al participarme que ignoraba que yo había estado en Londres la pasada primavera¡Me parecía imposible!

––Me lo figuraba. Pero ¿cómo se explica?

––Debe de haber sido cosa de sus hermanas. La verdad es que no querían saber nada conmigo, cosa que no me extraña, pues Takeda hubiese podido encontrar algo mejor desde todos los puntos de vista. Pero cuando vean, como supongo que verán, que su hermano es feliz a mi lado, se contentarán y volveremos a ser amigas, aunque nunca como antes.

––Esto es lo más imperdonable que te he oído decir en mi vida ––exclamó Aome––. ¡Infeliz! Me irrita de veras que creas en la pretendida amistad de la señorita Takeda.

––¿Creerás, Aome, que al irse a la capital el pasado noviembre me amaba de veras y sólo la certeza de que me era indiferente le impidió volver?

––Se equivocó un poquito, en realidad; pero esto habla muy en favor de su modestia.

Esto indujo a Sango, naturalmente, a hacer un panegírico de la falta de presunción de su novio y del poco valor que daba a sus propias cualidades.

Aome se alegró de que no hubiese traicionado a su amigo hablándole de la intromisión de éste, pues a pesar de que Sango poseía el corazón más generoso y propenso al perdón del mundo, esto podía haber creado en ella algún prejuicio contra Taisho.

––Soy indudablemente la criatura más afortunada de la tierra exclamó Sango . ¡Oh, Aome, qué pena me da ser la más feliz de la casa¡Si por lo menos tú también lo fueses¡Si hubiera otro hombre como Takeda para ti!

––Aunque me dieras cuarenta como él nunca sería tan dichosa como tú. Mientras no tenga tu carácter, jamás podré disfrutar de tanta felicidad. No, no; déjame como estoy. Si tengo buena suerte, puede que con el tiempo encuentre otro Akitoki.

El estado de los asuntos de la familia de Longbourn no podía permanecer en secreto. La señora Higurashi tuvo el privilegio de comunicarlo a la señora Philips y ésta se lanzó a pregonarlo sin previo permiso por las casas de todos los vecinos de Meryton.

Los Higurashi no tardaron en ser proclamados la familia más afortunada del mundo, a pesar de que pocas semanas antes, con ocasión de la fuga de Kikyo, se les había considerado como la gente más desgraciada de la tierra.

Una mañana, aproximadamente una semana después de la declaración de Takeda, mientras éste se hallaba reunido en el saloncillo con las señoras de Longbourn, fueron atraídos por el ruido de un carruaje y miraron a la ventana, divisando un landó de cuatro caballos que cruzaba la explanada de césped de delante de la casa. Era demasiado temprano para visitas y además el equipo del coche no correspondía a ninguno de los vecinos; los caballos eran de posta y ni el carruaje ni la librea de los lacayos les eran conocidos. Pero era evidente que alguien venía a la casa. Takeda le propuso a Sango irse a pasear al plantío de arbustos para evitar que el intruso les separase. Se fueron los dos, y las tres que se quedaron en el comedor continuaron sus conjeturas, aunque con poca satisfacción, hasta que se abrió la puerta y entró la visita. Era lady Izayoi de Bourgh.

Verdad es que todas esperaban alguna sorpresa, pero ésta fue superior a todas las previsiones. Aunque la señora Higurashi y Kagura no conocían a aquella señora, no se quedaron menos atónitas que Aome.

Entró en la estancia con aire todavía más antipático que de costumbre; contestó al saludo de Aome con una simple inclinación de cabeza, y se sentó sin decir palabra. Aome le había dicho su nombre a la señora Higurashi, cuando entró Su Señoría, aunque ésta no había solicitado ninguna presentación.

La señora Higurashi, pasmadísima aunque muy ufana al ver en su casa a persona de tanto rango, la recibió con la mayor cortesía. Estuvieron sentadas todas en silencio durante un rato, hasta que al fin lady Izayoi dijo con empaque a Aome:

––Supongo que estará usted bien, y calculo que esa señora es su madre.

Aome contestó que sí concisamente.

––Y esa otra imagino que será una de sus hermanas.

––Sí, señora ––respondió la señora Higurashi muy oronda de poder hablar con lady Izayoi––. Es la penúltima; la más joven de todas se ha casado hace poco, y la mayor está en el jardín paseando con un caballero que creo no tardará en formar parte de nuestra familia.

––Tienen ustedes una finca muy pequeña ––dijo Su Señoría después de un corto silencio.

––No es nada en comparación con Rosings, señora; hay que reconocerlo; pero le aseguro que es mucho mejor que la de sir William Lucas.

––Ésta ha de ser una habitación muy molesta en las tardes de verano; las ventanas dan por completo a poniente.

La señora Higurashi le aseguró que nunca estaban allí después de comer, y añadió:

––¿Puedo tomarme la libertad de preguntar a Su Señoría qué tal ha dejado a los señores Akitoki?

––Muy bien; les vi anteayer por la noche. Aome esperaba que ahora le daría alguna carta de Rika, pues éste parecía el único motivo probable de su visita; pero lady Izayoi no sacó ninguna carta, y Aome siguió con su perplejidad.

La señora Higurashi suplicó finísimamente a Su Señoría que tomase algo, pero lady Izayoi rehusó el obsequio con gran firmeza y sin excesiva educación. Luego levantándose, le dijo a Aome:

––Señorita Higurashi, me parece que ahí, a un lado de la pradera, hay un sitio precioso y retirado. Me gustaría dar una vuelta por él si me hiciese el honor de acompañarme.

––Anda, querida ––exclamó la madre––, enséñale a Su Señoría todos los paseos. Creo que la ermita le va a gustar.

Aome obedeció, corrió a su cuarto a buscar su sombrilla y esperó abajo a su noble visitante. Al pasar por el vestíbulo, lady Izayoi abrió las puertas del comedor y del salón y después de una corta inspección declaró que eran piezas decentes, después de lo cual siguió andando.

El carruaje seguía en la puerta y Aome vio que la doncella de Su Señoría estaba en él. Caminaron en silencio por el sendero de gravilla que conducía a los corrales. Aome estaba decidida a no dar conversación a quella señora que parecía más insolente y desagradable aún que de costumbre.

¿Cómo pude decir alguna vez que se parecía a su sobrino?, se dijo al mirarla a la cara.

Cuando entraron en un breñal, lady Izayoi le dijo lo siguiente:

––Seguramente sabrá usted, señorita Higurashi, la razón de mi viaje hasta aquí. Su propio corazón y su conciencia tienen que decirle el motivo de mi visita. Aome la contempló con el natural asombro:

––Está usted equivocada, señora. De ningún modo puedo explicarme el honor de su presencia.

––Señorita Higurashi ––repuso Su Señoría con tono enfadado––, debe usted saber que no me gustan las bromas; por muy poco sincera que usted quiera ser, yo no soy así. Mi carácter ha sido siempre celebrado por su lealtad y franqueza y en un asunto de tanta importancia como el que aquí me trae me apartaré mucho menos de mi modo de ser. Ha llegado a mis oídos que no sólo su hermana está a punto de casarse muy ventajosamente, sino que usted, señorita Higurashi, es posible que se una después con mi sobrino Taisho. Aun sabiendo que esto es una espantosa falsedad y aunque no quiero injuriar a mi sobrino, admitiendo que haya algún asomo de verdad en ello, decidí en el acto venir a comunicarle a usted mis sentimientos.

––Si creyó usted de veras que eso era imposible –replicó Aome roja de asombro y de desdén–, me admira que se haya molestado en venir tan lejos. ¿Qué es lo que se propone?

––Ante todo, intentar que esa noticia sea rectificada en todas sus partes.

––Su venida a Longbourn para visitarme a mí y a mi familia ––observó Aome fríamente––, la confirmará con más visos de verdad, si es que tal noticia ha circulado.

––¿Que si ha circulado¿Pretende ignorarlo¿No han sido ustedes mismos los que se han tomado el trabajo de difundirla?

––Jamás he oído nada que se le parezca.

––¿Y va usted a decirme también que no hay ningún fundamento de lo que le digo?

––No presumo de tanta franqueza como Su Señoría. Usted puede hacerme preguntas que yo puedo no querer contestar.

––¡Es inaguantable! Señorita Higurashi, insisto en que me responda. ¿Le ha hecho mi sobrino proposiciones de matrimonio?

––Su Señoría ha declarado ya que eso era imposible.

––Debe serlo, tiene que serlo mientras Taisho conserve el uso de la razón. Pero sus artes y sus seducciones pueden haberle hecho olvidar en un momento de ceguera lo que debe a toda su familia y a sí mismo. A lo mejor le ha arrastrado usted a hacerlo.

––Si lo hubiese hecho, no sería yo quien lo confesara.

––Señorita Higurashi¿sabe usted quién soy? No estoy acostumbrada a ese lenguaje. Soy casi el familiar más cercano que tiene mi sobrino en el mundo, y tengo motivos para saber cuáles son sus más caros intereses.

––Pero no los tiene usted para saber cuáles son los míos, ni el proceder de usted es el más indicado para inducirme a ser más explícita.

––Entiéndame bien: ese matrimonio al que tiene usted la presunción de aspirar nunca podrá realizarse, nunca. El señor Taisho está comprometido con mi hija. ¿Qué tiene usted que decir ahora?

––Sólo esto: que si es así, no tiene usted razón para suponer que me hará proposición alguna.

Lady Izayoi vaciló un momento y luego dijo:

––El compromiso entre ellos es peculiar. Desde su infancia han sido destinados el uno para el otro. Era el mayor deseo de la madre de él y de la de ella. Desde que nacieron proyectamos su unión; y ahora, en el momento en que los anhelos de las dos hermanas iban a realizarse¿lo va a impedir la intrusión de una muchacha de cuna inferior, sin ninguna categoría y ajena por completo a la familia¿No valen nada para usted los deseos de los amigos de Taisho, relativos a su tácito compromiso con la señorita de Bourgh¿Ha perdido usted toda noción de decencia y de delicadeza¿No me ha oído usted decir que desde su edad más temprana fue destinado a su prima?

––Sí, lo he oído decir; pero¿qué tiene que ver eso conmigo? Si no hubiera otro obstáculo para que yo me casara con su sobrino, tenga por seguro que no dejaría de efectuarse nuestra boda por suponer que su madre y su tía deseaban que se uniese con la señorita de Bourgh. Ustedes dos hicieron lo que pudieron con proyectar ese matrimonio, pero su realización depende de otros. Si el señor Taisho no se siente ligado a su prima ni por el honor ni por la inclinación¿por qué no habría de elegir a otra? Y si soy yo la elegida¿por qué no habría de aceptarlo?

––Porque se lo impiden el honor, el decoro, la prudencia e incluso el interés. Sí, señorita Higurashi, el interés; porque no espere usted ser reconocida por la familia o los amigos de Taisho si obra usted tercamente contra la voluntad de todos. Será usted censurada, desairada y despreciada por todas las relaciones de Taisho. Su enlace será una calamidad; sus nombres no serán nunca pronunciados por ninguno de nosotros.

––Graves desgracias son ésas ––replicó Aome––. Pero la esposa del señor Taisho gozará seguramente de tales venturas que podrá a pesar de todo sentirse muy satisfecha.

––¡Ah, criatura tozuda y obstinada¡Me da usted vergüenza¿Es esa su gratitud por mis atenciones en la pasada primavera? Sentémonos. Ha de saber usted, señorita Higurashi, que he venido aquí con la firme resolución de conseguir mi propósito. No me daré por vencida. No estoy acostumbrada a someterme a los caprichos de nadie; no estoy hecha a pasar sinsabores.

––Esto puede que haga más lastimosa la situación actual de Su Señoría, pero a mí no me afecta.

––¡No quiero que me interrumpa! Escuche usted en silencio. Mi hija y mi sobrino han sido formados el uno para el otro. Por línea materna descienden de la misma ilustre rama, y por la paterna, de familias respetables, honorables y antiguas, aunque sin título. La fortuna de ambos lados es espléndida. Están destinados el uno para el otro por el voto de todos los miembros de sus casas respectivas; y ¿qué puede separarlos? Las intempestivas pretensiones de una muchacha de humilde cuna y sin fortuna. ¿Cómo puede admitirse¡Pero no ocurrirá! Si velara por su propio bien, no querría salir de la esfera en que ha nacido.

––Al casarme con su sobrino no creería salirme de mi esfera. Él es un caballero y yo soy hija de otro caballero; por consiguiente, somos iguales.

––Así es; usted es hija de un caballero. Pero¿quién es su madre¿Quiénes son sus tíos y tías¿Se figura que ignoro su condición?

––Cualesquiera que sean mis parientes, si su sobrino no tiene nada que decir de ellos, menos tiene que decir usted ––repuso Aome.

Dígame de una vez por todas¿está usted comprometida con él?

Aunque por el mero deseo de que se lo agradeciese lady Izayoi, Aome no habría contestado a su pregunta; no pudo menos que decir, tras un instante de deliberación:

––No lo estoy.

Lady Izayoi parecía complacida.

––¿Y me promete usted no hacer nunca semejante compromiso?

––No haré ninguna promesa de esa clase.

-¡Señorita Higurashi¡Estoy horrorizada y sorprendida! Esperaba que fuese usted más sensata. Pero no se haga usted ilusiones: no pienso ceder. No me iré hasta que me haya dado la seguridad que le exijo.

––Pues la verdad es que no se la daré jamás. No crea usted que voy a intimidarme por una cosa tan disparatada. Lo que Su Señoría quiere es que Taisho se case con su hija; pero si yo le hiciese a usted la promesa que ansía¿resultaría más probable ese matrimonio? Supongamos que esté interesado por mí; ¿si yo me negara a aceptar su mano, cree usted que iría a ofrecérsela a su prima? Permítame decirle, lady Izayoi, que los argumentos en que ha apoyado usted su extraordinaria exigencia han sido tan frívolos como irreflexiva la exigencia. Se ha equivocado usted conmigo enormemente, si se figura que puedo dejarme convencer por semejantes razones. No sé hasta qué punto podrá aprobar su sobrino la intromisión de usted en sus asuntos; pero desde luego no tiene usted derecho a meterse en los míos. Por consiguiente, le suplico que no me importune más sobre esta cuestión.

––No se precipite, por favor, no he terminado todavía. A todas las objeciones que he expuesto, tengo que añadir otra más. No ignoro los detalles del infame rapto de su hermana menor. Lo sé todo. Sé que el muchacho se casó con ella gracias a un arreglo hecho entre su padre y su tío. ¿Y esa mujer ha de ser la hermana de mi sobrino? Y su marido, el hijo del antiguo administrador de su padre¿se ha de convertir en el hermano de Taisho¡Por todos los santos¿Qué se cree usted¿Han de profanarse así los antepasados de Pemberley?

––Ya lo ha dicho usted todo ––contestó Aome indignada––. Me ha insultado de todas las formas posibles. Le ruego que volvamos a casa.

Y al decir esto se levantó. Lady Izayoi se levantó también y regresaron. Su Señoría estaba hecha una furia.

––¿Así, pues, no tiene usted ninguna consideración a la honra y a la reputación de mi sobrino¡Criatura insensible y egoísta¿No repara en que si se casa con usted quedará desacreditado a los ojos de todo el mundo?

Lady Izayoi, no tengo nada más que decir. Ya sabe cómo pienso.

––¿Está usted, pues, decidida a conseguirlo?

––No he dicho tal cosa., No estoy decidida más que a proceder del modo que crea más conveniente para mi felicidad sin tenerla en cuenta a usted ni a nadie que tenga tan poco que ver conmigo.

––Muy bien. Entonces se niega usted a complacerme. Rehúsa usted obedecer al imperio del deber, del honor y de la gratitud. Está usted determinada a rebajar a mi sobrino delante de todos sus amigos y a convertirle en el hazmerreír de todo el mundo.

––Ni el deber, ni el honor, ni la gratitud ––repuso Aome––, pueden exigirme nada en las presentes circunstancias. Ninguno de sus principios sería violado por mi casamiento con Taisho. Y en cuanto al resentimiento de su familia o a la indignación del mundo, si los primeros se enfurecen por mi boda con su sobrino, no me importaría lo más mínimo; y el mundo tendría el suficiente buen sentido de sumarse a mi desprecio.

––¿Y ésta es su actitud, su última resolución? Muy bien; ya sé lo que tengo que hacer. No se figure que su ambición, señorita Higurashi, quedará nunca satisfecha. Vine para probarla. Esperaba que fuese usted una persona razonable. Pero tenga usted por seguro que me saldré con la mía.

Todo esto fue diciendo lady Izayoi hasta que llegaron a la puerta del coche. Entonces se volvió y dijo:

––No me despido de usted, señorita Higurashi; no mando ningún saludo a su madre; no se merece usted esa atención. Me ha ofendido gravemente. -Aome no respondió ni trató de convencer a Su Señoría de que entrase en la casa. Se fue sola y despacio. Cuando subía la escalera, oyó que el coche partía. Su madre, impaciente, le salió al encuentro a la puerta del vestidor para preguntarle cómo no había vuelto a descansar lady Izayoi.

––No ha querido ––dijo su hija––. Se ha marchado.

––¡Qué mujer tan distinguida¡Y qué cortesía la suya al venir a visitarnos! Porque supongo que habrá venido para decirnos que los Akitoki están bien. Debía de ir a alguna parte y al pasar por Meryton pensó que podría visitarnos. Supongo que no tenía nada de particular que decirte¿verdad, Aome?

Aome se vio obligada a contar una pequeña mentira, porque descubrir la materia de su conversación era imposible.